Archivos Mensuales: marzo 2015

¿Segunda Transición? ¿Hacia dónde?

Se oye hablar demasiadas veces de la Segunda Transición. Hay palabras o expresiones que, al hacer de ellas un uso abusivo a la vez que poco preciso, terminan por no significar absolutamente nada. Como un globo cuando se hincha de aire. O también un estómago humano. En ambos casos, el repentino vaciado de los mismos se caracteriza por un violento estallido que, en el caso del globo no tiene mayores consecuencias que el darnos un pequeño susto, pero cuando de vísceras humanas se trata, la consabida secuela es un hedor penetrante y ciertamente poco grato, que es más o menos a día de hoy el que percibimos en nuestras mefíticas y corruptas instituciones políticas.

Yo creo que, para empezar, convendría tener claro cuáles fueron las claves de la Primera Transición, pues se da por supuesto que tuvo que haber tal, cuando con tanta insistencia se afanan en hablarnos de la segunda. Porque a nuestros políticos les encanta hablar del “espíritu de la Transición”, así como de la necesidad de recuperarlo, sin que nadie se preocupe por explicar qué era lo que alentaba aquel espíritu ni el cómo deberíamos conducirnos si quisiéramos volver a implantarlo. Como mucho, se encogen de hombros y nos espetan escuetamente, con una evidente falta de entusiasmo: “Léase usted la Constitución de 1978: ahí encontrará todo lo que necesite saber”. Como quien nos remite al manual de instrucciones para manejar una tostadora. Con lo que la Carta Magna queda relegada a la categoría de mero tótem, o talismán, al que cabe rendir culto con una devoción casi supersticiosa, como la que profesan los pueblos primitivos (y los que no lo son tanto) a sus ídolos y fetiches. Freud lleva a cabo un estudio muy interesante de esta cuestión en su ensayo Tótem y tabú, centrándolo en el ámbito de la religión. Pero creo que igualmente podrían extrapolarse las tesis freudianas al terreno de la política. Nos guste o no reconocerlo, la palabra “Constitución”, así como las páginas de las que se compone su articulado, han pasado a ser lo más parecido a una carcasa vacía, o a un mero relicario, a los ojos de nuestra displicente y desengañada España de principios del siglo XXI. El espíritu de la Transición, efectivamente, se halla plasmado en ella, pero mucho nos tememos que dicho espíritu se ha vuelto tan etéreo y evanescente que el plasma ha terminado por convertirse en ectoplasma.

Pero evitemos la tentación de dejarnos llevar por las ramas. A la pregunta de qué fue lo que hizo posible aquella transición de un régimen dictatorial a nuestro actual estado democrático, bastaría con responder que, ante todo, tal hazaña se logró merced a la fijación de un objetivo claro, junto con el combustible necesario para llevar la nave a buen puerto, que no es otro que la ilusión. Todo barco que vaya a la deriva, sin una derrota previamente trazada en el cuaderno de bitácora, tiene a priori todas las papeletas para terminar haciéndose astillas contra los arrecifes, en cuanto se presente la primera noche de tormenta. La clase política de por aquel entonces tuvo la suficiente altura de miras como para percatarse de que nada se conseguiría en tanto en cuanto las instituciones del país no se libraran de la tutela de los dos custodios implacables que hasta entonces las mantuvieran constreñidas, a saber, la iglesia y el ejército. Incluso personalidades políticas como Manuel Fraga, procedentes del antiguo régimen, supieron entender que el nuevo ordenamiento constitucional, si aspiraba a ser efectivo y duradero, tendría necesariamente que acabar entrando por el aro del estado aconfesional y el reconocimiento explícito de la pluralidad cultural existente en nuestro país, germen del estado autonómico. Por supuesto no habrían de faltar los consabidos heraldos negros (las fuerzas integrantes del así llamado “búnker” del franquismo), augurando la aniquilación de Sodoma y las diez plagas de Egipto, como inevitable castigo a tanto desmán. Fue preciso neutralizar a tales vocingleros mediante una apreciable dosis de ilusión que infundiera confianza en la nueva empresa colectiva, haciendo buena aquella máxima de Emerson: “Nada verdaderamente grande se ha hecho nunca sin entusiasmo”. La Carta Magna del 78 fue el documento sancionador mediante el cual los españoles nos comprometimos con nosotros mismos a preservar nuestro recién adquirido régimen de libertades.

