Archivo de la categoría: Reflexiones

Hace un año

La enfermedad de padre nos sorprendió a todos con el pie cambiado. Rondando el medio siglo, andábamos ocupados en ir criando a los hijos, sin descuidar las visitas, las más de las veces meramente rutinarias, al médico de cabecera para que atendiera un lunar que parecía haber crecido, una tos tan persistente como molesta, o cualquier otra afección que nos ponía arbitrariamente en alerta convencidos, sin razón que sostuviera una certeza que ni tan siquiera llegaba a serlo, de que si en aquella familia se habían cobrado ya demasiados óbitos antes de tiempo, por qué no iba a ser embolsado uno más. El infortunio no suele conformarse con poco ni mucho, ni las consabidas desgracias, por el hecho de serlo dejan de aparecer sin que nadie las espere. Si a tales menesteres consagrábamos unas vidas que si por algún motivo merecían ser destacadas era precisamente por no destacar en gran cosa, la atención que prestábamos a la vitalidad de padre era escasa, se limitaba a una contabilidad semanal cuando no quincenal que iba confirmando que a pesar de los años la vida seguía tratándole, en lo que a la salud se refería, razonablemente bien, sin que fuésemos capaces de advertir en el horizonte amenaza alguna de que nada, ni nadie, fuese a reclamarle algo. Los excesos, si los hubo,  sucedieron hace demasiado tiempo y no le habían pasado factura. Ni él ni nosotros recordábamos cuándo dejó de fumar.

En navidades le visitamos y estuvo más quejoso que de costumbre por un dolor en el brazo. Le gustaba aupar a los nietos más pequeños sin tener ya edad para ello y a tales sobre esfuerzos atribuimos la dolencia. Las fiestas pasaron y los nietos se fueron, pero aquel dolor, nos contaba, se obstinaba en permanecer, seguía incomodándolo. La visita al médico no nos tranquilizó, ni a él tampoco. Fue justo lo contrario: algo no debió parecerle bien al facultativo, porque mandó más y más pruebas que no hicieron sino confirmar los peores augurios: padre no solo padecía un cáncer; el tumor avanzaba apoderándose de un cuerpo que empezaba a sufrir el padecimiento de una enfermedad que no iba a dejar de ser cruel, y aunque jamás quiso reconocerlo, porfiando por disimular inútilmente lo obvio, aquel mal debió usurpar también territorios del alma, pues la angustia no se conformaba con minar su organismo, exigía subyugar al espíritu. La entrevista con su oncóloga, hoy, un año después, sigue lacerando la piel de mi memoria: la enfermedad era incurable y el cálculo más optimista, dijo, le otorgaba un año de una vida que a partir de entonces no iba a ser nada plácida. Se trataba de librar la batalla a pesar de conocer de antemano la segura derrota. Las hostilidades se prolongaron seis cortos largos meses. En la mitad del tiempo que la estadística le concedía, aquel cáncer lo derrotó. De modo inmisericorde.

Los seis meses hasta que murió fueron un carrusel de emociones: nos reencontramos con el incalculable gozo de volver a pasar mucho tiempo con padre; rememoramos con él episodios de unas infancias hasta entonces apenas desempolvadas; volvimos a reír con él, y volvimos a llorar. A llorar mucho. También a conversar pacientemente largos ratos. El cáncer, qué macabra conjunción, nos recobró a un padre que hacía tiempo que había dejado de ejercer de tal; o quizá éramos nosotros los que habíamos abdicado de la condición de hijos. Lo que la tierra en exceso austera y sobria en la que creció debió modelar su carácter, o la falta de costumbre, me privaron de abrazarlo durante esos meses en muchas ocasiones que quise hacerlo, sin llegar a atreverme, solo porque no interpretase ese abrazo, que hoy aún echo tanto de menos, como una confirmación de lo inevitable. Abrazarlo hubiese sido negarle cualquier esperanza. ¡Qué estupidez!

A padre jamás le agradeceremos lo bastante esa dedicación por momentos obstinada por labrar en sus hijos las simientes de unas almas libres; simientes que germinaron y crecieron robustas.  Se dedicó a ello convencido de que era lo mejor que podía legarnos. La promesa que en el lecho de muerte hiciese al gran amor de su vida de no separarnos jamás, también nos enorgullece. Portadores de los genes de una estirpe parca en expresar las emociones, acertó padre al acercarnos, acaso por ventura, a un mar capaz de suavizar cualquier talante. Alejarnos de la tierra que lo vio nacer debió  contribuir a ello. A la manera del buen artesano, supo cómo hacer, empero, para que conservásemos apego a unas raíces que siendo las suyas, o precisamente por tal, fueron siempre las nuestras. Nos honró mientras vivió. Le honramos ahora a él después de muerto. Mantener vivo su recuerdo y reconocerlo en cada uno de nosotros es la mejor de las herencias.

Phil O’Hara

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El precio de la fama

Fama

Esta mañana escuché por la radio la canción de la película Fama, que lo sería luego de la serie del mismo título, que habría de ocupar la sobremesa de los domingos durante buena parte de la década de los 80 (época legendaria en la que tan solo existían dos canales). Una mezcla de nostalgia y curiosidad me llevaron a rastrear en la wikipedia lo que había sido de su protagonista, el actor y bailarín Gene Anthony Ray, célebre por su encarnación del carismático e indisciplinado Leroy Johnson. Me quedé absolutamente perplejo al comprobar que lleva nada menos que… ¡trece años muerto! Como también imagino que se me debió de quedar la mandíbula colgando al averiguar cuál fue la causa de su prematuro fallecimiento en 2003 (contaba entonces 41 años): era, al parecer, seropositivo. Leí también que su carrera artística nunca volvió a remontar tras echar la trapa Fama, después de sus cinco años de emisión. Una sucesión ininterrumpida de fracasos cinematográficos, aderezados con alcohol y drogas, jalonarían su periplo en aquel viaje sin retorno que tendría en la autodestrucción su corolario lógico e inevitable.

