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Billares Asensio

BILLARES-SLIDE

<<¡Me cago en las funciones, en las ecuaciones de primer y en las de segundo grado, en las derivadas y en la madre que parió a las matemáticas!>> Aquel pensamiento traducía con una nitidez impropia del paso de tiempo, que debería haber desdibujado al menos  algunas de aquellas palabras, restándoles esa chocante exactitud, lo pronunciado hacía más de treinta años ya. Si la claridad con que se manifestaba no resultaba extraña ni había nada insólito en tanta precisión, si el pensamiento se adecuaba como un guante a una realidad tan lejana era por la cotidianidad, que había logrado mudar lo ocasional en rutinario. El recuerdo de una tarde cualquiera, en la que Paco y yo íbamos a llegar tarde a los Billares Asensio por culpa de la dichosa ciencia exacta, asaltaba sin previo aviso a mi conciencia más a menudo de lo deseable. Remembraba entonces a don Peláez: no solo no parecía mostrar la menor compasión por nosotros ni por nadie, empeñado en apurar siempre hasta el postrer segundo las clases, tratando en balde de infundir tan noble disciplina en tan poco privilegiadas mentes, sino que seguía torturándonos con el cuadrado de la hipotenusa y la suma de los cuadrados de los catetos, cuando los únicos tales éramos allí y entonces Paco, un servidor, y veintisiete palurdos más. O lo que venía a ser igual: todos menos Agustín, el único chaval con luces de toda la tropa; el único que no siendo anormal parecía capaz de comprender casi el asombroso Teorema de Pitágoras, seguir medianamente bien el resto de las exposiciones de don Peláez, y llevar a casa al final del trimestre el boletín sin un suspenso, y en ocasiones, aunque raras, hasta con algún que otro notable. El resto no éramos más que un hatajo de patanes; unos paletos sin porvenir alguno en el prodigioso mundo de las matemáticas; pero tampoco en el de la lengua y la literatura españolas, ni acaso en ninguna otra de las materias que en el instituto un puñado de bienintencionados profesores se afanaban inútilmente por tratar de enseñarnos.

Al franquear la puerta del establecimiento allí ya no quedaban más que el señor Asensio, dueño del local, Josines, su ayudante, un joven medio bobo y apocado que cuando no se mataba a pajas encerrado en el lavabo de caballeros se dedicaba a ordenar las mesas, barrer el piso y dar tiza a los tacos, o si no, a dormitar en cualquier rincón esperando la hora del cierre, y tres o cuatro paisanos más que formaban parte irreductible de una clientela tan escasa como pintoresca y fiel. De los de preu, ni rastro. Libres de clases a partir de las cuatro, tenían tiempo sobrado para dejarse caer en los billares, conseguir, con suerte, una tacada de cinco, pavonearse ante Margarita y su troupe, invitarlas a unas Fantas y salir del local asiéndolas el talle. Paco y yo acabábamos, qué remedio, echando los dos unas partidas. Ni con suerte logramos jamás encadenar cinco carambolas; nos pedíamos, eso sí, también unas Fantas, y salíamos de los Billares Asensio tras despedirnos del dueño y mandar a tomar por culo a Josines, sin que mediase razón alguna para ello, a no ser la de pagar con él tan negro sino: largarnos de allí, un día sí y otro también, con el rabo entre las piernas, derrotados en el tapete por la impericia y en la vida por unos guajes apenas un par de años mayores que nosotros. ¡Cuántas veces no habríamos planeado saltarnos las clases de don Peláez! Al final, por miedo a aquel profesor sin escrúpulos y a la segura reprimenda paterna después, aplazábamos las pellas y continuábamos asistiendo a las lecciones de latín de don Peláez, que a esa lengua muerta más que a otra cosa nos sonaba todo aquello. De no haber sido por el magisterio que mi padre, para quien las matemáticas no guardaban secreto alguno, nos dispensaba todos los martes y jueves desinteresadamente a Paco y a mí, no hubiésemos aprobado ninguno de los exámenes de don Peláez. A aquellas clases particulares debíamos Paco y yo un currículum en el que nunca figuraron las matemáticas entre la larga ristra de suspensos. Al magisterio paterno debíamos también la afición al billar. El dudoso gusto por la Fanta, la inclinación por Margarita y sus amigas y la propensión a injuriar a Josines zahiriéndole sin motivo real alguno eran en cambio mérito enteramente nuestro.

No he vuelto a saber de Paco. Ignoro si los billares siguen en pie. Ni sé qué habrá sido del señor Asensio y de Josines. He acabado, qué ironía, como don Peláez, convertido en un viejo profesor incapaz de que sus alumnos comprendan los teoremas y descifren las demostraciones. La antigua fascinación por vislumbrar las trayectorias, por discernir el resultado de un efecto en las bolas, por interpretar las fuerzas y los movimientos necesarios para concatenar una carambola tras otra acaso acompasaran aquella remota afición a mis estudios. Las matemáticas, y especialmente el billar, siguen empero guardando demasiados secretos para mí; en eso como en tantas otras cosas envidio la sapiencia y la pericia de mi padre, pienso, mientras mis pasos se encaminan, cansinos y poco decididos, desde la sala de profesores hacia el aula en la que esta tarde también, lo mismo que ayer, aguardan desganados mis alumnos, seguros ellos lo mismo que su profesor de seguir sin entender apenas nada de lo que les voy a contar. Quizá hoy, poco antes de que resuene el timbre liberador que anuncia el final de la lección, les cuente que un día ellos se acordarán de cuando se cagaban en las funciones, en las ecuaciones de primer y en las de segundo grado, en las derivadas y en la madre que parió a las matemáticas.

Phil O’Hara

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Tecnología alemana, conjunción astral

Conjunción astral

El pasado viernes dieciséis de octubre de dos mil quince, a las ocho y cuarto de la mañana, se produjo en el municipio de Sant Cugat lo que debió ser una rara conjunción astral gracias a la cual, contra toda lógica y desafiando todas las leyes de la mecánica -no la clásica ni la cuántica, sino aquella otra, grasienta y más prosaica que versa sobre motores, por lo general térmicos- gracias a la cual, digo, mi coche volvió a arrancar y no hizo falta que la grúa, que venía ya de camino, lo llevase al taller. Si los planetas realmente se alinearon de determinada manera conjurándose para remediar lo que no parecía tener remedio o fue cosa de brujas, no puedo saberlo a ciencia cierta. La hora que era de la mañana y no poder contar con la ayuda del telescopio espacial Kepler no contribuyeron a esclarecer aquello. No descarto, en cualquier caso, que la patada en los morros que propiné a mi coche tuviese algo que ver, a la manera causa-efecto o acción-reacción; aunque tampoco estoy en condiciones de asegurarlo.

El coche, un sedán alemán -pero alemán, alemán; de los fabricados en la misma Alemania; un compendio de tecnología punta, vaya- llevaba recorridos desde que un operario de la factoría de Múnich de la Bayerische Motoren Werke, probablemente turco, ensamblase a mediados de dos mil seis el último de los componentes del vehículo, hasta el día de autos, la nada despreciable cantidad de cuatrocientos veinticinco mil y pico kilómetros sin mostrar el más leve síntoma de fatiga; sin desfallecer lo más mínimo. Los cambios de aceite y de filtros reglamentarios y la substitución de neumáticos cada equis tiempo es cuanto el bueno de mi coche había venido solicitando. Hasta cierto punto resultaba comprensible que tras tanto trajín, el pobre requiriese una tregua. Fue temprano; acababa de dejar en la escuela al menor de mis dos hijos y me dirigía hacia el trabajo cuando de repente un símbolo de color amarillento con la apariencia de un termómetro me alertaba sobre el sobrecalentamiento del motor, advirtiéndome que debía aminorar la marcha o en caso contrario iba a producirse irremediablemente una avería importante. Aunque hice caso y reduje prudentemente la velocidad, no transcurrieron ni un par de minutos y la luz pasó de amarilla a roja, y la indicación de admonitoria a categórica, conminándome esta vez a detener ipso facto el vehículo, con la prohibición, además, de abrir el capó so pena de sufrir no graves sino gravísimas quemaduras en carne, obviamente, propia. Aquel automóvil, lo mirase uno por donde lo mirara, era en efecto alemán; alemán de cabo a rabo. Mandaba más que un coronel de brigada, a la manera como debían mandar los oficiales de alto rango de la guardia personal de Hitler. Sólo faltaba que se pusiese a vociferar como un poseso <<¡Achtung! ¡Achtung!>> y a amenazarme con mandarme a chirona en caso de no interrumpir la marcha y no reanudarla hasta nueva orden.

