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Pluscuamperfectos literarios

Dentro de las diversas especies de gilipollas que pululan por la geografía española, hay una que me propongo analizar por lo menudo en las líneas que siguen, pues la considero de especial interés zoológico: la de los pluscuamperfectos literarios (o sea, aquellos que están por encima de la perfección literaria, atendiendo al significado etimológico de la palabra).

Comenzaremos, como es de rigor, por describir su hábitat. Su elemento natural es el evento poético, como lo es el agua para el pez. De la misma manera en que, según cuentan los cronistas antiguos, una ardilla podía recorrer la Península Ibérica de árbol en árbol sin necesidad de tocar el suelo, estos seres pueden hacer lo propio yendo de evento en evento, sin bajarse nunca de la nube en que flotan como polvo en suspensión. Todos ellos tienen un rictus característico, que los diferencia del resto de los mortales (o tal cosa creen ellos): su tema de conversación favorito (bueno, en realidad habría que decir su único tema) es el cotilleo en torno al libro que publicó, o está próximo a publicar, Fulano de Tal. Si el Tal Fulano se halla presente en el evento, todos se aprestarán a hacerle la pelota y a preguntarle impostando desmedido interés (única forma de lograr disimular la envidia que les carcome) por la fecha de presentación de esa joya incomparable del Parnaso, prometiendo acudir y deshaciéndose en toda clase de elogios sobre las excelencias de la misma (aun sin haberla leído). Poco importa si, llegado el momento, a tan vehemente porfiador le surge una cita ineludible (precisamente en ese día, de entre los 365 que tiene el año) o si su prima Mary Pili es víctima de un repentino ataque de apendicitis, lo cual lógicamente le incapacitará para acudir al acto, cosa que él, por supuesto, lamentará profundamente. Se da la circunstancia curiosa de que tales imponderables nunca se dan cuando es un escritor de cierto renombre el que protagoniza el evento, pero tal cosa no debe sorprendernos en quien ha sido tocado con la gracia de las musas.

Ello nos lleva inevitablemente a la tan controvertida cuestión de qué es un escritor de renombre ¿Quién decide quién tiene renombre y quién no? La respuesta fluye por sí sola: ellos, naturalmente. Comparten con el Papa el don de la infalibilidad, al igual que comparten con Santa Teresa el de la ubicuidad. Ellos son la voz autorizada que decide quién pasa a la posteridad y quién se queda para vestir santos, en términos de gloria poética. Cabe señalar en este sentido que el pluscuamperfecto literario es una criatura fuertemente territorial, que mira con recelo a todo aquel que osa profanar el santuario de su lírico edén. Gustan de darse coba y palmadas en el hombro unos a otros, y reaccionan con hosca frialdad ante el intruso, al que detectan rápidamente con un simple estrechar la mano, al igual que las hormigas cuando se tocan las antenas. En una reunión de pluscuamperfectos, vaya, es imposible que se cuele el Pequeño Nicolás.

Por lo que respecta a las pautas generales de su comportamiento, se da una estricta observancia de ciertos rituales mecánicos e insoslayables, que permiten reconstruir sin asomo de duda su mapa conductual. Durante las lecturas conjuntas de poemas permanecen todos muy serios, con la frente convenientemente arrugada en señal de atención, aunque en el fondo pasen olímpicamente de lo que estén oyendo y su pensamiento esté centrado exclusivamente en cuánto tiempo les queda para leer su poema. Se hallan altamente especializados en el arte de fingir escuchar a otros, aunque en realidad solo les interese escucharse a sí mismos. Todos exhiben el mismo gesto grave y circunspecto durante el recitado, todos prorrumpen con impecable precisión en la consabida salva de aplausos al final del mismo (aunque no se hayan enterado de nada) e, incluso, todos llevan el fular enroscado al cuello de idéntica manera.

