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Billares Asensio

BILLARES-SLIDE

<<¡Me cago en las funciones, en las ecuaciones de primer y en las de segundo grado, en las derivadas y en la madre que parió a las matemáticas!>> Aquel pensamiento traducía con una nitidez impropia del paso de tiempo, que debería haber desdibujado al menos  algunas de aquellas palabras, restándoles esa chocante exactitud, lo pronunciado hacía más de treinta años ya. Si la claridad con que se manifestaba no resultaba extraña ni había nada insólito en tanta precisión, si el pensamiento se adecuaba como un guante a una realidad tan lejana era por la cotidianidad, que había logrado mudar lo ocasional en rutinario. El recuerdo de una tarde cualquiera, en la que Paco y yo íbamos a llegar tarde a los Billares Asensio por culpa de la dichosa ciencia exacta, asaltaba sin previo aviso a mi conciencia más a menudo de lo deseable. Remembraba entonces a don Peláez: no solo no parecía mostrar la menor compasión por nosotros ni por nadie, empeñado en apurar siempre hasta el postrer segundo las clases, tratando en balde de infundir tan noble disciplina en tan poco privilegiadas mentes, sino que seguía torturándonos con el cuadrado de la hipotenusa y la suma de los cuadrados de los catetos, cuando los únicos tales éramos allí y entonces Paco, un servidor, y veintisiete palurdos más. O lo que venía a ser igual: todos menos Agustín, el único chaval con luces de toda la tropa; el único que no siendo anormal parecía capaz de comprender casi el asombroso Teorema de Pitágoras, seguir medianamente bien el resto de las exposiciones de don Peláez, y llevar a casa al final del trimestre el boletín sin un suspenso, y en ocasiones, aunque raras, hasta con algún que otro notable. El resto no éramos más que un hatajo de patanes; unos paletos sin porvenir alguno en el prodigioso mundo de las matemáticas; pero tampoco en el de la lengua y la literatura españolas, ni acaso en ninguna otra de las materias que en el instituto un puñado de bienintencionados profesores se afanaban inútilmente por tratar de enseñarnos.

Al franquear la puerta del establecimiento allí ya no quedaban más que el señor Asensio, dueño del local, Josines, su ayudante, un joven medio bobo y apocado que cuando no se mataba a pajas encerrado en el lavabo de caballeros se dedicaba a ordenar las mesas, barrer el piso y dar tiza a los tacos, o si no, a dormitar en cualquier rincón esperando la hora del cierre, y tres o cuatro paisanos más que formaban parte irreductible de una clientela tan escasa como pintoresca y fiel. De los de preu, ni rastro. Libres de clases a partir de las cuatro, tenían tiempo sobrado para dejarse caer en los billares, conseguir, con suerte, una tacada de cinco, pavonearse ante Margarita y su troupe, invitarlas a unas Fantas y salir del local asiéndolas el talle. Paco y yo acabábamos, qué remedio, echando los dos unas partidas. Ni con suerte logramos jamás encadenar cinco carambolas; nos pedíamos, eso sí, también unas Fantas, y salíamos de los Billares Asensio tras despedirnos del dueño y mandar a tomar por culo a Josines, sin que mediase razón alguna para ello, a no ser la de pagar con él tan negro sino: largarnos de allí, un día sí y otro también, con el rabo entre las piernas, derrotados en el tapete por la impericia y en la vida por unos guajes apenas un par de años mayores que nosotros. ¡Cuántas veces no habríamos planeado saltarnos las clases de don Peláez! Al final, por miedo a aquel profesor sin escrúpulos y a la segura reprimenda paterna después, aplazábamos las pellas y continuábamos asistiendo a las lecciones de latín de don Peláez, que a esa lengua muerta más que a otra cosa nos sonaba todo aquello. De no haber sido por el magisterio que mi padre, para quien las matemáticas no guardaban secreto alguno, nos dispensaba todos los martes y jueves desinteresadamente a Paco y a mí, no hubiésemos aprobado ninguno de los exámenes de don Peláez. A aquellas clases particulares debíamos Paco y yo un currículum en el que nunca figuraron las matemáticas entre la larga ristra de suspensos. Al magisterio paterno debíamos también la afición al billar. El dudoso gusto por la Fanta, la inclinación por Margarita y sus amigas y la propensión a injuriar a Josines zahiriéndole sin motivo real alguno eran en cambio mérito enteramente nuestro.