Los alemanes, gente competente y eficaz, tienen bien estudiadas las cosas. Aquel símbolo de color rojo chillón no te invitaba amablemente a estacionar; no. Si lo que estaba en juego era la salud de un propulsor germano no había lugar para los buenos modales, que estaban de más. Ni Hitler habría cruzado media Europa y llegado hasta Stalingrado ni la ingeniería alemana adquirido tamañas cotas de excelencia a base de buenos modales. El auto me estaba ordenando parar; parar sí o sí; sin más consideraciones. Ahí radica, al menos en parte, el éxito de los alemanes y su supremacía tecnológica: cuando hay que detener el coche, hay que detener el coche. Frente a esa determinación genuinamente germánica nada o muy poco tiene que hacer nuestro carácter latino, heredero, es cierto, del de atenienses y milesios -aunque también del de Felipe IV- mas incapaz de tomar partido por la opción adecuada sin demorarse antes considerando si aquello iba a ser cosa de las bielas, de la tapa del delco o de las válvulas; eso si no se trataba del carburador. Entretanto habías jodido el cárter o incluso el bloque motor. Descendientes de la Grecia clásica, sí, pero la reparación te acababa saliendo por un ojo de la cara.

No queriendo causar daños irreparables a aquella máquina por la que sentía incluso cariño opté, sabiamente creo, por hacer caso de sus indicaciones y detuve el motor. Abrí el capó, eso sí, pues si bien razonable no me considero tan calzonazos como para ceder a todas las pretensiones germanas, que para eso, pensé, ya estaban Rajoy y Sánchez. No atisbé nada raro bajo la cubierta del motor a no ser una obra de admirable ingeniería que a pesar de cumplir pronto diez años de existencia y llegar al medio millón de kilómetros recorridos, seguía conservando un aspecto magnífico; algo inconcebible pensando en nuestra industria, o en la de los griegos, de quienes nos considerábamos legítimamente gloriosos descendientes. A pesar de germanófilo, uno lleva en los genes la información que lleva, así que después de haber avisado a la grúa indicándole con precisión mi geolocalización y la del vehículo, que prácticamente coincidían, volví a bajar el capó del coche y a las ocho y cuarto le largué un puntapié quedándome más a gusto que Dios. Ya me declaré incapaz de dilucidar qué fue lo que hizo que las cosas se recompusieran: el alineamiento de planetas, la patada, la fortuna o la constante de Planck; el caso es que puse de nuevo el motor en marcha y la indicación en rojo desapareció sin que haya vuelto a aparecer hasta hoy. Al llegar al trabajo y relatarle a mi jefe lo sucedido, él, germanófilo como yo, me aconsejó llevar el coche al taller, <<que nunca se sabe, uno no debe tentar a la suerte, que estas cosas las carga el diablo…>> y tal y tal. Respondí que lo pensaría. Por el momento lo que tengo pensado es no hacer nada y seguir confiando en la tecnología alemana y en las conjunciones astrales. En última instancia siempre podrá uno recurrir a la tan castiza patada salvadora, que algo bueno tendrá descender de griegos y milesios y no de aquellos bárbaros del norte.

Phil O’Hara

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El apóstata

Por fortuna, el casco no dejaba ver muy bien las lágrimas. Era lo que pensaba Miguel mientras aguardaba sobre las escaleras del Congreso, en formación perfectamente compacta, junto con sus compañeros de la brigada antidisturbios. Frente a sí tenían a una multitud vociferante y encolerizada, cuyo aspecto a decir verdad tenía muy poco de amenazante. Miguel sabía muy bien (la experiencia es un grado, o eso dicen) que se disolverían sin más a la primera acometida. Repartirían unos cuantos porrazos, efectuarían algunas detenciones, tal vez unos pocos (los más osados) organizarían pequeños gropúsculos de resistencia en las callejuelas adyacentes que lograrían aguantar un par de cargas y dentro de una hora, como máximo, aquel nuevo e inútil conato revolucionario habría quedado en la nada. En definitiva, aquello era simple rutina y no había ningún motivo racional por el que preocuparse. Si esto era así, ¿por qué no lograba zafarse de aquella incómoda sensación de congoja que lo atenazaba y hacía que le entraran ganas de llorar?

Al igual que les sucede, según cuentan, a los moribundos, que ven desfilar ante sí su vida entera segundos antes de fallecer, Miguel reproducía en su memoria, con la misma nitidez que si los estuvieran proyectando sobre una pantalla de cine, los momentos clave de su existencia. Recordaba que siempre, desde niño, le había hecho ilusión ser policía y, más en concreto, guardia civil. Le parecía que no había tarea más digna de encomio que el proteger a la sociedad de terroristas, traficantes de droga y delincuentes de toda condición. O el salvar vidas, como hacían sus compañeros del grupo de rescate de alta montaña. O velar por la seguridad de nuestras carreteras, sancionando a aquellos conductores que, mostrando un desprecio sumo por la vida humana (incluyendo la suya propia), se creían con derecho a infringir las normas de tráfico cuando les viniera en gana. Sin embargo, no había visto realizado ninguno de aquellos sueños y, en su lugar, había tenido que conformarse con aquel destino en la brigada antidisturbios, que en los últimos meses venía desplegando una actividad muy intensa como consecuencia del significativo aumento de las protestas callejeras. Tenía la autoestima bastante baja, y lo cierto es que no se consideraba merecedor de un puesto más digno. Si bien dotado de una gran corpulencia y fuerza física, siempre había sido más bien corto de luces y le había costado gran trabajo sacar el graduado escolar. De modo que era allí donde había terminado, repartiendo mamporros entre mineros, estudiantes o simples indignados que, como estos que ahora tenía enfrente, cometieran el delito de clamar por sus libertades y derechos sociales. Esto era, por lo visto, lo único para lo que servía.

Sí, era cierto que arrear hostias se le daba de maravilla. Tan bien como mal se le daba el pensar o el cuestionarse el porqué de las cosas. El caso es que en este momento, al tener frente a sí a aquella enfurecida hueste a la que no parecía haber amedrentado en absoluto la nueva ley que penalizaba severamente las manifestaciones no autorizadas frente al Congreso de los Diputados y otros organismos públicos (a la que hipócrita y eufemísticamente bautizaran como Ley de Seguridad Ciudadana), no podía por menos que sentirse avergonzado y acomplejado ante ellos, pues habían tenido el valor de hacer algo de lo que él no se consideraba ni remotamente capaz. No sólo no luchaba, sino que además defendía a los responsables de aquel inmenso desaguisado, pese a que a él también le habían bajado al sueldo y a su mujer la habían despedido hacía poco de la tienda donde llevaba diez años trabajando, con una exigua indemnización que era lo único a lo que le daba derecho la reforma del mercado laboral ¿Cómo harían para pagar la hipoteca cuando se le acabara a ella la prestación por desempleo? La nueva ley también sancionaba a los que intentaran obstaculizar los desahucios ¿Acaso se vería obligado a cargar también contra los miembros de la plataforma que intentaran frenar su propio desahucio? La voz del sargento, dirigiéndose a los manifestantes a través del megáfono, le trajo de nuevo a la realidad:

-Último aviso: esta concentración no está autorizada. Retírense inmediatamente o, de lo contrario, serán disueltos.

Esta advertencia no pareció tener otro efecto sobre la multitud que el de enardecerla aún más, pues Miguel notó que incluso se atrevieron a avanzar unos metros más hacia las escaleras. Estaba tremendamente nervioso, sin acertar a explicarse a sí mismo el porqué. Nada tenía que ver su nerviosismo con el hecho de estar en la primera línea de la formación (donde ponían siempre a los agentes más corpulentos y expertos), pues en decenas de ocasiones anteriores había ocupado ese mismo puesto. Trató, sin éxito, de no pensar, y ello le sorprendió aún más, dado que era algo que hasta ahora no le había costado el menor esfuerzo. Pero ahora no lograba evitar el sentirse atenazado por un tremendo sentimiento de culpa. La tensión de la espera le resultaba insoportable, por lo que, concluyó para sí, lo mejor sería que la acción comenzara cuanto antes y, de esta manera, tomara posesión de su cerebro y de su cuerpo aquel animal interior que no tenía nada que ver con él y no le dejaba pensar. Fue justo en ese momento cuando se dejó oír el silbato del sargento y comenzó la carga.

