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Regreso a Regreso al futuro

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(Jardiel Poncela pasea plácidamente por el parque cuando surge de la nada un DeLorean y se detiene a escasos metros de donde se encuentra él. Tras el lógico susto inicial, la curiosidad puede más y se acerca con cautela al vehículo, cuya portezuela se abre bruscamente y a continuación emerge por ella la figura de Marty MacFly, quien tras dirigir una mirada de desconcierto a su alrededor, repara por fin en Jardiel)

MACFLY.- Disculpe, buen hombre, ¿es este el 21 de Octubre del año 2015?

JARDIEL.- En efecto, caballero, así es.

MACFLY (alargando la mano).- Me presentaré: soy Marty MacFly y vengo del pasado en mi máquina del tiempo. Concretamente del 21 de Octubre del año 1985, para ser exactos.

JARDIEL (estrechando la mano que le tiende MacFly).- Jardiel Poncela, para servirle a usted.

MACFLY (mirando de nuevo a su alrededor).- Debo reconocer que 2015 es muy distinto a como yo creía. Por ejemplo, ¿dónde están los coches voladores que imaginaban los guionistas de Hollywood?

JARDIEL (riendo).- ¿Coches voladores? Creo que le echa usted demasiada imaginación, amigo mío. Aquí lo único que vuela es el dinero de las subvenciones a los motores diesel.

MACFLY (frunciendo el ceño).- ¿Todavía andan las cosas así? ¿Ni siquiera se ha inventado el coche eléctrico?

JARDIEL.- Peor me lo pone, sobre todo si vive en España. No se imagina lo cara que está la luz. Normal que los políticos hablen de luces al final del túnel, porque como se les ocurra instalarlas dentro, aviados estamos.

MACFLY.- ¡Pero hombre! ¡Mire que han evolucionado ustedes poco! ¿No se les ha ocurrido pensar en las energías renovables?

JARDIEL.- Precisamente esas son las que más encarecen el recibo. Cuestan un pastizal.

MACFLY.- ¿Y qué importa lo que cuesten? Se supone que la energía es un bien de interés general y que, por lo tanto, el estado cubrirá las pérdidas.

JARDIEL.- ¡Que se cree usted eso! ¡Cómo se nota que viene de los tiempos de antes de la caída del comunismo! Hace tiempo que se privatizaron las eléctricas y se liberalizaron los precios en el mercado de la energía, convirtiéndola en un objeto más de especulación.

MACFLY (suspirando).- De todas formas, le saldrá caro si a usted le da la gana de instalar paneles de energía solar en su casa, digo yo. Cosa que, por otra parte, veo lógica: el que quiera lujos, que se los pague.

JARDIEL.- Vuelve usted a equivocarse: esas instalaciones que dice usted las pagamos entre todos los contribuyentes, porque las empresas que trabajan en el sector perciben subvenciones.

MACFLY (dando un respingo).- ¿Pero no acaba de decirme usted que el sector está privatizado?

JARDIEL.- Claro que sí: cuando hay ganancias, está privatizado. Pero las pérdidas las pagamos entre todos.

MACFLY (dejando caer los brazos a los lados).- ¡No entiendo nada!

JARDIEL.- Ni falta que hace.

MACFLY.- Deberían ustedes preocuparse por tener políticos solventes, que se encargaran de impulsar el desarrollo y la innovación tecnológica en lugar de vaciarles los bolsillos a la gente.

JARDIEL.- ¡Hombre, sea usted un poquitín más comprensivo! ¿De qué iban a vivir los pobres, si no? Tenga en cuenta que ellos tienen también que trincar sus comisioncitas…

(Sintiéndose repentinamente interesado por el último comentario de Jardiel, MacFly cambia la expresión de su rostro y se acerca a hablarle al oído)

MACFLY.- ¡Ahí ha dado usted en el clavo! Quiero proponerle un negocio.

JARDIEL (intrigado).- Usted dirá…

MACFLY.- ¿Qué tal si me indica un lugar donde pueda comprar un libro que recoja los resultados de la lotería primitiva en los últimos treinta años y luego se viene usted conmigo a mi tiempo? ¡Imagínese lo poderosos que podríamos llegar a ser!

JARDIEL (sorprendido).- ¡Vaya, qué coincidencia!

MACFLY (dando un respingo).- ¿A qué se refiere?

JARDIEL.- A un señor que pasó hace poco por aquí, con un coche parecido al suyo, y me hizo la misma pregunta.

MACFLY.- ¿Y qué aspecto tenía?

JARDIEL.- Pues, ya que lo pregunta, era parecido a un vendedor de cupones de la ONCE. Con unas gafas oscuras, como de ciego. Carlos Fabra, creo que dijo que se llamaba.

MACFLY (cuya inquietud va en aumento).- Pero… ¡no puede haber otro coche igual que este! ¡La máquina del tiempo es única!

JARDIEL.- ¡Ja! No sabe usted cómo las gasta esa gente. Seguro que ha visto la película y, con cargo al presupuesto de la Diputación de Castellón, que él presidía, ha puesto a su buen amigo el doctor Emmett Brown a trabajar en el proyecto.

MACFLY.- ¡Eso no puede ser verdad! ¡Doc nunca me traicionaría!

JARDIEL.- Yo no me atrevería a decir tanto. Si le han ofrecido un buen puesto en algún consejo de administración…

(MacFly, desesperado, se lleva las manos a la cabeza y lanza un potente alarido. A continuación, vuelve a montar en el DeLorean, lo arranca y lo hace desaparecer, echándole a Jardiel Poncela una bocanada de humo del tubo de escape. Este emite unas toses, sacude el humo con la mano y se queda mirando resignadamente al público)

JARDIEL.- Definitivamente, el futuro ya no es lo que era.

(Poco a poco, va cayendo el telón)

THE END

Jardiel Poncela

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¡Gora San Fermín!

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(Se alza el telón y aparece el presentador de televisión y destacado crítico taurino Manolo Charolés, flanqueado por el célebre matador Silverio Pérez Mejías y por el miura favorito de éste, José Antonio Sánchez Piquer, a izquierda y derecha respectivamente. El diestro –que bien podría pasar por un clon de Alexis Tsipras- viste montera y traje de luces, aunque toda su apariencia en general ofrece un aspecto bastante alucinado. El toro, por su parte, viste elegantes traje y corbata negros y fuma despreocupadamente un cigarrillo, con la incuria propia de quien tiene un control absoluto sobre la situación. Una vez hechos los saludos protocolarios, Manolo se dispone a iniciar la entrevista).

MANOLO.- Damas y caballeros, es para mí un gran honor presentarles a estas dos grandes figuras del mundo de la lidia. Empezaremos por ti, Silverio (más conocido como “el mozo del estoque”): un hombre que donde pone la montera, pone el corazón; a quien no le importa dejarlo todo en la arena, empezando por la propia sangre; un héroe, un maestro de maestros, para quien el toreo y la vida son una misma cosa, que abre los pórticos de la gloria ¿No es así, Silverio?

SILVERIO.- Zí.

MANOLO.- ¿Y qué me dices de tu espada? Esa espada que ha sembrado el asombro y la poesía en todos los ruedos de Europa y el mundo entero; esa espada en cuyo manejo eres tan sumamente diestro, que cualquiera diría que naciste con ella entre los dedos. Dinos, ¿no forma, acaso, parte esencial de tu atuendo, junto con la montera y el traje de luces que luces habitualmente en faena?

SILVERIO.- Zí.

MANOLO.- Mas no es la espada la única suerte en que el mozo del estoque despliega su destreza, pues sepan ustedes que, en más de una ocasión, Silverio ha hecho las delicias de los aficionados con su magistral tercio de banderillas, banderillas que pone el mozo con la incomparable gracia de un danzarín mediterráneo ¿No es así, Silverio?

SILVERIO.- Zí.

MANOLO.- Y estas, no otras, han sido las declaraciones de este gran matador, hombre de pocas palabras, como pueden ver ustedes, pero yo atribuyo tal hecho, sin duda, a la emoción que le embarga (Volviéndose hacia el toro) Y aquí tenemos al miura fetiche de nuestro matador predilecto, a quien damos la más cordial bienvenida a nuestro programa.

JOSÉ ANTONIO.- Muchas gracias, Manolo.

MANOLO.- En primer lugar, quisiera que nos ayudases a despejar la incógnita sobre tu nombre. Porque “José Antonio Sánchez Piquer”, estarás conmigo en que no es un calificativo muy normal para un toro ¿No sería más apropiado algo del estilo de “Rosquillero”, “Navajito” o “Bailaor”? Al menos para el público lego en la materia.

JOSÉ ANTONIO.- Como artistas que somos, nosotros los toros (al igual que muchos de los matadores) utilizamos un seudónimo al salir a lidiar. Otra cosa muy distinta es el nombre que de verdad nos corresponde por nuestra crianza y pedigrí. Conviene deslindar en todo momento los dos campos.

MANOLO.- En tal caso, si no es indiscreción, ¿tendrías inconveniente en revelarnos cuál es tu nombre de guerra, por así decirlo?

JOSÉ ANTONIO.- “Timador”. Aunque a veces también haya empleado el seudónimo de “Sanguinario”.

MANOLO.- Puede que atribuible al hecho de que hayas empitonado ya a varios diestros, si bien nuestro camarada Silverio, aquí presente, parece tenerte tomada la medida.

JOSÉ ANTONIO.- Silverio es un magnífico profesional, que sabe muy bien cómo capear temporales.

