Archivos Mensuales: octubre 2015

crouch, bind, set!

Jerjes y Leónidas dilucidaron lo suyo de aquella manera en el desfiladero de las Termópilas porque ni se había inventado todavía el rugby ni levantado aún Twickenham. Cuando las hostilidades fueron entre Bobby Fischer y Boris Spassky el rugby y su catedral ya existían, pero desgraciadamente se precisaban catorce valientes más a cada lado del tablero para que el americano y el ruso hubiesen podido dirimir sus diferencias como Dios manda, con un oval de por medio. Por minucias como estas los ingleses, que cuentan en su haber haber inventado el rugby, computan en su debe el no haberlo inventado antes y evitado la batalla entre espartanos y persas, pero ya se sabe: el tiempo, las fechas, siempre limitándolo todo. En el debe de los ingleses también se cuenta haber dejado dicho en las reglas que cada equipo lo conformarían quince jugadores, por lo que Fischer y Spassky no pudieron disputarse el título mundial de ajedrez jugando al rugby. Esos inconvenientes y alguno más, empero, son en parte la esencia misma de tan noble deporte. Jamás agradeceremos lo bastante a los ingleses, gente con la rara sana costumbre de tomar té a las cinco, que inventasen el rugby. El fútbol, en cambio, tuvo un más fácil nacer; bastó con distanciarse y empequeñecerse a la vez de su hermano el rugby: en vez de quince bravos jugadores hacían solamente falta once y en vez de respeto y buenos modales, los futbolistas podían mentar la concha de la madre -o la de la hermana-. Si en el rugby de lo que se trata es de ser rudo pero siempre franco, la causa del fútbol admite en cambio gentuza de la peor calaña.

Los jugadores de rugby, además, son gente que siguiendo los sabios consejos del progenitor de Tallón, leen a los rusos. Stephen Moore, talonador de los Wallabies, al ser preguntado sobre la actuación arbitral tras el partido frente al XV del Cardo, bien hubiese podido responder sacando a colación Crimen y castigo. De la misma manera, o parecida, Richie McCaw, flanker de los All Blacks, cuando concentra toda su atención en la punta de sus botas antes de entrar a formar en la melé, en realidad está tratando de recordar un pasaje de Los hermanos Karamazov. Para jugar al rugby uno tiene que haber leído a los rusos y también a Homero: Odiseo bien pudo haber sido pilier en los Springboks y formar con los <<gordos>> du Plessis y Mtawarira para batirse contra Polifemo y los cíclopes. Y es que pocas cosas existen tan maravillosas como el rugby: treinta moles repartiendo hostias como panes pero, eso sí, tratándose siempre de usted, guardando siempre la compostura y sin cuestionar jamás la autoridad del Craig Joubert de turno, a quien acatan sin rechistar, con el mayor de los respetos.

La melé y el <<maul>> exigen tanta o mayor precisión que cualquiera de las magníficas edificaciones que nos legó Roma. Son obras, aquellas, tan bellas como las romanas. De los tercios romanos debieron tomar ejemplo los Wallabies y hoy nadie limpia mejor un <<ruck>> que ellos. Del mismo modo que las legiones de Escipión marchaban por la Vía Apia, los terceras de los All Blacks transitan por la verde hierba en cada choque que libran. La final del Mundial de Rugby enfrenta a Nueva Zelanda y Australia como podía haber enfrentado a Jerjes y Leónidas o a Fischer y Spassky. Da igual quien alce la dorada Copa Webb Ellis; sea quien sea será el Rugby quien gane.

Phil O’Hara

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Tecnología alemana, conjunción astral

Conjunción astral

El pasado viernes dieciséis de octubre de dos mil quince, a las ocho y cuarto de la mañana, se produjo en el municipio de Sant Cugat lo que debió ser una rara conjunción astral gracias a la cual, contra toda lógica y desafiando todas las leyes de la mecánica -no la clásica ni la cuántica, sino aquella otra, grasienta y más prosaica que versa sobre motores, por lo general térmicos- gracias a la cual, digo, mi coche volvió a arrancar y no hizo falta que la grúa, que venía ya de camino, lo llevase al taller. Si los planetas realmente se alinearon de determinada manera conjurándose para remediar lo que no parecía tener remedio o fue cosa de brujas, no puedo saberlo a ciencia cierta. La hora que era de la mañana y no poder contar con la ayuda del telescopio espacial Kepler no contribuyeron a esclarecer aquello. No descarto, en cualquier caso, que la patada en los morros que propiné a mi coche tuviese algo que ver, a la manera causa-efecto o acción-reacción; aunque tampoco estoy en condiciones de asegurarlo.

