La Sexta palabra

7bis

En el cajón no hay más textos que el de la <<Cuesta>> y éste, lo juro. Pudiera ser que Villo dudase de la veracidad de lo que en él se cuenta. Sería comprensible. Lo cierto es que ocurrió tal cual lo relato. O más o menos.

-¡Déjame en paz de una vez! ¡Vamos a llegar tarde y nos echarán la bronca! No voy a probarme ningún capirote; si son los tres iguales. Este mismo vale.

Tarde íbamos a llegar de todos modos, por lo que la insistencia de mi tía Meli estaba más que justificada. Probarse el capirote antes de marchar al sermón no llevaría más allá de un par de minutos, y hubiésemos estado a tiempo de remediar cualquier imprevisto. Pero había que conocer a mi tía para entender a Fernando. Enfermizamente perfeccionista e insospechadamente meticulosa hasta en los detalles más insignificantes, presta siempre a meter baza, Meli era capaz de acabar con la paciencia de un santo. Nervioso ante su primera participación en la procesión del Viernes Santo de las Siete Palabras, yendo a contrarreloj, se comprende que mi primo mandase a su santa madre a freír espárragos en vez de seguir los dictados de la prudencia más elemental. Enfundada la aterciopelada túnica roja, la magnífica capa negra a hombros, ajustado el cíngulo y calzados los guantes blancos, agarró la cruz y un capirote, besó a su madre y ordenó “¡marchando para San Marcelo!”.

El sermón daba inicio a las cinco de la tarde y cuando nos pusimos en camino eran ya y cuarto. De toparnos con un Seise antes de entrar en la iglesia, habida cuenta de la severa regla de la cofradía, se nos iba a caer el pelo. Desde Burgo Nuevo se llegaba a San Marcelo en un santiamén; con tener una pizca de fortuna nadie se percataría del retraso. Pero no la tuvimos. Justo en la puerta lateral del templo nos dimos de bruces con Marcelino, Viceabad de la penitencial y azote de papones poco disciplinados. Observaba, don Marcelino, a pies juntillas los preceptos estatutarios. En la cofradía se había ganado el respeto de los veteranos; lo que es el resto sentíamos directamente pavor con sólo oír nombrarlo, a pesar de no haber cruzado jamás una palabra con él. La reprimenda que le cayó a Fernando fue de órdago. Lo de menos la amenaza de desterrarlo de la cofradía. Yo salí mejor parado: con el hábito de Jesús Divino Obrero que me había prestado mi primo, invitado por mi propia cofradía -particular éste que gracias a Dios don Marcelino ignoraba- no estaba obligado a asistir al sermón, al que sí debía asistir como era preceptivo Fernando, que aunque hermano desde el mismo día en que vio la luz de los morados, vestía aquella tarde mi hábito de las Siete Palabras. Sin ni tan siquiera elevar la mirada, aterrorizados, no reaccionamos hasta que el Viceabad nos mandó, a grito pelado, entrar de una vez en San Marcelo.

Ocupando un par de sitios en la última fila de bancos confiábamos los dos en que lo peor del día hubiese pasado ya. Mas no: estaba por llegar. Al finalizar el sermón fuimos de los primeros en tomar la calle, y nos acercamos a ver los pasos antes de que el desfile diese comienzo. Mientras admirábamos la réplica de la talla de Fernández un Seise se nos acercó y ofreció a Fernando portar la Sexta Palabra. ¡Bendito sea el Señor! La Providencia se apiadaba de nosotros y acudía presta a resarcirnos de lo que hasta entonces había sido una tarde funesta. La emoción que nos embargaba a ambos me privó de envidiar a mi primo. Me sentía feliz por poder participar de un momento que se me antojaba histórico, y no dudé en apoyar en todo a Fernando, con la sana intención de aligerar en algo el peso de tanta responsabilidad. Sostuve lo mejor que supe el guión con la palabra mientras ante el inminente comienzo de la procesión Fernando se colocaba el capirote. Sin dejar de sostenerla sentí un escalofrío parecido al que se debe sentir cuando mascas la tragedia: no podía dar crédito a lo que veían mis ojos: a Fernando no le coincidían los suyos con los dos orificios del capirote, que le quedaban por encima de su frente.

– Ponte el capirote bien, primo, que ya se han puesto en marcha.

-¿Que me lo ponga bien?, ¿pero hay alguna otra manera de ponerse un capirote? ¡No veo nada! ¡A qué descerebrado se le habrá ocurrido hacer los agujeros tan arriba! -gritaba presa del pánico, y lo único que podía ver era que su gran día de suerte estaba a punto de dar al traste por un capirote, según él, mal confeccionado.

– Toma, prueba con el mío.

En un instante de lucidez se me ocurrió intercambiar los capirotes. Si solamente uno de los dos iba a salir en la procesión ése sería Fernando. El destino le había concedido a él el premio y a mi sacrificar mi presencia en el desfile. Aunque era mucha la ilusión que tenía por salir en la procesión, debía cargar con esa cruz y estaba dispuesto a hacerlo. Cambiamos los cartones de capirote; pero Fernando seguía sin ver ni torta. Aquello no tenía remedio y no quedaba tiempo para más. Había que encontrar al Seise y decirle que no llevaríamos la palabra. Con el trajín de la organización por allí no andaba ninguno y sin pensarlo dos veces no tuvimos mejor ocurrencia que dejar la palabra en la carpa, sin avisar a nadie. Después tomamos las de Villadiego; alguien ya se daría cuenta de que la Sexta Palabra no ocupaba su lugar en el cortejo, la iría a buscar a la carpa y otro afortunado papón la portaría. Lo que era nosotros, dábamos por finiquitada la aciaga jornada y nos volvíamos para casa. Una vez allí nos quitamos las túnicas y sin más explicaciones volvimos a la calle, resignados a ver la procesión desde la acera. Todo fue normal hasta la quinta palabra. Pero a continuación vino la séptima. Incrédulos, después de la representación de abades nos fuimos de allí. No hizo falta conjurarnos para no contar a nadie lo sucedido. La procesión de las Siete Palabras había salido sólo con seis. De todos modos, quién nos iba a creer.

Phil O’Hara.

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2 pensamientos en “La Sexta palabra

  1. Es usted sumamente cruel al martirizarme con tan ultrajante recuerdo. Doy fe de que cuanto relata en su artículo se ajusta pormenorizadamente a la realidad, haciendo buena aquella frase de que con frecuencia la realidad supera a la ficción. Todavía, a día de hoy, y pese a haber sido el involuntario protagonista, sigo preguntándome si semejante cúmulo de desatinos puede llegar realmente a producirse. No obstante, y para que vea que no le guardo rencor aunque se lo tenga merecido, le felicito por la magnífica factura del texto.

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  2. Phil O'Hara dice:

    La suerte fue, Jardiel, que se trató de la Sexta Palabra. ¿Se imagina que nos hubiese dado por salir en la de la Cena y un Seise nos hubiera mandado empujar el magnífico paso de Víctor de los Ríos? No quiero ni pensar que podría haber sucedido en dicho caso…

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