El caso de Ray es uno de tantos, desde Mozart hasta Joselito, que se ven abocados al abismo cuando una fama obtenida demasiado pronto, o demasiado rápido, decide repentinamente dar la espalda. “Cómo es posible que hayan dejado de quererme”, es sin duda la pregunta que, a modo de gota china, sofoca a estos repudiados de los dioses, arrastrándolos implacablemente a la perdición o la locura. Sin caer en la cuenta de que la fama tiene mucho (demasiado) de esposa caprichosa, al depender en bastante mayor medida de los designios humanos que de los divinos. Verse encumbrado a su pedestal conlleva el peligro de llevarse un formidable batacazo al precipitarse desde él, o bien de que el pedestal se acabe convirtiendo en una cárcel invisible de la que resulta imposible zafarse, a la manera de Simón el Estilita o el Rey Midas, tal y como les ocurriera, por ejemplo, a los malogrados Michael Jackson o Whitney Houston. En el caso que aquí nos ocupa, podríamos añadir el pintoresco agravante del actor que se ve fagocitado por su personaje, patología que aparece espléndidamente reflejada en la película Birdman, de Alejandro González Iñárritu (muchos otros ejemplos podemos encontrar en la historia del cine, desde El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder, hasta la más reciente The Artist, en la que se nos describe con impecable y dramática precisión el proceso de degradación interior del protagonista, visualizándolo como si de vivencias externas se tratara). En un libro memorable titulado Biografía del fracaso, Luis Antonio de Villena nos cuenta la peripecia vital de una serie de personajes atormentados (que van desde el pintor Caravaggio hasta el actor James Dean), para quienes ciertamente la genialidad tuvo más de condena que de regalo de los dioses.

Seguro que muchos recordamos las palabras con que la profesora de baile (Debbie Allen) arengaba a sus alumnos el primer día de clase: “Tenéis muchos sueños. Queréis la fama, pero la fama cuesta. Pues aquí es donde vais a empezar a pagar: con sudor”. Lo que no les dijo Debbie Allen a sus muchachos fue que la fama podía ser también un regalo envenenado, que llegara a resultar tremendamente indigesto, como casi todo en esta vida, cuando se toma sin ninguna moderación. Porque corres el riesgo o bien de que se te acabe, o de que te siente mal. De poco habrían de servirle a Gene Anthony Ray (cuando aún se estaba rodando la serie) sus enérgicas proclamas de que él no tenía nada que ver con el personaje de Leroy Johnson. La triste realidad es que Leroy Johnson terminó por destruir a Ray, y su sombra habría de perseguirle obsesivamente durante el breve resto de sus días. Algo así como si, finalizado el Carnaval, fuéramos incapaces de despojarnos del inocente disfraz que nos ha estado proporcionando diversión durante las horas precedentes. Pocas pesadillas tan inquietantes se me ocurren (la imaginación de un escritor siempre está elucubrando, en busca de nuevos argumentos). Entonces veríamos lo poco que se sostendría el tópico de que es ese día el único en el que somos de verdad nosotros mismos. En este, como en tantos otros ámbitos, resulta sumamente peligroso el aplaudir como muestra de ingenio lo que es, en el fondo, una ocurrencia trivial.

De todos modos, tampoco vayamos a caer en la tentación de demonizar en exceso los peligros de la fama, imitando la reacción de la zorra al contemplar el racimo de uvas. En honor a la verdad, no se les veía demasiado frustrados a los que se paseaban ayer por la alfombra roja de los Premios Goya (políticos incluidos). Si se trata de acabar con una frase, propongo una que le espetan al personaje de Roberto Benigni en la película de Woody Allen A Roma con amor: “La vida es terrible tanto cuando se es rico y famoso, como cuando se es pobre y desconocido. Pero, puestos a elegir el mal menor, sin duda me quedo con la primera opción”.

Jardiel Poncela

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Galleguismo

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Ser gallego habiendo visto la luz en, pongamos por caso el mismo Orense, o en Vilardevós, apenas tiene algún mérito. Ser gallego de nación y declararse tal por ello no entraña en el fondo el más mínimo interés. Lo verdaderamente apreciable es, como hago yo, manifestar galleguismo sin ser gallego; sin serlo ni de lejos; más si cabe: sin haber estado jamás, o casi, en Galicia, pues pasé por allí una vez, y en otra ocasión estuve un par de días en Santiago. Valga decir, empero, que por aquel entonces no declaraba mi galleguismo a los cuatro vientos; ni a los cuatro ni a ninguno. Hoy las gentes del llamado primer mundo se vanaglorian de ser de tal o cual lugar cuando a lo sumo, en la mayoría de casos -que no en todos- tan sólo el azar, la fortuna y poco más dan razón de tales querencias. Como el astado y bravo animal la siente por las tablas, así la mayoría manifiesta, pues, su galleguismo. Yo no soy de esos. Lo mío atiende a razones, a otras razones al menos, puesto que ni nací allí ni prácticamente estuve en más de una o dos oportunidades por esos lares. Los habrá que crean que tal galleguismo explícase de modo sencillo: será gallego aun sin serlo por ser de tocando a esas tierras. Sepan que no es por eso. Por algún familiar; por algún ancestro acaso. Tampoco. Mi galleguismo es puramente volitivo; fruto más de la reflexión profunda -aunque asentado sobre sólidas bases precategoriales, no vayan a creer- que del arbitrario capricho. Declarar uno su galleguismo porque sí no tiene en fin más mérito que serlo de nación. Y no se trata de eso.

