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LUNES DE AGUAS

Cincuenta y cuatro días habían pasado, con sus respectivas noches (los cuarenta días de la Cuaresma, más los siete de la Semana Santa, más los siete de la Semana de Pascua) desde aquel Martes de Carnaval, a la vez tan cercano y tan lejano en el tiempo, en que todas las “mujeres de mala vida” de la ciudad, bajo la torva y atenta mirada del Padre Putas, se habían embarcado rumbo a su destierro temporal a la otra orilla del río Tormes. Mariola, al igual que las demás meretrices, se había acomodado en una esquina del batel, no sin que antes el cetrino páter, en el momento preciso de embarcar, la agarrara fuertemente por el brazo y le espetara con admonitoria seriedad:

-Me trae sin cuidado que tu alma pecadora arda en el infierno, pero por nada del mundo permitiré que arrastres allí a Federico. Puedes estar segura de ello.

Durante unos breves instantes le sostuvo la mirada, pero no tardó en bajar la cabeza al creer percibir en los ojos del cura lo que le parecieron sendos rescoldos de las llamas del orco. Era aquella una mirada que destellaba odio, un odio acérrimo e infinito que no dejaba de resultar contradictorio en alguien que se consideraba ministro de quien dijo una vez aquello de “quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Fue entonces cuando aquel cancerbero a la inversa, que expulsaba las almas perdidas al infierno en lugar de retenerlas, se alejó para atender las otras recuas de pupilas tomando posición en los esquifes. Aprovechando la ocasión el barquero, tras ayudarla galantemente a subir, le dijo a media voz en un tono socarrón y compasivo a partes iguales:

-Con la iglesia hemos topado.

A Federico lo había conocido aquella noche de Martes de Carnaval, en el baile de máscaras organizado por los estudiantes de Medicina en el Palacio de Fonseca, de la que entonces no se podía decir para nada que estuviera triste y sola. Ella y las demás prostitutas menudeaban por los rincones a la caza de bisoños mancebos a los que iniciar (o impartir un curso de perfeccionamiento) en las artes amatorias. A diferencia de sus colegas, Mariola nunca había sido pródiga en zalamerías ni ademanes obscenos, impostando un aura de fragilidad y timidez que tal vez fuera lo que suscitara el interés de Federico, quien no vaciló un instante en acercársele e invitarla a bailar, tan pronto como sus miradas respectivas se cruzaron en el claustro de Fonseca bajo la sombra del antifaz. Desde el principio le había parecido guapísimo y por un momento (¡qué tonta!), se había dejado seducir por la ficción de que aquel acto puramente mercantil hubiera podido ser el preludio de algo parecido a una relación sentimental, de las que tenían las señoritas de verdad. Luego se habían ausentado discretamente en mitad de la fiesta y le había llamado poderosamente la atención que, cuando ella hiciera mención de quitarse los antifaces, él le sujetara la muñeca en el viaje de la mano hacia su rostro y le susurrara quedamente al oído:

-No antes de las doce de la noche. Hasta entonces mejor no saber absolutamente nada el uno del otro.

Extrañada ante esta insólita proposición, se había abandonado al solaz de aquellos brazos, jóvenes pero en absoluto inexpertos, que, para su sorpresa aún mayor, la habían tratado con una delicadeza de la que nunca se había considerado digna y que, desde luego, nunca había disfrutado antes con ningún otro cliente. “Debe ser así como tratan los maridos a sus esposas o, en general, los hombres a las mujeres que aman” ¿Podría algún día ella ser querida de ese modo?, pensó en un alarde de ingenuidad. Tales reflexiones fueron seguidas de un profundo y atribulado suspiro, tan pronto como despertó a la cruda realidad. La cual bien podía quedar reducida a una máxima tan simple como irrefutable: es muy fácil caer en el arroyo, pero luego resulta prácticamente imposible salir de él.

-Tengo que irme. Ya sabes cuáles son las ordenanzas –dijo ella, desasiéndose con mal disimulada resignación de aquel cálido brazo que, por unos instantes, le habían hecho sentir como una mujer de verdad, en vez de como un mero objeto de placer. Luego se había enfundado en su vestido vulgar de maritornes, mientras él la observaba con deleitosa concupiscencia desde detrás de la máscara que, al igual que en el caso de ella, seguía cubriéndole el rostro.

-Voy contigo –exclamó él incorporándose y vistiéndose rápidamente, apenas hubo encaminado Mariola sus pasos hacia la puerta del lóbrego cuartucho de la pensión donde acababan de yacer juntos.

Sin pronunciar palabra la acompañó hasta la orilla del Tormes, en las inmediaciones del puente romano, donde ya las barcazas estaban dispuestas para trasladar su innoble mercancía al otro lado de lo que a ella en ese momento se le antojó como la laguna Estigia. Porque aquello era lo más parecido a la muerte. Tan dolorosa le resultaba en aquellos momentos la separación, sin que acertara a explicarse el porqué. Fue entonces cuando las campanas de la Clerecía tañeron las doce de la noche con su sonido patibulario y vibrante.

-Ahora sí que ha llegado el momento de quitarse las máscaras –dijo él.

Así lo hicieron, y entonces supo que había quedado definitivamente prendada de aquella mirada glauca y limpia que, para su creciente asombro, era la primera mirada limpia que le habían dirigido en sus diecinueve años de vida, que aunque no eran muchos, en la calle habían transcurrido increíblemente largos.

-Soy Federico. Te estaré esperando cuando vuelvas.

Ella le dijo también su nombre y sellaron su reciente conocimiento con un beso largo y cálido, instante mágico en el que sintió que quedaba atrapada la eternidad. Eternidad a la que puso fin la voz autoritaria de ese hombre hosco y siniestro que, enfundado en su negra sotana, era lo más parecido a un heraldo de la muerte. Mariola creyó percibir un vago aire familiar entre el hombre que había poseído su cuerpo aquella noche y el malévolo páter, empeñado aparentemente en hacerse con el control de las almas de cuantos estaban allí. De hecho, era como si un escultor invisible hubiera pulido las facciones del sacerdote y, al suavizarlas, el resultado hubiese sido el efébico rostro de Federico.

-Ya está bien. Es hora de embarcar –dijo escuetamente el Padre Putas, fulminando a Mariola con aquella mirada transida de hostilidad que, de haber sido un rayo, sin duda la hubiera traspasado de parte a parte ¿Por qué tanto odio concentrado precisamente en ella? Daba exactamente igual. No quedaba otra que obedecer así que, desasiéndose lentamente del abrazo de Federico, recibió un último beso de este último en los dedos tras posarlos brevemente en sus labios y se encaminó, cabizbaja y con gesto compungido, hacia el lugar donde estaban fondeados los esquifes.

Casi dos meses habían transcurrido entre aquella fría noche de invierno y esta luminosa mañana primaveral del Lunes de Aguas, en la que Mariola se preguntaba con el corazón en un puño si acaso estaría esperándole la felicidad al otro lado del río. No dejaba de escudriñar la orilla opuesta haciendo visera con la mano, a la vez que se dirigía a sí misma toda clase de reproches por ser tan ingenua. Sin duda que la breve travesía hubo de resultarle como a Don Quijote cuando llegó a Zaragoza y cruzó el río Ebro en un bote como aquel, creyendo en el medio de su entrañable locura que navegaba por un mar encantado.

