Archivos Mensuales: julio 2015

Desmemoria histórica

Enrique Gil y Carrasco1226475894

Ayer estuve visitando la casa donde nació el escritor Enrique Gil y Carrasco, en Villafranca del Bierzo. Sentí una mezcla de asombro, indignación y melancolía, a partes iguales. El que fuera el hogar de uno de los escritores leoneses más ilustres de todos los tiempos, se hallaba sumido en el más completo abandono. Cristales rotos, maderas desvencijadas y algún que otro arbusto asomando por la techumbre componían el menesteroso cuadro. Pese a lo cual, dos majestuosos blasones que flanqueaban la entrada principal desafiaban orgullosos el paso del tiempo y las miradas de los curiosos, como advirtiéndonos de que aquellos muros decrépitos quizás pudieran estar amenazando ruina, pero en modo alguno era éste un menoscabo comparable al de nuestra adocenada y gris España, que tiene precisamente en la provincia de León a uno de sus más tristes ejemplos de desmemoria histórica. En este sentido, me convenzo cada vez más de que nos hemos convertido en una nación de carroñeros o despreciables saqueadores de tumbas, a quienes solo interesa remover el pasado cuando éste nos brinda la ocasión de reavivar viejos odios o hurgar en antiguas heridas mal cicatrizadas. Siempre y cuando haya un apetitoso festín de votos de por medio. Y de qué vamos a sorprendernos. Nada tiene de raro el que los corruptos se alimenten de corrupción.

Mucho nos tememos que rescatar la memoria de Gil y Carrasco no constituya un filón demasiado aprovechable para los trepas y demagogos de turno. Eso sí; hemos tenido la deferencia de dedicarle una calle en León, y dos institutos en la localidad berciana de Bembibre están dedicados al héroe de su principal novela: “El Señor de Bembibre” y “Álvaro Yáñez” (que eran, a la sazón, la misma persona). En este último municipio encontramos, asimismo, numerosas calles dedicadas a los personajes de la obra, tales como Comendador Saldaña, Conde de Lemos o Beatriz Osorio. Ahora bien; pese a ser la cumbre del género histórico en la novela española, ni la obra ni el autor figuran en los planes de estudio de nuestra Comunidad de Castilla y León (como tampoco lo hacen el Padre Isla o Antonio Gamoneda, nuestro Premio Cervantes autóctono). Ni por supuesto se hace la menor mención en los libros de historia al hecho de que León albergara al Parlamento más antiguo del mundo. Siento recurrir al cliché tan manido de la discriminación por parte de Valladolid, pero la cosa es como para vomitar. Por otra parte, creo que es, al menos, tan negativo para las futuras generaciones pucelanas ignorar quiénes eran estas figuras, como lo sería para las cazurras prescindir de los nombres de Zorrilla o Miguel Delibes. Ojalá fuese la cultura, en vez de la estupidez y la barbarie, la que careciera de fronteras.

Pero volvamos a Gil y Carrasco. Como decía, este berciano ilustre alcanzó la cumbre del género histórico español con su novela “El Señor de Bembibre”. La leí hará unos veinte años, en parte porque me sentí obligado a ello, al ser mi lugar de trabajo el instituto del mismo nombre (donde habría de permanecer durante casi otros veinte; ahí es nada, que diría el tango). Quedé literalmente prendado de la dramática historia del amor imposible entre Beatriz Osorio y Álvaro Yáñez, con la caída de la Orden del Temple como telón de fondo. Con esta obra, Gil y Carrasco pretende dar la réplica al dívico y omnímodo autor escocés Walter Scott, quien en su novela Ivanhoe lleva a cabo una despiadada caricatura de los templarios, a los que caracteriza como una secta de grotescos hechiceros, inventores de patrañas. No voy a entrar en cuál de los dos retratos es más fidedigno, porque esa sería la tarea del historiador, pero sí que voy a consignar un par de anécdotas tristemente significativas: durante mi estancia de un curso escolar completo en Edimburgo, tuve sobradas oportunidades de pasearme por la bellísima avenida Prince Street, principal arteria de la ciudad. Allí, siempre que no tuviera demasiada prisa, solía recrearme contemplando el magnífico monumento que tiene dedicada la ciudad al gran novelista escocés, no lejos de donde se halla ubicado el Parlamento. También tuve ocasión de visitar la casa donde vivió otro escocés ilustre, Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro. La vivienda estaba primorosamente restaurada, recreando el mobiliario y decoración de la época, y acompañada la visita por una guía que te iba explicando diversos pormenores de la vida de Stevenson. Ayer no pude evitar que afloraran a mi mente estos recuerdos, al ser testigo de aquella inmensa desolación, con la lógica punzada de amargura. Las comparaciones son odiosas, pero inevitables. Y pensaba para mí mismo: “Qué desgracia tuvo este hombre, por partida doble: al ser español y, encima, de León”.

