El vacío ideológico de la izquierda

“Nada es tan resistente al paso del tiempo como el tópico”, dijo Sir Arthur Conan Doyle. Esto es así, incluso en el lenguaje. Hace ya mucho tiempo que sabemos que es la Tierra la que gira alrededor del Sol, y no al contrario. Sin embargo, seguimos diciendo que el sol “sale” por el este y “se pone” por el oeste. O “te seguiré hasta el fin del mundo”, aunque sepamos de sobra que el mundo es redondo y, por lo tanto, no tiene fin. De igual modo, seguimos aplicando (o se siguen aplicando ellos mismos) la etiqueta de “progresistas” a los partidos de la izquierda del arco parlamentario. Pero… ¿responde la realidad a esa etiqueta?

Hace algún tiempo comentaba Ramiro Pinto en su blog que, así como la derecha nos trata como si fuéramos niños, repartiendo caramelos o amenazando con castigos según nos portemos bien o mal, la izquierda acostumbra tratarnos como si fuéramos perritos, sacándonos a pasear. Una prueba de lo primero la tenemos en el incremento notable de ciertas partidas presupuestarias de cara a la obtención de réditos electorales en las próximas elecciones (incrementos que sin duda responden, en buena medida, a los vaticinios favorables de las encuestas), y un reflejo de lo segundo lo encontramos en la proliferación de mareas multicolor (marea blanca, marea negra, marea verde, marea púrpura, marea arcoíris…) que han venido tiñendo el paisaje urbano español de un tiempo a esta parte. Si tuviera que resumir con un solo término la impresión suscitada en mi ánimo por estas polícromas movilizaciones, dudaría entre escepticismo y decepción.

Por otra parte, tenemos el fulgurante ascenso de ciertas fuerzas políticas emergentes, que comenzó el año pasado tras conseguir un espléndido resultado en las elecciones europeas y parecía haberse consolidado este año, tras la celebración de los comicios municipales y autonómicos. Eran muchos quienes veían en Pablo Iglesias a ese líder carismático que se echaba de menos desde los primeros tiempos de Felipe González, con un diagnóstico lúcido de la situación política y social, y en Podemos a la fuerza política capaz de romper la hegemonía del bipartidismo y articular un discurso alternativo de izquierdas, que sirviera de revulsivo tanto a la tibieza y creciente aburguesamiento del PSOE como al ideologismo rancio de IU, basado en gestos teatrales cargados de efectismo y en consignas vacuas y obsoletas. Pero la decepción no ha podido ser mayor tras los continuos bandazos de esta formación en materia programática, el espectáculo poco edificante dado por algunos de sus líderes y la orgía de desenfreno demagógico a la que parecen haberse entregado los equipos de gobierno de aquellas ciudades en las que han conseguido la alcaldía.

Creo que la aporía de la izquierda responde principalmente a su incapacidad para resolver sus propias contradicciones internas, lo cual les lleva una y otra vez a caer en la vana liturgia de los eslóganes, que nos demuestra hasta qué punto resulta ser cierta la máxima de Nietzsche: “El que recurre al gesto es falso”. Parapetarse detrás de una pancarta, megáfono en mano, puede ser tarea fácil, pero, aunque parezca contradictorio, no lo es tanto sentarse en la butaca de un despacho y desde ahí dar solución a los problemas de los ciudadanos. Y así hemos asistido a la lenta disolución del azucarillo del ruido mediático en el día a día de la actuación política, una vez roto el espejismo de su aparente pujanza. Acciones tan urgentes como la adopción de medidas contra la pobreza energética brillan por su ausencia en los ayuntamientos de izquierda recién electos, si bien no han faltado toda suerte de gestos inútiles e histriónicos, como los cambios de nombres de calles o la retirada de bustos del rey Juan Carlos. Por no hablar de los destellos de nepotismo que hemos tenido ocasión de vislumbrar recientemente, y que constituyen un preocupante síntoma del creciente aburguesamiento de estas formaciones, cada vez más cercanos a la vilipendiada “casta”. Y, por supuesto, habría que añadir los numerosos escándalos de corrupción en que se han visto involucrados sindicatos y partidos de izquierda en general, con episodios tan siniestros como los ERE de Andalucía, el fraude de los cursos de formación o la implicación de destacados militantes del PSOE e IU en los desafueros de Bankia (a menudo parece que se nos ha olvidado). Se podrá argumentar, con razón, que estos son hechos aislados que afectan tan solo a una minoría de personajes con pocos escrúpulos, pero no nos llamemos a engaño. La proliferación de este tipo de conductas censurables dentro de la izquierda se debe, ante todo, al hecho de que ésta se ha dejado asimilar motu proprio a las estructuras de un neoliberalismo intrínsecamente perverso y corrupto, que, como las células cancerígenas, termina por extenderse a todo el tejido político y social. Como ya hemos manifestado en alguna ocasión, no es que en el sistema haya individuos u órganos corruptos, sino que el sistema es en sí corrupto y esta corrupción termina tarde o temprano por afectar, como una gangrena, a todos los órganos.

Quizá haya que retroceder unos veinticinco años para encontrar el punto de inflexión en que las señas de identidad de la izquierda comenzaron a difuminarse, tras el fallido intento de Mijaíl Gorbachov por liderar la perestroika del socialismo en la desparecida URSS. Los ideólogos neoliberales han sabido aprovechar el malogro de dicho proceso para achacar la corrupción y penuria desencadenadas en Rusia tras el golpe de estado perpetrado por Boris Yeltsin, a las deficiencias o taras inherentes al marxismo. Pero dicho diagnóstico no se ajusta a la realidad. En un interesante libro titulado Perestroika: un mensaje a Rusia y al mundo entero, el que fuera último presidente de la Unión Soviética lleva a cabo un análisis sorprendentemente lúcido y crítico sobre los logros y sombras del comunismo. No me cabe la menor duda de que, si las pretensiones reformistas de Gorbachov no se hubieran visto dramáticamente truncadas por su enemigo político, Este y Oeste hubieran caminado de la mano hacia una síntesis de los dos sistemas que, a todas luces, ofrecería a la humanidad un horizonte mucho más justo y esperanzador que el que se perfila ahora. En este sentido, conviene descartar con firmeza el tópico manido de que el experimento comunista terminó en el más absoluto fracaso. No sería justo y, además, es rotundamente falso. De hecho, muchas de las estructuras de nuestro actual estado del bienestar y de los derechos sociales que ahora disfrutamos en Occidente, fueron el resultado de la presión que ejercieron los movimientos sindicales y obreros, de raigambre marxista, sobre el capitalismo (y que ahora el credo neoliberal está tratando de neutralizar a toda costa). Pero sí que el marxismo cometió un error garrafal, que fue su empeño por socializar los medios de producción, en detrimento de la iniciativa privada. Con ello se levantó una espuria torre de marfil, ajena a los vaivenes del mercado y de la economía real, en la medida en que se vio adulterado el principio básico por el que se rige ésta: la ley de la oferta y la demanda. Conscientes en su fuero interno, muy a su pesar, de la inviabilidad de este esquema, las fuerzas autodenominadas “progresistas” tratan de afirmar sus señas de identidad mediante la apropiación ideológica de una serie de conductas que ellos consideran “su” patrimonio, y que van desde el republicanismo más rancio hasta los derechos del colectivo “gay”, pasando por el anticlericalismo o el feminismo rampante. Como si el ser homosexual, o el ser republicano, fuese sinónimo de ser de izquierdas. O al revés. Como si el simpatizar con los partidos o movimientos de izquierda fuera incompatible con las creencias religiosas o con la defensa de los derechos de la mujer (que no tiene por qué ir en menoscabo de los derechos del varón, como parece considerar el sector más ortodoxo de la izquierda al oponerse, por ejemplo, a la custodia compartida de los hijos en caso de divorcio).

Si aspira a sobrevivir, la izquierda deberá ceder en alguno de sus dogmas y aceptar la iniciativa privada y la libertad de mercado, lo mismo que el capitalismo tuvo en su día la previsión suficiente para avanzar en materia de derechos sociales, y así evitar ser fagocitado por el marxismo emergente. Debe hacer de la socialización de los medios de consumo (Renta Básica) su nuevo principio vertebrador, renunciando definitivamente a la socialización de los medios de producción, que constituye la piedra de toque del comunismo. La filosofía inherente a ello es clara: garantizar a todos los ciudadanos la supervivencia y un mínimo de dignidad, y luego dejar que el libre mercado actúe. El eclecticismo y el pragmatismo deben de sustituir al vedetismo mediático y al falso progresismo. De nada servirán las protestas y movilizaciones callejeras sin un objetivo alternativo claro, que ayude a volver a generar ilusión. Es hora de que demagogos y aficionados de todo pelaje se hagan a un lado y dejen el camino expedito a los pensadores serios, que prefieren llevar a cabo su labor callada en la sombra, alejados de los platós de televisión. Pablo Iglesias debe ser nuestro modelo, sí, pero el de la boina; no el de la coleta.

Jardiel Poncela

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Wag the Dog

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Recuerdo haber visto hace algunos años (en realidad fueron muchos años, pero es que el tiempo transcurre más deprisa a medida que uno se hace mayor), una interesante película protagonizada por Robert De Niro (antes de reconvertirse en bufón) y un espléndido, como siempre, Dustin Hoffman. Se estrenó en España con el título Cortina de humo, cosa lógica, teniendo en cuenta que el título original, Wag the Dog, (“Menea al perro”, en español) contiene una alusión cultural que nada le diría al espectador de nuestro país. Dicho título hace referencia al proverbio inglés “Cuando veas a un perro menear el rabo, asegúrate de que no es el rabo el que menea al perro”. Creo que el significado de esta frase enigmática quedará perfectamente explicado, tan pronto como hagamos la sinopsis del argumento.

