Archivo de la categoría: Infancia

Ser de pueblo

ser de pueblo

Ser de pueblo imprime carácter, o eso dicen. En los pueblos, en el mío al menos, si Mendel y sus leyes querían que fueras varón, tus cartas venían marcadas de un modo especial: antes de aprender a dar los primeros pasos ya sabías que un balón de cuero iba a ser el centro alrededor del que gravitaría lo demás. Para Bill Shankly, que perfectamente podía haber nacido en mi pueblo aunque vio la luz en Glenbuck, en la lejana Escocia, el fútbol no era una cuestión de vida o muerte; era mucho más importante que eso. Y en efecto, el partido lo era todo.

Desde que te desayunabas y marchabas a la escuela, hasta que por fin acababas las condenadas clases y te tomabas el bocadillo de salchichón, todo era hacer tiempo para ir al partido. En la escuela, además de aprender los ríos de España, cincelabas tu autoestima rememorando, de haber ganado la tarde anterior, alguna jugada de libro; si habías perdido, en un acto de contrición que labraba igual o mejor tu carácter que la gloria de la victoria, hacías propósito de enmienda conjurándote para reparar la derrota y darle la vuelta a la tortilla. Ganar o perder servía además para aderezar con más o menos asco la ardua tarea diaria de hacer los deberes antes de acostarte; que las penas con el pan del éxito lo son menos. El partido empezaba con puntualidad hispano-británica de cinco y cuarto a cinco y media; nunca antes y rara vez después. A esa hora nos juntábamos en la plaza del pueblo para dar comienzo al ritual de cada tarde y una vez que los dos capitanes habían elegido por turnos a sus once (o a sus  siete u ocho, dependiendo de los que fuésemos) nos distribuíamos por el rectángulo de juego, o por el cuadrado, que a esa figura se asemejaba la plaza más que a ninguna otra (aunque el encuentro podía ocasionalmente celebrarse en otros lugares y las figuras geométricas variar según fuesen, llegando a haber disputado partidos en un trapecio, un paralelogramo e incluso una vez en una semicircunferencia) Cuatro jerséis que hacían las veces de porterías y un balón era cuanto se precisaba para oficiar el encuentro y lo habitual era que lo disputásemos en la plaza. Allí cada uno se desenvolvía según sus virtudes y trataba de ocultar sus muchos defectos y el carácter de cada cual se iba forjando partido a partido. No resulta difícil hoy, con la perspectiva de los años, adivinar en aquellas sobrias maneras de arquero de Pere Güell al prudente profesor de lenguas clásicas que es hoy; o ver en aquel habilidoso chaval, Domingo Xavier Jou, capaz de regatear a los rivales sin que el balón saliese de los límites de una de las baldosas de piedra de la plaza, escondiéndolo como el más despabilado de los trileros, al ejecutivo de banca que hoy quiebra con igual pericia las voluntades más férreas (y sobre todo las menos) colocando a diestro y siniestro productos financieros de dudosa procedencia; o vislumbrar que Joaquim González el “Cordobés”, que atesoraba tanto arte para el fútbol como desgana para todo lo demás, hoy, treinta y tantos años después, iba a seguir mostrando esa misma desidia de entonces, sólo que ya sin esas jugadas inverosímiles que de Pascuas a Ramos nos regalaba en la plaza. O Julio, que por aquel entonces movía a todo su equipo y que hoy sigue organizando las cosas en una compañía de postín.

En esos partidos la naturaleza se labraba deprisa y a los doce años las cartas estaban ya todas boca arriba sobre el tapete. Los que saben de fútbol dicen que se juega como se entrena; yo digo que se vive como se jugaba. Si a los doce años eras el mejor en la plaza, la vida te reservaba grandes cosas; con suerte hasta podías llegar a conducir un camión repartiendo aperitivos de alguna marca de renombre. Pero si en la plaza no mostrabas actitud, no podías pretender que la vida luego fuese benigna contigo. Así se iban forjando los caracteres.

Y así se aprendían las reglas. Por ejemplo, que ser el dueño del balón te otorgaba un estatus especial. En la plaza, a Jay Gatsby su asquerosa montaña de dinero no le hubiese servido más que para una cosa: ser el propietario de la pelota; pero claro, eso era lo más a lo que se podía aspirar. El dueño de la pelota podía decidir largarse a casa y dar por acabada la función. Qué poder. Si sabías cómo ejercerlo podías librarte de que una mano clara fuese sancionada como penalti. La discusión duraba apenas lo justo para determinar que las manos habían sido involuntarias y que el juego podía continuar como si tal cosa. Otra regla que aprendías era que si los de octavo llegaban a la plaza, el partido se había acabado. Lo bueno de la norma era que aplicada a los de sexto, el partido se les terminaba a ellos. Y lo mismo que hoy, también entonces podías toparte con la Autoridad, que en la plaza era doña Carmeta Panosa, la frutera, que cuando algún chut desviado daba con sus naranjas desperdigadas por el suelo del soportal, confiscaba temporalmente el balón y te pusieras como te pusieras, como a la buena de doña Carmeta le diera por vociferar que el partido se había terminado, ya podías señalarle tú el cronómetro o irle con cualquier monserga, que no te iba a hacer ni puñetero caso. Os dabais por jodidos y para otra vez andabais con más cuidado procurando hacer de la necesidad virtud y como los Iniesta, Xavi y compañía de hoy, tratabais de entrar con el balón en la misma portería, dejando lo del chut desde fuera del área imaginaria para tiempos mejores (como para cuando doña Carmeta no estuviese en la frutería).

La secreta ilusión de todos nosotros era vernos en uno de esos cromos a todo color del tamaño de una galleta de los álbumes de la Liga que una temporada tras otra coleccionábamos, pero por desgracia a ninguno la vida nos llevó por esos derroteros. Aunque a aquella generación de chavales ser de pueblo no parece habernos sentado mal del todo. No sé yo si por no haber crecido en una gran urbe los temperamentos de cada cual habrán fraguado muy distintos; lo cierto es que cuando echo la vista atrás y recuerdo aquellas tardes de fútbol en la plaza del pueblo siento una extraña mezcla de nostalgia y orgullo bobo y me digo sin llegar a creérmelo que ser de pueblo sí debió imprimir algo especial en el carácter; ni que sea esa estúpida manera de contar las cosas y ver la vida, que no son sino la misma cosa.

Phil O’Hara

Etiquetado , , , ,
4 en Línia

Som 4 joves estudiants de Periodisme amb moltes idees per compartir

La Moviola

Crónica deportiva juiciosa y sensata

Football Citizens

La Biblioteca del Fútbol

Descartemos el revólver

[El blog de Juan Tallón]

Bendita Dakota

El blog de Jardiel Poncela y Phil O'Hara.

Damas y Cabeleiras

Historias de un tiquitaquero blandurrio cuyo único dios es el pase horizontal

¡A los molinos!

“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain

EL BLOG DE SOME

Marc Roca, "Some"

contraportada

escritos a la intemperie de Diego E. Barros