¿Segunda Transición? ¿Hacia dónde?

Se oye hablar demasiadas veces de la Segunda Transición. Hay palabras o expresiones que, al hacer de ellas un uso abusivo a la vez que poco preciso, terminan por no significar absolutamente nada. Como un globo cuando se hincha de aire. O también un estómago humano. En ambos casos, el repentino vaciado de los mismos se caracteriza por un violento estallido que, en el caso del globo no tiene mayores consecuencias que el darnos un pequeño susto, pero cuando de vísceras humanas se trata, la consabida secuela es un hedor penetrante y ciertamente poco grato, que es más o menos a día de hoy el que percibimos en nuestras mefíticas y corruptas instituciones políticas.

Yo creo que, para empezar, convendría tener claro cuáles fueron las claves de la Primera Transición, pues se da por supuesto que tuvo que haber tal, cuando con tanta insistencia se afanan en hablarnos de la segunda. Porque a nuestros políticos les encanta hablar del “espíritu de la Transición”, así como de la necesidad de recuperarlo, sin que nadie se preocupe por explicar qué era lo que alentaba aquel espíritu ni el cómo deberíamos conducirnos si quisiéramos volver a implantarlo. Como mucho, se encogen de hombros y nos espetan escuetamente, con una evidente falta de entusiasmo: “Léase usted la Constitución de 1978: ahí encontrará todo lo que necesite saber”. Como quien nos remite al manual de instrucciones para manejar una tostadora. Con lo que la Carta Magna queda relegada a la categoría de mero tótem, o talismán, al que cabe rendir culto con una devoción casi supersticiosa, como la que profesan los pueblos primitivos (y los que no lo son tanto) a sus ídolos y fetiches. Freud lleva a cabo un estudio muy interesante de esta cuestión en su ensayo Tótem y tabú, centrándolo en el ámbito de la religión. Pero creo que igualmente podrían extrapolarse las tesis freudianas al terreno de la política. Nos guste o no reconocerlo, la palabra “Constitución”, así como las páginas de las que se compone su articulado, han pasado a ser lo más parecido a una carcasa vacía, o a un mero relicario, a los ojos de nuestra displicente y desengañada España de principios del siglo XXI. El espíritu de la Transición, efectivamente, se halla plasmado en ella, pero mucho nos tememos que dicho espíritu se ha vuelto tan etéreo y evanescente que el plasma ha terminado por convertirse en ectoplasma.

Pero evitemos la tentación de dejarnos llevar por las ramas. A la pregunta de qué fue lo que hizo posible aquella transición de un régimen dictatorial a nuestro actual estado democrático, bastaría con responder que, ante todo, tal hazaña se logró merced a la fijación de un objetivo claro, junto con el combustible necesario para llevar la nave a buen puerto, que no es otro que la ilusión. Todo barco que vaya a la deriva, sin una derrota previamente trazada en el cuaderno de bitácora, tiene a priori todas las papeletas para terminar haciéndose astillas contra los arrecifes, en cuanto se presente la primera noche de tormenta. La clase política de por aquel entonces tuvo la suficiente altura de miras como para percatarse de que nada se conseguiría en tanto en cuanto las instituciones del país no se libraran de la tutela de los dos custodios implacables que hasta entonces las mantuvieran constreñidas, a saber, la iglesia y el ejército. Incluso personalidades políticas como Manuel Fraga, procedentes del antiguo régimen, supieron entender que el nuevo ordenamiento constitucional, si aspiraba a ser efectivo y duradero, tendría necesariamente que acabar entrando por el aro del estado aconfesional y el reconocimiento explícito de la pluralidad cultural existente en nuestro país, germen del estado autonómico. Por supuesto no habrían de faltar los consabidos heraldos negros (las fuerzas integrantes del así llamado “búnker” del franquismo), augurando la aniquilación de Sodoma y las diez plagas de Egipto, como inevitable castigo a tanto desmán. Fue preciso neutralizar a tales vocingleros mediante una apreciable dosis de ilusión que infundiera confianza en la nueva empresa colectiva, haciendo buena aquella máxima de Emerson: “Nada verdaderamente grande se ha hecho nunca sin entusiasmo”. La Carta Magna del 78 fue el documento sancionador mediante el cual los españoles nos comprometimos con nosotros mismos a preservar nuestro recién adquirido régimen de libertades.

A día de hoy, nos encontramos atrapados en una encrucijada de la que difícilmente vamos a salir, como no elevemos la cabeza por encima del polvo, que confundimos con la línea del horizonte. Es hora de ver y hablar claro: nuestra democracia está literalmente secuestrada por las oligarquías que detentan el poder económico, que ha reemplazado a los estamentos religioso y militar en su antiguo rol de élite privilegiada. Pero se han hecho con los resortes del poder de un modo mucho más inteligente y sibilino del que emplearan aquéllos, sin necesidad de dar un golpe de estado ni de disparar un solo tiro. Han tenido la suficiente astucia como para percatarse de que lo verdaderamente importante para el que aspira a convertirse en tirano es matar la ilusión. Y para ello se han valido del arma de destrucción masiva más efectiva que existe: el miedo. Inoculando en la sociedad el miedo a perder el puesto de trabajo, o a perder la vivienda, o a ejercer el libre derecho de protesta (ley mordaza), la nueva élite se ha asegurado la mejor baza para perpetuarse en el poder. El miedo termina por sofocar cualquier tentativa de resistencia o ansia de cambio, despojando al ser humano de su humanidad para equipararlo con la más elemental de las criaturas del reino animal, permanentemente supeditadas a ese sutil e implacable tirano al que se conoce como instinto de conservación. Tuvo razón Thoreau al formular, hará unos 150 años, aquella máxima falsamente atribuida al Presidente Roosevelt: “No hay ninguna cosa a la que haya que tenerle tanto miedo como al miedo mismo”.