Hasta que lo vio. Allí estaba él, justo al borde de la corriente, sujetando en la mano un ramo de rosas y un objeto brillante que (casi le daba miedo admitirlo), le pareció que era un anillo de pedida. El barquero (casualmente el mismo que la acompañara en el viaje de ida) se quedó atónito cuando la vio saltar al agua y mojarse el bajo de la falda sin que el bote hubiese aún atracado. Atolondradamente se lanzó en los brazos de Federico, al tiempo que sus compañeras y los amigos de él prorrumpían en una salva de aplausos, mientras ellos dos, ajenos a cuantos les rodeaba, volvían a recuperar el sabor de la eternidad al fusionarse sus bocas en un beso, si cabe, más cálido y luminoso aún que el que selló la hora de la separación.

-Te dije que te esperaría –dijo él, mirándola fijamente a los ojos y entregándole lo que, en efecto, era un anillo de pedida.

-Nunca creí que lo hicieras –balbuceó ella, con los ojos anegados por lágrimas de incrédula felicidad.

-Siempre cumplo mi palabra. Contigo iría al mismísimo infierno, si me lo pidieras.

Al oír esto Mariola, como impelida por un resorte, dio un respingo, sintiéndose acometida por una extraña sensación de dejà vu. Y entonces volvió ligeramente la cabeza y lo vio, al Padre Putas, a escasos metros de donde ellos estaban. Pero su expresión ya no era de odio, sino que reflejaba la más viva (o muerta) imagen de la derrota. Muy lentamente este se giró y comenzó a alejarse de allí con pasos lánguidos y cansinos, como si hubiera envejecido cien años en apenas dos meses. Mariola no pudo evitar sentir una punción de compasión por él.

-¡Qué raro! – exclamó ella- El páter me dijo algo muy parecido en el momento en que subí a la barca, el Martes de Carnaval.

-No le hagas caso al Padre Alberto. En el fondo es buena persona, aunque demasiado estricto. Es mi tío.

Una vez más, Mariola no pudo evitar que un pensamiento la sobresaltara, perforándola con la contundencia de un diamante al atravesarle la frente ¿Su tío? Ahora encajaba todo: el parecido familiar entre él y Federico, el odio llameante en aquella mirada torva… Sin duda no eran otros sino sus propios demonios los que había intentado aquella noche conjurar, sin caer en la cuenta de que nunca lograría exorcizar de su alma aquel infierno de remordimientos que lo torturaban, fruto de haber sucumbido años atrás a la tentación del amor, puede que con una mujer como ella. Y volvió a sentir pena…

Pero nada de eso importaba ya porque, tan pronto como Mariola volvió a posar los ojos sobre la mirada límpida y transparente de Federico, a tono con el cielo azul de Salamanca, supo que, en aquella radiante mañana de primeros de abril en que florecieran con inesperada pujanza las soñadas promesas de amor, había empezado por fin la primavera.

Jardiel Poncela

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¿Un domingo cualquiera?

Encuentro

Aquella mañana de primeros de abril –demasiado fría para la época del año- un sol rosáceo y tibio despuntaba perezosamente por detrás de los pináculos de la Catedral, con todo el aspecto de una bandera izada por un brazo torpe. Su luz pálida y atenuada hirió en el rostro a Juan, tumbado cuan largo era sobre uno de los bancos de la plazoleta de Antonio González de Lama. Tras restregarse los párpados con desgana, miró a lo alto y le sorprendió ver un cielo tan azul, pues no había parado de llover durante los últimos días y, aunque fuera inevitable sentir el gélido azote del aire de la madrugada en el rostro, por lo menos, pensó Juan, era de agradecer el que ese frío no viniera acompañado de la insoportable humedad propia del clima atlántico, que penetraba hasta el mismo tuétano del hueso. Total, uno acababa conformándose con poco en aquella ciudad de clima inhóspito, donde casi no existía la primavera.

Mientras se incorporaba y desentumecía los músculos del cuerpo, Juan se esforzaba a duras penas por hacer lo mismo con los de la mente, intentando recordar cómo había llegado hasta allí. Independientemente de las copas que se había calzado, lo cierto es que la cadena de acontecimientos se había desarrollado tan vertiginosamente que resultaba prácticamente imposible digerir éstos. En pocas semanas le habían echado del trabajo y le habían echado de casa, sin que a nadie pareciera preocuparle lo más mínimo cómo iba a arreglárselas, sin otro ingreso que el del subsidio por desempleo, para pagar la mitad de la hipoteca del piso que compartiera con su ex–mujer, la pensión alimenticia por el cuidado de sus dos hijos y el alquiler del mísero cuartucho con derecho a cocina donde vivía ahora. Le había parecido que lo más sensato era prescindir del cuartucho y dormir a la intemperie, decisión que tomara la víspera, aunque rápidamente cayese en la cuenta de que era muy difícil soportar una noche al raso en las calles de León, con sus inclementes heladas. Ello le indujo a emprender su prolongado periplo etílico por los bares y pubs del Húmedo, pese a que no fuera, ni mucho menos, un alcohólico compulsivo.

Juan se puso por fin en pie, sin saber muy bien a dónde ir. Sus piernas le llevaron maquinalmente al Puente de los Leones, que cruzaba de lado a lado un río Bernesga desusadamente crecido por las abundantes lluvias de los últimos meses. Juan se detuvo y apoyó sus manos sobre el pretil, sintiéndose embargado por el frenético flujo de las aguas enlodadas, que parecían invitarlo a dejarse engullir por ellas. Sin que casi se diera cuenta, asomó a su semblante una media sonrisa teñida de sarcasmo. Pensaba en lo grotesco que resultaría el espectáculo de verse a sí mismo manoteando en la corriente. La escena le parecía más propia de un teatro de guiñol para niños que de una tragedia clásica. Era un alarde de vanidad ingenuo imaginar el suicidio como un acto revestido de una aureola de solemnidad. Él no era James Stewart en ¡Qué bello es vivir! Ningún ángel se iba a tomar la molestia de venir a salvarle en el último momento. Ni de lejos se consideraba tan importante. Hacía tiempo que tanto Dios como los hombres se habían olvidado de él.

Una vez descartada la opción de inmolarse en las aguas del Bernesga, cayó en la cuenta de que tenía hambre. Comer algo, pensó, sería el mejor antídoto para la resaca. De modo que enfiló sus pasos hacia la cercana estación de Renfe, cuyo bar sería con toda probabilidad el único abierto en la ciudad a esas horas. El confortable calorcito que reinaba en el vestíbulo era lo más parecido a una caricia, que él agradeció sobremanera. Su único temor era el que su barba desaseada y su ropa desgastada le dieran apariencia de mendigo e indujeran al guardia jurado de la estación a echarle también de allí. Afortunadamente tal circunstancia no se produjo. La gente era tolerante con los mendigos, siempre y cuando no se acercaran a menos de diez metros.

