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crouch, bind, set!

Jerjes y Leónidas dilucidaron lo suyo de aquella manera en el desfiladero de las Termópilas porque ni se había inventado todavía el rugby ni levantado aún Twickenham. Cuando las hostilidades fueron entre Bobby Fischer y Boris Spassky el rugby y su catedral ya existían, pero desgraciadamente se precisaban catorce valientes más a cada lado del tablero para que el americano y el ruso hubiesen podido dirimir sus diferencias como Dios manda, con un oval de por medio. Por minucias como estas los ingleses, que cuentan en su haber haber inventado el rugby, computan en su debe el no haberlo inventado antes y evitado la batalla entre espartanos y persas, pero ya se sabe: el tiempo, las fechas, siempre limitándolo todo. En el debe de los ingleses también se cuenta haber dejado dicho en las reglas que cada equipo lo conformarían quince jugadores, por lo que Fischer y Spassky no pudieron disputarse el título mundial de ajedrez jugando al rugby. Esos inconvenientes y alguno más, empero, son en parte la esencia misma de tan noble deporte. Jamás agradeceremos lo bastante a los ingleses, gente con la rara sana costumbre de tomar té a las cinco, que inventasen el rugby. El fútbol, en cambio, tuvo un más fácil nacer; bastó con distanciarse y empequeñecerse a la vez de su hermano el rugby: en vez de quince bravos jugadores hacían solamente falta once y en vez de respeto y buenos modales, los futbolistas podían mentar la concha de la madre -o la de la hermana-. Si en el rugby de lo que se trata es de ser rudo pero siempre franco, la causa del fútbol admite en cambio gentuza de la peor calaña.

Los jugadores de rugby, además, son gente que siguiendo los sabios consejos del progenitor de Tallón, leen a los rusos. Stephen Moore, talonador de los Wallabies, al ser preguntado sobre la actuación arbitral tras el partido frente al XV del Cardo, bien hubiese podido responder sacando a colación Crimen y castigo. De la misma manera, o parecida, Richie McCaw, flanker de los All Blacks, cuando concentra toda su atención en la punta de sus botas antes de entrar a formar en la melé, en realidad está tratando de recordar un pasaje de Los hermanos Karamazov. Para jugar al rugby uno tiene que haber leído a los rusos y también a Homero: Odiseo bien pudo haber sido pilier en los Springboks y formar con los <<gordos>> du Plessis y Mtawarira para batirse contra Polifemo y los cíclopes. Y es que pocas cosas existen tan maravillosas como el rugby: treinta moles repartiendo hostias como panes pero, eso sí, tratándose siempre de usted, guardando siempre la compostura y sin cuestionar jamás la autoridad del Craig Joubert de turno, a quien acatan sin rechistar, con el mayor de los respetos.

La melé y el <<maul>> exigen tanta o mayor precisión que cualquiera de las magníficas edificaciones que nos legó Roma. Son obras, aquellas, tan bellas como las romanas. De los tercios romanos debieron tomar ejemplo los Wallabies y hoy nadie limpia mejor un <<ruck>> que ellos. Del mismo modo que las legiones de Escipión marchaban por la Vía Apia, los terceras de los All Blacks transitan por la verde hierba en cada choque que libran. La final del Mundial de Rugby enfrenta a Nueva Zelanda y Australia como podía haber enfrentado a Jerjes y Leónidas o a Fischer y Spassky. Da igual quien alce la dorada Copa Webb Ellis; sea quien sea será el Rugby quien gane.

Phil O’Hara

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