No he vuelto a saber de Paco. Ignoro si los billares siguen en pie. Ni sé qué habrá sido del señor Asensio y de Josines. He acabado, qué ironía, como don Peláez, convertido en un viejo profesor incapaz de que sus alumnos comprendan los teoremas y descifren las demostraciones. La antigua fascinación por vislumbrar las trayectorias, por discernir el resultado de un efecto en las bolas, por interpretar las fuerzas y los movimientos necesarios para concatenar una carambola tras otra acaso acompasaran aquella remota afición a mis estudios. Las matemáticas, y especialmente el billar, siguen empero guardando demasiados secretos para mí; en eso como en tantas otras cosas envidio la sapiencia y la pericia de mi padre, pienso, mientras mis pasos se encaminan, cansinos y poco decididos, desde la sala de profesores hacia el aula en la que esta tarde también, lo mismo que ayer, aguardan desganados mis alumnos, seguros ellos lo mismo que su profesor de seguir sin entender apenas nada de lo que les voy a contar. Quizá hoy, poco antes de que resuene el timbre liberador que anuncia el final de la lección, les cuente que un día ellos se acordarán de cuando se cagaban en las funciones, en las ecuaciones de primer y en las de segundo grado, en las derivadas y en la madre que parió a las matemáticas.

Phil O’Hara

Ser de pueblo

ser de pueblo

Ser de pueblo imprime carácter, o eso dicen. En los pueblos, en el mío al menos, si Mendel y sus leyes querían que fueras varón, tus cartas venían marcadas de un modo especial: antes de aprender a dar los primeros pasos ya sabías que un balón de cuero iba a ser el centro alrededor del que gravitaría lo demás. Para Bill Shankly, que perfectamente podía haber nacido en mi pueblo aunque vio la luz en Glenbuck, en la lejana Escocia, el fútbol no era una cuestión de vida o muerte; era mucho más importante que eso. Y en efecto, el partido lo era todo.

Desde que te desayunabas y marchabas a la escuela, hasta que por fin acababas las condenadas clases y te tomabas el bocadillo de salchichón, todo era hacer tiempo para ir al partido. En la escuela, además de aprender los ríos de España, cincelabas tu autoestima rememorando, de haber ganado la tarde anterior, alguna jugada de libro; si habías perdido, en un acto de contrición que labraba igual o mejor tu carácter que la gloria de la victoria, hacías propósito de enmienda conjurándote para reparar la derrota y darle la vuelta a la tortilla. Ganar o perder servía además para aderezar con más o menos asco la ardua tarea diaria de hacer los deberes antes de acostarte; que las penas con el pan del éxito lo son menos. El partido empezaba con puntualidad hispano-británica de cinco y cuarto a cinco y media; nunca antes y rara vez después. A esa hora nos juntábamos en la plaza del pueblo para dar comienzo al ritual de cada tarde y una vez que los dos capitanes habían elegido por turnos a sus once (o a sus  siete u ocho, dependiendo de los que fuésemos) nos distribuíamos por el rectángulo de juego, o por el cuadrado, que a esa figura se asemejaba la plaza más que a ninguna otra (aunque el encuentro podía ocasionalmente celebrarse en otros lugares y las figuras geométricas variar según fuesen, llegando a haber disputado partidos en un trapecio, un paralelogramo e incluso una vez en una semicircunferencia) Cuatro jerséis que hacían las veces de porterías y un balón era cuanto se precisaba para oficiar el encuentro y lo habitual era que lo disputásemos en la plaza. Allí cada uno se desenvolvía según sus virtudes y trataba de ocultar sus muchos defectos y el carácter de cada cual se iba forjando partido a partido. No resulta difícil hoy, con la perspectiva de los años, adivinar en aquellas sobrias maneras de arquero de Pere Güell al prudente profesor de lenguas clásicas que es hoy; o ver en aquel habilidoso chaval, Domingo Xavier Jou, capaz de regatear a los rivales sin que el balón saliese de los límites de una de las baldosas de piedra de la plaza, escondiéndolo como el más despabilado de los trileros, al ejecutivo de banca que hoy quiebra con igual pericia las voluntades más férreas (y sobre todo las menos) colocando a diestro y siniestro productos financieros de dudosa procedencia; o vislumbrar que Joaquim González el “Cordobés”, que atesoraba tanto arte para el fútbol como desgana para todo lo demás, hoy, treinta y tantos años después, iba a seguir mostrando esa misma desidia de entonces, sólo que ya sin esas jugadas inverosímiles que de Pascuas a Ramos nos regalaba en la plaza. O Julio, que por aquel entonces movía a todo su equipo y que hoy sigue organizando las cosas en una compañía de postín.