El presidente de los Estados Unidos se ve envuelto en un oscuro escándalo sexual, cuando los paparazzi le sorprenden teniendo relaciones con una menor, en plena campaña para la reelección. Para tratar de arreglar el desaguisado, la Casa Blanca recurre a un astuto jefe de gabinete (Robert De Niro), que diseña una original estrategia: inventarse un imaginario conflicto internacional (Albania resulta ser el país elegido) con el que distraer la atención de la opinión pública. Para ello contrata los servicios de un experimentado productor de cine (Dustin Hoffman), quien pone todo su empeño y su buen hacer en crear una atmósfera lo bastante persuasiva como para investir a la monumental farsa de la necesaria verosimilitud. Este plan (disparatado, en apariencia) logra resultados sorprendentes. Casualmente, justo un año después de que se estrenara la película, se produjo el sonado escándalo que habría de empañar la reputación de Bill Clinton, quien fue objeto de impeachment por mantener relaciones extra-matrimoniales con la becaria Mónica Lewinsky. Y también casualmente, en el verano de ese mismo año (1998), tuvo lugar el atentado de Al Qaeda contra la embajada norteamericana en Kenia, al que Estados Unidos replicó mediante el bombardeo de una planta química en Sudán, sospechosa de fabricar armas de destrucción masiva (¿a alguien le suena esto familiar?) Tal actuación no logró detener el procedimiento de impeachment, pero sí se consiguió el objetivo de distraer la atención de la opinión pública americana y ayudó a Clinton a recuperar sus anteriores niveles de popularidad. Por lo que a mí respecta, no pude evitar acordarme del argumento de la película. Y llegué a la conclusión de que no siempre es exacto afirmar que la ficción imita a la realidad, sino que muchas veces es ésta la que se asemeja sospechosamente a aquélla.

Yendo al fondo del asunto, cabe preguntarse hasta qué punto la era de la revolución más grande que hasta ahora haya tenido lugar en el ámbito de la información, no ha tenido su contrapeso en el de la desinformación. Las nuevas tecnologías de la comunicación  ofrecen la ventaja innegable de mantenernos informados al instante de todo lo que pasa, pero también constituyen un filón enormemente provechoso para el propagador de bulos o para el manipulador sin escrúpulos. Y también, cómo no, para el ocultador de información. Porque la propia tarea de seleccionar y presentar la información lleva implícito un proceso previo de manipulación, las más de las veces claramente tendencioso. En los telediarios, por ejemplo, se dedica gran parte del tiempo a los deportes o a las noticias sobre eventos gastronómicos, pero ni una palabra a los desahucios o a los suicidios producto de la desesperación que éstos provocan. Ni a los mendigos que mueren, víctimas de la inanición o de la miseria, un día sí y otro también, en nuestras calles. Un reportaje sobre Master Chef o sobre la canción del verano acapara bastante más atención en los informativos. Y así podríamos sumar y seguir: los devaneos independentistas de Artur Mas sirven para borrar la larga estela de corrupción del presidente de la Generalitat de Cataluña; los suicidios de Leganés hacen lo propio con los atentados del 11-M (hay que ver lo oportunamente que se autoinmolaron los presuntos autores intelectuales del mismo); se habla por lo menudo de las víctimas de violencia de género, pero no se “desperdicia” un solo segundo en mencionar a los muchos padres que se han quitado la vida al privárseles de ver a sus hijos (tanto es así, que la ministra Leire Pajín llegó a prohibir que se hicieran estadísticas al respecto)…. ¿Para qué seguir?

Me gustaría terminar como empezamos, con un par de referencias cinematográficas que vienen a cuento: en El show de Truman, el siniestro y paternal Cristof (magistralmente interpretado por Ed Harris) acalla los temores de sus colaboradores sobre un eventual despertar de la criatura que él considera suya, alegando que “aceptamos la realidad tal y como nos la imponen”. En Juan Nadie, cuando el perverso empresario D. B. Norton (Edward Arnold) le impide a John Doe (Gary Cooper) pronunciar su discurso y éste se queja, apelando al derecho a la libertad de expresión, aquél le replica cínicamente: “Por supuesto que en este país existe el derecho a la libertad de expresión; pero nosotros controlamos los micrófonos”. El caso es que tanto Truman como John Doe consiguen romper finalmente el cerco de la censura y hacer llegar su mensaje a la gente (que no es otro que el ansia de libertad), demostrando con ello que la realidad impuesta por quienes detentan el Poder no es, ni mucho menos, la única posible.

Sé lo que más de uno (tal vez) estará pensando: que no debería ver tantas películas.

Jardiel Poncela

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Desmemoria histórica

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Ayer estuve visitando la casa donde nació el escritor Enrique Gil y Carrasco, en Villafranca del Bierzo. Sentí una mezcla de asombro, indignación y melancolía, a partes iguales. El que fuera el hogar de uno de los escritores leoneses más ilustres de todos los tiempos, se hallaba sumido en el más completo abandono. Cristales rotos, maderas desvencijadas y algún que otro arbusto asomando por la techumbre componían el menesteroso cuadro. Pese a lo cual, dos majestuosos blasones que flanqueaban la entrada principal desafiaban orgullosos el paso del tiempo y las miradas de los curiosos, como advirtiéndonos de que aquellos muros decrépitos quizás pudieran estar amenazando ruina, pero en modo alguno era éste un menoscabo comparable al de nuestra adocenada y gris España, que tiene precisamente en la provincia de León a uno de sus más tristes ejemplos de desmemoria histórica. En este sentido, me convenzo cada vez más de que nos hemos convertido en una nación de carroñeros o despreciables saqueadores de tumbas, a quienes solo interesa remover el pasado cuando éste nos brinda la ocasión de reavivar viejos odios o hurgar en antiguas heridas mal cicatrizadas. Siempre y cuando haya un apetitoso festín de votos de por medio. Y de qué vamos a sorprendernos. Nada tiene de raro el que los corruptos se alimenten de corrupción.

Mucho nos tememos que rescatar la memoria de Gil y Carrasco no constituya un filón demasiado aprovechable para los trepas y demagogos de turno. Eso sí; hemos tenido la deferencia de dedicarle una calle en León, y dos institutos en la localidad berciana de Bembibre están dedicados al héroe de su principal novela: “El Señor de Bembibre” y “Álvaro Yáñez” (que eran, a la sazón, la misma persona). En este último municipio encontramos, asimismo, numerosas calles dedicadas a los personajes de la obra, tales como Comendador Saldaña, Conde de Lemos o Beatriz Osorio. Ahora bien; pese a ser la cumbre del género histórico en la novela española, ni la obra ni el autor figuran en los planes de estudio de nuestra Comunidad de Castilla y León (como tampoco lo hacen el Padre Isla o Antonio Gamoneda, nuestro Premio Cervantes autóctono). Ni por supuesto se hace la menor mención en los libros de historia al hecho de que León albergara al Parlamento más antiguo del mundo. Siento recurrir al cliché tan manido de la discriminación por parte de Valladolid, pero la cosa es como para vomitar. Por otra parte, creo que es, al menos, tan negativo para las futuras generaciones pucelanas ignorar quiénes eran estas figuras, como lo sería para las cazurras prescindir de los nombres de Zorrilla o Miguel Delibes. Ojalá fuese la cultura, en vez de la estupidez y la barbarie, la que careciera de fronteras.

Pero volvamos a Gil y Carrasco. Como decía, este berciano ilustre alcanzó la cumbre del género histórico español con su novela “El Señor de Bembibre”. La leí hará unos veinte años, en parte porque me sentí obligado a ello, al ser mi lugar de trabajo el instituto del mismo nombre (donde habría de permanecer durante casi otros veinte; ahí es nada, que diría el tango). Quedé literalmente prendado de la dramática historia del amor imposible entre Beatriz Osorio y Álvaro Yáñez, con la caída de la Orden del Temple como telón de fondo. Con esta obra, Gil y Carrasco pretende dar la réplica al dívico y omnímodo autor escocés Walter Scott, quien en su novela Ivanhoe lleva a cabo una despiadada caricatura de los templarios, a los que caracteriza como una secta de grotescos hechiceros, inventores de patrañas. No voy a entrar en cuál de los dos retratos es más fidedigno, porque esa sería la tarea del historiador, pero sí que voy a consignar un par de anécdotas tristemente significativas: durante mi estancia de un curso escolar completo en Edimburgo, tuve sobradas oportunidades de pasearme por la bellísima avenida Prince Street, principal arteria de la ciudad. Allí, siempre que no tuviera demasiada prisa, solía recrearme contemplando el magnífico monumento que tiene dedicada la ciudad al gran novelista escocés, no lejos de donde se halla ubicado el Parlamento. También tuve ocasión de visitar la casa donde vivió otro escocés ilustre, Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro. La vivienda estaba primorosamente restaurada, recreando el mobiliario y decoración de la época, y acompañada la visita por una guía que te iba explicando diversos pormenores de la vida de Stevenson. Ayer no pude evitar que afloraran a mi mente estos recuerdos, al ser testigo de aquella inmensa desolación, con la lógica punzada de amargura. Las comparaciones son odiosas, pero inevitables. Y pensaba para mí mismo: “Qué desgracia tuvo este hombre, por partida doble: al ser español y, encima, de León”.

El otro día leí un lúcido e interesante artículo de Antonio Fraguas “Forges”, en el que ahondaba en las causas morales y éticas de la actual crisis. Había un adjetivo que se repetía obsesivamente, a modo de mantra, a lo largo de todo el escrito, y era el calificativo “mediocre”. Somos un país mediocre, argumenta Forges, desde el momento en que hemos renunciado a nuestros valores y denostado a nuestros más altos referentes cívicos y culturales, para sustituirlos por el famoseo y el divismo más burdos, encumbrando a los freakies de los platós de Tele 5 a la categoría de mitos.

En todo tiene razón Forges, excepto en una cosa: lo de “país mediocre” nos viene grande.

Jardiel Poncela

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¡Gora San Fermín!

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(Se alza el telón y aparece el presentador de televisión y destacado crítico taurino Manolo Charolés, flanqueado por el célebre matador Silverio Pérez Mejías y por el miura favorito de éste, José Antonio Sánchez Piquer, a izquierda y derecha respectivamente. El diestro –que bien podría pasar por un clon de Alexis Tsipras- viste montera y traje de luces, aunque toda su apariencia en general ofrece un aspecto bastante alucinado. El toro, por su parte, viste elegantes traje y corbata negros y fuma despreocupadamente un cigarrillo, con la incuria propia de quien tiene un control absoluto sobre la situación. Una vez hechos los saludos protocolarios, Manolo se dispone a iniciar la entrevista).