MANOLO.- Dinos, ¿no resulta, cuando menos, chocante el que te hayan indultado tantas veces, pese a tu amplio palmarés de cornadas?

JOSÉ ANTONIO (guiñando un ojo).- Ya sabes lo que dice el refrán: el mal bicho, nunca muere. En cualquier caso, dicho sea con la mayor modestia, los toros de rancio abolengo, como un servidor, suelen contar con el respaldo de importantes instituciones ganaderas. Un amplio historial de más de cien corridas con lleno hasta la bandera sirven como aval más que fiable.

MANOLO.- Por último, ¿qué opinión te merece el innegable parecido físico de nuestro matador con Alexis Tsipras, así como el no menos evidente entre tú mismo y Jean-Claude Juncker?

JOSÉ ANTONIO.- Por lo que respecta a la primera parte de tu pregunta, no veo qué tiene de extraño, puesto que ambos son la misma persona.

MANOLO (sorprendido).- ¿Quieres decir que Tsipras lleva doble vida? ¿Y que utiliza un seudónimo cuando sale a la Plaza a torear?

JOSÉ ANTONIO.- Más bien es al contrario: es Silverio el que utiliza un seudónimo cuando se dedica a dirigir los asuntos de Grecia, en sus ratos libres.

MANOLO.- ¿Quieres decir que ni siquiera habla griego?

JOSÉ ANTONIO.- ¡Qué va! Eso lo hace de cara a la galería. Tan pronto como terminan sus comparecencias ante los medios de comunicación, se pasa por su tasca favorita del barrio de Triana y se pide su birrita con su “pescaíto”, como cualquier hijo de familia.

MANOLO.- De lo cual cabe deducir que usted en realidad es…

JOSÉ ANTONIO (deteniéndole con un gesto de la pezuña).- Dejemos que el público saque sus propias conclusiones. Ya conoces el refrán: “Al buen entendedor, pocas palabras”. Tan solo añadir que Grecia, por si acaso los espectadores lo ignoran, es la cuna del toreo, con todo aquel asunto de Teseo y el Minotauro, luchando en el laberinto. Ya lo ves: la cosa empezó así, a lo bobo, hará más de dos mil años, y así seguimos. Igual que el cabildo y el ayuntamiento de León, con lo del foro u oferta.

MANOLO.- Silverio, José Antonio, ha sido un placer teneros con nosotros. Tan solo me queda despediros (creo que en esto puedo hacerme portavoz de los deseos del público) con un saludo digno de la ocasión.

(Manolo Charolés eleva el cuello hacia el cielo y lanza un potente y prolongado mugido. Le sigue el público de la sala, visiblemente entusiasmado, hasta que el coro de bramidos se ve bruscamente interrumpido por el grito de “Gora San Fermín”, seguido del correspondiente chupinazo. Irrumpen entonces en el escenario, vestidos de mozos, los principales gobernantes europeos, perseguidos de cerca por los hombres de negro de la troika, luciendo amenazantes astas en sus respectivas cabezas. Tras arrollar a los tres presentes, la estampida se dirige hacia el público, quien se levanta despavorido de sus asientos y echa a correr en desordenada turbamulta. Mientras tanto, resuenan en la sala los acordes de “uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, etc.” Entre alocadas persecuciones y lingotazos de chacolí por doquier, va cayendo lentamente el telón).

THE END

Jardiel Poncela

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Atrapados en el tiempo

(Nochevieja del 2015-2016. Jardiel Poncela y Phil O’Hara aparecen haciendo eses por un oscuro e inmundo callejón, cogiéndose el uno al otro por el hombro y vistiendo sendos smokings. Unos gorros de cotillón y unas narices de payaso completan el atuendo. Jardiel lleva una botella de cava medio vacía en la mano que le queda libre, mientras que Phil porta en la suya un par de copas. Tras torturar al público con una insoportable cacofonía que intenta parecerse a “El vino que tiene Asunción”, los dos se detienen. Jardiel llena las copas de Phil, quien le da una a Jardiel, una vez hecho lo cual, los dos se disponen a brindar por el nuevo año por tercera o cuarta vez).

JARDIEL.- Feliz 2016, señor O’Hara.

PHIL.- Feliz 2016, Jardiel. Me conformo con que este año sea la mitad de bueno que el anterior.

JARDIEL (suspirando aliviado).- El año de la tan anhelada recuperación económica, que parecía que nunca iba a llegar. Pero ya se sabe que lo bueno se hace esperar ¿Sabe una cosa, querido amigo? A veces me siento acosado por los remordimientos.

PHIL.- ¿Y cómo es eso, venerable y apreciado maestro?

JARDIEL.- Por favor, no diga esas cosas, que me hace sentir mayor. Pues verá: creo que he sido un tanto injusto al no confiar en nuestro gobierno. Muy especialmente con el ministro Montoro, con el que tanto me he metido desde las páginas de Dakota. Pero ya he decidido ponerle remedio a tanto desaguisado por mi parte.

PHIL.- ¿Y qué ha pensado, Jardiel?

JARDIEL.- Ayer mismo le he enviado una carta felicitándole por su reforma fiscal. Ya era hora de que las mejoras en el terreno macroeconómico se notaran en los bolsillos de los españolitos de a pie. Treinta euros más al mes en la cartera no son ninguna tontería. Con ellos me he podido permitir esta flamante nariz de payaso que puede ver usted luciendo en mi cara, estimado Phil.

PHIL.- Inversión sabia donde las hubiere, Jardiel, teniendo en cuenta que nuestro ínclito ministro aplicó una importante reducción del IVA a los artículos de broma. De hecho, yo también me precio de haber sabido emplear mi dinero.

(Phil O’Hara extrae con movimiento rápido un matasuegras del bolsillo del smoking y se lo sopla a Jardiel en la cara. Este da un respingo, pero inmediatamente a continuación estallan los dos en una estruendosa y etílica carcajada, tras la cual vuelven a llenar las copas y a brindar).

PHIL.- ¿Y qué me dice usted del amor, Jardiel? No me negará que este gobierno ha hecho gala de una exquisita sensibilidad al rebajar del 21% al 10% el IVA de las flores. De hecho, el pasado San Valentín, la venta de ramos se multiplicó. Es tan hermoso que la gente se quiera…

JARDIEL.- Y que se acuerde de sus difuntos. No vea usted la alegría que se respiraba en los cementerios en el pasado día de Todos los Santos. Se puede decir que éstos eran toda una fiesta de aroma y colorido, aunque resulte un tanto paradójico.

PHIL.- Y no olvidemos la vertiente más carnal del amor. En un golpe de ingenio insuperable, el señor Montoro tuvo el detallazo de aplicar el IVA super-reducido a los artículos relacionados con el erotismo. A eso sí que se le llama sentido de estado.

JARDIEL.- O sea, que usted puede regalarle a la parienta un ramo de rosas que lleve metido un vibrador dentro, y así aunar en un solo presente lo más puro y el lado más oscuro del sexo.

PHIL.- Jardiel, que la fuerza nos acompañe.

(Los dos vuelven a prorrumpir en la misma risa idiota y convulsiva de antes, para luego darle un nuevo tiento a la botella, que parece no acabarse nunca).

JARDIEL (chascando la lengua, complacido).- Excelente cava catalán. Y dígame, ¿cómo van las cosas por allí?

PHIL.- Va a pensar que soy un cursi sentimental, pero le aseguro que por poco no se me saltaron las lágrimas el pasado 23 de Abril, cuando Jordi Pujol, disfrazado de San Jorge, lanceaba al dragón con la bandera de España en su lomo.

JARDIEL.- ¿Pero no están los catalanes en contra del maltrato a los animales?

PHIL.- Hombre, no era un animal de verdad. De hecho, era Oriol Junqueras el que estaba dentro de la piel del dragón, protegido por una cota de malla.

JARDIEL.- Menos mal. Con eso ya me quedo mucho más tranquilo. Y dígame, ¿qué pasó con la piel del dragón tan pronto como ésta fue abandonada por Oriol Junqueras?

PHIL.- Jordi Pujol salió corriendo con ella, alegando que aquél era su merecido trofeo, y ahora mismo está en paradero desconocido.

JARDIEL.- ¿Sabe una cosa, mi queridísimo amigo? ¡Empiezo a ver la luz al final del túnel!

PHIL.- ¡Por el amor de Dios, Jardiel! Le creía a usted más original usando metáforas.

JARDIEL.- No, es que realmente la estoy viendo. Mire allí.

(Phil O’Hara mira en la dirección que señala el dedo de Jardiel y comprueba que, efectivamente, se vislumbra un intenso haz de luz al fondo de un lóbrego y angosto callejón).

PHIL– ¡Caramba, es cierto! Corramos hacia ella antes de que sea demasiado tarde.

(Los dos corren a toda velocidad hacia la luz, para luego encontrarse a sí mismos en la Puerta del Sol, celebrando las doce campanadas del fin de año 2014-2015).

JARDIEL (una vez recuperado del aturdimiento inicial).- Vaya, parece que nos hemos precipitado. Eso, al parecer, era el túnel del tiempo. Volvemos a estar a comienzos del 2015, en plena crisis.

PHIL (disimulando a duras penas su decepción).- Mucho me temo que es así. En cualquier caso, nos queda el consuelo a usted y a mí de saber que éste va a ser un gran año.

(Un transeúnte que ha oído el anterior diálogo, se detiene visiblemente contrariado y los mira a ambos, frunciendo el ceño).

TRANSEÚNTE.- ¿Cómo? ¿Es que no saben ustedes nada?

JARDIEL Y PHIL.- ¿Saber qué?