A día de hoy, nos encontramos atrapados en una encrucijada de la que difícilmente vamos a salir, como no elevemos la cabeza por encima del polvo, que confundimos con la línea del horizonte. Es hora de ver y hablar claro: nuestra democracia está literalmente secuestrada por las oligarquías que detentan el poder económico, que ha reemplazado a los estamentos religioso y militar en su antiguo rol de élite privilegiada. Pero se han hecho con los resortes del poder de un modo mucho más inteligente y sibilino del que emplearan aquéllos, sin necesidad de dar un golpe de estado ni de disparar un solo tiro. Han tenido la suficiente astucia como para percatarse de que lo verdaderamente importante para el que aspira a convertirse en tirano es matar la ilusión. Y para ello se han valido del arma de destrucción masiva más efectiva que existe: el miedo. Inoculando en la sociedad el miedo a perder el puesto de trabajo, o a perder la vivienda, o a ejercer el libre derecho de protesta (ley mordaza), la nueva élite se ha asegurado la mejor baza para perpetuarse en el poder. El miedo termina por sofocar cualquier tentativa de resistencia o ansia de cambio, despojando al ser humano de su humanidad para equipararlo con la más elemental de las criaturas del reino animal, permanentemente supeditadas a ese sutil e implacable tirano al que se conoce como instinto de conservación. Tuvo razón Thoreau al formular, hará unos 150 años, aquella máxima falsamente atribuida al Presidente Roosevelt: “No hay ninguna cosa a la que haya que tenerle tanto miedo como al miedo mismo”.

Toda institución totalitaria que se precie ha de fabricar sus propios talismanes y sus tótems, si tiene una mínima aspiración de longevidad. Como ocurre con todas las fuerzas vivas cuando se fosilizan para convertirse en meros símbolos, la Constitución de 1978 ha dejado de ser paulatinamente el viento impulsor de nuestro progreso como sociedad, para convertirse en nuestra rémora. El desgaste se ha venido larvando desde hace tiempo, pero sin duda el punto de inflexión lo marca la reforma del artículo 135 en agosto del 2011, por el que se supedita de manera perversa el interés general de los ciudadanos al pago de la deuda. La modificación de un simple párrafo trae como consecuencia el que los ciudadanos pasen a ser súbditos y el que los gobiernos democráticamente elegidos se conviertan en meros delegados de un poder que para nada ha sido elegido democráticamente. A un nivel más profundo, se desprenden dos corolarios fundamentales, a cual más inquietante: uno, que la alternancia de los dos grandes partidos en el gobierno es una farsa (la reforma de dicho artículo fue auspiciada por el PSOE, parece que a todo el mundo se le ha olvidado); y, dos, que el resto del texto constitucional queda relegado a la condición de papel mojado, pues tanto su espíritu como su letra entran en abierta confrontación con dicha prioridad presupuestaria. Y lo que es una aberración a nivel macroeconómico, desde el punto de vista humano, se ha instaurado igualmente a nivel doméstico, al pasar a nuestro acervo de prácticas cotidianas cosas tales como los desahucios (contraviniendo el artículo 47 de nuestro ordenamiento constitucional), o el desabastecimiento energético de los parados (haciendo caso omiso del artículo 128). Los grandes oligopolios de la energía y las finanzas no se aprestan a cumplir la ley, sino que hacen que las leyes se adapten a sus intereses. Y, si no, simplemente las vetan (como cuando el PSOE se opuso a legislar sobre la dación en pago), o se las pasan por el arco del triunfo. Sin el menor pundonor.