Ser de izquierdas resulta de buen tono. Tampoco demasiado, no vaya a ser que les comprometa en exceso (lo suyo es un término medio razonable, pongamos por caso, el Partido Socialista). Les gusta poner a escurrir al gobierno, y despotricar contra la crisis, entre sorbo y sorbo de vino. Con toda seguridad, han leído El lobo estepario, de Herman Hesse (no se puede negar que son chicos cultos), y les complace emular al atormentado Harry Haller, desgarrado por la pugna interior entre sus instintos rebeldes y burgueses. Pero la orgía transgresora suele quedar invariablemente confinada entre las cuatro paredes del salón. Tan solo allí pueden lucir a sus anchas la etiqueta de malditos (que llamativamente se atribuyen a sí mismos) para, tan pronto como abandonen el recinto, empuñar el hisopo y ser ellos los que repartan maldiciones y bendiciones.

Por último, los especímenes de esta clase son tremendamente vanidosos, lo cual les lleva a autoexcluirse automáticamente tan pronto como entras en interlocución con uno de ellos y denuncias los vicios de su casta (o, más bien, cabría decir de su caspa). “No puede estar hablando de mí, con lo mucho que he hecho yo por el bienestar de la cultura, que no es lo mismo que la cultura del bienestar”. Y parpadean, escandalizados, mirando hacia uno y otro lado, cuando sacas el tema en una tertulia, igual que el alumno travieso al que llamas la atención en clase. Darse por aludido no encaja en los parámetros de quien se cree por encima del bien y del mal. El ajo ha quedado definitivamente desterrado de su dieta, dejando paso al caramelo mentolado, siguiendo aquel sabio consejo que Don Quijote dispensara a Sancho: “No permitas que por el aliento detecten tu villanía”.

Para concluir, una pregunta que formulara George Harrison en una de sus canciones, donde hablaba de las personas que ganan el mundo y pierden su alma (Mateo, 16:26): “¿Eres tú uno de ellos?”

Jardiel Poncela

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Visca Catalunya lliure!

Todo aquel sarao fue el fruto de una llamada. Ángela, insospechadamente persuasiva, dirigía el cotarro con mano firme de hierro. A Mariano no le quedó otra que ceder una vez más, e iban tantas, a los deseos de aquella femme fatale. No le había dejado otra salida: Cristóbal, por el bien común de la hija de Agénor y de Telefasa y en aras de la sacrosanta austeridad dictada desde el lejano enclave rodeado por Brandeburgo, debería sacrificar este año el desfile y organizar a su vez una modesta velada en el Teatro Real.

Fiándolo si no todo, casi, a la buena fortuna y a sabiendas de que una velada jamás luciría con la vistosidad de un desfile, Mariano y Cristóbal se pusieron manos a la obra. El glorioso alzamiento del telón abrió una función a la altura de la concurrencia y empezaron a enfilar por el proscenio, uno tras de otro, la flor y nata del Reino; un glosario de lo más granado que pudiere imaginarse: prohombres de postín, algunas de las mujeres más influyentes de nuestra historia y hasta la cabra de la Legión.

