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Tecnología alemana, conjunción astral

Conjunción astral

El pasado viernes dieciséis de octubre de dos mil quince, a las ocho y cuarto de la mañana, se produjo en el municipio de Sant Cugat lo que debió ser una rara conjunción astral gracias a la cual, contra toda lógica y desafiando todas las leyes de la mecánica -no la clásica ni la cuántica, sino aquella otra, grasienta y más prosaica que versa sobre motores, por lo general térmicos- gracias a la cual, digo, mi coche volvió a arrancar y no hizo falta que la grúa, que venía ya de camino, lo llevase al taller. Si los planetas realmente se alinearon de determinada manera conjurándose para remediar lo que no parecía tener remedio o fue cosa de brujas, no puedo saberlo a ciencia cierta. La hora que era de la mañana y no poder contar con la ayuda del telescopio espacial Kepler no contribuyeron a esclarecer aquello. No descarto, en cualquier caso, que la patada en los morros que propiné a mi coche tuviese algo que ver, a la manera causa-efecto o acción-reacción; aunque tampoco estoy en condiciones de asegurarlo.

El coche, un sedán alemán -pero alemán, alemán; de los fabricados en la misma Alemania; un compendio de tecnología punta, vaya- llevaba recorridos desde que un operario de la factoría de Múnich de la Bayerische Motoren Werke, probablemente turco, ensamblase a mediados de dos mil seis el último de los componentes del vehículo, hasta el día de autos, la nada despreciable cantidad de cuatrocientos veinticinco mil y pico kilómetros sin mostrar el más leve síntoma de fatiga; sin desfallecer lo más mínimo. Los cambios de aceite y de filtros reglamentarios y la substitución de neumáticos cada equis tiempo es cuanto el bueno de mi coche había venido solicitando. Hasta cierto punto resultaba comprensible que tras tanto trajín, el pobre requiriese una tregua. Fue temprano; acababa de dejar en la escuela al menor de mis dos hijos y me dirigía hacia el trabajo cuando de repente un símbolo de color amarillento con la apariencia de un termómetro me alertaba sobre el sobrecalentamiento del motor, advirtiéndome que debía aminorar la marcha o en caso contrario iba a producirse irremediablemente una avería importante. Aunque hice caso y reduje prudentemente la velocidad, no transcurrieron ni un par de minutos y la luz pasó de amarilla a roja, y la indicación de admonitoria a categórica, conminándome esta vez a detener ipso facto el vehículo, con la prohibición, además, de abrir el capó so pena de sufrir no graves sino gravísimas quemaduras en carne, obviamente, propia. Aquel automóvil, lo mirase uno por donde lo mirara, era en efecto alemán; alemán de cabo a rabo. Mandaba más que un coronel de brigada, a la manera como debían mandar los oficiales de alto rango de la guardia personal de Hitler. Sólo faltaba que se pusiese a vociferar como un poseso <<¡Achtung! ¡Achtung!>> y a amenazarme con mandarme a chirona en caso de no interrumpir la marcha y no reanudarla hasta nueva orden.

Los alemanes, gente competente y eficaz, tienen bien estudiadas las cosas. Aquel símbolo de color rojo chillón no te invitaba amablemente a estacionar; no. Si lo que estaba en juego era la salud de un propulsor germano no había lugar para los buenos modales, que estaban de más. Ni Hitler habría cruzado media Europa y llegado hasta Stalingrado ni la ingeniería alemana adquirido tamañas cotas de excelencia a base de buenos modales. El auto me estaba ordenando parar; parar sí o sí; sin más consideraciones. Ahí radica, al menos en parte, el éxito de los alemanes y su supremacía tecnológica: cuando hay que detener el coche, hay que detener el coche. Frente a esa determinación genuinamente germánica nada o muy poco tiene que hacer nuestro carácter latino, heredero, es cierto, del de atenienses y milesios -aunque también del de Felipe IV- mas incapaz de tomar partido por la opción adecuada sin demorarse antes considerando si aquello iba a ser cosa de las bielas, de la tapa del delco o de las válvulas; eso si no se trataba del carburador. Entretanto habías jodido el cárter o incluso el bloque motor. Descendientes de la Grecia clásica, sí, pero la reparación te acababa saliendo por un ojo de la cara.