Conviene tenerlo claro: nuestra democracia jamás será completa mientras siga siendo subsidiaria de los grandes capitales. A poco que nos paremos a pensarlo, caeremos en la cuenta de que su poder es puramente psicológico, mientras sigan haciéndonos creer que son imprescindibles. Es algo muy parecido a lo que ocurrió en el pasado con la Santa Inquisición, que durante siglos se las ingenió para destilar en el pueblo la falsa ilusión (en el sentido anglosajón del término) de que solo ellos tenían la llave de la salvación. Pero en realidad lo que tenían, era la llave del calabozo y la cerilla para encender la hoguera. Como entonces, no faltará quien intente amedrentarnos con el llanto y crujir de dientes, pero ni las llamas del infierno ni las hogueras del Santo Oficio son nada comparados con esta cocción a fuego lento con la que estos inquisidores vestidos de Armani pretenden liquidar nuestra libertad. Lo peor de todo, algunos se permiten incluso el jactarse de ello. Tal es el caso, por ejemplo, del señor Warren Buffet (segunda mayor fortuna de Estados Unidos, por detrás de Bill Gates), al pronunciar la siguiente frase: “Claro que hay lucha de clases: y la estamos ganando nosotros”. Hay que reconocer que, en el medio de su evidente cinismo, al menos este individuo ha tenido la elegancia de avisarnos. Y el que avisa no es traidor, por muy malvado que pueda ser. Es hora de recoger el guante y despertar del letargo en el que nos hemos arrumbado tan plácidamente durante las últimas cuatro décadas. Ningún Príncipe Azul va a venir a hacernos el trabajo.

Jardiel Poncela

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La Sexta palabra

7bis

En el cajón no hay más textos que el de la <<Cuesta>> y éste, lo juro. Pudiera ser que Villo dudase de la veracidad de lo que en él se cuenta. Sería comprensible. Lo cierto es que ocurrió tal cual lo relato. O más o menos.

-¡Déjame en paz de una vez! ¡Vamos a llegar tarde y nos echarán la bronca! No voy a probarme ningún capirote; si son los tres iguales. Este mismo vale.

Tarde íbamos a llegar de todos modos, por lo que la insistencia de mi tía Meli estaba más que justificada. Probarse el capirote antes de marchar al sermón no llevaría más allá de un par de minutos, y hubiésemos estado a tiempo de remediar cualquier imprevisto. Pero había que conocer a mi tía para entender a Fernando. Enfermizamente perfeccionista e insospechadamente meticulosa hasta en los detalles más insignificantes, presta siempre a meter baza, Meli era capaz de acabar con la paciencia de un santo. Nervioso ante su primera participación en la procesión del Viernes Santo de las Siete Palabras, yendo a contrarreloj, se comprende que mi primo mandase a su santa madre a freír espárragos en vez de seguir los dictados de la prudencia más elemental. Enfundada la aterciopelada túnica roja, la magnífica capa negra a hombros, ajustado el cíngulo y calzados los guantes blancos, agarró la cruz y un capirote, besó a su madre y ordenó “¡marchando para San Marcelo!”.

El sermón daba inicio a las cinco de la tarde y cuando nos pusimos en camino eran ya y cuarto. De toparnos con un Seise antes de entrar en la iglesia, habida cuenta de la severa regla de la cofradía, se nos iba a caer el pelo. Desde Burgo Nuevo se llegaba a San Marcelo en un santiamén; con tener una pizca de fortuna nadie se percataría del retraso. Pero no la tuvimos. Justo en la puerta lateral del templo nos dimos de bruces con Marcelino, Viceabad de la penitencial y azote de papones poco disciplinados. Observaba, don Marcelino, a pies juntillas los preceptos estatutarios. En la cofradía se había ganado el respeto de los veteranos; lo que es el resto sentíamos directamente pavor con sólo oír nombrarlo, a pesar de no haber cruzado jamás una palabra con él. La reprimenda que le cayó a Fernando fue de órdago. Lo de menos la amenaza de desterrarlo de la cofradía. Yo salí mejor parado: con el hábito de Jesús Divino Obrero que me había prestado mi primo, invitado por mi propia cofradía -particular éste que gracias a Dios don Marcelino ignoraba- no estaba obligado a asistir al sermón, al que sí debía asistir como era preceptivo Fernando, que aunque hermano desde el mismo día en que vio la luz de los morados, vestía aquella tarde mi hábito de las Siete Palabras. Sin ni tan siquiera elevar la mirada, aterrorizados, no reaccionamos hasta que el Viceabad nos mandó, a grito pelado, entrar de una vez en San Marcelo.