MANOLO.- Damas y caballeros, es para mí un gran honor presentarles a estas dos grandes figuras del mundo de la lidia. Empezaremos por ti, Silverio (más conocido como “el mozo del estoque”): un hombre que donde pone la montera, pone el corazón; a quien no le importa dejarlo todo en la arena, empezando por la propia sangre; un héroe, un maestro de maestros, para quien el toreo y la vida son una misma cosa, que abre los pórticos de la gloria ¿No es así, Silverio?

SILVERIO.- Zí.

MANOLO.- ¿Y qué me dices de tu espada? Esa espada que ha sembrado el asombro y la poesía en todos los ruedos de Europa y el mundo entero; esa espada en cuyo manejo eres tan sumamente diestro, que cualquiera diría que naciste con ella entre los dedos. Dinos, ¿no forma, acaso, parte esencial de tu atuendo, junto con la montera y el traje de luces que luces habitualmente en faena?

SILVERIO.- Zí.

MANOLO.- Mas no es la espada la única suerte en que el mozo del estoque despliega su destreza, pues sepan ustedes que, en más de una ocasión, Silverio ha hecho las delicias de los aficionados con su magistral tercio de banderillas, banderillas que pone el mozo con la incomparable gracia de un danzarín mediterráneo ¿No es así, Silverio?

SILVERIO.- Zí.

MANOLO.- Y estas, no otras, han sido las declaraciones de este gran matador, hombre de pocas palabras, como pueden ver ustedes, pero yo atribuyo tal hecho, sin duda, a la emoción que le embarga (Volviéndose hacia el toro) Y aquí tenemos al miura fetiche de nuestro matador predilecto, a quien damos la más cordial bienvenida a nuestro programa.

JOSÉ ANTONIO.- Muchas gracias, Manolo.

MANOLO.- En primer lugar, quisiera que nos ayudases a despejar la incógnita sobre tu nombre. Porque “José Antonio Sánchez Piquer”, estarás conmigo en que no es un calificativo muy normal para un toro ¿No sería más apropiado algo del estilo de “Rosquillero”, “Navajito” o “Bailaor”? Al menos para el público lego en la materia.

JOSÉ ANTONIO.- Como artistas que somos, nosotros los toros (al igual que muchos de los matadores) utilizamos un seudónimo al salir a lidiar. Otra cosa muy distinta es el nombre que de verdad nos corresponde por nuestra crianza y pedigrí. Conviene deslindar en todo momento los dos campos.

MANOLO.- En tal caso, si no es indiscreción, ¿tendrías inconveniente en revelarnos cuál es tu nombre de guerra, por así decirlo?

JOSÉ ANTONIO.- “Timador”. Aunque a veces también haya empleado el seudónimo de “Sanguinario”.

MANOLO.- Puede que atribuible al hecho de que hayas empitonado ya a varios diestros, si bien nuestro camarada Silverio, aquí presente, parece tenerte tomada la medida.

JOSÉ ANTONIO.- Silverio es un magnífico profesional, que sabe muy bien cómo capear temporales.

MANOLO.- Dinos, ¿no resulta, cuando menos, chocante el que te hayan indultado tantas veces, pese a tu amplio palmarés de cornadas?

JOSÉ ANTONIO (guiñando un ojo).- Ya sabes lo que dice el refrán: el mal bicho, nunca muere. En cualquier caso, dicho sea con la mayor modestia, los toros de rancio abolengo, como un servidor, suelen contar con el respaldo de importantes instituciones ganaderas. Un amplio historial de más de cien corridas con lleno hasta la bandera sirven como aval más que fiable.

MANOLO.- Por último, ¿qué opinión te merece el innegable parecido físico de nuestro matador con Alexis Tsipras, así como el no menos evidente entre tú mismo y Jean-Claude Juncker?

JOSÉ ANTONIO.- Por lo que respecta a la primera parte de tu pregunta, no veo qué tiene de extraño, puesto que ambos son la misma persona.

MANOLO (sorprendido).- ¿Quieres decir que Tsipras lleva doble vida? ¿Y que utiliza un seudónimo cuando sale a la Plaza a torear?

JOSÉ ANTONIO.- Más bien es al contrario: es Silverio el que utiliza un seudónimo cuando se dedica a dirigir los asuntos de Grecia, en sus ratos libres.

MANOLO.- ¿Quieres decir que ni siquiera habla griego?

JOSÉ ANTONIO.- ¡Qué va! Eso lo hace de cara a la galería. Tan pronto como terminan sus comparecencias ante los medios de comunicación, se pasa por su tasca favorita del barrio de Triana y se pide su birrita con su “pescaíto”, como cualquier hijo de familia.

MANOLO.- De lo cual cabe deducir que usted en realidad es…

JOSÉ ANTONIO (deteniéndole con un gesto de la pezuña).- Dejemos que el público saque sus propias conclusiones. Ya conoces el refrán: “Al buen entendedor, pocas palabras”. Tan solo añadir que Grecia, por si acaso los espectadores lo ignoran, es la cuna del toreo, con todo aquel asunto de Teseo y el Minotauro, luchando en el laberinto. Ya lo ves: la cosa empezó así, a lo bobo, hará más de dos mil años, y así seguimos. Igual que el cabildo y el ayuntamiento de León, con lo del foro u oferta.

MANOLO.- Silverio, José Antonio, ha sido un placer teneros con nosotros. Tan solo me queda despediros (creo que en esto puedo hacerme portavoz de los deseos del público) con un saludo digno de la ocasión.

(Manolo Charolés eleva el cuello hacia el cielo y lanza un potente y prolongado mugido. Le sigue el público de la sala, visiblemente entusiasmado, hasta que el coro de bramidos se ve bruscamente interrumpido por el grito de “Gora San Fermín”, seguido del correspondiente chupinazo. Irrumpen entonces en el escenario, vestidos de mozos, los principales gobernantes europeos, perseguidos de cerca por los hombres de negro de la troika, luciendo amenazantes astas en sus respectivas cabezas. Tras arrollar a los tres presentes, la estampida se dirige hacia el público, quien se levanta despavorido de sus asientos y echa a correr en desordenada turbamulta. Mientras tanto, resuenan en la sala los acordes de “uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, etc.” Entre alocadas persecuciones y lingotazos de chacolí por doquier, va cayendo lentamente el telón).

THE END

Jardiel Poncela

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El apóstata

Por fortuna, el casco no dejaba ver muy bien las lágrimas. Era lo que pensaba Miguel mientras aguardaba sobre las escaleras del Congreso, en formación perfectamente compacta, junto con sus compañeros de la brigada antidisturbios. Frente a sí tenían a una multitud vociferante y encolerizada, cuyo aspecto a decir verdad tenía muy poco de amenazante. Miguel sabía muy bien (la experiencia es un grado, o eso dicen) que se disolverían sin más a la primera acometida. Repartirían unos cuantos porrazos, efectuarían algunas detenciones, tal vez unos pocos (los más osados) organizarían pequeños gropúsculos de resistencia en las callejuelas adyacentes que lograrían aguantar un par de cargas y dentro de una hora, como máximo, aquel nuevo e inútil conato revolucionario habría quedado en la nada. En definitiva, aquello era simple rutina y no había ningún motivo racional por el que preocuparse. Si esto era así, ¿por qué no lograba zafarse de aquella incómoda sensación de congoja que lo atenazaba y hacía que le entraran ganas de llorar?

Al igual que les sucede, según cuentan, a los moribundos, que ven desfilar ante sí su vida entera segundos antes de fallecer, Miguel reproducía en su memoria, con la misma nitidez que si los estuvieran proyectando sobre una pantalla de cine, los momentos clave de su existencia. Recordaba que siempre, desde niño, le había hecho ilusión ser policía y, más en concreto, guardia civil. Le parecía que no había tarea más digna de encomio que el proteger a la sociedad de terroristas, traficantes de droga y delincuentes de toda condición. O el salvar vidas, como hacían sus compañeros del grupo de rescate de alta montaña. O velar por la seguridad de nuestras carreteras, sancionando a aquellos conductores que, mostrando un desprecio sumo por la vida humana (incluyendo la suya propia), se creían con derecho a infringir las normas de tráfico cuando les viniera en gana. Sin embargo, no había visto realizado ninguno de aquellos sueños y, en su lugar, había tenido que conformarse con aquel destino en la brigada antidisturbios, que en los últimos meses venía desplegando una actividad muy intensa como consecuencia del significativo aumento de las protestas callejeras. Tenía la autoestima bastante baja, y lo cierto es que no se consideraba merecedor de un puesto más digno. Si bien dotado de una gran corpulencia y fuerza física, siempre había sido más bien corto de luces y le había costado gran trabajo sacar el graduado escolar. De modo que era allí donde había terminado, repartiendo mamporros entre mineros, estudiantes o simples indignados que, como estos que ahora tenía enfrente, cometieran el delito de clamar por sus libertades y derechos sociales. Esto era, por lo visto, lo único para lo que servía.

Sí, era cierto que arrear hostias se le daba de maravilla. Tan bien como mal se le daba el pensar o el cuestionarse el porqué de las cosas. El caso es que en este momento, al tener frente a sí a aquella enfurecida hueste a la que no parecía haber amedrentado en absoluto la nueva ley que penalizaba severamente las manifestaciones no autorizadas frente al Congreso de los Diputados y otros organismos públicos (a la que hipócrita y eufemísticamente bautizaran como Ley de Seguridad Ciudadana), no podía por menos que sentirse avergonzado y acomplejado ante ellos, pues habían tenido el valor de hacer algo de lo que él no se consideraba ni remotamente capaz. No sólo no luchaba, sino que además defendía a los responsables de aquel inmenso desaguisado, pese a que a él también le habían bajado al sueldo y a su mujer la habían despedido hacía poco de la tienda donde llevaba diez años trabajando, con una exigua indemnización que era lo único a lo que le daba derecho la reforma del mercado laboral ¿Cómo harían para pagar la hipoteca cuando se le acabara a ella la prestación por desempleo? La nueva ley también sancionaba a los que intentaran obstaculizar los desahucios ¿Acaso se vería obligado a cargar también contra los miembros de la plataforma que intentaran frenar su propio desahucio? La voz del sargento, dirigiéndose a los manifestantes a través del megáfono, le trajo de nuevo a la realidad:

-Último aviso: esta concentración no está autorizada. Retírense inmediatamente o, de lo contrario, serán disueltos.

