Archivo de la etiqueta: Juan Tallón

crouch, bind, set!

Jerjes y Leónidas dilucidaron lo suyo de aquella manera en el desfiladero de las Termópilas porque ni se había inventado todavía el rugby ni levantado aún Twickenham. Cuando las hostilidades fueron entre Bobby Fischer y Boris Spassky el rugby y su catedral ya existían, pero desgraciadamente se precisaban catorce valientes más a cada lado del tablero para que el americano y el ruso hubiesen podido dirimir sus diferencias como Dios manda, con un oval de por medio. Por minucias como estas los ingleses, que cuentan en su haber haber inventado el rugby, computan en su debe el no haberlo inventado antes y evitado la batalla entre espartanos y persas, pero ya se sabe: el tiempo, las fechas, siempre limitándolo todo. En el debe de los ingleses también se cuenta haber dejado dicho en las reglas que cada equipo lo conformarían quince jugadores, por lo que Fischer y Spassky no pudieron disputarse el título mundial de ajedrez jugando al rugby. Esos inconvenientes y alguno más, empero, son en parte la esencia misma de tan noble deporte. Jamás agradeceremos lo bastante a los ingleses, gente con la rara sana costumbre de tomar té a las cinco, que inventasen el rugby. El fútbol, en cambio, tuvo un más fácil nacer; bastó con distanciarse y empequeñecerse a la vez de su hermano el rugby: en vez de quince bravos jugadores hacían solamente falta once y en vez de respeto y buenos modales, los futbolistas podían mentar la concha de la madre -o la de la hermana-. Si en el rugby de lo que se trata es de ser rudo pero siempre franco, la causa del fútbol admite en cambio gentuza de la peor calaña.

Los jugadores de rugby, además, son gente que siguiendo los sabios consejos del progenitor de Tallón, leen a los rusos. Stephen Moore, talonador de los Wallabies, al ser preguntado sobre la actuación arbitral tras el partido frente al XV del Cardo, bien hubiese podido responder sacando a colación Crimen y castigo. De la misma manera, o parecida, Richie McCaw, flanker de los All Blacks, cuando concentra toda su atención en la punta de sus botas antes de entrar a formar en la melé, en realidad está tratando de recordar un pasaje de Los hermanos Karamazov. Para jugar al rugby uno tiene que haber leído a los rusos y también a Homero: Odiseo bien pudo haber sido pilier en los Springboks y formar con los <<gordos>> du Plessis y Mtawarira para batirse contra Polifemo y los cíclopes. Y es que pocas cosas existen tan maravillosas como el rugby: treinta moles repartiendo hostias como panes pero, eso sí, tratándose siempre de usted, guardando siempre la compostura y sin cuestionar jamás la autoridad del Craig Joubert de turno, a quien acatan sin rechistar, con el mayor de los respetos.

La melé y el <<maul>> exigen tanta o mayor precisión que cualquiera de las magníficas edificaciones que nos legó Roma. Son obras, aquellas, tan bellas como las romanas. De los tercios romanos debieron tomar ejemplo los Wallabies y hoy nadie limpia mejor un <<ruck>> que ellos. Del mismo modo que las legiones de Escipión marchaban por la Vía Apia, los terceras de los All Blacks transitan por la verde hierba en cada choque que libran. La final del Mundial de Rugby enfrenta a Nueva Zelanda y Australia como podía haber enfrentado a Jerjes y Leónidas o a Fischer y Spassky. Da igual quien alce la dorada Copa Webb Ellis; sea quien sea será el Rugby quien gane.

Phil O’Hara

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Galleguismo

rosalia

Ser gallego habiendo visto la luz en, pongamos por caso el mismo Orense, o en Vilardevós, apenas tiene algún mérito. Ser gallego de nación y declararse tal por ello no entraña en el fondo el más mínimo interés. Lo verdaderamente apreciable es, como hago yo, manifestar galleguismo sin ser gallego; sin serlo ni de lejos; más si cabe: sin haber estado jamás, o casi, en Galicia, pues pasé por allí una vez, y en otra ocasión estuve un par de días en Santiago. Valga decir, empero, que por aquel entonces no declaraba mi galleguismo a los cuatro vientos; ni a los cuatro ni a ninguno. Hoy las gentes del llamado primer mundo se vanaglorian de ser de tal o cual lugar cuando a lo sumo, en la mayoría de casos -que no en todos- tan sólo el azar, la fortuna y poco más dan razón de tales querencias. Como el astado y bravo animal la siente por las tablas, así la mayoría manifiesta, pues, su galleguismo. Yo no soy de esos. Lo mío atiende a razones, a otras razones al menos, puesto que ni nací allí ni prácticamente estuve en más de una o dos oportunidades por esos lares. Los habrá que crean que tal galleguismo explícase de modo sencillo: será gallego aun sin serlo por ser de tocando a esas tierras. Sepan que no es por eso. Por algún familiar; por algún ancestro acaso. Tampoco. Mi galleguismo es puramente volitivo; fruto más de la reflexión profunda -aunque asentado sobre sólidas bases precategoriales, no vayan a creer- que del arbitrario capricho. Declarar uno su galleguismo porque sí no tiene en fin más mérito que serlo de nación. Y no se trata de eso.