Ocupando un par de sitios en la última fila de bancos confiábamos los dos en que lo peor del día hubiese pasado ya. Mas no: estaba por llegar. Al finalizar el sermón fuimos de los primeros en tomar la calle, y nos acercamos a ver los pasos antes de que el desfile diese comienzo. Mientras admirábamos la réplica de la talla de Fernández un Seise se nos acercó y ofreció a Fernando portar la Sexta Palabra. ¡Bendito sea el Señor! La Providencia se apiadaba de nosotros y acudía presta a resarcirnos de lo que hasta entonces había sido una tarde funesta. La emoción que nos embargaba a ambos me privó de envidiar a mi primo. Me sentía feliz por poder participar de un momento que se me antojaba histórico, y no dudé en apoyar en todo a Fernando, con la sana intención de aligerar en algo el peso de tanta responsabilidad. Sostuve lo mejor que supe el guión con la palabra mientras ante el inminente comienzo de la procesión Fernando se colocaba el capirote. Sin dejar de sostenerla sentí un escalofrío parecido al que se debe sentir cuando mascas la tragedia: no podía dar crédito a lo que veían mis ojos: a Fernando no le coincidían los suyos con los dos orificios del capirote, que le quedaban por encima de su frente.

– Ponte el capirote bien, primo, que ya se han puesto en marcha.

-¿Que me lo ponga bien?, ¿pero hay alguna otra manera de ponerse un capirote? ¡No veo nada! ¡A qué descerebrado se le habrá ocurrido hacer los agujeros tan arriba! -gritaba presa del pánico, y lo único que podía ver era que su gran día de suerte estaba a punto de dar al traste por un capirote, según él, mal confeccionado.

– Toma, prueba con el mío.

En un instante de lucidez se me ocurrió intercambiar los capirotes. Si solamente uno de los dos iba a salir en la procesión ése sería Fernando. El destino le había concedido a él el premio y a mi sacrificar mi presencia en el desfile. Aunque era mucha la ilusión que tenía por salir en la procesión, debía cargar con esa cruz y estaba dispuesto a hacerlo. Cambiamos los cartones de capirote; pero Fernando seguía sin ver ni torta. Aquello no tenía remedio y no quedaba tiempo para más. Había que encontrar al Seise y decirle que no llevaríamos la palabra. Con el trajín de la organización por allí no andaba ninguno y sin pensarlo dos veces no tuvimos mejor ocurrencia que dejar la palabra en la carpa, sin avisar a nadie. Después tomamos las de Villadiego; alguien ya se daría cuenta de que la Sexta Palabra no ocupaba su lugar en el cortejo, la iría a buscar a la carpa y otro afortunado papón la portaría. Lo que era nosotros, dábamos por finiquitada la aciaga jornada y nos volvíamos para casa. Una vez allí nos quitamos las túnicas y sin más explicaciones volvimos a la calle, resignados a ver la procesión desde la acera. Todo fue normal hasta la quinta palabra. Pero a continuación vino la séptima. Incrédulos, después de la representación de abades nos fuimos de allí. No hizo falta conjurarnos para no contar a nadie lo sucedido. La procesión de las Siete Palabras había salido sólo con seis. De todos modos, quién nos iba a creer.

Phil O’Hara.

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El portal de la cuesta de las Carbajalas

gallo Hurgando entre mis cosas apareció en un cajón un texto que debí escribir hace ya un tiempo. He querido que se pasase por Dakota, lugar hospitalario como pocos donde todo es bien recibido siempre. Ha bastado con peinarlo para la ocasión. Las fechas venían al pelo, por cierto.