El otro día leí un lúcido e interesante artículo de Antonio Fraguas “Forges”, en el que ahondaba en las causas morales y éticas de la actual crisis. Había un adjetivo que se repetía obsesivamente, a modo de mantra, a lo largo de todo el escrito, y era el calificativo “mediocre”. Somos un país mediocre, argumenta Forges, desde el momento en que hemos renunciado a nuestros valores y denostado a nuestros más altos referentes cívicos y culturales, para sustituirlos por el famoseo y el divismo más burdos, encumbrando a los freakies de los platós de Tele 5 a la categoría de mitos.

En todo tiene razón Forges, excepto en una cosa: lo de “país mediocre” nos viene grande.

Jardiel Poncela

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¡Gora San Fermín!

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(Se alza el telón y aparece el presentador de televisión y destacado crítico taurino Manolo Charolés, flanqueado por el célebre matador Silverio Pérez Mejías y por el miura favorito de éste, José Antonio Sánchez Piquer, a izquierda y derecha respectivamente. El diestro –que bien podría pasar por un clon de Alexis Tsipras- viste montera y traje de luces, aunque toda su apariencia en general ofrece un aspecto bastante alucinado. El toro, por su parte, viste elegantes traje y corbata negros y fuma despreocupadamente un cigarrillo, con la incuria propia de quien tiene un control absoluto sobre la situación. Una vez hechos los saludos protocolarios, Manolo se dispone a iniciar la entrevista).

MANOLO.- Damas y caballeros, es para mí un gran honor presentarles a estas dos grandes figuras del mundo de la lidia. Empezaremos por ti, Silverio (más conocido como “el mozo del estoque”): un hombre que donde pone la montera, pone el corazón; a quien no le importa dejarlo todo en la arena, empezando por la propia sangre; un héroe, un maestro de maestros, para quien el toreo y la vida son una misma cosa, que abre los pórticos de la gloria ¿No es así, Silverio?

SILVERIO.- Zí.

MANOLO.- ¿Y qué me dices de tu espada? Esa espada que ha sembrado el asombro y la poesía en todos los ruedos de Europa y el mundo entero; esa espada en cuyo manejo eres tan sumamente diestro, que cualquiera diría que naciste con ella entre los dedos. Dinos, ¿no forma, acaso, parte esencial de tu atuendo, junto con la montera y el traje de luces que luces habitualmente en faena?

SILVERIO.- Zí.

MANOLO.- Mas no es la espada la única suerte en que el mozo del estoque despliega su destreza, pues sepan ustedes que, en más de una ocasión, Silverio ha hecho las delicias de los aficionados con su magistral tercio de banderillas, banderillas que pone el mozo con la incomparable gracia de un danzarín mediterráneo ¿No es así, Silverio?

SILVERIO.- Zí.

MANOLO.- Y estas, no otras, han sido las declaraciones de este gran matador, hombre de pocas palabras, como pueden ver ustedes, pero yo atribuyo tal hecho, sin duda, a la emoción que le embarga (Volviéndose hacia el toro) Y aquí tenemos al miura fetiche de nuestro matador predilecto, a quien damos la más cordial bienvenida a nuestro programa.

JOSÉ ANTONIO.- Muchas gracias, Manolo.

MANOLO.- En primer lugar, quisiera que nos ayudases a despejar la incógnita sobre tu nombre. Porque “José Antonio Sánchez Piquer”, estarás conmigo en que no es un calificativo muy normal para un toro ¿No sería más apropiado algo del estilo de “Rosquillero”, “Navajito” o “Bailaor”? Al menos para el público lego en la materia.