No queriendo causar daños irreparables a aquella máquina por la que sentía incluso cariño opté, sabiamente creo, por hacer caso de sus indicaciones y detuve el motor. Abrí el capó, eso sí, pues si bien razonable no me considero tan calzonazos como para ceder a todas las pretensiones germanas, que para eso, pensé, ya estaban Rajoy y Sánchez. No atisbé nada raro bajo la cubierta del motor a no ser una obra de admirable ingeniería que a pesar de cumplir pronto diez años de existencia y llegar al medio millón de kilómetros recorridos, seguía conservando un aspecto magnífico; algo inconcebible pensando en nuestra industria, o en la de los griegos, de quienes nos considerábamos legítimamente gloriosos descendientes. A pesar de germanófilo, uno lleva en los genes la información que lleva, así que después de haber avisado a la grúa indicándole con precisión mi geolocalización y la del vehículo, que prácticamente coincidían, volví a bajar el capó del coche y a las ocho y cuarto le largué un puntapié quedándome más a gusto que Dios. Ya me declaré incapaz de dilucidar qué fue lo que hizo que las cosas se recompusieran: el alineamiento de planetas, la patada, la fortuna o la constante de Planck; el caso es que puse de nuevo el motor en marcha y la indicación en rojo desapareció sin que haya vuelto a aparecer hasta hoy. Al llegar al trabajo y relatarle a mi jefe lo sucedido, él, germanófilo como yo, me aconsejó llevar el coche al taller, <<que nunca se sabe, uno no debe tentar a la suerte, que estas cosas las carga el diablo…>> y tal y tal. Respondí que lo pensaría. Por el momento lo que tengo pensado es no hacer nada y seguir confiando en la tecnología alemana y en las conjunciones astrales. En última instancia siempre podrá uno recurrir a la tan castiza patada salvadora, que algo bueno tendrá descender de griegos y milesios y no de aquellos bárbaros del norte.

Phil O’Hara

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Frustración

Hacía tiempo que el joven daba vueltas nerviosamente al cartapacio en sus manos cuidadas de artista. No sabría decir cuánto. Daba la impresión de que los que le habían concedido aquella audiencia se regodeaban en hacerle esperar y en hacerle sufrir; incluso no descartaba la posibilidad de que estuvieran espiándole a través de un agujero y estudiando sus reacciones, como si fuera un animalillo. Pero no, concluyó amargamente para sí. Esto último, por enrevesado que parezca, sería al fin y al cabo una manera de darle importancia, y mucho se temía que ni siquiera era acreedor a la curiosidad de aquellos personajes implacables. Sea como fuere, el caso es que lo que para ellos no era más que simple rutina, para él constituía nada menos que la razón principal de su existencia. Se podía decir que toda su vida estaba contenida en aquel cartapacio. Todo dependía de que el Rector de la Academia de Bellas Artes, tras examinar personalmente su trabajo, se aviniera a revocar el dictamen del comité de admisión y así pudiera ver realizado su sueño de convertirse en artista. Era una posibilidad remota, de eso era plenamente consciente, pero aún así tenía que intentarlo.

Trató de paliar su nerviosismo concentrándose en un punto concreto, técnica que había aprendido leyendo un libro de psicología (era un lector voraz). Se fijó en sus manos: blancas, delicadas, pequeñas para ser de hombre, hechas para pintar. Eran unas hermosas manos, pensó, que se parecían mucho a las de su madre. No eran las manos lo único que había heredado de su madre, mujer extraordinariamente sensible que había volcado todo su amor en él tras haber perdido tan trágicamente a sus tres hermanos mayores siendo éstos apenas unos niños. Su madre siempre lo había animado a perseverar en su carrera de artista, pues era la única persona que de verdad había tenido fe en él. Recordaba con emoción aquellas tardes que se pasaba pintando en el salón de casa en compañía de su madre, mientras ella hacía punto, aunque con frecuencia interrumpía sus labores para contemplar, emocionada, los progresos de su hijo. Y lo halagaba frecuentemente, diciendo que se sentía orgullosa de él y que estaba segura de que algún día llegaría muy lejos. Lástima que tales momentos felices se vieran ensombrecidos por la figura de su padre, hombre rudo y amargado, quien parecía empeñado en destrozar sus ilusiones, proyectando en su hijo todo el desprecio que sentía por sí mismo. Una vez se había quedado plantado detrás de él (casi podía sentir su aliento pestilente de cerveza en el cogote), mirando cómo pintaba y sin apartar la vista de sus manos tan cuidadas. Y le había oído con claridad meridiana (su padre no había hecho el menor esfuerzo por disimularlo) una palabra en la que quedaba perfectamente condensado su desdén: “¡Afeminado!” Todavía hoy se avergonzaba de su reacción ante aquel insulto, dejando la paleta y los pinceles y retirándose a llorar a su cuarto, hasta donde llegara amortiguado el ruido de las voces de sus padres discutiendo por él. Por eso era tan importante lograr ser admitido en la Academia: tenía que demostrar que era merecedor de la confianza que su madre había depositado en él y, por otra parte, casi igual de urgente era demostrarle a su padre que estaba equivocado.