Lo precategorial, lo que tenga que ver con el sentir, a poco que uno hurgue, lo hallará en imágenes que alumbran luego conceptos, que son -éstos ya sí- consecuencia lógica de un sesudo acto intelectivo, y remite -lo precategorial- a realidades tan dispares como el llover, los crustáceos marinos, las empanadillas, lo celta, el verde y el añil, y el gris, y una sonoridad distinta, musical, capaz de mecer. Lo categorial, en cambio, apunta a unos cuantos autores a los que todavía debo leer no sin disgusto solamente en lengua castellana, puesto que a pesar de mi galleguismo no soy todavía capaz de manejarme bien en lengua gallega; aunque sí soy capaz de concebir a no mucho tardar, en un futuro no demasiado lejano, la noble intención de esforzarme no sin denuedo por avanzar en el conocimiento y dominio de esa lengua. Por mor principalmente -aunque en modo alguno de manera exclusiva- de la literatura gallega, la intelección sentiente -en sentido zubiriano- llevada a cabo ha ido conformando, qué duda cabe, un sólido edificio capaz de albergar cómodamente cuestiones de tan vital importancia como puedan ser las históricas, las gastronómicas, las culturales, las paisajísticas, a Álvaro Cunqueiro, al Deportivo o al Celta, a Xoan Tallón y hasta a Rosalía. Mi galleguismo empero no va en contra de “ismo” alguno, aunque tampoco a favor. No es que deteste los “ismos”, más bien todo lo contrario: no los detesto. Prefiero, eso sí, debe anotarse, los de interior, por decirlo así. Uno de los “ismos” por los que siento una inclinación especial es la “sismografía”. Me parece sorprendente y bello a la par que exista una ciencia -algo tan sutil- capaz de predecir el movimiento tan tremendo de las placas tectónicas. Volviendo al meollo de la cuestión aquí tratada -que no es otra que el galleguismo, y ya dejé dicho cómo había de entenderse y cómo distinguirse de otras maneras de ser y sentirse gallego, más comunes y menos valiosas esas otras- a mi modo de ver el quid de la cosa radica en que sin justificación posible hemos dejado de valorar el esfuerzo que cualquier acto merece, y es ése un mal universal de los tiempos en los que nos ha tocado vivir, que no son otros que éstos. Puede así uno sentirse gallego por el mero hecho de serlo, sin más. ¡Acabáramos! Deberíamos recuperar aquel afán: ser gallegos, sí, pero dedicándole ímprobos esfuerzos; y si el galleguismo se expresa desde más allá de Portbou, cuánto mejor. No debiera dicho galleguismo ser incompatible con más afectos; no se trata de poner puertas al campo sino de suprimirlas, de universalizar, de internacionalizar si debemos no pecar de inmodestos. Nada impide que un alma libre compagine, si así lo siente, galleguismo y amor por el Real Madrid. Ni que profese sincero apego por el arte nipón. Galleguista, del Real Madrid y entusiasta -en cierto sentido- del Japón. Galleguismo, madridismo y japonismo. ¿Quién osará decir, sin faltar a la verdad, que es ello no solamente posible sino en sumo grado apetecible? No seamos los galleguistas, pues, cortos en el mirar. Apuntemos alto sin temor a errar el tiro. Si de Madrid al cielo, de Galicia al infinito. Eso es o debiera ser el galleguismo. Galleguismo de andar por casa, si quieren, pero ¿acaso existe otro mejor?

Phil O’Hara

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Acerca de la vida, la muerte y la amistad

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Me recuerda mi buen amigo Ramiro Pinto Cañón que ayer, 9 de octubre, fue fiesta local en Alcalá de Henares, lugar donde lleva algún tiempo exiliado voluntariamente. Motivo (de la celebración): el aniversario del bautismo de Cervantes, que tuviera lugar tal día como el de la víspera, en la parroquia de Santa María la Mayor. Desconozco el signo político de la corporación municipal complutense, pero creo que es de justicia felicitarlos por la iniciativa. También me hace notar Ramiro la coincidencia llamativa con el aniversario del nacimiento de otro artista ilustre, esta vez del siglo XX, acaecido mucho más al norte: el de John Lennon.

Al reflexionar sobre estos pormenores, uno no puede por menos que preguntarse en virtud de qué inexplicable instinto necrófilo, los seres humanos sentimos esa fuerte inclinación a celebrar el aniversario del óbito de los personajes insignes, mientras que, por el contrario, solemos prestar muy poca atención al de su nacimiento. No es preciso estrujarse los sesos para llegar a la conclusión de que el hecho de que podamos a día de hoy disfrutar del buen hacer de estos seres extraordinarios, se lo debemos exclusivamente a la circunstancia de que vinieran al mundo, siendo por el contrario su muerte el acontecimiento fatal que les impidiera continuar con su obra. Sin embargo, son mucho más habituales las efemérides relacionadas con lo segundo que con lo primero. En el ámbito de la música, recuerdo perfectamente cuando TVE (la única que había por aquel entonces) retransmitió, el 19 de Noviembre de 1978, un concierto de homenaje a Franz Schubert, con motivo del 150 aniversario de la muerte del compositor, sin que, en cambio, se hiciera absolutamente nada el 31 de Enero de 1997, fecha del segundo centenario de su nacimiento. También hubo gran número de fastos el 5 de Diciembre de 1991, segundo centenario de la muerte de Mozart, con la interpretación simultánea del Réquiem en varias catedrales españolas, pero el 250 aniversario de su nacimiento, acaecido en 2006, pasó casi totalmente inadvertido. Dentro de apenas cinco años tendrá lugar, supongo que sin pena ni gloria, el 150 aniversario del nacimiento de Beethoven. Estoy por apostar que sí que nos enteraremos todos (si seguimos todavía por aquí) del segundo centenario de su fallecimiento, para el que tendremos que esperar hasta el año 2027. Por lo que respecta a las glorias literarias, casi nadie tuvo noticia de que hace no tanto, en 2009, tuvo lugar el segundo centenario del nacimiento de Edgar Allan Poe, mientras que la Universidad de León sí que había celebrado por todo lo alto el centenario de la muerte de Herman Melville, convocando un congreso al que asistiera servidor. Me pregunto cuántos sabrán en nuestra estimada Universitas Legionensis que apenas faltan dos años para que se cumplan doscientos del nacimiento de Henry David Thoreau (aunque, en honor a la verdad, a este último tampoco se le hizo mucho caso hace tres años, cuando fuera el 150 aniversario de su deceso; quede dicho para mayor gloria de nuestra venerable institución).

