Encuentros

Anticipándome a la jornada de mañana, he querido compartir este texto, en el que se trata de rendir homenaje a este santoñés ilustre, al que tanto debe la Semana Santa de León. Felices Pascuas a todos.

La Semana Santa del 2010 no pude participar en la Procesión del Encuentro. Un dolor de espalda, inoportuno como suelen serlo las inevitables goteras que a uno le van surgiendo con el paso del tiempo, me impidió ocupar el puesto de bracero que desde los dieciocho años he venido ocupando en el Paso de la Soledad con la Hermandad de Jesús Divino Obrero. No obstante, no quise perderme por nada del mundo ese incomparable estallido de alegría y fe que cada año nos congrega a los leoneses en la Plaza de la Catedral, anunciándonos la buena nueva de la Resurrección que, simbólicamente, coincide con la llegada de la primavera. Así que madrugué, como cada Domingo de Pascua, y a primera hora de la mañana, tras tomar un café rápido en la cafetería Europa, me apresté a coger sitio en primera fila, frente a la oficina de información y turismo, para no perder detalle del evento, tan pronto como me percaté de que comenzaban a abarrotar la Plaza las primeras oleadas de curiosos. Pese a faltar aún una hora larga para que tuviese lugar la ceremonia del Encuentro, las inmediaciones de nuestra Pulchra Leonina se habían transformado en pocos minutos en una colmena rebosante de vida y de impaciente público que, ya fuera por devoción, por simple curiosidad o por apego a las tradiciones de nuestra tierra, no estaban dispuestos a pasar por alto el emotivo acto que cada año reunía en aquel entorno privilegiado a la Virgen de la Soledad con el Resucitado.

El principal inconveniente estribaba en que, como todo el mundo sabe, el tiempo, que normalmente huye tan deprisa, parece detenerse cuando estamos esperando algo que ansiamos. Como he dicho, tenía más de una hora por delante, y pensé que la mejor manera de combatir el aburrimiento –que de paso también me ayudaría a olvidar el frío característico que, de manera inmisericorde y a pesar de haber dejado ya el invierno atrás, suele atenazar por aquellas fechas al paseante tempranero por las calles de este nuestro León- sería trabando conversación con alguno de los espectadores que se habían instalado cerca de donde yo estaba. Me llamó la atención un señor de bigotito negro, aire distinguido – que le confería sobre todo su sombrero pasado de moda, a la usanza de los años 40 ó 50- y edad mediana, no muy alto, que parecía hallarse como en estado de trance a juzgar por lo extraviado de su mirada. Aparte de este hecho, lo que más me llevó a fijarme en él fueron sus manos, de una blancura impecable, dotadas de unos largos y finos dedos aristocráticos. “Manos de artista”, pensé, “probablemente de pianista profesional”. Era evidente que la ceremonia del Encuentro suscitaba en él una honda emoción, motivo por el cual me animé a interpelarle con objeto de hacer que la espera resultase algo menos larga.

-¿Hace frío, eh? –dije, al tiempo que me frotaba las manos- Si al menos no quedara tanto para que se celebrara el acto…

Fue entonces cuando el hombre pareció salir de su ensimismamiento y clavó en mí una mirada penetrante, que creo que me hubiera hecho sentir algo de miedo de no ser por la sonrisa, cortés y distendida, con que tuvo a bien acompañarla.

– El clima de este su León es lo que tiene…

– ¿Usted no es de por aquí? –pregunté, interesado.

– Lo cierto es que no, aunque he vivido en su ciudad muchos años y, como dice el refrán, el burro no es de donde nace, sino de donde pace.

– No estoy seguro de que esa teoría sea cierta del todo. Mis padres siempre le tuvieron mucho cariño a León. De hecho, esta es la ciudad que vio nacer a sus hijos. Pero ellos en ningún momento perdieron la devoción por su Santoña natal.

– ¿Sus padres eran de Santoña? –preguntó el desconocido, arqueando una ceja.

– Sí, en efecto –respondí yo, embargado por la sorpresa- ¿No me dirá que usted…?

– Pues sí. Ese es el pueblo donde vi la luz. Concretamente vine al mundo en una casa de la calle General Salinas.

– ¡Hay que ver lo que son las cosas! En realidad, usted y yo somos un poco paisanos. Porque si los avatares del trabajo no hubieran obligado a mi padre a emigrar a estos pagos…

– Sí, no cabe la menor duda de que la vida da muchísimas vueltas.

