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Acerca de la vida, la muerte y la amistad

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Me recuerda mi buen amigo Ramiro Pinto Cañón que ayer, 9 de octubre, fue fiesta local en Alcalá de Henares, lugar donde lleva algún tiempo exiliado voluntariamente. Motivo (de la celebración): el aniversario del bautismo de Cervantes, que tuviera lugar tal día como el de la víspera, en la parroquia de Santa María la Mayor. Desconozco el signo político de la corporación municipal complutense, pero creo que es de justicia felicitarlos por la iniciativa. También me hace notar Ramiro la coincidencia llamativa con el aniversario del nacimiento de otro artista ilustre, esta vez del siglo XX, acaecido mucho más al norte: el de John Lennon.

Al reflexionar sobre estos pormenores, uno no puede por menos que preguntarse en virtud de qué inexplicable instinto necrófilo, los seres humanos sentimos esa fuerte inclinación a celebrar el aniversario del óbito de los personajes insignes, mientras que, por el contrario, solemos prestar muy poca atención al de su nacimiento. No es preciso estrujarse los sesos para llegar a la conclusión de que el hecho de que podamos a día de hoy disfrutar del buen hacer de estos seres extraordinarios, se lo debemos exclusivamente a la circunstancia de que vinieran al mundo, siendo por el contrario su muerte el acontecimiento fatal que les impidiera continuar con su obra. Sin embargo, son mucho más habituales las efemérides relacionadas con lo segundo que con lo primero. En el ámbito de la música, recuerdo perfectamente cuando TVE (la única que había por aquel entonces) retransmitió, el 19 de Noviembre de 1978, un concierto de homenaje a Franz Schubert, con motivo del 150 aniversario de la muerte del compositor, sin que, en cambio, se hiciera absolutamente nada el 31 de Enero de 1997, fecha del segundo centenario de su nacimiento. También hubo gran número de fastos el 5 de Diciembre de 1991, segundo centenario de la muerte de Mozart, con la interpretación simultánea del Réquiem en varias catedrales españolas, pero el 250 aniversario de su nacimiento, acaecido en 2006, pasó casi totalmente inadvertido. Dentro de apenas cinco años tendrá lugar, supongo que sin pena ni gloria, el 150 aniversario del nacimiento de Beethoven. Estoy por apostar que sí que nos enteraremos todos (si seguimos todavía por aquí) del segundo centenario de su fallecimiento, para el que tendremos que esperar hasta el año 2027. Por lo que respecta a las glorias literarias, casi nadie tuvo noticia de que hace no tanto, en 2009, tuvo lugar el segundo centenario del nacimiento de Edgar Allan Poe, mientras que la Universidad de León sí que había celebrado por todo lo alto el centenario de la muerte de Herman Melville, convocando un congreso al que asistiera servidor. Me pregunto cuántos sabrán en nuestra estimada Universitas Legionensis que apenas faltan dos años para que se cumplan doscientos del nacimiento de Henry David Thoreau (aunque, en honor a la verdad, a este último tampoco se le hizo mucho caso hace tres años, cuando fuera el 150 aniversario de su deceso; quede dicho para mayor gloria de nuestra venerable institución).

Sí que puedo entender las conmemoraciones de fallecimientos en el ámbito familiar, como lógica señal de duelo, y a veces podemos observar dicho impulso elegíaco en los acarreos masivos de flores, velas, etc., a las tumbas de famosos. O en la búsqueda de sus restos. Tampoco es éste un argumento que me convenza en absoluto, fundamentalmente por lo que suele tener de poco sincero. El caso es que yo no tengo ningún vínculo afectivo que me una a Cervantes, a Thoreau o a John Lennon, por mucho que sí lo pueda tener con sus obras. Quiero decir que no puedo lamentar la muerte de Cervantes, por ejemplo, en la misma medida en que deploraría la destrucción de todos los ejemplares existentes del Quijote. A poco que nos paremos a pensarlo, Thoreau y yo no éramos ni fuimos nunca amigos, por mucho placer que me produzca la lectura de Walden. Nunca salimos juntos a ligar o a tomarnos unos vinos, no nos contábamos nuestra vida, nunca nos echamos unas risas. O sea, que yo no he perdido nada con su muerte, que, por otra parte, es ley de vida. Obviamente, la visita de la parca les impidió seguir trabajando y aportándonos los frutos de su talento, pero hay infinidad de otros músicos, escritores y artistas en general que, con su contribución, han seguido haciendo de este mundo un lugar menos inhóspito y más noble. No hay pregunta más absurda que la de hasta dónde podían haber llegado si hubieran podido vivir más años. Quién sabe. Puede que hasta les hubiera dado tiempo a decepcionarnos. Su legado es el que es, y no el que podía haber sido. Mejor dejarlo estar, como sabiamente dejaran escrito los Beatles en el último álbum que sacaran al mercado, antes de anunciar su separación y, por lo tanto, su muerte como grupo.