TRANSEÚNTE.- El gobierno ha ordenado retrasar los calendarios y que vuelva a comenzar el 2015, para así no demorar el cumplimiento de su promesa de la recuperación económica.

(Jardiel y Phil intercambian una mirada de desconcierto)

JARDIEL.- Conque era eso…

PHIL.- Quién nos lo iba a decir a nuestra edad, Jardiel, que es falso el tópico de que hay cosas que no cambian con el tiempo. Es el tiempo el que no cambia con las cosas.

JARDIEL (encogiéndose de hombros).- En fin, ¿sabe lo que le digo yo? Que al mal tiempo… ¡buena cara!

(Jardiel y Phil sacan sendos matasuegras de los bolsillos, con los que se soplan mutuamente. Acto seguido vuelven a llenar las copas, aprovechando que las botellas vuelven a estar llenas como consecuencia del misterioso bucle espacio-tamporal, y se unen al ambiente de regocijo y luminaria propio de las fiestas navideñas. Poco a poco, en el medio de una intensa lluvia de confeti y serpentinas, va cayendo el telón).

 

THE END

Jardiel Poncela

Lo que Freud le diría al ministro Wert

(Se abre el telón y vemos al Doctor Freud, serio y cejijunto, tomando apuntes en su libreta. Entra en ese momento en su consulta el Ministro de Educación, José Ignacio Wert, al que Freud invita con un gesto a acomodarse en el diván. Así lo hace el Ministro, tras despojarse de su chaqueta y aflojarse el nudo de la corbata).

WERT.- Ave María Purísima.

FREUD.- Señor Ministro, esto no es un confesonario.

WERT.- ¿No dicen que los psicoanalistas son los nuevos confesores?

FREUD.- Hay ciertas diferencias. Nosotros cobramos por la consulta.

WERT.-  Y en la iglesia pasan el cepillo. Sigo sin comprender en qué se distinguen la religión y la ciencia.

FREUD (impaciente).- ¿Qué le parece si empezamos la sesión?

WERT.- Sí, por supuesto. Verá doctor… (carraspea) El caso es que últimamente tengo sueños recurrentes y como dicen que usted es persona entendida en el tema…

FREUD (impostando modestia).- Algo hemos estudiado al respecto, sí.

WERT.- Pues el caso es que de un tiempo a esta parte he tenido fantasías sexuales con… (carraspea nuevamente) mi compañera de gabinete, Soraya Sáenz de Santamaría.

FREUD (repentinamente interesado).- ¿Ah, sí? ¿Y de qué tipo?

WERT.- Del tipo ménage à trois.

FREUD.- ¿Podría concretar un poco más?

WERT.- Pues sueño que me la chupa, al tiempo que el Presidente del Gobierno se la beneficia por detrás ¿Qué le parece, doctor?

(Freud se lleva el lápiz a la boca, pensativo)

FREUD.- Muy difícil, teniendo en cuenta la diferencia de estatura entre ambos.

WERT.- No me refería a eso.

FREUD.- Sé exactamente a qué se refiere. Verá, yo creo que Soraya representa la figura materna, que le da a usted la razón en todo, mientras que el Presidente encarnaría a la autoridad paterna, que actuaría como fiel de la balanza, poniendo las cosas en su sitio.

WERT (asustado).- ¡Dios mío! ¿No será eso un brote inconsciente de machismo? ¿Qué pensarían de mí si llegara a saberse? Podría ser el fin de mi carrera política. Por mucho menos pusieron a escurrir a Miguel Arias Cañete.

FREUD (encogiéndose de hombros).- El subconsciente no está sujeto a clichés culturales ni valoraciones morales. De todos modos, no se preocupe, puede usted confiar en mi total discreción.

WERT (suspirando aliviado).- Gracias, doctor. No sabe el peso que me quita de encima ¿Pasamos al siguiente sueño?

FREUD.- Adelante.

WERT.- Pues verá, se trata de otro ménage a trois. Esta vez con dos chicas.

FREUD.- Hay que reconocer que son de lo más entretenido las consultas con usted. Prosiga.

WERT.- De acuerdo (Carraspea por tercera vez) En esta ocasión, las interfectas son Bibiana Aído y Leire Pajín.

(Freud cruza las piernas, con el propósito de disimular la erección que se le insinúa por debajo de los pantalones).

FREUD.-  Cuente, cuente, soy todo oídos.

WERT.- Yo diría que se trata de una fantasía con claras connotaciones necrófilas. Porque me imagino que soy nada menos que el cadáver del Generalísimo Franco, en su tumba del Valle de los Caídos. Es curioso que tuviera este sueño precisamente anoche, en el 39º aniversario de su muerte.

(Freud se retuerce en su silla de gusto, que consigue disimular a duras penas).

FREUD (casi jadeando de excitación).- Siga.

WERT.- Una de las dos (indistintamente) me da placer oral, mientras que yo hago lo mismo con la otra, simultáneamente. No vea usted lo bien que nos lo montamos allá en la necrópolis.

(Llegados a este punto, el ministro suelta una risita a un tiempo idiota y desganada, que desactiva automáticamente la erección de Freud. Esta vez es el doctor quien carraspea, recobrando inmediatamente la compostura. El ministro, de espaldas a él y tendido en el diván, no se ha percatado de nada).

WERT.- ¿Qué cree que significa, doctor?

FREUD.- Yo diría que usted establece una conexión entre Franco y estas dos señoras. Tenga en cuenta que los tres estaban en contra de la prostitución, aunque lo hicieran desde distintas perspectivas. El hecho de entregarse a la sexualidad más desenfrenada y sicalíptica precisamente en el interior de una tumba, donde nadie puede verles, constituye un indicio inequívoco de que ustedes tres son unos reprimidos, con independencia de su filiación ideológica.

WERT.- Ya, pero… ¿por qué tiene que ser precisamente la tumba de Franco?

FREUD (encogiéndose de hombros nuevamente).- No hace falta ser el mejor psiquiatra del mundo (es decir, yo mismo) para responder a eso. Sencillamente, usted se identifica con Franco. Es evidente que le gustaría ser como él o, mejor dicho, ser él.

WERT.- ¡Cuánto sabe usted, doctor! ¿Puedo contarle otro sueño más?

FREUD (consultando el reloj, dubitativo).- Si se da usted prisa…

WERT.- No se preocupe. Esta vez se trata de dos vacas: una gorda y otra flaca.

FREUD (esbozando una sonrisa irónica).- Creo que éste ya me lo sé ¿Y la vaca más flaca se come a la más gorda, verdad?

WERT (titubeando).- Bueno, no exactamente… De hecho yo diría que más bien es al revés, con un pequeño matiz.

FREUD.- ¿Ah, sí? ¿Y cuál es?

WERT.- La más gorda se beneficia a la más flaca. Dándole por el ojete.

(Presa de un ataque de nervios, Freud se apresura a depositar el lápiz y la libreta sobre la mesilla más cercana. El ministro, al advertir su gesto, se incorpora levemente).

FREUD.- Mucho me temo que se nos ha acabado el tiempo. Si le parece, le puedo dar cita para la semana que viene. Le diré que su patología es muy interesante, pues desde siempre me he sentido atraído por los pacientes obsesionados con el sexo anal. De hecho, siempre he creído firmemente que en la vida todo es sexo anal.

WERT (poniéndose de nuevo la chaqueta).- Tiene usted unas ideas sobre la vida verdaderamente fascinantes, doctor ¿Me dice cuánto le debo?

FREUD.- Con mil euros lo hace.

(Wert da un respingo)

WERT.- ¿Mil euros? Pero… eso es una barbaridad. Con IVA incluido, supongo.

FREUD.- Por supuesto. Aquí somos gente seria, y lo declaramos todo ¿Qué diría, si no, su compañero de gabinete, don Cristóbal Montoro? Por lo demás, no le parezca tan caro. Tenga en cuenta que servidor es nada más y nada menos que el padre del psicoanálisis, por mucho que ya no se enseñen estas cosas en el modelo educativo propuesto por usted y sus predecesores en el cargo.

(Wert se palpa la chaqueta con indecisión, extrayendo finalmente un talonario)

WERT.- Bueno, no sé si sabrá que los ministros no llevamos dinero encima, pero le diré lo que vamos a hacer. Le voy a firmar un pagaré a tres meses. Si dentro de tres meses no ha cobrado, se puede quedar con el pagaré.

(Freud lanza un atribulado suspiro)

FREUD.- Yo también he visto Sopa de ganso, pero está bien. Ahora, si me lo permite, debo atender a mi próximo paciente.

WERT.- No se preocupe. Le ayudaré a agilizar los trámites.

(Freud observa, asombrado, cómo Wert se arranca la piel de la cara, que resulta ser una careta, y aparece la efigie de José Antonio Monago quien, tras quitarse la chaqueta y aflojarse de nuevo el nudo de la corbata, se vuelve a tender sobre el diván.  Freud, resignado, toma asiento y se dispone, una vez más, a tomar notas).

MONAGO.- Pues verá, doctor. Últimamente tengo alucinaciones recurrentes. Creo que estoy viajando en avión a Canarias, con intención de ver a mi chica. Lo malo es que todo el mundo a mi alrededor padecen esa misma alucinación, puesto que también lo creen, por mucho que yo les insisto en que se trata de viajes oficiales.

FREUD (aparte, suspirando de nuevo).- Qué dura es la vida del psicoanalista, sobre todo de media cintura para abajo.

(Poco a poco va cayendo el telón).

