El centurión

-Nada más puedo hacer por él. Solo los dioses podrían salvarlo.

Estas palabras del galeno cayeron con la fuerza de un martillo pilón sobre el alma del centurión Cayo Máximo Leoncio, quien nunca recordaba haber experimentado antes aquella sensación de manera tan vívida, pese a haberla dispensado él mismo con tanta prodigalidad desde que lo destinaran a tierras palestinas: el dolor. Herido mil veces en el campo de batalla (de lo cual daban fe las numerosas cicatrices que surcaban su cuerpo), ninguna de sus incontables llagas podían siquiera compararse en intensidad con el terrible zarpazo del dolor al ver postrado en el lecho a su criado Marco, al que siempre había querido como el hijo que nunca tuvo. Suplicante elevó la mirada para encontrarse con el gesto conmiserativo del galeno, a la manera del reo que implora clemencia ante un tribunal:

-¿Estás seguro de que no hay ningún remedio? Marco es joven y fuerte. Tiene que haber algún tratamiento capaz de curarlo…

Por toda respuesta, el galeno sacudió enérgicamente la cabeza:

-Precisamente este mal del cangrejo ataca con especial fuerza a las naturalezas más jóvenes y sanas, en las que se expande con  mayor rapidez. Créeme que lo lamento.

Instintivamente Cayo Máximo Leoncio posó esta vez los ojos sobre aquellos extraños bultos, duros como caparazones (de ahí posiblemente el nombre de la enfermedad) que deformaban monstruosamente el cuello de su criado. Fue entonces cuando el implacable centurión que había conducido tantas veces a sus legionarios en las batallas más cruentas, que había presenciado tantas veces sin pestañear la ejecución de rebeldes zelotes a los que él mismo llevara a crucificar, fue entonces cuando el centurión Cayo Máximo Leoncio, inflexible en el cumplimiento del deber, rompió a llorar amargamente. Lloraba de rabia e impotencia, porque sentía de alguna manera que los padecimientos de Marco eran el castigo divino que en realidad le correspondía a él mismo por haber sido cómplice de tantas y tamañas atrocidades. Y nada hubiera objetado de ser él mismo el receptáculo de la ira del Dios de los judíos. Pero era tremendamente injusto, además de aberrante, que fuera su criado (cuya única falta venía a ser la extrema devoción y fidelidad a su persona) quien pagara por sus pecados.

-No obstante, quizás sí podría haber alguien…

Cayo Máximo Leoncio volvió rápidamente la cabeza al oír la voz del galeno, quien se acariciaba el mentón titubeante:

-Habla –le dijo imperativamente.

-Desde hace dos días está en Cafarnaúm una especie de predicador que, al parecer, posee asombrosos poderes curativos. Según cuentan viene de Nazaret, se llama Jesús, y dicen de él que es incluso capaz de resucitar a los muertos. Aunque no sé hasta qué punto se les puede dar crédito a estos rumores…

Fuera cierto o no… ¿qué podía perder? Su criado agonizaba, víctima de un mal implacable ¿Y qué pensaba hacer él? ¿Quedarse presenciando su agonía, impotente, a la cabecera de su lecho? Hombre de acción, como era, no podía permanecer de brazos cruzados. De modo que volvió a dirigirse al galeno en tono igualmente apremiante:

-¿Sabes dónde está ahora?

-De hecho lo vi de camino hacia aquí. Estaba en el ágora de la ciudad, hablándoles a la multitud. Cuenta al parecer con muchos seguidores, que lo aclaman como el Mesías del pueblo judío.

Aquello fue lo más parecido a un aldabonazo. Porque Cayo Máximo Leoncio conocía de sobra la leyenda del Mesías: un personaje legendario, del que esperaba el pueblo judío que lo liberara del yugo de los romanos ¿Accedería alguien así a ayudar precisamente a uno de los opresores? Pese a ello, tenía que intentarlo.

-Quédate con él. Voy al encuentro de ese Mesías.

Y salió de la casa, marchando con paso decidido hacia el ágora. Allí, en efecto, pudo ver a un grupo numeroso de personas, que enmudeció inmediatamente al ver al intruso, tan temido como odiado. Entre todos se hubieran bastado para darle muerte, pero en aquellos momentos Cayo Máximo Leoncio solo pensaba en la salvación de su criado:

-¿Quién de vosotros es Jesús de Nazaret, ese al que llaman el Mesías?