Tal y como cabía prever, los antidisturbios penetraron en la multitud con la misma facilidad que un cuchillo al hender la mantequilla. Miguel no encontró prácticamente ninguna resistencia. Los propietarios de los amenazadores y feroces rostros que poco antes los insultaban e increpaban, huían despavoridos en todas las direcciones al ver abalanzarse sobre ellos a aquel gigante de casi dos metros de altura, que parecía perfectamente capaz de tumbar a un rinoceronte con su porra. Hasta que, llegado a cierto punto, topó con un joven de unos veinte años y aspecto más bien enjuto, que llevaba el pelo recogido en una coleta y blandía en su mano derecha algún tipo de herramienta que sin duda pensaba utilizar como arma. Miguel se quedó mirándole sorprendido y puede que hasta cierto punto atemorizado, más que por la presencia del objeto contundente, por la mirada resuelta y desafiante que emanaba de los ojos del joven con la fuerza de un lanzallamas. Su sorpresa fue aún mayor cuando el objeto en cuestión (una llave inglesa) se estrelló con fuerza inusitada contra su escudo, haciéndolo trastabillar. Ello hizo reaccionar a Miguel quien, siendo muy consciente de que no había enemigo pequeño y de que unos instantes de vacilación podían ser cruciales, enarboló su porra por encima de la cabeza del  muchacho y descargó sobre la misma un tremendo golpe en el que, no obstante, no había empleado toda su fuerza, pues de lo contrario habría corrido el riesgo de partírsela. El joven se desplomó en el acto, con un abundante chorro de sangre brotándole de la sien, que Miguel esperaba que no tuviera mayores consecuencias. Fue entonces cuando se percató de que el chico no estaba solo, sino que a su lado había una chica, que lanzó un grito de terror y se cubrió la cabeza con las manos, tan pronto como Miguel alzó la porra sobre ella. Pero, sin que acertara a comprender el motivo (eran muchas las cosas que no lograba comprender de cuantas le venían sucediendo a lo largo del día), sintió que una fuerza misteriosa le paralizaba el brazo y le obligaba a bajarlo lentamente, impidiéndole descargar el golpe. Al percatarse de ello, la chica se descubrió el rostro y lo miró fijamente a los ojos. Era muy guapa y se parecía mucho a su mujer, cuando era joven. Miguel pensó que, si hubieran tenido una hija en su matrimonio, sin duda se hubiera parecido mucho a ella.

-No temas, no voy a hacerte daño –le dijo Miguel, aunque en voz tan baja que no estaba seguro de que le hubiera oído. Más alto habló la voz que, en ese momento, se dejó oír a su lado.

-Si la tocas, te juro que te mato, picoleto de mierda.

Miguel se volvió y observó que el joven al que creía haber dejado KO se había levantado y, aunque con la mejilla completamente ensangrentada, seguía mirándolo con la misma furia llameante de antes. Era evidente que la chica era su novia y que estaba dispuesto a luchar por ella, como también estaba dispuesto a dejarse la piel en el intento para que su futura vida con ella pudiera desarrollarse en un mundo menos injusto y más esperanzado. Aquello fue lo que definitivamente terminó por decidir a Miguel. Ante la mirada atónita de los dos jóvenes, el gigante se despojó de su casco, dejando éste, junto con la porra y el escudo, en manos del joven de la coleta.

-Sostenme esto, por favor.

Y, dicho esto, alzó la voz por encima del fragor de la batalla, logrando que el enjambre de pequeños combates que se libraban en su entorno cesaran momentáneamente, a pesar del tumulto reinante (es preciso reconocer que su potente vozarrón, unido a su metro noventa y cinco de estatura, ayudaban en este sentido):

-Deteneos, compañeros. No tenemos por qué seguir haciendo esto. Nosotros también somos el pueblo. No sigamos yendo contra los nuestros.

Quiso la casualidad que a pocos metros de él se encontrara el sargento, quien, sin dar crédito a sus ojos ni a sus oídos, interrumpió sus marciales quehaceres para encararse con él:

-¿Te has vuelto loco, Hernández? –tenía por costumbre llamarle por el apellido- Vuelve a ponerte el equipo y olvidaremos que esto ha ocurrido.

Pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás (cosa que ni remotamente se le había pasado por la cabeza). Por toda respuesta, Miguel se encaró con el sargento y le dijo con una sangre fría que a él mismo le asombró:

-Apártate de mi camino –era, por cierto, la primera vez que tuteaba al sargento- O no respondo.

Agotados como estaban al parecer los cauces del diálogo, el sargento optó por abalanzarse sobre Miguel, con objeto de reducirle. Pese a estar desarmado, no le resultó difícil a este último (campeón de thai boxing que fuera en su juventud) neutralizar a su superior. Un rodillazo en salva sea la parte, seguido de un codazo en la nariz (en esta ocasión Miguel no hizo el menor intento por amortiguar el golpe) se encargaron de dejar fuera de combate al sargento, quien yacía en el suelo con el susodicho apéndice olfativo completamente destrozado. Atónito, Miguel se percató de que varios de los manifestantes (incluida la pareja a la que antes había aporreado y estado a punto de aporrear, respectivamente) le estaban aplaudiendo y vitoreando. Su mirada se vino a posar entonces sobre los leones de la entrada del Congreso, quienes por una décima de segundo parecieron tomar vida e increparle con una mirada idéntica a la del joven de la coleta “¡Vamos, hostia! ¿Qué coño estás esperando?” Fue lo más parecido al silbato del sargento, ordenando la carga. Sintiéndose arrastrado por un impulso irrefrenable, echó a correr hacia las escaleras del Congreso y comenzó a gritar como un poseído:

-¡Hijos de puta! ¡Hijos de la gran puta!

Apenas le quedaban unos metros para llegar a las puertas cuando sus compañeros lograron, por fin, detenerlo. Se necesitaron cinco o seis hombres…

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Aquella mañana, a falta de otra cosa mejor que hacer y mientras permanecía a la espera de pasar a disposición judicial, Miguel estaba tumbado en su camastro de los calabozos de la Benemérita, mirando al techo. No se le permitía leer el periódico ni escuchar la radio, pero aún así había logrado enterarse (las noticias siempre han tenido la virtud de traspasar toda clase de muros) de que los manifestantes se habían quedado allí durante unos minutos después de que lo detuvieran, exigiendo su inmediata puesta en libertad. “¡Ese sí que es un picoleto con cojones!”, había gritado uno de ellos (casi podía adivinar quién) “¡A ver si a los demás se os pega algo!” Luego se habían disuelto pacíficamente, sin que los antidisturbios repartiesen un solo golpe más. Al parecer, el gobierno estaba considerando el derogar la así llamada “Ley de Seguridad Ciudadana”, ante la magnitud de lo ocurrido. Los muy cabrones. En eso se abrió la puerta de la celda y apareció un compañero suyo con la bandeja del almuerzo. Resultó ser un viejo conocido, al cual le unía una fuerte amistad.

-¡Joder, Miguel! Vaya huevos que tuviste con el hijoputa del sargento. En el cuerpo no se habla de otra cosa. En el fondo todo el mundo se alegra aunque, siendo realistas, es bastante probable que se te caiga el pelo. Le rompiste la nariz y eso, además de la expulsión automática del cuerpo, puede hacer que te caigan un par de años. De todos modos, no te desanimes. Por ahí andan recogiendo firmas para que retiren todos los cargos…

Miguel siguió oyendo el ronroneo de la voz de su amigo, que pese a estar allí al lado, se le antojaba como un eco muy lejano. No entendía muy bien el porqué (como últimamente le pasaba con todo lo que hacía), pero el caso es que no se sentía en absoluto desanimado. Por el contrario, estaba mejor que nunca. Tan pronto como su compañero abandonó la celda, dejó la bandeja con el almuerzo sin tocar encima de la mesa y continuó, preso como se hallaba de una infinita incuria, con su escrutinio del techo. Sintió entonces cómo a sus labios afloraba una sonrisa de satisfacción.

Jardiel Poncela

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El espíritu de la Navidad.

Todavía hay quien no cree en el espíritu de la Navidad. Incluso hay quien directamente no cree que existan los espíritus o por lo menos cree que no debieran existir. Yo en cambio soy de los que sí creo en él; en ellos. ¿Cuándo di con esa certeza? Fue unas Navidades, no hará más de cien años. Sorprendentemente las recuerdo con claridad, quizá porque fueron horribles: mayor cúmulo de despropósitos y de infortunios muy difícilmente pueden volverse a repetir. Todo pareció conjurarse esa Navidad contra el normal devenir de las cosas; contra el mismísimo espíritu benéfico que quienes creemos en él presuponemos debiera cubrir, como un manto sin límites, todo cuanto acontece desde mediado diciembre hasta el día después de Reyes. El problema de muchos es que no han leído a Dickens. Aunque a quienes sí hemos leído al autor de Cuentos de Navidad no se nos escapa, a pesar del espíritu navideño, que una cosa son la paz y la fraternal felicidad que destilan estas fechas y otra muy distinta que deba caernos bien todo el mundo, hasta nuestro jefe. Adversidades como ésa no empañan el común sentir de los mortales de esta parte del globo que creemos en el espíritu navideño: la Navidad es entrañable aunque año tras año, incluso cuando juegas, siga sin tocarte ni la pedrea.