THE END

Jardiel Pencil

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Tallón o de las listas

JARDIEL PONCELA, PHIL O’HARA, JUAN TALLÓN, DIEGO BARROS, RAFA CABELEIRA.

Jardiel.- Claro que recuerdo el episodio, Phil. Fue en el Viña, ¿no es cierto, mi querido amigo?

Phil.- En efecto, fue allí, Jardiel. Y recordarás que Tallón defendía a capa y espada que no existía algo tal como una lista de los cien mejores libros.

Jardiel.- Lo recuerdo muy bien, aunque creo que en verdad nuestro admirado Tallón no hablaba en serio cuando afirmaba tal cosa. No tengo yo por relativista a Tallón.

Phil- ¿Pero cómo será eso? Deberíamos atenernos a sus palabras, ¿verdad, Jardiel? ¿A qué otra cosa si no? Si hemos de entender por lo que dice Tallón no lo que en efecto afirma sino su contrario, entonces ¿cómo habremos de creer en la  existencia de algo como lo cierto y lo falso, querido Jardiel?

Jardiel.- Sí debiéramos creer que existen lo cierto y lo falso; no quieran los dioses otra cosa, Phil. Si pudiéramos discutirlo ahora con él, ten por seguro que Tallón nos sacaría de dudas. Es más, estoy convencido de que Tallón nos permitiría hasta la licencia de que en la siguiente línea -o dos más allá- lo hiciésemos aparecer como si fuese lo más normal, viéndolo entrar por esa puerta acompañado de su buen amigo Diego Barros.

Phil.- Ya puestos a pedir licencia, podría acompañarlo también Rafa Cabeleira, amigo de Tallón también, y de ese modo si llega el caso de que la conversación sobre filosofía o literatura acaba por cansarnos, podríamos departir sobre balompié, si ello no ha de molestarte, mi buen Jardiel.

Jardiel.- Ya sabes, Phil, que confieso sin rubor mi absoluto desconocimiento de ese deporte que dicen rey; no lo comprendo. En ese menester vine al mundo con igual genética, me temo, que mi hermano Adrián, que a pesar de gustarle tampoco parece entenderlo en demasía; pero descuida, llegado el caso, como dices, os oiría con placer hablar sobre carrileros, medios centros, achique de espacios, triangulaciones y otras figuras geométricas que sí creo entender y que al parecer tanto tienen que ver con el juego del balón.

Phil.- Pues muy bien, hagamos que entren Tallón, Diego Barros y Cabeleria.

Jard.- ¡Queridísimos amigos! Decidme, ¿qué os trae, gallegos, por estas vecinas tierras de León?

Tallón.- Pues como no lo sepas tú, Jardiel.

Jardiel.- Claro, es cierto. Antes que nada, dejadme que os invite a limonada, corto o caldo; con tapa o con caldo de tapa. ¿Qué os apetece, decid?

Phil.- Creo, Jardiel, que estás mezclando las historias…

Diego.- Un corto con tapa para mí, Jardiel.

Cabeleira.- Limonada con caldo.

Tallón.- Corto también para mí; con tapa.

Phil.- Un caldo, Jardiel; pero con tapa. De otro modo sería un caldo al cuadrado.

Jardiel.- Esteban, ya oíste a estos señores: cinco limonadas con tapa ¡marchando!

Phil.- Jardiel, sin más premura deberías, creo, explicarle a Tallón cuál es el motivo que le trae de nuevo al Viña. Si recuerdas…

Jardiel.- Lo recuerdo, Phil; perfectamente. Dinos, Tallón, ¿es cierto que afirmas en tu obra Cien Libros Peligrosos que no crees que exista una lista de cien obras, digamos maestras, mejores por lo tanto que de la ciento una en adelante? En tal caso, deberíamos poder concluir que cualquier obra, la que sea, incluso una de Protágoras o de Paco bien podría formar parte de dicha lista, puesto que no habiendo cien mejores, todas podrían figurar allí. ¿Sigues mi razonamiento, Tallón?

Tallón.- Hombre, Jardiel. Seguirlo, sí lo sigo; pero te diré, sin ánimo de ofender ni asomo de acritud, que tu razonamiento es una mierda. El sistema decimal, deberías saberlo, no deja de ser pura convención. De haberse implantado, por ejemplo, un sistema duodecimal, mi libro bien pudiera haberse titulado Ciento ocho Libros Peligrosos, ¿no te parece?

Phil.- Me parece, Tallón, que Jardiel aceptará ese razonamiento. ¿Verdad, Jardiel?

Jardiel.- ¡Cómo no he de aceptarlo!, viniendo de quien viene convendré que son palabras sabias; y es de recibo hacer caso de quien habla palabras sabias. Pero, dime, Tallón, ¿tus amigos y tú podríais aceptar, a vuestra vez, que…

Diego.- Yo lo que creo es que o en esa lista falta un libro, y entonces debería ser una lista de ciento un libros, o sobra uno, mas con el que digo que falta seguirían siendo cien.

Phil.- ¿Y di, qué obra falta, según a ti te parece, Diego?

Diego.- Cien Libros Peligrosos. El libro de Tallón es una lista de cien grandes libros, pues yo afirmo que Cien Libros Peligrosos debería figurar en Cien Libros Peligrosos. El libro con la lista contendría así el libro con la lista.

Cabeleira.- No sé si Tallón estará muy de acuerdo en eso, Diego.

Jardiel.- Esteban, pon cinco limonadas más, ¡con tapa!

Phil.- Jardiel, llegados a este punto creo que podemos zanjar la cuestión de las putas listas y ponernos a hablar de fútbol, ¿no te parece?

Jardiel.- Como os plazca, querido Phil. Diego nos ha sacado del apuro al decir que el libro de Tallón debiera estar en la lista, ya responda ésta al sistema decimal o a cualquier otro, y es cuanto precisábamos oír. Ea, pues, amigos, obremos así, puesto que así lo indican los dioses.

Y así fue que Jardiel se levantó y marchó del Viña, dejando a sus amigos discutiendo de fútbol, no sin antes haber convenido con todos ellos que se volverían a encontrar luego en el Celso para cenar y dar cuenta de su tortilla de patatas, su ensalada, su picadillo, su jamón cocido, su morcilla y sus postres caseros; regándolo todo con buen vino del Bierzo y departiendo sobre váteres, sobre filosofía y sobre literatura hasta caer borrachos si fuese menester.

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Phil O’Hara

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Un independentista en el planeta de los simios

(Comienza la proyección y aparece reunido el Consejo Simio, presidido por Mariano Rajoy, caracterizado como  Doctor Zadius. Le acompañan Cristóbal Montoro, en el papel del siniestro General Thade, y Pedro Sánchez, como el bondadoso Aurelio. Es entonces conducido a su presencia Artur Mas, ataviado con una barretina y un exiguo taparrabos, escoltado por una pareja de gorilas que lo empujan a los pies de Zadius-Rajoy. Este apenas le dedica una mirada cargada de desdén).

RAJOY.- ¿Qué me traéis aquí?

MONTORO (incorporándose).- Doctor Zadius, éste es el humano al que ordené que detuvieran. Al parecer, ha cometido la osadía de tener ideas propias. Reclama para sí nada menos que su propio espacio en el planeta, sin someterse a la autoridad de los simios, y, por si fuera poco, reclama incluso su propia agencia tributaria.

RAJOY (riendo simiescamente).- ¡Eso es ridículo! Ningún humano tiene ideas propias. Ni siquiera saben hablar.

MONTORO.- Se equivoca en eso, Zadius. Le puedo asegurar que éste de aquí habla muy raro, eso sí, pero habla.

(Artur Mas levanta la vista y lanza en catalán unos cuantos improperios dirigidos contra los miembros del Consejo Simio. Estos se quedan mirándose unos a otros con cara de circunstancias. Rajoy-Zadius se encoge de hombros).

RAJOY.- ¿Hay alguien aquí que entienda el lenguaje de los humanos?

MAS.- No hace falta. Sé hablar también tu idioma, mono asqueroso.

(Los dos gorilas se disponen a golpear a Artur Mas, pero Zadius-Rajoy los detiene con un gesto. Su cara de orangután comienza a traslucir cierta curiosidad por el humano).

RAJOY.- Dinos, ¿por qué quieres dejar de acatar la autoridad de los simios?

MAS (escupiendo al suelo).- ¿Y todavía me lo preguntas? Aparte de ser peludos y feos, la vuestra no es más que una despreciable república bananera ¡Me dais asco!

RAJOY (levantándose, sumamente enfadado).- ¡Maldita sabandija depilada! ¿Cómo te atreves?…

(Zadius-Rajoy se dispone a golpear a Artur Mas con su enorme manaza de orangután, pero logra detenerle a tiempo Aurelio-Pedro Sánchez, que hasta entonces ha permanecido silencioso).

SÁNCHEZ.- ¡Un momento, Zadius! Creo que es posible un futuro de paz y prosperidad para todos, en el que simios y humanos convivan pacíficamente.

RAJOY (volviéndose a sentar, más calmado).- Los chimpancés siempre habéis sido unos ingenuos.

SÁNCHEZ.- Así todo, debemos esforzarnos por retomar el diálogo, siempre dentro del marco legal vigente.

(Mientras dicen esto, los tres simios toman sendos plátanos de una opulenta bandeja situada a su lado, que comienzan a pelar despreocupadamente. Artur Mas revienta de risa, para asombro de todos, que se le quedan mirando).