Absorto estaba el joven en tales pensamientos, cuando la puerta del despacho del Rector se abrió y apareció recortada en el quicio de la misma la figura de su secretaria (una de las mujeres con menos atractivo de cuantas había visto en su vida), quien le invitó a pasar con un gesto. Al parecer, el tiempo incontable de la eternidad había terminado. El interior del despacho ofrecía un aspecto a medio camino entre biblioteca y catacumba, por su escasa luminosidad y la profusión de anaqueles atestados de libros. Al joven le pareció contradictorio el hecho de que fuera tan sobria la decoración (tan sólo había un cuadro en la pared) precisamente en una Escuela de Arte. Todavía tuvo el joven que esperar de pie durante algunos minutos, sin que el Rector, que al parecer estaba muy ocupando firmando unos documentos, siquiera reparase en él. Sin duda, pensó, aquello formaba parte del mecánico ritual de humillación al que venía siendo sometido desde el momento mismo en que pusiera el pie en el edificio. Por fin, el Rector (calvo y dotado de una nariz aguileña que lo asemejaba repulsivamente a los judíos) se dignó mirarle por encima de sus antiparras.

-Siéntese, por favor –le dijo, al tiempo que le señalaba la butaca de enfrente con un displicente gesto de la mano.

El joven tomó conciencia aún más clara, si cabe, de su insignificancia al tomar asiento en aquella enorme butaca, cuyo propósito deliberado parecía ser el de empequeñecer a los visitantes. Fue entonces cuando reparó en lo grotesco de su atuendo, con aquel traje que le quedaba al menos una talla grande (se le ocurrió que su padre se lo había prestado aposta con la intención de dejarle en ridículo) y el nudo de la corbata, que siempre se le había dado tan mal y acababa invariablemente por aflojarse. Se podía decir que tan sólo su pelo, liso e impecablemente peinado con raya a la derecha, junto con el bigotillo que por entonces empezaba a sombrear, constituían lo único verdaderamente atildado de su aspecto.

-Muchas gracias por recibirme, Herr Rector. Yo venía a solicitarle humildemente que reconsideraran…

Por toda respuesta el Rector alargó la mano impaciente, en un gesto que no admitía réplica, con lo cual el joven se vio obligado a hacerle entrega del cartapacio con los bocetos. En honor a la verdad, cabe reconocer que el Rector se tomó varios minutos en el examen de los mismos, lo cual no supo el joven si interpretar como buena o mala señal. Durante este tiempo el joven permaneció cabizbajo y absorto, entregado de nuevo a la contemplación de las manos que tenía cruzadas sobre el regazo, sin atreverse más que de vez en cuando a lanzar miradas furtivas al Rector, dada su natural timidez. Las arrugas, cada vez más profundas, que surcaban su frente no hacían presagiar nada bueno. Finalmente, un teatral carraspeo (primer sonido salido de la garganta del Rector desde que le invitara a sentarse) vino a sacar al joven de su ensimismamiento. Levantó la vista en el momento justo en que el Rector le devolvía el cartapacio, para luego reclinarse en el respaldo de su silla y trenzar los dedos en actitud meditabunda. El joven estaba literalmente aterrorizado, como puedan estarlo los reos antes de la lectura del veredicto.

-Créame que valoro su esfuerzo y su tenacidad al presentarse en dos ocasiones a las pruebas de admisión, así como al poner tanto empeño en solicitar esta audiencia conmigo. Pero debe usted comprender lo delicado de mi situación (resultaba irónico y hasta grotesco que fuera el Rector el que dijera encontrarse en una posición delicada). Yo no puedo desautorizar el dictamen del comité de admisión.

Sabía de sobra que aquello no era cierto, pues conocía personalmente varios casos de alumnos (procedentes de familias más adineradas que la suya, sobre todo de familias judías) que habían conseguido su ingreso sin siquiera tener que pasar por el trámite de las pruebas de admisión. Si bien, como es lógico, no se atreviera a verbalizar tales pensamientos, fueron tan grandes la angustia y la indignación que lo atenazaron en aquellos momentos que decidió jugarse el todo por el todo formulando la siguiente pregunta:

-Pero, ¿qué opina personalmente usted de mi trabajo?

El Rector se le quedó mirando fijamente durante unos segundos, sin duda sorprendido por esta inesperada muestra de arrojo, tras lo cual emitió un nuevo carraspeo, como dándose tiempo para medir bien sus palabras:

-Personalmente opino que no reúne usted el talento necesario para satisfacer los niveles de excelencia que nosotros consideramos irrenunciables en esta Escuela.