Tal y como había previsto, la conversación con el extraño hizo que me resultara mucho menos onerosa la espera. Pero lo cierto es que, a pesar de sus innegables cortesía y afabilidad, no lograba librarme de la impresión de que había algo en él, como un misterioso estigma que parecía distinguirlo de todos los demás rostros que componían la abigarrada multitud. En parte intrigado por este hecho, y en parte porque la simpatía que me inspiraba me inducía a perseverar en mi intento de congeniar más a fondo con él, le pregunté a qué se dedicaba.

– Soy artista –respondió modestamente.

-¿Músico? – volví a preguntar, con la esperanza de corroborar mi anterior presentimiento.

– Escultor –dijo, lo cual suscitó de nuevo la sorpresa en mí.

– ¡Caramba! – exclamé, cabeceando con cierta incredulidad- Como su ilustre paisano, don Víctor de los Ríos. Está visto que hoy el día va de casualidades.

– Sí, en efecto – corroboró él con cierto aire de misterio.

– ¿Es usted admirador suyo? – inquirí a continuación, creyendo haber descubierto el motivo por el que mi interlocutor había viajado desde Santoña para contemplar aquel acto emblemático de la Semana Santa de León.

– Bueno, sí, un poco…

– Hoy precisamente veremos procesionar  dos pasos suyos: la Virgen de la Soledad y el Resucitado. Excelentes ambos. Soy bracero titular del primero de ellos, si bien este año no he podido salir por culpa de mi espalda –llegado a este punto, emití un hondo suspiro, que llamó la atención de mi interlocutor- Por cierto, qué desgracia la de esta ciudad. Tan importante que es el legado escultórico que este hombre nos dejó, y sin embargo, no tuvimos la decencia de organizarle el año pasado un homenaje como Dios manda con motivo del centenario de su nacimiento, como sí hicieron, por ejemplo, en Santander o en Linares.

– No hay por qué pensar mal. Quizás se les pasara la fecha…

-¡Que se cree usted eso! A estos políticos de chichinabo lo único que les importa son los gestos de cara a la galería, es decir, lo que pueda proporcionarles votos. Mucho me temo que el club de fans de Víctor de los Ríos no constituye un filón demasiado productivo en este sentido, razón más que suficiente para que no se preocupen en absoluto de cuidarlo. Pero ya está aquí el Paso de la Soledad.

En efecto, el también llamado Paso de las Tres Marías acababa de doblar la esquina de la calle Puerta Obispo para hacer su irrupción en la Plaza de Regla. Casi simultáneamente, con precisión matemática, entraba por la esquina de Sierra Pambley el Paso del Resucitado, haciendo enmudecer a la concurrencia con esa majestuosidad nada hierática que había sabido conferirle la gubia del genial artista. Era tal el ambiente de recogimiento que se respiraba en el lugar, que no me atrevía por nada del mundo a quebrantarlo con algún comentario inoportuno que se dejara oír por encima del sepulcral silencio reinante, razón por la que acerqué mi boca al oído de mi interlocutor para susurrarle lo más quedamente posible:

– Hace justamente cincuenta años que tuvo lugar por primera vez la ceremonia del Encuentro aquí, en la Plaza de la Catedral, cuando también procesionó el Paso de la Soledad al completo, con las tres figuras. Es una lástima que dentro de otros cincuenta no estemos aquí para verlo.

– De eso último no esté usted tan seguro. Dios proveerá.

Me limité a encogerme de hombros y a sonreír con una expresión de cierta bobería, atribuyendo la observación de mi amigo a un simple destello de humor, no exento de cierta ironía. No había lugar a nuevos comentarios, puesto que las bandas de música de las cofradías habían callado, los dos pasos se hallaban frente a frente y todo el mundo esperaba, expectante, la lectura del Pregón a cargo del actor Magín Mallo. Es este uno de los momentos mágicos de la Semana Santa leonesa, curiosa mezcla de fervor y suspense, en el que todas las miradas están pendientes del hermano que, año tras año, lleva a cabo la delicada operación de cambiarle el manto y la corona a la Virgen, sin que los espectadores puedan por menos que preguntarse, con el corazón en un puño, si le dará tiempo a culminar su labor antes de que se oiga por los altavoces el típico grito de “Cristo ha resucitado ¡Felices Pascuas!” Por supuesto que tales temores resultan ser completamente infundados, pues la Virgen –que desde ese mismo momento deja de serlo de la Soledad- ya está completamente vestida de blanco cuando dicha exclamación se produce, y es llegado el momento para proceder a la suelta de palomas, el tañido de campanas y el espectacular baile del paso realizado por los hermanos de Jesús Divino Obrero, en una nada casual evocación de la llegada de la primavera, esa estación en que la vida renace. Finalizado que fue el jubiloso acto, decidí despedirme de la persona que me había acompañado durante el mismo, dándome cuenta de que en todo este tiempo no nos habíamos presentado.