Sí que puedo entender las conmemoraciones de fallecimientos en el ámbito familiar, como lógica señal de duelo, y a veces podemos observar dicho impulso elegíaco en los acarreos masivos de flores, velas, etc., a las tumbas de famosos. O en la búsqueda de sus restos. Tampoco es éste un argumento que me convenza en absoluto, fundamentalmente por lo que suele tener de poco sincero. El caso es que yo no tengo ningún vínculo afectivo que me una a Cervantes, a Thoreau o a John Lennon, por mucho que sí lo pueda tener con sus obras. Quiero decir que no puedo lamentar la muerte de Cervantes, por ejemplo, en la misma medida en que deploraría la destrucción de todos los ejemplares existentes del Quijote. A poco que nos paremos a pensarlo, Thoreau y yo no éramos ni fuimos nunca amigos, por mucho placer que me produzca la lectura de Walden. Nunca salimos juntos a ligar o a tomarnos unos vinos, no nos contábamos nuestra vida, nunca nos echamos unas risas. O sea, que yo no he perdido nada con su muerte, que, por otra parte, es ley de vida. Obviamente, la visita de la parca les impidió seguir trabajando y aportándonos los frutos de su talento, pero hay infinidad de otros músicos, escritores y artistas en general que, con su contribución, han seguido haciendo de este mundo un lugar menos inhóspito y más noble. No hay pregunta más absurda que la de hasta dónde podían haber llegado si hubieran podido vivir más años. Quién sabe. Puede que hasta les hubiera dado tiempo a decepcionarnos. Su legado es el que es, y no el que podía haber sido. Mejor dejarlo estar, como sabiamente dejaran escrito los Beatles en el último álbum que sacaran al mercado, antes de anunciar su separación y, por lo tanto, su muerte como grupo.

Arriba el telón y que continúe el espectáculo, pues. Queda mucho partido por delante.

Jardiel Poncela

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Wag the Dog

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Recuerdo haber visto hace algunos años (en realidad fueron muchos años, pero es que el tiempo transcurre más deprisa a medida que uno se hace mayor), una interesante película protagonizada por Robert De Niro (antes de reconvertirse en bufón) y un espléndido, como siempre, Dustin Hoffman. Se estrenó en España con el título Cortina de humo, cosa lógica, teniendo en cuenta que el título original, Wag the Dog, (“Menea al perro”, en español) contiene una alusión cultural que nada le diría al espectador de nuestro país. Dicho título hace referencia al proverbio inglés “Cuando veas a un perro menear el rabo, asegúrate de que no es el rabo el que menea al perro”. Creo que el significado de esta frase enigmática quedará perfectamente explicado, tan pronto como hagamos la sinopsis del argumento.

El presidente de los Estados Unidos se ve envuelto en un oscuro escándalo sexual, cuando los paparazzi le sorprenden teniendo relaciones con una menor, en plena campaña para la reelección. Para tratar de arreglar el desaguisado, la Casa Blanca recurre a un astuto jefe de gabinete (Robert De Niro), que diseña una original estrategia: inventarse un imaginario conflicto internacional (Albania resulta ser el país elegido) con el que distraer la atención de la opinión pública. Para ello contrata los servicios de un experimentado productor de cine (Dustin Hoffman), quien pone todo su empeño y su buen hacer en crear una atmósfera lo bastante persuasiva como para investir a la monumental farsa de la necesaria verosimilitud. Este plan (disparatado, en apariencia) logra resultados sorprendentes. Casualmente, justo un año después de que se estrenara la película, se produjo el sonado escándalo que habría de empañar la reputación de Bill Clinton, quien fue objeto de impeachment por mantener relaciones extra-matrimoniales con la becaria Mónica Lewinsky. Y también casualmente, en el verano de ese mismo año (1998), tuvo lugar el atentado de Al Qaeda contra la embajada norteamericana en Kenia, al que Estados Unidos replicó mediante el bombardeo de una planta química en Sudán, sospechosa de fabricar armas de destrucción masiva (¿a alguien le suena esto familiar?) Tal actuación no logró detener el procedimiento de impeachment, pero sí se consiguió el objetivo de distraer la atención de la opinión pública americana y ayudó a Clinton a recuperar sus anteriores niveles de popularidad. Por lo que a mí respecta, no pude evitar acordarme del argumento de la película. Y llegué a la conclusión de que no siempre es exacto afirmar que la ficción imita a la realidad, sino que muchas veces es ésta la que se asemeja sospechosamente a aquélla.

Yendo al fondo del asunto, cabe preguntarse hasta qué punto la era de la revolución más grande que hasta ahora haya tenido lugar en el ámbito de la información, no ha tenido su contrapeso en el de la desinformación. Las nuevas tecnologías de la comunicación  ofrecen la ventaja innegable de mantenernos informados al instante de todo lo que pasa, pero también constituyen un filón enormemente provechoso para el propagador de bulos o para el manipulador sin escrúpulos. Y también, cómo no, para el ocultador de información. Porque la propia tarea de seleccionar y presentar la información lleva implícito un proceso previo de manipulación, las más de las veces claramente tendencioso. En los telediarios, por ejemplo, se dedica gran parte del tiempo a los deportes o a las noticias sobre eventos gastronómicos, pero ni una palabra a los desahucios o a los suicidios producto de la desesperación que éstos provocan. Ni a los mendigos que mueren, víctimas de la inanición o de la miseria, un día sí y otro también, en nuestras calles. Un reportaje sobre Master Chef o sobre la canción del verano acapara bastante más atención en los informativos. Y así podríamos sumar y seguir: los devaneos independentistas de Artur Mas sirven para borrar la larga estela de corrupción del presidente de la Generalitat de Cataluña; los suicidios de Leganés hacen lo propio con los atentados del 11-M (hay que ver lo oportunamente que se autoinmolaron los presuntos autores intelectuales del mismo); se habla por lo menudo de las víctimas de violencia de género, pero no se “desperdicia” un solo segundo en mencionar a los muchos padres que se han quitado la vida al privárseles de ver a sus hijos (tanto es así, que la ministra Leire Pajín llegó a prohibir que se hicieran estadísticas al respecto)…. ¿Para qué seguir?

Me gustaría terminar como empezamos, con un par de referencias cinematográficas que vienen a cuento: en El show de Truman, el siniestro y paternal Cristof (magistralmente interpretado por Ed Harris) acalla los temores de sus colaboradores sobre un eventual despertar de la criatura que él considera suya, alegando que “aceptamos la realidad tal y como nos la imponen”. En Juan Nadie, cuando el perverso empresario D. B. Norton (Edward Arnold) le impide a John Doe (Gary Cooper) pronunciar su discurso y éste se queja, apelando al derecho a la libertad de expresión, aquél le replica cínicamente: “Por supuesto que en este país existe el derecho a la libertad de expresión; pero nosotros controlamos los micrófonos”. El caso es que tanto Truman como John Doe consiguen romper finalmente el cerco de la censura y hacer llegar su mensaje a la gente (que no es otro que el ansia de libertad), demostrando con ello que la realidad impuesta por quienes detentan el Poder no es, ni mucho menos, la única posible.

