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Mejillones demasiado pequeños

Mejillones-gratis-en-Rábade

Si todos los que tantas veces nos hemos arrepentido hubiésemos tenido ocasión de viajar a Roma para remediar a saber qué desatinos y cuántos, sé a ciencia cierta que más de uno hubiera vuelto, si no a diario sí a menudo -de vez en vez si más no- a la Solera a tomarse un blanco y un mejillón de ésos tan ricos que preparaba Tomás. Pero se sabe: seguramente fueron pocos quienes tuvieron la ventura de visitar la Ciudad Eterna en pos de indulgencia; la mayoría ni llegó a arrepentirse, y si uno se para a pensarlo bien los mejillones de la Solera ya no son lo que fueron; ahora son pequeños y además ya no están nada ricos; que son un asco, vaya. Lo cual no quita que por aquel entonces mereciese la pena dejarse caer por allí a saborear unos moluscos tan bien puestos. Y como uno no va por los bares pie de rey en ristre que certifique el tamaño exacto del marino animal, resulta difícil, so pena de no dar en el clavo, afirmar tan tajantemente que el bueno de Tomás te pilló manía, precisamente a ti, y por eso te servía siempre los menos hermosos. Excesivo orgullo, es vox populi, acaba por jugar en nuestra contra. No diré como aquel experto hombre de negocios falto de escrúpulos que uno debiera, antes de salir de casa camino de la oficina, colgar del mismo perchero del que descuelga su abrigo el orgullo, y salir a la calle desnudo no sé si de esa virtud o de ese defecto. Tampoco debiéramos tomar como ejemplo al timorato que ni orgullo para colgar (o no) del perchero tuvo jamás. Lo cierto es que en esto, como en la mayoría de casos y cosas, conviene no aventurarse y más todavía moderar el carácter y templar gaitas siempre que sea menester y hasta cuando no lo es; que ni tanto ni tan calvo, versión castiza y popular del culto justo medio aristotélico. Emperrarse en algo por orgullo o porque los mejillones son demasiado pequeños -que viene a ser lo mismo- tendrían que prohibirlo. La Guardia Civil debería decirle a uno: “Oiga jefe, deje de no entrar a tomarse un blanco y un mejillón, que eso está prohibido. Venga, circule; y vuelva a La Solera, hombre de Dios”. La autoridad de la Benemérita no veo cómo pudiera emplearse mejor que mandándonos engullir el propio orgullo.

Y si el orgullo está sobrevalorado, otro tanto ocurre con ese dichoso enconado amor por los principios: hoy se tiene principios para todo. Inquebrantables principios para obrar de determinada manera o para no hacerlo ni que te pongan una pistola en el pecho. Por todos esos principios se hacen las mayores estupideces. También proezas, pero rara vez. Principios; tan poco deseable es excederse en tenerlos como no abrazar alguno, que tampoco es eso. ¿No bastaría con ambicionar ser como la Minna Davis de Francis Scott Fitzgerald: “el rostro de Minna, su misma piel, con aquel brillo particular, casi fosforescente, la boca de labios sensuales que nunca supo referirse al precio de las cosas”? Ese sí parece un buen principio: llegar a comportarse como si uno no supiese que las cosas tienen precio. ¡Ahí es nada! Deben hacer falta por lo menos diez generaciones de una misma estirpe para que un principio como ése acabe anidando en un ser; en menos no cuajaría; eso, o ser un personaje de Fitzgerald. Entonces sí es sencillo. Sus personajes poseen un fulgor que tú ni tan siquiera eres capaz de imaginar, aunque lo hayas soñado tantas noches. Esa especie de barniz no es sólo por los millones. Ni por la clase social. Es por algo distinto. En realidad sabes que haría falta haber nacido con ese lustre; que ni un premio de los gordos sería capaz de imbuirte de ello, porque lo que no puede ser además es imposible.

Cuando lo único que tienes son principios “acabas por desear cambiar los pocos amigos que te quedan por una corte de aduladores”; son peligrosos los principios. De pronto un día te levantas dispuesto como Leónidas a plantarte en el paso de las Termópilas sin ni tan siquiera trescientos espartanos; te da por tomarte la vida entera a pecho. Cuando eso pasa es difícil recordar que nada es para tanto, que el universo es demasiado engorroso como para ir sosteniendo grandes principios. Y la vida muy corta para que mucha vanidad acabe por agriarla. Si nos piden la razón, qué más dará darla ¿No será mejor acaso como Tip coger la gamba del revés? Por principios firmes, por orgullo y arrogancia seguimos instalados en una falsamente confortable memez. Si los mejillones son demasiado pequeños pero saben a gloria, cuánto mejor hubiera sido no ignorarlo por unos pocos milímetros de más o de menos. De otro modo puede pasar que hoy ya sea muy tarde y además de pequeños estén repugnantes. Aunque, claro está, siempre nos quede París. O el Viña.

Phil O’Hara

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