MAS.- Cuánto me hacéis reír con vuestras memeces del marco legal vigente, mientras os zampáis tranquilamente delante de nuestras narices los plátanos que cultivamos con tanto esfuerzo. Debéis saber que los humanos estamos más que hartos de trabajar en vuestras plantaciones como meros esclavos.

MONTORO.- Tampoco hay que ponerse así, hombre (nunca mejor dicho, je, je). Tú mismo acabas de decir hace un momento que somos una despreciable república bananera.

(Todos los simios presentes rompen a chillar con estrépito, riendo la gracia de Montoro-Thade. Artur Mas y Pedro Sánchez-Aurelio permanecen impertérritos. Rajoy-Zadius logra aplacar las risas con gran esfuerzo).

RAJOY.- Disculpa el sarcasmo del general, pero tienes que comprender que no hay plátanos suficientes para todos. En épocas de escasez, es lógico que los simios tengan preferencia. En cualquier caso, no debes obsesionarte con el tema. El general lo tiene todo absolutamente controlado, ¿no es así, camarada Thade?

MONTORO.- Efectivamente, Zadius. No hay ningún motivo de preocupación. Se prevé la recuperación económica para el próximo año 4015, al decir de los expertos. No obstante, tardará un tiempo hasta que los humanos comencéis a notar los efectos. Entretanto, habrá que seguir racionando los plátanos.

SÁNCHEZ (suspirando, escéptico).- ¿Dónde he oído eso antes?

(Mientras están distraídos hablando, un gropúsculo de sigilosos monos verdes vienen por detrás y se llevan todos los plátanos de la bandeja. Artur Mas lo ha visto todo, pero no dice nada, limitándose a sonreír con sorna. Montoro-Thade se da la vuelta y da un respingo, al ver la bandeja vacía. Los restantes simios se vuelven asimismo al advertir el gesto de Montoro, quedando en el semblante de todos ellos retratada la consternación).

MONTORO.- ¡Anda la hostia! ¿Qué ha pasado aquí?

RAJOY (suspicaz).- Esto tiene toda la pinta de ser cosa de Rodrigo y los suyos. Nunca me fié de él. Siempre quiso levantarme la presidencia del Consejo Simio…

SÁNCHEZ (aparte, sarcástico).- Creo que esto va a suponer un buen varapalo a vuestra cacareada recuperación económica.

(Durante este tiempo, Artur Mas ha logrado soltarse las ligaduras sin que nadie le vea. Con gran rapidez y habilidad, le arrebata la escopeta a uno de los gorilas, procediendo a encañonar con ella a todos los presentes).

MAS.- ¡Quietos todos! Al primero que haga una monería, le vuelo la maldita cabeza. Ahora mismo me cojo un caballo y a mi novia, y nos vamos a la zona prohibida. Sólo lo diré una vez: que nadie intente detenernos.

(Las reacciones de los simios son muy diversas ante la inesperada reacción de Artur Mas. Sánchez-Aurelio sonríe complacido, Montoro-Thade crispa furiosamente los puños. Rajoy-Zadius, por su parte, deja escapar un atribulado suspiro).

RAJOY.- Está bien. Creo que es inútil todo lo que podamos decir para convencerte. Si tanto interés tienes en irte, vete. Ya descubrirás la verdad por ti mismo.

MAS (visiblemente sorprendido).- ¿Vais a dejarme marchar? ¿Así, sin más?

RAJOY (guiñando un ojo a los presentes).- Hombre, así sin Más… no creo.

(Los simios prorrumpen en un ensordecedor coro de chillidos, riendo el ingenioso juego de palabras de Rajoy-Zadius. Artur Mas comienza a andar hacia atrás, muy serio y sin dejar de encañonar a los simios, que no paran de reír. Hay un fundido en negro. En el siguiente fotograma aparece Artur Mas, cabalgando por la playa en compañía de Carmen Forcadell, que lleva por toda vestimenta un bikini estampado con los colores de la “estelada”. La conversación entre ellos se desarrolla en catalán, con subtítulos para que el público la pueda entender).

FORCADELL (mimosa).- Y dime, Arturet mío, en esa tierra prometida a donde vamos… ¿podremos de verdad comernos todos los plátanos que cosechemos, sin tener que dárselos a los malvados simios?

MAS.- Para empezar, querida mía, te diré que estoy harto de comer plátanos. Se acabaron los plátanos para siempre. La tierra prometida a la que vamos es un lugar maravilloso, donde podremos hartarnos de butifarra y pan tumaca a todas horas. Todo ello, cómo no, regado con buen cava y vinos del Penedés. Verás cómo te va a encantar.

FORCADELL (agarrándose aún más fuerte al torso de Artur Mas).- ¡Oh Arturet! ¡Qué ganas tengo de llegar! Estoy segura de que vamos a ser muy felices allí.

(Pero Artur Mas no le presta ya ninguna atención a los arrumacos de Carmen Forcadell. Su expresión ha quedado totalmente desencajada ante la vista de un objeto situado fuera del campo visual de la cámara. Con movimientos pausados, se apea del caballo y camina unos pasos hacia delante, para luego dejarse caer de rodillas y ocultar su rostro en la arena, al tiempo que comienza a golpear ésta furiosamente con los puños. Carmen Forcadell permanece en la montura, mirándole con cara de póquer).

MAS.- ¡No puede ser! Todo este tiempo he estado en mi casa y no me había dado cuenta. Han acabado con todo, malditos… ¡Os maldigo a todos!

(Las palabras se hacen ininteligibles, quedando ahogadas por un llanto convulsivo. La cámara gira lentamente y entonces el público puede ver el objeto que ha provocado la desesperación de Mas. Sobre la arena de la playa, desalojada de su pedestal, podemos ver la estatua de Jordi Pujol, tumbada boca abajo con las manos grotescamente cruzadas a la espalda. La cámara se va alejando poco a poco, ofreciendo un plano general de la dantesca escena).

THE END

Jardiel Poncela

 

El Juicio Final

(Se alza el telón y aparece el difunto Jardiel Poncela caminando sobre las nubes, en pijama y bastante desorientado. Al llegar frente a las puertas del Cielo, un fornido y engominado portero le impide el paso, poniéndole una mano en el pecho).

PORTERO.- Lo siento. No se puede pasar sin corbata.

(Jardiel Poncela farfulla algo ininteligible, pero en ese momento se entreabre la puerta, chirriando sobre sus pesados goznes, y asoma la cabeza por un resquicio Jardiel Poncela Sr., padre de Jardiel Poncela).

J. PONCELA Sr..- Déjele pasar, Sánchez. El chico, la verdad, no es que me saliera muy espabilado, pero es un buen muchacho. Yo respondo de él.

PORTERO (titubeando un poco).- De acuerdo, Señor Poncela. Si usted lo dice…

(El portero le franquea la entrada a Jardiel Poncela. Su padre le pasa una mano por encima del hombro y lo conduce al interior del Reino de los Cielos).

J. PONCELA.- Ufff! Menos mal que estabas, papá. Esto de morirte de un infarto mientras estás durmiendo y que ni siquiera te dé tiempo a afeitarte…

J. PONCELA Sr..- La muerte es como un ladrón que te sorprende en un recodo del camino. Hay que estar en todo momento preparados para recibirla.

J. PONCELA.- Oye, papá, ¿cómo es Dios? ¿Es cierto que es un Señor con camisón y barba blanca, que lleva un triángulo con un ojo en la frente?

J. PONCELA Sr. (frunciendo el ceño).- ¿Cómo? ¿Es que no sabes nada?

J. PONCELA.- ¿Saber qué?

J. PONCELA Sr..- Veo que no estás al tanto de las últimas novedades. Las cosas han cambiado mucho por aquí. Habrá que ponerte al día…

(Se abre otra puerta que conduce a una gran estancia, en cuyo centro se alza el triple trono donde se haya asentada la nueva Santísima Trinidad, presidida por D. Emilio Botín, luciendo su sempiterna corbata roja. A su diestra podemos ver a Rodrigo Rato, grave y cejijunto, y a su siniestra, como no podía ser menos, se halla José Antonio Moral Santín. Sobre la cabeza de Botín, en vez de la tradicional paloma que representa al Espíritu Santo, podemos ver, sobrevolando, a la gaviota del PP. Al fondo, en el valle de Josafat, se distinguen los rostros de varios de los profetas de la nueva religión. Juan Calvino, Benjamín Franklin, los hermanos Rothschild o John Rockefeller se encuentran entre los más destacados. A Jardiel Poncela se le queda la mandíbula colgando, en una estúpida expresión de asombro).

J. PONCELA (aparte).- ¡Anda! Veo que eso de que la muerte nos iguala a todos es también un cuento chino.

D. EMILIO (dirigiéndose a Jardiel Poncela Sr.).- ¿Es este su chico?

J. PONCELA Sr..- El mismo que viste y calza, D. Emilio… (En eso, mira a los pies desnudos de su hijo). Son formas de hablar, por supuesto. La muerte le sorprendió en la cama, pero no vaya usted a pensar que es ahí donde pasa la mayor parte de su tiempo. De hecho, es un chaval muy trabajador, se lo aseguro.

D. EMILIO.- No lo pongo en duda. Debe serlo, siendo como es hijo de uno de nuestros mejores empleados. (Dirigiéndose a Jardiel Poncela) Y dinos, muchacho, ¿cuáles son tus habilidades?

(Jardiel Poncela se encoge de hombros, quedándose cabizbajo y pensativo durante unos instantes. Luego rompe a declamar teatralmente).

