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Dios ha muerto

 “¡Dios ha muerto!”, fue una noticia más de las que dieron por la radio aquella mañana.

No hizo falta que ningún loco recorriera frenético las plazas, desconcertando a los transeúntes con la inútil luz de su farol encendido en pleno día. Los medios de comunicación se encargaron de divulgar el ilustre deceso. En twitter, en el telediario, en los periódicos y hasta en la prensa del corazón se hicieron eco del suceso con el que se esperaba conmocionar a la opinión pública.

Pero no ocurrió nada de eso. Unos estaban pendientes de los resultados del fútbol, otros se hallaban muy ocupados jugando en bolsa (ni siquiera fue preciso desalojar a latigazos a los mercaderes del templo). Finalmente, los pocos que se enteraron se encogieron de hombros y comentaron despreocupadamente ante la pantalla del ordenador o del televisor: “¡Te crees que no lo sabía!”

Atónitos, los heraldos de la noticia se preguntaron con qué podían haber sustituido su fe aquella masa de gente indiferente ante un acontecimiento de tal magnitud. “Seguramente han construido un becerro de oro”, fue la conclusión a la que llegaron.

Pero tampoco era cierto. El becerro era tan sólo de latón, con una fina capa de pintura acrílica que se desprendía apenas se rascaba un poco en la superficie. Lo más curioso del caso es que todos aquellos falsos idólatras se lamentaban y escandalizaban del fraude que ellos mismos habían creado.

Entonces sucedió algo imprevisto. Al tercer día, Dios resucitó. Pero cuál no sería su estupor al comprobar que ninguna revista estaba dispuesta a comprarle la exclusiva, ningún paparazzi venía a acosarlo y, para colmo, la restauración del templo a nadie le importaba un carajo. “No podemos seguir alimentando la burbuja inmobiliaria”, fue la única respuesta que recibió por parte del político de turno.

De modo que, sintiéndose decepcionado y entristecido, Dios optó por volver a descansar sus fatigados huesos en el sepulcro…

Jardiel Poncela

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Simón el Estilita

Simón el Estilita es un santo anacoreta que vivió en el siglo V y pasó más de la mitad de su vida (treinta y siete de los sesenta y nueve años a los que murió) en lo alto de una columna en el medio del desierto. El cineasta Luis Buñuel hizo una película de tono satírico sobre él, en la que no salía muy bien parado. Yo me he propuesto rescatar su figura, convirtiéndolo en un héroe trágico que desafió la autoridad divina (versión cristiana del mito de Prometeo) lanzando el siguiente desafío a Dios: “Yo no me muevo de aquí hasta que no me demuestres que existes”. Ignoro, claro está, cuáles pudieron ser las verdaderas motivaciones de este señor para entregarse con tan desmesurado celo a tan extravagante penitencia, pero no me importa demasiado. Ésta es la versión en la que a mí me gusta creer.

Son ya treinta y siete estíos (o un solo estío permanente) los que pesan sobre tus párpados, y éstos se prestan a rendirse dócilmente a la noche definitiva. A partir de mañana, cuando una vez más el sol asome impasible sobre la línea del orto, tu ávida mirada de orate ya no tornará a recorrer, desde lo alto de tu atalaya, estos páramos abrasados por el calor y el silencio.

Poco antes de que se cierren para siempre, tu vida vuelve a desfilar ante tus ojos. Los treinta y siete años duran apenas lo que dura un parpadeo ¿Acaso fueron algo más que un parpadeo? Tú creíste percibirlo como el sedoso deslizar de los granos en un reloj de arena que con morosa delectación va precipitando los minutos y los siglos, pero ahora comprendes que el tiempo es en realidad un paciente camaleón que yace agazapado en la profundidad de la noche y termina por devorar con un solo golpe de su lengua protáctil, larga y fulminante como un dardo, todo lo que encuentra a su paso: civilizaciones e imperios, sueños de fuego y de piedra, insignificantes hormigas que, como tú mismo, osan desafiar al pie del titán antes de ser aplastadas.

¿Desafiar? Sí, ya sé que eran muchos los que te consideraban un hombre santo y veían en tu gesto no sé qué ritual de redención, que habría de reportarte el favor divino a ti y a aquellos que, careciendo de tu tesón y tu fortaleza, optaran por recurrir a ti para que intercedieses por sus pobres almas pecadoras. Otros se reían de ti, y tan sólo te veían como a un loco de mirada febril y cuerpo desahuciado, prisionero tras los barrotes invisibles forjados por tu mente extraviada, incendiada por el sol implacable del desierto. Y no faltaban los corazones bondadosos que te compadecían y, conscientes de la futilidad de tu gesto aunque sin comprender tus motivos, ponían infructuoso empeño en convencerte para que descendieras de tu Gólgota hecho a medida. “Ya es más que suficiente”, te decían, “La agonía de Jesús Nuestro Señor apenas duró unas horas y tú ya llevas años allá en lo alto”. Pero tú te negabas a escucharlos, porque sabías muy bien que a esas alturas (nunca mejor dicho) el camino que habías emprendido era ya un camino sin retorno.

Pero una vez, al caer la noche, me quedé escondido tras unas rocas cuando todos se habían ido. Y te vi agitar el puño con gesto desafiante hacia la negra bóveda de la noche, y gritar con voz tonante: “Háblame de una vez. Sí, ya sé que ellos tienen razón, pero es a ti a quien quiero oírtelo. Bajaré de esta columna en cuanto tú me lo ordenes, pero me lo tienes que decir”. Y tus palabras quedaban reverberando en mis oídos y en el silencio de la noche, sin obtener otra respuesta que la de su propio eco. Y cada nuevo e impávido amanecer era como el pico inmisericorde del águila que te arrancaba una y otra vez las entrañas, haciéndote retorcer de dolor igual que al desventurado Prometeo.

Ahora todo acabó. No habrá más desfiles de curiosos ni feligreses, ni mudas plegarias de desesperación bajo el tórrido sol del desierto, ni más imprecaciones desgarradas al vacío gélido de la noche. Te sientes derrotado. Quisieras creer que Dios finalmente se ha apiadado de ti y te ha llamado a su seno, y que si guardó silencio durante todos estos años fue para castigar tu soberbia al osar retarlo. Pero la explicación real es más simple que todo eso. Sencillamente, tu órdago no funcionó. No hay nada que consiga horadar la piel del silencio tras la que se oculta Dios, o tal vez Dios sea ese mismo silencio, que se alimenta de tiempo y de sorda desesperación sin llegar a saciarse nunca. En cualquier caso, te queda al menos una certeza en el medio de tantas zozobras. Y es que, sea lo que sea lo que te espera al otro lado del telón de tus párpados definitivamente sellados, estás completamente seguro de que no podrá ser el infierno. Porque ése, desde luego, lo has conocido de sobra ya.

Jardiel Poncela

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