Esta advertencia no pareció tener otro efecto sobre la multitud que el de enardecerla aún más, pues Miguel notó que incluso se atrevieron a avanzar unos metros más hacia las escaleras. Estaba tremendamente nervioso, sin acertar a explicarse a sí mismo el porqué. Nada tenía que ver su nerviosismo con el hecho de estar en la primera línea de la formación (donde ponían siempre a los agentes más corpulentos y expertos), pues en decenas de ocasiones anteriores había ocupado ese mismo puesto. Trató, sin éxito, de no pensar, y ello le sorprendió aún más, dado que era algo que hasta ahora no le había costado el menor esfuerzo. Pero ahora no lograba evitar el sentirse atenazado por un tremendo sentimiento de culpa. La tensión de la espera le resultaba insoportable, por lo que, concluyó para sí, lo mejor sería que la acción comenzara cuanto antes y, de esta manera, tomara posesión de su cerebro y de su cuerpo aquel animal interior que no tenía nada que ver con él y no le dejaba pensar. Fue justo en ese momento cuando se dejó oír el silbato del sargento y comenzó la carga.

Tal y como cabía prever, los antidisturbios penetraron en la multitud con la misma facilidad que un cuchillo al hender la mantequilla. Miguel no encontró prácticamente ninguna resistencia. Los propietarios de los amenazadores y feroces rostros que poco antes los insultaban e increpaban, huían despavoridos en todas las direcciones al ver abalanzarse sobre ellos a aquel gigante de casi dos metros de altura, que parecía perfectamente capaz de tumbar a un rinoceronte con su porra. Hasta que, llegado a cierto punto, topó con un joven de unos veinte años y aspecto más bien enjuto, que llevaba el pelo recogido en una coleta y blandía en su mano derecha algún tipo de herramienta que sin duda pensaba utilizar como arma. Miguel se quedó mirándole sorprendido y puede que hasta cierto punto atemorizado, más que por la presencia del objeto contundente, por la mirada resuelta y desafiante que emanaba de los ojos del joven con la fuerza de un lanzallamas. Su sorpresa fue aún mayor cuando el objeto en cuestión (una llave inglesa) se estrelló con fuerza inusitada contra su escudo, haciéndolo trastabillar. Ello hizo reaccionar a Miguel quien, siendo muy consciente de que no había enemigo pequeño y de que unos instantes de vacilación podían ser cruciales, enarboló su porra por encima de la cabeza del  muchacho y descargó sobre la misma un tremendo golpe en el que, no obstante, no había empleado toda su fuerza, pues de lo contrario habría corrido el riesgo de partírsela. El joven se desplomó en el acto, con un abundante chorro de sangre brotándole de la sien, que Miguel esperaba que no tuviera mayores consecuencias. Fue entonces cuando se percató de que el chico no estaba solo, sino que a su lado había una chica, que lanzó un grito de terror y se cubrió la cabeza con las manos, tan pronto como Miguel alzó la porra sobre ella. Pero, sin que acertara a comprender el motivo (eran muchas las cosas que no lograba comprender de cuantas le venían sucediendo a lo largo del día), sintió que una fuerza misteriosa le paralizaba el brazo y le obligaba a bajarlo lentamente, impidiéndole descargar el golpe. Al percatarse de ello, la chica se descubrió el rostro y lo miró fijamente a los ojos. Era muy guapa y se parecía mucho a su mujer, cuando era joven. Miguel pensó que, si hubieran tenido una hija en su matrimonio, sin duda se hubiera parecido mucho a ella.

-No temas, no voy a hacerte daño –le dijo Miguel, aunque en voz tan baja que no estaba seguro de que le hubiera oído. Más alto habló la voz que, en ese momento, se dejó oír a su lado.

-Si la tocas, te juro que te mato, picoleto de mierda.

Miguel se volvió y observó que el joven al que creía haber dejado KO se había levantado y, aunque con la mejilla completamente ensangrentada, seguía mirándolo con la misma furia llameante de antes. Era evidente que la chica era su novia y que estaba dispuesto a luchar por ella, como también estaba dispuesto a dejarse la piel en el intento para que su futura vida con ella pudiera desarrollarse en un mundo menos injusto y más esperanzado. Aquello fue lo que definitivamente terminó por decidir a Miguel. Ante la mirada atónita de los dos jóvenes, el gigante se despojó de su casco, dejando éste, junto con la porra y el escudo, en manos del joven de la coleta.

-Sostenme esto, por favor.

Y, dicho esto, alzó la voz por encima del fragor de la batalla, logrando que el enjambre de pequeños combates que se libraban en su entorno cesaran momentáneamente, a pesar del tumulto reinante (es preciso reconocer que su potente vozarrón, unido a su metro noventa y cinco de estatura, ayudaban en este sentido):

-Deteneos, compañeros. No tenemos por qué seguir haciendo esto. Nosotros también somos el pueblo. No sigamos yendo contra los nuestros.

Quiso la casualidad que a pocos metros de él se encontrara el sargento, quien, sin dar crédito a sus ojos ni a sus oídos, interrumpió sus marciales quehaceres para encararse con él:

-¿Te has vuelto loco, Hernández? –tenía por costumbre llamarle por el apellido- Vuelve a ponerte el equipo y olvidaremos que esto ha ocurrido.

Pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás (cosa que ni remotamente se le había pasado por la cabeza). Por toda respuesta, Miguel se encaró con el sargento y le dijo con una sangre fría que a él mismo le asombró:

-Apártate de mi camino –era, por cierto, la primera vez que tuteaba al sargento- O no respondo.

Agotados como estaban al parecer los cauces del diálogo, el sargento optó por abalanzarse sobre Miguel, con objeto de reducirle. Pese a estar desarmado, no le resultó difícil a este último (campeón de thai boxing que fuera en su juventud) neutralizar a su superior. Un rodillazo en salva sea la parte, seguido de un codazo en la nariz (en esta ocasión Miguel no hizo el menor intento por amortiguar el golpe) se encargaron de dejar fuera de combate al sargento, quien yacía en el suelo con el susodicho apéndice olfativo completamente destrozado. Atónito, Miguel se percató de que varios de los manifestantes (incluida la pareja a la que antes había aporreado y estado a punto de aporrear, respectivamente) le estaban aplaudiendo y vitoreando. Su mirada se vino a posar entonces sobre los leones de la entrada del Congreso, quienes por una décima de segundo parecieron tomar vida e increparle con una mirada idéntica a la del joven de la coleta “¡Vamos, hostia! ¿Qué coño estás esperando?” Fue lo más parecido al silbato del sargento, ordenando la carga. Sintiéndose arrastrado por un impulso irrefrenable, echó a correr hacia las escaleras del Congreso y comenzó a gritar como un poseído:

-¡Hijos de puta! ¡Hijos de la gran puta!

Apenas le quedaban unos metros para llegar a las puertas cuando sus compañeros lograron, por fin, detenerlo. Se necesitaron cinco o seis hombres…

__________________

Aquella mañana, a falta de otra cosa mejor que hacer y mientras permanecía a la espera de pasar a disposición judicial, Miguel estaba tumbado en su camastro de los calabozos de la Benemérita, mirando al techo. No se le permitía leer el periódico ni escuchar la radio, pero aún así había logrado enterarse (las noticias siempre han tenido la virtud de traspasar toda clase de muros) de que los manifestantes se habían quedado allí durante unos minutos después de que lo detuvieran, exigiendo su inmediata puesta en libertad. “¡Ese sí que es un picoleto con cojones!”, había gritado uno de ellos (casi podía adivinar quién) “¡A ver si a los demás se os pega algo!” Luego se habían disuelto pacíficamente, sin que los antidisturbios repartiesen un solo golpe más. Al parecer, el gobierno estaba considerando el derogar la así llamada “Ley de Seguridad Ciudadana”, ante la magnitud de lo ocurrido. Los muy cabrones. En eso se abrió la puerta de la celda y apareció un compañero suyo con la bandeja del almuerzo. Resultó ser un viejo conocido, al cual le unía una fuerte amistad.

-¡Joder, Miguel! Vaya huevos que tuviste con el hijoputa del sargento. En el cuerpo no se habla de otra cosa. En el fondo todo el mundo se alegra aunque, siendo realistas, es bastante probable que se te caiga el pelo. Le rompiste la nariz y eso, además de la expulsión automática del cuerpo, puede hacer que te caigan un par de años. De todos modos, no te desanimes. Por ahí andan recogiendo firmas para que retiren todos los cargos…

Miguel siguió oyendo el ronroneo de la voz de su amigo, que pese a estar allí al lado, se le antojaba como un eco muy lejano. No entendía muy bien el porqué (como últimamente le pasaba con todo lo que hacía), pero el caso es que no se sentía en absoluto desanimado. Por el contrario, estaba mejor que nunca. Tan pronto como su compañero abandonó la celda, dejó la bandeja con el almuerzo sin tocar encima de la mesa y continuó, preso como se hallaba de una infinita incuria, con su escrutinio del techo. Sintió entonces cómo a sus labios afloraba una sonrisa de satisfacción.

Jardiel Poncela

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Los billetes del Monopoly

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No sé si habréis oído hablar de este juego, al que le han salido innumerables clones (el Palé, el Superpoly, el Petrópolis…) Qué lejos quedan aquellas tardes de domingo de la preadolescencia (más o menos entre los doce y los catorce años), en que nos entregábamos con voracidad mis amigos y yo a aquel sucedáneo de especulación, con el tablero llenándose paulatinamente de casitas verdes y rojas, en el que siempre resultaba uno vencedor (casi nunca era yo) y el resto quedaban inevitablemente abocados a la ruina. La interminable partida llegaba a su fin cuando todos los jugadores, excepto uno, se declaraban en quiebra.