El coche, un sedán alemán -pero alemán, alemán; de los fabricados en la misma Alemania; un compendio de tecnología punta, vaya- llevaba recorridos desde que un operario de la factoría de Múnich de la Bayerische Motoren Werke, probablemente turco, ensamblase a mediados de dos mil seis el último de los componentes del vehículo, hasta el día de autos, la nada despreciable cantidad de cuatrocientos veinticinco mil y pico kilómetros sin mostrar el más leve síntoma de fatiga; sin desfallecer lo más mínimo. Los cambios de aceite y de filtros reglamentarios y la substitución de neumáticos cada equis tiempo es cuanto el bueno de mi coche había venido solicitando. Hasta cierto punto resultaba comprensible que tras tanto trajín, el pobre requiriese una tregua. Fue temprano; acababa de dejar en la escuela al menor de mis dos hijos y me dirigía hacia el trabajo cuando de repente un símbolo de color amarillento con la apariencia de un termómetro me alertaba sobre el sobrecalentamiento del motor, advirtiéndome que debía aminorar la marcha o en caso contrario iba a producirse irremediablemente una avería importante. Aunque hice caso y reduje prudentemente la velocidad, no transcurrieron ni un par de minutos y la luz pasó de amarilla a roja, y la indicación de admonitoria a categórica, conminándome esta vez a detener ipso facto el vehículo, con la prohibición, además, de abrir el capó so pena de sufrir no graves sino gravísimas quemaduras en carne, obviamente, propia. Aquel automóvil, lo mirase uno por donde lo mirara, era en efecto alemán; alemán de cabo a rabo. Mandaba más que un coronel de brigada, a la manera como debían mandar los oficiales de alto rango de la guardia personal de Hitler. Sólo faltaba que se pusiese a vociferar como un poseso <<¡Achtung! ¡Achtung!>> y a amenazarme con mandarme a chirona en caso de no interrumpir la marcha y no reanudarla hasta nueva orden.

Los alemanes, gente competente y eficaz, tienen bien estudiadas las cosas. Aquel símbolo de color rojo chillón no te invitaba amablemente a estacionar; no. Si lo que estaba en juego era la salud de un propulsor germano no había lugar para los buenos modales, que estaban de más. Ni Hitler habría cruzado media Europa y llegado hasta Stalingrado ni la ingeniería alemana adquirido tamañas cotas de excelencia a base de buenos modales. El auto me estaba ordenando parar; parar sí o sí; sin más consideraciones. Ahí radica, al menos en parte, el éxito de los alemanes y su supremacía tecnológica: cuando hay que detener el coche, hay que detener el coche. Frente a esa determinación genuinamente germánica nada o muy poco tiene que hacer nuestro carácter latino, heredero, es cierto, del de atenienses y milesios -aunque también del de Felipe IV- mas incapaz de tomar partido por la opción adecuada sin demorarse antes considerando si aquello iba a ser cosa de las bielas, de la tapa del delco o de las válvulas; eso si no se trataba del carburador. Entretanto habías jodido el cárter o incluso el bloque motor. Descendientes de la Grecia clásica, sí, pero la reparación te acababa saliendo por un ojo de la cara.

