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La necesidad y la virtud

Recuerdo que hace años, en una velada poética con Juan Carlos Mestre, alguien de entre el público le preguntó: ¿Se puede vivir de la poesía? A lo cual respondió categóricamente el poeta berciano: “No es posible la vida sin poesía”. Existe una contradicción aparente entre esta afirmación y lo dicho en cierta ocasión por el escritor irlandés Oscar Wilde: “Todo arte es perfectamente inútil”. Una frase que puede resultar chocante en el sentido anglosajón del término, viniendo de alguien que precisamente cultivara el arte con tan aquilatada sensibilidad. Pero la contradicción es tan sólo aparente. Yo diría que es importante saber distinguir entre lo útil y lo necesario. El amor, por ejemplo, es algo totalmente inútil, pero a todas luces necesario, quizá muy a nuestro pesar. Lo mismo se puede decir de la poesía, o del arte en un sentido amplio. Incluso me atrevería a decir que todo el progreso de la humanidad se basa en el descubrimiento de cosas que en un principio parecían inútiles, pero que son las que paradójicamente nos han ido humanizando. Un tatarabuelo nuestro (o varios a la vez) tuvo la ocurrencia de pintarrajear las paredes de la cueva donde vivía, llenándolas de representaciones de escenas de caza. Ello no suponía ningún valor añadido a la utilidad del habitáculo, en sentido estricto. Aquellas pinturas no contribuían a aumentar la temperatura de la cueva, ni servían para iluminarla o defenderla de los enemigos, a diferencia de lo que supusiera, por ejemplo, el descubrimiento del fuego (he aquí el embrión de la distinción entre arte y ciencia). Sin embargo, no se puede negar la transcendencia del hecho, que representó un salto cualitativo en la historia de la humanidad. Con el nacimiento del arte, los seres humanos nos convertimos en las primeras criaturas capaces no sólo de disfrutar de la belleza, sino también de crearla. Parece ser que el nacimiento de la música tuvo lugar en una época no muy diferente. Una vez me encargaron traducir un texto sobre cierto hallazgo arqueológico que bien pudiera corresponder al instrumento musical más antiguo que se conoce: un hueso vaciado por dentro y al cual le habían practicado unos orificios. El texto venía acompañado de una serie de fotografías de esta primera rudimentaria flauta, a la vista de las cuales uno no podía evitar estremecerse. Resulta imposible determinar con precisión en qué momento vio la luz la poesía, ya que en un principio ésta se transmitía de forma oral y la invención de la escritura no se produciría hasta mucho más tarde, pero yo estoy convencido de que tuvo que ser también por aquel entonces.

Tal vez no sea fácil determinar la naturaleza del impulso que mueve al hombre a crear belleza. O tal vez sea escandalosamente sencillo, mucho más de lo que lo son todos esos ampulosos argumentos filosóficos acerca de la búsqueda de la transcendencia y demás. En esencia, yo creo que lo que actualmente nos incita a leer o escribir un poema, a ir a un concierto o a disfrutar de una obra de arte, no es algo muy distinto de lo que indujo al primer artista rupestre a embadurnar las paredes de su habitáculo con escenas de caza: el deseo por transformar aquella fría y lóbrega cueva en su hogar. Podría decirse que toda manifestación artística obedece a la necesidad de hacer en alguna medida más habitable un mundo que, salvo por estos esporádicos islotes de belleza, se nos muestra en todo momento despiadado y hostil. Algo así como encontrar un oasis en el medio del desierto. Si la ciencia y la tecnología nos proporcionan las herramientas para facilitarnos la existencia en el ámbito de las condiciones materiales (otra cosa es el mal uso que se haga de ellas), el arte y la literatura realizan la misma función en el plano afectivo y espiritual. No se debe confundir esto con la creación artificial de falsas necesidades, propiciada por el consumismo gregario y voraz. El arte o el progreso científico bien entendido, más bien, nos revelan un conjunto de realidades que estaban allí, aunque no fuéramos conscientes de ello, y que eran absolutamente necesarias para nuestro crecimiento como personas, aunque no lo supiéramos.

