Archivos Mensuales: abril 2015

Los billetes del Monopoly

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No sé si habréis oído hablar de este juego, al que le han salido innumerables clones (el Palé, el Superpoly, el Petrópolis…) Qué lejos quedan aquellas tardes de domingo de la preadolescencia (más o menos entre los doce y los catorce años), en que nos entregábamos con voracidad mis amigos y yo a aquel sucedáneo de especulación, con el tablero llenándose paulatinamente de casitas verdes y rojas, en el que siempre resultaba uno vencedor (casi nunca era yo) y el resto quedaban inevitablemente abocados a la ruina. La interminable partida llegaba a su fin cuando todos los jugadores, excepto uno, se declaraban en quiebra.

Aquel juego resultó ser tremendamente premonitorio, pues seguramente sin pretenderlo constituía un fiel reflejo de la espiral autodestructiva en la que está entrando la economía mundial. Sin entrar en datos empíricos ni en tecnicismos mareantes, podríamos resumir la situación apuntando que cada vez es mayor la brecha entre la economía productiva y la especulativa, siendo esta última la que atrae como un imán a las jaurías de usureros y embaucadores de todo pelaje que, como chacales sedientos de sangre, se abalanzan sobre la riqueza ganada por otros mediante años de sacrificio y esfuerzo, con la esperanza de multiplicarla instantáneamente por arte de birlibirloque, en lo que podríamos caracterizar como una variante posmoderna de la parábola de los panes y los peces. Yo no sé si tal milagro ocurriría o no, pero de lo que sí estoy seguro es de que en el proceloso océano de la economía mundial (eso que de modo tan difuso llaman “los mercados”), la realidad es que los peces más grandes devoran a los más chicos, hasta que llegará un momento en que no habrá más peces en el mar. Puede que ni siquiera haya mar. Me viene a la mente una escena de la deliciosa película de animación Yellow Submarine, con música de los Beatles, en que todas las criaturas marinas eran absorbidas por un extraño monstruo que tenía como una enorme aspiradora en la cara. Al final, cuando ya no quedaban víctimas en los alrededores a las que poder engullir, terminaba por devorarse a sí mismo.

Volviendo a mis nostalgias adolescentes (la infancia es la verdadera patria del hombre, dijo Rilke), recuerdo que, cuando acababa la partida, nos íbamos hasta el quiosco de la Pícara y allí el ganador, haciendo ostentación de su riqueza, compraba un paquete de pipas que compartía generosamente con sus derrotados compañeros. Y allí nos quedábamos, sentados en un banco, comiendo pipas y viendo pasar a las chicas, que por aquel entonces nos empezaban a gustar. Perfectamente conscientes de que lo anterior había sido un simple juego, y de que lo verdaderamente importante estaba allí, desfilando ante nuestros ojos: nuestra amistad, las chicas… la vida, en definitiva. Para que luego digan que la edad nos hace más sabios. Lo que sí es verdad, desde luego, es que nos hace más viejos. Pero lo peor no es que yo, o mis amigos de entonces, hayamos envejecido. Eso, al fin y al cabo, es ley de vida. Lo peor es que el mundo entero se ha hecho más viejo y, por ende, más desesperado y estúpido.

Nosotros, dentro de nuestra ingenuidad, al menos sabíamos que las pipas no se podían pagar con los billetes de la partida, por muy abultado que fuera el fajo.

Jardiel Poncela

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Encuentros

Anticipándome a la jornada de mañana, he querido compartir este texto, en el que se trata de rendir homenaje a este santoñés ilustre, al que tanto debe la Semana Santa de León. Felices Pascuas a todos.