Al oír la premiosa pregunta del centurión, se dio la vuelta un hombre de elevada estatura y larga melena situado unos pocos metros por delante de él. Cayo Máximo Leoncio sintió una mezcla de temor y admiración al contemplar el hermoso rostro de aquel hombre, dotado de una serena e inexplicable majestad. Lo que más le impresionó fue el extraño fulgor de su mirada, que parecía traspasarle con la terebrante precisión de un bisturí.

-Yo soy Jesús de Nazaret –su timbre de voz era grave y muy persuasivo, investido de una cualidad casi sobrenatural- ¿Qué quieres de mí?

Sintiéndose extrañamente intimidado por aquella voz y aquellos ojos, el centurión bajó, avergonzado, la mirada. No podía pedirle a un judío que ayudara precisamente a uno de los verdugos de su pueblo, pero tampoco podía permitir que su criado muriera sin hacer nada por salvarlo ¿Cómo resolver aquel dilema?

-Señor… Sé que mi pueblo ha obrado injustamente con el tuyo. Y que los romanos seríamos mil veces merecedores de la ira de vuestro Dios. Pero es mi criado, Marco, al que quiero como a un hijo, el que yace postrado en su lecho de muerte. Y él es completamente inocente. Haz que tu Dios me castigue a mí, si lo considera oportuno, pero te pido que intercedas para que respete la vida de él.

El predicador suspiró, con lo que Cayo Máximo Leoncio dio por interpretar como un gesto resignado:

-Está bien. Vamos a tu casa.

-¡Oh, no! –exclamó el centurión, acompañando sus palabras con un gesto de la mano- No soy digno de que entres en mi casa. Sé que no puedo pedirte tanto. Pero si puedes decir una sola palabra en su favor ante tu Dios, sé que Él te escuchará y hará que mi criado sane.

El asombro se retrató en el rostro del predicador, quien se giró inmediatamente para hablarles a la multitud. “Ahora va a burlarse de mí, por haber osado pedir su ayuda”, pensó. Pero las palabras que brotaron de la garganta de aquel hombre fueron muy distintas:

-En verdad os digo que nunca antes había visto en Israel tanta fe. Y también he de deciros que muchos vendrán de Oriente y Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, mientras que los herederos del Reino serán expulsados, y allí será el llanto y crujir de dientes.

Cayo Máximo Leoncio se sintió abrumado ante este incomprensible torrente de palabras (aunque no parecía que los judíos allí congregados lo hubieran comprendido mucho mejor), pero no le dio demasiado tiempo a sopesarlo, pues ya el predicador se había vuelto hacia él para decirle lo siguiente:

-Vuelve a tu casa: tu fe ha salvado a tu criado.

Apenas acertó el centurión a pronunciar unas torpes palabras de agradecimiento, cuando ya sus pies se desplazaban a gran velocidad por las calles de Cafarnaúm; mas hallábase aún a unas cuantas manzanas de distancia de su casa, cuando vino a topar con el galeno, quien corría hacia él con gesto alborozado:

-¡Noble centurión! ¡No puedo creerlo! Me ausenté unos minutos de la habitación para ir a buscar agua y, cuando volví, el bulto había desaparecido y Marco se había incorporado del lecho, perfectamente sano y pidiéndome que le trajera algo de comer ¡Es un milagro!

Por toda respuesta, las lágrimas volvieron a asomarse a los ojos del centurión, quien elevó la vista hacia el cielo azul de Cafarnaúm, donde se suponía que habitaba el Dios de los judíos. Por un momento le pareció ver dibujado en las nubes el majestuoso rostro de aquel hombre extraordinario, cuya mirada había quedado como marcada en su alma por un hierro candente. Entonces se dejó caer de hinojos y, sin que las lágrimas dejaran de brotar de sus párpados, creyó comprender el sentido de las misteriosas palabras finales que el predicador había pronunciado, y permaneció allí largo rato, de rodillas y con los brazos extendidos, murmurando una y otra vez la misma frase, que era la única que en aquellos momentos acertaban a articular sus labios:

-Gracias, Señor, gracias…

Jardiel Poncela

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2 pensamientos en “El centurión

  1. Phil O'Hara dice:

    ¡Magnífica recreación, Jardiel! Verdaderamente sobrecogedora. Mi más sincera enhorabuena.

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