Aquel juego resultó ser tremendamente premonitorio, pues seguramente sin pretenderlo constituía un fiel reflejo de la espiral autodestructiva en la que está entrando la economía mundial. Sin entrar en datos empíricos ni en tecnicismos mareantes, podríamos resumir la situación apuntando que cada vez es mayor la brecha entre la economía productiva y la especulativa, siendo esta última la que atrae como un imán a las jaurías de usureros y embaucadores de todo pelaje que, como chacales sedientos de sangre, se abalanzan sobre la riqueza ganada por otros mediante años de sacrificio y esfuerzo, con la esperanza de multiplicarla instantáneamente por arte de birlibirloque, en lo que podríamos caracterizar como una variante posmoderna de la parábola de los panes y los peces. Yo no sé si tal milagro ocurriría o no, pero de lo que sí estoy seguro es de que en el proceloso océano de la economía mundial (eso que de modo tan difuso llaman “los mercados”), la realidad es que los peces más grandes devoran a los más chicos, hasta que llegará un momento en que no habrá más peces en el mar. Puede que ni siquiera haya mar. Me viene a la mente una escena de la deliciosa película de animación Yellow Submarine, con música de los Beatles, en que todas las criaturas marinas eran absorbidas por un extraño monstruo que tenía como una enorme aspiradora en la cara. Al final, cuando ya no quedaban víctimas en los alrededores a las que poder engullir, terminaba por devorarse a sí mismo.

Volviendo a mis nostalgias adolescentes (la infancia es la verdadera patria del hombre, dijo Rilke), recuerdo que, cuando acababa la partida, nos íbamos hasta el quiosco de la Pícara y allí el ganador, haciendo ostentación de su riqueza, compraba un paquete de pipas que compartía generosamente con sus derrotados compañeros. Y allí nos quedábamos, sentados en un banco, comiendo pipas y viendo pasar a las chicas, que por aquel entonces nos empezaban a gustar. Perfectamente conscientes de que lo anterior había sido un simple juego, y de que lo verdaderamente importante estaba allí, desfilando ante nuestros ojos: nuestra amistad, las chicas… la vida, en definitiva. Para que luego digan que la edad nos hace más sabios. Lo que sí es verdad, desde luego, es que nos hace más viejos. Pero lo peor no es que yo, o mis amigos de entonces, hayamos envejecido. Eso, al fin y al cabo, es ley de vida. Lo peor es que el mundo entero se ha hecho más viejo y, por ende, más desesperado y estúpido.

Nosotros, dentro de nuestra ingenuidad, al menos sabíamos que las pipas no se podían pagar con los billetes de la partida, por muy abultado que fuera el fajo.

Jardiel Poncela

Encuentros

Anticipándome a la jornada de mañana, he querido compartir este texto, en el que se trata de rendir homenaje a este santoñés ilustre, al que tanto debe la Semana Santa de León. Felices Pascuas a todos.

La Semana Santa del 2010 no pude participar en la Procesión del Encuentro. Un dolor de espalda, inoportuno como suelen serlo las inevitables goteras que a uno le van surgiendo con el paso del tiempo, me impidió ocupar el puesto de bracero que desde los dieciocho años he venido ocupando en el Paso de la Soledad con la Hermandad de Jesús Divino Obrero. No obstante, no quise perderme por nada del mundo ese incomparable estallido de alegría y fe que cada año nos congrega a los leoneses en la Plaza de la Catedral, anunciándonos la buena nueva de la Resurrección que, simbólicamente, coincide con la llegada de la primavera. Así que madrugué, como cada Domingo de Pascua, y a primera hora de la mañana, tras tomar un café rápido en la cafetería Europa, me apresté a coger sitio en primera fila, frente a la oficina de información y turismo, para no perder detalle del evento, tan pronto como me percaté de que comenzaban a abarrotar la Plaza las primeras oleadas de curiosos. Pese a faltar aún una hora larga para que tuviese lugar la ceremonia del Encuentro, las inmediaciones de nuestra Pulchra Leonina se habían transformado en pocos minutos en una colmena rebosante de vida y de impaciente público que, ya fuera por devoción, por simple curiosidad o por apego a las tradiciones de nuestra tierra, no estaban dispuestos a pasar por alto el emotivo acto que cada año reunía en aquel entorno privilegiado a la Virgen de la Soledad con el Resucitado.

El principal inconveniente estribaba en que, como todo el mundo sabe, el tiempo, que normalmente huye tan deprisa, parece detenerse cuando estamos esperando algo que ansiamos. Como he dicho, tenía más de una hora por delante, y pensé que la mejor manera de combatir el aburrimiento –que de paso también me ayudaría a olvidar el frío característico que, de manera inmisericorde y a pesar de haber dejado ya el invierno atrás, suele atenazar por aquellas fechas al paseante tempranero por las calles de este nuestro León- sería trabando conversación con alguno de los espectadores que se habían instalado cerca de donde yo estaba. Me llamó la atención un señor de bigotito negro, aire distinguido – que le confería sobre todo su sombrero pasado de moda, a la usanza de los años 40 ó 50- y edad mediana, no muy alto, que parecía hallarse como en estado de trance a juzgar por lo extraviado de su mirada. Aparte de este hecho, lo que más me llevó a fijarme en él fueron sus manos, de una blancura impecable, dotadas de unos largos y finos dedos aristocráticos. “Manos de artista”, pensé, “probablemente de pianista profesional”. Era evidente que la ceremonia del Encuentro suscitaba en él una honda emoción, motivo por el cual me animé a interpelarle con objeto de hacer que la espera resultase algo menos larga.

-¿Hace frío, eh? –dije, al tiempo que me frotaba las manos- Si al menos no quedara tanto para que se celebrara el acto…

Fue entonces cuando el hombre pareció salir de su ensimismamiento y clavó en mí una mirada penetrante, que creo que me hubiera hecho sentir algo de miedo de no ser por la sonrisa, cortés y distendida, con que tuvo a bien acompañarla.

– El clima de este su León es lo que tiene…

– ¿Usted no es de por aquí? –pregunté, interesado.

– Lo cierto es que no, aunque he vivido en su ciudad muchos años y, como dice el refrán, el burro no es de donde nace, sino de donde pace.

– No estoy seguro de que esa teoría sea cierta del todo. Mis padres siempre le tuvieron mucho cariño a León. De hecho, esta es la ciudad que vio nacer a sus hijos. Pero ellos en ningún momento perdieron la devoción por su Santoña natal.

– ¿Sus padres eran de Santoña? –preguntó el desconocido, arqueando una ceja.

– Sí, en efecto –respondí yo, embargado por la sorpresa- ¿No me dirá que usted…?

– Pues sí. Ese es el pueblo donde vi la luz. Concretamente vine al mundo en una casa de la calle General Salinas.

– ¡Hay que ver lo que son las cosas! En realidad, usted y yo somos un poco paisanos. Porque si los avatares del trabajo no hubieran obligado a mi padre a emigrar a estos pagos…

– Sí, no cabe la menor duda de que la vida da muchísimas vueltas.

Tal y como había previsto, la conversación con el extraño hizo que me resultara mucho menos onerosa la espera. Pero lo cierto es que, a pesar de sus innegables cortesía y afabilidad, no lograba librarme de la impresión de que había algo en él, como un misterioso estigma que parecía distinguirlo de todos los demás rostros que componían la abigarrada multitud. En parte intrigado por este hecho, y en parte porque la simpatía que me inspiraba me inducía a perseverar en mi intento de congeniar más a fondo con él, le pregunté a qué se dedicaba.

– Soy artista –respondió modestamente.

-¿Músico? – volví a preguntar, con la esperanza de corroborar mi anterior presentimiento.

– Escultor –dijo, lo cual suscitó de nuevo la sorpresa en mí.

– ¡Caramba! – exclamé, cabeceando con cierta incredulidad- Como su ilustre paisano, don Víctor de los Ríos. Está visto que hoy el día va de casualidades.

– Sí, en efecto – corroboró él con cierto aire de misterio.

– ¿Es usted admirador suyo? – inquirí a continuación, creyendo haber descubierto el motivo por el que mi interlocutor había viajado desde Santoña para contemplar aquel acto emblemático de la Semana Santa de León.

– Bueno, sí, un poco…

– Hoy precisamente veremos procesionar  dos pasos suyos: la Virgen de la Soledad y el Resucitado. Excelentes ambos. Soy bracero titular del primero de ellos, si bien este año no he podido salir por culpa de mi espalda –llegado a este punto, emití un hondo suspiro, que llamó la atención de mi interlocutor- Por cierto, qué desgracia la de esta ciudad. Tan importante que es el legado escultórico que este hombre nos dejó, y sin embargo, no tuvimos la decencia de organizarle el año pasado un homenaje como Dios manda con motivo del centenario de su nacimiento, como sí hicieron, por ejemplo, en Santander o en Linares.

– No hay por qué pensar mal. Quizás se les pasara la fecha…

-¡Que se cree usted eso! A estos políticos de chichinabo lo único que les importa son los gestos de cara a la galería, es decir, lo que pueda proporcionarles votos. Mucho me temo que el club de fans de Víctor de los Ríos no constituye un filón demasiado productivo en este sentido, razón más que suficiente para que no se preocupen en absoluto de cuidarlo. Pero ya está aquí el Paso de la Soledad.

En efecto, el también llamado Paso de las Tres Marías acababa de doblar la esquina de la calle Puerta Obispo para hacer su irrupción en la Plaza de Regla. Casi simultáneamente, con precisión matemática, entraba por la esquina de Sierra Pambley el Paso del Resucitado, haciendo enmudecer a la concurrencia con esa majestuosidad nada hierática que había sabido conferirle la gubia del genial artista. Era tal el ambiente de recogimiento que se respiraba en el lugar, que no me atrevía por nada del mundo a quebrantarlo con algún comentario inoportuno que se dejara oír por encima del sepulcral silencio reinante, razón por la que acerqué mi boca al oído de mi interlocutor para susurrarle lo más quedamente posible:

– Hace justamente cincuenta años que tuvo lugar por primera vez la ceremonia del Encuentro aquí, en la Plaza de la Catedral, cuando también procesionó el Paso de la Soledad al completo, con las tres figuras. Es una lástima que dentro de otros cincuenta no estemos aquí para verlo.