Me gustaría ilustrar todas estas disquisiciones con un ejemplo concreto. El sábado pasado asistí, en el monasterio mozárabe de San Miguel de Escalada, a lo que cabría considerar como una tormenta perfecta de todas las artes. El dúo “Doncel del agua” interpretó unas cuantas piezas de música antigua, a lo que siguió un recital poético a cargo de cuatro de las más destacadas voces del panorama literario leonés, unas más antiguas y otras más nuevas. Puede que la efeméride tuviera un eco más bien modesto en los medios de comunicación (sin duda más pendientes del Master Chef o de Operación Triunfo), pero tampoco hizo mucha falta. Las bóvedas y arquivoltas de esta joya incomparable del arte mozárabe hicieron de amplificador de aquellos sonidos del presente y del pasado, consiguiendo el milagro de lograr atrapar la eternidad en un instante. Luego regresaríamos todos al mundo real con sus prisas y apremios, difuminando los contornos de aquella fotografía perfecta, al igual que hace la luz al incidir sobre un carrete sin rebobinar. Pero ya nada podía evitar el que todos los que habíamos estado allí nos hubiéramos sentido durante las dos horas anteriores, como Hamlet, “reyes del universo en una cáscara de nuez”. El ser y el sentirse humanos consiste, precisamente, en nuestra capacidad innata para atesorar momentos como éste, en un mundo atolondrado y versátil. Como dijo el poeta Salvador Negro (gran poeta y mejor amigo): “La poesía nos salva de estar vivos”.

 

Jardiel Poncela

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Derecho a decidir

Hay que ver lo rabiosamente de moda que está esto del derecho a decidir. Prácticamente, no se oye hablar de otra cosa: derecho a decidir sobre la propia maternidad (los padres en este asunto quedan sin voz ni voto, reducidos a la categoría de meros sementales); derecho a decidir sobre la nacionalidad (si soy catalán, español, o todo lo contrario; es decir, gibraltareño); derecho a decidir entre monarquía o república; derecho a decidir si queremos o no prospecciones petrolíferas frente a las costas de Canarias o Valencia. Incluso tenemos derecho a decidir si queremos el café con sacarina o con azúcar.

Sólo hay una cuestión sobre la que al parecer se nos niega el derecho a decidir: sobre la propia naturaleza de nuestras decisiones. Quiero decir con esto que las distintas alternativas que se nos plantean a lo largo de la vida están siempre situadas en unas determinadas coordenadas o parámetros, que las hacen harto similares a esos tests de elección múltiple que a veces les pongo a mis alumnos. Es como si forzosamente tuviera uno que ser del PP o del PSOE, del Madrid o del Barcelona, pedir Rioja o pedir Ribera. Si te da por votar a los verdes, ser del Ademar (doble sacrilegio en este caso, pues ello es indicio de haber antepuesto la afición por el balonmano al todopoderoso balompié) o pedir en un bar, pongamos por caso, un Bierzo, inevitablemente te catalogan como tipo raro. Te conviertes en un problema, como el actor que se salta una frase del guión o el personaje que se sale de la pantalla, emulando al protagonista de La rosa púrpura de El Cairo, de Woody Allen. Me viene a la mente cierta película de aquel genial actor cómico casi olvidado (Danny Kaye, se llamaba), en la que un ventrílocuo profesional las pasa canutas para frenar a su muñeco, que rompe a hablar en las actuaciones sin que él sea capaz de controlarlo (la película en cuestión se titula Un gramo de locura, dato de interés para posibles lectores cinéfilos). Al no poder clasificarte dentro de ninguna categoría, acabarán clasificándote como inclasificable. Algo así como perder un imperdible. Reconozcámoslo: la nuestra es una libertad teledirigida, basada en la falacia del susodicho derecho a decidir, pero, eso sí, siempre dentro de un abanico totalmente restringido de opciones. En realidad, no somos más que dóciles marionetas de guiñol, manejadas por unos inescrutables demiurgos (léase hijos de puta sin escrúpulos) que son los que mueven de verdad los hilos y deciden por nosotros. Y el domesticado personal nos portamos en todo momento como muñecos obedientes, no vaya a ser que digan, como pasaba con la díscola criatura de la película de Danny Kaye.

Estoy pensando en escribir una versión posmoderna del cuento de Aladino. Cuando Aladino va caminando por el desierto y se encuentra con la lámpara de marras, en vez del consabido y solícito genio, dispuesto a conceder tres deseos, se oye salir de la lámpara la voz de hojalata de una tele-operadora diciendo: “Si desea hacerse rico jugando en bolsa, fróteme una vez; si desea enriquecerse especulando con bienes inmobiliarios, fróteme dos; si desea hacer carrera en política, fróteme tres”. Y Aladino, que es muy listo, frota la lámpara tres veces porque sabe muy bien que, haciendo realidad este último deseo, logrará abarcar los dos anteriores. Los que no tenemos su suerte, nos acabamos conformando con que nuestro equipo gane la liga, o bien con conseguir un puesto de trabajo en el que no nos exploten demasiado. “Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que sueña tu filosofía”, le dijo Hamlet a Horacio. Lo malo es que el sueño nuestro se asemeja más a esa anulación de los sentidos producida por la anestesia, que si para algo te incapacita es precisamente para la ensoñación.

A este paso, pediremos permiso no para ir al cuarto de baño, sino para tener ganas de mear.

Jardiel Poncela

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