La Semana Santa del 2010 no pude participar en la Procesión del Encuentro. Un dolor de espalda, inoportuno como suelen serlo las inevitables goteras que a uno le van surgiendo con el paso del tiempo, me impidió ocupar el puesto de bracero que desde los dieciocho años he venido ocupando en el Paso de la Soledad con la Hermandad de Jesús Divino Obrero. No obstante, no quise perderme por nada del mundo ese incomparable estallido de alegría y fe que cada año nos congrega a los leoneses en la Plaza de la Catedral, anunciándonos la buena nueva de la Resurrección que, simbólicamente, coincide con la llegada de la primavera. Así que madrugué, como cada Domingo de Pascua, y a primera hora de la mañana, tras tomar un café rápido en la cafetería Europa, me apresté a coger sitio en primera fila, frente a la oficina de información y turismo, para no perder detalle del evento, tan pronto como me percaté de que comenzaban a abarrotar la Plaza las primeras oleadas de curiosos. Pese a faltar aún una hora larga para que tuviese lugar la ceremonia del Encuentro, las inmediaciones de nuestra Pulchra Leonina se habían transformado en pocos minutos en una colmena rebosante de vida y de impaciente público que, ya fuera por devoción, por simple curiosidad o por apego a las tradiciones de nuestra tierra, no estaban dispuestos a pasar por alto el emotivo acto que cada año reunía en aquel entorno privilegiado a la Virgen de la Soledad con el Resucitado.

El principal inconveniente estribaba en que, como todo el mundo sabe, el tiempo, que normalmente huye tan deprisa, parece detenerse cuando estamos esperando algo que ansiamos. Como he dicho, tenía más de una hora por delante, y pensé que la mejor manera de combatir el aburrimiento –que de paso también me ayudaría a olvidar el frío característico que, de manera inmisericorde y a pesar de haber dejado ya el invierno atrás, suele atenazar por aquellas fechas al paseante tempranero por las calles de este nuestro León- sería trabando conversación con alguno de los espectadores que se habían instalado cerca de donde yo estaba. Me llamó la atención un señor de bigotito negro, aire distinguido – que le confería sobre todo su sombrero pasado de moda, a la usanza de los años 40 ó 50- y edad mediana, no muy alto, que parecía hallarse como en estado de trance a juzgar por lo extraviado de su mirada. Aparte de este hecho, lo que más me llevó a fijarme en él fueron sus manos, de una blancura impecable, dotadas de unos largos y finos dedos aristocráticos. “Manos de artista”, pensé, “probablemente de pianista profesional”. Era evidente que la ceremonia del Encuentro suscitaba en él una honda emoción, motivo por el cual me animé a interpelarle con objeto de hacer que la espera resultase algo menos larga.

-¿Hace frío, eh? –dije, al tiempo que me frotaba las manos- Si al menos no quedara tanto para que se celebrara el acto…

Fue entonces cuando el hombre pareció salir de su ensimismamiento y clavó en mí una mirada penetrante, que creo que me hubiera hecho sentir algo de miedo de no ser por la sonrisa, cortés y distendida, con que tuvo a bien acompañarla.

– El clima de este su León es lo que tiene…

– ¿Usted no es de por aquí? –pregunté, interesado.

– Lo cierto es que no, aunque he vivido en su ciudad muchos años y, como dice el refrán, el burro no es de donde nace, sino de donde pace.

– No estoy seguro de que esa teoría sea cierta del todo. Mis padres siempre le tuvieron mucho cariño a León. De hecho, esta es la ciudad que vio nacer a sus hijos. Pero ellos en ningún momento perdieron la devoción por su Santoña natal.

– ¿Sus padres eran de Santoña? –preguntó el desconocido, arqueando una ceja.

– Sí, en efecto –respondí yo, embargado por la sorpresa- ¿No me dirá que usted…?

– Pues sí. Ese es el pueblo donde vi la luz. Concretamente vine al mundo en una casa de la calle General Salinas.

– ¡Hay que ver lo que son las cosas! En realidad, usted y yo somos un poco paisanos. Porque si los avatares del trabajo no hubieran obligado a mi padre a emigrar a estos pagos…

– Sí, no cabe la menor duda de que la vida da muchísimas vueltas.

Tal y como había previsto, la conversación con el extraño hizo que me resultara mucho menos onerosa la espera. Pero lo cierto es que, a pesar de sus innegables cortesía y afabilidad, no lograba librarme de la impresión de que había algo en él, como un misterioso estigma que parecía distinguirlo de todos los demás rostros que componían la abigarrada multitud. En parte intrigado por este hecho, y en parte porque la simpatía que me inspiraba me inducía a perseverar en mi intento de congeniar más a fondo con él, le pregunté a qué se dedicaba.

– Soy artista –respondió modestamente.

-¿Músico? – volví a preguntar, con la esperanza de corroborar mi anterior presentimiento.

– Escultor –dijo, lo cual suscitó de nuevo la sorpresa en mí.