– Con ese redoble no se puede llevar el paso. Tiene mérito que no lleguen todos cruzados. Tanta modernidad no puede ser buena. ¡Dios bendito, así no hay quien puje! Ni el Gallo va a dar bien la curva este año; al tiempo.

Esas fueron, tras los buenos días, sus primera palabras ese Viernes. Fiel a la cita, apurada la mistela en la Plaza del Grano, Mario esperaba desde muy temprano en el portal, el último antes de la curva, en lo alto de la cuesta de las Carbajalas, enfilando casi Castañones. Fernando y yo preferíamos ver salir antes al Nazareno, y acudir luego al portal. En boca de Mario ése era el mejor emplazamiento desde donde ver la procesión de los Pasos. A sus más de sesenta años se vanagloriaba de no haber dejado de verla pasar jamás, y presumía de ello. Tamaña hazaña -afirmaba- le permitía decir que el portal de la cuesta era ideal para ver el desfile. Y si el sitio era magnífico, los comentarios de Mario, que sabía cuánto podía saberse de la Semana Santa de León, lo hacían inmejorable .

-¿No os dije? La Oración siempre anda bien. Sin ser el mejor pujado, que es el Gallo, en veinticinco años jamás vi al primer paso dar la curva a trompicones.

-¡No fastidies, Mario! ¡La vara derecha no se ha comido la esquina de milagro! -protestó con vehemencia Fernando.

-Calla, anda. Ese Seise conoce bien su oficio. Apura, sí, para que no se pierda el paso y dar la curva como mandan los cánones: meciéndolo como si de una delicada pluma y no de esa mole se tratase. Ya verás como el Prendimiento se detiene en mitad de la maniobra y pasa a trompicones, los braceros dando voces, el Seise el que más; si lo sabré yo. Siempre igual…¡Miento! dos años, en el ochenta y cuatro y en el ochenta y cinco, milagrosamente el Prendimiento dio la curva como ninguno. Aquel Seise sabía lo que se traía entre manos; sin dar una voz, mandando con la vara, el paso corto, raseando. Mil trescientos quilos a hombros y parecía flotar sobre las calles. Esas dos veces, ya desde Hospicio, se notaba algo extraño: el segundo paso se acercaba extrañamente bien, como sólo lo hacía el Gallo. ¡Para que digan que el Seise no pinta nada! Nunca más he visto dar la curva bien al paso de Estrada. Mirad, por ahí sube y ya va mal.

No me daba la sensación de que el Prendimiento anduviese peor que la Oración, aunque al pasar frente al portal iba algo cruzado y dando la curva la vara derecha golpeó la pared, por lo que el paso tuvo que detenerse un par de veces. La maniobra para encarar Castañones no fue de las más elegantes que se recuerdan, pero Mario exageró al cargar contra el Seise.

-¡Ese Seise no merece la vara que lleva! ¡No sabe dirigir el paso! Cosas como  ésta van a acabar con nuestra Semana Mayor.

-Vamos hombre, ten piedad -intervine más por temor a que las voces de Mario llegasen a oídos del pobre Seise que por estar en desacuerdo-; el paso llegaba cruzado y no era fácil reconducir la situación. El Prendimiento pasó con más dignidad que acierto, pero dignamente a fin de cuentas. Y esta vez el Seise no ha dado una sola voz -añadí conciliador.

-Si es que le tienes manía al paso -apostilló Fernando por echarme un capote.

-Ten por seguro, hijo, que a todos los pasos estimo por igual. No me mueve más afán que la mayor gloria de ésta nuestra querida procesión. Y la curva que ha dado el Prendimiento, las cosas como son, no es de recibo. Debo acaso recordarte aquellas sabias palabras del más ilustre cronista de la ciudad, don Máximo Cayón Waldaliso, a propósito de…

-¡Dejad en paz al Prendimiento y atended! -no tuve más remedio que interrumpir la perorata de Mario- La joya de la corona marcha como nunca; o por mejor decir, como siempre. Ese paso gana el cielo cada Viernes Santo. No valen todos los Gregorio Fernández juntos lo que la Flagelación a hombros por las calles de León. ¡Silencio! En nada vamos a ser testigos de otro momento inmortal; más estrecha y cerrada fuese esa curva que el Gallo iría por ella igual que va por la calle Ancha. ¡Así se puja un paso!