– De eso último no esté usted tan seguro. Dios proveerá.

Me limité a encogerme de hombros y a sonreír con una expresión de cierta bobería, atribuyendo la observación de mi amigo a un simple destello de humor, no exento de cierta ironía. No había lugar a nuevos comentarios, puesto que las bandas de música de las cofradías habían callado, los dos pasos se hallaban frente a frente y todo el mundo esperaba, expectante, la lectura del Pregón a cargo del actor Magín Mallo. Es este uno de los momentos mágicos de la Semana Santa leonesa, curiosa mezcla de fervor y suspense, en el que todas las miradas están pendientes del hermano que, año tras año, lleva a cabo la delicada operación de cambiarle el manto y la corona a la Virgen, sin que los espectadores puedan por menos que preguntarse, con el corazón en un puño, si le dará tiempo a culminar su labor antes de que se oiga por los altavoces el típico grito de “Cristo ha resucitado ¡Felices Pascuas!” Por supuesto que tales temores resultan ser completamente infundados, pues la Virgen –que desde ese mismo momento deja de serlo de la Soledad- ya está completamente vestida de blanco cuando dicha exclamación se produce, y es llegado el momento para proceder a la suelta de palomas, el tañido de campanas y el espectacular baile del paso realizado por los hermanos de Jesús Divino Obrero, en una nada casual evocación de la llegada de la primavera, esa estación en que la vida renace. Finalizado que fue el jubiloso acto, decidí despedirme de la persona que me había acompañado durante el mismo, dándome cuenta de que en todo este tiempo no nos habíamos presentado.

– Fernando Montes – dije alargando la mano en un gesto de despedida- Ha sido un placer compartir  este momento con usted.

– Yo me llamo Joaquín. Para servirle a usted – dijo estrechándola con una fuerza que me sorprendió en aquella mano aparentemente tan fina y delicada, si bien caí inmediatamente en la cuenta de que, al fin y al cabo, era una mano acostumbrada a empuñar la gubia y el cincel.

– Espero que volvamos a vernos, ya sea en León o en Santoña –añadí, guiñando un ojo.

– De eso no le quepa la menor duda – replicó de modo un tanto enigmático- De que volveremos a vernos.

Ya estábamos a punto de separarnos para seguir nuestros respectivos caminos, cuando el señor se volvió para decirme sin duda algo que se le había quedado en el tintero.

-Por cierto, sus padres me piden que le diga que le quieren mucho, y que velan en todo momento por usted.

Dicho esto, afloró a su rostro una sonrisa que nada tenía de burlona, se tocó levemente el ala del sombrero y se mezcló entre la multitud. La expresión de mi cara no me la vi, pero no me resulta difícil en absoluto imaginarla, como supongo que tampoco a cualquiera de ustedes. Mi primer impulso fue el de tildarlo de chiflado excéntrico, a no ser porque caí en la cuenta de que yo en ningún momento le había dicho que mis padres hubieran fallecido. Y me percaté, además, de que la cara de aquel individuo no me resultaba del todo desconocida ¿Dónde la había visto yo antes? En eso tuve un flash extraño y, devorado por la impaciencia y la incredulidad, me trasladé rápidamente a mi domicilio, donde lo primero que hice, sin despojarme siquiera del abrigo, fue conectar el ordenador y entrar en la web de la Hermandad de Jesús Divino Obrero. Una vez allí conecté al enlace donde se habla a fondo del patrimonio artístico y, para mi sorpresa inefable, ahí estaba la foto del hombre con quien había presenciado aquella mañana el acto del Encuentro: Víctor Joaquín de los Ríos, escultor, nacido en la localidad cántabra de Santoña en el año 1909.

Pasada la lógica perplejidad inicial, no pude reprimir un sollozo. Sería difícil explicar cuáles fueron exactamente las causas que provocaron este llanto, pues eran demasiadas las emociones que se agolpaban en mi cerebro, todas ellas igualmente intensas. Lo que sí sabría decir a día de hoy con total seguridad es que, cada vez que recuerdo aquella extraña mañana de Domingo de Pascua, no puedo evitar que aflore a mi rostro una sonrisa teñida de cierta amargura cuando pienso que el alma noble de Víctor de los Ríos nunca ha olvidado a esta ciudad que, sin embargo, tan ingrata había sido con su memoria.

Jardiel Poncela

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Polizones

Piedad

 

Desempolvando el baúl de los recuerdos, he topado con esta humilde muestra de mi quehacer narrativo, en la que cuento mis andanzas de bisoño papón. He creído que sería apropiado compartirlo, dado lo significativo de estas fechas. He de advertir que, si bien los hechos aquí referidos se ajustan esencialmente a la realidad, he decidido adornarlos tenuemente con el barniz de la literatura. Que lo disfrutéis, y felices pascuas a todos.

– ¡Vosotros dos, venid aquí! – rugió tonante la voz de Julio Cayón.

Ante tan brusca interpelación, Carlos y yo nos miramos el uno al otro con cara de circunstancias, como quien ha sido sorprendido en flagrante delito.

– ¡Sí, sí, a vosotros me dirijo! – volvió a insistir, inapelable, la voz, de tal suerte que no cabía otra alternativa que la de obedecer o salir corriendo. Tras sopesar ambas opciones, nos decantamos por la primera y avanzamos con aire sumiso hacia Julio, temerosos de que estuviera pensando en medir la dureza de su vara de seise con nuestras respectivas cabezas.

-¿Se puede saber qué pintan aquí esas insignias del Dulce Nombre? – nos interrogó con voz súbitamente queda y aire sibilino, propio del que trata de descifrar un gran arcano. Había recalcado sobre todo la palabra “aquí”, cuyo acento agudo sonaba lo más parecido imaginable a un tiro de escopeta.

Nuestros peores temores se veían, pues, confirmados. Para ganar tiempo, Carlos y yo decidimos mirarnos las insignias, como si esperáramos a que ellas fueran a responder por nosotros. Tal circunstancia no se produjo, y fue Julio quien de nuevo quebró el embarazoso silencio:

– ¿Acaso no sabéis que ésta es la Procesión del Santo Entierro y que la cofradía organizadora de la misma es Nuestra Señora de las Angustias y Soledad?

– Sí, sí que lo sabemos – hablé yo por fin, sin caer en la cuenta de que se trataba de una pregunta retórica.

– ¿Y bien? – inquirió el seise, observándonos con gesto adusto desde el otro lado de sus gafas.

Yo, que para algo era el mayor, me sentí obligado a oficiar de portavoz, articulando una explicación más o menos coherente:

– Bueno, pues… Nosotros… En realidad…

– Fuera insignias –cortó Julio abruptamente- Antes que llevar el escudo equivocado, es preferible no llevar escudo alguno. Por esta vez haremos la vista gorda. Id a ver si podéis acoplaros en algún paso. Suele hacer falta gente por la tarde, aunque no os garantizo nada. Que haya suerte.

Carlos y yo volvimos a mirarnos, entre satisfechos e incrédulos. Aquello sí que era un desenlace inesperado. Al parecer, había pesado más en la decisión final del seise el valor por nosotros manifestado que nuestra igualmente manifiesta condición de polizones (o nuestra caradura, hablando en plata). Saltaba a la vista que no pertenecíamos a la cofradía.

Todo había empezado en la comida de Viernes Santo, donde mi madre – que era también la abuela de Carlos – nos obsequiara con un delicioso bacalao, plato tradicional por esas fechas en cuya preparación era ella especialista consumada. Recuerdo que comimos con hambre de lobo, pues veníamos agotados de pujar por la mañana el Prendimiento, paso en el que acabábamos de entrar como braceros titulares. Pero nuestra bisoñez, unida al efecto vivificador del bacalao de mi madre, nos hizo olvidar rápidamente las penurias matinales. De modo que, dejándome llevar por ese entusiasmo pseudo-masoquista tan propio de la juventud, le dije a Carlos al llegar a los postres:

-Oye, ¿qué tal si nos colamos esta tarde en el Entierro?

Carlos se me quedó mirando fijamente, y pude observar que era víctima de un espinoso dilema: no sabía si llamar  a los loqueros o aceptar sin más mi propuesta. Se vino a quedar a medio camino, alegando débil y perogrullescamente:

– Pero Fernan… Nosotros no somos de Angustias.

– ¡Y qué más da! – repliqué con aire de suficiencia – Las túnicas son también negras. Sólo se diferencian en el escudo. A ver quién se va a andar fijando en eso.

Carlos titubeó todavía un poco, pero al hacer mi madre una observación en el sentido de que estábamos como cabras al plantearnos una cosa así, ello pareció actuar como un resorte sobre la voluntad de mi sobrino, pues no hay nada que estimule más a un adolescente que el contar con la desaprobación de sus mayores.

Era evidente que mis pronósticos no habían sido precisamente acertados. Con la altanería de nuestros pocos años, habíamos desdeñado un principio fundamental: es posible que el hábito no haga al monje, pero sí al papón.

Así que allí estábamos nosotros, deambulando entre los pasos como dos ilegales en busca de empleo, hasta que el azar nos condujo a la magnífica talla de la Piedad. Los braceros estaban ya en sus puestos y el jefe de paso era un tipo calvo con cara de pocos amigos. Tragando saliva, logré reunir el coraje necesario para preguntarle:

-¿Hay sitio para dos?

El seise calvo nos miró atónito y debo reconocer que no le faltaban motivos para ello, pues dicha pregunta sonaba más propia de unos clientes dirigiéndose al maître de un restaurante. Pasada la perplejidad inicial, nos escrutó detenidamente y nos contestó con otro interrogante:

– ¿Se puede saber dónde está la insignia de la cofradía?

