Archivos Mensuales: agosto 2016

Don Quijote cabalga de nuevo

Don Quijote molinos

Durante mis años de estudiante en el colegio y en la universidad, me insistieron una y otra vez en el tópico de que había que entender el Quijote como una contraposición entre dos mundos: el ideal (representado por Don Quijote) y el real (personificado en Sancho). Pero al leerlo recientemente he desechado por completo esta interpretación, confirmando una antigua sospecha: se trata en realidad de una fusión, o de una síntesis, en términos hegelianos, más que de una contraposición o antítesis. Como la protagonista de “La rosa púrpura de El Cairo” o el niño de “La historia interminable”, Don Quijote busca erigirse en protagonista de los relatos de caballería que lee. Hasta ahí es fácil decir que el pobre hombre está como las maracas de Machín, pero la sorpresa surge cuando nos encontramos con que el ventero de la posada a la que acude en compañía del cura, el barbero, etc., también cree en las historias que se cuentan en los libros de caballerías. La diferencia está en que este último no se atreve a vivirlas, por falta de valor o por miedo al qué dirán. Otro ejemplo de más de lo mismo lo encontramos en el pasaje de las burlas de que son objeto Don Quijote y Sancho por parte de los duques, o del noble don Antonio Moreno. El ahínco con que persisten estos en su pantomima, pone de manifiesto el interés de unos y de otro por darle un barniz de realidad a las quimeras del caballero de La Mancha. De alguna manera, quieren vivir sus propios sueños a través de él, al sentir el vacío de sus vidas. Poco a poco las hazañas de Don Quijote van cobrando fama y se encuentra en su camino con lectores de la primera parte del libro, así como de la continuación apócrifa de Avellaneda. Nos encontramos con que, como en la película de Schawarzenegger “El último gran héroe” (injustamente infravalorada) o los espontáneos que logran introducirse en el rodaje de “El show de Truman”, los lectores se han transmutado en personajes que se meten dentro de la historia, justo como él ha porfiado por hacerse héroe de los relatos de caballerías. Hasta tal punto se sienten embargados por el relato de las hazañas del ingenioso hidalgo. Trescientos años antes de que Unamuno escribiera “Niebla” o de que Pirandello estrenara “Seis personajes en busca de autor”, Cervantes ya había experimentado ampliamente con esta transgresión deliberada de los límites de la realidad.

El personaje más enigmático, con diferencia, es el de Sancho, pese a sus aparentes campechanía y simplicidad. Él es perfectamente consciente de las locuras de su amo, con quien se obstina en hacer las veces de Pepito Grillo, pero ocurre exactamente lo contrario: el gran carisma humano de Don Quijote acaba arrollándole, hasta el punto de que deja de importarle si las fábulas de su señor son verdad o no. En un momento dado, él decide que lo sean. La fe es, ante todo, un acto de voluntad. “Creo porque es absurdo”, que diría, de nuevo, Unamuno, unos cuantos siglos más tarde.

Al igual que ocurriera en los siglos XVI y XVII con los libros de caballerías, hoy estamos asistiendo a un momento dulce de la literatura fantástica, como demuestra el éxito editorial de las novelas de Harry Potter o de la saga “Crepúsculo”. Todo ello, paradójicamente, en una época de crecientes racionalismo y tecnificación. Las personas ansían como nunca alimentar mitos, esto es, desean con frenesí vivir vidas paralelas. Es difícilmente creíble que el público infantil o adolescente por sí solos hayan posibilitado un volumen tan abultado de ventas. La diferencia estriba en que los niños quizá creen realmente que las aventuras de Harry Potter son verdaderas, mientras que los adultos las contemplan desde la distancia de su mirada escéptica, dándole el impreciso nombre de “madurez” a esa etapa de la vida en que empezamos a perder la capacidad de soñar. Necesitamos, más que nunca, a un nuevo Don Quijote que nos espolee y nos ayude a vencer nuestra apatía. Y, por supuesto, a un nuevo Cervantes que le sirva de notario.

Jardiel Poncela

 

 

 

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