J. PONCELA.- Pues se me da bien tocar el aire, esculpir la forma de las nubes, cazar suspiros y arañar sombras. También soy hábil lanzando palabras encendidas al viento, que siempre terminan por extinguirse bajo la lluvia, como las pavesas encendidas de una hoguera. Y caminar obediente, con paso lento pero seguro, hacia la noche definitiva.

(D. Emilio Botín, presa de un gran desconcierto, intercambia unas palabras en voz baja con sus dos acompañantes. Finalizada la breve deliberación, carraspea y recompone el gesto).

D. EMILIO.- Francamente, no le auguro un futuro muy prometedor a todo eso. Dime, hijo, ¿no tendrás por casualidad bonos u obligaciones del estado, letras del tesoro o acciones en bolsa?

(Jardiel responde al interrogante con una estólida mueca, enmudeciendo durante unos segundos. No obstante, al final consigue reaccionar).

J. PONCELA.- No, pero en cambio tengo un poema, publicado en vida.

(D. Emilio trenza los dedos y se reclina en el respaldo del trono, logrando apenas evitar que a su rostro aflore un rictus de impaciencia).

D. EMILIO (reprimiendo un suspiro).- Bien, oigámoslo.

J. PONCELA (declamando con exagerada afectación).- Sólo sé amar; no sé hacer otra cosa / Soy una sombra que en el desierto clama, / agigantada por su propia llama / y desterrada de su propia fosa…

D. EMILIO (interrumpiendo con un gesto de la mano).- Vale, vale, no está mal… Y dinos, ¿cómo se titula el poema?

J. PONCELA.- “Insolvente”, señor.

(Las arrugas que surcan la frente de D. Emilio se hacen aún más pronunciadas. Vuelve a deliberar por unos segundos en voz baja con sus dos consejeros. Jardiel Poncela Sr., visiblemente contrariado, se acerca a su hijo para susurrarle algo al oído).

J. PONCELA Sr..- Hijo, la cosa pinta francamente mal. No se puede presentar uno ante el Altísimo así sin más, con las manos vacías…

D. EMILIO.- Bueno, chico. Como ves, hemos estado discutiendo tu caso. Rodrigo opina que deberías quedarte eternamente flotando en el limbo, mientras que José Antonio es partidario de mandarte al otro Paraíso, el comunista. No obstante, creo que allí han cambiado mucho las cosas al hacerles Hugo Chávez y Pablo Iglesias el relevo generacional a Marx y Lenin. Por ello, te daré una última oportunidad de quedarte con nosotros. Contesta rápidamente: ¿cuál es tu opinión acerca del capitalismo neoliberal?

J. PONCELA.- ¿Honestamente, señor?

(D. Emilio cabecea afirmativamente. Jardiel Poncela mira indeciso a un lado y a otro, como buscando ayuda. Su padre permanece cejijunto e impertérrito. Finalmente, tras emitir un fuerte carraspeo, hace una respiración profunda y se dispone a hablar).

J. PONCELA.- Honestamente, creo que el capitalismo neoliberal es el mayor de los pecados. Que me traen al pairo sus paraísos fiscales y que, por lo que respecta a ustedes, voy a mostrarles mis respetos, obsequiándoles con una reverencia ante su Altar.

(Jardiel Poncela se da la media vuelta y les hace un calvo a los tres. Rodrigo Rato se rasga las vestiduras. José Antonio Moral Santín se lleva las manos a la cabeza, donde acaba de cagarle la gaviota. D. Emilio consigue a duras penas dominarse y se dispone a dictar sentencia con voz lo más templada posible, ante el gesto atemorizado de Jardiel Poncela Sr.).

D. EMILIO.- Mucho me temo que no me dejas otra alternativa que la de mandarte de vuelta al infierno, en vista de tu total falta de arrepentimiento.

J. PONCELA (sorprendido, mientras vuelve a subirse el pantalón del pijama).- ¿De vuelta? ¿Cómo que de vuelta?

(Rápidamente se produce un fundido en negro. Al volver a iluminarse el escenario, aparece Jardiel Poncela tendido sobre la mesa de operaciones de un anónimo quirófano de la Seguridad Social, con los médicos aplicados en darle masaje cardíaco. Jardiel Poncela se incorpora bruscamente, escapándosele, al hacerlo, una ruidosa ventosidad).

DOCTOR 1º (sin osar quitarse la mascarilla, por razones obvias).- Creo que ya está definitivamente recuperado.

J. PONCELA.- ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?

DOCTOR 2º.- Está usted en un hospital. Sufrió un ataque cardíaco. Hemos conseguido salvarle in extremis. No se imagina la suerte que ha tenido. Le dábamos prácticamente por perdido.

J. PONCELA (palpándose con incredulidad).- Entonces… estoy vivo. Todo ha sido una alucinación, seguramente.

DOCTOR 2º (aparte, bajándose la mascarilla).- Otro que nos va a salir con el rollo de la luz al final del túnel.

J. PONCELA (levantándose, en calzoncillos, de la mesa del quirófano).- Bueno, lo importante es que me puedo ir ya, ¿no?

DOCTOR 2º (sujetándole por el brazo).- ¡Un momento! No tan deprisa…

DOCTOR 1º (que aún no se ha quitado la mascarilla).- Tiene usted que pagar doce mil euros por la operación. Con los nuevos recortes, el servicio ya no se incluye dentro de la Seguridad Social. Mientras no lo haga, nos veremos obligados a recluirle en la sala de morosos.

(Jardiel Poncela se queda mirándole, atónito, durante unos segundos, para luego dejarse caer prosternado sobre el suelo del quirófano. A continuación, rompe a llorar convulsivamente y, juntando las manos, mira al techo y se dispone a entonar una oración).

J. PONCELA.- Padre nuestro, que estás en los cielos; cuantificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu capital. Hágase tu voluntad, así en la troika como en Wall Street. No nos quites nuestro pan de cada día, dejándonos sin trabajo. Y perdónanos, al menos, los intereses de la deuda, así como nosotros perdonamos al ejército de mangantes y chorizos que nos han conducido a esta situación. Y no nos dejes caer en números rojos, mas líbranos de la falta de competitividad.

(Al terminar Jardiel Poncela su plegaria, el público murmura un quedo “amén”. Seguidamente, Jardiel, en claro acto de contrición, dirige, abatido, la mirada al suelo. Poco a poco va cayendo el telón).

THE END

Jardiel Poncela

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Había una vez un país

(Una vez que el público se ha acomodado en la sala, comienza a oírse la sintonía de Había una vez un circo. Se abre el telón y aparecen Durao Barroso, Luis de Guindos, Luis Mª Linde y Miguel Ángel Fernández Ordónez, este último atado con una correa y caminando a cuatro patas. Durao Barroso se sitúa en el centro del escenario y se dirige al público, en el que no hay ni un solo niño).

DURAO BARROSO.- ¿Cómo están ustedeees?

(El público responde con una especie de mugido. Luis de Guindos se encamina al centro del escenario.)

LUIS DE GUINDOS.- ¡Pero hombre! ¿Qué manera de recibirnos es esa? Vamos a probar otra vez. ¿Cómo están ustedeees?

(La reacción del público es más o menos la misma. Visiblemente contrariado, esta vez es Luis Mª Linde quien toma posesión del centro del escenario).

LUIS Mª LINDE.- ¡Es que no sabemos preguntar las cosas! A ver, dejadme a mí ¿Cómo están ustedeees?

(Al no mejorar gran cosa la respuesta del público, Durao Barroso se vuelve airado hacia Luis de Guindos).

DURAO BARROSO.- ¿Y ésta es la alegría en las calles de que hablaba tu amiguita Soraya Sáenz de Santamaría? ¡Tú tienes la culpa de todo!

LUIS DE GUINDOS (señalando a Luis Mª Linde).- ¡Mentira! ¡La culpa es toda de él!

LUIS Mª LINDE (señalando a Miguel Ángel Fernández Ordóñez).- ¡No es verdad! ¡La culpa la tiene él!

(Los tres se precipitan sobre el cuadrúpedo Miguel Ángel Fernández Ordóñez y la emprenden a puntapiés con él. Una vez que han descargado su ira, el cuerpo inerte de Ordóñez es retirado del escenario por una pareja de musculosos ujieres. Luis de Guindos recompone la sonrisa y regresa al centro del escenario, acordeón en mano.)

LUIS DE GUINDOS.- ¡Y ahora que empiece de verdad la fiesta! ¡Música, maestro!

(Comienzan a sonar los acordes de “La gallina Turuleta”, magistralmente interpretada por Luis de Guindos. Este mueve las piernas al estilo de lo que lo hiciera antaño el entrañable payaso Fofó. Al llegar al famoso estribillo “La gallina Turuleta ha puesto un huevo, ha puesto dos, ha puesto tres…”, hace su aparición una gallina gigante, que empieza a sembrar huevos de oro por todo el escenario. Le va siguiendo los pasos Miguel Blesa, quien se encarga de recoger todos los huevos y meterlos en un saco. Cuando deja de poner, Miguel Blesa agarra a la gallina por el pescuezo e intenta meterla asimismo en el saco. La gallina se revuelve y rompe a cacarear violentamente. Es el momento en el que hace su aparición el juez Elpidio Silva, vestido de Supermán.)

ELPIDIO SILVA.- ¡Un momento! ¿Qué se ha creído usted que está haciendo? ¡Suelte ahora mismo a ese animal! (Se dispone a abalanzarse sobre Miguel Blesa)

DURAO BARROSO.- ¡No tolero desórdenes en mi circo!

