Archivo de la categoría: Textos poéticos

Riders on the Storm

La carretera es como un tentáculo que se extiende hacia la noche sin llegar nunca a alcanzarla.

Por toda compañía, la voz de un muerto. Jim Morrison nos habla de jinetes en la tormenta, pero su cabalgadura dista mucho de ser un rayo. Es tal la consistencia de su voz, desgarrada y opaca, que casi la siento tomar forma en el asiento vacío del acompañante.

Mientras tanto seguimos avanzando hacia el vientre de la noche, ese monstruo de fauces permanentemente abiertas que, sin embargo, nunca acaba de engullirnos ¿No será que ninguno de los dos nos resignamos a no seguir entre los vivos?

La carretera que no parece llevar a ninguna parte. Los faros y la música de los Doors, esforzándose en vano por perforar la piel viscosa de la noche que, como un inmenso camaleón, nos acecha con el mudo hieratismo de sus ojos desorbitados. Hubo un tiempo en que yo también me creí un jinete en la tormenta, con las riendas de mi propio destino. Pero no soy más que un insecto anónimo, al que pronto atrapará el camaleón con su larga lengua protáctil.

Quizá Jim Morrison murió demasiado joven para comprender todo esto. Pero yo, que tal vez debería haberle acompañado, he vivido lo bastante como para saber que a la tormenta le sucede siempre la calma de las carreteras desiertas y los asientos vacíos.

Jardiel Poncela

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Lo único que he hecho en todo el día

Esto es lo único que he hecho en todo el día ¿Y qué es “esto”?, me preguntaréis.

Pues es algo tan inasible como tocar el viento, o atrapar un suspiro en una redoma, o tratar de esculpir las formas de las nubes o de las olas. Yo diría que aún menos: empeñarse por que la estela de un navío deje su cicatriz sobre el agua, o esforzarse por trazar sombras chinescas sobre un escenario de fondo negro, como el de aquel teatro que visité una vez en la ciudad de Praga. Recuerdo que una vez vi a unos callejeros que hacían pompas de jabón gigantes, inflándolas e inflándolas hasta alcanzar tamaños espectaculares. Pero al final acababan disolviéndose en el aire, igual que las pompas chicas. Y yo pensaba que el mismo destino tienen las palabras: las más estridentes y las más quedas, las más profundas y las más someras, las que son breves y las que son más largas.

Qué inútil todo, ¿verdad? Quizá debería haberme ocupado y preocupado por hacer algo de provecho: cosas tales como jugar en bolsa, especular recalificando terrenos o presentarme como candidato a la presidencia del gobierno. Tal vez debería haber fundado Microsoft o fichado por el Real Madrid, para ganarme el aplauso y la admiración de las gentes. O puestos a utilizar como herramienta las palabras, haber hecho algo que me aportara algún beneficio con ellas. Podría dedicarme a manipular las opiniones de la masa haciéndome con el control de algún periódico, o ganar el Premio Nobel de Literatura. O incluso, por qué no, podría haber cazado al vuelo la sugerencia de Woody Allen y haberme entretenido invadiendo Polonia.

El problema es a ver cómo se hace eso si no estás afiliado a ningún partido político, si no perteneces a ningún lobby financiero, si no eres bueno ni con los ordenadores ni con los balones, o si no tienes tanques ni ejército. Vaya desastre. No soy malo en el manejo de las palabras, no. Pero soy de natural pacífico. No se me da bien guerrear con ellas, ni tampoco hacer trucos de prestidigitación, para hacer ver al público que lo blanco es negro. En cuanto a eso de los premios literarios… Gané uno de niño, organizado por Coca-cola, con una redacción sobre la alteración del equilibrio ecológico a manos del hombre. Pero mi prometedora carrera literaria acabó ahí. Se ve que el niño creció y se volvió más viejo, pero no más sabio.

A veces, cuando estoy ocioso –es decir, casi siempre-, y no tengo a mano nubes que moldear ni suspiros que atrapar, me dedico a escuchar música. Se me da muy bien escuchar música. Tengo un montón de obras musicales metidas en la cabeza y, creedme, si inventaran algún artefacto que amplificara los sonidos guardados en el cerebro, podría deleitaros ahora mismo con los acordes de la Quinta Sinfonía de Tchaikowsky, de La flauta mágica de Mozart, del cuarteto La muerte y la doncella de Schubert, o de muchas otras obras que me pidierais. Podría formar una orquesta de un solo hombre, como aquel genio inglés de la música contemporánea… ¿Cómo se llama? Ah, ya lo tengo: Mike Oldfield, se llama. Pero Mike Oldfield sabe tocar todos los instrumentos que se le pongan por delante y yo no sé tocar ninguno, para mi desgracia. Se me da bien cantar, aunque nunca me haya presentado a OT, pero creo que perdí la voz, o que la dejé empeñada, cuando me cansé de oír el eco solitario de ella en este páramo yerto que es mi vida. Honestamente, ya no sé distinguir el eco del original. Como tampoco sé distinguirme a mí mismo de mi propia sombra.