Aquella Navidad, por un azar inexplicable o quién sabe si por un terrible error, sucedió que el dependiente del FNAC envolvió lo que se suponía debía ser una cinta del cine negro de los años cincuenta y que resultó ser “Menudo polvorón tiene la vecina”, que ni era de los años cincuenta ni tampoco ningún clásico -ni tan siquiera del cine para adultos-, y que era el regalo para mi querida cuñada. ¿Podían ir las cosas a peor? Por supuesto que sí; todavía podían empeorar. Y empeoraron con la cena de Nochebuena: el atracón, ese empacho imperdonable, injustificable, a todas luces injustificable que únicamente yo sufrí porque yo fui el único descerebrado que no supe ni quise poner coto a semejante despropósito (¿no tuvo acaso que ver con el episodio del regalo a mi cuñada, una especie de castigo o penitencia?) sino que deglutí como un vulgar poseso aquella sarta de entrantes, de primeros luego y segundos y terceros platos después, postres y dulces ya casi al final, justo antes de los turrones y de las peladillas y de los polvorones y de los roscos de vino y los alfajores; tan sólo yo empecé no repentinamente, sino de forma gradual, aunque el proceso se desarrolló a una velocidad diría que cercana a la de la luz, a sentirme algo mal primero, peor después y muy pero que muy mal más tarde, fatal casi, hasta el punto preciso que tuve que soportar a la familia maltratando uno tras otro todos los villancicos, los que conocía y los que no había escuchado hasta entonces jamás, desde el cuarto de baño, sentado en la taza del váter, muriéndome literalmente por los retorcijones del empacho, del atracón.

Pero como no suelen haber dos sin tres aún tuvimos -digo bien: si lo de mis tripas fue algo que afectó poco al resto, solo colateralmente, y eso es mucho conceder, lo del belén causó mayor efecto en buena parte de la familia- un episodio más digno de mención. Recuerdo la furia exacerbada que mostró mi suegra, por ejemplo. El odio que fue acumulando ese ser desde el mismo momento que cruzó el umbral de la puerta y se acercó al nacimiento puesto junto al árbol en el salón podía fácilmente adivinarse tras aquella falsa cara vagamente angelical que no era más que una pose. El culpable y a la vez destinatario de tanta bilis no era otro que su yerno; o sea yo, por haberles permitido a sus nietos llevar a cabo una interpretación acaso demasiado libre de la tradicional representación del belén. Que yo no hubiera dado a la ocurrencia de los chicos la importancia que según mi suegra merecía y me conformase por pusilánime a decir de ella creyendo que se trataba de cosas de niños, que no era para tanto, no le pareció nada bien. Que Juan, el menor, se hubiese emperrado en que su colección de dinosaurios debía formar parte de la representación no era a todas luces, empero, una tragedia. Quizá sí fue excesivo que le permitiésemos substituir al buey por Rex, el tiranosaurus de Toy Story. Que Spiderman usurpase el papel reservado a la figura de San José también puedo hoy, con el tiempo, admitir que se trató de un error. Lo que de verdad fastidió a mi suegra, creo, fue que al mayor se le hubiese ido la mano. Si uno era de natural detallista -y mi suegra lo era- y le daba por lo tanto por fijarse en los detalles, podía observar más de una y más de dos escenas de sodomía cuya evidencia, por lo demás no tan sólo implícita, resultaba sospechosamente incuestionable. Sea como fuere comprendo que no le pareciera del todo bien y que si podía disculpar a las pobres criaturas que al fin y al cabo eran sus nietos -recriminarle a la mujer que no hubiese sido capaz de alabar su creatividad no fue por mi parte realista- no estaba en absoluto dispuesta a ser tan indulgente conmigo. Tampoco la culpo por ello. Si incluso el pobre Scrooge acabó imbuido por el espíritu de la Navidad, no veía por qué a mi suegra algún día no iba a sucederle parecido. Debía seguir confiando en su indulgencia, en su perdón.

Una Navidad digna casi de Tim Burton no logró deslustrar el poder que sigue ejerciendo en quienes creemos que existe un espíritu que baña estas fechas; espíritu que llega a manifestarse incluso si ya no se ponen el belén ni el árbol; con poner algo de sentido común a la cena de Nochebuena y descartar hacerse con un regalo en el FNAC da para que a uno no tengan que afearle gran cosa. Si además encuentras algo de tiempo para releer a Dickens puedes perdonar hasta que te siga sin tocar el Gordo, a cambio de hacer para el año próximo, eso sí, propósito de comprar un décimo; que algo de tu parte tendrás que poner, aunque sea Navidad.

Phil O’Hara

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El día en que derrotamos a Estados Unidos

En aquella mañana del 3 de Julio de 1898, el almirante Sampson escrutaba con insistencia la bocana del puerto de Santiago de Cuba, donde se hallaba fondeada la flota española desde hacía aproximadamente mes y medio, sometida a un riguroso bloqueo. Era evidente que el desastre sufrido poco tiempo atrás por sus compatriotas en la batalla de Cavite, frente a las costas de Filipinas, había hecho escarmentar en cabeza ajena a la escuadra española, comandada por el almirante Cervera. No era para menos, dada la aplastante superioridad de la flota norteamericana, formada por cuatro grandes acorazados, dos cruceros acorazados, un cañonero y tres cruceros auxiliares, más que suficiente para disuadir al más pintado. Pese a lo cual a los estadounidenses no se les había pasado por la cabeza enfilar la bocana del puerto, pues los buques se verían obligados a desfilar de uno en uno, en una versión marítima del paso de las Termópilas, y entonces de nada les serviría su mayor capacidad destructora. Su baza era mantener a los españoles sitiados hasta que la falta de suministros (las líneas de abastecimiento por tierra habían sido interceptadas mucho antes) obligara a éstos o bien a la rendición, o bien a abandonar la protección del puerto para salir a dar la batalla en mar abierto. Esta mañana del 3 de Julio, al parecer, se habían decantado por esta última opción, para sorpresa del almirante Sampson.

– Vaya, creo que la culebra al fin se ha decidido a abandonar la madriguera –comentó Sampson con mal disimulada arrogancia, teñida con un punto de incredulidad, mientras le pasaba los binoculares a su segundo, el comodoro Schley. Este se los devolvió tras echar una rápida ojeada, acompañando el gesto con un suspiro que delataba una sincera tribulación.

– Señor, estos españoles nunca aprenderán. Su trasnochado sentido del orgullo les impide dar la batalla por perdida de antemano, aunque no tengan ninguna posibilidad. Ha sido ingenuo por nuestra parte pensar que la derrota que les infringimos en Cavite les serviría de lección.

Por toda respuesta al comentario de su segundo, Sampson se limitó a encogerse de hombros, impostando indiferencia.

-En fin; no nos queda más remedio que responder a las hostilidades. Tan pronto como estén a tiro, abriremos fuego sobre ellos. Confiemos en que sean lo suficientemente sensatos como para rendirse cuanto antes.

Apenas había pronunciado el almirante Sampson estas palabras, cuando un fuerte y repentino temblor estremeció al buque insignia Massachusetts, sobre cuya cubierta estaban departiendo los dos militares. La sacudida les hizo trastabillar a ambos.

-¡Dios mío! ¿Qué ha sido eso? –preguntó Sampson visiblemente alterado, como cabe suponer en alguien que tan sólo unos segundos antes creía tener totalmente dominada la situación.

El comodoro Schley no tenía ni la menor idea al respecto, pero en cualquier caso tampoco tuvo demasiado tiempo para pensar una respuesta, pues una segunda e igualmente devastadora convulsión le acababa de privar por completo del uso de la palabra. Al almirante Sampson se le habían caído los prismáticos de las manos. Por absurdo que pareciera, el barco había sufrido un impacto… ¡por debajo de la línea de flotación! Sin embargo, por muy contrario a la lógica que aquello pudiera resultar, no cabía la menor duda de que la flota de los Estados Unidos estaba siendo atacada por un enemigo invisible que, además, disparaba sus proyectiles por debajo del agua. Pese a la confusión reinante, Sampson se percató, echando una rápida ojeada en derredor suyo, de que el resto de la escuadra se hallaba en la misma caótica situación.

-¡Maldita sea!-exclamó fuera de sí el otrora flemático almirante Sampson- ¿Se puede saber de dónde vienen esos torpedos?

-Creo que esa cosa nos está atacando por estribor, señor –respondió atropelladamente Schley, cuyo rostro era lo más parecido a una máscara de cera- No logro entenderlo, pero es evidente que  el ataque viene del lado de mar abierto.

A trompicones logró trasladarse Sampson a la banda de estribor (era difícil moverse por el barco, pues el misterioso ataque no remitía en su intensidad y los temblores se sucedían) para comprobar que, efectivamente, era allí donde se producían los impactos pero, para su inenarrable asombro, no lograba ver nada. Aquello parecía cosa de brujería. Con horror se percató de que el flamante buque insignia estaba empezando a hacer agua, pero dicho estado de consternación se vio superado por el que experimentara al darse cuenta de que la escuadra española, de la que casi se había olvidado, les estaba atacando por babor. O sea que, inexplicablemente, estaban atrapados entre dos fuegos.

-¡Abran fuego! –ordenó Sampson voz en grito a los artilleros, dispuesto a vender cara su piel. De todas formas, era consciente de que, debido a la intervención de aquel diabólico enemigo invisible, todo estaba perdido. Las tornas habían cambiado con respecto al desenlace de Filipinas.