– Fernando Montes – dije alargando la mano en un gesto de despedida- Ha sido un placer compartir  este momento con usted.

– Yo me llamo Joaquín. Para servirle a usted – dijo estrechándola con una fuerza que me sorprendió en aquella mano aparentemente tan fina y delicada, si bien caí inmediatamente en la cuenta de que, al fin y al cabo, era una mano acostumbrada a empuñar la gubia y el cincel.

– Espero que volvamos a vernos, ya sea en León o en Santoña –añadí, guiñando un ojo.

– De eso no le quepa la menor duda – replicó de modo un tanto enigmático- De que volveremos a vernos.

Ya estábamos a punto de separarnos para seguir nuestros respectivos caminos, cuando el señor se volvió para decirme sin duda algo que se le había quedado en el tintero.

-Por cierto, sus padres me piden que le diga que le quieren mucho, y que velan en todo momento por usted.

Dicho esto, afloró a su rostro una sonrisa que nada tenía de burlona, se tocó levemente el ala del sombrero y se mezcló entre la multitud. La expresión de mi cara no me la vi, pero no me resulta difícil en absoluto imaginarla, como supongo que tampoco a cualquiera de ustedes. Mi primer impulso fue el de tildarlo de chiflado excéntrico, a no ser porque caí en la cuenta de que yo en ningún momento le había dicho que mis padres hubieran fallecido. Y me percaté, además, de que la cara de aquel individuo no me resultaba del todo desconocida ¿Dónde la había visto yo antes? En eso tuve un flash extraño y, devorado por la impaciencia y la incredulidad, me trasladé rápidamente a mi domicilio, donde lo primero que hice, sin despojarme siquiera del abrigo, fue conectar el ordenador y entrar en la web de la Hermandad de Jesús Divino Obrero. Una vez allí conecté al enlace donde se habla a fondo del patrimonio artístico y, para mi sorpresa inefable, ahí estaba la foto del hombre con quien había presenciado aquella mañana el acto del Encuentro: Víctor Joaquín de los Ríos, escultor, nacido en la localidad cántabra de Santoña en el año 1909.

Pasada la lógica perplejidad inicial, no pude reprimir un sollozo. Sería difícil explicar cuáles fueron exactamente las causas que provocaron este llanto, pues eran demasiadas las emociones que se agolpaban en mi cerebro, todas ellas igualmente intensas. Lo que sí sabría decir a día de hoy con total seguridad es que, cada vez que recuerdo aquella extraña mañana de Domingo de Pascua, no puedo evitar que aflore a mi rostro una sonrisa teñida de cierta amargura cuando pienso que el alma noble de Víctor de los Ríos nunca ha olvidado a esta ciudad que, sin embargo, tan ingrata había sido con su memoria.

Jardiel Poncela

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3 pensamientos en “Encuentros

  1. Phil O'Hara dice:

    Magnífico texto; casi tanto al menos como el que quienes tuvimos la enorme fortuna de asistir al Encuentro frente a la catedral hemos podido disfrutar hoy. Apostaría a que jamás se escuchó en la Plaza de Regla algo igual, a lo que contribuyó, sin duda, el buen hacer de quien lo leyó. Espero recibir el texto para tener de nuevo la oportunidad de disfrutarlo. La pena fue no haber tenido tiempo de compartirlo; pero ya lo habrá en el futuro. Mi más sincera enhorabuena, mi buen Jardiel.

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  2. julián lópez-arenas dice:

    Precioso su escrito. Una deliciosa crítica a León por la falta de delicadeza a tan buen escultor. También una loanza a Santoña que dio tan buena gente.

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  3. Son ustedes demasiado amables, sin duda. Espero con mi modesta aportación haber contribuido siquiera un ápice a rescatar la memoria de dos insignes santoñeses que coincidieron en León antes de hacerlo por allá arriba. Me estoy refiriendo a Víctor de los Ríos y a Adrián Montes que, dicho sea de paso (y esto lo sabe muy poca gente), llegaron a conocerse en vida.

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