Lo precategorial, lo que tenga que ver con el sentir, a poco que uno hurgue, lo hallará en imágenes que alumbran luego conceptos, que son -éstos ya sí- consecuencia lógica de un sesudo acto intelectivo, y remite -lo precategorial- a realidades tan dispares como el llover, los crustáceos marinos, las empanadillas, lo celta, el verde y el añil, y el gris, y una sonoridad distinta, musical, capaz de mecer. Lo categorial, en cambio, apunta a unos cuantos autores a los que todavía debo leer no sin disgusto solamente en lengua castellana, puesto que a pesar de mi galleguismo no soy todavía capaz de manejarme bien en lengua gallega; aunque sí soy capaz de concebir a no mucho tardar, en un futuro no demasiado lejano, la noble intención de esforzarme no sin denuedo por avanzar en el conocimiento y dominio de esa lengua. Por mor principalmente -aunque en modo alguno de manera exclusiva- de la literatura gallega, la intelección sentiente -en sentido zubiriano- llevada a cabo ha ido conformando, qué duda cabe, un sólido edificio capaz de albergar cómodamente cuestiones de tan vital importancia como puedan ser las históricas, las gastronómicas, las culturales, las paisajísticas, a Álvaro Cunqueiro, al Deportivo o al Celta, a Xoan Tallón y hasta a Rosalía. Mi galleguismo empero no va en contra de “ismo” alguno, aunque tampoco a favor. No es que deteste los “ismos”, más bien todo lo contrario: no los detesto. Prefiero, eso sí, debe anotarse, los de interior, por decirlo así. Uno de los “ismos” por los que siento una inclinación especial es la “sismografía”. Me parece sorprendente y bello a la par que exista una ciencia -algo tan sutil- capaz de predecir el movimiento tan tremendo de las placas tectónicas. Volviendo al meollo de la cuestión aquí tratada -que no es otra que el galleguismo, y ya dejé dicho cómo había de entenderse y cómo distinguirse de otras maneras de ser y sentirse gallego, más comunes y menos valiosas esas otras- a mi modo de ver el quid de la cosa radica en que sin justificación posible hemos dejado de valorar el esfuerzo que cualquier acto merece, y es ése un mal universal de los tiempos en los que nos ha tocado vivir, que no son otros que éstos. Puede así uno sentirse gallego por el mero hecho de serlo, sin más. ¡Acabáramos! Deberíamos recuperar aquel afán: ser gallegos, sí, pero dedicándole ímprobos esfuerzos; y si el galleguismo se expresa desde más allá de Portbou, cuánto mejor. No debiera dicho galleguismo ser incompatible con más afectos; no se trata de poner puertas al campo sino de suprimirlas, de universalizar, de internacionalizar si debemos no pecar de inmodestos. Nada impide que un alma libre compagine, si así lo siente, galleguismo y amor por el Real Madrid. Ni que profese sincero apego por el arte nipón. Galleguista, del Real Madrid y entusiasta -en cierto sentido- del Japón. Galleguismo, madridismo y japonismo. ¿Quién osará decir, sin faltar a la verdad, que es ello no solamente posible sino en sumo grado apetecible? No seamos los galleguistas, pues, cortos en el mirar. Apuntemos alto sin temor a errar el tiro. Si de Madrid al cielo, de Galicia al infinito. Eso es o debiera ser el galleguismo. Galleguismo de andar por casa, si quieren, pero ¿acaso existe otro mejor?