Gracias a la acción combinada de los cruceros acorazados, comandada por el almirante Cervera, y de la flota de submarinos, dirigida por el general Isaac Peral, la flamante escuadra de los Estados Unidos no tuvo más remedio que rendirse en pocas horas. Los dos militares fueron ampliamente condecorados, si bien el almirante Pascual Cervera, en un alarde de caballerosidad, reconoció que el mérito correspondía por entero a su compañero, cuyo genial invento le había abonado a él el terreno para contrarrestar el tremendo potencial destructivo de la flota norteamericana. Gracias a ello, España mantuvo su hegemonía en el Mar Caribe y, si bien Cuba obtuvo su independencia por medios pacíficos pocos años más tarde, nuestro país logró unas sustanciosas ventajas comerciales en la zona que evitaron que ésta cayera definitivamente bajo el paraguas del imperialismo yanqui. Al desastre de la armada de los Estados Unidos siguió la devolución de Gibraltar por parte del gobierno británico, quien, temeroso de correr la misma suerte, decidió devolver la soberanía del peñón a España, tras casi doscientos años de vergonzosa ocupación. Desde entonces, nuestro país es una potencia económica, militar y política de primer orden, respetada en el ámbito internacional, cuya alienación con las democracias europeas sirvió para frenar las ansias expansionistas de Alemania, con el más que probable riesgo de que estallara un conflicto a escala mundial (o más de uno) con imprevisibles consecuencias. Hoy día, en el marco de la UE, España ejerce su liderazgo sobre los países del Sur y su gran autoridad moral actúa como contrapeso frente a las aspiraciones hegemónicas de una Alemania que, esta vez basándose en el poderío monetario, pretende de nuevo adueñarse de Europa.

Todo esto, naturalmente, me lo acabo de inventar. A Isaac Peral, cuando presentó su genial invento del submarino en 1890, pese al éxito obtenido en las pruebas, las autoridades incompetentes le invitaron a introducirse el mismo por el conducto rectal, quizás inspiradas por el gran parecido que ofrece dicho ingenio con un supositorio gigante. A ello siguió una campaña de vilipendios y difamaciones, orquestada por los altos mandos militares, que le indujo, un año más tarde, a licenciarse del ejército, presa de un profundo desencanto. Murió en Berlín en 1895, a causa de una complicación surgida tras una operación de cáncer, sumido en el olvido más absoluto, comportamiento con el que suele recompensar este país a sus hijos más ilustres. Ni que decir tiene que los americanos nos dieron de hostias hasta en el carnet en la guerra de Cuba. Y en cuanto a lo de Gibraltar y la consideración de que somos objeto en la UE… Bueno, de eso mejor ni hablamos. Son demasiado grandes el dolor y la vergüenza.

En fin; soñar no cuesta dinero, dicen. Lo malo es que después del sueño toca despertar, en lo que podríamos describir como una pesadilla al revés, para toparse con esta cruda realidad en la que nos hallamos tristemente inmersos.

Nunca mejor dicho. Lo de inmersos.

Jardiel Poncela

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…y una caja de condones.

¡Cuánto daño ha hecho Hollywood a quienes sin llegar a pusilánimes no pasamos de apocados! Sí, a ésos a quienes la gabardina no nos sienta nada bien y que somos incapaces de sostener el pitillo con la gracia de James Cagney o el porte de Gable. Había conocido a Paquita y empezamos a salir al cabo de poco. A los pocos días del noviazgo, un viernes por la tarde, armado de valor y un par de billetes de los grandes, decidí acercarme a la farmacia a por una caja de condones. Apostado en la esquina, a escasos metros del establecimiento, esperé el momento más oportuno para cuando ya pareciera no quedar ningún cliente dentro entrar yo. La dependienta, una mujer de mediana edad, creo que se dio cuenta de lo transcendental del momento, porque esbozó una sonrisa ni demasiado marcada ni tampoco escueta, como tratando de hacer fácil lo imposible, y tras darme las buenas tardes dijo de manera muy amable: “Pues bien, tú dirás”. Me pareció que soltarle a bocajarro, como quien remata a gol con la puntera de la bota, que lo que quería era una caja de condones, no eran maneras. A pesar de que desde chaval sentía profunda admiración por el fútbol recio y directo que se practicaba en las Islas Británicas, siempre me fascinó más que cualquier otro aquel tan minucioso y afinado, de salón casi, de los brasileños. Las maneras, a mí, lo mismo que a Jairzinho, a Tostao o a O Rei, me importaban y mucho. Claro que también barrunté atacar la cuestión como hubiese hecho Humphrey Bogart, y largarle con soltura: “Una caja de condones, muñeca”, arqueando una ceja, con el pitillo pendiendo de la comisura de los labios y enfundado en una gabardina, ésa que jamás me sentó bien, aunque en esa ocasión fuese tan sólo porque en pleno agosto y a treinta y tantos grados todo desaconsejaba la prenda. Pero sin arrojos suficientes, opté por interpretar un papel más a mi medida, así que empecé por encargar una caja de aspirinas, de las efervescentes, ibuprofeno, pastillas con licodaína para chupar Strepsils, un botecito de mercromina, agua oxigenada y hasta un cepillo de dientes de repuesto. Cuando por fin di por terminada la lista de cosas que podían hacerme falta estuve por empezar con la de los reyes Godos, que me sabía a pies juntillas, pero eso solamente iba a retardar lo inevitable, por lo que sólo al final musité con un hilo de voz que una caja de preservativos. “Los condones en caja de cuántos”, soltó a quemarropa la dependienta emulando al mismísimo Clint Eastwood, sin darme tiempo más que para recibir el balazo. ¡Cómo iba a saberlo! ¿Acaso tenía pinta de ganarme la vida  manufacturando condones en la industria del profiláctico de látex? ¿Cómo demonios iba a imaginar que existían distintas presentaciones del producto? Suponía que no los venderían a granel, aunque ni de eso estaba seguro; mucho más allá no tenía ni la más remota idea de cómo empaquetarían los dichosos condones. Hasta estuve tentado de pedirle solamente un par de ellos. Recuerdo cómo mi padre nos había contado en más de una ocasión que de mozo así compraba él los cigarrillos a la estanquera: de dos en dos; sueltos; pero de nuevo, ya se sabe, una vez más las fechas, el tiempo, siempre limitándolo todo. Hoy a mi padre, de seguir fumando, no le hubiera quedado más remedio que hacerse con el paquete entero. Inconvenientes de la globalización. De haberme creído capaz de dibujar una sonrisa como la de George Clooney hubiese podido salir al paso con una frase mordaz del estilo de “póngame dos docenas”; pero la verdad es que sin su planta hubiese parecido un auténtico cretino. De nuevo me incliné por seguir siendo prudente y pregunté a mi vez por las distintas opciones. “Tres, seis o doce.” Tres me parecieron ya muchos y doce directamente ciencia ficción. Aunque inexperto en las lides del uso y disfrute del condón, ya había leído a Aristóteles, por lo que no me resultó difícil decidirme por el término medio, donde esperaba hallar como el Estagirita la virtud, y pedí la de seis. “Natural, ultra sensitivo, retardante, extra seguro, confort o sensación intensa.” ¡No podía ser cierto, me estaba tomando el pelo! Ya no sabía si aquello era un chiste o una pesadilla. Sólo quería comprar un condón, estaba a punto de llevarme media farmacia y para colmo lo único que anhelaba no había manera de poder conseguirlo. Empezaba a sospechar que la farmacéutica pertenecía a alguna facción activista del Opus Dei o que hacía falta un máster en condonología para lograr hacerse con una cajita de preservativos; el caso es que la dependienta consiguió la nada fácil proeza de acabar con mi paciencia. “Mire, váyanse usted, los condones y hasta Paquita a la mierda”, le dije, y me largué de allí dando un portazo. Ese fin de semana lo pasé entero en la biblioteca aprendiendo cuanto hay que saber del fabuloso mundo del condón y su circunstancia. Ni Aristóteles ni Ortega y Gasset pudieron ayudarme gran cosa, pero no fue difícil dar con suficientes publicaciones a propósito del asunto como para acabar convirtiéndome en poco menos que un experto. Al cabo de un par de días pude volver a la farmacia y hacerme con una caja de la nueva presentación de veinticuatro condones máximo placer de la marca Durex, ahorrándome la lista de cosas que maldita falta me hacían y tener que recitar la de los reyes Godos. Sobrarían algunos, bastantes en realidad, prácticamente todos, vaya, pero creo que ésa fue la única vez que de verdad me sentí casi como Cary Grant cuando en Historias de Filadelfia, encarnando al ex marido de Tracy Lord, a quien daba vida una magnífica Katharine Hepburn, lograba en cada escena sacarle de sus casillas sin perder jamás un ápice de ese temple que nadie mejor que él supo llevar a la gran pantalla. Pues así servidor en mi segunda visita a la farmacia. Exactamente así.