Animado por estos pensamientos se acercó decidido hasta la barra, exhibiendo un arrugado billete de cinco euros –el último que le quedaba- como aval de que no venía a mendigar. El camarero le preguntó, en un tono sumamente displicente, qué iba a tomar. Entonces recordó Juan que era domingo y que, cuando era niño, su madre solía prepararle los domingos chocolate con churros para el desayuno. Así que, aquejado por una punzada de nostalgia, los pidió. “No tenemos chocolate”, se apresuró a advertir el camarero, con la misma celeridad con que desenfunda Clint Eastwood su colt en La muerte tenía un precio. “Tiene que ser café”, puntualizó hoscamente el camarero. Tras balbucear un “bueno” casi inaudible, Juan pensó en cómo se cebaba inexplicablemente en él la mala suerte. Hasta un placer tan sencillo como éste se le negaba. “Café con churros”, murmuró con desagrado. Le parecía una combinación al menos tan absurda como si dijéramos, por ejemplo, patatas con mermelada. Mientras mojaba con desgana el primer churro en el café no demasiado caliente, Juan sintió que las lágrimas afloraban a sus ojos. Pensaba en el chocolate de su madre, en los domingos de la infancia, cuando todo era puro y tenía una vida por delante, y en lo mucho que se le habían complicado las cosas ahora. Se le hizo como un nudo en el estómago y su hambre despareció de repente, para dar paso a un inmenso cansancio. El agotamiento le había devorado con la rapidez de un tsunami, como si de golpe le hubieran caído veinte años encima. Apartó con gesto lánguido la taza y los churros incoherentes, se acodó en la barra, apoyó la cabeza en las manos y se quedó dormido.

Puesto que había empeñado el reloj, Juan no sabía a ciencia cierta cuánto tiempo había permanecido adormilado. Puede que fueran minutos o tal vez horas. Le vino a sacar de su sopor el pesado tacto de la manaza del guardia jurado sobre su hombro, quien le había dicho que ahí no se podía dormir en un tono bastante cortante, como el que se emplea para decir “Aquí no se admiten perros”. Juan se incorporó sobresaltado, parpadeó varias veces y, amedrentado por la musculosa humanidad del armario que tenía enfrente, balbuceó torpemente una excusa, pagó su consumición y abandonó el local, de nuevo sin saber a dónde dirigirse.

Su andar errabundo le condujo de nuevo hasta las inmediaciones de la Catedral donde, para su sorpresa, se había formado una aglomeración considerable. Luego oyó, procedente de la cercana calle Varillas, un repicar de tambores con cierto aire patibulario, seguido de una marcha con hechuras militares en la que se alternaban cornetas y gaitas. Inmediatamente vio emerger por la boca de la citada calle Varillas la figura –absolutamente imponente y majestuosa- de un Cristo resucitado, acompañado de un ángel y de dos soldados romanos que yacían conmocionados a sus pies, sin dar crédito a lo que veían. La imagen venía escoltada por una banda musical de nazarenos o cofrades –“papones” los llamaban por aquellas latitudes- vestidos con túnica blanca, zapato negro, capa y capucha de raso morado. Les seguían dos filas paralelas de cofrades ataviados de forma similar, sólo que añadían a su indumentaria guantes blancos de algodón y un capirote alto de terciopelo, a juego con la capa. Éstos portaban una cruz morada de metal –de tamaño proporcional a la altura de cada uno de los cofrades- en la mano contraria a la de la acera junto a la que fueran desfilando. Cerraba la comitiva una banda de porte severo y elegante, integrada por todo tipo de instrumentos de la familia del metal, y ataviada con túnica de terciopelo rojo, capirote alto de color blanco y capa de raso negro, en la que aparecían tres cruces bordadas con hilo de oro. Juan nunca había sido hombre religioso ni simpatizado con las procesiones de Semana Santa, que siempre le habían parecido investidas de un cierto aire medieval, pero en esta ocasión no pudo reprimir la curiosidad y, a falta de otra cosa mejor que hacer, se animó a seguir al cortejo procesional según enfilaba éste la calle Sierra Pambley.

Tan pronto como el último de los papones hizo su entrada en la Plaza de Regla, un policía municipal se apresuró a cerrar el paso a la misma mediante la colocación de una valla metálica, al tiempo que se dirigía a la multitud en un tono que no admitía réplica. “De aquí no se puede pasar”, sentenció el representante del orden, marcial e inescrutable a través de sus gafas de sol. Su complexión atlética y sus facciones adustas le daban un aire harto similar al guardia jurado de la estación, lo cual le llevó a Juan a preguntarse si los fabricarían en serie en alguna cadena de montaje. En cualquier caso, el acatamiento de la orden no supuso demasiado trastorno para Juan, pues era de estatura más bien elevada y, con tan sólo estirar ligeramente el cuello, podía abarcar la escena tranquilamente por encima del mar de cabezas. Juan observó que, por el extremo opuesto de la plaza hacía su aparición otro grupo escultórico integrado por tres figuras femeninas –la del medio, ataviada con un manto negro, correspondiente a la Virgen María-, en esta ocasión portado a hombros por unos cofrades que lo mecían acompasadamente, siguiendo el ritmo de la banda de música que asimismo lo acompañaba –austero hábito negro, con alamares y escudo morados. Al doblar la esquina de la plaza, la música cesaba repentinamente y los dos pasos avanzaban el uno hacia el otro, hasta quedar frente a frente. Luego se detenían y uno de los papones, ayudado por sus compañeros, se encaramaba al paso de las tres Marías y procedía a despojar a la Virgen de su manto negro –llevaba otro blanco debajo- y a ceñir su frente con una corona. El silencio en la plaza era tan intenso, pese al gentío, que casi se podía cortar con un bisturí. Fue entonces cuando, de modo inexplicable, Juan sintió un estremecimiento.

En ese momento empezó a sonar, vibrante e imperiosa, la voz del orador por el equipo de megafonía. Juan no prestó demasiada atención al discurso, en el que se hacían una serie de reflexiones teológicas acerca del milagro de la Resurrección, intercalando la lectura de algunos pasajes evangélicos, pero sí que se sintió extrañamente conmovido por el timbre, cautivador y persuasivo, de aquella voz, que imprimía a sus palabras un crescendo emocional que, lejos de resultar histriónico, constituía la antesala idónea para el clímax que se avecinaba. “¡Leoneses, Cristo ha resucitado!”, exclamaba jubilosa la voz al término de la alocución, al tiempo que los papones se descubrían, las campanas de la Catedral tocaban a rebato y las bandas de música de las cofradías, calladas hasta ese momento, rompían a tocar con alborozo mientras los braceros “bailaban” el paso con alegría aparentemente desbordada, pero sin perder en ningún momento su impecable coordinación en el medio de aquel estallido de júbilo y gloria.

Juan miró a lo alto y vio a una bandada de palomas surcar los cielos en aquella límpida mañana de Domingo de Pascua. Y sus ojos se inundaron de lágrimas, esta vez de gozo. Porque supo que, por fin, había empezado en León la primavera.