Sé lo que más de uno (tal vez) estará pensando: que no debería ver tantas películas.

Jardiel Poncela

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Desmemoria histórica

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Ayer estuve visitando la casa donde nació el escritor Enrique Gil y Carrasco, en Villafranca del Bierzo. Sentí una mezcla de asombro, indignación y melancolía, a partes iguales. El que fuera el hogar de uno de los escritores leoneses más ilustres de todos los tiempos, se hallaba sumido en el más completo abandono. Cristales rotos, maderas desvencijadas y algún que otro arbusto asomando por la techumbre componían el menesteroso cuadro. Pese a lo cual, dos majestuosos blasones que flanqueaban la entrada principal desafiaban orgullosos el paso del tiempo y las miradas de los curiosos, como advirtiéndonos de que aquellos muros decrépitos quizás pudieran estar amenazando ruina, pero en modo alguno era éste un menoscabo comparable al de nuestra adocenada y gris España, que tiene precisamente en la provincia de León a uno de sus más tristes ejemplos de desmemoria histórica. En este sentido, me convenzo cada vez más de que nos hemos convertido en una nación de carroñeros o despreciables saqueadores de tumbas, a quienes solo interesa remover el pasado cuando éste nos brinda la ocasión de reavivar viejos odios o hurgar en antiguas heridas mal cicatrizadas. Siempre y cuando haya un apetitoso festín de votos de por medio. Y de qué vamos a sorprendernos. Nada tiene de raro el que los corruptos se alimenten de corrupción.

Mucho nos tememos que rescatar la memoria de Gil y Carrasco no constituya un filón demasiado aprovechable para los trepas y demagogos de turno. Eso sí; hemos tenido la deferencia de dedicarle una calle en León, y dos institutos en la localidad berciana de Bembibre están dedicados al héroe de su principal novela: “El Señor de Bembibre” y “Álvaro Yáñez” (que eran, a la sazón, la misma persona). En este último municipio encontramos, asimismo, numerosas calles dedicadas a los personajes de la obra, tales como Comendador Saldaña, Conde de Lemos o Beatriz Osorio. Ahora bien; pese a ser la cumbre del género histórico en la novela española, ni la obra ni el autor figuran en los planes de estudio de nuestra Comunidad de Castilla y León (como tampoco lo hacen el Padre Isla o Antonio Gamoneda, nuestro Premio Cervantes autóctono). Ni por supuesto se hace la menor mención en los libros de historia al hecho de que León albergara al Parlamento más antiguo del mundo. Siento recurrir al cliché tan manido de la discriminación por parte de Valladolid, pero la cosa es como para vomitar. Por otra parte, creo que es, al menos, tan negativo para las futuras generaciones pucelanas ignorar quiénes eran estas figuras, como lo sería para las cazurras prescindir de los nombres de Zorrilla o Miguel Delibes. Ojalá fuese la cultura, en vez de la estupidez y la barbarie, la que careciera de fronteras.

Pero volvamos a Gil y Carrasco. Como decía, este berciano ilustre alcanzó la cumbre del género histórico español con su novela “El Señor de Bembibre”. La leí hará unos veinte años, en parte porque me sentí obligado a ello, al ser mi lugar de trabajo el instituto del mismo nombre (donde habría de permanecer durante casi otros veinte; ahí es nada, que diría el tango). Quedé literalmente prendado de la dramática historia del amor imposible entre Beatriz Osorio y Álvaro Yáñez, con la caída de la Orden del Temple como telón de fondo. Con esta obra, Gil y Carrasco pretende dar la réplica al dívico y omnímodo autor escocés Walter Scott, quien en su novela Ivanhoe lleva a cabo una despiadada caricatura de los templarios, a los que caracteriza como una secta de grotescos hechiceros, inventores de patrañas. No voy a entrar en cuál de los dos retratos es más fidedigno, porque esa sería la tarea del historiador, pero sí que voy a consignar un par de anécdotas tristemente significativas: durante mi estancia de un curso escolar completo en Edimburgo, tuve sobradas oportunidades de pasearme por la bellísima avenida Prince Street, principal arteria de la ciudad. Allí, siempre que no tuviera demasiada prisa, solía recrearme contemplando el magnífico monumento que tiene dedicada la ciudad al gran novelista escocés, no lejos de donde se halla ubicado el Parlamento. También tuve ocasión de visitar la casa donde vivió otro escocés ilustre, Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro. La vivienda estaba primorosamente restaurada, recreando el mobiliario y decoración de la época, y acompañada la visita por una guía que te iba explicando diversos pormenores de la vida de Stevenson. Ayer no pude evitar que afloraran a mi mente estos recuerdos, al ser testigo de aquella inmensa desolación, con la lógica punzada de amargura. Las comparaciones son odiosas, pero inevitables. Y pensaba para mí mismo: “Qué desgracia tuvo este hombre, por partida doble: al ser español y, encima, de León”.

El otro día leí un lúcido e interesante artículo de Antonio Fraguas “Forges”, en el que ahondaba en las causas morales y éticas de la actual crisis. Había un adjetivo que se repetía obsesivamente, a modo de mantra, a lo largo de todo el escrito, y era el calificativo “mediocre”. Somos un país mediocre, argumenta Forges, desde el momento en que hemos renunciado a nuestros valores y denostado a nuestros más altos referentes cívicos y culturales, para sustituirlos por el famoseo y el divismo más burdos, encumbrando a los freakies de los platós de Tele 5 a la categoría de mitos.

En todo tiene razón Forges, excepto en una cosa: lo de “país mediocre” nos viene grande.