Arriba el telón y que continúe el espectáculo, pues. Queda mucho partido por delante.

Jardiel Poncela

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¿Segunda Transición? ¿Hacia dónde?

Se oye hablar demasiadas veces de la Segunda Transición. Hay palabras o expresiones que, al hacer de ellas un uso abusivo a la vez que poco preciso, terminan por no significar absolutamente nada. Como un globo cuando se hincha de aire. O también un estómago humano. En ambos casos, el repentino vaciado de los mismos se caracteriza por un violento estallido que, en el caso del globo no tiene mayores consecuencias que el darnos un pequeño susto, pero cuando de vísceras humanas se trata, la consabida secuela es un hedor penetrante y ciertamente poco grato, que es más o menos a día de hoy el que percibimos en nuestras mefíticas y corruptas instituciones políticas.

Yo creo que, para empezar, convendría tener claro cuáles fueron las claves de la Primera Transición, pues se da por supuesto que tuvo que haber tal, cuando con tanta insistencia se afanan en hablarnos de la segunda. Porque a nuestros políticos les encanta hablar del “espíritu de la Transición”, así como de la necesidad de recuperarlo, sin que nadie se preocupe por explicar qué era lo que alentaba aquel espíritu ni el cómo deberíamos conducirnos si quisiéramos volver a implantarlo. Como mucho, se encogen de hombros y nos espetan escuetamente, con una evidente falta de entusiasmo: “Léase usted la Constitución de 1978: ahí encontrará todo lo que necesite saber”. Como quien nos remite al manual de instrucciones para manejar una tostadora. Con lo que la Carta Magna queda relegada a la categoría de mero tótem, o talismán, al que cabe rendir culto con una devoción casi supersticiosa, como la que profesan los pueblos primitivos (y los que no lo son tanto) a sus ídolos y fetiches. Freud lleva a cabo un estudio muy interesante de esta cuestión en su ensayo Tótem y tabú, centrándolo en el ámbito de la religión. Pero creo que igualmente podrían extrapolarse las tesis freudianas al terreno de la política. Nos guste o no reconocerlo, la palabra “Constitución”, así como las páginas de las que se compone su articulado, han pasado a ser lo más parecido a una carcasa vacía, o a un mero relicario, a los ojos de nuestra displicente y desengañada España de principios del siglo XXI. El espíritu de la Transición, efectivamente, se halla plasmado en ella, pero mucho nos tememos que dicho espíritu se ha vuelto tan etéreo y evanescente que el plasma ha terminado por convertirse en ectoplasma.

Pero evitemos la tentación de dejarnos llevar por las ramas. A la pregunta de qué fue lo que hizo posible aquella transición de un régimen dictatorial a nuestro actual estado democrático, bastaría con responder que, ante todo, tal hazaña se logró merced a la fijación de un objetivo claro, junto con el combustible necesario para llevar la nave a buen puerto, que no es otro que la ilusión. Todo barco que vaya a la deriva, sin una derrota previamente trazada en el cuaderno de bitácora, tiene a priori todas las papeletas para terminar haciéndose astillas contra los arrecifes, en cuanto se presente la primera noche de tormenta. La clase política de por aquel entonces tuvo la suficiente altura de miras como para percatarse de que nada se conseguiría en tanto en cuanto las instituciones del país no se libraran de la tutela de los dos custodios implacables que hasta entonces las mantuvieran constreñidas, a saber, la iglesia y el ejército. Incluso personalidades políticas como Manuel Fraga, procedentes del antiguo régimen, supieron entender que el nuevo ordenamiento constitucional, si aspiraba a ser efectivo y duradero, tendría necesariamente que acabar entrando por el aro del estado aconfesional y el reconocimiento explícito de la pluralidad cultural existente en nuestro país, germen del estado autonómico. Por supuesto no habrían de faltar los consabidos heraldos negros (las fuerzas integrantes del así llamado “búnker” del franquismo), augurando la aniquilación de Sodoma y las diez plagas de Egipto, como inevitable castigo a tanto desmán. Fue preciso neutralizar a tales vocingleros mediante una apreciable dosis de ilusión que infundiera confianza en la nueva empresa colectiva, haciendo buena aquella máxima de Emerson: “Nada verdaderamente grande se ha hecho nunca sin entusiasmo”. La Carta Magna del 78 fue el documento sancionador mediante el cual los españoles nos comprometimos con nosotros mismos a preservar nuestro recién adquirido régimen de libertades.

