Polizones

Piedad

 

Desempolvando el baúl de los recuerdos, he topado con esta humilde muestra de mi quehacer narrativo, en la que cuento mis andanzas de bisoño papón. He creído que sería apropiado compartirlo, dado lo significativo de estas fechas. He de advertir que, si bien los hechos aquí referidos se ajustan esencialmente a la realidad, he decidido adornarlos tenuemente con el barniz de la literatura. Que lo disfrutéis, y felices pascuas a todos.

– ¡Vosotros dos, venid aquí! – rugió tonante la voz de Julio Cayón.

Ante tan brusca interpelación, Carlos y yo nos miramos el uno al otro con cara de circunstancias, como quien ha sido sorprendido en flagrante delito.

– ¡Sí, sí, a vosotros me dirijo! – volvió a insistir, inapelable, la voz, de tal suerte que no cabía otra alternativa que la de obedecer o salir corriendo. Tras sopesar ambas opciones, nos decantamos por la primera y avanzamos con aire sumiso hacia Julio, temerosos de que estuviera pensando en medir la dureza de su vara de seise con nuestras respectivas cabezas.

-¿Se puede saber qué pintan aquí esas insignias del Dulce Nombre? – nos interrogó con voz súbitamente queda y aire sibilino, propio del que trata de descifrar un gran arcano. Había recalcado sobre todo la palabra “aquí”, cuyo acento agudo sonaba lo más parecido imaginable a un tiro de escopeta.

Nuestros peores temores se veían, pues, confirmados. Para ganar tiempo, Carlos y yo decidimos mirarnos las insignias, como si esperáramos a que ellas fueran a responder por nosotros. Tal circunstancia no se produjo, y fue Julio quien de nuevo quebró el embarazoso silencio:

– ¿Acaso no sabéis que ésta es la Procesión del Santo Entierro y que la cofradía organizadora de la misma es Nuestra Señora de las Angustias y Soledad?

– Sí, sí que lo sabemos – hablé yo por fin, sin caer en la cuenta de que se trataba de una pregunta retórica.

– ¿Y bien? – inquirió el seise, observándonos con gesto adusto desde el otro lado de sus gafas.

Yo, que para algo era el mayor, me sentí obligado a oficiar de portavoz, articulando una explicación más o menos coherente:

– Bueno, pues… Nosotros… En realidad…

– Fuera insignias –cortó Julio abruptamente- Antes que llevar el escudo equivocado, es preferible no llevar escudo alguno. Por esta vez haremos la vista gorda. Id a ver si podéis acoplaros en algún paso. Suele hacer falta gente por la tarde, aunque no os garantizo nada. Que haya suerte.

Carlos y yo volvimos a mirarnos, entre satisfechos e incrédulos. Aquello sí que era un desenlace inesperado. Al parecer, había pesado más en la decisión final del seise el valor por nosotros manifestado que nuestra igualmente manifiesta condición de polizones (o nuestra caradura, hablando en plata). Saltaba a la vista que no pertenecíamos a la cofradía.

Todo había empezado en la comida de Viernes Santo, donde mi madre – que era también la abuela de Carlos – nos obsequiara con un delicioso bacalao, plato tradicional por esas fechas en cuya preparación era ella especialista consumada. Recuerdo que comimos con hambre de lobo, pues veníamos agotados de pujar por la mañana el Prendimiento, paso en el que acabábamos de entrar como braceros titulares. Pero nuestra bisoñez, unida al efecto vivificador del bacalao de mi madre, nos hizo olvidar rápidamente las penurias matinales. De modo que, dejándome llevar por ese entusiasmo pseudo-masoquista tan propio de la juventud, le dije a Carlos al llegar a los postres:

-Oye, ¿qué tal si nos colamos esta tarde en el Entierro?

Carlos se me quedó mirando fijamente, y pude observar que era víctima de un espinoso dilema: no sabía si llamar  a los loqueros o aceptar sin más mi propuesta. Se vino a quedar a medio camino, alegando débil y perogrullescamente:

– Pero Fernan… Nosotros no somos de Angustias.

– ¡Y qué más da! – repliqué con aire de suficiencia – Las túnicas son también negras. Sólo se diferencian en el escudo. A ver quién se va a andar fijando en eso.

Carlos titubeó todavía un poco, pero al hacer mi madre una observación en el sentido de que estábamos como cabras al plantearnos una cosa así, ello pareció actuar como un resorte sobre la voluntad de mi sobrino, pues no hay nada que estimule más a un adolescente que el contar con la desaprobación de sus mayores.

Era evidente que mis pronósticos no habían sido precisamente acertados. Con la altanería de nuestros pocos años, habíamos desdeñado un principio fundamental: es posible que el hábito no haga al monje, pero sí al papón.

Así que allí estábamos nosotros, deambulando entre los pasos como dos ilegales en busca de empleo, hasta que el azar nos condujo a la magnífica talla de la Piedad. Los braceros estaban ya en sus puestos y el jefe de paso era un tipo calvo con cara de pocos amigos. Tragando saliva, logré reunir el coraje necesario para preguntarle:

-¿Hay sitio para dos?

El seise calvo nos miró atónito y debo reconocer que no le faltaban motivos para ello, pues dicha pregunta sonaba más propia de unos clientes dirigiéndose al maître de un restaurante. Pasada la perplejidad inicial, nos escrutó detenidamente y nos contestó con otro interrogante:

– ¿Se puede saber dónde está la insignia de la cofradía?