Phil O’Hara

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La vida es un juego

Recuerdo que me desconcertó su apariencia inofensiva, casi cordial, desde el momento mismo en que pasé a su despacho, una habitación desprovista de luz natural y atestada de libros. Aparte de los anaqueles en los que se hallaban apiñados éstos, se podía decir que el resto del mobiliario era de una gran sobriedad. Lo formaba una mesa considerablemente alargada, con dos sillas elegantemente tapizadas en cada uno de los extremos. Él ocupaba una de ellas y, con ademán solícito, me ofreció asiento en la otra. Sentí que mi nerviosismo, ya de por sí bastante aventado por la situación, se acrecentaba aún más al saberme objeto de su mirada impasible, desde el otro lado de sus gafas con montura de pasta. Avezado psicólogo como sin duda era, y quizás un poco compadecido de mí, me ofreció algo de beber.

-Whisky, gracias –respondí, logrando a duras penas que la voz saliera del cuerpo.

Se incorporó con una calma que a mí me parecía inexplicable y extrajo de un mueble-bar situado justo a sus espaldas dos vasos junto con una botella del citado licor. Vertió apenas dos dedos en cada uno y volvió a guardar la botella en su sitio. Yo apuré el mío prácticamente de un solo trago, mientras que él apenas había humedecido los labios en el suyo. Me miró durante algunos segundos con una expresión que a mí me dio por calificar a medio camino entre socarrona y divertida, hasta que por fin se decidió a quebrar un silencio que comenzaba ya a resultar embarazoso:

-Le ruego que no malinterprete el que no le ofrezca una segunda copa. No desearía en modo alguno que me considerara un mal anfitrión, tacaño y roñoso. Es sólo que le quiero perfectamente sobrio para este juego.

Más o menos acerté a balbucear que no se preocupara, que lo entendía perfectamente.

-Es la primera vez, ¿verdad? –me preguntó a continuación, prácticamente a quemarropa.

Mi respuesta se limitó a un vago cabeceo afirmativo, pues la voz parecía obstinada en no salir de la garganta.

-Si quiere, puede abandonar. Ha ocurrido otras veces. En tal caso, tan sólo insisto en que se olvide de que esta reunión ha tenido lugar.

-Necesito el dinero –logré articular, por fin.

-Muy bien –ratificó él, reclinándose en el respaldo de la silla y trenzando los dedos- ¿Está seguro de que lo hace sólo por dinero?

-Naturalmente –respondí con inusual firmeza- Puede estar seguro de que ésta será la primera y última vez que lo haga… aun en el supuesto de que gane –añadí, bajando sombríamente la cabeza. Fue entonces cuando mi interlocutor dejó escapar una risa contenida, rompiendo con su habitual hieratismo, lo cual me desorientó nuevamente.

-Disculpe –dijo a continuación, alzando una mano y recomponiendo el gesto- No he podido evitarlo. Me recuerda usted tanto a mí mismo cuando empecé en esto… Dígame, si lo hace sólo por dinero, ¿por qué no ha elegido un procedimiento más seguro? Algo como fundar una cadena de restaurantes, o especular recalificando terrenos.

Me quedé absolutamente perplejo ante lo que a todas luces era una pregunta absurda.

-Para eso hace falta disponer de un capital inicial. Y de influencias…

-Me ha decepcionado usted, amigo mío –replicó, negando con la mano- Le creía más inteligente. Lo que en realidad ha llevado a esas personas a conseguir ese presunto éxito que ellos creen merecer es una combinación de azar y falta de escrúpulos, exactamente igual que la que me ha llevado a mí a labrarme la pequeña fortuna de la que ahora dispongo. Si bien, yo tengo la suficiente lucidez como para ser consciente de ello y no caer en ese burdo endiosamiento del que adolecen todos estos personajes. Absurdamente atribuyen lo que ellos llaman éxito en la vida a no sé qué cualidades personales, que los hacen destacar sobre el resto de los mortales. Y el siguiente paso es el de olvidarse de que son vulnerables, y de que son mortales, cuando, a la hora de la verdad, les pegas un tiro y sangran igual que los demás.

No sabía qué decir o hacer, así que opté por dejar que siguiera hablando. En eso, se despojó de sus gafas de culo de vaso y, apoyando los codos sobre la mesa, acercó todo lo que pudo su rostro al mío. Sentí un escalofrío al contemplar el azul pálido de su ojo izquierdo, inutilizado por una catarata. Me dijo entonces con lentitud:

-Tal vez no admire su inteligencia, pero sí su valor ¿Sabe por qué lo digo?

Tragué saliva y afirme con la cabeza, puesto que sí lo sabía. Él llevaba más de veinte años dedicándose a eso. La conclusión era a un tiempo terrible e irrefutable: si estaba allí, era porque nunca había perdido. Con gesto adusto volvió a ceñirse las gafas, adoptando un aire que cabría tildar de auténtico profesional.

-¿Ha traído su propia arma? –me espetó, conduciéndose de repente con desdeñosa frialdad.

Negué con la cabeza, parte del cuerpo con la que llevaba comunicándome durante casi toda la conversación. Él extrajo a continuación del bolsillo de su chaqueta una pistola hermosísima, con la empuñadora de plata. Creo que no pude evitar que a mis ojos aflorara un destello al verla. Mi contrincante lo advirtió de inmediato.

-En ese caso, no tendrá inconveniente en que utilice la mía. Y, por favor, le ruego que no me juzgue mal. Nunca he creído en esas supercherías de que ciertos objetos den suerte. La suerte, amigo mío, no existe. Sólo el azar.

Y dicho esto la impulsó con el dedo, haciéndola girar sobre la mesa varias veces, como una peonza. Cuando terminó de dar vueltas, el cañón apuntaba hacia mí.

-Empieza usted –señaló mi oponente, sin duda con la intención de hacerme reaccionar al ver que no hacía nada.

La tomé con mano trémula y me la acerqué a la sien con un movimiento retardado, exactamente igual que el de una imagen filmada a cámara lenta. Cerré los ojos y recuerdo que sentí que el aire adoptaba una consistencia pastosa en torno a mí, como si me envolviera una intangible campana de silencio. La voz de mi contrincante sonaba tremendamente lejana, pese a estar situado a tan sólo un par de metros.

-Adelante. No tema. En el supuesto de que ocurra lo peor, ni siquiera oirá el ruido del disparo.

Toda mi vida desfiló ante mí en las décimas de segundo que empleó mi dedo índice en apretar el gatillo. Efectivamente, no llegué a oír la detonación, pero por el simple hecho de que ésta no se produjo. Deslicé la pistola a lo largo de la mesa hacia mi oponente, como el que está ávido por alejar de sí a una serpiente venenosa. Éste la tomó con una parsimonia desprovista de temor y pude apreciar que a sus labios afloraba un rictus sarcástico en el momento de acercar el arma a la tapa de los sesos.

-Créame, amigo mío. Dios es el azar. La única justicia que todo lo iguala.

Esta vez sí que se oyó el disparo, tras el cual se suceden confusamente en mi cerebro las imágenes de las que apenas alcanzo a recordar otra cosa que el dantesco espectáculo ofrecido por su cuerpo desmadejado sobre la silla y la sangre saliendo a borbotones del orificio de bala abierto en la cabeza.

Veinte años han pasado desde entonces, en los que he hecho una considerable fortuna, y ahora soy yo el que tiene ante sí a un joven novato sentado en la silla de enfrente. Pero en modo alguno soy tan estúpido de despreciarlo.

 

Jardiel Poncela

Artes escénicas

Las artes escénicas eran mi mayor afán. Desde una edad aún tierna ya tuve claro que de mayor iba a dedicarme a ese mundo; lo que no sabía era de qué modo se concretaría ese anhelo tan vehemente, ese ímpetu mío: si acabaría siendo director de escena, sólo guionista, actor o incluso actriz (no sé si por la ambigüedad o la indefinición de una sexualidad aún incipiente o porque adoraba ya por aquel entonces a Lauren Bacall, a Ava Gardner, a Elizabeth Taylor y sobre todo y más que a ninguna otra a Vivien Leigh). Lo único cierto era que quería dedicarme en cuerpo y alma a ello; mi vida tenía que discurrir de algún modo u otro en los escenarios. Por lo demás en casa pese a que nadie en la familia había tenido jamás nada que ver con el mundillo del espectáculo -mi padre era perito de minas y mi abuelo materno empleado de Botín-, siendo el talante familiar de natural tolerante y sabedores que la vida da más vueltas que un tiovivo y que hasta el rabo todo es toro, jamás se opusieron a mis ansias por ir labrando un camino dirigido hacia las artes escénicas. A mis amigos del pueblo les costaba más entender esa querencia mía. La mayoría de ellos tenían otros sueños que acostumbraban a tener que ver con un balón. Cuando alguno me hablaba del Liverpool, sólo acertaba a decir, siempre de manera entusiasta, que Los Beatles eran de allí. Si yo les hablaba de las divas de la gran pantalla, de los directores de cine de Hollywood, del musical Cats de Andrew Lloyd Webber o de los teatros de Broadway, replicaban ellos que ni el más pintado de todos ésos era capaz de rematar como Kenny Dalglish ni moverse en el área como Rummenigge; que eso sí era arte y no las pamplinas que me gustaban a mí. El séptimo arte frente al balompié. Aquella era una lucha desigual en la que yo llevaba siempre las de perder.