Phil O’Hara

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Enero de buenos propósitos

Principiar enero y malvivir es todo uno y la misma cosa. El día uno tienes bula, pero llega el dos y hay que sentarse y enfrentar la blanca hoja de papel con intención de elaborar, este año por fin, la lista de buenos propósitos, y otros no tanto, del año que acaba de nacer. Parece fácil; siempre lo parece al principio; pero a día cuatro la lista esbozada tiene más tachones que renglones bien puestos; lo que anteayer te parecía obvio hoy ya no lo es y mañana seguro que será un borrón más. Además, si confeccionar la dichosa lista es tarea penosa, cumplir con algo de lo que se salve del tachar será más trabajoso todavía; directamente imposible, vaya. La estrategia, ideada tiempo atrás, no mucho antes de las doce campanadas, de los cuartos incluso, parecía infalible -resulta curioso como la alegría de determinados momentos llega a fortalecer las teorías al punto que, bañadas en mares de espiritosos licores, vinos y ginebras, resisten cualquier falsación- parecía infalible, decía, pero hoy hace aguas y de nada sirve estructurar bien la lista y tratar de agrupar los propósitos previamente divididos en temas. Empiezas a escribir y en Salud y deporte insistes en poner, claro, lo de acudir al gimnasio o, por si eso falla (consciente de tus limitaciones, ya lo has tachado), pones lo de salir a correr (tachado también) o ni que sea a caminar (¡si tampoco irás!). Prosigues con lo de no abusar de los dulces, ni de las grasas, ni por supuesto del alcohol. También tachado. En Aprendizajes varios colocas lo del inglés y el francés, solfeo, cocinar y mantener la boca cerrada. Esto último quizá debería figurar en un apartado distinto y lo tachas, pero no olvidas que lo deberías incluir en la lista. Hay que decidirse entre la lengua de Shakespeare o la de Molière; no ha sido sino la vanidad lo que te ha llevado a incorporar las dos. Lo mejor será tacharlo todo y decidirte después. En Actividades culturales escribes ver solamente cine en versión original. Eso te ha quedado bien. Lo relees con satisfacción, orgulloso. Sabes perfectamente que con ver cine sería suficiente; más realista al menos. Haber añadido no ir a ver películas dobladas agrega una dificultad a lo ya laborioso de por sí; pero puedes permitirte alguna licencia. Sigues. Si viajas, ver museos. Habrá, pues, que destinar en la lista un capítulo a Viajar. Pero si debe figurar viajar en la lista de propósitos, habrá que decidir qué destinos, los pueblos, las ciudades, los países, hasta los continentes, y la manera de viajar, cuándo hacerlo, cómo sufragar los gastos de esos viajes, qué llevar en la maleta y qué maleta llevar; incluso saber si va a hacer falta pasaporte o no. A la que levantas la cabeza del papel y echas una mirada a la lista te das cuenta de que es un paisaje más poblado de tachaduras que de otra cosa. La perspectiva que ese vistazo te ofrece es descorazonadora. Acobardaría a cualquiera; también a ti. A ti especialmente. Entonces recuerdas haber leído a un ilustrado -y a no mucho correr los días apuesto a que también ilustre- gallego de nación, un brillante artículo que rezaba por título Haga una lista. Allí iban apareciendo uno detrás de otro ilustres -ellos ya sí- escritores como Scott Fitzgerald, Mark Twain, Roland Barthes, Borges o Georges Perec entre muchos más que habían elaborado en sus obras todo tipo de listas, con esa maestría reservada tan sólo a las más grandes plumas. Pero claro, hay que ser como Perec para ponerse a confeccionar una lista perfecta de buenos propósitos; de otro modo te queda incompleta. Y lo que es todavía peor, no sabes quién hay que ser para, una vez hecha, cumplirla. Cabe siempre, eso sí, emular en algo a Juan Rulfo y conformarte con una lista de solamente dos propósitos: el primero, como también dejase dicho Tallón, despedir a tu jefe; mandarlo a la mierda, con buenas maneras. Y el segundo, el segundo propósito mejor lo piensas más detenidamente, que no es cuestión de precipitarse. Una lista de tan sólo dos cosas tiene la ventaja de la brevedad pero por ello sería bueno no equivocarse. Si mediado el mes de enero sigues sin decidirte siempre podrás dejar la cosa en una escueta lista de un único propósito, reconfortándote, además, con la idea de haber emulado casi al gran escritor mejicano. Él escribió dos libros; pero, claro, él era Rulfo.

Phil O’Hara

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Tallón o de las listas

JARDIEL PONCELA, PHIL O’HARA, JUAN TALLÓN, DIEGO BARROS, RAFA CABELEIRA.

Jardiel.- Claro que recuerdo el episodio, Phil. Fue en el Viña, ¿no es cierto, mi querido amigo?

Phil.- En efecto, fue allí, Jardiel. Y recordarás que Tallón defendía a capa y espada que no existía algo tal como una lista de los cien mejores libros.