A día de hoy, nos encontramos atrapados en una encrucijada de la que difícilmente vamos a salir, como no elevemos la cabeza por encima del polvo, que confundimos con la línea del horizonte. Es hora de ver y hablar claro: nuestra democracia está literalmente secuestrada por las oligarquías que detentan el poder económico, que ha reemplazado a los estamentos religioso y militar en su antiguo rol de élite privilegiada. Pero se han hecho con los resortes del poder de un modo mucho más inteligente y sibilino del que emplearan aquéllos, sin necesidad de dar un golpe de estado ni de disparar un solo tiro. Han tenido la suficiente astucia como para percatarse de que lo verdaderamente importante para el que aspira a convertirse en tirano es matar la ilusión. Y para ello se han valido del arma de destrucción masiva más efectiva que existe: el miedo. Inoculando en la sociedad el miedo a perder el puesto de trabajo, o a perder la vivienda, o a ejercer el libre derecho de protesta (ley mordaza), la nueva élite se ha asegurado la mejor baza para perpetuarse en el poder. El miedo termina por sofocar cualquier tentativa de resistencia o ansia de cambio, despojando al ser humano de su humanidad para equipararlo con la más elemental de las criaturas del reino animal, permanentemente supeditadas a ese sutil e implacable tirano al que se conoce como instinto de conservación. Tuvo razón Thoreau al formular, hará unos 150 años, aquella máxima falsamente atribuida al Presidente Roosevelt: “No hay ninguna cosa a la que haya que tenerle tanto miedo como al miedo mismo”.

Toda institución totalitaria que se precie ha de fabricar sus propios talismanes y sus tótems, si tiene una mínima aspiración de longevidad. Como ocurre con todas las fuerzas vivas cuando se fosilizan para convertirse en meros símbolos, la Constitución de 1978 ha dejado de ser paulatinamente el viento impulsor de nuestro progreso como sociedad, para convertirse en nuestra rémora. El desgaste se ha venido larvando desde hace tiempo, pero sin duda el punto de inflexión lo marca la reforma del artículo 135 en agosto del 2011, por el que se supedita de manera perversa el interés general de los ciudadanos al pago de la deuda. La modificación de un simple párrafo trae como consecuencia el que los ciudadanos pasen a ser súbditos y el que los gobiernos democráticamente elegidos se conviertan en meros delegados de un poder que para nada ha sido elegido democráticamente. A un nivel más profundo, se desprenden dos corolarios fundamentales, a cual más inquietante: uno, que la alternancia de los dos grandes partidos en el gobierno es una farsa (la reforma de dicho artículo fue auspiciada por el PSOE, parece que a todo el mundo se le ha olvidado); y, dos, que el resto del texto constitucional queda relegado a la condición de papel mojado, pues tanto su espíritu como su letra entran en abierta confrontación con dicha prioridad presupuestaria. Y lo que es una aberración a nivel macroeconómico, desde el punto de vista humano, se ha instaurado igualmente a nivel doméstico, al pasar a nuestro acervo de prácticas cotidianas cosas tales como los desahucios (contraviniendo el artículo 47 de nuestro ordenamiento constitucional), o el desabastecimiento energético de los parados (haciendo caso omiso del artículo 128). Los grandes oligopolios de la energía y las finanzas no se aprestan a cumplir la ley, sino que hacen que las leyes se adapten a sus intereses. Y, si no, simplemente las vetan (como cuando el PSOE se opuso a legislar sobre la dación en pago), o se las pasan por el arco del triunfo. Sin el menor pundonor.