Todos los años los alumnos de tercero de BUP tenían que organizar el festival de fin de ciclo el día antes de las vacaciones de Navidad. Al festival asistían solamente los alumnos del instituto y los profesores. La organización del evento, que para todos suponía una tortura, para mí, por el contrario, desde que entré al instituto se convirtió en mi primer gran proyecto. Soñaba cada día con esa función; con ocuparme de la gala, proponer todos y cada uno de los números, asignar su orden de aparición sobre el escenario; soñaba con los ensayos. Dado el repelús que la fiesta producía en mis compañeros de curso no fue difícil que aceptaran de buena gana que yo asumiese el papel de maestro de ceremonias. Y así, con gran dedicación y no menos esmero, lo fui preparando todo. Un mes antes ya tenía la gala en la cabeza y poco después la había transcrito al papel. Conociendo al dedillo las virtudes potenciales de cada cual, fui disponiendo las cosas. Intercalaba números de aire circense, con equilibrios y malabares, con otros que requerían la participación de animales; preparé también a conciencia una actuación que no iba a dejar indiferente a nadie: un dueto de las hermanas Clarà, las mellizas cuya voz de ángel iba a asegurarme un triunfo arrollador, que acompañaría de un escueto coro que interpretaría el estribillo y daría color al asunto; y así número tras número hasta el apoteósico final: la parodia de un famoso anuncio de televisión con el que había previsto dar por concluida la función.

Los ensayos resultaron un éxito y todo parecía a punto para la ocasión. Al mediodía subió el telón y tras un par de actuaciones sin pena ni gloria ni demasiado interés que lo único que perseguían era calentar motores e ir creando la atmósfera adecuada, llegó el turno del primero de los grandes números: Puig iba a deleitar al auditorio con malabarismos dignos del mejor teatro de Londres. Nada más empezar, acaso por los nervios propios de quien actuaba por primera vez ante una platea atiborrada, tres de las cuatro bolas fueron a parar al suelo. Demostrando sangre fría y temple torero Puig las recogió como si nada e inició de nuevo el número, pero por desgracia volvieron a caérsele. Tras dos nuevos intentos con igual resultado (hubiera querido añadir “final”, pero lo cierto es que “inicial” se ajustaría más a lo que sucedió) y cuando se empezaron a escuchar los primeros silbidos y alguna que otra risa en la sala, a la cuarta vez no fue la vencida. Las bolas se le volvieron a caer y Puig ni tan siquiera se dignó a recogerlas, largándose del escenario con un sonoro “¡a tomar por el culo!” que se pudo escuchar desde las últimas filas del teatro. Las risotadas no se hicieron esperar y al bueno de Puig sólo se le ocurrió mandar de nuevo a tomar por idéntico lugar a tan selecto auditorio mientras el telón caía.

Nada estaba perdido; quedaban por delante los mejores números y cabía la posibilidad de que la gala aún fuese un éxito. Con el telón bajado mandé a Quim Puigdemon y a su fiel Tupinet que se preparasen, que iban a ser los próximos en actuar. Un número de bandera era lo que hacía falta para recuperar el ánimo de la tropa y devolver la función a la senda del triunfo. Se alzó el telón y Quim y Tupinet, su Fox terrier, aparecieron en el escenario. Asiendo un aro de fuego no demasiado logrado, Puigdemon tenía que conseguir que Tupinet, disfrazado de león con una peluca a modo de melena menos lograda aún que el aro de fuego, saltase una y otra vez cruzando las llamas pintadas, demostrando él su pericia de domador experto y su perro la suya de gran saltador, amén del valor que se le supone a un feroz Fox terrier-león. Reconozco que la escena, lejos de parecer memorable, resultaba ridícula; las carcajadas de todo el teatro estaban más que justificadas desde que Tupinet salió a escena con esas pintas, que hasta al pobre can debieron avergonzar. Para más inri, Tupinet no solamente hizo caso omiso de las indicaciones del domador, sino que avanzó hasta el límite del escenario, levantó una pata y se alivió, mojando a los profesores que ocupaban la primera fila de butacas. Tras mear desapareció entre bambalinas con Quim Puigdemon detrás. El alborozo en el teatro fue de época.“¡Telón, telón!” grité. Todavía me quedaban un par de ases en la manga y decidí jugármelos: era el turno de las hermanas Clarà.

La canción que habían preparado las mellizas era el himno gospel “When the Saints Go Marching In” y el coro, formado por Joan Gorgoll, Miquel Tràfach, Ramon Domènech y Josep Triadó, magníficamente caracterizados para la ocasión con la cara toda pintada de negro, debía interpretar el famoso estribillo:

“Oh, when the saints go marching in

Oh, when the saints go marching in

Lord, how I want to be in that number

When the saints go marching in”

La voz de las hermanas era celestial y el coro no desentonaba del todo; esta vez la platea parecía disfrutar por fin de una gran actuación. Y ciertamente lo estaba siendo, al menos hasta la tercera estrofa, cuando a Triadó los nervios le jugaron una mala pasada y justo antes de atacar el estribillo soltó un eructo descomunal que volvió a formar un jolgorio tan formidable que era imposible escuchar la voz de las Clarà ni al coro de marras. A Mireia le dio por romper a llorar; a Olga en cambio, que de las dos era la de más carácter, por abalanzarse sobre Triadó y tirarle de los pelos y arañarle que si no llegan a separarlos tengo para mí que la cosa hubiese terminado peor, que mal ya estaba. De nuevo el telón pudo contener la hilaridad y devolver la calma a la sala. Quedaba la última actuación y nos conjuramos para poder acabarla al menos; haber pretendido algo más se nos antojaba imposible. Cinco minutos después de la interpretación de las hermanas se alzaba por última vez el telón para que el público pudiese disfrutar de la parodia del anuncio de pañales más famoso de la televisión. La actuación no conllevaba gran dificultad; se trataba de ir dando vueltas al escenario entonando la cantinela “Dodot, Dodot” y tratando de andar como andan los bebés. Fue alzarse el telón y vernos la concurrencia ataviados de esa guisa, tan sólo con un pañal, y arrancar a aplaudir a rabiar y soltar vítores sin parar. ¡Por fin! La aclamación unánime salvaba la gala y los diez buenos mozos seguíamos dando vueltas al escenario entonando las notas del “Dodot, Dodot”. Y puedo jurar que si no llega a ser porque al dar la última vuelta a Àngel Matas se le cayó el pañal y quedó en cueros, como vino al mundo, mostrando al enfervorizado público, especialmente al femenino, esa verga extraordinaria con la que dios lo había dotado, el número hubiese sido todo un éxito. Las mozas querían saltar al escenario y a Àngel, que estaba encantado con todo aquello, no bastábamos nueve para llevárnoslo de allí. La jarana que se montó fue de órdago y todavía hoy cuando voy al pueblo hay quien me recuerda aquella función. Después de aquello nunca más quise volver a oír hablar de artes escénicas. Definitivamente parecía que dios no me había llamado por esos derroteros.

Phil O’Hara.

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Dos dólares y cinco centavos

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Pocas cosas en la vida como esas pequeñas tragedias cotidianas, tragedias de andar por casa que sirven para dar emoción, ni que sea de vez en cuando, al anodino discurrir de los días, a la mansa cotidianidad. En cualquier caso esas sencillas tragedias sirven al menos para poder contarlas. Una de ésas me sucedió hace unos días en la panadería que frecuento los fines de semana. Allí no me conocen; no es como en la que hay a la vuelta de la esquina, donde nada más entrar cada mañana la dependienta me saluda con una estupenda sonrisa que no parece falsa, y si lo es me da exactamente lo mismo. De esa panadería eres cliente. Cliente, aunque sea de la panadería. Ser cliente es ya ser alguien; te da importancia. “¿Sus dos barras de cuarto, míster O’Hara?”. Seguro que era así como se sentía John Davison Rockefeller al entrar fumándose un buen puro habano en el banco a recoger su nuevo talonario de cheques; como yo cada mañana que voy a por el pan.