Empezaba a maldecir la hora en que se me ocurrió pensar que nadie se iba a dar cuenta. A este paso, pensaba, lo de nuestras insignias terminaría por acaparar las portadas de todos los periódicos locales.

– Es que… nos han dicho que nos las quitemos.

– ¿Y eso? – inquirió el seise, al tiempo que arqueaba una ceja con renovada estupefacción.

– Esta mañana pujamos en la Procesión de los Pasos y se nos olvidó cambiar los escudos antes de venir aquí – acudió en mi auxilio Carlos.

El seise comenzó a acariciarse la barbilla, pensativo. Era obvio que estaba dudando entre si teníamos mucho morro o, simplemente, éramos tontos de remate. Tal vez llegó a la conclusión de que las dos opciones no eran incompatibles.

– De modo que se os olvidaron – dijo, sin duda para ganar tiempo, a lo cual nosotros respondimos con sendos bamboleos de cabeza.

El tiempo que se tomó para reflexionar se me antojó interminable, si bien me hacía concebir esperanzas el hecho de que aún no nos hubiese mandado a freír espárragos. Finalmente, extendió la mano y señaló al paso:

-Precisamente allí hay dos almohadillas libres.

Inmediatamente nos volvimos, presas de una indescriptible euforia. Mas ésta duró poco. Quedaban, efectivamente, dos almohadillas vacías en las dos varas centrales, justo por delante del trono. Pero había un pequeño problema…

– Nosotros no podemos ir ahí – fueron las palabras, casi inaudibles, que brotaron de mi boca.

– ¿Ah, no? – exclamó, esta vez con fingida sorpresa, el seise calvo, quien parecía estar disfrutando con la situación.

– Pues porque… la gente que hay alrededor… son un poco bajos – dije a modo de eufemismo, pues lo cierto es que eran auténticos liliputienses.

– ¡Vaya! Siento que no todo esté a gusto de los señores – dijo el seise calvo con marcada ironía -. En fin – añadió encogiéndose de hombros – Si queréis pujar, eso es lo que hay. Si no, ya podéis marcharos por donde habéis venido.

No sabría decir a ciencia cierta qué fue lo que determinó nuestra decisión. Quizá fuera orgullo trasnochado, que nos impedía volver a casa con la cabeza gacha y las manos vacías, o tal vez pesara más en nuestro ánimo el simple prurito de dar al cabronazo del seise en las narices, demostrándole que no había logrado disuadirnos de nuestro propósito, pese a sus denodados esfuerzos. El caso es que nos incorporamos a la vara y comenzamos nuestro Gólgota particular, dada la considerable diferencia de altura con nuestros compañeros de puja. Ello, unido al calor asfixiante que impregnaba el ambiente aquella Semana Santa, motivó el que varias veces a lo largo del recorrido – muy especialmente en el descenso de la Cuesta de los Castañones – maldijera mi feliz idea. Al llegar al descanso de la Plaza de Santo Martino, me hallaba al borde mismo de la extenuación y, con gran pesar, le transmití a Carlos mi intención de abandonar.

– Pues yo pienso seguir – me dijo Carlos muy serio, ante mi anonadado asombro, si bien más tarde caí en la cuenta de que ese había sido desde siempre uno de los rasgos más distintivos de su carácter: puede que tardara en tomar una decisión pero, una vez que lo hacía, ésta era irrevocable.

El caso es que, animado por el ejemplo de Carlos, o tal vez inquieto ante la posibilidad de que todo el mundo y él mismo me tomaran por un gallina, volví a mi puesto tras la reanudación de la procesión y seguí hasta el final, dispuesto a terminar como fuera aquella aventura que yo mismo había empezado. No sé cómo, pero conseguí llegar a Santa Nonia. La recompensa la tuvimos dos días después, cuando leímos en el Diario de León que la Piedad había sido el paso mejor pujado de toda la Procesión del Entierro.

Ignoro si nuestra contribución a tan sonado éxito fue crucial o no. Corría entonces la Semana Santa del año 1982. Muchas cosas han cambiado en mi vida desde entonces, y he de admitir que no todas para bien – entre ellas el que mi madre, aunque vive todavía, ya no está en condiciones de preparar aquel delicioso bacalao con que nos deleitábamos en las comidas de Viernes Santo, o que mi espalda no podría soportar otro trote como el de aquella mítica Procesión del Entierro – pero noto que, veintiséis años después, mi entusiasmo y mis ganas de salir a la calle al llegar estas fechas siguen intactos, lo cual demuestra que hay ciertas cosas que la tiranía del tiempo no consigue borrar. Y se me ocurre pensar que la Semana Santa es la versión cristiana de las antiguas saturnales con que los romanos festejaban la llegada de la primavera. He aquí algo que nos debería hacer recapacitar: esperar la Semana Santa con ilusión constituye el indicio más inequívoco de que vuelve la primavera a nuestros corazones.

Jardiel Poncela

Anuncios
Etiquetado , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

4 en Línia

Som 4 joves estudiants de Periodisme amb moltes idees per compartir

La Moviola

Crónica deportiva juiciosa y sensata

Football Citizens

La Biblioteca del Fútbol

Descartemos el revólver

[El blog de Juan Tallón]

Bendita Dakota

El blog de Jardiel Poncela y Phil O'Hara.

Damas y Cabeleiras

Historias de un tiquitaquero blandurrio cuyo único dios es el pase horizontal

¡A los molinos!

“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain

EL BLOG DE SOME

Marc Roca, "Some"

contraportada

escritos a la intemperie de Diego E. Barros

A %d blogueros les gusta esto: