Los billetes del Monopoly

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No sé si habréis oído hablar de este juego, al que le han salido innumerables clones (el Palé, el Superpoly, el Petrópolis…) Qué lejos quedan aquellas tardes de domingo de la preadolescencia (más o menos entre los doce y los catorce años), en que nos entregábamos con voracidad mis amigos y yo a aquel sucedáneo de especulación, con el tablero llenándose paulatinamente de casitas verdes y rojas, en el que siempre resultaba uno vencedor (casi nunca era yo) y el resto quedaban inevitablemente abocados a la ruina. La interminable partida llegaba a su fin cuando todos los jugadores, excepto uno, se declaraban en quiebra.

Aquel juego resultó ser tremendamente premonitorio, pues seguramente sin pretenderlo constituía un fiel reflejo de la espiral autodestructiva en la que está entrando la economía mundial. Sin entrar en datos empíricos ni en tecnicismos mareantes, podríamos resumir la situación apuntando que cada vez es mayor la brecha entre la economía productiva y la especulativa, siendo esta última la que atrae como un imán a las jaurías de usureros y embaucadores de todo pelaje que, como chacales sedientos de sangre, se abalanzan sobre la riqueza ganada por otros mediante años de sacrificio y esfuerzo, con la esperanza de multiplicarla instantáneamente por arte de birlibirloque, en lo que podríamos caracterizar como una variante posmoderna de la parábola de los panes y los peces. Yo no sé si tal milagro ocurriría o no, pero de lo que sí estoy seguro es de que en el proceloso océano de la economía mundial (eso que de modo tan difuso llaman “los mercados”), la realidad es que los peces más grandes devoran a los más chicos, hasta que llegará un momento en que no habrá más peces en el mar. Puede que ni siquiera haya mar. Me viene a la mente una escena de la deliciosa película de animación Yellow Submarine, con música de los Beatles, en que todas las criaturas marinas eran absorbidas por un extraño monstruo que tenía como una enorme aspiradora en la cara. Al final, cuando ya no quedaban víctimas en los alrededores a las que poder engullir, terminaba por devorarse a sí mismo.

Volviendo a mis nostalgias adolescentes (la infancia es la verdadera patria del hombre, dijo Rilke), recuerdo que, cuando acababa la partida, nos íbamos hasta el quiosco de la Pícara y allí el ganador, haciendo ostentación de su riqueza, compraba un paquete de pipas que compartía generosamente con sus derrotados compañeros. Y allí nos quedábamos, sentados en un banco, comiendo pipas y viendo pasar a las chicas, que por aquel entonces nos empezaban a gustar. Perfectamente conscientes de que lo anterior había sido un simple juego, y de que lo verdaderamente importante estaba allí, desfilando ante nuestros ojos: nuestra amistad, las chicas… la vida, en definitiva. Para que luego digan que la edad nos hace más sabios. Lo que sí es verdad, desde luego, es que nos hace más viejos. Pero lo peor no es que yo, o mis amigos de entonces, hayamos envejecido. Eso, al fin y al cabo, es ley de vida. Lo peor es que el mundo entero se ha hecho más viejo y, por ende, más desesperado y estúpido.

Nosotros, dentro de nuestra ingenuidad, al menos sabíamos que las pipas no se podían pagar con los billetes de la partida, por muy abultado que fuera el fajo.

Jardiel Poncela

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