Y, sin embargo, qué sensación de fatiga. Y es que no hay nada tan cansado como el no hacer nada. O, mejor dicho, no hay nada tan cansado como empeñarse en tallar las nubes, en cazar suspiros o en arañar sombras. O en lanzar palabras encendidas al viento, que siempre terminan por extinguirse bajo la lluvia, como las pavesas esparcidas de una hoguera. No hay nada tan cansado como el caminar despacio y ver cómo todos te adelantan, sin duda impacientes por concluir su carrera hacia la nada.

Así que ya lo sabéis, amigos míos. Esto es lo único que he hecho en todo el día. Perder un tiempo que ya estaba perdido de antemano, y caminar obediente, con paso lento pero seguro, hacia la noche definitiva.

Jardiel Poncela

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Tributo

Si acaso tuviese algún sentido catalogar a las personas que nos han dejado, cabría quizá clasificarlas en las que se fueron sin más, las que pasaron por la vida con más pena que gloria, aquellas que la transitaron sin pena ni gloria, las que en su existir dejaron más gloria que pena, las pocas que sólo legaron gloria y luego, solo y por encima de todos, yo colocaría a mi tío Antonio.

Estoy convencido de lo difícil que va a ser que llegue a conocer jamás a alguien mejor; igual siquiera. Por más que trato de recordarlo enfadado, de mal humor, no atino, soy incapaz; el esfuerzo es en vano. Nunca una mala palabra, de ningún modo un mal gesto; siempre desviviéndose, solícito, por los demás; esmerado, atento al cuidado de todo y de todos. En esas evocaciones está siempre pendiente del reclamo de alguien. Era capaz de dejar cualquier asunto que tuviera entre manos, por importante que fuera, por remediar tu pequeño, tu mísero, tu ínfimo problema. Así era él. “No vayas a comprar las deportivas donde Yordas; espera, que te acompaño a Félix, que las tienen mejores y además más baratas, y encima me hacen descuento.” Y dejaba la oficina de la sucursal bancaria en la que trabajaba y te llevaba a la tienda de Félix a por unas deportivas. Sé lo selectiva que la memoria puede llegar a ser; cuán fácil le resulta al recuerdo traicionarnos; pero por más que me afano en rememorar algún mal momento, y tuvo que haberlos, me confieso impotente por dar siquiera con uno.

Donde quiera que ahora ande, andará a buen seguro pendiente de alguien, echando una mano a quien quiera que la necesite; lo mismo que mientras estuvo aquí, incapaz de prestarse algo de atención, de ser para sí. Así que Simón, Simón Pedro, a ver si le dejáis descansar. Anda, ve y diles a esos chavales que dejen ya de joder con la pelota y le dejen reposar al pobre. Simón, Simón Pedro, más de media vida cargándote a hombros y hay veces que te mandaría bajar del paso y que siguieras a pie. Y no es por la firme y severa vara que se clava sino por ese otro dolor en el pecho; por ese dolor infinito que se clava, ése sí, como un punzón en la carne. ¡No habría otros a quienes llevar primero! ¡Qué prisas tendrías! Dejadle al menos ahora en paz. Que ya está bien, Simón Pedro, que ya está bien. Te lo llevaste. No te importó que hubiese ausencias como la suya que iban a arañar la piel de la memoria hasta dejar fluir, como si fuera sangre, la herida del recuerdo de sus gestos, de su risa, de su mirada, de su voz; el recuerdo de su alma bondadosa, que afloraba refulgente por cada poro de su piel. ¡Que no, hostias, que no!, que ni te imaginas, Simón, cuánto duele la pena a veces. Recordarlo con una sonrisa… como si eso fuera sencillo. No lo es; cómo iba a serlo, Pedro, dime tú cómo iba a serlo.

                                                                                                                                                                                                                                         Phil O’Hara

                                                                                                                                                                                                                                                

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Simón el Estilita

Simón el Estilita es un santo anacoreta que vivió en el siglo V y pasó más de la mitad de su vida (treinta y siete de los sesenta y nueve años a los que murió) en lo alto de una columna en el medio del desierto. El cineasta Luis Buñuel hizo una película de tono satírico sobre él, en la que no salía muy bien parado. Yo me he propuesto rescatar su figura, convirtiéndolo en un héroe trágico que desafió la autoridad divina (versión cristiana del mito de Prometeo) lanzando el siguiente desafío a Dios: “Yo no me muevo de aquí hasta que no me demuestres que existes”. Ignoro, claro está, cuáles pudieron ser las verdaderas motivaciones de este señor para entregarse con tan desmesurado celo a tan extravagante penitencia, pero no me importa demasiado. Ésta es la versión en la que a mí me gusta creer.