Jardiel Poncela

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Los billetes del Monopoly

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No sé si habréis oído hablar de este juego, al que le han salido innumerables clones (el Palé, el Superpoly, el Petrópolis…) Qué lejos quedan aquellas tardes de domingo de la preadolescencia (más o menos entre los doce y los catorce años), en que nos entregábamos con voracidad mis amigos y yo a aquel sucedáneo de especulación, con el tablero llenándose paulatinamente de casitas verdes y rojas, en el que siempre resultaba uno vencedor (casi nunca era yo) y el resto quedaban inevitablemente abocados a la ruina. La interminable partida llegaba a su fin cuando todos los jugadores, excepto uno, se declaraban en quiebra.

Aquel juego resultó ser tremendamente premonitorio, pues seguramente sin pretenderlo constituía un fiel reflejo de la espiral autodestructiva en la que está entrando la economía mundial. Sin entrar en datos empíricos ni en tecnicismos mareantes, podríamos resumir la situación apuntando que cada vez es mayor la brecha entre la economía productiva y la especulativa, siendo esta última la que atrae como un imán a las jaurías de usureros y embaucadores de todo pelaje que, como chacales sedientos de sangre, se abalanzan sobre la riqueza ganada por otros mediante años de sacrificio y esfuerzo, con la esperanza de multiplicarla instantáneamente por arte de birlibirloque, en lo que podríamos caracterizar como una variante posmoderna de la parábola de los panes y los peces. Yo no sé si tal milagro ocurriría o no, pero de lo que sí estoy seguro es de que en el proceloso océano de la economía mundial (eso que de modo tan difuso llaman “los mercados”), la realidad es que los peces más grandes devoran a los más chicos, hasta que llegará un momento en que no habrá más peces en el mar. Puede que ni siquiera haya mar. Me viene a la mente una escena de la deliciosa película de animación Yellow Submarine, con música de los Beatles, en que todas las criaturas marinas eran absorbidas por un extraño monstruo que tenía como una enorme aspiradora en la cara. Al final, cuando ya no quedaban víctimas en los alrededores a las que poder engullir, terminaba por devorarse a sí mismo.

Volviendo a mis nostalgias adolescentes (la infancia es la verdadera patria del hombre, dijo Rilke), recuerdo que, cuando acababa la partida, nos íbamos hasta el quiosco de la Pícara y allí el ganador, haciendo ostentación de su riqueza, compraba un paquete de pipas que compartía generosamente con sus derrotados compañeros. Y allí nos quedábamos, sentados en un banco, comiendo pipas y viendo pasar a las chicas, que por aquel entonces nos empezaban a gustar. Perfectamente conscientes de que lo anterior había sido un simple juego, y de que lo verdaderamente importante estaba allí, desfilando ante nuestros ojos: nuestra amistad, las chicas… la vida, en definitiva. Para que luego digan que la edad nos hace más sabios. Lo que sí es verdad, desde luego, es que nos hace más viejos. Pero lo peor no es que yo, o mis amigos de entonces, hayamos envejecido. Eso, al fin y al cabo, es ley de vida. Lo peor es que el mundo entero se ha hecho más viejo y, por ende, más desesperado y estúpido.

Nosotros, dentro de nuestra ingenuidad, al menos sabíamos que las pipas no se podían pagar con los billetes de la partida, por muy abultado que fuera el fajo.

Jardiel Poncela

Kantiano, y a mucha honra.

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Kant no fue un hombre cualquiera. Si fue capaz de escribir la Crítica de la razón pura, en alemán para más inri, no tuvo que ser un hombre cualquiera. Y no lo fue, claro está. Aunque para llegar a escribir tamaña obra, uno de los mayores hitos del quehacer universal de la especie, el buen hombre renunciase entre muchas más cosas a salir de su Königsberg natal. Y es que hay que ser Kant para nacer en un lugar como Königsberg y pasarse una vida entera allí, ochenta largos años casi, cuatro décadas sin salir de la ciudad, sin ir jamás mucho más allá de sus alrededores. “¿Para qué?”, debía pensar Kant. Si había que ir se iba, pero ir por ir… con la de trabajo que el libro le daba. Once años, se dice pronto, estuvo sin publicar nada, con la redacción de la Crítica. Siendo persona de hábitos se permitiría a lo sumo dar largos paseos; pero una aventura como la suya estaba reñida con placeres mundanos como el de viajar. Por ello Kant debió decidir no viajar; y no viajó. Espacio -que es lo que se recorre si viajas- y tiempo -lo que se necesita; además de una maleta, un par de mudas limpias y un cargador de móvil- eran para Kant, y así lo expuso en la primera parte de la primera parte de la Crítica -la Estética trascendental- formas a priori de la sensibilidad, o lo que es lo mismo, que a Immanuel lo de dedicarse a viajar le parecería poco menos que una sandez; una bobada, una menudencia, vaya, así que ocupaba el tiempo -y el espacio- de mejor manera, que no era otra que reflexionando sobre esos dos conceptos y sobre algunos otros con la idea puesta en construir un edificio lo suficientemente sólido, amén de amplio, para albergar no ya aquella indagación trascendental suya -¡si solamente se hubiese tratado de eso!- sino para acoger ni más ni menos que una explicación del Mundo, parir una Metafísica. Y vive dios que aquel descendiente de un fabricante escocés de sillas de montar, estudiante aplicado primero y filósofo abnegado después, sin conocer más Mundo que Königsberg y poco más, llegó a explicárnoslo como nadie.

Hoy, doscientos treinta y cuatro años después de la primera edición de la Crítica de la razón pura, yo, que la leí y pienso releerla a no tardar -que el tiempo será una forma a priori de la sensibilidad, pero además es relativo- me declaro, y a mucha honra, kantiano: proclamo que viajar está sobrevalorado; tanto lo está al menos como minusvalorado está no hacerlo. No se trata de que uno tenga ni lejanamente la intención de escribir algo ni remotamente similar a lo de Kant, que sería una absoluta insensatez siquiera pensarlo; sucede, muy de otra manera, que se puede creer que con pasear por el Königsberg de cada cual alcanza para sentirse razonablemente feliz. Si Kant no se movió gran cosa, será que moverse tampoco es tan importante. Recuerdo una vez, a la vuelta de un viaje de juventud precisamente por Escocia en el que tuve ocasión de admirar un paisaje de singular belleza, el de los Highlands, cómo me dio por fijar la vista en las montañas que conforman el valle del pequeño lugar donde me crié. Ésa fue la primera ocasión en la que debí declararme, sin hacerlo, sin ni saberlo siquiera, kantiano; sería una premonición. ¡Quién me mandaría a mí viajar hasta aquella región del norte de Escocia para contemplar unos montes todo lo más de igual belleza, si no menor, que los que configuran la vaguada que cobija al pueblo en el que crecí! ¿Hubiese Kant viajado hasta aquellas lejanas tierras -y eso que su abuelo era de por allí- para admirar un paisaje que en casi nada podía envidiar al de su Königsberg natal, la Montaña del Rey? Claro que no. Y si Kant pudiendo haber viajado no viajó, sería por algo; sus buenas razones tendría. Dudo que ni por un buen whisky escocés, de malta, por supuesto, hubiese movido el culo nuestro querido amigo, aunque no es algo que pueda jurar ni sepa a ciencia cierta.

