Desmemoria histórica

Enrique Gil y Carrasco1226475894

Ayer estuve visitando la casa donde nació el escritor Enrique Gil y Carrasco, en Villafranca del Bierzo. Sentí una mezcla de asombro, indignación y melancolía, a partes iguales. El que fuera el hogar de uno de los escritores leoneses más ilustres de todos los tiempos, se hallaba sumido en el más completo abandono. Cristales rotos, maderas desvencijadas y algún que otro arbusto asomando por la techumbre componían el menesteroso cuadro. Pese a lo cual, dos majestuosos blasones que flanqueaban la entrada principal desafiaban orgullosos el paso del tiempo y las miradas de los curiosos, como advirtiéndonos de que aquellos muros decrépitos quizás pudieran estar amenazando ruina, pero en modo alguno era éste un menoscabo comparable al de nuestra adocenada y gris España, que tiene precisamente en la provincia de León a uno de sus más tristes ejemplos de desmemoria histórica. En este sentido, me convenzo cada vez más de que nos hemos convertido en una nación de carroñeros o despreciables saqueadores de tumbas, a quienes solo interesa remover el pasado cuando éste nos brinda la ocasión de reavivar viejos odios o hurgar en antiguas heridas mal cicatrizadas. Siempre y cuando haya un apetitoso festín de votos de por medio. Y de qué vamos a sorprendernos. Nada tiene de raro el que los corruptos se alimenten de corrupción.

Mucho nos tememos que rescatar la memoria de Gil y Carrasco no constituya un filón demasiado aprovechable para los trepas y demagogos de turno. Eso sí; hemos tenido la deferencia de dedicarle una calle en León, y dos institutos en la localidad berciana de Bembibre están dedicados al héroe de su principal novela: “El Señor de Bembibre” y “Álvaro Yáñez” (que eran, a la sazón, la misma persona). En este último municipio encontramos, asimismo, numerosas calles dedicadas a los personajes de la obra, tales como Comendador Saldaña, Conde de Lemos o Beatriz Osorio. Ahora bien; pese a ser la cumbre del género histórico en la novela española, ni la obra ni el autor figuran en los planes de estudio de nuestra Comunidad de Castilla y León (como tampoco lo hacen el Padre Isla o Antonio Gamoneda, nuestro Premio Cervantes autóctono). Ni por supuesto se hace la menor mención en los libros de historia al hecho de que León albergara al Parlamento más antiguo del mundo. Siento recurrir al cliché tan manido de la discriminación por parte de Valladolid, pero la cosa es como para vomitar. Por otra parte, creo que es, al menos, tan negativo para las futuras generaciones pucelanas ignorar quiénes eran estas figuras, como lo sería para las cazurras prescindir de los nombres de Zorrilla o Miguel Delibes. Ojalá fuese la cultura, en vez de la estupidez y la barbarie, la que careciera de fronteras.

Pero volvamos a Gil y Carrasco. Como decía, este berciano ilustre alcanzó la cumbre del género histórico español con su novela “El Señor de Bembibre”. La leí hará unos veinte años, en parte porque me sentí obligado a ello, al ser mi lugar de trabajo el instituto del mismo nombre (donde habría de permanecer durante casi otros veinte; ahí es nada, que diría el tango). Quedé literalmente prendado de la dramática historia del amor imposible entre Beatriz Osorio y Álvaro Yáñez, con la caída de la Orden del Temple como telón de fondo. Con esta obra, Gil y Carrasco pretende dar la réplica al dívico y omnímodo autor escocés Walter Scott, quien en su novela Ivanhoe lleva a cabo una despiadada caricatura de los templarios, a los que caracteriza como una secta de grotescos hechiceros, inventores de patrañas. No voy a entrar en cuál de los dos retratos es más fidedigno, porque esa sería la tarea del historiador, pero sí que voy a consignar un par de anécdotas tristemente significativas: durante mi estancia de un curso escolar completo en Edimburgo, tuve sobradas oportunidades de pasearme por la bellísima avenida Prince Street, principal arteria de la ciudad. Allí, siempre que no tuviera demasiada prisa, solía recrearme contemplando el magnífico monumento que tiene dedicada la ciudad al gran novelista escocés, no lejos de donde se halla ubicado el Parlamento. También tuve ocasión de visitar la casa donde vivió otro escocés ilustre, Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro. La vivienda estaba primorosamente restaurada, recreando el mobiliario y decoración de la época, y acompañada la visita por una guía que te iba explicando diversos pormenores de la vida de Stevenson. Ayer no pude evitar que afloraran a mi mente estos recuerdos, al ser testigo de aquella inmensa desolación, con la lógica punzada de amargura. Las comparaciones son odiosas, pero inevitables. Y pensaba para mí mismo: “Qué desgracia tuvo este hombre, por partida doble: al ser español y, encima, de León”.

El otro día leí un lúcido e interesante artículo de Antonio Fraguas “Forges”, en el que ahondaba en las causas morales y éticas de la actual crisis. Había un adjetivo que se repetía obsesivamente, a modo de mantra, a lo largo de todo el escrito, y era el calificativo “mediocre”. Somos un país mediocre, argumenta Forges, desde el momento en que hemos renunciado a nuestros valores y denostado a nuestros más altos referentes cívicos y culturales, para sustituirlos por el famoseo y el divismo más burdos, encumbrando a los freakies de los platós de Tele 5 a la categoría de mitos.

En todo tiene razón Forges, excepto en una cosa: lo de “país mediocre” nos viene grande.

Jardiel Poncela

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