En esos partidos la naturaleza se labraba deprisa y a los doce años las cartas estaban ya todas boca arriba sobre el tapete. Los que saben de fútbol dicen que se juega como se entrena; yo digo que se vive como se jugaba. Si a los doce años eras el mejor en la plaza, la vida te reservaba grandes cosas; con suerte hasta podías llegar a conducir un camión repartiendo aperitivos de alguna marca de renombre. Pero si en la plaza no mostrabas actitud, no podías pretender que la vida luego fuese benigna contigo. Así se iban forjando los caracteres.

Y así se aprendían las reglas. Por ejemplo, que ser el dueño del balón te otorgaba un estatus especial. En la plaza, a Jay Gatsby su asquerosa montaña de dinero no le hubiese servido más que para una cosa: ser el propietario de la pelota; pero claro, eso era lo más a lo que se podía aspirar. El dueño de la pelota podía decidir largarse a casa y dar por acabada la función. Qué poder. Si sabías cómo ejercerlo podías librarte de que una mano clara fuese sancionada como penalti. La discusión duraba apenas lo justo para determinar que las manos habían sido involuntarias y que el juego podía continuar como si tal cosa. Otra regla que aprendías era que si los de octavo llegaban a la plaza, el partido se había acabado. Lo bueno de la norma era que aplicada a los de sexto, el partido se les terminaba a ellos. Y lo mismo que hoy, también entonces podías toparte con la Autoridad, que en la plaza era doña Carmeta Panosa, la frutera, que cuando algún chut desviado daba con sus naranjas desperdigadas por el suelo del soportal, confiscaba temporalmente el balón y te pusieras como te pusieras, como a la buena de doña Carmeta le diera por vociferar que el partido se había terminado, ya podías señalarle tú el cronómetro o irle con cualquier monserga, que no te iba a hacer ni puñetero caso. Os dabais por jodidos y para otra vez andabais con más cuidado procurando hacer de la necesidad virtud y como los Iniesta, Xavi y compañía de hoy, tratabais de entrar con el balón en la misma portería, dejando lo del chut desde fuera del área imaginaria para tiempos mejores (como para cuando doña Carmeta no estuviese en la frutería).

La secreta ilusión de todos nosotros era vernos en uno de esos cromos a todo color del tamaño de una galleta de los álbumes de la Liga que una temporada tras otra coleccionábamos, pero por desgracia a ninguno la vida nos llevó por esos derroteros. Aunque a aquella generación de chavales ser de pueblo no parece habernos sentado mal del todo. No sé yo si por no haber crecido en una gran urbe los temperamentos de cada cual habrán fraguado muy distintos; lo cierto es que cuando echo la vista atrás y recuerdo aquellas tardes de fútbol en la plaza del pueblo siento una extraña mezcla de nostalgia y orgullo bobo y me digo sin llegar a creérmelo que ser de pueblo sí debió imprimir algo especial en el carácter; ni que sea esa estúpida manera de contar las cosas y ver la vida, que no son sino la misma cosa.

Phil O’Hara

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