Y ninguno de los tres mediamos palabra hasta que hubieron pasado la Coronación y el Ecce Homo. Mario nos inculcó esa devoción especial por la puja de la Flagelación; por el prodigio que obran cada Viernes Santo sus braceros, meciendo igual por callejuelas que por anchas avenidas el Cristo de Becerra. Mario, además, no desperdiciaba ocasión para enaltecer el fino quehacer del cincel de Gaspar, toda vez que no apreciaba en demasía aquel otro de Melchor, de gubia gorda, decía -forzada ocurrencia tras la cual soltaba una sonora risotada.

Los demás pasos fueron recibiendo frente al portal desiguales elogios por parte de Mario amén de algún comentario mordaz sobre el ornamento floral del trono. No faltó alguna simpática anécdota que podía o no venir a cuento. Los cuatro años que vimos la procesión en compañía de Mario son inolvidables. Tanto tiempo después sigo conservando un recuerdo nítido de ellos. Sea como fuere, en parte debo a Mario, a su manera de ver y sentir la procesión de los Pasos, que volviera a pujar el Prendimiento. Dos veces le vi desde el brazo, pero no acerté a saludarlo, de lo que me arrepiento. Cada Viernes Santo, al llegar a la Plaza del Grano abrazo todavía la vana esperanza de reencontrarlo en el portal. Conservo su recuerdo y rezo para que el Prendimiento vuelva a flotar, como hiciera en aquellas dos ocasiones, sobre las calles del casco antiguo de León; ese sería el mejor homenaje que pudiera tributar a Mario.

Phil O’Hara

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Kantiano, y a mucha honra.

pepa

Kant no fue un hombre cualquiera. Si fue capaz de escribir la Crítica de la razón pura, en alemán para más inri, no tuvo que ser un hombre cualquiera. Y no lo fue, claro está. Aunque para llegar a escribir tamaña obra, uno de los mayores hitos del quehacer universal de la especie, el buen hombre renunciase entre muchas más cosas a salir de su Königsberg natal. Y es que hay que ser Kant para nacer en un lugar como Königsberg y pasarse una vida entera allí, ochenta largos años casi, cuatro décadas sin salir de la ciudad, sin ir jamás mucho más allá de sus alrededores. “¿Para qué?”, debía pensar Kant. Si había que ir se iba, pero ir por ir… con la de trabajo que el libro le daba. Once años, se dice pronto, estuvo sin publicar nada, con la redacción de la Crítica. Siendo persona de hábitos se permitiría a lo sumo dar largos paseos; pero una aventura como la suya estaba reñida con placeres mundanos como el de viajar. Por ello Kant debió decidir no viajar; y no viajó. Espacio -que es lo que se recorre si viajas- y tiempo -lo que se necesita; además de una maleta, un par de mudas limpias y un cargador de móvil- eran para Kant, y así lo expuso en la primera parte de la primera parte de la Crítica -la Estética trascendental- formas a priori de la sensibilidad, o lo que es lo mismo, que a Immanuel lo de dedicarse a viajar le parecería poco menos que una sandez; una bobada, una menudencia, vaya, así que ocupaba el tiempo -y el espacio- de mejor manera, que no era otra que reflexionando sobre esos dos conceptos y sobre algunos otros con la idea puesta en construir un edificio lo suficientemente sólido, amén de amplio, para albergar no ya aquella indagación trascendental suya -¡si solamente se hubiese tratado de eso!- sino para acoger ni más ni menos que una explicación del Mundo, parir una Metafísica. Y vive dios que aquel descendiente de un fabricante escocés de sillas de montar, estudiante aplicado primero y filósofo abnegado después, sin conocer más Mundo que Königsberg y poco más, llegó a explicárnoslo como nadie.