Son ya treinta y siete estíos (o un solo estío permanente) los que pesan sobre tus párpados, y éstos se prestan a rendirse dócilmente a la noche definitiva. A partir de mañana, cuando una vez más el sol asome impasible sobre la línea del orto, tu ávida mirada de orate ya no tornará a recorrer, desde lo alto de tu atalaya, estos páramos abrasados por el calor y el silencio.

Poco antes de que se cierren para siempre, tu vida vuelve a desfilar ante tus ojos. Los treinta y siete años duran apenas lo que dura un parpadeo ¿Acaso fueron algo más que un parpadeo? Tú creíste percibirlo como el sedoso deslizar de los granos en un reloj de arena que con morosa delectación va precipitando los minutos y los siglos, pero ahora comprendes que el tiempo es en realidad un paciente camaleón que yace agazapado en la profundidad de la noche y termina por devorar con un solo golpe de su lengua protáctil, larga y fulminante como un dardo, todo lo que encuentra a su paso: civilizaciones e imperios, sueños de fuego y de piedra, insignificantes hormigas que, como tú mismo, osan desafiar al pie del titán antes de ser aplastadas.

¿Desafiar? Sí, ya sé que eran muchos los que te consideraban un hombre santo y veían en tu gesto no sé qué ritual de redención, que habría de reportarte el favor divino a ti y a aquellos que, careciendo de tu tesón y tu fortaleza, optaran por recurrir a ti para que intercedieses por sus pobres almas pecadoras. Otros se reían de ti, y tan sólo te veían como a un loco de mirada febril y cuerpo desahuciado, prisionero tras los barrotes invisibles forjados por tu mente extraviada, incendiada por el sol implacable del desierto. Y no faltaban los corazones bondadosos que te compadecían y, conscientes de la futilidad de tu gesto aunque sin comprender tus motivos, ponían infructuoso empeño en convencerte para que descendieras de tu Gólgota hecho a medida. “Ya es más que suficiente”, te decían, “La agonía de Jesús Nuestro Señor apenas duró unas horas y tú ya llevas años allá en lo alto”. Pero tú te negabas a escucharlos, porque sabías muy bien que a esas alturas (nunca mejor dicho) el camino que habías emprendido era ya un camino sin retorno.

Pero una vez, al caer la noche, me quedé escondido tras unas rocas cuando todos se habían ido. Y te vi agitar el puño con gesto desafiante hacia la negra bóveda de la noche, y gritar con voz tonante: “Háblame de una vez. Sí, ya sé que ellos tienen razón, pero es a ti a quien quiero oírtelo. Bajaré de esta columna en cuanto tú me lo ordenes, pero me lo tienes que decir”. Y tus palabras quedaban reverberando en mis oídos y en el silencio de la noche, sin obtener otra respuesta que la de su propio eco. Y cada nuevo e impávido amanecer era como el pico inmisericorde del águila que te arrancaba una y otra vez las entrañas, haciéndote retorcer de dolor igual que al desventurado Prometeo.

Ahora todo acabó. No habrá más desfiles de curiosos ni feligreses, ni mudas plegarias de desesperación bajo el tórrido sol del desierto, ni más imprecaciones desgarradas al vacío gélido de la noche. Te sientes derrotado. Quisieras creer que Dios finalmente se ha apiadado de ti y te ha llamado a su seno, y que si guardó silencio durante todos estos años fue para castigar tu soberbia al osar retarlo. Pero la explicación real es más simple que todo eso. Sencillamente, tu órdago no funcionó. No hay nada que consiga horadar la piel del silencio tras la que se oculta Dios, o tal vez Dios sea ese mismo silencio, que se alimenta de tiempo y de sorda desesperación sin llegar a saciarse nunca. En cualquier caso, te queda al menos una certeza en el medio de tantas zozobras. Y es que, sea lo que sea lo que te espera al otro lado del telón de tus párpados definitivamente sellados, estás completamente seguro de que no podrá ser el infierno. Porque ése, desde luego, lo has conocido de sobra ya.

Jardiel Poncela

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El último hombre

La luz de atardecer crepitaba en los tejados, como el rescoldo de un ascua agonizante.

Una música cansada se deslizaba por los desiertos tiovivos y un viento, igualmente lánguido y perezoso, arrastraba nubes de polvo por las calles.

Nadie recogía la ropa de los tendederos y las flores se marchitaban sin remedio en sus macetas, sedientas de agua y de cariño. Los semáforos, ajenos a todo, seguían cambiando absurdamente de color sin saber que ningún conductor hacía ya caso de sus instrucciones.

Y entonces una lágrima furtiva resbaló por la mejilla del último hombre porque sabía…porque sabía que ya no volvería a llorar nadie.

Jardiel Poncela

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