¡Cuán difícil es estar en misa y repicando! pese a lo cual Mariano y Cristóbal, vanitas vanitatis, no supieron resistir la tentación de subir al escenario; tan sobresalientes pueden llegar a ser las ansias de gloria. A dúo, a capella y en porretas interpretaron de manera magistral una selección de artículos de la Constitución de mil novecientos setenta y ocho que el respetable premió con cerrada y muy merecida ovación. Sin solución de continuidad hizo acto de presencia Jaume Sisa, seguido de Blancanieves, Pulgarcito, los tres cerditos, el perro Snoopy y su secretario Emilio, y Simbad, Ali-baba y Gullivert. Al aparecer también Jaimito, doña Urraca, Carpanta y Barba-azul y cuando toda la sala cantaba a coro el célebre estribillo (“Oh, benvinguts, passeu passeu, de les tristors en farem fum, a casa meva és casa vostra si és que hi ha cases d’algú”) una pareja de la Benemérita llegó para prender a Albert Pla, que se había colado en el espectáculo, por haber proferido graves insultos contra el cantautor catalán Ricardo Solfa y contra Pablo Iglesias. Roberto Alcázar y Pedrín dando un paso al frente y dirigiéndose enérgico mas con educación a la pareja de guardias civiles, les espetó: “Ep! A mi em parlin en català!”. Quim Cabré, que había saltado al tablado y amenazaba ahora a los dos guardias civiles hierro en ristre, blandiéndolo con violentos aspavientos que acompañaba con ininteligibles expresiones en lengua vernácula que rezaban tal que “i que gatzim i que gatzam, que ja us he fet la marca del zorro!”, sembró por momentos el desconcierto en la sala. A poner algo de orden en la misma acudió presto su Excelencia el ex Jefe del Estado, acompañado de su santa, doña Carmen Polo. El general, con los calzones a medio bajar, empezó a masturbarse sin rubor ni sombra de sonrojo mientras doña Carmen procedía a saludar a un entregado auditorio, hasta que el Caudillo dio por inaugurado aquel pantano, mandó al selecto auditorio a tomar por el culo, a que hicieran todos como él y no se metiesen en política y se despidió entre vítores con un sonoro “Visca Catalunya lliure!” mientras Carmen le susurraba al oído “anem Siset, anem”. Mortadelo, sobre un atril, juraba el cargo de ministro de Sanidad, recibiendo de su antecesora una cartera de la Señorita Pepis; Filemón oficiaba de maestro de ceremonia. Surgió entonces, para clausurar aquello, la cabra de la Legión balando por soleares y tirando de un legionario ataviado para la ocasión con la elástica del Real Madrid que portaba una ikurriña. Cayó por fin el telón, conformado por todas las banderas a modo de teselas de un enorme mosaico de las diecisiete comunidades y de las dos ciudades autónomas, más las de los cincuenta y cuatro países del continente negro. Palmas, vivas y más palmas. Mariano y Cristóbal parecían encantados. La enardecida muchedumbre se había divertido de lo lindo. La velada había resultado todo un éxito. Artur también disfrutaba y lo único que consultaba era la hora (la función se estaba alargando más de lo previsto, se le hacía tarde y por nada del mundo quería perder el último tren de vuelta a casa).

Puesta en pie en su palco Ángela aplaudía a rabiar dándose por satisfecha y volviendo a alabar el buen quehacer de Mariano. Junto a ella, Zp, aunque no desfiló ninguna bandera americana, persistió en sus trece y siguió sin levantarse; a su vera, Jose María, con ese tono nasal suyo, no cesaba de salmodiar mecánicamente “¡España va bien!, España va bien!”. No muy lejos de allí Vicente del Bosque y un servidor no dábamos crédito a tamaño sainete y permanecíamos sin mediar palabra aunque fuese sólo por no dar pábulo y que aquello acabase convirtiéndose en un reality show. En el guardarropía el expresident Pujol saqueaba bolsillos, trataba de vender décimos de la lotería de Navidad y refunfuñaba “això avui no toca!, això no toca!” mientras la Caballé entonaba las notas de “España Cañí”.

Afuera el cielo se teñía de un azul perezoso, presagio de un nuevo día que iba a ser extrañamente caluroso mediado casi ya octubre. Las calles a poco iban retomando un pulso todavía anodino. Amanecía, que no es poco.

Phil O’Hara

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Tomates verdes fritos

Dentro de los distintos productos hortícolas, siempre me ha llamado la atención el tomate por su épica y versatilidad semántica. Hace tiempo que Arturo Pérez-Reverte cosechó un gran éxito con un memorable artículo (que luego resultó ser un plagio) acerca de la multiplicidad connotativa de la palabra “cojones”. Aquí me propongo llevar a cabo algo semejante con la susodicha hortaliza de origen americano, en la esperanza de poder alcanzar una merecida jubilación. Creo que el asunto da de sí para ello, y al menos estoy en posición de decir que la idea ha sido enteramente mía.

Es obligada la referencia al film de principios de los 90, Tomates verdes fritos. Ambientado en el Sur de la América profunda, nos cuenta la historia de dos encantadoras jóvenes que, tras matar y descuartizar al marido de una de ellas, trituran el cadáver y lo envasan en latas de tomate. Así contado, puede parecer un tanto fuerte, pero rápidamente sabremos excusar a las homicidas si tenemos en cuenta que la víctima era un individuo alcohólico y brutal, que odiaba a los negros y pegaba a su mujer. Hay que reconocer que el susodicho crimen, amén de truculento y sanguinario, tiene su puntito de gracia e incluso de ternura, recordándonos el humor negro de Frank Capra en Arsénico por compasión, o de Roald Dahl en aquel magnífico relato en que una señora de apariencia inofensiva invita a cenar a los inspectores de policía encargados de investigar la desaparición de su marido, haciéndoles creer que lo que están degustando es una pata de cordero cuando, en realidad, se están metiendo para el coleto los restos del difunto. Muy recomendables cualquiera de las historias, sobre todo para aquellas feministas recalcitrantes que gustan asimismo de estrujar a sus ex –parejas, antes de enlatarlos y hacer con ellos filetes rusos.