Jardiel.- Lo recuerdo muy bien, aunque creo que en verdad nuestro admirado Tallón no hablaba en serio cuando afirmaba tal cosa. No tengo yo por relativista a Tallón.

Phil- ¿Pero cómo será eso? Deberíamos atenernos a sus palabras, ¿verdad, Jardiel? ¿A qué otra cosa si no? Si hemos de entender por lo que dice Tallón no lo que en efecto afirma sino su contrario, entonces ¿cómo habremos de creer en la  existencia de algo como lo cierto y lo falso, querido Jardiel?

Jardiel.- Sí debiéramos creer que existen lo cierto y lo falso; no quieran los dioses otra cosa, Phil. Si pudiéramos discutirlo ahora con él, ten por seguro que Tallón nos sacaría de dudas. Es más, estoy convencido de que Tallón nos permitiría hasta la licencia de que en la siguiente línea -o dos más allá- lo hiciésemos aparecer como si fuese lo más normal, viéndolo entrar por esa puerta acompañado de su buen amigo Diego Barros.

Phil.- Ya puestos a pedir licencia, podría acompañarlo también Rafa Cabeleira, amigo de Tallón también, y de ese modo si llega el caso de que la conversación sobre filosofía o literatura acaba por cansarnos, podríamos departir sobre balompié, si ello no ha de molestarte, mi buen Jardiel.

Jardiel.- Ya sabes, Phil, que confieso sin rubor mi absoluto desconocimiento de ese deporte que dicen rey; no lo comprendo. En ese menester vine al mundo con igual genética, me temo, que mi hermano Adrián, que a pesar de gustarle tampoco parece entenderlo en demasía; pero descuida, llegado el caso, como dices, os oiría con placer hablar sobre carrileros, medios centros, achique de espacios, triangulaciones y otras figuras geométricas que sí creo entender y que al parecer tanto tienen que ver con el juego del balón.

Phil.- Pues muy bien, hagamos que entren Tallón, Diego Barros y Cabeleria.

Jard.- ¡Queridísimos amigos! Decidme, ¿qué os trae, gallegos, por estas vecinas tierras de León?

Tallón.- Pues como no lo sepas tú, Jardiel.

Jardiel.- Claro, es cierto. Antes que nada, dejadme que os invite a limonada, corto o caldo; con tapa o con caldo de tapa. ¿Qué os apetece, decid?

Phil.- Creo, Jardiel, que estás mezclando las historias…

Diego.- Un corto con tapa para mí, Jardiel.

Cabeleira.- Limonada con caldo.

Tallón.- Corto también para mí; con tapa.

Phil.- Un caldo, Jardiel; pero con tapa. De otro modo sería un caldo al cuadrado.

Jardiel.- Esteban, ya oíste a estos señores: cinco limonadas con tapa ¡marchando!

Phil.- Jardiel, sin más premura deberías, creo, explicarle a Tallón cuál es el motivo que le trae de nuevo al Viña. Si recuerdas…

Jardiel.- Lo recuerdo, Phil; perfectamente. Dinos, Tallón, ¿es cierto que afirmas en tu obra Cien Libros Peligrosos que no crees que exista una lista de cien obras, digamos maestras, mejores por lo tanto que de la ciento una en adelante? En tal caso, deberíamos poder concluir que cualquier obra, la que sea, incluso una de Protágoras o de Paco bien podría formar parte de dicha lista, puesto que no habiendo cien mejores, todas podrían figurar allí. ¿Sigues mi razonamiento, Tallón?

Tallón.- Hombre, Jardiel. Seguirlo, sí lo sigo; pero te diré, sin ánimo de ofender ni asomo de acritud, que tu razonamiento es una mierda. El sistema decimal, deberías saberlo, no deja de ser pura convención. De haberse implantado, por ejemplo, un sistema duodecimal, mi libro bien pudiera haberse titulado Ciento ocho Libros Peligrosos, ¿no te parece?

Phil.- Me parece, Tallón, que Jardiel aceptará ese razonamiento. ¿Verdad, Jardiel?

Jardiel.- ¡Cómo no he de aceptarlo!, viniendo de quien viene convendré que son palabras sabias; y es de recibo hacer caso de quien habla palabras sabias. Pero, dime, Tallón, ¿tus amigos y tú podríais aceptar, a vuestra vez, que…

Diego.- Yo lo que creo es que o en esa lista falta un libro, y entonces debería ser una lista de ciento un libros, o sobra uno, mas con el que digo que falta seguirían siendo cien.

Phil.- ¿Y di, qué obra falta, según a ti te parece, Diego?