Jardiel Poncela

El centurión

-Nada más puedo hacer por él. Solo los dioses podrían salvarlo.

Estas palabras del galeno cayeron con la fuerza de un martillo pilón sobre el alma del centurión Cayo Máximo Leoncio, quien nunca recordaba haber experimentado antes aquella sensación de manera tan vívida, pese a haberla dispensado él mismo con tanta prodigalidad desde que lo destinaran a tierras palestinas: el dolor. Herido mil veces en el campo de batalla (de lo cual daban fe las numerosas cicatrices que surcaban su cuerpo), ninguna de sus incontables llagas podían siquiera compararse en intensidad con el terrible zarpazo del dolor al ver postrado en el lecho a su criado Marco, al que siempre había querido como el hijo que nunca tuvo. Suplicante elevó la mirada para encontrarse con el gesto conmiserativo del galeno, a la manera del reo que implora clemencia ante un tribunal:

-¿Estás seguro de que no hay ningún remedio? Marco es joven y fuerte. Tiene que haber algún tratamiento capaz de curarlo…

Por toda respuesta, el galeno sacudió enérgicamente la cabeza:

-Precisamente este mal del cangrejo ataca con especial fuerza a las naturalezas más jóvenes y sanas, en las que se expande con  mayor rapidez. Créeme que lo lamento.

Instintivamente Cayo Máximo Leoncio posó esta vez los ojos sobre aquellos extraños bultos, duros como caparazones (de ahí posiblemente el nombre de la enfermedad) que deformaban monstruosamente el cuello de su criado. Fue entonces cuando el implacable centurión que había conducido tantas veces a sus legionarios en las batallas más cruentas, que había presenciado tantas veces sin pestañear la ejecución de rebeldes zelotes a los que él mismo llevara a crucificar, fue entonces cuando el centurión Cayo Máximo Leoncio, inflexible en el cumplimiento del deber, rompió a llorar amargamente. Lloraba de rabia e impotencia, porque sentía de alguna manera que los padecimientos de Marco eran el castigo divino que en realidad le correspondía a él mismo por haber sido cómplice de tantas y tamañas atrocidades. Y nada hubiera objetado de ser él mismo el receptáculo de la ira del Dios de los judíos. Pero era tremendamente injusto, además de aberrante, que fuera su criado (cuya única falta venía a ser la extrema devoción y fidelidad a su persona) quien pagara por sus pecados.

-No obstante, quizás sí podría haber alguien…

Cayo Máximo Leoncio volvió rápidamente la cabeza al oír la voz del galeno, quien se acariciaba el mentón titubeante:

-Habla –le dijo imperativamente.

-Desde hace dos días está en Cafarnaúm una especie de predicador que, al parecer, posee asombrosos poderes curativos. Según cuentan viene de Nazaret, se llama Jesús, y dicen de él que es incluso capaz de resucitar a los muertos. Aunque no sé hasta qué punto se les puede dar crédito a estos rumores…

Fuera cierto o no… ¿qué podía perder? Su criado agonizaba, víctima de un mal implacable ¿Y qué pensaba hacer él? ¿Quedarse presenciando su agonía, impotente, a la cabecera de su lecho? Hombre de acción, como era, no podía permanecer de brazos cruzados. De modo que volvió a dirigirse al galeno en tono igualmente apremiante:

-¿Sabes dónde está ahora?

-De hecho lo vi de camino hacia aquí. Estaba en el ágora de la ciudad, hablándoles a la multitud. Cuenta al parecer con muchos seguidores, que lo aclaman como el Mesías del pueblo judío.

Aquello fue lo más parecido a un aldabonazo. Porque Cayo Máximo Leoncio conocía de sobra la leyenda del Mesías: un personaje legendario, del que esperaba el pueblo judío que lo liberara del yugo de los romanos ¿Accedería alguien así a ayudar precisamente a uno de los opresores? Pese a ello, tenía que intentarlo.

-Quédate con él. Voy al encuentro de ese Mesías.

Y salió de la casa, marchando con paso decidido hacia el ágora. Allí, en efecto, pudo ver a un grupo numeroso de personas, que enmudeció inmediatamente al ver al intruso, tan temido como odiado. Entre todos se hubieran bastado para darle muerte, pero en aquellos momentos Cayo Máximo Leoncio solo pensaba en la salvación de su criado:

-¿Quién de vosotros es Jesús de Nazaret, ese al que llaman el Mesías?

Al oír la premiosa pregunta del centurión, se dio la vuelta un hombre de elevada estatura y larga melena situado unos pocos metros por delante de él. Cayo Máximo Leoncio sintió una mezcla de temor y admiración al contemplar el hermoso rostro de aquel hombre, dotado de una serena e inexplicable majestad. Lo que más le impresionó fue el extraño fulgor de su mirada, que parecía traspasarle con la terebrante precisión de un bisturí.

-Yo soy Jesús de Nazaret –su timbre de voz era grave y muy persuasivo, investido de una cualidad casi sobrenatural- ¿Qué quieres de mí?

Sintiéndose extrañamente intimidado por aquella voz y aquellos ojos, el centurión bajó, avergonzado, la mirada. No podía pedirle a un judío que ayudara precisamente a uno de los verdugos de su pueblo, pero tampoco podía permitir que su criado muriera sin hacer nada por salvarlo ¿Cómo resolver aquel dilema?

-Señor… Sé que mi pueblo ha obrado injustamente con el tuyo. Y que los romanos seríamos mil veces merecedores de la ira de vuestro Dios. Pero es mi criado, Marco, al que quiero como a un hijo, el que yace postrado en su lecho de muerte. Y él es completamente inocente. Haz que tu Dios me castigue a mí, si lo considera oportuno, pero te pido que intercedas para que respete la vida de él.

El predicador suspiró, con lo que Cayo Máximo Leoncio dio por interpretar como un gesto resignado:

-Está bien. Vamos a tu casa.

-¡Oh, no! –exclamó el centurión, acompañando sus palabras con un gesto de la mano- No soy digno de que entres en mi casa. Sé que no puedo pedirte tanto. Pero si puedes decir una sola palabra en su favor ante tu Dios, sé que Él te escuchará y hará que mi criado sane.

El asombro se retrató en el rostro del predicador, quien se giró inmediatamente para hablarles a la multitud. “Ahora va a burlarse de mí, por haber osado pedir su ayuda”, pensó. Pero las palabras que brotaron de la garganta de aquel hombre fueron muy distintas:

-En verdad os digo que nunca antes había visto en Israel tanta fe. Y también he de deciros que muchos vendrán de Oriente y Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, mientras que los herederos del Reino serán expulsados, y allí será el llanto y crujir de dientes.

Cayo Máximo Leoncio se sintió abrumado ante este incomprensible torrente de palabras (aunque no parecía que los judíos allí congregados lo hubieran comprendido mucho mejor), pero no le dio demasiado tiempo a sopesarlo, pues ya el predicador se había vuelto hacia él para decirle lo siguiente:

-Vuelve a tu casa: tu fe ha salvado a tu criado.