Lo de los filetes rusos me recuerda a la reciente negativa del Presidente Putin a importar toda clase de productos agroalimentarios procedentes de Estados Unidos o de la Unión Europea, sanción que al parecer afecta de manera muy directa a los tomates españoles. A veces, el hacer de tontos útiles tiene estos efectos colaterales, que se traducirán en unos seiscientos millones de euros en pérdidas en el sector agrario. Rusia es el destinatario del 10%  de las exportaciones de la UE, mientras que para Estados Unidos la caída de las exportaciones en el sector agroalimentario supone tan solo el 1%. Me pregunto si esta guerra comercial (provocada por el asunto de Ucrania) no será el preludio de otra más gorda, tal y como ocurrió hace cien años. Lo cual no nos vendría del todo mal, para maquillar las estadísticas del paro. Se me ocurre que podíamos liarnos a tomatazos con los rusos para contrarrestar sus misiles, como hacen por estas fechas en la fiesta de la tomatina de Buñol, y así matábamos dos pájaros de un tiro, eliminando los excedentes de producción. Lo mismo a Pedro Morenés le da por comprarme la idea y entre Montoro y él me ponen la medalla al mérito civil, por ayudarles a recortar gastos en Defensa.

En este contexto me viene a la mente cierto viaje que hice a Santander en uno de esos míticos autobuses de Fernández, que incluía con el pasaje una película de vídeo lo más casposa y cutrescente posible, ideal para no dejarte dormir la siesta. Bueno, el caso es que en aquella ocasión nos obsequiaron con una especie de parodia de Los pájaros de Hitchcock que llevaba por título La invasión de los tomates asesinos. El argumento se puede resumir más o menos así: los tomates, deseosos de venganza tras servir de pitanza a los humanos durante siglos, se vuelven carnívoros y se confabulan para aniquilar a la raza humana. También se pueden encontrar paralelismos con La rebelión de los simios. La cuestión es que si cambiamos tomates por chinos, bien podríamos transformar este disparatado guión en una sesuda alegoría sobre la condición humana. Si a ello sumamos el hecho de que un político corrupto colabora con los tomates para perpetrar el holocausto de nuestra especie, deberemos elevar la cinta al rango de obra maestra.

Por último, quisiera mencionar la otra acepción de la palabra “tomate”, que no es otra que la de agujero en una prenda de punto. Solemos identificar esta segunda connotación con los tomates de los calcetines, pero igualmente podríamos usarla con los agujeros en los bolsillos del abrigo por donde a veces se nos escapan los dineros, como ese agujero negro que le ha salido esta semana a la zona euro, con continuas bajadas de la bolsa y la entrada otra vez de Italia en recesión. Mucho zumo de tomate es lo que van a necesitar Rajoy y los próceres de la UE, para curarse la resaca provocada por la borrachera de la recuperación, que solo veían ellos. Y es que, coño, no hay que ser tan acelerados a la hora de descorchar el champán, que todos sabemos que es muy cabezón y se sube con facilidad. Lo mejor será volver a ponerlo a enfriar, suponiendo que a Iberdrola no le dé otra vez por subir el recibo de la luz y nos corte el suministro eléctrico de la nevera.

En fin; querido Jorge Javier Vázquez, que dices sentir un viscoso y repulsivo asco por Pujol y sus polluelos (no sé si os habréis percatado del ingenioso juego de palabras): deberías plantearte seriamente el volver al mundo de la telebasura, del cual nunca debiste salir. Haz caso de la opinión de un experto: aquí sigue habiendo tomate.