– ¡Caramba! – exclamé, cabeceando con cierta incredulidad- Como su ilustre paisano, don Víctor de los Ríos. Está visto que hoy el día va de casualidades.

– Sí, en efecto – corroboró él con cierto aire de misterio.

– ¿Es usted admirador suyo? – inquirí a continuación, creyendo haber descubierto el motivo por el que mi interlocutor había viajado desde Santoña para contemplar aquel acto emblemático de la Semana Santa de León.

– Bueno, sí, un poco…

– Hoy precisamente veremos procesionar  dos pasos suyos: la Virgen de la Soledad y el Resucitado. Excelentes ambos. Soy bracero titular del primero de ellos, si bien este año no he podido salir por culpa de mi espalda –llegado a este punto, emití un hondo suspiro, que llamó la atención de mi interlocutor- Por cierto, qué desgracia la de esta ciudad. Tan importante que es el legado escultórico que este hombre nos dejó, y sin embargo, no tuvimos la decencia de organizarle el año pasado un homenaje como Dios manda con motivo del centenario de su nacimiento, como sí hicieron, por ejemplo, en Santander o en Linares.

– No hay por qué pensar mal. Quizás se les pasara la fecha…

-¡Que se cree usted eso! A estos políticos de chichinabo lo único que les importa son los gestos de cara a la galería, es decir, lo que pueda proporcionarles votos. Mucho me temo que el club de fans de Víctor de los Ríos no constituye un filón demasiado productivo en este sentido, razón más que suficiente para que no se preocupen en absoluto de cuidarlo. Pero ya está aquí el Paso de la Soledad.

En efecto, el también llamado Paso de las Tres Marías acababa de doblar la esquina de la calle Puerta Obispo para hacer su irrupción en la Plaza de Regla. Casi simultáneamente, con precisión matemática, entraba por la esquina de Sierra Pambley el Paso del Resucitado, haciendo enmudecer a la concurrencia con esa majestuosidad nada hierática que había sabido conferirle la gubia del genial artista. Era tal el ambiente de recogimiento que se respiraba en el lugar, que no me atrevía por nada del mundo a quebrantarlo con algún comentario inoportuno que se dejara oír por encima del sepulcral silencio reinante, razón por la que acerqué mi boca al oído de mi interlocutor para susurrarle lo más quedamente posible:

– Hace justamente cincuenta años que tuvo lugar por primera vez la ceremonia del Encuentro aquí, en la Plaza de la Catedral, cuando también procesionó el Paso de la Soledad al completo, con las tres figuras. Es una lástima que dentro de otros cincuenta no estemos aquí para verlo.

– De eso último no esté usted tan seguro. Dios proveerá.

Me limité a encogerme de hombros y a sonreír con una expresión de cierta bobería, atribuyendo la observación de mi amigo a un simple destello de humor, no exento de cierta ironía. No había lugar a nuevos comentarios, puesto que las bandas de música de las cofradías habían callado, los dos pasos se hallaban frente a frente y todo el mundo esperaba, expectante, la lectura del Pregón a cargo del actor Magín Mallo. Es este uno de los momentos mágicos de la Semana Santa leonesa, curiosa mezcla de fervor y suspense, en el que todas las miradas están pendientes del hermano que, año tras año, lleva a cabo la delicada operación de cambiarle el manto y la corona a la Virgen, sin que los espectadores puedan por menos que preguntarse, con el corazón en un puño, si le dará tiempo a culminar su labor antes de que se oiga por los altavoces el típico grito de “Cristo ha resucitado ¡Felices Pascuas!” Por supuesto que tales temores resultan ser completamente infundados, pues la Virgen –que desde ese mismo momento deja de serlo de la Soledad- ya está completamente vestida de blanco cuando dicha exclamación se produce, y es llegado el momento para proceder a la suelta de palomas, el tañido de campanas y el espectacular baile del paso realizado por los hermanos de Jesús Divino Obrero, en una nada casual evocación de la llegada de la primavera, esa estación en que la vida renace. Finalizado que fue el jubiloso acto, decidí despedirme de la persona que me había acompañado durante el mismo, dándome cuenta de que en todo este tiempo no nos habíamos presentado.

– Fernando Montes – dije alargando la mano en un gesto de despedida- Ha sido un placer compartir  este momento con usted.