No queriendo causar daños irreparables a aquella máquina por la que sentía incluso cariño opté, sabiamente creo, por hacer caso de sus indicaciones y detuve el motor. Abrí el capó, eso sí, pues si bien razonable no me considero tan calzonazos como para ceder a todas las pretensiones germanas, que para eso, pensé, ya estaban Rajoy y Sánchez. No atisbé nada raro bajo la cubierta del motor a no ser una obra de admirable ingeniería que a pesar de cumplir pronto diez años de existencia y llegar al medio millón de kilómetros recorridos, seguía conservando un aspecto magnífico; algo inconcebible pensando en nuestra industria, o en la de los griegos, de quienes nos considerábamos legítimamente gloriosos descendientes. A pesar de germanófilo, uno lleva en los genes la información que lleva, así que después de haber avisado a la grúa indicándole con precisión mi geolocalización y la del vehículo, que prácticamente coincidían, volví a bajar el capó del coche y a las ocho y cuarto le largué un puntapié quedándome más a gusto que Dios. Ya me declaré incapaz de dilucidar qué fue lo que hizo que las cosas se recompusieran: el alineamiento de planetas, la patada, la fortuna o la constante de Planck; el caso es que puse de nuevo el motor en marcha y la indicación en rojo desapareció sin que haya vuelto a aparecer hasta hoy. Al llegar al trabajo y relatarle a mi jefe lo sucedido, él, germanófilo como yo, me aconsejó llevar el coche al taller, <<que nunca se sabe, uno no debe tentar a la suerte, que estas cosas las carga el diablo…>> y tal y tal. Respondí que lo pensaría. Por el momento lo que tengo pensado es no hacer nada y seguir confiando en la tecnología alemana y en las conjunciones astrales. En última instancia siempre podrá uno recurrir a la tan castiza patada salvadora, que algo bueno tendrá descender de griegos y milesios y no de aquellos bárbaros del norte.

Phil O’Hara

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Galleguismo

rosalia

Ser gallego habiendo visto la luz en, pongamos por caso el mismo Orense, o en Vilardevós, apenas tiene algún mérito. Ser gallego de nación y declararse tal por ello no entraña en el fondo el más mínimo interés. Lo verdaderamente apreciable es, como hago yo, manifestar galleguismo sin ser gallego; sin serlo ni de lejos; más si cabe: sin haber estado jamás, o casi, en Galicia, pues pasé por allí una vez, y en otra ocasión estuve un par de días en Santiago. Valga decir, empero, que por aquel entonces no declaraba mi galleguismo a los cuatro vientos; ni a los cuatro ni a ninguno. Hoy las gentes del llamado primer mundo se vanaglorian de ser de tal o cual lugar cuando a lo sumo, en la mayoría de casos -que no en todos- tan sólo el azar, la fortuna y poco más dan razón de tales querencias. Como el astado y bravo animal la siente por las tablas, así la mayoría manifiesta, pues, su galleguismo. Yo no soy de esos. Lo mío atiende a razones, a otras razones al menos, puesto que ni nací allí ni prácticamente estuve en más de una o dos oportunidades por esos lares. Los habrá que crean que tal galleguismo explícase de modo sencillo: será gallego aun sin serlo por ser de tocando a esas tierras. Sepan que no es por eso. Por algún familiar; por algún ancestro acaso. Tampoco. Mi galleguismo es puramente volitivo; fruto más de la reflexión profunda -aunque asentado sobre sólidas bases precategoriales, no vayan a creer- que del arbitrario capricho. Declarar uno su galleguismo porque sí no tiene en fin más mérito que serlo de nación. Y no se trata de eso.