(Los dos ujieres de antes consiguen frenar a tiempo el ataque de Elpidio Silva, al que propinan una soberbia paliza. Luego se lo llevan a rastras. Mientras tanto Miguel Blesa, que ha conseguido meter a la gallina en el saco, hace mutis por el foro. Durao Barroso se dirige colérico hacia un atemorizado Luis de Guindos.)

DURAO BARROSO (echando a patadas a Luis de Guindos).- ¡Mira lo que has hecho! ¡Tu espectáculo no ha tenido ni pizca de gracia! Creo que ha llegado la hora de obsequiar a nuestro público con un numerito de magia…

(Sale a escena Mario Draghi, vestido con chaqué y chistera, quien, tras dedicar al público toda clase de reverencias, comienza a sacar billetes de 500 euros inopinadamente del fondo de su sombrero y a esparcirlos sobre el suelo del escenario. Esto logra que por primera vez se les iluminen algo los ojillos al público, pero enseguida salen también de la chistera Urdangarín, Bárcenas, Magdalena Álvarez, Jordi Pujol y un largo etcétera de banqueros y políticos con sendos sacos, que abandonan apresuradamente el escenario tan pronto como han llenado éstos de billetes. Ante la mirada fulminante de Durao Barroso, Mario Draghi sale también corriendo, por lo que pueda ocurrir. En el medio de tanto atolondramiento, se deja olvidada la chistera.)

DURAO BARROSO (dirigiéndose al público, claramente apesadumbrado).- Lo siento mucho, queridos niños. Creedme cuando os digo que he hecho todo lo posible…

(Justo en ese momento inundan la sala los acordes del himno de Riego e irrumpen en el escenario Pablo Iglesias y Cayo Lara, portando una gran bandera tricolor. Tras ellos un séquito de guapas majorettes, haciendo juegos malabares con sus bastones. Tan grandioso espectáculo hace prorrumpir al público en una jubilosa ovación, que se ve bruscamente interrumpida al emerger la figura de Cristóbal Montoro de la olvidada chistera de Draghi.)

CRISTÓBAL MONTORO.- Conque tratando de engañarme, ¿eh? Esta bandera, al ser tricolor, tendrá que tributar un 33% más. Eso sin contar la correspondiente sanción por fraude fiscal. Si son tan amables de facilitarme su número de cuenta ¿O van a pagar en metálico?

(Cayo Lara y Pablo Iglesias, cabizbajos y apocados, se llevan las manos a sus respectivos bolsillos, pero por detrás aparece José Antonio Moral Santín, disfrazado de Harpo Marx, y les roba la cartera a ambos sin que se enteren. Los dos comienzan a balbucear excusas ininteligibles, en cuanto se dan cuenta de que están sin blanca.)

CRISTÓBAL MONTORO (dibujando una gran sonrisa lobuna).- ¡Vaya, vaya! Y estos eran los que se metían tanto con mi amnistía fiscal. Menudo par de “espabilaos”. No, no, si ya lo dice el refrán: arrieros somos. Hagan el favor de llevarse esta escoria de aquí.

(Los dos ujieres se llevan a Cayo Lara y Pablo Iglesias, entre los abucheos y protestas del público. Cristóbal Montoro lanza miradas fulminantes a diestro y siniestro, en busca de nuevas víctimas propiciatorias, cuando de repente estallan con fuerza atronadora los acordes de la Marcha Real. Todos enmudecen al ver aparecer a Su Majestad el Rey, don Felipe VI de Borbón, vestido de jugador de la selección española de fútbol y portando un balón de reglamento bajo el brazo y una gran corona sobre su cabeza. Con gran pompa y circunstancia le entrega la corona a uno de los ujieres, para ponerse inmediatamente a hacer malabarismos con el balón, haciendo alarde de una gran destreza. El público le dispensa una calurosa ovación y comienza a corear, enfervorecido, su nombre. Pero justo en lo mejor de la actuación otro balón, que lleva la velocidad de un obús y cuya procedencia se ignora, golpea con violencia la cara del Rey y éste cae desmayado sobre el suelo del escenario. Cesa el Himno de repente y cae el telón, en el que se puede ver pintada la bandera de Chile. El público abandona la sala indignado, profiriendo ruidosos silbidos y abucheos.)  

THE END

Jardiel Poncela

Frequency II

(El prestigioso crítico cinematográfico Charlie Churrales, presentador del programa radiofónico Polvo a las estrellas, hojea distraídamente una revista guarra mientras espera a que llame algún radioyente. A un aviso de control, se ciñe los cascos y se dispone a atender la primera llamada de la noche).

CHARLIE.- Buenas, noches, dígame
OYENTE.- Buenas noches, buenas noches ¿Estoy en el aire?
CHARLIE.- Gravitando sobre el cielo mismo de Madrid ¿Desde dónde me llamas?
OYENTE.- Más bien debiera preguntar desde cuándo, porque llamo nada menos que desde el futuro.
CHARLIE.- Increíble ¿Y cómo es posible eso?
OYENTE.- No lo sé. Debido a un corrimiento temporal, supongo. El caso es que para mí son las nueve y cinco, en vez de las nueve. Eso me da perspectiva histórica.
CHARLIE.- ¿Y cómo se ve el futuro? ¿Se empiezan a notar algo los efectos de la recuperación económica?
OYENTE.- Psché… Creía atisbar luz al final del túnel, pero luego resultó ser que me había dejado encendida la luz del baño, que está al fondo del pasillo. Una vez apagada ésta, se ve todo bastante negro, la verdad.

(Se oye el ruido de una cisterna)

OYENTE.- Buenas noches, buenas noches ¿Estoy en el aire?
CHARLIE.- Gravitando sobre el cielo mismo de Madrid ¿Desde dónde me llamas?
OYENTE.- Desde Barcelona la Nit. Suerte que me ha dado tiempo a terminar la meada antes de venir a hablar contigo, Charlie. Tengo la sensación de estar hablando con un viejo amigo.
CHARLIE.- Y en cierto modo lo somos. Acabo de hablar con tu alter ego en el futuro, por uno de esos plegamientos espacio-temporales.
OYENTE.- ¿De verdad? Siento curiosidad ¿Cómo seré yo en el futuro?
CHARLIE.- Parecido a ahora. Era tu propio yo, hablándome desde las nueve y cinco. Me dijo que se había (es decir, que te habías) dejado la luz del baño encendida.
OYENTE.- Cierto es, a fe mía. Voy raudo y veloz a apagarla.

(Hay una breve pausa, durante la cual se oye el débil click de un interruptor distante)

OYENTE.- ¿Sigues estando ahí?
CHARLIE.- Aquí y ahora. Cuando quieras, podemos hablar algo de cine, para variar.
OYENTE.- Por supuesto. Quería preguntarte por el título de una película, que no me acuerdo.
CHARLIE.- Dispara. Soy todo oídos.
OYENTE.- La acción se sitúa en pleno corazón de Wall Street, donde un bróker pierde la ocasión de cerrar una operación que le hubiera reportado ganancias por varios millones de dólares al sentirse acometido por un repentino ataque de diarrea.
CHARLIE.- ¡No me digas más! Te estás refiriendo a La putrefacción se llamaba Gordon.
OYENTE.- ¡La misma! Hay que ver. Tienes una memoria auténticamente privilegiada. De elefante, diría yo.
CHARLIE.- Esta película, recordarás, recibió el óscar a los mejores chorizos especiales.
OYENTE.- ¡Que si lo recuerdo! Como si la hubiera hecho yo mismo. De hecho, la hice yo mismo.
CHARLIE.- ¡No me digas que estoy hablando con el famosísimo Gordon Rotten!
GORDON.- El mismo que viste y caga.
CHARLIE.- ¡Increíble! Este es un placer tan inesperado como nauseabundo para mí.
GORDON.- El sentimiento es mutuo, faltaría más. Te doy las gracias por haberme refrescado la memoria. Son tantas las películas que he producido que ya ni me acuerdo.
CHARLIE.- Que conste que soy un gran admirador suyo. Tengo un póster con su efigie enfrente mismo del inodoro, para ayudarme a defecar mejor.
GORDON.- Realmente conmovedor. Siento que se me abren los esfínteres tan sólo con oírlo.
CHARLIE.- Puede pedirme usted lo que quiera. Si desea que le dedique algún tema musical… Tenemos aquí de todo: desde el Réquiem de Mozart hasta un CD con todos los éxitos de Parchís.
GORDON.- Pues, para serte sincero, quiero pedirte que te vayas de la emisora. De hecho, ese era el verdadero objeto de mi llamada.
CHARLIE.- ¿Perdón?
GORDON.- Lo que oyes. Acabo de adquirir tu emisora de mierda en una rutinaria operación de ingeniería financiera y he optado por hacerles un ERE a todos los empleados de probada incompetencia, como por ejemplo tú mismo, tan dado a pajearte en horas de trabajo.
CHARLIE.- Hombre, tampoco es para ponerse así, digo yo…

(En eso, se abre la puerta que da acceso al habitáculo y entra por ella otro Charlie Churrales, de aspecto bastante deplorable,  con el nudo de la corbata aflojado y barba de días).