Hoy puede parecer que si a cada poco no estamos peregrinando cuanto más lejos mejor, nos perdemos algo esencial; pero Kant nos enseñó que no es así, aunque yo no sabría explicar por qué. No siendo alemán, como el gran pensador, mas sí kantiano, habré de conformarme con argüir citando algunos archiconocidos versos -que por estas latitudes más dados somos a la rima y a las artes plásticas que a la sesuda reflexión en conceptos puros- del acerbo popular, pero no por ello menos sabios. Dicen así:

<<Tengo las nubes del cielo y tengo las olas del mar

Y si tengo tu cariño, y si tengo tu cariño

Ya no quiero nada más.

Estando contigo, contigo, contigo de pronto me siento feliz

 Y cuando te miro, te miro, te miro me olvido del mundo y de mí

 Qué maravilloso es quererte así

Estando contigo, contigo, contigo me siento feliz.>>

No sé, ni importa mucho, la verdad, si Marisol fue o no una gran viajera. Sé, empero, que no escribió una metafísica ni maldita falta que le hacía a la pobre. No obstante, si llega el día que podamos viajar por el tiempo -y el espacio- a nuestro completo antojo, me gustaría invitar a Kant y traerlo de viaje a España; no para llevarlo a un concierto de la niña prodigio aquella sino para invitarle a unos vinos y unas tapas. No cunda el pánico ni haya quien se preocupe, que ello sería después de que el filósofo hubiese publicado la segunda edición de su magna obra, no fuese a suceder que se le despertase a Kant el gusanillo de dar tumbos por el orbe y nos dejase sin lo mejor de su legado. Hasta puede que después de los vinos y las tapas ésas, de congeniar, fuese él quién a su vez me invitara a viajar a Berlín en Junio, y juntos viésemos a su Bayern y a mi Barcelona disputar la próxima final de la Copa de Europa. Puestos a fabular, si a Kant pudiera darle por viajar, por qué no también llegar a gustarle el fútbol, ¿no?

(“Estando contigo”; Marisol) https://www.youtube.com/watch?v=BjkxGW9maUE&feature=player_detailpage

Phil O’Hara

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Humor vs. tiranía

Oscar Wilde, ese irlandés inconformista y genial, dijo una vez que la vida era algo demasiado importante como para tomar en serio. Sentencia controvertida y enigmática donde las haya. Personalmente, creo que se le podría dar la vuelta y decir que el humor es algo demasiado importante como para tomar a broma. Si no, que se lo digan a nuestra indecente y corrupta clase política, a la que parecen resbalarle los silbidos y abucheos a la puerta de los juzgados, pero que sin embargo han montado en cólera cuando los ciudadanos Ramiro Pinto Cañón y Natalia Arbolio (junto con una tercera persona que prefiere permanecer en el anonimato por motivos personales), pertrechados con una ristra de chorizos y unas narices de payaso, montaron una original protesta a la entrada del Palacio de los Guzmanes el día en que estaba celebrándose la elección del nuevo Presidente de la Diputación. Esto se lo han tomado bastante a mal Sus Señorías, quienes, en un despliegue de prepotencia y despotismo propio de los mejores tiempos de Franco, han volcado toda la maquinaria del poder contra estos tres presuntos culpables de terrorismo circense (digo lo de “presuntos culpables” porque la presunción de inocencia, al parecer, ya no existe en nuestro ordenamiento jurídico), levantando contra ellos falsos testimonios de “coacción” o desacato a la autoridad. Hubiera tenido más gracia, al menos, acusarlos de ejercer el payasismo sin licencia, o de tenencia ilegal de chorizos. Pero es evidente que nuestra clase política, aparte de golfa y choricera, carece del más mínimo sentido del humor. O tal vez el quid de la cuestión esté en que, acostumbrados como están a ser ellos los que se rían de la ciudadanía, les ha molestado ostensiblemente el cambio de tornas que se ha producido en esta ocasión, convirtiéndolos a ellos en el blanco de las carcajadas. Al fin y al cabo, los insultos y vilipendios camino de las dependencias judiciales, invisten de cierta aureola de dignidad. Jesucristo tuvo también que soportarlos yendo hacia el Gólgota, o Juana de Arco camino de la hoguera, pero, ay, no hay nada más doloroso que el ser objeto de una burla. De lo que no se dan cuenta es de que, mediante este esperpento legal, lo único que consiguen es acrecentar el ridículo y el descrédito ya de por sí grandes en que han quedado a los ojos de todos. Esta cutrescente vendetta disfrazada de farsa judicial va a conseguir exactamente el efecto opuesto al buscado en un principio, es decir, el de aumentar la indignación y concienciación de la ciudadanía. Una maniobra especialmente torpe en período preelectoral. Pero qué se le va a hacer. Nuestra clase política no solo es perversa, mezquina y cutrescente, sino que además es estúpida. Algo fácilmente previsible, por otra parte, si tenemos en cuenta que el humor es solo patrimonio de los inteligentes.