Toda institución totalitaria que se precie ha de fabricar sus propios talismanes y sus tótems, si tiene una mínima aspiración de longevidad. Como ocurre con todas las fuerzas vivas cuando se fosilizan para convertirse en meros símbolos, la Constitución de 1978 ha dejado de ser paulatinamente el viento impulsor de nuestro progreso como sociedad, para convertirse en nuestra rémora. El desgaste se ha venido larvando desde hace tiempo, pero sin duda el punto de inflexión lo marca la reforma del artículo 135 en agosto del 2011, por el que se supedita de manera perversa el interés general de los ciudadanos al pago de la deuda. La modificación de un simple párrafo trae como consecuencia el que los ciudadanos pasen a ser súbditos y el que los gobiernos democráticamente elegidos se conviertan en meros delegados de un poder que para nada ha sido elegido democráticamente. A un nivel más profundo, se desprenden dos corolarios fundamentales, a cual más inquietante: uno, que la alternancia de los dos grandes partidos en el gobierno es una farsa (la reforma de dicho artículo fue auspiciada por el PSOE, parece que a todo el mundo se le ha olvidado); y, dos, que el resto del texto constitucional queda relegado a la condición de papel mojado, pues tanto su espíritu como su letra entran en abierta confrontación con dicha prioridad presupuestaria. Y lo que es una aberración a nivel macroeconómico, desde el punto de vista humano, se ha instaurado igualmente a nivel doméstico, al pasar a nuestro acervo de prácticas cotidianas cosas tales como los desahucios (contraviniendo el artículo 47 de nuestro ordenamiento constitucional), o el desabastecimiento energético de los parados (haciendo caso omiso del artículo 128). Los grandes oligopolios de la energía y las finanzas no se aprestan a cumplir la ley, sino que hacen que las leyes se adapten a sus intereses. Y, si no, simplemente las vetan (como cuando el PSOE se opuso a legislar sobre la dación en pago), o se las pasan por el arco del triunfo. Sin el menor pundonor.

Conviene tenerlo claro: nuestra democracia jamás será completa mientras siga siendo subsidiaria de los grandes capitales. A poco que nos paremos a pensarlo, caeremos en la cuenta de que su poder es puramente psicológico, mientras sigan haciéndonos creer que son imprescindibles. Es algo muy parecido a lo que ocurrió en el pasado con la Santa Inquisición, que durante siglos se las ingenió para destilar en el pueblo la falsa ilusión (en el sentido anglosajón del término) de que solo ellos tenían la llave de la salvación. Pero en realidad lo que tenían, era la llave del calabozo y la cerilla para encender la hoguera. Como entonces, no faltará quien intente amedrentarnos con el llanto y crujir de dientes, pero ni las llamas del infierno ni las hogueras del Santo Oficio son nada comparados con esta cocción a fuego lento con la que estos inquisidores vestidos de Armani pretenden liquidar nuestra libertad. Lo peor de todo, algunos se permiten incluso el jactarse de ello. Tal es el caso, por ejemplo, del señor Warren Buffet (segunda mayor fortuna de Estados Unidos, por detrás de Bill Gates), al pronunciar la siguiente frase: “Claro que hay lucha de clases: y la estamos ganando nosotros”. Hay que reconocer que, en el medio de su evidente cinismo, al menos este individuo ha tenido la elegancia de avisarnos. Y el que avisa no es traidor, por muy malvado que pueda ser. Es hora de recoger el guante y despertar del letargo en el que nos hemos arrumbado tan plácidamente durante las últimas cuatro décadas. Ningún Príncipe Azul va a venir a hacernos el trabajo.

Jardiel Poncela

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2 pensamientos en “¿Segunda Transición? ¿Hacia dónde?

  1. Adrián Montes dice:

    Resulta cuando menos llamativa tu reciente obsesión por la oligarquía económica y el pago de la deuda pero cada cual es libre de elegir sus obsesiones. Lo que no quiero dejar pasar son ciertas inexactitudes, ya que yo si viví la transición.

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  2. Te recuerdo que yo también estaba vivo y coleando por aquel entonces. Eres mayor que yo, pero no tanto. En cuanto a las obsesiones, aquí no estamos en el Parlamento, por lo que se supone que los argumentos se refutan con argumentos, no con descalificaciones. En cualquier caso, ya puestos, a mí lo que me llama la atención es tu ceguera y tu negativa a ver la realidad tal cual es.

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