Jardiel Poncela

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El único fruto del amor

Joder, cuando la semana pasada, desde estas líneas, alertaba al personal sobre los peligros inherentes al debate monarquía-república, no fuera a ser que nos acabáramos convirtiendo en una república bananera, lo último que pensaba yo es que esto se fuera a cumplir al pie de la letra. Y menos a nivel europeo. Me explico: Me imagino que ya estaréis todos al tanto de la última ocurrencia de los señores de negro de la troika, consistente en incluir dentro del cálculo del PIB la riqueza sumergida generada por la prostitución y el tráfico de drogas. A ello se une la reivindicación de un grupo de inspectores de hacienda de nuestro suelo patrio, quienes señalan la conveniencia de que dichas actividades, hasta ahora ilícitas, afloren y tributen al fisco, como todo quisqui. Esto ha conseguido desbordar las previsiones del mismísimo George Harrison, quien, en su célebre canción Taxman, amenaza irónicamente con gravar el aire que respiramos o los pasos que demos. Ahora resulta que vamos a tener que rendir cuentas a Montoro por cada casquete que echemos, fuera de la sacrosanta institución del matrimonio. Y pobre del que se le pase por la mente defraudar. Lo que antes era sencillamente pecado, ahora pasa a ser delito fiscal. Con Hacienda hemos topado. La analogía es perfecta si tenemos en cuenta que estos fenómenos, al igual que hiciera en su día el Papa Benedicto XVI, pretenden negar la existencia del limbo para los que no hayan recibido el sacramento del bautismo, aunque no digan nada de los paraísos fiscales, donde son pocos los llamados y aún menos los elegidos.

A mí lo que más me intriga es cómo se las va a ingeniar San Cristobalón Montoro para seguirle la pista a los dineros de-generados (nótese el ingeniosísimo juego de palabras) por la profesión más antigua del mundo, al decir de todos. Si acaso, como hiciera en su anterior etapa de ministro en el gabinete de Aznar, promoverá a través de los medios de comunicación una campaña de concienciación ciudadana, para convencer a los súbditos más rijosos de la conveniencia de pedir factura por los servicios prestados, con vistas a poder reclamar en caso de que se produjeran desperfectos. La idea no está nada mal. Te presentas en el lugar de los hechos blandiendo la minuta y le espetas en la jeta al proxeneta de turno: “Te voy a meter un paquete que te vas a enterar por falta de higiene, cabrón. Tienes tres opciones: o me espulgas una a una las ladillas que pillé aquí el otro día, o me devuelves la viruta, o me voy derechito a Sanidad”. Y el chulo todo acojonado (sin que le sirva de mucho la apariencia temible que le da el tener tatuajes hasta en la minga), dispuesto a devolverte hasta el último céntimo, balbuceando torpes disculpas y esforzándose por llegar a un arreglo amistoso, ofreciéndote una jugosa indemnización y, además, un cupón canjeable por servicios gratuitos a cambio de que no salga perjudicado el buen nombre del local. Lo malo es que seguro que a más de un espabilado se le ocurría llevar las chinches en un frasco para, aprovechando un descuido en que la maroma estuviera, por ejemplo, lavándose las partes en el bidet, espolvorearse las criadillas con los susodichos parásitos y montar el gran escándalo. Un truco similar al de la mosca en el plato de sopa, si bien no me parece recomendable prodigarlo en exceso, o la peña acabaría dándose cuenta.

Lo que veo más complicado es decidir sobre el tipo de fiscalidad aplicable a cada servicio. En mi humilde opinión, un trabajo manual o el sexo practicado a la manera tradicional (léase “postura del misionero”), no deberían tributar lo mismo que otras modalidades más sofisticadas, como la felación o el coito anal. Lo más lógico sería aplicar el IVA reducido a las primeras y exigir inapelablemente el 21% para las segundas. Y no digamos nada de las parafilias (cosas tales como la lluvia dorada, el sado o la coprofagia), que requerirían un impuestazo de lujo. En este contexto se haría necesario ser sumamente rigurosos con el desglose de los distintos conceptos en la minuta. Tal vez sería planteable conceder a las citadas parafilias el estatus de enfermedades mentales, por lo que sería justo que desgravaran en la declaración de la renta presentando las facturas correspondientes. No me cabe la menor duda de que los señores inspectores, promotores de esta iniciativa, encontrarán este consejo sumamente edificante.