Empezaba a maldecir la hora en que se me ocurrió pensar que nadie se iba a dar cuenta. A este paso, pensaba, lo de nuestras insignias terminaría por acaparar las portadas de todos los periódicos locales.

– Es que… nos han dicho que nos las quitemos.

– ¿Y eso? – inquirió el seise, al tiempo que arqueaba una ceja con renovada estupefacción.

– Esta mañana pujamos en la Procesión de los Pasos y se nos olvidó cambiar los escudos antes de venir aquí – acudió en mi auxilio Carlos.

El seise comenzó a acariciarse la barbilla, pensativo. Era obvio que estaba dudando entre si teníamos mucho morro o, simplemente, éramos tontos de remate. Tal vez llegó a la conclusión de que las dos opciones no eran incompatibles.

– De modo que se os olvidaron – dijo, sin duda para ganar tiempo, a lo cual nosotros respondimos con sendos bamboleos de cabeza.

El tiempo que se tomó para reflexionar se me antojó interminable, si bien me hacía concebir esperanzas el hecho de que aún no nos hubiese mandado a freír espárragos. Finalmente, extendió la mano y señaló al paso:

-Precisamente allí hay dos almohadillas libres.

Inmediatamente nos volvimos, presas de una indescriptible euforia. Mas ésta duró poco. Quedaban, efectivamente, dos almohadillas vacías en las dos varas centrales, justo por delante del trono. Pero había un pequeño problema…

– Nosotros no podemos ir ahí – fueron las palabras, casi inaudibles, que brotaron de mi boca.

– ¿Ah, no? – exclamó, esta vez con fingida sorpresa, el seise calvo, quien parecía estar disfrutando con la situación.

– Pues porque… la gente que hay alrededor… son un poco bajos – dije a modo de eufemismo, pues lo cierto es que eran auténticos liliputienses.

– ¡Vaya! Siento que no todo esté a gusto de los señores – dijo el seise calvo con marcada ironía -. En fin – añadió encogiéndose de hombros – Si queréis pujar, eso es lo que hay. Si no, ya podéis marcharos por donde habéis venido.

No sabría decir a ciencia cierta qué fue lo que determinó nuestra decisión. Quizá fuera orgullo trasnochado, que nos impedía volver a casa con la cabeza gacha y las manos vacías, o tal vez pesara más en nuestro ánimo el simple prurito de dar al cabronazo del seise en las narices, demostrándole que no había logrado disuadirnos de nuestro propósito, pese a sus denodados esfuerzos. El caso es que nos incorporamos a la vara y comenzamos nuestro Gólgota particular, dada la considerable diferencia de altura con nuestros compañeros de puja. Ello, unido al calor asfixiante que impregnaba el ambiente aquella Semana Santa, motivó el que varias veces a lo largo del recorrido – muy especialmente en el descenso de la Cuesta de los Castañones – maldijera mi feliz idea. Al llegar al descanso de la Plaza de Santo Martino, me hallaba al borde mismo de la extenuación y, con gran pesar, le transmití a Carlos mi intención de abandonar.

– Pues yo pienso seguir – me dijo Carlos muy serio, ante mi anonadado asombro, si bien más tarde caí en la cuenta de que ese había sido desde siempre uno de los rasgos más distintivos de su carácter: puede que tardara en tomar una decisión pero, una vez que lo hacía, ésta era irrevocable.

El caso es que, animado por el ejemplo de Carlos, o tal vez inquieto ante la posibilidad de que todo el mundo y él mismo me tomaran por un gallina, volví a mi puesto tras la reanudación de la procesión y seguí hasta el final, dispuesto a terminar como fuera aquella aventura que yo mismo había empezado. No sé cómo, pero conseguí llegar a Santa Nonia. La recompensa la tuvimos dos días después, cuando leímos en el Diario de León que la Piedad había sido el paso mejor pujado de toda la Procesión del Entierro.

Ignoro si nuestra contribución a tan sonado éxito fue crucial o no. Corría entonces la Semana Santa del año 1982. Muchas cosas han cambiado en mi vida desde entonces, y he de admitir que no todas para bien – entre ellas el que mi madre, aunque vive todavía, ya no está en condiciones de preparar aquel delicioso bacalao con que nos deleitábamos en las comidas de Viernes Santo, o que mi espalda no podría soportar otro trote como el de aquella mítica Procesión del Entierro – pero noto que, veintiséis años después, mi entusiasmo y mis ganas de salir a la calle al llegar estas fechas siguen intactos, lo cual demuestra que hay ciertas cosas que la tiranía del tiempo no consigue borrar. Y se me ocurre pensar que la Semana Santa es la versión cristiana de las antiguas saturnales con que los romanos festejaban la llegada de la primavera. He aquí algo que nos debería hacer recapacitar: esperar la Semana Santa con ilusión constituye el indicio más inequívoco de que vuelve la primavera a nuestros corazones.

Jardiel Poncela

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¿Segunda Transición? ¿Hacia dónde?

Se oye hablar demasiadas veces de la Segunda Transición. Hay palabras o expresiones que, al hacer de ellas un uso abusivo a la vez que poco preciso, terminan por no significar absolutamente nada. Como un globo cuando se hincha de aire. O también un estómago humano. En ambos casos, el repentino vaciado de los mismos se caracteriza por un violento estallido que, en el caso del globo no tiene mayores consecuencias que el darnos un pequeño susto, pero cuando de vísceras humanas se trata, la consabida secuela es un hedor penetrante y ciertamente poco grato, que es más o menos a día de hoy el que percibimos en nuestras mefíticas y corruptas instituciones políticas.

Yo creo que, para empezar, convendría tener claro cuáles fueron las claves de la Primera Transición, pues se da por supuesto que tuvo que haber tal, cuando con tanta insistencia se afanan en hablarnos de la segunda. Porque a nuestros políticos les encanta hablar del “espíritu de la Transición”, así como de la necesidad de recuperarlo, sin que nadie se preocupe por explicar qué era lo que alentaba aquel espíritu ni el cómo deberíamos conducirnos si quisiéramos volver a implantarlo. Como mucho, se encogen de hombros y nos espetan escuetamente, con una evidente falta de entusiasmo: “Léase usted la Constitución de 1978: ahí encontrará todo lo que necesite saber”. Como quien nos remite al manual de instrucciones para manejar una tostadora. Con lo que la Carta Magna queda relegada a la categoría de mero tótem, o talismán, al que cabe rendir culto con una devoción casi supersticiosa, como la que profesan los pueblos primitivos (y los que no lo son tanto) a sus ídolos y fetiches. Freud lleva a cabo un estudio muy interesante de esta cuestión en su ensayo Tótem y tabú, centrándolo en el ámbito de la religión. Pero creo que igualmente podrían extrapolarse las tesis freudianas al terreno de la política. Nos guste o no reconocerlo, la palabra “Constitución”, así como las páginas de las que se compone su articulado, han pasado a ser lo más parecido a una carcasa vacía, o a un mero relicario, a los ojos de nuestra displicente y desengañada España de principios del siglo XXI. El espíritu de la Transición, efectivamente, se halla plasmado en ella, pero mucho nos tememos que dicho espíritu se ha vuelto tan etéreo y evanescente que el plasma ha terminado por convertirse en ectoplasma.

Pero evitemos la tentación de dejarnos llevar por las ramas. A la pregunta de qué fue lo que hizo posible aquella transición de un régimen dictatorial a nuestro actual estado democrático, bastaría con responder que, ante todo, tal hazaña se logró merced a la fijación de un objetivo claro, junto con el combustible necesario para llevar la nave a buen puerto, que no es otro que la ilusión. Todo barco que vaya a la deriva, sin una derrota previamente trazada en el cuaderno de bitácora, tiene a priori todas las papeletas para terminar haciéndose astillas contra los arrecifes, en cuanto se presente la primera noche de tormenta. La clase política de por aquel entonces tuvo la suficiente altura de miras como para percatarse de que nada se conseguiría en tanto en cuanto las instituciones del país no se libraran de la tutela de los dos custodios implacables que hasta entonces las mantuvieran constreñidas, a saber, la iglesia y el ejército. Incluso personalidades políticas como Manuel Fraga, procedentes del antiguo régimen, supieron entender que el nuevo ordenamiento constitucional, si aspiraba a ser efectivo y duradero, tendría necesariamente que acabar entrando por el aro del estado aconfesional y el reconocimiento explícito de la pluralidad cultural existente en nuestro país, germen del estado autonómico. Por supuesto no habrían de faltar los consabidos heraldos negros (las fuerzas integrantes del así llamado “búnker” del franquismo), augurando la aniquilación de Sodoma y las diez plagas de Egipto, como inevitable castigo a tanto desmán. Fue preciso neutralizar a tales vocingleros mediante una apreciable dosis de ilusión que infundiera confianza en la nueva empresa colectiva, haciendo buena aquella máxima de Emerson: “Nada verdaderamente grande se ha hecho nunca sin entusiasmo”. La Carta Magna del 78 fue el documento sancionador mediante el cual los españoles nos comprometimos con nosotros mismos a preservar nuestro recién adquirido régimen de libertades.

A día de hoy, nos encontramos atrapados en una encrucijada de la que difícilmente vamos a salir, como no elevemos la cabeza por encima del polvo, que confundimos con la línea del horizonte. Es hora de ver y hablar claro: nuestra democracia está literalmente secuestrada por las oligarquías que detentan el poder económico, que ha reemplazado a los estamentos religioso y militar en su antiguo rol de élite privilegiada. Pero se han hecho con los resortes del poder de un modo mucho más inteligente y sibilino del que emplearan aquéllos, sin necesidad de dar un golpe de estado ni de disparar un solo tiro. Han tenido la suficiente astucia como para percatarse de que lo verdaderamente importante para el que aspira a convertirse en tirano es matar la ilusión. Y para ello se han valido del arma de destrucción masiva más efectiva que existe: el miedo. Inoculando en la sociedad el miedo a perder el puesto de trabajo, o a perder la vivienda, o a ejercer el libre derecho de protesta (ley mordaza), la nueva élite se ha asegurado la mejor baza para perpetuarse en el poder. El miedo termina por sofocar cualquier tentativa de resistencia o ansia de cambio, despojando al ser humano de su humanidad para equipararlo con la más elemental de las criaturas del reino animal, permanentemente supeditadas a ese sutil e implacable tirano al que se conoce como instinto de conservación. Tuvo razón Thoreau al formular, hará unos 150 años, aquella máxima falsamente atribuida al Presidente Roosevelt: “No hay ninguna cosa a la que haya que tenerle tanto miedo como al miedo mismo”.