Apenas acertó el centurión a pronunciar unas torpes palabras de agradecimiento, cuando ya sus pies se desplazaban a gran velocidad por las calles de Cafarnaúm; mas hallábase aún a unas cuantas manzanas de distancia de su casa, cuando vino a topar con el galeno, quien corría hacia él con gesto alborozado:

-¡Noble centurión! ¡No puedo creerlo! Me ausenté unos minutos de la habitación para ir a buscar agua y, cuando volví, el bulto había desaparecido y Marco se había incorporado del lecho, perfectamente sano y pidiéndome que le trajera algo de comer ¡Es un milagro!

Por toda respuesta, las lágrimas volvieron a asomarse a los ojos del centurión, quien elevó la vista hacia el cielo azul de Cafarnaúm, donde se suponía que habitaba el Dios de los judíos. Por un momento le pareció ver dibujado en las nubes el majestuoso rostro de aquel hombre extraordinario, cuya mirada había quedado como marcada en su alma por un hierro candente. Entonces se dejó caer de hinojos y, sin que las lágrimas dejaran de brotar de sus párpados, creyó comprender el sentido de las misteriosas palabras finales que el predicador había pronunciado, y permaneció allí largo rato, de rodillas y con los brazos extendidos, murmurando una y otra vez la misma frase, que era la única que en aquellos momentos acertaban a articular sus labios:

-Gracias, Señor, gracias…

Jardiel Poncela

Despedida

El eco de su voz sonaba muy lejano, aunque apenas le separaran de ella unos pocos metros. Su corazón (el de él) era lo más parecido a un pozo desecado o una cueva helada e inhóspita, en que todos los sonidos estaban condenados a un cómico e inútil reverberar contra las paredes de la misma, sin esperanza de encontrar ningún destinatario fuera de aquella oscura y desierta oquedad. Pensó que el ronroneo persistente de su voz (la de ella) tenía mucho en común con el absurdo empeño de las gotas de lluvia por estrellarse contra el cristal de la ventana, sin otra perspectiva que la de resbalar derrotadas por la fría superficie de vidrio. También pensó, mientras paseaba la mirada ausente por el paisaje velado de la calle, que no dejaba de ser aquélla una ocasión ideal para una despedida, en que todo el universo parecía estar de luto. Recordaba las últimas palabras pronunciadas por Rutger Hauer en Blade Runner (“lágrimas bajo la lluvia”), o la última frase de Adiós a las armas, de Hemingway, cuando el protagonista, cabizbajo y derrotado, se rinde ante su inminente desolación: “Volví al hotel bajo la lluvia”. Sí; efectivamente, las tardes de lluvia estaban hechas para los momentos de postración y derrota, como ese.

-¿Qué te pasa, Alejandro? ¿Es que no me oyes?

Por extraño que parezca, Alejandro había olvidado, casi por completo, que ella estaba allí. Fue entonces cuando reparó, con cierta sorpresa, en el traje burdeos de chaqueta y falda corta, en las manos trenzadas sobre el bolso que a su vez reposaba en el regazo (ella estaba sentada en la única silla que había en la habitación, con las rodillas muy juntas), en el húmedo pañuelo de batista con las iniciales bordadas en hilo de oro, desteñido por las manchas de rímel… Y sobre todo en los chafarrinones que surcaban sus mejillas, abriéndose paso por entre las capas de maquillaje con la determinación de un torrente para ir a morir a ninguna parte. “Igual que las gotas de lluvia”, pensó él fugazmente, antes de contestar:

-Sí, claro que te oigo.

Animada por lo que ella dio en entender como un vestigio de debilitamiento de su postura, puesto que se había dignado dirigirle la palabra, reanudó su alegato en un tono más esperanzado y menos plañidero:

-Te juro por lo más sagrado que es a ti a quien siempre he querido: lo de Ricardo no fue más que una aventura, un devaneo pasajero. Es contigo con quien quiero pasar el resto de mi vida. Te estoy diciendo la verdad…

Y su voz volvió a quebrarse. Alejandro cerró los ojos, a pesar del miedo que le inspiraba la imagen recurrente del cuerpo de ella entrelazado con el de su mejor amigo, profiriendo hondos suspiros de placer mientras él permanecía en el quicio de la puerta, mudo y con una estólida expresión de asombro, impregnado el aire de aquella atmósfera de irrealidad típica de las pesadillas, que lo incapacitaba totalmente para sentir ira. Había regresado del viaje sin avisar un día antes de lo previsto, para darle una sorpresa, y resultaba que el sorprendido había sido él. Entonces sintió una invencible sensación de asco y de hastío, que removía inexorablemente el último rescoldo de piedad o comprensión. Sintió que hubiera sido mil veces preferible el que ella le hubiera confesado que era en realidad del otro de quien estaba enamorada, y se hubiera mostrado dispuesto a mostrarle su solidaridad, por muy doloroso que fuera. Y lo peor no era que estuviera intentando engañarle de nuevo, sino que ahora, en efecto, le estaba diciendo la verdad. O sea, que aquella tarde les había mentido a los dos. La sola idea le llenaba de una sorda y desesperada repugnancia, haciéndose tan insoportable que apenas le dejó fuerzas para murmurar lacónicamente:

-Vete.

Ella comprendió, entonces, que la partida estaba perdida sin remedio. Con movimientos lentos y precisos, que parecían formar parte de una coreografía previamente ensayada, se levantó de la silla, se estiró el bajo de la falda, enjugó las últimas lágrimas con el pañuelo de batista, recogió el paraguas goteante, abrió la puerta y salió, sin volver la vista ni decir adiós. Él la siguió desde la ventana con la mirada hasta que dobló la esquina más próxima, su imagen distorsionada por la lente deformante que configuraban las gotas de lluvia al resbalar por el cristal. Y cayó en la cuenta de que no sentía nada…

Jardiel Poncela

Encuentros

Anticipándome a la jornada de mañana, he querido compartir este texto, en el que se trata de rendir homenaje a este santoñés ilustre, al que tanto debe la Semana Santa de León. Felices Pascuas a todos.

La Semana Santa del 2010 no pude participar en la Procesión del Encuentro. Un dolor de espalda, inoportuno como suelen serlo las inevitables goteras que a uno le van surgiendo con el paso del tiempo, me impidió ocupar el puesto de bracero que desde los dieciocho años he venido ocupando en el Paso de la Soledad con la Hermandad de Jesús Divino Obrero. No obstante, no quise perderme por nada del mundo ese incomparable estallido de alegría y fe que cada año nos congrega a los leoneses en la Plaza de la Catedral, anunciándonos la buena nueva de la Resurrección que, simbólicamente, coincide con la llegada de la primavera. Así que madrugué, como cada Domingo de Pascua, y a primera hora de la mañana, tras tomar un café rápido en la cafetería Europa, me apresté a coger sitio en primera fila, frente a la oficina de información y turismo, para no perder detalle del evento, tan pronto como me percaté de que comenzaban a abarrotar la Plaza las primeras oleadas de curiosos. Pese a faltar aún una hora larga para que tuviese lugar la ceremonia del Encuentro, las inmediaciones de nuestra Pulchra Leonina se habían transformado en pocos minutos en una colmena rebosante de vida y de impaciente público que, ya fuera por devoción, por simple curiosidad o por apego a las tradiciones de nuestra tierra, no estaban dispuestos a pasar por alto el emotivo acto que cada año reunía en aquel entorno privilegiado a la Virgen de la Soledad con el Resucitado.