– Yo me llamo Joaquín. Para servirle a usted – dijo estrechándola con una fuerza que me sorprendió en aquella mano aparentemente tan fina y delicada, si bien caí inmediatamente en la cuenta de que, al fin y al cabo, era una mano acostumbrada a empuñar la gubia y el cincel.

– Espero que volvamos a vernos, ya sea en León o en Santoña –añadí, guiñando un ojo.

– De eso no le quepa la menor duda – replicó de modo un tanto enigmático- De que volveremos a vernos.

Ya estábamos a punto de separarnos para seguir nuestros respectivos caminos, cuando el señor se volvió para decirme sin duda algo que se le había quedado en el tintero.

-Por cierto, sus padres me piden que le diga que le quieren mucho, y que velan en todo momento por usted.

Dicho esto, afloró a su rostro una sonrisa que nada tenía de burlona, se tocó levemente el ala del sombrero y se mezcló entre la multitud. La expresión de mi cara no me la vi, pero no me resulta difícil en absoluto imaginarla, como supongo que tampoco a cualquiera de ustedes. Mi primer impulso fue el de tildarlo de chiflado excéntrico, a no ser porque caí en la cuenta de que yo en ningún momento le había dicho que mis padres hubieran fallecido. Y me percaté, además, de que la cara de aquel individuo no me resultaba del todo desconocida ¿Dónde la había visto yo antes? En eso tuve un flash extraño y, devorado por la impaciencia y la incredulidad, me trasladé rápidamente a mi domicilio, donde lo primero que hice, sin despojarme siquiera del abrigo, fue conectar el ordenador y entrar en la web de la Hermandad de Jesús Divino Obrero. Una vez allí conecté al enlace donde se habla a fondo del patrimonio artístico y, para mi sorpresa inefable, ahí estaba la foto del hombre con quien había presenciado aquella mañana el acto del Encuentro: Víctor Joaquín de los Ríos, escultor, nacido en la localidad cántabra de Santoña en el año 1909.

Pasada la lógica perplejidad inicial, no pude reprimir un sollozo. Sería difícil explicar cuáles fueron exactamente las causas que provocaron este llanto, pues eran demasiadas las emociones que se agolpaban en mi cerebro, todas ellas igualmente intensas. Lo que sí sabría decir a día de hoy con total seguridad es que, cada vez que recuerdo aquella extraña mañana de Domingo de Pascua, no puedo evitar que aflore a mi rostro una sonrisa teñida de cierta amargura cuando pienso que el alma noble de Víctor de los Ríos nunca ha olvidado a esta ciudad que, sin embargo, tan ingrata había sido con su memoria.

Jardiel Poncela

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Polizones

Piedad

 

Desempolvando el baúl de los recuerdos, he topado con esta humilde muestra de mi quehacer narrativo, en la que cuento mis andanzas de bisoño papón. He creído que sería apropiado compartirlo, dado lo significativo de estas fechas. He de advertir que, si bien los hechos aquí referidos se ajustan esencialmente a la realidad, he decidido adornarlos tenuemente con el barniz de la literatura. Que lo disfrutéis, y felices pascuas a todos.

– ¡Vosotros dos, venid aquí! – rugió tonante la voz de Julio Cayón.

Ante tan brusca interpelación, Carlos y yo nos miramos el uno al otro con cara de circunstancias, como quien ha sido sorprendido en flagrante delito.

– ¡Sí, sí, a vosotros me dirijo! – volvió a insistir, inapelable, la voz, de tal suerte que no cabía otra alternativa que la de obedecer o salir corriendo. Tras sopesar ambas opciones, nos decantamos por la primera y avanzamos con aire sumiso hacia Julio, temerosos de que estuviera pensando en medir la dureza de su vara de seise con nuestras respectivas cabezas.

-¿Se puede saber qué pintan aquí esas insignias del Dulce Nombre? – nos interrogó con voz súbitamente queda y aire sibilino, propio del que trata de descifrar un gran arcano. Había recalcado sobre todo la palabra “aquí”, cuyo acento agudo sonaba lo más parecido imaginable a un tiro de escopeta.

Nuestros peores temores se veían, pues, confirmados. Para ganar tiempo, Carlos y yo decidimos mirarnos las insignias, como si esperáramos a que ellas fueran a responder por nosotros. Tal circunstancia no se produjo, y fue Julio quien de nuevo quebró el embarazoso silencio:

– ¿Acaso no sabéis que ésta es la Procesión del Santo Entierro y que la cofradía organizadora de la misma es Nuestra Señora de las Angustias y Soledad?