Hoy, doscientos treinta y cuatro años después de la primera edición de la Crítica de la razón pura, yo, que la leí y pienso releerla a no tardar -que el tiempo será una forma a priori de la sensibilidad, pero además es relativo- me declaro, y a mucha honra, kantiano: proclamo que viajar está sobrevalorado; tanto lo está al menos como minusvalorado está no hacerlo. No se trata de que uno tenga ni lejanamente la intención de escribir algo ni remotamente similar a lo de Kant, que sería una absoluta insensatez siquiera pensarlo; sucede, muy de otra manera, que se puede creer que con pasear por el Königsberg de cada cual alcanza para sentirse razonablemente feliz. Si Kant no se movió gran cosa, será que moverse tampoco es tan importante. Recuerdo una vez, a la vuelta de un viaje de juventud precisamente por Escocia en el que tuve ocasión de admirar un paisaje de singular belleza, el de los Highlands, cómo me dio por fijar la vista en las montañas que conforman el valle del pequeño lugar donde me crié. Ésa fue la primera ocasión en la que debí declararme, sin hacerlo, sin ni saberlo siquiera, kantiano; sería una premonición. ¡Quién me mandaría a mí viajar hasta aquella región del norte de Escocia para contemplar unos montes todo lo más de igual belleza, si no menor, que los que configuran la vaguada que cobija al pueblo en el que crecí! ¿Hubiese Kant viajado hasta aquellas lejanas tierras -y eso que su abuelo era de por allí- para admirar un paisaje que en casi nada podía envidiar al de su Königsberg natal, la Montaña del Rey? Claro que no. Y si Kant pudiendo haber viajado no viajó, sería por algo; sus buenas razones tendría. Dudo que ni por un buen whisky escocés, de malta, por supuesto, hubiese movido el culo nuestro querido amigo, aunque no es algo que pueda jurar ni sepa a ciencia cierta.

Hoy puede parecer que si a cada poco no estamos peregrinando cuanto más lejos mejor, nos perdemos algo esencial; pero Kant nos enseñó que no es así, aunque yo no sabría explicar por qué. No siendo alemán, como el gran pensador, mas sí kantiano, habré de conformarme con argüir citando algunos archiconocidos versos -que por estas latitudes más dados somos a la rima y a las artes plásticas que a la sesuda reflexión en conceptos puros- del acerbo popular, pero no por ello menos sabios. Dicen así:

<<Tengo las nubes del cielo y tengo las olas del mar

Y si tengo tu cariño, y si tengo tu cariño

Ya no quiero nada más.

Estando contigo, contigo, contigo de pronto me siento feliz

 Y cuando te miro, te miro, te miro me olvido del mundo y de mí

 Qué maravilloso es quererte así

Estando contigo, contigo, contigo me siento feliz.>>

No sé, ni importa mucho, la verdad, si Marisol fue o no una gran viajera. Sé, empero, que no escribió una metafísica ni maldita falta que le hacía a la pobre. No obstante, si llega el día que podamos viajar por el tiempo -y el espacio- a nuestro completo antojo, me gustaría invitar a Kant y traerlo de viaje a España; no para llevarlo a un concierto de la niña prodigio aquella sino para invitarle a unos vinos y unas tapas. No cunda el pánico ni haya quien se preocupe, que ello sería después de que el filósofo hubiese publicado la segunda edición de su magna obra, no fuese a suceder que se le despertase a Kant el gusanillo de dar tumbos por el orbe y nos dejase sin lo mejor de su legado. Hasta puede que después de los vinos y las tapas ésas, de congeniar, fuese él quién a su vez me invitara a viajar a Berlín en Junio, y juntos viésemos a su Bayern y a mi Barcelona disputar la próxima final de la Copa de Europa. Puestos a fabular, si a Kant pudiera darle por viajar, por qué no también llegar a gustarle el fútbol, ¿no?