Lo precategorial, lo que tenga que ver con el sentir, a poco que uno hurgue, lo hallará en imágenes que alumbran luego conceptos, que son -éstos ya sí- consecuencia lógica de un sesudo acto intelectivo, y remite -lo precategorial- a realidades tan dispares como el llover, los crustáceos marinos, las empanadillas, lo celta, el verde y el añil, y el gris, y una sonoridad distinta, musical, capaz de mecer. Lo categorial, en cambio, apunta a unos cuantos autores a los que todavía debo leer no sin disgusto solamente en lengua castellana, puesto que a pesar de mi galleguismo no soy todavía capaz de manejarme bien en lengua gallega; aunque sí soy capaz de concebir a no mucho tardar, en un futuro no demasiado lejano, la noble intención de esforzarme no sin denuedo por avanzar en el conocimiento y dominio de esa lengua. Por mor principalmente -aunque en modo alguno de manera exclusiva- de la literatura gallega, la intelección sentiente -en sentido zubiriano- llevada a cabo ha ido conformando, qué duda cabe, un sólido edificio capaz de albergar cómodamente cuestiones de tan vital importancia como puedan ser las históricas, las gastronómicas, las culturales, las paisajísticas, a Álvaro Cunqueiro, al Deportivo o al Celta, a Xoan Tallón y hasta a Rosalía. Mi galleguismo empero no va en contra de “ismo” alguno, aunque tampoco a favor. No es que deteste los “ismos”, más bien todo lo contrario: no los detesto. Prefiero, eso sí, debe anotarse, los de interior, por decirlo así. Uno de los “ismos” por los que siento una inclinación especial es la “sismografía”. Me parece sorprendente y bello a la par que exista una ciencia -algo tan sutil- capaz de predecir el movimiento tan tremendo de las placas tectónicas. Volviendo al meollo de la cuestión aquí tratada -que no es otra que el galleguismo, y ya dejé dicho cómo había de entenderse y cómo distinguirse de otras maneras de ser y sentirse gallego, más comunes y menos valiosas esas otras- a mi modo de ver el quid de la cosa radica en que sin justificación posible hemos dejado de valorar el esfuerzo que cualquier acto merece, y es ése un mal universal de los tiempos en los que nos ha tocado vivir, que no son otros que éstos. Puede así uno sentirse gallego por el mero hecho de serlo, sin más. ¡Acabáramos! Deberíamos recuperar aquel afán: ser gallegos, sí, pero dedicándole ímprobos esfuerzos; y si el galleguismo se expresa desde más allá de Portbou, cuánto mejor. No debiera dicho galleguismo ser incompatible con más afectos; no se trata de poner puertas al campo sino de suprimirlas, de universalizar, de internacionalizar si debemos no pecar de inmodestos. Nada impide que un alma libre compagine, si así lo siente, galleguismo y amor por el Real Madrid. Ni que profese sincero apego por el arte nipón. Galleguista, del Real Madrid y entusiasta -en cierto sentido- del Japón. Galleguismo, madridismo y japonismo. ¿Quién osará decir, sin faltar a la verdad, que es ello no solamente posible sino en sumo grado apetecible? No seamos los galleguistas, pues, cortos en el mirar. Apuntemos alto sin temor a errar el tiro. Si de Madrid al cielo, de Galicia al infinito. Eso es o debiera ser el galleguismo. Galleguismo de andar por casa, si quieren, pero ¿acaso existe otro mejor?

Phil O’Hara

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Regreso a Regreso al futuro

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(Jardiel Poncela pasea plácidamente por el parque cuando surge de la nada un DeLorean y se detiene a escasos metros de donde se encuentra él. Tras el lógico susto inicial, la curiosidad puede más y se acerca con cautela al vehículo, cuya portezuela se abre bruscamente y a continuación emerge por ella la figura de Marty MacFly, quien tras dirigir una mirada de desconcierto a su alrededor, repara por fin en Jardiel)

MACFLY.- Disculpe, buen hombre, ¿es este el 21 de Octubre del año 2015?

JARDIEL.- En efecto, caballero, así es.

MACFLY (alargando la mano).- Me presentaré: soy Marty MacFly y vengo del pasado en mi máquina del tiempo. Concretamente del 21 de Octubre del año 1985, para ser exactos.

JARDIEL (estrechando la mano que le tiende MacFly).- Jardiel Poncela, para servirle a usted.

MACFLY (mirando de nuevo a su alrededor).- Debo reconocer que 2015 es muy distinto a como yo creía. Por ejemplo, ¿dónde están los coches voladores que imaginaban los guionistas de Hollywood?

JARDIEL (riendo).- ¿Coches voladores? Creo que le echa usted demasiada imaginación, amigo mío. Aquí lo único que vuela es el dinero de las subvenciones a los motores diesel.

MACFLY (frunciendo el ceño).- ¿Todavía andan las cosas así? ¿Ni siquiera se ha inventado el coche eléctrico?

JARDIEL.- Peor me lo pone, sobre todo si vive en España. No se imagina lo cara que está la luz. Normal que los políticos hablen de luces al final del túnel, porque como se les ocurra instalarlas dentro, aviados estamos.

MACFLY.- ¡Pero hombre! ¡Mire que han evolucionado ustedes poco! ¿No se les ha ocurrido pensar en las energías renovables?

JARDIEL.- Precisamente esas son las que más encarecen el recibo. Cuestan un pastizal.

MACFLY.- ¿Y qué importa lo que cuesten? Se supone que la energía es un bien de interés general y que, por lo tanto, el estado cubrirá las pérdidas.

JARDIEL.- ¡Que se cree usted eso! ¡Cómo se nota que viene de los tiempos de antes de la caída del comunismo! Hace tiempo que se privatizaron las eléctricas y se liberalizaron los precios en el mercado de la energía, convirtiéndola en un objeto más de especulación.