Conviene tenerlo claro: nuestra democracia jamás será completa mientras siga siendo subsidiaria de los grandes capitales. A poco que nos paremos a pensarlo, caeremos en la cuenta de que su poder es puramente psicológico, mientras sigan haciéndonos creer que son imprescindibles. Es algo muy parecido a lo que ocurrió en el pasado con la Santa Inquisición, que durante siglos se las ingenió para destilar en el pueblo la falsa ilusión (en el sentido anglosajón del término) de que solo ellos tenían la llave de la salvación. Pero en realidad lo que tenían, era la llave del calabozo y la cerilla para encender la hoguera. Como entonces, no faltará quien intente amedrentarnos con el llanto y crujir de dientes, pero ni las llamas del infierno ni las hogueras del Santo Oficio son nada comparados con esta cocción a fuego lento con la que estos inquisidores vestidos de Armani pretenden liquidar nuestra libertad. Lo peor de todo, algunos se permiten incluso el jactarse de ello. Tal es el caso, por ejemplo, del señor Warren Buffet (segunda mayor fortuna de Estados Unidos, por detrás de Bill Gates), al pronunciar la siguiente frase: “Claro que hay lucha de clases: y la estamos ganando nosotros”. Hay que reconocer que, en el medio de su evidente cinismo, al menos este individuo ha tenido la elegancia de avisarnos. Y el que avisa no es traidor, por muy malvado que pueda ser. Es hora de recoger el guante y despertar del letargo en el que nos hemos arrumbado tan plácidamente durante las últimas cuatro décadas. Ningún Príncipe Azul va a venir a hacernos el trabajo.

Jardiel Poncela

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Del hombre aquel que fui cuando callaba

El otro día mi amigo Antonio glosaba un comentario mío al libro de poemas El silencio, de Salvador Negro, de la siguiente manera: “No hay que ponerse tan extremista. Hay personas, como el señor Jardiel Poncela, que rompen el silencio para hacernos pensar, ¿no?” Aparte de agradecer, naturalmente, tan sentido elogio, creo que la opinión de Antonio suscita un interesante debate acerca de los límites de la prudencia y la cobardía o, lo que viene a ser lo mismo, de hasta dónde debe alcanzar la rigurosidad en el silencio. A ello me propongo contestar en las líneas que siguen.

Como punto de partida, tomaremos una frase del genial Groucho Marx: “Más vale permanecer callado y parecer tonto, que ponerse a hablar y disipar todas las dudas al respecto”. Resulta bastante llamativo el que dicha observación del entrañable cómico, que tanto nos ha hecho reír con sus ocurrencias, coincida básicamente con lo dicho muchos siglos atrás por nuestro ilustre compatriota Lucio Aneo Séneca, personaje que no se caracterizaba precisamente por tener un gran sentido del humor: “Procura permanecer siempre callado, a no ser que estés completamente seguro de que lo que vas a decir es más valioso que tu silencio”. En la misma línea se pronunció Aristóteles cuando dijo: “El hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras”. No cabe duda de que el silencio cumple, por lo tanto, una función importante en el proceso comunicativo, mientras que, paradójicamente, la interrupción del mismo puede suponer un elemento claramente distorsionador (me vienen a la mente los intercambios de naderías a través del chat, el email, el whatsapp y otros medios, tan de moda a día de hoy, cuya función se ha visto claramente devaluada, al convertirse en instrumentos destinados a empobrecer la comunicación, en vez de facilitarla). El silencio nos permite, entre otras cosas, escuchar a los demás o entregarnos a la reflexión, por lo que su papel puede sin duda ser enriquecedor. Esto es así incluso en el lenguaje musical, donde los silencios, si son administrados sabiamente por el compositor, contribuyen a enaltecer o subrayar la belleza y el poder evocador de la melodía.