Pero en la panadería de los fines de semana no me conocen. No soy cliente. El otro día fui a por dos barras de pan y pregunté retórica o directamente de manera estúpida, porque sabía perfectamente lo que valían las dos barras: dos euros y cinco céntimos, cuánto se debía y pagué con un billete de diez euros. Después de hurgar más de la cuenta en la caja registradora, la dependienta de pronto quedó petrificada. Todos los músculos de su cuerpo parecieron agarrotarse, se transformó el gesto de su faz y hasta asomó una sombra de desmayo en la pobre. La tragedia se mascaba en su cara. No acertaba a pronunciar palabra y durante unos segundos interminables el tiempo pareció haberse congelado. Acaso por contagio temí lo peor: que me mandase a por suelto, que tuviera que devolverle el pan o que me cobrase los diez euros porque no tenía cambio. Gracias a dios al fin logró reaccionar y acertó a decirme: “¿No llevarás cinco céntimos?”. Con una calma postiza me llevé las manos a los bolsillos y en un gesto fácilmente comprensible, como vaciándolos, contesté que no; que lo sentía mucho, pero que no llevaba nada suelto a no ser ese único billete de diez euros que ahora estaba en sus manos. ¡Cualquiera diría que el billete era de cien euros! O mejor, de cien dólares. De haberme pedido cinco centavos la cosa hubiese sido distinta. Imaginé a John Wayne entrando a comprar dos barras en una panadería de Wisconsin y al dependiente soltándole “Míster Wayne, son dos euros y cinco céntimos”. Sólo la magnanimidad de John Wayne hubiese evitado lo peor: “¿Cómo has dicho, muchacho?”“Dos dólares y cinco centavos, señor” hubiese respondido con voz trémula el asustado dependiente. “¡Eso está mejor chaval; mucho mejor!. Anótalo en mi cuenta” diría con voz profunda Wayne enfundando de nuevo el Colt 45 y saliendo del local con ese modo de andar tan suyo. No me negarán que un centavo suena cien veces mejor que un triste céntimo. No hay comparación. De haberme pedido cinco centavos en vez de cinco céntimos los hubiese buscado como si la vida me hubiese ido en ello; seguro que podía haberlos llevado encima, en algún lugar recóndito, ignoto del bolsillo. Pero no, la chica lo dijo claro: “¿No llevarás cinco céntimos?”. Dijo céntimos. Era ella o yo; éramos Will Kane frente a Franck Miller en Solo ante el peligro; habíamos entrado en un bucle y sólo el que más temple demostrase acabaría por llevarse el gato al agua; la tensión era insoportable y yo me mantenía allí enfrente, impasible y con cara de póquer al otro lado del mostrador, sin mover una ceja y esperando a que la dependienta sacase por fin el revólver para desenfundar yo. De haber querido el azar que al bueno de Sófocles le hubiera dado esa mañana por ir a por el pan allí, no le hubiera faltado tema para componer una de sus famosas tragedias; pero ya se sabe, las fechas, el tiempo, siempre limitándolo todo.

Aunque las pequeñas tragedias, esas tragedias de andar por casa, es lo que tienen: casi nunca son para tanto. Así que justo en el último momento y sin saber cómo ni por qué la chica debió ver la luz y quebró con inusual e inesperada destreza, como Messi, vaya, la catástrofe. “Bueno, me los debes. Ya me los darás”. ¡Uf! De la que me había librado. Dibujé mi mejor sonrisa y me despedí de ella con las dos barras y ocho euros de vuelta; ya de regreso a casa tenía la sensación de haber visto a la muerte cara a cara, o casi, y sólo respiré tranquilo tras franquear por fin el umbral de la puerta. “¿Qué tal Phil, quedaba aún pan?”. “No te lo vas a creer, me llevé las dos últimas barras; y el pobre Sófocles se quedó sin.”  

Phil O’Hara

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Señora Enriqueta

Del bueno de René lo que más admiré no fueron sus meditaciones, por metafísicas que fuesen, sino su duda metódica. ¡Cuánto envidié el aplomo del francés! Por más empeño que pusiese en lo contrario, mis dudas siempre eran existenciales, consustanciales a mi diario devenir. Nunca supe, como René, utilizar la duda como método para logros ulteriores, mayores y mejores; a mí la duda siempre me pudo. Muy especialmente en las lides amorosas.

Ramiro aquella mañana llegó exultante; le sonreía la vida a lo que él correspondía con una actitud vital envidiable y contagiosa; pero dado que lo mío era dudar no resultaba nada fácil inocular en mí ese optimismo vigoroso de Ramiro. Cuando nos reencontramos en el bar de la facultad me dijo que esa noche iba a haber un concierto de La Salseta del Poble Sec y que se había enterado por Pilar de que Manuela tenía pensado dejarse caer por allí. <<Esta noche o nunca, chaval; el destino te lo pone a huevo>>. Quizá Ramiro estuviese en lo cierto; hacía semanas que le había echado el ojo a esa chica y tenía la certeza de que podía ser el amor de mi vida; estaba colado por esos huesitos largos, esa cara pecosa y ese pelo negro azabache, la verdad. No parecía, pues, mal plan asistir al concierto; ¿qué podía perder yendo? Con algo de suerte trabaría conversación con Manuela, y luego Afrodita se ocuparía del resto. Si la cosa se torciese siempre cabría disfrutar del Patacón Pisao, del Me lo dijo Adela y de la Señora Enriqueta y tomarme un par de copas. Se mirase por donde se mirase el programa pintaba bien y además no tenía nada mejor que hacer tampoco esa noche.

Al llegar al concierto fui de cabeza a la barra del bar. Amén del apoyo incondicional de Ramiro no me vendría mal algo de ayuda extra, así que me pedí la primera cerveza de la noche para ir entrando en materia. Cofrade fervoroso del amor cortés, en Manuela atisbaba el compendio de virtudes físicas y morales del ideal de mujer; mi nueva amada, inaccesible hasta entonces, debía merodear por aquel lugar, acaso esperándome. Apurada la cerveza y armado del valor necesario, me hallaba en disposición de darme un garbeo por allí en busca de mi Ginebra. Había entrenado mil y una maneras de entrarle y todas ellas infalibles. Con arrestos más que suficientes me puse en movimiento y tras un buen rato buscándola sin éxito, a quien encontré fue a Ramiro. El muy cabrón andaba con un pibón de esos que cortan el hipo, que de no ser yo fiel enamorado de mi dama ya hubiera entrado al trapo por si el canalla de mi amigo dejaba alguna migaja de semejante hembra. Lo saludé brevemente y proseguí mi camino. Desanimado por no dar con Manuela encaminé de nuevo mis pasos hacia el bar para reponer fuerzas y templar nervios con una segunda copa.

Al aproximarme a la barra por fin la vi; allí estaba ella, pero no esperándome, sino acompañada de un efebo de no menos de metro noventa y tantos con el que se estaba dando un morreo de padre y señor mío. ¡La muy hija de puta! ¿Es que no tenía ella la misma alta concepción del amor cortesano que yo?, ¿no sabía que la juzgaba en tan alta estima como a la más noble de las damas?, ¿con semejante menosprecio me lo pagaba?. No era sólo el ósculo, con lengua, con lengua hasta la tráquea, por cierto, sino que ese cabrón tuviese además agarrada a Manuela por donde la espalda pierde su casto nombre. ¡Acabáramos! Ni La Salseta ni Manuela podían importarme ya una mierda. Con la poca dignidad de que fui capaz me largué de allí y de vuelta a casa me detuve en el primer bar, si no a ahogar las penas, que las condenadas nadan bien, a remojarlas al menos; y a fe de Dios que debí lograrlo porque soy incapaz de recordar cómo ni cuándo salí del bar, pero llegué tan borracho que a la mañana siguiente la resaca era tal que desaconsejaba acudir a clase. Ni Husserl ni Sartre me lo iban a tener en cuenta, así que opté por pasarla en la biblioteca, donde el silencio monacal reinante ayudaría sin duda a aliviar el dolor de cabeza que no me dejaba vivir.

Mientras trataba en vano de centrar la atención en las Reglas para la Dirección de la Mente de Descartes apareció radiante Manuela, y se sentó a mi lado. <<Hola, soy Manuela. Ayer estuviste en el concierto, ¿verdad?. ¿Me invitas a un café?>>. ¡La muy zorra! Anoche dándose el pico con ese zagal y hoy como si nada; y encima pidiéndome que la invitase a un café. ¡Pero qué se había creído! Uno aún conservaba algo de amor propio, de orgullo, incluso una mínima autoestima, qué caray; por increíblemente bonita que fuese no podía pretender entrar así en mi vida y que yo borrase de un plumazo lo de la noche anterior; esa lengua, esos besos y a aquella acémila con la que se daba el lote, recuerdos todos que me dolían como navajas hundidas en carne. <<Sí, claro. Recojo mis cosas y nos vamos al bar. Pues no te vi en el concierto; la verdad es que marché temprano; no sé, no debía encontrarme demasiado bien…>>

Estuvimos saliendo un tiempo aunque dudo que ella fuese el amor de mi vida. La relación acabó como el rosario de la aurora; o sea, ni bien ni mal (¿sabe alguien cómo acabó el rosario aquel?) pero en cualquier caso acabó. Nos separamos, cada cual tomó su camino y años después perdí su pista. No hace mucho volví a encontrarme con Ramiro en un concierto de La Salseta del Poble Sec; tampoco él tenía noticias de Manuela, aunque no importaba. Ramiro había sentado la cabeza y tenía un hijo; de mí pude contarle que seguía más o menos en las mismas, con mis dudas de siempre pero tirando. Tomamos un par de cervezas, escuchamos Cumbia campesina y Patrañas bélicas y nos despedimos hasta la próxima.

Phil O’Hara

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