Toda institución totalitaria que se precie ha de fabricar sus propios talismanes y sus tótems, si tiene una mínima aspiración de longevidad. Como ocurre con todas las fuerzas vivas cuando se fosilizan para convertirse en meros símbolos, la Constitución de 1978 ha dejado de ser paulatinamente el viento impulsor de nuestro progreso como sociedad, para convertirse en nuestra rémora. El desgaste se ha venido larvando desde hace tiempo, pero sin duda el punto de inflexión lo marca la reforma del artículo 135 en agosto del 2011, por el que se supedita de manera perversa el interés general de los ciudadanos al pago de la deuda. La modificación de un simple párrafo trae como consecuencia el que los ciudadanos pasen a ser súbditos y el que los gobiernos democráticamente elegidos se conviertan en meros delegados de un poder que para nada ha sido elegido democráticamente. A un nivel más profundo, se desprenden dos corolarios fundamentales, a cual más inquietante: uno, que la alternancia de los dos grandes partidos en el gobierno es una farsa (la reforma de dicho artículo fue auspiciada por el PSOE, parece que a todo el mundo se le ha olvidado); y, dos, que el resto del texto constitucional queda relegado a la condición de papel mojado, pues tanto su espíritu como su letra entran en abierta confrontación con dicha prioridad presupuestaria. Y lo que es una aberración a nivel macroeconómico, desde el punto de vista humano, se ha instaurado igualmente a nivel doméstico, al pasar a nuestro acervo de prácticas cotidianas cosas tales como los desahucios (contraviniendo el artículo 47 de nuestro ordenamiento constitucional), o el desabastecimiento energético de los parados (haciendo caso omiso del artículo 128). Los grandes oligopolios de la energía y las finanzas no se aprestan a cumplir la ley, sino que hacen que las leyes se adapten a sus intereses. Y, si no, simplemente las vetan (como cuando el PSOE se opuso a legislar sobre la dación en pago), o se las pasan por el arco del triunfo. Sin el menor pundonor.

Conviene tenerlo claro: nuestra democracia jamás será completa mientras siga siendo subsidiaria de los grandes capitales. A poco que nos paremos a pensarlo, caeremos en la cuenta de que su poder es puramente psicológico, mientras sigan haciéndonos creer que son imprescindibles. Es algo muy parecido a lo que ocurrió en el pasado con la Santa Inquisición, que durante siglos se las ingenió para destilar en el pueblo la falsa ilusión (en el sentido anglosajón del término) de que solo ellos tenían la llave de la salvación. Pero en realidad lo que tenían, era la llave del calabozo y la cerilla para encender la hoguera. Como entonces, no faltará quien intente amedrentarnos con el llanto y crujir de dientes, pero ni las llamas del infierno ni las hogueras del Santo Oficio son nada comparados con esta cocción a fuego lento con la que estos inquisidores vestidos de Armani pretenden liquidar nuestra libertad. Lo peor de todo, algunos se permiten incluso el jactarse de ello. Tal es el caso, por ejemplo, del señor Warren Buffet (segunda mayor fortuna de Estados Unidos, por detrás de Bill Gates), al pronunciar la siguiente frase: “Claro que hay lucha de clases: y la estamos ganando nosotros”. Hay que reconocer que, en el medio de su evidente cinismo, al menos este individuo ha tenido la elegancia de avisarnos. Y el que avisa no es traidor, por muy malvado que pueda ser. Es hora de recoger el guante y despertar del letargo en el que nos hemos arrumbado tan plácidamente durante las últimas cuatro décadas. Ningún Príncipe Azul va a venir a hacernos el trabajo.

Jardiel Poncela

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La Sexta palabra

7bis

En el cajón no hay más textos que el de la <<Cuesta>> y éste, lo juro. Pudiera ser que Villo dudase de la veracidad de lo que en él se cuenta. Sería comprensible. Lo cierto es que ocurrió tal cual lo relato. O más o menos.

-¡Déjame en paz de una vez! ¡Vamos a llegar tarde y nos echarán la bronca! No voy a probarme ningún capirote; si son los tres iguales. Este mismo vale.

Tarde íbamos a llegar de todos modos, por lo que la insistencia de mi tía Meli estaba más que justificada. Probarse el capirote antes de marchar al sermón no llevaría más allá de un par de minutos, y hubiésemos estado a tiempo de remediar cualquier imprevisto. Pero había que conocer a mi tía para entender a Fernando. Enfermizamente perfeccionista e insospechadamente meticulosa hasta en los detalles más insignificantes, presta siempre a meter baza, Meli era capaz de acabar con la paciencia de un santo. Nervioso ante su primera participación en la procesión del Viernes Santo de las Siete Palabras, yendo a contrarreloj, se comprende que mi primo mandase a su santa madre a freír espárragos en vez de seguir los dictados de la prudencia más elemental. Enfundada la aterciopelada túnica roja, la magnífica capa negra a hombros, ajustado el cíngulo y calzados los guantes blancos, agarró la cruz y un capirote, besó a su madre y ordenó “¡marchando para San Marcelo!”.

El sermón daba inicio a las cinco de la tarde y cuando nos pusimos en camino eran ya y cuarto. De toparnos con un Seise antes de entrar en la iglesia, habida cuenta de la severa regla de la cofradía, se nos iba a caer el pelo. Desde Burgo Nuevo se llegaba a San Marcelo en un santiamén; con tener una pizca de fortuna nadie se percataría del retraso. Pero no la tuvimos. Justo en la puerta lateral del templo nos dimos de bruces con Marcelino, Viceabad de la penitencial y azote de papones poco disciplinados. Observaba, don Marcelino, a pies juntillas los preceptos estatutarios. En la cofradía se había ganado el respeto de los veteranos; lo que es el resto sentíamos directamente pavor con sólo oír nombrarlo, a pesar de no haber cruzado jamás una palabra con él. La reprimenda que le cayó a Fernando fue de órdago. Lo de menos la amenaza de desterrarlo de la cofradía. Yo salí mejor parado: con el hábito de Jesús Divino Obrero que me había prestado mi primo, invitado por mi propia cofradía -particular éste que gracias a Dios don Marcelino ignoraba- no estaba obligado a asistir al sermón, al que sí debía asistir como era preceptivo Fernando, que aunque hermano desde el mismo día en que vio la luz de los morados, vestía aquella tarde mi hábito de las Siete Palabras. Sin ni tan siquiera elevar la mirada, aterrorizados, no reaccionamos hasta que el Viceabad nos mandó, a grito pelado, entrar de una vez en San Marcelo.

Ocupando un par de sitios en la última fila de bancos confiábamos los dos en que lo peor del día hubiese pasado ya. Mas no: estaba por llegar. Al finalizar el sermón fuimos de los primeros en tomar la calle, y nos acercamos a ver los pasos antes de que el desfile diese comienzo. Mientras admirábamos la réplica de la talla de Fernández un Seise se nos acercó y ofreció a Fernando portar la Sexta Palabra. ¡Bendito sea el Señor! La Providencia se apiadaba de nosotros y acudía presta a resarcirnos de lo que hasta entonces había sido una tarde funesta. La emoción que nos embargaba a ambos me privó de envidiar a mi primo. Me sentía feliz por poder participar de un momento que se me antojaba histórico, y no dudé en apoyar en todo a Fernando, con la sana intención de aligerar en algo el peso de tanta responsabilidad. Sostuve lo mejor que supe el guión con la palabra mientras ante el inminente comienzo de la procesión Fernando se colocaba el capirote. Sin dejar de sostenerla sentí un escalofrío parecido al que se debe sentir cuando mascas la tragedia: no podía dar crédito a lo que veían mis ojos: a Fernando no le coincidían los suyos con los dos orificios del capirote, que le quedaban por encima de su frente.

– Ponte el capirote bien, primo, que ya se han puesto en marcha.

-¿Que me lo ponga bien?, ¿pero hay alguna otra manera de ponerse un capirote? ¡No veo nada! ¡A qué descerebrado se le habrá ocurrido hacer los agujeros tan arriba! -gritaba presa del pánico, y lo único que podía ver era que su gran día de suerte estaba a punto de dar al traste por un capirote, según él, mal confeccionado.

– Toma, prueba con el mío.

En un instante de lucidez se me ocurrió intercambiar los capirotes. Si solamente uno de los dos iba a salir en la procesión ése sería Fernando. El destino le había concedido a él el premio y a mi sacrificar mi presencia en el desfile. Aunque era mucha la ilusión que tenía por salir en la procesión, debía cargar con esa cruz y estaba dispuesto a hacerlo. Cambiamos los cartones de capirote; pero Fernando seguía sin ver ni torta. Aquello no tenía remedio y no quedaba tiempo para más. Había que encontrar al Seise y decirle que no llevaríamos la palabra. Con el trajín de la organización por allí no andaba ninguno y sin pensarlo dos veces no tuvimos mejor ocurrencia que dejar la palabra en la carpa, sin avisar a nadie. Después tomamos las de Villadiego; alguien ya se daría cuenta de que la Sexta Palabra no ocupaba su lugar en el cortejo, la iría a buscar a la carpa y otro afortunado papón la portaría. Lo que era nosotros, dábamos por finiquitada la aciaga jornada y nos volvíamos para casa. Una vez allí nos quitamos las túnicas y sin más explicaciones volvimos a la calle, resignados a ver la procesión desde la acera. Todo fue normal hasta la quinta palabra. Pero a continuación vino la séptima. Incrédulos, después de la representación de abades nos fuimos de allí. No hizo falta conjurarnos para no contar a nadie lo sucedido. La procesión de las Siete Palabras había salido sólo con seis. De todos modos, quién nos iba a creer.

Phil O’Hara.

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