El joven sintió que todo su universo se desmoronaba, que aquellas palabras eran como una losa bajo la que quedaban sepultadas para siempre sus esperanzas e ilusiones. Sintió un súbito debilitamiento físico, como si de repente le hubiera sobrevenido la vejez. La llama de la determinación, que había iluminado su rostro hacía apenas unos segundos, se apagó como una pavesa agonizante y su mirada volvió a posarse, desposeída y lánguida, sobre sus inútiles y afeminadas manos lechosas. Aún tuvo fuerzas para balbucear una última súplica:

-Pero Herr Rector… No sabe usted lo importante que es esto para mí…

-Lo siento mucho, Herr Hitler –le interrumpió el Rector, quien parecía súbitamente envalentonado ante la claudicación de su interlocutor- Pero debemos anteponer en todo momento el interés general a nuestros sentimientos personales. Siento simpatía por usted y no quiero que se vaya de aquí con las manos vacías ¿Por qué no prueba usted con la arquitectura? Estoy seguro de que su inteligencia, racionalista y metódica, habría de resultar de gran utilidad en ese campo.

El resto de aquella escena transcurrió lo más parecido a un sueño (o a una pesadilla) ante los ojos del joven quien, sin tomar más que medianamente conciencia de sus actos, musitó unas torpes y quedas palabras de agradecimiento por el consejo, se levantó de la butaca, estrechó la mano del Rector (quien tuvo a bien recordarle que no se olvidara del cartapacio) y se dirigió hacia la puerta, que previamente se encargara de abrir la secretaria, cuyo rostro hierático seguía sin dejar traslucir la más mínima emoción. Tan pronto como abandonó el edificio, caminó como un sonámbulo por los jardines de la Escuela, hasta que algo (o más bien alguien) le llamó la atención. Apoyado en un árbol y fumando un cigarrillo estaba aquel tipo que últimamente lo venía persiguiendo con insistencia, no acababa de entender muy bien el motivo. Se llamaba Anton Drexler y lo miraba con una condescendencia burlona, como si intuyera la debacle interior por la que estaba atravesando. Siempre le había resultado antipático aquel individuo, de apariencia tosca y brutal, pero ahora se hallaba en una posición de extrema debilidad, que no le permitía rehusar cualquier gesto que llevara una cierta carga de solidaridad y comprensión, por leve que fuera. Así que se avino a saludarle. Se sintió tremendamente frágil cuando la ruda mano de ferroviario de Drexler estrechó la suya propia.

-Hola, Adolfo ¿Qué tal te ha ido allá dentro?

Adolfo le resumió en unas pocas palabras el desarrollo de la entrevista. Drexler frunció el entrecejo y fingió estar muy afectado por lo que le estaban contando. Adolfo, por su parte, fingió creer que su empatía era sincera.

-Creo que ese capullo, en el fondo, te ha hecho un bien. Tú estás hecho para cosas más grandes. Alemania lo que necesita en este momento son hombres de acción, y lo que le sobran son intelectuales y artistas ¿Por qué no te pasas esta noche por el Bürgerbräukeller? La reunión de hoy promete ser interesante. Estamos pensando en cambiarnos el nombre (lo de Partido Obrero Alemán desprende un tufo comunista demasiado grande), y llamarnos en lo sucesivo Partido Nacional Socialista. Habría además que reformar los estatutos y para eso necesitamos a tipos como tú, que tengan la cabeza bien amueblada ¿Qué me dices?

Partido Nacional Socialista ¡Qué disparate! Era la asociación de ideas más absurda que había oído en su vida. Nadie votaría nunca a una formación política con un nombre así. Pero, al fin y al cabo, ¿qué podía perder? En aquel momento estaba tan decepcionado y deprimido que hubiera aceptado una invitación del mismísimo diablo para acudir a una fiesta en el infierno. Así que, por esta vez, se encogió de hombros y accedió, si bien con poco entusiasmo, a la invitación de Drexler.

-Muy bien, chaval –exclamó Drexler, al tiempo que le descargaba con su enorme manaza unas cuantas palmadas sobre la espalda que por poco no le cortaron el aliento- Sabía que al final acabarías cediendo. Sé que no nos arrepentiremos. Ni tú ni yo. Hay una fuerza oculta en ti. Lo presiento.

Y los dos se alejaron en animada conversación por la vereda. Aquella noche Adolfo acudió por primera vez a una reunión del Partido.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   Jardiel Poncela

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