Archivos Mensuales: junio 2017

Hace un año

La enfermedad de padre nos sorprendió a todos con el pie cambiado. Rondando el medio siglo, andábamos ocupados en ir criando a los hijos, sin descuidar las visitas, las más de las veces meramente rutinarias, al médico de cabecera para que atendiera un lunar que parecía haber crecido, una tos tan persistente como molesta, o cualquier otra afección que nos ponía arbitrariamente en alerta convencidos, sin razón que sostuviera una certeza que ni tan siquiera llegaba a serlo, de que si en aquella familia se habían cobrado ya demasiados óbitos antes de tiempo, por qué no iba a ser embolsado uno más. El infortunio no suele conformarse con poco ni mucho, ni las consabidas desgracias, por el hecho de serlo dejan de aparecer sin que nadie las espere. Si a tales menesteres consagrábamos unas vidas que si por algún motivo merecían ser destacadas era precisamente por no destacar en gran cosa, la atención que prestábamos a la vitalidad de padre era escasa, se limitaba a una contabilidad semanal cuando no quincenal que iba confirmando que a pesar de los años la vida seguía tratándole, en lo que a la salud se refería, razonablemente bien, sin que fuésemos capaces de advertir en el horizonte amenaza alguna de que nada, ni nadie, fuese a reclamarle algo. Los excesos, si los hubo,  sucedieron hace demasiado tiempo y no le habían pasado factura. Ni él ni nosotros recordábamos cuándo dejó de fumar.

En navidades le visitamos y estuvo más quejoso que de costumbre por un dolor en el brazo. Le gustaba aupar a los nietos más pequeños sin tener ya edad para ello y a tales sobre esfuerzos atribuimos la dolencia. Las fiestas pasaron y los nietos se fueron, pero aquel dolor, nos contaba, se obstinaba en permanecer, seguía incomodándolo. La visita al médico no nos tranquilizó, ni a él tampoco. Fue justo lo contrario: algo no debió parecerle bien al facultativo, porque mandó más y más pruebas que no hicieron sino confirmar los peores augurios: padre no solo padecía un cáncer; el tumor avanzaba apoderándose de un cuerpo que empezaba a sufrir el padecimiento de una enfermedad que no iba a dejar de ser cruel, y aunque jamás quiso reconocerlo, porfiando por disimular inútilmente lo obvio, aquel mal debió usurpar también territorios del alma, pues la angustia no se conformaba con minar su organismo, exigía subyugar al espíritu. La entrevista con su oncóloga, hoy, un año después, sigue lacerando la piel de mi memoria: la enfermedad era incurable y el cálculo más optimista, dijo, le otorgaba un año de una vida que a partir de entonces no iba a ser nada plácida. Se trataba de librar la batalla a pesar de conocer de antemano la segura derrota. Las hostilidades se prolongaron seis cortos largos meses. En la mitad del tiempo que la estadística le concedía, aquel cáncer lo derrotó. De modo inmisericorde.

Los seis meses hasta que murió fueron un carrusel de emociones: nos reencontramos con el incalculable gozo de volver a pasar mucho tiempo con padre; rememoramos con él episodios de unas infancias hasta entonces apenas desempolvadas; volvimos a reír con él, y volvimos a llorar. A llorar mucho. También a conversar pacientemente largos ratos. El cáncer, qué macabra conjunción, nos recobró a un padre que hacía tiempo que había dejado de ejercer de tal; o quizá éramos nosotros los que habíamos abdicado de la condición de hijos. Lo que la tierra en exceso austera y sobria en la que creció debió modelar su carácter, o la falta de costumbre, me privaron de abrazarlo durante esos meses en muchas ocasiones que quise hacerlo, sin llegar a atreverme, solo porque no interpretase ese abrazo, que hoy aún echo tanto de menos, como una confirmación de lo inevitable. Abrazarlo hubiese sido negarle cualquier esperanza. ¡Qué estupidez!

A padre jamás le agradeceremos lo bastante esa dedicación por momentos obstinada por labrar en sus hijos las simientes de unas almas libres; simientes que germinaron y crecieron robustas.  Se dedicó a ello convencido de que era lo mejor que podía legarnos. La promesa que en el lecho de muerte hiciese al gran amor de su vida de no separarnos jamás, también nos enorgullece. Portadores de los genes de una estirpe parca en expresar las emociones, acertó padre al acercarnos, acaso por ventura, a un mar capaz de suavizar cualquier talante. Alejarnos de la tierra que lo vio nacer debió  contribuir a ello. A la manera del buen artesano, supo cómo hacer, empero, para que conservásemos apego a unas raíces que siendo las suyas, o precisamente por tal, fueron siempre las nuestras. Nos honró mientras vivió. Le honramos ahora a él después de muerto. Mantener vivo su recuerdo y reconocerlo en cada uno de nosotros es la mejor de las herencias.

Phil O’Hara

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