Kantiano, y a mucha honra.

pepa

Kant no fue un hombre cualquiera. Si fue capaz de escribir la Crítica de la razón pura, en alemán para más inri, no tuvo que ser un hombre cualquiera. Y no lo fue, claro está. Aunque para llegar a escribir tamaña obra, uno de los mayores hitos del quehacer universal de la especie, el buen hombre renunciase entre muchas más cosas a salir de su Königsberg natal. Y es que hay que ser Kant para nacer en un lugar como Königsberg y pasarse una vida entera allí, ochenta largos años casi, cuatro décadas sin salir de la ciudad, sin ir jamás mucho más allá de sus alrededores. “¿Para qué?”, debía pensar Kant. Si había que ir se iba, pero ir por ir… con la de trabajo que el libro le daba. Once años, se dice pronto, estuvo sin publicar nada, con la redacción de la Crítica. Siendo persona de hábitos se permitiría a lo sumo dar largos paseos; pero una aventura como la suya estaba reñida con placeres mundanos como el de viajar. Por ello Kant debió decidir no viajar; y no viajó. Espacio -que es lo que se recorre si viajas- y tiempo -lo que se necesita; además de una maleta, un par de mudas limpias y un cargador de móvil- eran para Kant, y así lo expuso en la primera parte de la primera parte de la Crítica -la Estética trascendental- formas a priori de la sensibilidad, o lo que es lo mismo, que a Immanuel lo de dedicarse a viajar le parecería poco menos que una sandez; una bobada, una menudencia, vaya, así que ocupaba el tiempo -y el espacio- de mejor manera, que no era otra que reflexionando sobre esos dos conceptos y sobre algunos otros con la idea puesta en construir un edificio lo suficientemente sólido, amén de amplio, para albergar no ya aquella indagación trascendental suya -¡si solamente se hubiese tratado de eso!- sino para acoger ni más ni menos que una explicación del Mundo, parir una Metafísica. Y vive dios que aquel descendiente de un fabricante escocés de sillas de montar, estudiante aplicado primero y filósofo abnegado después, sin conocer más Mundo que Königsberg y poco más, llegó a explicárnoslo como nadie.

Hoy, doscientos treinta y cuatro años después de la primera edición de la Crítica de la razón pura, yo, que la leí y pienso releerla a no tardar -que el tiempo será una forma a priori de la sensibilidad, pero además es relativo- me declaro, y a mucha honra, kantiano: proclamo que viajar está sobrevalorado; tanto lo está al menos como minusvalorado está no hacerlo. No se trata de que uno tenga ni lejanamente la intención de escribir algo ni remotamente similar a lo de Kant, que sería una absoluta insensatez siquiera pensarlo; sucede, muy de otra manera, que se puede creer que con pasear por el Königsberg de cada cual alcanza para sentirse razonablemente feliz. Si Kant no se movió gran cosa, será que moverse tampoco es tan importante. Recuerdo una vez, a la vuelta de un viaje de juventud precisamente por Escocia en el que tuve ocasión de admirar un paisaje de singular belleza, el de los Highlands, cómo me dio por fijar la vista en las montañas que conforman el valle del pequeño lugar donde me crié. Ésa fue la primera ocasión en la que debí declararme, sin hacerlo, sin ni saberlo siquiera, kantiano; sería una premonición. ¡Quién me mandaría a mí viajar hasta aquella región del norte de Escocia para contemplar unos montes todo lo más de igual belleza, si no menor, que los que configuran la vaguada que cobija al pueblo en el que crecí! ¿Hubiese Kant viajado hasta aquellas lejanas tierras -y eso que su abuelo era de por allí- para admirar un paisaje que en casi nada podía envidiar al de su Königsberg natal, la Montaña del Rey? Claro que no. Y si Kant pudiendo haber viajado no viajó, sería por algo; sus buenas razones tendría. Dudo que ni por un buen whisky escocés, de malta, por supuesto, hubiese movido el culo nuestro querido amigo, aunque no es algo que pueda jurar ni sepa a ciencia cierta.

Hoy puede parecer que si a cada poco no estamos peregrinando cuanto más lejos mejor, nos perdemos algo esencial; pero Kant nos enseñó que no es así, aunque yo no sabría explicar por qué. No siendo alemán, como el gran pensador, mas sí kantiano, habré de conformarme con argüir citando algunos archiconocidos versos -que por estas latitudes más dados somos a la rima y a las artes plásticas que a la sesuda reflexión en conceptos puros- del acerbo popular, pero no por ello menos sabios. Dicen así:

<<Tengo las nubes del cielo y tengo las olas del mar

Y si tengo tu cariño, y si tengo tu cariño

Ya no quiero nada más.

Estando contigo, contigo, contigo de pronto me siento feliz

 Y cuando te miro, te miro, te miro me olvido del mundo y de mí

 Qué maravilloso es quererte así

Estando contigo, contigo, contigo me siento feliz.>>

No sé, ni importa mucho, la verdad, si Marisol fue o no una gran viajera. Sé, empero, que no escribió una metafísica ni maldita falta que le hacía a la pobre. No obstante, si llega el día que podamos viajar por el tiempo -y el espacio- a nuestro completo antojo, me gustaría invitar a Kant y traerlo de viaje a España; no para llevarlo a un concierto de la niña prodigio aquella sino para invitarle a unos vinos y unas tapas. No cunda el pánico ni haya quien se preocupe, que ello sería después de que el filósofo hubiese publicado la segunda edición de su magna obra, no fuese a suceder que se le despertase a Kant el gusanillo de dar tumbos por el orbe y nos dejase sin lo mejor de su legado. Hasta puede que después de los vinos y las tapas ésas, de congeniar, fuese él quién a su vez me invitara a viajar a Berlín en Junio, y juntos viésemos a su Bayern y a mi Barcelona disputar la próxima final de la Copa de Europa. Puestos a fabular, si a Kant pudiera darle por viajar, por qué no también llegar a gustarle el fútbol, ¿no?

(“Estando contigo”; Marisol) https://www.youtube.com/watch?v=BjkxGW9maUE&feature=player_detailpage

Phil O’Hara

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2 pensamientos en “Kantiano, y a mucha honra.

  1. Su kantiana reflexión me recuerda unas palabras de Thoreau, de quien me considero tan ferviente discípulo como lo es usted de Kant: “He viajado mucho en Concord” (Concord era su pueblo natal). Con frecuencia me propongo el reto de pasear por las calles de mi León natal con la mirada virgen, como si fuera la primera vez que estoy aquí. Y lo cierto es que me sorprendo muy a menudo. Su idea de llevar a Kant a tomar unos vinos por el Húmedo da mucho juego. Zapatero ya lo probó con el canciller Schröder, y creo que no lo pasaron nada mal. Pero creo que no habría color, puestos a elegir compañía.

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  2. Phil O'Hara dice:

    En menos que canta un gallo estamos tomando esos vinos. Kant me temo que tampoco podrá esta vez acompañarnos. Me ruega lo excuse.

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