MACFLY (suspirando).- De todas formas, le saldrá caro si a usted le da la gana de instalar paneles de energía solar en su casa, digo yo. Cosa que, por otra parte, veo lógica: el que quiera lujos, que se los pague.

JARDIEL.- Vuelve usted a equivocarse: esas instalaciones que dice usted las pagamos entre todos los contribuyentes, porque las empresas que trabajan en el sector perciben subvenciones.

MACFLY (dando un respingo).- ¿Pero no acaba de decirme usted que el sector está privatizado?

JARDIEL.- Claro que sí: cuando hay ganancias, está privatizado. Pero las pérdidas las pagamos entre todos.

MACFLY (dejando caer los brazos a los lados).- ¡No entiendo nada!

JARDIEL.- Ni falta que hace.

MACFLY.- Deberían ustedes preocuparse por tener políticos solventes, que se encargaran de impulsar el desarrollo y la innovación tecnológica en lugar de vaciarles los bolsillos a la gente.

JARDIEL.- ¡Hombre, sea usted un poquitín más comprensivo! ¿De qué iban a vivir los pobres, si no? Tenga en cuenta que ellos tienen también que trincar sus comisioncitas…

(Sintiéndose repentinamente interesado por el último comentario de Jardiel, MacFly cambia la expresión de su rostro y se acerca a hablarle al oído)

MACFLY.- ¡Ahí ha dado usted en el clavo! Quiero proponerle un negocio.

JARDIEL (intrigado).- Usted dirá…

MACFLY.- ¿Qué tal si me indica un lugar donde pueda comprar un libro que recoja los resultados de la lotería primitiva en los últimos treinta años y luego se viene usted conmigo a mi tiempo? ¡Imagínese lo poderosos que podríamos llegar a ser!

JARDIEL (sorprendido).- ¡Vaya, qué coincidencia!

MACFLY (dando un respingo).- ¿A qué se refiere?

JARDIEL.- A un señor que pasó hace poco por aquí, con un coche parecido al suyo, y me hizo la misma pregunta.

MACFLY.- ¿Y qué aspecto tenía?

JARDIEL.- Pues, ya que lo pregunta, era parecido a un vendedor de cupones de la ONCE. Con unas gafas oscuras, como de ciego. Carlos Fabra, creo que dijo que se llamaba.

MACFLY (cuya inquietud va en aumento).- Pero… ¡no puede haber otro coche igual que este! ¡La máquina del tiempo es única!

JARDIEL.- ¡Ja! No sabe usted cómo las gasta esa gente. Seguro que ha visto la película y, con cargo al presupuesto de la Diputación de Castellón, que él presidía, ha puesto a su buen amigo el doctor Emmett Brown a trabajar en el proyecto.

MACFLY.- ¡Eso no puede ser verdad! ¡Doc nunca me traicionaría!

JARDIEL.- Yo no me atrevería a decir tanto. Si le han ofrecido un buen puesto en algún consejo de administración…

(MacFly, desesperado, se lleva las manos a la cabeza y lanza un potente alarido. A continuación, vuelve a montar en el DeLorean, lo arranca y lo hace desaparecer, echándole a Jardiel Poncela una bocanada de humo del tubo de escape. Este emite unas toses, sacude el humo con la mano y se queda mirando resignadamente al público)

JARDIEL.- Definitivamente, el futuro ya no es lo que era.

(Poco a poco, va cayendo el telón)

THE END

Jardiel Poncela

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Acerca de la vida, la muerte y la amistad

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Me recuerda mi buen amigo Ramiro Pinto Cañón que ayer, 9 de octubre, fue fiesta local en Alcalá de Henares, lugar donde lleva algún tiempo exiliado voluntariamente. Motivo (de la celebración): el aniversario del bautismo de Cervantes, que tuviera lugar tal día como el de la víspera, en la parroquia de Santa María la Mayor. Desconozco el signo político de la corporación municipal complutense, pero creo que es de justicia felicitarlos por la iniciativa. También me hace notar Ramiro la coincidencia llamativa con el aniversario del nacimiento de otro artista ilustre, esta vez del siglo XX, acaecido mucho más al norte: el de John Lennon.