Dos cosas empañan, sin embargo, las ganas de reír que, de ser otras las circunstancias, suscitaría semejante bufonada. Una, el hecho de que las autoridades jurídica y policial (cuyo cometido teórico es defender a los ciudadanos de la injusticia) se hagan eco de esta tropelía, al admitir a trámite una denuncia que debería haberse archivado inmediatamente, por no respetar las más mínimas garantías legales por las que se supone que se debe regir un estado de derecho. La segunda, más preocupante aún si cabe, el silencio cómplice y cobarde de los demás asistentes a la manifestación, que asistieron con absoluta pasividad a este flagrante abuso de autoridad, cuyo inesperado y dramático corolario fue la detención de los tres ciudadanos antes mencionados. Es fácil enarbolar una pancarta, pero no lo es tanto el dar la cara cuando las cosas se ponen feas. Como San Pedro, ahora que se acerca la Semana Santa, estos activistas de chichinabo negaron a sus compañeros, abandonándolos a su suerte. Lo cual, reconozcámoslo, es una baza a favor del Poder. Está claro que han conseguido inocularnos no solo el miedo a protestar, sino también el miedo a reírnos. Puede que incluso el miedo a amar.

Jardiel Poncela

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Del hombre aquel que fui cuando callaba

El otro día mi amigo Antonio glosaba un comentario mío al libro de poemas El silencio, de Salvador Negro, de la siguiente manera: “No hay que ponerse tan extremista. Hay personas, como el señor Jardiel Poncela, que rompen el silencio para hacernos pensar, ¿no?” Aparte de agradecer, naturalmente, tan sentido elogio, creo que la opinión de Antonio suscita un interesante debate acerca de los límites de la prudencia y la cobardía o, lo que viene a ser lo mismo, de hasta dónde debe alcanzar la rigurosidad en el silencio. A ello me propongo contestar en las líneas que siguen.

Como punto de partida, tomaremos una frase del genial Groucho Marx: “Más vale permanecer callado y parecer tonto, que ponerse a hablar y disipar todas las dudas al respecto”. Resulta bastante llamativo el que dicha observación del entrañable cómico, que tanto nos ha hecho reír con sus ocurrencias, coincida básicamente con lo dicho muchos siglos atrás por nuestro ilustre compatriota Lucio Aneo Séneca, personaje que no se caracterizaba precisamente por tener un gran sentido del humor: “Procura permanecer siempre callado, a no ser que estés completamente seguro de que lo que vas a decir es más valioso que tu silencio”. En la misma línea se pronunció Aristóteles cuando dijo: “El hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras”. No cabe duda de que el silencio cumple, por lo tanto, una función importante en el proceso comunicativo, mientras que, paradójicamente, la interrupción del mismo puede suponer un elemento claramente distorsionador (me vienen a la mente los intercambios de naderías a través del chat, el email, el whatsapp y otros medios, tan de moda a día de hoy, cuya función se ha visto claramente devaluada, al convertirse en instrumentos destinados a empobrecer la comunicación, en vez de facilitarla). El silencio nos permite, entre otras cosas, escuchar a los demás o entregarnos a la reflexión, por lo que su papel puede sin duda ser enriquecedor. Esto es así incluso en el lenguaje musical, donde los silencios, si son administrados sabiamente por el compositor, contribuyen a enaltecer o subrayar la belleza y el poder evocador de la melodía.

Ahora bien, todo aspecto de la realidad tiene su anverso y su reverso, al igual que las monedas. Y lo que en determinadas situaciones puede ser un signo de prudencia o sabiduría, puede convertirse en un síntoma de resignación o cobardía, si lo llevamos demasiado lejos. En ocasiones, la línea fronteriza entre un estado y otro puede ser bastante difusa. Y, si bien coincido con los autores antes citados en que es malo hablar cuando no debemos, yo afirmo que es aún peor optar por permanecer callados cuando deberíamos hacer oír nuestra voz. De hecho, considero que el silencio, al igual que en las obras musicales, debe interactuar con las palabras, hasta cierto punto prefigurando éstas. Por expresarlo de manera gráfica, nuestros silencios deben ser a las palabras lo que las manos del alfarero a la vasija de barro: un instrumento que ayude a moldearlas. De lo contrario, dejaremos de ser la caja de resonancia donde reverberen las palabras de otros para convertirnos, simplemente, en un pozo sin fondo donde se pierda para siempre todo atisbo de nobleza o sensatez que nos haya precedido, creando con ello el caldo de cultivo apropiado para que la injusticia y la insensatez extiendan sus dominios, imponiendo el silencio absoluto y definitivo. Aunque los corazones sigan latiendo.

Con frecuencia me he preguntado a mí mismo (y me lo han preguntado otros) qué es lo que me ha llevado, por ejemplo, a romper mi silencio de tantos años para decidirme a emprender esta aventura bloguera con mi compañero de fatigas, Phil O’Hara. Aparte de las seductoras palabras de ánimo de este último, creo que hay otra razón más profunda. Thoreau dijo en cierta ocasión que muchos hombres permanecen callados no porque no tengan nada que decir, sino porque no se han producido las circunstancias idóneas para que su mensaje llegue a oídos de los demás. Al hilo de esta reflexión, cabría interpretar que las épocas de crisis son quizás las mejores para que los espíritus inconformistas hagan público su alegato, al haber una receptividad mayor por parte de los destinatarios potenciales del mismo. Podríamos decir que la situación por la que estamos atravesando, en la que el silencio está dejando progresivamente de ser una opción para transformarse en una imposición, constituye la mejor de las coyunturas para que quienes hemos permanecido callados durante demasiado tiempo (y quizá por ello no hayan tomado por tontos o cobardes), nos decidamos a dejar de encajar los golpes como meros sparrings para pasar, por fin, a la ofensiva.

Terminaré esta reflexión con unos versos de Blas de Otero (a mi juicio, uno de los mejores poetas españoles del siglo XX), que creo que vienen muy al caso:

 

Porque vivir se ha puesto al rojo vivo.

(Siempre la sangre, oh Dios, fue colorada)

Digo vivir, vivir como si nada

hubiese de quedar de lo que escribo.

 

Porque escribir es viento fugitivo,

y publicar, columna arrinconada.

Digo vivir, vivir a pulso; airada-

mente morir, citar desde el estribo.

 

Vuelvo a la vida con mi muerte al hombro,

abominando cuanto he escrito: escombro

del hombre aquel que fui cuando callaba.

 

Ahora vuelvo a mi ser, torno a mi obra

más inmortal: aquella fiesta brava

del vivir y el morir. Lo demás sobra.

 

Jardiel Poncela

 

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