Acerca de

Por una causa noble Jardiel Poncela blandiría su pluma con arrojo como si un hierro fuese. Mordaz, sarcástico y tragicómico si es menester, es de esos pocos que aún creen que no hay dios capaz de dictar los designios de una voluntad humana cuando se empeña en volar libre. ¿Ingenuo? Quizá; pero también con mala baba si le tocan las narices. Pura contradicción; así es Jardiel. Quienes sin llegar a conocerle le tratamos desde mucho antes de aquellas primeras poluciones nocturnas, sabemos de su enorme valía, que presentíamos desde muy corta edad cuando, apagada ya la lánguida luz de la diminuta lamparilla sobre la mesita entre las dos camas, compartía con quien les cuenta relatos que su prodigiosa imaginación era capaz de crear, hilvanando admirables imágenes hasta coser todas las noches de todos los agostos aquellas memorables historias algunas de las cuales aún hoy perduran en mi memoria. Mientras los demás vagamos a duras penas por la vida, parece que sea la propia existencia quien transite por su ser, y ésa es condición que comparte con los titanes. Háganme caso y recen en quien demonios crean para que un día de estos no le dé por mandarlo todo al carajo y nos quedemos sin su lúcida y brillante escritura.

Cada vez que pienso en Phil O’Hara, mi infatigable compañero de fatigosas partidas de Petrópolis, me vienen a la mente diversos retazos de nuestra infancia y adolescencia en común: las audiciones conjuntas de George Harrison, Deep Purple o Golpes Bajos; las mañanas de Viernes Santo en el portal de la Cuesta de las Carbajalas, viendo pasar la procesión (debo puntualizar que Phil, nacido en León aunque apacentado en Cataluña, es uno de los mayores eruditos que conozco en lo relativo a nuestra Semana Grande); o las charlas filosóficas en el Cafetín con Paco (personaje entrañable, después de todo), en las que Phil se esforzaba con denuedo por explicarnos el pensamiento de Berkeley (todo aquello de que si arrojábamos una moneda al aire y cerrábamos los ojos, no es que no supiéramos el resultado hasta que los abriéramos, sino que no había resultado). Pero quizás lo más llamativo de todo sea el insólito ritual con que llenábamos aquellas lejanas noches de verano en Santoña, en que, amparados en la penumbra de nuestro dormitorio compartido, nos divertíamos parodiando el célebre programa de televisión 35 millones de españoles (no sé si os acordaréis de él). Yo hacía de Alfredo Amestoy (cáustico y mordaz) y él de Jose Antonio Plaza (equilibrado y elegante). Supongo que tal elección de roles no sería del todo casual, y que en ella, de alguna manera, se hallaba prefigurada la esencia de lo que serían en el futuro nuestros estilos literarios respectivos. Hace poco Phil me propuso recuperar nuestra pasada condición de compañeros de cama y crear a medias este blog. Yo me dije (y le dije a él): “¿Por qué no?” Y aquí estamos ambos, dispuestos a emular a tantas parejas ilustres que con su ingenio y su buen hacer han jalonado la Historia del Arte, con mayúsculas: Tip y Coll, el Gordo y el Flaco, Simon y Garfunkel, Ortega y Gasset… Hay que ver lo contradictoria que es la vida: de niño deseas hacerte mayor sobre todas las cosas y, cuando eres mayor, añoras la infancia con cada fibra de tu ser. Pero se trata de algo inevitable, como el respirar. Todo tiempo pasado fue mejor y la infancia es la verdadera patria del hombre (aprovecho que Jorge Manrique y Raïner María Rilke están muertos y, por lo tanto, incapacitados para presentar sendas denuncias por plagio). Así que allá vamos, a lo que salga. Como dijera nuestro comúnmente admirado Germán Coppini: “Son escenas olvidadas, repetidas tantas veces…”

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