Lo malo es que siempre tiene que haber un pero. Hace escasamente un año, desde las páginas de mi otro blog Jugadas clave, llevaba a cabo un sentido elogio de los estudios del profesor Dukakis, un reputado economista griego que ha logrado establecer una interesante correlación entre el nivel económico y el nivel de rijosidad de los individuos. Si bien es más que cuestionable que haya una relación causa-efecto clara, el profesor Dukakis aporta datos empíricos irrefutables que corroboran que son, en un alto porcentaje, las personas con un mayor nivel económico las que practican el sexo con más asiduidad. Se me ocurre a mí pensar que el tener que rendir cuentas al fisco por los polvos echados actúe como mecanismo disuasor a la hora de entregarse alegremente a la crápula y el libertinaje. O cabe también la posibilidad de que si las tarifas van con IVA incluido, sean las propias meretrices las que se lo piensen dos veces antes de practicar un oficio que, si tiene alguna ventaja, es la de poder amasar una jugosa fortuna en poco tiempo, teniendo en cuenta que la suya es una vida profesional más bien breve, al igual que la de los futbolistas. Sería una pena que desapareciera la profesión más antigua del mundo debido a estas consideraciones pecuniarias, pero hay que comprender que la pela es la pela.

En fin; habrá que conformarse con ponerle coto a la fogosidad y olvidarse poco a poco de ir a buscar fuera lo que la parienta (o el pariente, que también existe la prostitución masculina, ojo) no te ofrece. Si algo bueno tiene el sexo doméstico, es que todavía no se ha hablado en los distinguidos círculos financieros de ponerle ningún gravamen.

Quién nos lo iba a decir, que una medida que aparentemente induce al libertinaje y el lenocinio más desaforados, puede acabar convirtiéndose indirectamente en el mejor mecanismo para salvaguardar las buenas costumbres. Imagino el titular cuando se apruebe la norma: “Ministerio de Hacienda: el mejor antídoto contra la lujuria”.

Creo que voy a desechar mi iniciativa empresarial de la semana pasada y proponer un nuevo proyecto: la bragueta con candado de seguridad, que vendría a ser algo así como un cinturón de castidad para los machos más bravíos.

Para evitar caer en la tentación.

Jardiel Poncela

 

 

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Los donuts de Sergio Ramos

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Hay momentos en la vida ciertamente venturosos, en los que te sientes salvado por la campana. Llevaba toda la semana preguntándome de qué puñetas iría esta vez mi entrada en el blog, cuando resulta que anteayer mismo después de comer (ya os he hablado de mi inveterada costumbre de la cabezada en el sofá al arrullo de las noticias de la tele), entre ronquido y ronquido, me dio por abrir un ojo y vi a una señora vecina de la localidad sevillana de Camas, el pueblo de Sergio Ramos, hablando acerca de la afición del jugador madridista por los donuts cuando era pequeño. Fue lo más parecido a una epifanía. Me dije a mí mismo: “Jardiel, ¿por qué te empeñas en perder el tiempo escribiendo sobre cosas que no le interesan a nadie, como eso que tenías pensado comentar acerca del último informe de Cáritas, avisando del preocupante aumento de la desigualdad y del número de familias en riesgo de exclusión social?” No pude por menos que darle la razón a la voz interior (casi podía visualizar a mi otro yo de dos pulgadas, luciendo enormes chistera y zapatones y con la cara de color verde, emulando a Pepito Grillo), y reconocer que, si en los medios informativos se daba pábulo a esta noticia y de lo otro no decían ni pío, sería porque evidentemente suscitaba un interés mucho mayor para la opinión pública. De modo que aquí me tenéis, renunciando a hablar de banalidades y dispuesto por fin a abordar un asunto que, a buen seguro, habrá de aportar una notable tranquilidad a varios miles de hogares españoles.

El donut es un alimento de probados valores nutricionales, que ha servido de pitanza a innumerables generaciones de bisoños infantes, como prueba el hecho de que aún en vida de Franco existiera un popular anuncio en que uno de los susodichos rapaces, camino de la escuela, de repente se detuviera en seco para propinarse a sí mismo una sonora palmada en la frente y exclamar visiblemente conturbado: “¡Anda, los donuts!” En la siguiente toma veíamos de nuevo al rapaz en cuestión, parándose exactamente en el mismo sitio y, con idéntico ademán, proferir  este otro comentario: “¡Anda, la cartera!” Ahí acababa el spot, dando por supuesto que el chaval regresaba a su casa a recoger el mencionado objeto, pero a mí me daba por imaginar que entonces se le volvían a olvidar los donuts y el chiquilicuatre de marras quedaba atrapado en una especie de bucle, al estilo de Bill Murray en Atrapado en el tiempo. Este anuncio forma parte del paisaje de mi infancia, remota época del pasado milenio en que sólo había dos canales, la televisión era en blanco y negro y los escolares llevaban cartera a la espalda, en vez de mochila.