El principal inconveniente estribaba en que, como todo el mundo sabe, el tiempo, que normalmente huye tan deprisa, parece detenerse cuando estamos esperando algo que ansiamos. Como he dicho, tenía más de una hora por delante, y pensé que la mejor manera de combatir el aburrimiento –que de paso también me ayudaría a olvidar el frío característico que, de manera inmisericorde y a pesar de haber dejado ya el invierno atrás, suele atenazar por aquellas fechas al paseante tempranero por las calles de este nuestro León- sería trabando conversación con alguno de los espectadores que se habían instalado cerca de donde yo estaba. Me llamó la atención un señor de bigotito negro, aire distinguido – que le confería sobre todo su sombrero pasado de moda, a la usanza de los años 40 ó 50- y edad mediana, no muy alto, que parecía hallarse como en estado de trance a juzgar por lo extraviado de su mirada. Aparte de este hecho, lo que más me llevó a fijarme en él fueron sus manos, de una blancura impecable, dotadas de unos largos y finos dedos aristocráticos. “Manos de artista”, pensé, “probablemente de pianista profesional”. Era evidente que la ceremonia del Encuentro suscitaba en él una honda emoción, motivo por el cual me animé a interpelarle con objeto de hacer que la espera resultase algo menos larga.

-¿Hace frío, eh? –dije, al tiempo que me frotaba las manos- Si al menos no quedara tanto para que se celebrara el acto…

Fue entonces cuando el hombre pareció salir de su ensimismamiento y clavó en mí una mirada penetrante, que creo que me hubiera hecho sentir algo de miedo de no ser por la sonrisa, cortés y distendida, con que tuvo a bien acompañarla.

– El clima de este su León es lo que tiene…

– ¿Usted no es de por aquí? –pregunté, interesado.

– Lo cierto es que no, aunque he vivido en su ciudad muchos años y, como dice el refrán, el burro no es de donde nace, sino de donde pace.

– No estoy seguro de que esa teoría sea cierta del todo. Mis padres siempre le tuvieron mucho cariño a León. De hecho, esta es la ciudad que vio nacer a sus hijos. Pero ellos en ningún momento perdieron la devoción por su Santoña natal.

– ¿Sus padres eran de Santoña? –preguntó el desconocido, arqueando una ceja.

– Sí, en efecto –respondí yo, embargado por la sorpresa- ¿No me dirá que usted…?

– Pues sí. Ese es el pueblo donde vi la luz. Concretamente vine al mundo en una casa de la calle General Salinas.

– ¡Hay que ver lo que son las cosas! En realidad, usted y yo somos un poco paisanos. Porque si los avatares del trabajo no hubieran obligado a mi padre a emigrar a estos pagos…

– Sí, no cabe la menor duda de que la vida da muchísimas vueltas.

Tal y como había previsto, la conversación con el extraño hizo que me resultara mucho menos onerosa la espera. Pero lo cierto es que, a pesar de sus innegables cortesía y afabilidad, no lograba librarme de la impresión de que había algo en él, como un misterioso estigma que parecía distinguirlo de todos los demás rostros que componían la abigarrada multitud. En parte intrigado por este hecho, y en parte porque la simpatía que me inspiraba me inducía a perseverar en mi intento de congeniar más a fondo con él, le pregunté a qué se dedicaba.

– Soy artista –respondió modestamente.

-¿Músico? – volví a preguntar, con la esperanza de corroborar mi anterior presentimiento.

– Escultor –dijo, lo cual suscitó de nuevo la sorpresa en mí.

– ¡Caramba! – exclamé, cabeceando con cierta incredulidad- Como su ilustre paisano, don Víctor de los Ríos. Está visto que hoy el día va de casualidades.

– Sí, en efecto – corroboró él con cierto aire de misterio.

– ¿Es usted admirador suyo? – inquirí a continuación, creyendo haber descubierto el motivo por el que mi interlocutor había viajado desde Santoña para contemplar aquel acto emblemático de la Semana Santa de León.

– Bueno, sí, un poco…

– Hoy precisamente veremos procesionar  dos pasos suyos: la Virgen de la Soledad y el Resucitado. Excelentes ambos. Soy bracero titular del primero de ellos, si bien este año no he podido salir por culpa de mi espalda –llegado a este punto, emití un hondo suspiro, que llamó la atención de mi interlocutor- Por cierto, qué desgracia la de esta ciudad. Tan importante que es el legado escultórico que este hombre nos dejó, y sin embargo, no tuvimos la decencia de organizarle el año pasado un homenaje como Dios manda con motivo del centenario de su nacimiento, como sí hicieron, por ejemplo, en Santander o en Linares.

– No hay por qué pensar mal. Quizás se les pasara la fecha…

-¡Que se cree usted eso! A estos políticos de chichinabo lo único que les importa son los gestos de cara a la galería, es decir, lo que pueda proporcionarles votos. Mucho me temo que el club de fans de Víctor de los Ríos no constituye un filón demasiado productivo en este sentido, razón más que suficiente para que no se preocupen en absoluto de cuidarlo. Pero ya está aquí el Paso de la Soledad.

En efecto, el también llamado Paso de las Tres Marías acababa de doblar la esquina de la calle Puerta Obispo para hacer su irrupción en la Plaza de Regla. Casi simultáneamente, con precisión matemática, entraba por la esquina de Sierra Pambley el Paso del Resucitado, haciendo enmudecer a la concurrencia con esa majestuosidad nada hierática que había sabido conferirle la gubia del genial artista. Era tal el ambiente de recogimiento que se respiraba en el lugar, que no me atrevía por nada del mundo a quebrantarlo con algún comentario inoportuno que se dejara oír por encima del sepulcral silencio reinante, razón por la que acerqué mi boca al oído de mi interlocutor para susurrarle lo más quedamente posible:

– Hace justamente cincuenta años que tuvo lugar por primera vez la ceremonia del Encuentro aquí, en la Plaza de la Catedral, cuando también procesionó el Paso de la Soledad al completo, con las tres figuras. Es una lástima que dentro de otros cincuenta no estemos aquí para verlo.

– De eso último no esté usted tan seguro. Dios proveerá.