(“Estando contigo”; Marisol) https://www.youtube.com/watch?v=BjkxGW9maUE&feature=player_detailpage

Phil O’Hara

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Humor vs. tiranía

Oscar Wilde, ese irlandés inconformista y genial, dijo una vez que la vida era algo demasiado importante como para tomar en serio. Sentencia controvertida y enigmática donde las haya. Personalmente, creo que se le podría dar la vuelta y decir que el humor es algo demasiado importante como para tomar a broma. Si no, que se lo digan a nuestra indecente y corrupta clase política, a la que parecen resbalarle los silbidos y abucheos a la puerta de los juzgados, pero que sin embargo han montado en cólera cuando los ciudadanos Ramiro Pinto Cañón y Natalia Arbolio (junto con una tercera persona que prefiere permanecer en el anonimato por motivos personales), pertrechados con una ristra de chorizos y unas narices de payaso, montaron una original protesta a la entrada del Palacio de los Guzmanes el día en que estaba celebrándose la elección del nuevo Presidente de la Diputación. Esto se lo han tomado bastante a mal Sus Señorías, quienes, en un despliegue de prepotencia y despotismo propio de los mejores tiempos de Franco, han volcado toda la maquinaria del poder contra estos tres presuntos culpables de terrorismo circense (digo lo de “presuntos culpables” porque la presunción de inocencia, al parecer, ya no existe en nuestro ordenamiento jurídico), levantando contra ellos falsos testimonios de “coacción” o desacato a la autoridad. Hubiera tenido más gracia, al menos, acusarlos de ejercer el payasismo sin licencia, o de tenencia ilegal de chorizos. Pero es evidente que nuestra clase política, aparte de golfa y choricera, carece del más mínimo sentido del humor. O tal vez el quid de la cuestión esté en que, acostumbrados como están a ser ellos los que se rían de la ciudadanía, les ha molestado ostensiblemente el cambio de tornas que se ha producido en esta ocasión, convirtiéndolos a ellos en el blanco de las carcajadas. Al fin y al cabo, los insultos y vilipendios camino de las dependencias judiciales, invisten de cierta aureola de dignidad. Jesucristo tuvo también que soportarlos yendo hacia el Gólgota, o Juana de Arco camino de la hoguera, pero, ay, no hay nada más doloroso que el ser objeto de una burla. De lo que no se dan cuenta es de que, mediante este esperpento legal, lo único que consiguen es acrecentar el ridículo y el descrédito ya de por sí grandes en que han quedado a los ojos de todos. Esta cutrescente vendetta disfrazada de farsa judicial va a conseguir exactamente el efecto opuesto al buscado en un principio, es decir, el de aumentar la indignación y concienciación de la ciudadanía. Una maniobra especialmente torpe en período preelectoral. Pero qué se le va a hacer. Nuestra clase política no solo es perversa, mezquina y cutrescente, sino que además es estúpida. Algo fácilmente previsible, por otra parte, si tenemos en cuenta que el humor es solo patrimonio de los inteligentes.

Dos cosas empañan, sin embargo, las ganas de reír que, de ser otras las circunstancias, suscitaría semejante bufonada. Una, el hecho de que las autoridades jurídica y policial (cuyo cometido teórico es defender a los ciudadanos de la injusticia) se hagan eco de esta tropelía, al admitir a trámite una denuncia que debería haberse archivado inmediatamente, por no respetar las más mínimas garantías legales por las que se supone que se debe regir un estado de derecho. La segunda, más preocupante aún si cabe, el silencio cómplice y cobarde de los demás asistentes a la manifestación, que asistieron con absoluta pasividad a este flagrante abuso de autoridad, cuyo inesperado y dramático corolario fue la detención de los tres ciudadanos antes mencionados. Es fácil enarbolar una pancarta, pero no lo es tanto el dar la cara cuando las cosas se ponen feas. Como San Pedro, ahora que se acerca la Semana Santa, estos activistas de chichinabo negaron a sus compañeros, abandonándolos a su suerte. Lo cual, reconozcámoslo, es una baza a favor del Poder. Está claro que han conseguido inocularnos no solo el miedo a protestar, sino también el miedo a reírnos. Puede que incluso el miedo a amar.

Jardiel Poncela

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