Ahora bien, todo aspecto de la realidad tiene su anverso y su reverso, al igual que las monedas. Y lo que en determinadas situaciones puede ser un signo de prudencia o sabiduría, puede convertirse en un síntoma de resignación o cobardía, si lo llevamos demasiado lejos. En ocasiones, la línea fronteriza entre un estado y otro puede ser bastante difusa. Y, si bien coincido con los autores antes citados en que es malo hablar cuando no debemos, yo afirmo que es aún peor optar por permanecer callados cuando deberíamos hacer oír nuestra voz. De hecho, considero que el silencio, al igual que en las obras musicales, debe interactuar con las palabras, hasta cierto punto prefigurando éstas. Por expresarlo de manera gráfica, nuestros silencios deben ser a las palabras lo que las manos del alfarero a la vasija de barro: un instrumento que ayude a moldearlas. De lo contrario, dejaremos de ser la caja de resonancia donde reverberen las palabras de otros para convertirnos, simplemente, en un pozo sin fondo donde se pierda para siempre todo atisbo de nobleza o sensatez que nos haya precedido, creando con ello el caldo de cultivo apropiado para que la injusticia y la insensatez extiendan sus dominios, imponiendo el silencio absoluto y definitivo. Aunque los corazones sigan latiendo.

Con frecuencia me he preguntado a mí mismo (y me lo han preguntado otros) qué es lo que me ha llevado, por ejemplo, a romper mi silencio de tantos años para decidirme a emprender esta aventura bloguera con mi compañero de fatigas, Phil O’Hara. Aparte de las seductoras palabras de ánimo de este último, creo que hay otra razón más profunda. Thoreau dijo en cierta ocasión que muchos hombres permanecen callados no porque no tengan nada que decir, sino porque no se han producido las circunstancias idóneas para que su mensaje llegue a oídos de los demás. Al hilo de esta reflexión, cabría interpretar que las épocas de crisis son quizás las mejores para que los espíritus inconformistas hagan público su alegato, al haber una receptividad mayor por parte de los destinatarios potenciales del mismo. Podríamos decir que la situación por la que estamos atravesando, en la que el silencio está dejando progresivamente de ser una opción para transformarse en una imposición, constituye la mejor de las coyunturas para que quienes hemos permanecido callados durante demasiado tiempo (y quizá por ello no hayan tomado por tontos o cobardes), nos decidamos a dejar de encajar los golpes como meros sparrings para pasar, por fin, a la ofensiva.

Terminaré esta reflexión con unos versos de Blas de Otero (a mi juicio, uno de los mejores poetas españoles del siglo XX), que creo que vienen muy al caso:

 

Porque vivir se ha puesto al rojo vivo.

(Siempre la sangre, oh Dios, fue colorada)

Digo vivir, vivir como si nada

hubiese de quedar de lo que escribo.

 

Porque escribir es viento fugitivo,

y publicar, columna arrinconada.

Digo vivir, vivir a pulso; airada-

mente morir, citar desde el estribo.

 

Vuelvo a la vida con mi muerte al hombro,

abominando cuanto he escrito: escombro

del hombre aquel que fui cuando callaba.

 

Ahora vuelvo a mi ser, torno a mi obra

más inmortal: aquella fiesta brava

del vivir y el morir. Lo demás sobra.

 

Jardiel Poncela

 

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Preferiría no hacerlo

En este país de soplagaitas y cantamañanas, plagado de catetos que se creen doctores en progresismo por el mero hecho de enarbolar una pancarta o ir por ahí coreando eslóganes prefabricados, resulta estimulante encontrarse con ejemplos como el de Roberto Rivas, un bombero de La Coruña al que se incoó un expediente disciplinario y posteriormente ha sido llevado a juicio por negarse a intervenir en el desahucio de una anciana. Preguntado por el juez de turno acerca de los motivos que le indujeran a incumplir la orden que se le había dado, replicó sin asomo alguno de insolencia: “Nosotros, los bomberos, estamos para salvar vidas, no para hacer estas cosas”. Eso sí que es echarle huevos al asunto. Tal vez este hombre no tenga una trayectoria muy destacada como activista político, pero desde luego sí que ha sabido comprender la necesidad de enfrentarse al Poder, cuando éste se convierte en correa de transmisión del sinsentido y la barbarie.