Me limité a encogerme de hombros y a sonreír con una expresión de cierta bobería, atribuyendo la observación de mi amigo a un simple destello de humor, no exento de cierta ironía. No había lugar a nuevos comentarios, puesto que las bandas de música de las cofradías habían callado, los dos pasos se hallaban frente a frente y todo el mundo esperaba, expectante, la lectura del Pregón a cargo del actor Magín Mallo. Es este uno de los momentos mágicos de la Semana Santa leonesa, curiosa mezcla de fervor y suspense, en el que todas las miradas están pendientes del hermano que, año tras año, lleva a cabo la delicada operación de cambiarle el manto y la corona a la Virgen, sin que los espectadores puedan por menos que preguntarse, con el corazón en un puño, si le dará tiempo a culminar su labor antes de que se oiga por los altavoces el típico grito de “Cristo ha resucitado ¡Felices Pascuas!” Por supuesto que tales temores resultan ser completamente infundados, pues la Virgen –que desde ese mismo momento deja de serlo de la Soledad- ya está completamente vestida de blanco cuando dicha exclamación se produce, y es llegado el momento para proceder a la suelta de palomas, el tañido de campanas y el espectacular baile del paso realizado por los hermanos de Jesús Divino Obrero, en una nada casual evocación de la llegada de la primavera, esa estación en que la vida renace. Finalizado que fue el jubiloso acto, decidí despedirme de la persona que me había acompañado durante el mismo, dándome cuenta de que en todo este tiempo no nos habíamos presentado.

– Fernando Montes – dije alargando la mano en un gesto de despedida- Ha sido un placer compartir  este momento con usted.

– Yo me llamo Joaquín. Para servirle a usted – dijo estrechándola con una fuerza que me sorprendió en aquella mano aparentemente tan fina y delicada, si bien caí inmediatamente en la cuenta de que, al fin y al cabo, era una mano acostumbrada a empuñar la gubia y el cincel.

– Espero que volvamos a vernos, ya sea en León o en Santoña –añadí, guiñando un ojo.

– De eso no le quepa la menor duda – replicó de modo un tanto enigmático- De que volveremos a vernos.

Ya estábamos a punto de separarnos para seguir nuestros respectivos caminos, cuando el señor se volvió para decirme sin duda algo que se le había quedado en el tintero.

-Por cierto, sus padres me piden que le diga que le quieren mucho, y que velan en todo momento por usted.

Dicho esto, afloró a su rostro una sonrisa que nada tenía de burlona, se tocó levemente el ala del sombrero y se mezcló entre la multitud. La expresión de mi cara no me la vi, pero no me resulta difícil en absoluto imaginarla, como supongo que tampoco a cualquiera de ustedes. Mi primer impulso fue el de tildarlo de chiflado excéntrico, a no ser porque caí en la cuenta de que yo en ningún momento le había dicho que mis padres hubieran fallecido. Y me percaté, además, de que la cara de aquel individuo no me resultaba del todo desconocida ¿Dónde la había visto yo antes? En eso tuve un flash extraño y, devorado por la impaciencia y la incredulidad, me trasladé rápidamente a mi domicilio, donde lo primero que hice, sin despojarme siquiera del abrigo, fue conectar el ordenador y entrar en la web de la Hermandad de Jesús Divino Obrero. Una vez allí conecté al enlace donde se habla a fondo del patrimonio artístico y, para mi sorpresa inefable, ahí estaba la foto del hombre con quien había presenciado aquella mañana el acto del Encuentro: Víctor Joaquín de los Ríos, escultor, nacido en la localidad cántabra de Santoña en el año 1909.

Pasada la lógica perplejidad inicial, no pude reprimir un sollozo. Sería difícil explicar cuáles fueron exactamente las causas que provocaron este llanto, pues eran demasiadas las emociones que se agolpaban en mi cerebro, todas ellas igualmente intensas. Lo que sí sabría decir a día de hoy con total seguridad es que, cada vez que recuerdo aquella extraña mañana de Domingo de Pascua, no puedo evitar que aflore a mi rostro una sonrisa teñida de cierta amargura cuando pienso que el alma noble de Víctor de los Ríos nunca ha olvidado a esta ciudad que, sin embargo, tan ingrata había sido con su memoria.

Jardiel Poncela

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Polizones

Piedad

 

Desempolvando el baúl de los recuerdos, he topado con esta humilde muestra de mi quehacer narrativo, en la que cuento mis andanzas de bisoño papón. He creído que sería apropiado compartirlo, dado lo significativo de estas fechas. He de advertir que, si bien los hechos aquí referidos se ajustan esencialmente a la realidad, he decidido adornarlos tenuemente con el barniz de la literatura. Que lo disfrutéis, y felices pascuas a todos.

– ¡Vosotros dos, venid aquí! – rugió tonante la voz de Julio Cayón.

Ante tan brusca interpelación, Carlos y yo nos miramos el uno al otro con cara de circunstancias, como quien ha sido sorprendido en flagrante delito.

– ¡Sí, sí, a vosotros me dirijo! – volvió a insistir, inapelable, la voz, de tal suerte que no cabía otra alternativa que la de obedecer o salir corriendo. Tras sopesar ambas opciones, nos decantamos por la primera y avanzamos con aire sumiso hacia Julio, temerosos de que estuviera pensando en medir la dureza de su vara de seise con nuestras respectivas cabezas.

-¿Se puede saber qué pintan aquí esas insignias del Dulce Nombre? – nos interrogó con voz súbitamente queda y aire sibilino, propio del que trata de descifrar un gran arcano. Había recalcado sobre todo la palabra “aquí”, cuyo acento agudo sonaba lo más parecido imaginable a un tiro de escopeta.

Nuestros peores temores se veían, pues, confirmados. Para ganar tiempo, Carlos y yo decidimos mirarnos las insignias, como si esperáramos a que ellas fueran a responder por nosotros. Tal circunstancia no se produjo, y fue Julio quien de nuevo quebró el embarazoso silencio:

– ¿Acaso no sabéis que ésta es la Procesión del Santo Entierro y que la cofradía organizadora de la misma es Nuestra Señora de las Angustias y Soledad?

– Sí, sí que lo sabemos – hablé yo por fin, sin caer en la cuenta de que se trataba de una pregunta retórica.

– ¿Y bien? – inquirió el seise, observándonos con gesto adusto desde el otro lado de sus gafas.

Yo, que para algo era el mayor, me sentí obligado a oficiar de portavoz, articulando una explicación más o menos coherente:

– Bueno, pues… Nosotros… En realidad…

– Fuera insignias –cortó Julio abruptamente- Antes que llevar el escudo equivocado, es preferible no llevar escudo alguno. Por esta vez haremos la vista gorda. Id a ver si podéis acoplaros en algún paso. Suele hacer falta gente por la tarde, aunque no os garantizo nada. Que haya suerte.

Carlos y yo volvimos a mirarnos, entre satisfechos e incrédulos. Aquello sí que era un desenlace inesperado. Al parecer, había pesado más en la decisión final del seise el valor por nosotros manifestado que nuestra igualmente manifiesta condición de polizones (o nuestra caradura, hablando en plata). Saltaba a la vista que no pertenecíamos a la cofradía.