Al reflexionar sobre estos pormenores, uno no puede por menos que preguntarse en virtud de qué inexplicable instinto necrófilo, los seres humanos sentimos esa fuerte inclinación a celebrar el aniversario del óbito de los personajes insignes, mientras que, por el contrario, solemos prestar muy poca atención al de su nacimiento. No es preciso estrujarse los sesos para llegar a la conclusión de que el hecho de que podamos a día de hoy disfrutar del buen hacer de estos seres extraordinarios, se lo debemos exclusivamente a la circunstancia de que vinieran al mundo, siendo por el contrario su muerte el acontecimiento fatal que les impidiera continuar con su obra. Sin embargo, son mucho más habituales las efemérides relacionadas con lo segundo que con lo primero. En el ámbito de la música, recuerdo perfectamente cuando TVE (la única que había por aquel entonces) retransmitió, el 19 de Noviembre de 1978, un concierto de homenaje a Franz Schubert, con motivo del 150 aniversario de la muerte del compositor, sin que, en cambio, se hiciera absolutamente nada el 31 de Enero de 1997, fecha del segundo centenario de su nacimiento. También hubo gran número de fastos el 5 de Diciembre de 1991, segundo centenario de la muerte de Mozart, con la interpretación simultánea del Réquiem en varias catedrales españolas, pero el 250 aniversario de su nacimiento, acaecido en 2006, pasó casi totalmente inadvertido. Dentro de apenas cinco años tendrá lugar, supongo que sin pena ni gloria, el 150 aniversario del nacimiento de Beethoven. Estoy por apostar que sí que nos enteraremos todos (si seguimos todavía por aquí) del segundo centenario de su fallecimiento, para el que tendremos que esperar hasta el año 2027. Por lo que respecta a las glorias literarias, casi nadie tuvo noticia de que hace no tanto, en 2009, tuvo lugar el segundo centenario del nacimiento de Edgar Allan Poe, mientras que la Universidad de León sí que había celebrado por todo lo alto el centenario de la muerte de Herman Melville, convocando un congreso al que asistiera servidor. Me pregunto cuántos sabrán en nuestra estimada Universitas Legionensis que apenas faltan dos años para que se cumplan doscientos del nacimiento de Henry David Thoreau (aunque, en honor a la verdad, a este último tampoco se le hizo mucho caso hace tres años, cuando fuera el 150 aniversario de su deceso; quede dicho para mayor gloria de nuestra venerable institución).

Sí que puedo entender las conmemoraciones de fallecimientos en el ámbito familiar, como lógica señal de duelo, y a veces podemos observar dicho impulso elegíaco en los acarreos masivos de flores, velas, etc., a las tumbas de famosos. O en la búsqueda de sus restos. Tampoco es éste un argumento que me convenza en absoluto, fundamentalmente por lo que suele tener de poco sincero. El caso es que yo no tengo ningún vínculo afectivo que me una a Cervantes, a Thoreau o a John Lennon, por mucho que sí lo pueda tener con sus obras. Quiero decir que no puedo lamentar la muerte de Cervantes, por ejemplo, en la misma medida en que deploraría la destrucción de todos los ejemplares existentes del Quijote. A poco que nos paremos a pensarlo, Thoreau y yo no éramos ni fuimos nunca amigos, por mucho placer que me produzca la lectura de Walden. Nunca salimos juntos a ligar o a tomarnos unos vinos, no nos contábamos nuestra vida, nunca nos echamos unas risas. O sea, que yo no he perdido nada con su muerte, que, por otra parte, es ley de vida. Obviamente, la visita de la parca les impidió seguir trabajando y aportándonos los frutos de su talento, pero hay infinidad de otros músicos, escritores y artistas en general que, con su contribución, han seguido haciendo de este mundo un lugar menos inhóspito y más noble. No hay pregunta más absurda que la de hasta dónde podían haber llegado si hubieran podido vivir más años. Quién sabe. Puede que hasta les hubiera dado tiempo a decepcionarnos. Su legado es el que es, y no el que podía haber sido. Mejor dejarlo estar, como sabiamente dejaran escrito los Beatles en el último álbum que sacaran al mercado, antes de anunciar su separación y, por lo tanto, su muerte como grupo.

Arriba el telón y que continúe el espectáculo, pues. Queda mucho partido por delante.

Jardiel Poncela

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