– Sí, sí que lo sabemos – hablé yo por fin, sin caer en la cuenta de que se trataba de una pregunta retórica.

– ¿Y bien? – inquirió el seise, observándonos con gesto adusto desde el otro lado de sus gafas.

Yo, que para algo era el mayor, me sentí obligado a oficiar de portavoz, articulando una explicación más o menos coherente:

– Bueno, pues… Nosotros… En realidad…

– Fuera insignias –cortó Julio abruptamente- Antes que llevar el escudo equivocado, es preferible no llevar escudo alguno. Por esta vez haremos la vista gorda. Id a ver si podéis acoplaros en algún paso. Suele hacer falta gente por la tarde, aunque no os garantizo nada. Que haya suerte.

Carlos y yo volvimos a mirarnos, entre satisfechos e incrédulos. Aquello sí que era un desenlace inesperado. Al parecer, había pesado más en la decisión final del seise el valor por nosotros manifestado que nuestra igualmente manifiesta condición de polizones (o nuestra caradura, hablando en plata). Saltaba a la vista que no pertenecíamos a la cofradía.

Todo había empezado en la comida de Viernes Santo, donde mi madre – que era también la abuela de Carlos – nos obsequiara con un delicioso bacalao, plato tradicional por esas fechas en cuya preparación era ella especialista consumada. Recuerdo que comimos con hambre de lobo, pues veníamos agotados de pujar por la mañana el Prendimiento, paso en el que acabábamos de entrar como braceros titulares. Pero nuestra bisoñez, unida al efecto vivificador del bacalao de mi madre, nos hizo olvidar rápidamente las penurias matinales. De modo que, dejándome llevar por ese entusiasmo pseudo-masoquista tan propio de la juventud, le dije a Carlos al llegar a los postres:

-Oye, ¿qué tal si nos colamos esta tarde en el Entierro?

Carlos se me quedó mirando fijamente, y pude observar que era víctima de un espinoso dilema: no sabía si llamar  a los loqueros o aceptar sin más mi propuesta. Se vino a quedar a medio camino, alegando débil y perogrullescamente:

– Pero Fernan… Nosotros no somos de Angustias.

– ¡Y qué más da! – repliqué con aire de suficiencia – Las túnicas son también negras. Sólo se diferencian en el escudo. A ver quién se va a andar fijando en eso.

Carlos titubeó todavía un poco, pero al hacer mi madre una observación en el sentido de que estábamos como cabras al plantearnos una cosa así, ello pareció actuar como un resorte sobre la voluntad de mi sobrino, pues no hay nada que estimule más a un adolescente que el contar con la desaprobación de sus mayores.

Era evidente que mis pronósticos no habían sido precisamente acertados. Con la altanería de nuestros pocos años, habíamos desdeñado un principio fundamental: es posible que el hábito no haga al monje, pero sí al papón.

Así que allí estábamos nosotros, deambulando entre los pasos como dos ilegales en busca de empleo, hasta que el azar nos condujo a la magnífica talla de la Piedad. Los braceros estaban ya en sus puestos y el jefe de paso era un tipo calvo con cara de pocos amigos. Tragando saliva, logré reunir el coraje necesario para preguntarle:

-¿Hay sitio para dos?

El seise calvo nos miró atónito y debo reconocer que no le faltaban motivos para ello, pues dicha pregunta sonaba más propia de unos clientes dirigiéndose al maître de un restaurante. Pasada la perplejidad inicial, nos escrutó detenidamente y nos contestó con otro interrogante:

– ¿Se puede saber dónde está la insignia de la cofradía?

Empezaba a maldecir la hora en que se me ocurrió pensar que nadie se iba a dar cuenta. A este paso, pensaba, lo de nuestras insignias terminaría por acaparar las portadas de todos los periódicos locales.

– Es que… nos han dicho que nos las quitemos.

– ¿Y eso? – inquirió el seise, al tiempo que arqueaba una ceja con renovada estupefacción.

– Esta mañana pujamos en la Procesión de los Pasos y se nos olvidó cambiar los escudos antes de venir aquí – acudió en mi auxilio Carlos.