Todo había empezado en la comida de Viernes Santo, donde mi madre – que era también la abuela de Carlos – nos obsequiara con un delicioso bacalao, plato tradicional por esas fechas en cuya preparación era ella especialista consumada. Recuerdo que comimos con hambre de lobo, pues veníamos agotados de pujar por la mañana el Prendimiento, paso en el que acabábamos de entrar como braceros titulares. Pero nuestra bisoñez, unida al efecto vivificador del bacalao de mi madre, nos hizo olvidar rápidamente las penurias matinales. De modo que, dejándome llevar por ese entusiasmo pseudo-masoquista tan propio de la juventud, le dije a Carlos al llegar a los postres:

-Oye, ¿qué tal si nos colamos esta tarde en el Entierro?

Carlos se me quedó mirando fijamente, y pude observar que era víctima de un espinoso dilema: no sabía si llamar  a los loqueros o aceptar sin más mi propuesta. Se vino a quedar a medio camino, alegando débil y perogrullescamente:

– Pero Fernan… Nosotros no somos de Angustias.

– ¡Y qué más da! – repliqué con aire de suficiencia – Las túnicas son también negras. Sólo se diferencian en el escudo. A ver quién se va a andar fijando en eso.

Carlos titubeó todavía un poco, pero al hacer mi madre una observación en el sentido de que estábamos como cabras al plantearnos una cosa así, ello pareció actuar como un resorte sobre la voluntad de mi sobrino, pues no hay nada que estimule más a un adolescente que el contar con la desaprobación de sus mayores.

Era evidente que mis pronósticos no habían sido precisamente acertados. Con la altanería de nuestros pocos años, habíamos desdeñado un principio fundamental: es posible que el hábito no haga al monje, pero sí al papón.

Así que allí estábamos nosotros, deambulando entre los pasos como dos ilegales en busca de empleo, hasta que el azar nos condujo a la magnífica talla de la Piedad. Los braceros estaban ya en sus puestos y el jefe de paso era un tipo calvo con cara de pocos amigos. Tragando saliva, logré reunir el coraje necesario para preguntarle:

-¿Hay sitio para dos?

El seise calvo nos miró atónito y debo reconocer que no le faltaban motivos para ello, pues dicha pregunta sonaba más propia de unos clientes dirigiéndose al maître de un restaurante. Pasada la perplejidad inicial, nos escrutó detenidamente y nos contestó con otro interrogante:

– ¿Se puede saber dónde está la insignia de la cofradía?

Empezaba a maldecir la hora en que se me ocurrió pensar que nadie se iba a dar cuenta. A este paso, pensaba, lo de nuestras insignias terminaría por acaparar las portadas de todos los periódicos locales.

– Es que… nos han dicho que nos las quitemos.

– ¿Y eso? – inquirió el seise, al tiempo que arqueaba una ceja con renovada estupefacción.

– Esta mañana pujamos en la Procesión de los Pasos y se nos olvidó cambiar los escudos antes de venir aquí – acudió en mi auxilio Carlos.

El seise comenzó a acariciarse la barbilla, pensativo. Era obvio que estaba dudando entre si teníamos mucho morro o, simplemente, éramos tontos de remate. Tal vez llegó a la conclusión de que las dos opciones no eran incompatibles.

– De modo que se os olvidaron – dijo, sin duda para ganar tiempo, a lo cual nosotros respondimos con sendos bamboleos de cabeza.

El tiempo que se tomó para reflexionar se me antojó interminable, si bien me hacía concebir esperanzas el hecho de que aún no nos hubiese mandado a freír espárragos. Finalmente, extendió la mano y señaló al paso:

-Precisamente allí hay dos almohadillas libres.

Inmediatamente nos volvimos, presas de una indescriptible euforia. Mas ésta duró poco. Quedaban, efectivamente, dos almohadillas vacías en las dos varas centrales, justo por delante del trono. Pero había un pequeño problema…

– Nosotros no podemos ir ahí – fueron las palabras, casi inaudibles, que brotaron de mi boca.

– ¿Ah, no? – exclamó, esta vez con fingida sorpresa, el seise calvo, quien parecía estar disfrutando con la situación.

– Pues porque… la gente que hay alrededor… son un poco bajos – dije a modo de eufemismo, pues lo cierto es que eran auténticos liliputienses.

– ¡Vaya! Siento que no todo esté a gusto de los señores – dijo el seise calvo con marcada ironía -. En fin – añadió encogiéndose de hombros – Si queréis pujar, eso es lo que hay. Si no, ya podéis marcharos por donde habéis venido.

No sabría decir a ciencia cierta qué fue lo que determinó nuestra decisión. Quizá fuera orgullo trasnochado, que nos impedía volver a casa con la cabeza gacha y las manos vacías, o tal vez pesara más en nuestro ánimo el simple prurito de dar al cabronazo del seise en las narices, demostrándole que no había logrado disuadirnos de nuestro propósito, pese a sus denodados esfuerzos. El caso es que nos incorporamos a la vara y comenzamos nuestro Gólgota particular, dada la considerable diferencia de altura con nuestros compañeros de puja. Ello, unido al calor asfixiante que impregnaba el ambiente aquella Semana Santa, motivó el que varias veces a lo largo del recorrido – muy especialmente en el descenso de la Cuesta de los Castañones – maldijera mi feliz idea. Al llegar al descanso de la Plaza de Santo Martino, me hallaba al borde mismo de la extenuación y, con gran pesar, le transmití a Carlos mi intención de abandonar.

– Pues yo pienso seguir – me dijo Carlos muy serio, ante mi anonadado asombro, si bien más tarde caí en la cuenta de que ese había sido desde siempre uno de los rasgos más distintivos de su carácter: puede que tardara en tomar una decisión pero, una vez que lo hacía, ésta era irrevocable.

El caso es que, animado por el ejemplo de Carlos, o tal vez inquieto ante la posibilidad de que todo el mundo y él mismo me tomaran por un gallina, volví a mi puesto tras la reanudación de la procesión y seguí hasta el final, dispuesto a terminar como fuera aquella aventura que yo mismo había empezado. No sé cómo, pero conseguí llegar a Santa Nonia. La recompensa la tuvimos dos días después, cuando leímos en el Diario de León que la Piedad había sido el paso mejor pujado de toda la Procesión del Entierro.

Ignoro si nuestra contribución a tan sonado éxito fue crucial o no. Corría entonces la Semana Santa del año 1982. Muchas cosas han cambiado en mi vida desde entonces, y he de admitir que no todas para bien – entre ellas el que mi madre, aunque vive todavía, ya no está en condiciones de preparar aquel delicioso bacalao con que nos deleitábamos en las comidas de Viernes Santo, o que mi espalda no podría soportar otro trote como el de aquella mítica Procesión del Entierro – pero noto que, veintiséis años después, mi entusiasmo y mis ganas de salir a la calle al llegar estas fechas siguen intactos, lo cual demuestra que hay ciertas cosas que la tiranía del tiempo no consigue borrar. Y se me ocurre pensar que la Semana Santa es la versión cristiana de las antiguas saturnales con que los romanos festejaban la llegada de la primavera. He aquí algo que nos debería hacer recapacitar: esperar la Semana Santa con ilusión constituye el indicio más inequívoco de que vuelve la primavera a nuestros corazones.

Jardiel Poncela

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