Pero hay cosas que no han cambiado de un siglo para otro, como es el agujero en el medio del donut. Muchos años después, pasó a formar parte de la cultura urbana otro anuncio, en el que los actores levantaban el dedo índice y de repente aparecía un donut, como caído del cielo. Eran, lógicamente, los tiempos en que España iba bien y, al igual que el bueno de Aladino, tan sólo tenías que formular un deseo para que éste se hiciera realidad.

Posteriormente vino una época desafortunada para el donut, en que alguien tuvo la brillante idea de suprimir el agujero, con vistas a un mejor aprovechamiento del producto. Craso error. Un donut sin agujero es como un rosal sin rosas. El agujero es el alma del donut. Mordisquear un donut con pausadas y rítmicas dentelladas, mientras observas cómo va ganando terreno progresivamente el agujero, es lo más parecido a una experiencia mística. Yo, de hecho, he decidido apuntarme a esto de la cultura emprendedora y comercializar un nuevo tipo de donut que carezca de sustancia sólida y tan sólo posea el agujero del centro, en una recreación del nirvana ese del que hablan los budistas, según los cuales sólo en la nada reside la absoluta perfección.

¿Escépticos, quizás? Habrá, sin duda, quien muestre recelos ante un proyecto tan disparatado, en apariencia, como el de tratar de hacer dinero vendiendo agujeros. A estos últimos les recomiendo que echen un vistazo a los periódicos y se documenten sobre cómo unos cuantos espabilados han sabido llenarse los bolsillos, precisamente haciendo agujeros para los túneles del AVE de Pajares. Negocio redondo donde los haya, como los propios donuts.

Eso sí, no sin antes hacernos un buen agujero en el bolsillo a los demás. Negro.

Jardiel Poncela

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Dios ha muerto

 “¡Dios ha muerto!”, fue una noticia más de las que dieron por la radio aquella mañana.

No hizo falta que ningún loco recorriera frenético las plazas, desconcertando a los transeúntes con la inútil luz de su farol encendido en pleno día. Los medios de comunicación se encargaron de divulgar el ilustre deceso. En twitter, en el telediario, en los periódicos y hasta en la prensa del corazón se hicieron eco del suceso con el que se esperaba conmocionar a la opinión pública.

Pero no ocurrió nada de eso. Unos estaban pendientes de los resultados del fútbol, otros se hallaban muy ocupados jugando en bolsa (ni siquiera fue preciso desalojar a latigazos a los mercaderes del templo). Finalmente, los pocos que se enteraron se encogieron de hombros y comentaron despreocupadamente ante la pantalla del ordenador o del televisor: “¡Te crees que no lo sabía!”

Atónitos, los heraldos de la noticia se preguntaron con qué podían haber sustituido su fe aquella masa de gente indiferente ante un acontecimiento de tal magnitud. “Seguramente han construido un becerro de oro”, fue la conclusión a la que llegaron.

Pero tampoco era cierto. El becerro era tan sólo de latón, con una fina capa de pintura acrílica que se desprendía apenas se rascaba un poco en la superficie. Lo más curioso del caso es que todos aquellos falsos idólatras se lamentaban y escandalizaban del fraude que ellos mismos habían creado.

Entonces sucedió algo imprevisto. Al tercer día, Dios resucitó. Pero cuál no sería su estupor al comprobar que ninguna revista estaba dispuesta a comprarle la exclusiva, ningún paparazzi venía a acosarlo y, para colmo, la restauración del templo a nadie le importaba un carajo. “No podemos seguir alimentando la burbuja inmobiliaria”, fue la única respuesta que recibió por parte del político de turno.

De modo que, sintiéndose decepcionado y entristecido, Dios optó por volver a descansar sus fatigados huesos en el sepulcro…

Jardiel Poncela

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