El seise comenzó a acariciarse la barbilla, pensativo. Era obvio que estaba dudando entre si teníamos mucho morro o, simplemente, éramos tontos de remate. Tal vez llegó a la conclusión de que las dos opciones no eran incompatibles.

– De modo que se os olvidaron – dijo, sin duda para ganar tiempo, a lo cual nosotros respondimos con sendos bamboleos de cabeza.

El tiempo que se tomó para reflexionar se me antojó interminable, si bien me hacía concebir esperanzas el hecho de que aún no nos hubiese mandado a freír espárragos. Finalmente, extendió la mano y señaló al paso:

-Precisamente allí hay dos almohadillas libres.

Inmediatamente nos volvimos, presas de una indescriptible euforia. Mas ésta duró poco. Quedaban, efectivamente, dos almohadillas vacías en las dos varas centrales, justo por delante del trono. Pero había un pequeño problema…

– Nosotros no podemos ir ahí – fueron las palabras, casi inaudibles, que brotaron de mi boca.

– ¿Ah, no? – exclamó, esta vez con fingida sorpresa, el seise calvo, quien parecía estar disfrutando con la situación.

– Pues porque… la gente que hay alrededor… son un poco bajos – dije a modo de eufemismo, pues lo cierto es que eran auténticos liliputienses.

– ¡Vaya! Siento que no todo esté a gusto de los señores – dijo el seise calvo con marcada ironía -. En fin – añadió encogiéndose de hombros – Si queréis pujar, eso es lo que hay. Si no, ya podéis marcharos por donde habéis venido.

No sabría decir a ciencia cierta qué fue lo que determinó nuestra decisión. Quizá fuera orgullo trasnochado, que nos impedía volver a casa con la cabeza gacha y las manos vacías, o tal vez pesara más en nuestro ánimo el simple prurito de dar al cabronazo del seise en las narices, demostrándole que no había logrado disuadirnos de nuestro propósito, pese a sus denodados esfuerzos. El caso es que nos incorporamos a la vara y comenzamos nuestro Gólgota particular, dada la considerable diferencia de altura con nuestros compañeros de puja. Ello, unido al calor asfixiante que impregnaba el ambiente aquella Semana Santa, motivó el que varias veces a lo largo del recorrido – muy especialmente en el descenso de la Cuesta de los Castañones – maldijera mi feliz idea. Al llegar al descanso de la Plaza de Santo Martino, me hallaba al borde mismo de la extenuación y, con gran pesar, le transmití a Carlos mi intención de abandonar.

– Pues yo pienso seguir – me dijo Carlos muy serio, ante mi anonadado asombro, si bien más tarde caí en la cuenta de que ese había sido desde siempre uno de los rasgos más distintivos de su carácter: puede que tardara en tomar una decisión pero, una vez que lo hacía, ésta era irrevocable.

El caso es que, animado por el ejemplo de Carlos, o tal vez inquieto ante la posibilidad de que todo el mundo y él mismo me tomaran por un gallina, volví a mi puesto tras la reanudación de la procesión y seguí hasta el final, dispuesto a terminar como fuera aquella aventura que yo mismo había empezado. No sé cómo, pero conseguí llegar a Santa Nonia. La recompensa la tuvimos dos días después, cuando leímos en el Diario de León que la Piedad había sido el paso mejor pujado de toda la Procesión del Entierro.

Ignoro si nuestra contribución a tan sonado éxito fue crucial o no. Corría entonces la Semana Santa del año 1982. Muchas cosas han cambiado en mi vida desde entonces, y he de admitir que no todas para bien – entre ellas el que mi madre, aunque vive todavía, ya no está en condiciones de preparar aquel delicioso bacalao con que nos deleitábamos en las comidas de Viernes Santo, o que mi espalda no podría soportar otro trote como el de aquella mítica Procesión del Entierro – pero noto que, veintiséis años después, mi entusiasmo y mis ganas de salir a la calle al llegar estas fechas siguen intactos, lo cual demuestra que hay ciertas cosas que la tiranía del tiempo no consigue borrar. Y se me ocurre pensar que la Semana Santa es la versión cristiana de las antiguas saturnales con que los romanos festejaban la llegada de la primavera. He aquí algo que nos debería hacer recapacitar: esperar la Semana Santa con ilusión constituye el indicio más inequívoco de que vuelve la primavera a nuestros corazones.

Jardiel Poncela

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