CHARLIE 1º.- ¿Y tú de dónde sales?
CHARLIE 2º.- Más bien deberías preguntar de cuándo. Yo también procedo del futuro. El señor Rotten me ha dado permiso para venir a la emisora a recoger mis cosas (Dicho esto, comienza a meter las revistas guarras en un saco de basura).
CHARLIE 1º (indignado).- ¿Y era necesario darse tanta prisa?
CHARLIE 2º (encogiéndose de hombros).- No sabes cómo las gasta el señor Rotten. Siempre lo quiere todo para ayer.
CHARLIE 1º (acercándose desconsoladamente al micrófono).- En fin, señor Rotten, sigue en pie el ofrecimiento ¿Algún tema que dedicar antes de que me vaya?
GORDON.- Pues hombre, ya que insistes… Me gustaría oír la canción ganadora del festival de eurovisión.
CHARLIE 1º.- ¡Pero si el festival de eurovisión no es hasta la semana que viene!
GORDON (resoplando impaciente).- ¡Y dale! ¿Todavía no te has enterado de que yo vivo en el futuro? Deberías tener más visión de futuro, Charlie. Estas cosas te pasan por no ser emprendedor.
CHARLIE 1º.- En ese caso, ¿podría usted decirme cuál será la canción ganadora?
GORDON.- ¿Y cuál va a ser? ¡La de España, naturalmente! Deberías saber, o al menos intuir, que éste va a ser un gran mes para España, entre eurovisión, la final de la champions y las elecciones europeas. No es que me guste hacer de Elena Francis, pero ahí va un buen consejo para ti: aprende a ser positivo y a ver el futuro con optimismo. Ya verás cómo enseguida empieza a cambiar tu suerte.
CHARLIE 1º (murmurando entre dientes).- No, si ya lo veo, ya. (Dirigiéndose a Charlie 2º) ¿Puedo quedarme ésta?
CHARLIE 2º.- Puedes. Total, va a acabar siendo mía igual…

(Charlie 1º recoge la revista guarra que andaba manoseando en el momento en que llamó Gordon Rotten. Los dos Charlies abandonan la emisora cabizbajos y compungidos, mientras suenan en el aire los acordes de Dancing in the Rain, cantada por Ruth Lorenzo. Finalizada la canción, da comienzo el noticiario de las 10, en el que se oye la noticia de la victoria del Atleti en la final de la champions y de Elena Valenciano en las elecciones europeas. Mientras tanto, va cayendo lentamente el telón).

Jardiel Poncela

Martes de Carnaval

(Los dos verificadores internacionales penetran en el lóbrego zulo, con una venda en los ojos y escoltados por sendos etarras encapuchados. A una señal del que parece el jefe, el otro terrorista –que lleva puestas unas gafas por debajo de la capucha-, les quita la venda a los intermediarios. Estos parpadean unos instantes y, poco a poco, el rostro de uno de ellos se va tiñendo de una expresión de pánico).

VERIFICADOR 1º.- ¡Dios mío! ¡Estoy ciego!

ETARRA 1º.- Joseba, da la luz.

(Se hace la luz en el escenario. La tranquilidad torna a los semblantes de los dos personajes a los que es posible verles el semblante).

VERIFICADOR 1º.- ¡Menos mal! Esto ya es otra cosa. Aunque créanme que les comprendo. Según está el recibo de la luz. Oigan, por casualidad, ¿no serán ustedes directivos de Iberdrola?

(Los dos etarras niegan con la cabeza).

VERIFICADOR 1º.- Pues lástima de oportunidad perdida, porque no negarán que lo que hace esa gente también tiene mucho de terrorismo.

(El verificador 1º comienza a reírse de su propio chiste con una risa convulsiva e idiota. Al darse cuenta de que nadie le sigue la broma, carraspea y recompone el gesto).

VERIFICADOR 1º.- Vayamos directos al asunto ¿Tienen ustedes las armas?

(Uno de los encapuchados abre el cajón de una mesa situada en el centro del escenario y saca del mismo un tirachinas. Se lo entrega al verificador 1º, quien lo examina con suma atención. El verificador 2º extrae una libreta del bolsillo y toma nota).

VERIFICADOR 1º (muy serio).- Procura no perder detalle de nada ¿Alguna cosa más?

ETARRA 1º- Todo a su debido tiempo.

VERIFICADOR 1º.- Cierto, muy cierto. Entretanto, esperemos que acaben tomando conciencia de que es la palabra, y no la fuerza bruta, la mejor arma para defender cualquier idea ¿Están dispuestos a asumir el reto?

(El terrorista que no lleva gafas se queda mirando al otro. Éste hace un gesto afirmativo con la cabeza).

ETARRA 1º.- Lo estamos. Yo, por mi parte, debo confesar que no soy muy leído, pero aquí el camarada Joseba quedó primero en el campeonato de cortar troncos de su pueblo.

VERIFICADOR 1º.- Pasemos, pues, a la fase de enfrentamiento dialéctico. Le cedo la palabra a mi colega, que tiene varios diplomas enmarcados en el hall de su casa. Entre ellos, el de un campeonato de pádel que ganó cuando estaba en el instituto.

(Los dos rivales se ponen el uno frente al otro y se estudian durante unos segundos con gran atención. Son momentos de un silencio tenso, quebrantado finalmente por el etarra de las gafas).

ETARRA 2º.- Hay, como en la novela, una generación perdida en el cine de los Estados Unidos, cuyos representantes corresponden al prototipo del americano errante, a la especie sui generis de ese exiliado intelectual que el país genera permanentemente. Hombres de esta generación son Orson Welles, Nicholas Ray, Stanley Kubrick y sobre todos, colmando el modelo, Joseph Losey, quien casi escapó de su patria en 1951, cuando se le consideraba allí uno de los jóvenes directores más capacitados para no volver nunca. Instalado en Gran Bretaña, es uno de los realizadores norteamericanos que mejor han sabido encajar en las estructuras industriales del otro lado del Atlántico.

VERIFICADOR 2º.- Ordinariamente, se dice que los reptiles son animales de sangre fría, lo que viene a significar que su temperatura corporal está regulada por la del medio ambiente. Resulta por ello más exacto decir que los reptiles son animales poiquilotermos, es decir, de temperatura variable, en contraposición a los mamíferos, que son homotermos, es decir, de temperatura fija.

ETARRA 2º.- Montgomery Clift era un actor inteligente y culto, apasionado por la música y la literatura, dotado de una recia personalidad y de un mundo al margen de la frivolidad mundana propia de Hollywood. Debuta en el cine en 1948 de la mano de Howard Hawks, alcanzando pronto la fama de intérprete que sabe dotar a sus personajes de una gran carga humana y psicológica. En 1955 sufre un grave accidente automovilístico, al parecer intencionado, que desfigura sensiblemente su rostro, encarnando en sus últimas películas personajes trágicos, muy a la medida de su circunstancia patológica.

VERIFICADOR 1º (que ha estado observando al etarra 2º con creciente suspicacia, a medida que pronunciaba su parlamento).- Creo que ya no es necesario que prosigamos con esta farsa, ¡SEÑOR FISCAL!

(El etarra 2º se despoja de la capucha y la txapela, quedando al descubierto la cara del Fiscal General del Estado, Eduardo Torres-Dulce).

TORRES-DULCE (visiblemente azorado).- ¿Cómo han sabido que era yo?

VERIFICADOR 1º.- Sus profundos conocimientos acerca del 7º arte le han delatado. Francamente, nunca pensé que pudiera usted llegar a caer tan bajo. Esta broma no ha tenido ninguna gracia.

TORRES-DULCE (apuntando con el dedo a su compañero, al tiempo que le lanza una dura mirada de reproche).- ¡Él es el culpable de todo! Me hizo creer que precisaba de mi colaboración para estrenar la nueva temporada de ¡Qué grande es el cine!

VERIFICADOR 1º (visiblemente sorprendido).- Entonces usted es…

(El etarra 1º se desprende de su capucha y su txapela, bajo la cual emerge la efigie de José Luis Garci).

GARCI.- ¡Hombre, Eduardo! Tampoco es para ponerse así. Piensa en lo mucho que nos hemos reído.

VERIFICADOR 1º.- ¿Ah, sí? ¿Se creen ustedes muy graciosos? Pues vamos a reírnos un poco todos.

(Los dos verificadores sacan sendos tricornios de la Guardia Civil de los bolsillos, que se colocan sobre sus respectivas cabezas. A continuación, extraen del mismo lugar dos juegos de esposas).

VERIFICADOR 1º.- Agentes de la Benemérita. Quedan ustedes detenidos por fraude y suplantación de identidad.

(José Luis Garci y Eduardo Torres-Dulce se miran, entre sorprendidos y asustados).

GARCI.- ¿Cómo? ¿Quieren decir que nos van a detener por tan insignificante delito, mientras que, si fuéramos etarras de verdad, no nos detendrían?

VERIFICADOR 1º (disponiéndose a esposar a José Luis Garci).- ¿Es que no han leído los periódicos? Estamos en el medio de un proceso de paz.

(Eduardo Torres-Dulce y José Luis Garci intercambian una mirada cómplice, se encogen de hombros y, como por arte de magia, aparecen sendas pistolas en sus manos, con las que disparan a bocajarro sobre los dos agentes. Éstos caen al suelo, anegados en un gran charco de sangre. Tras asegurarse de que están muertos, Torres-Dulce y Garci vuelven a calarse las capuchas y las txapelas. José Luis Garci –que vuelve a ser el etarra 1º- se gira levemente, encarándose con el público).

ETARRA 1º.- Y esto ha sido todo por hoy, damas y caballeros, en nuestro programa piloto de la nueva temporada de ¡Qué grande es el cine! La próxima semana les ofreceremos Sopa de ganso, de los Hermanos Marx. Les esperamos.

(Se oye la melodía de Desayuno con diamantes, de Henry Mancini, que pone fin al programa. Una señora de la limpieza entra en escena con una fregona y un cubo, dispuesta a arreglar el desaguisado. Fundido en negro. The End).

Jardiel Poncela

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