La actitud de Roberto recuerda mucho a la de Bartleby, aquel personaje inolvidable creado por la pluma del genial novelista norteamericano Herman Melville, que se limitaba a responder con un lacónico “Preferiría no hacerlo” a las órdenes de su jefe. El tal Bartleby es un escribiente (profesión muy necesaria en aquellos tiempos en los que no había máquinas fotocopiadoras) que trabaja empleado por un abogado (el narrador en primera persona de la historia), cuyo bufete se halla ubicado en el distrito financiero de Wall Street. Su cometido consiste en hacer copias de documentos jurídicos que luego debe contrastar con los demás escribientes y el propio letrado, para cerciorarse de que no hay errores. En un principio se niega a participar en este tipo de sesiones contrastivas, pero luego rehúsa también hacer las copias. A todos los ataques de agresividad verbal de su jefe, responde implacablemente, sin levantar la voz ni mostrar el más mínimo resquicio de ira o descortesía, con la misma frase: “Preferiría no hacerlo”. Su jefe entonces decide cambiar de estrategia, recurriendo a la persuasión por las buenas, pero Bartleby sigue sin moverse un ápice de su postura, negándose incluso a abandonar las dependencias de la oficina, donde se instala a pernoctar. El abogado (presionado por agentes exteriores más que por propio convencimiento) se ve obligado a actuar y, finalmente, las fuerzas del orden desalojan a Bartleby, quien muere pocos meses después en una clínica de reposo que su antiguo patrón tiene a bien pagarle, demostrando con ello tener mucho mejor corazón que algunos de los empresarios de hoy en día, después de todo.

Cabe preguntarse qué es lo que incita a Bartleby, en última instancia, a su sorda rebelión. De antemano descartamos la vagancia o la incompetencia como posibles causas, pues el patrón-narrador declara explícitamente al comienzo de la historia: “Al principio, Bartleby hacía una extraordinaria cantidad de trabajo. Era como si ansiara algo que copiar, parecía embutirse él mismo con los documentos. No había pausa para la digestión. Trabajaba en sesión continua, copiando a la luz del sol y a la luz de la vela. Yo hubiera estado muy complacido con su dedicación si hubiera sido un trabajador alegre. En cambio escribía en silencio, lánguida y mecánicamente”. A mí me da por pensar que la clave está en la naturaleza de los documentos que Bartleby se ve obligado a transcribir. Teniendo en cuenta que la historia se desarrolla en el corazón financiero de Nueva York (“Una historia de Wall Street”, reza precisamente el subtítulo de la misma), no es muy difícil imaginarlo: diligencias de apremio, notificaciones de embargo, puede que hasta órdenes de desahucio. En definitiva, retazos del entramado burocrático que tanto ha contribuido a hacer de nuestro civilizado mundo lo más parecido a un infierno (precisamente, no hay mejor combustible que el papel para el fuego). En un momento dado, Bartleby decide comportarse como ser humano (capaz de elegir), en lugar de hacerlo como piñón del engranaje de la maquinaria destructora. Hay un relato muy parecido de Jack London titulado El apóstata, sobre un muchacho sometido desde niño a unas condiciones de trabajo inhumanas, que rompe finalmente con todo y se marcha de la ciudad, introduciéndose como polizón en un tren de mercancías. En la historia real de los Estados Unidos tenemos casos como el de John Woolman, escritor cuáquero del siglo XVIII, que abandonó su trabajo en una compañía naviera por comerciar con esclavos, actividad ésta perfectamente legal en aquella época. Y, cómo no, tenemos la figura del entrañable Thoreau, al que su delito de desobediencia civil (negándose a pagar impuestos a un gobierno que consentía la esclavitud, exterminaba a los indios e invadía sin escrúpulos el territorio del país vecino) le acarreó una breve pero productiva estancia en prisión (fruto de la cual sería su ensayo del mismo nombre, universalmente famoso).

Unos y otros, personajes reales y ficticios, son los que de verdad han ayudado al progreso de la humanidad, evitando la identificación de éste con la mera supeditación a los avances tecnológicos y a unas leyes arbitrarias e injustas. Ahora nos hallamos inmersos en un proceso claramente involutivo, en el que los poderes económicos están socavando paso a paso los derechos y libertades tan trabajosamente conquistados a lo largo de siglos de lucha en el terreno de lo político. No cabe duda de que el gesto de Roberto será como el grano de levadura que, al fermentar y hacerse mucho más grande, logrará derribar los muros de la sinrazón y la iniquidad. Como dijera Thoreau en la obra anteriormente mencionada: “No importa que el comienzo sea pequeño. Lo que queda una vez bien hecho, queda bien hecho para siempre”.

Estamos contigo, compañero Roberto.

Jardiel Poncela

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