JOSÉ ANTONIO.- Como artistas que somos, nosotros los toros (al igual que muchos de los matadores) utilizamos un seudónimo al salir a lidiar. Otra cosa muy distinta es el nombre que de verdad nos corresponde por nuestra crianza y pedigrí. Conviene deslindar en todo momento los dos campos.

MANOLO.- En tal caso, si no es indiscreción, ¿tendrías inconveniente en revelarnos cuál es tu nombre de guerra, por así decirlo?

JOSÉ ANTONIO.- “Timador”. Aunque a veces también haya empleado el seudónimo de “Sanguinario”.

MANOLO.- Puede que atribuible al hecho de que hayas empitonado ya a varios diestros, si bien nuestro camarada Silverio, aquí presente, parece tenerte tomada la medida.

JOSÉ ANTONIO.- Silverio es un magnífico profesional, que sabe muy bien cómo capear temporales.

MANOLO.- Dinos, ¿no resulta, cuando menos, chocante el que te hayan indultado tantas veces, pese a tu amplio palmarés de cornadas?

JOSÉ ANTONIO (guiñando un ojo).- Ya sabes lo que dice el refrán: el mal bicho, nunca muere. En cualquier caso, dicho sea con la mayor modestia, los toros de rancio abolengo, como un servidor, suelen contar con el respaldo de importantes instituciones ganaderas. Un amplio historial de más de cien corridas con lleno hasta la bandera sirven como aval más que fiable.

MANOLO.- Por último, ¿qué opinión te merece el innegable parecido físico de nuestro matador con Alexis Tsipras, así como el no menos evidente entre tú mismo y Jean-Claude Juncker?

JOSÉ ANTONIO.- Por lo que respecta a la primera parte de tu pregunta, no veo qué tiene de extraño, puesto que ambos son la misma persona.

MANOLO (sorprendido).- ¿Quieres decir que Tsipras lleva doble vida? ¿Y que utiliza un seudónimo cuando sale a la Plaza a torear?

JOSÉ ANTONIO.- Más bien es al contrario: es Silverio el que utiliza un seudónimo cuando se dedica a dirigir los asuntos de Grecia, en sus ratos libres.

MANOLO.- ¿Quieres decir que ni siquiera habla griego?

JOSÉ ANTONIO.- ¡Qué va! Eso lo hace de cara a la galería. Tan pronto como terminan sus comparecencias ante los medios de comunicación, se pasa por su tasca favorita del barrio de Triana y se pide su birrita con su “pescaíto”, como cualquier hijo de familia.

MANOLO.- De lo cual cabe deducir que usted en realidad es…

JOSÉ ANTONIO (deteniéndole con un gesto de la pezuña).- Dejemos que el público saque sus propias conclusiones. Ya conoces el refrán: “Al buen entendedor, pocas palabras”. Tan solo añadir que Grecia, por si acaso los espectadores lo ignoran, es la cuna del toreo, con todo aquel asunto de Teseo y el Minotauro, luchando en el laberinto. Ya lo ves: la cosa empezó así, a lo bobo, hará más de dos mil años, y así seguimos. Igual que el cabildo y el ayuntamiento de León, con lo del foro u oferta.

MANOLO.- Silverio, José Antonio, ha sido un placer teneros con nosotros. Tan solo me queda despediros (creo que en esto puedo hacerme portavoz de los deseos del público) con un saludo digno de la ocasión.

(Manolo Charolés eleva el cuello hacia el cielo y lanza un potente y prolongado mugido. Le sigue el público de la sala, visiblemente entusiasmado, hasta que el coro de bramidos se ve bruscamente interrumpido por el grito de “Gora San Fermín”, seguido del correspondiente chupinazo. Irrumpen entonces en el escenario, vestidos de mozos, los principales gobernantes europeos, perseguidos de cerca por los hombres de negro de la troika, luciendo amenazantes astas en sus respectivas cabezas. Tras arrollar a los tres presentes, la estampida se dirige hacia el público, quien se levanta despavorido de sus asientos y echa a correr en desordenada turbamulta. Mientras tanto, resuenan en la sala los acordes de “uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, etc.” Entre alocadas persecuciones y lingotazos de chacolí por doquier, va cayendo lentamente el telón).

THE END

Jardiel Poncela

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