Diego.- Cien Libros Peligrosos. El libro de Tallón es una lista de cien grandes libros, pues yo afirmo que Cien Libros Peligrosos debería figurar en Cien Libros Peligrosos. El libro con la lista contendría así el libro con la lista.

Cabeleira.- No sé si Tallón estará muy de acuerdo en eso, Diego.

Jardiel.- Esteban, pon cinco limonadas más, ¡con tapa!

Phil.- Jardiel, llegados a este punto creo que podemos zanjar la cuestión de las putas listas y ponernos a hablar de fútbol, ¿no te parece?

Jardiel.- Como os plazca, querido Phil. Diego nos ha sacado del apuro al decir que el libro de Tallón debiera estar en la lista, ya responda ésta al sistema decimal o a cualquier otro, y es cuanto precisábamos oír. Ea, pues, amigos, obremos así, puesto que así lo indican los dioses.

Y así fue que Jardiel se levantó y marchó del Viña, dejando a sus amigos discutiendo de fútbol, no sin antes haber convenido con todos ellos que se volverían a encontrar luego en el Celso para cenar y dar cuenta de su tortilla de patatas, su ensalada, su picadillo, su jamón cocido, su morcilla y sus postres caseros; regándolo todo con buen vino del Bierzo y departiendo sobre váteres, sobre filosofía y sobre literatura hasta caer borrachos si fuese menester.

https://descartemoselrevolverdotcom.files.wordpress.com/2014/10/avance-22libros-peligrosos22.pdf

Phil O’Hara

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Yo tampoco soy del Madrid

Cuenta Tallón que una carretera sinuosa y una tarde fría camino de Cabeza de Manzanedo condujeron por caminos diametralmente opuestos a él y al Madrid. Si me detuviese a pensarlo quizá podría también yo contar las razones por las que, como él, tampoco soy del Madrid. De mi infancia guardo recuerdos poco nítidos que tienden a entremezclarse con historias alumbradas por una imaginación poco comedida. Es cierto que en el pueblo solíamos organizar a menudo partidillos de fútbol, y en ocasiones hasta tratábamos de emular a los clásicos que ya entonces, aunque muy de vez en cuando, retransmitían por televisión. En un lugar como aquel, tan pequeño, no era tarea fácil reclutar para la causa blanca a once chavales lo bastante hábiles con el balón como para que el partido se presumiese igualado y no acabase siendo una merienda de negros. En mi pueblo, en la provincia de Gerona, lo normal si te interesaba algo el fútbol, era sentir apego por los colores azul y grana y para poder juntar a once valientes dispuestos a enfundarse una zamarra blanca había que buscar hasta debajo de las piedras y torcer, además, algunas voluntades. Pero por jugar ese partido algunos éramos capaces de cualquier cosa: de traicionar principios de lo más sagrado, vendernos por bastante menos que un plato de lentejas o pasarnos al enemigo ni que fuese para que María Rosa, que estaba como un queso y llevaba loca a media pandilla, seguidora incondicional del equipo blanco, querencia que debió heredar de don Fulgencio Lanchas, su santo padre, socio del Real Madrid y teniente del destacamento en el pueblo de la Benemérita, se fijase en ti.

No recuerdo bien qué sucedió para que en uno de esos clásicos acabase yo en el bando de los del Madrid defendiendo una camiseta blanca. Traicionaría, claro, algún principio de ésos; aunque la idea no debió ser venderme por poco: con algo de fortuna y poniendo todo el empeño cabía la remota posibilidad de vencer a los de azulgrana y con la improbable victoria aspiraba, pobre iluso, a que María Rosa reparase en mí, flamante fichaje de los de blanco; e incluso, por qué no, que acabara por sucumbir a mis encantos balompédicos, que a cualquier otro hasta entonces no había hecho el menor caso. Por salir con la moza más de uno hubiésemos jurado en arameo; abjurar de unos colores y abrazar una causa tan gloriosa como la blanca se me antojaba, pues, pecata minuta. Vamos, que estaba dispuesto a aprender de memoria y recitar de carrerilla después a María Rosa el once de Molowny: Mariano García Remón, Sol, San José, Isidro, Benito, Vicente Del Bosque, Pirri, Stielike, Santillana, Juanito y Jensen.

Consumado el traspaso al bando rival y fijada la fecha de la contienda quedaba sólo aguardar pacientemente el día de autos. Cuando por fin el sábado a eso de las nueve y media llegamos los once vestidos de blanco al campo con tiempo suficiente como para tratar de organizar una táctica antes de empezar aquello, asomaron los primeros problemas: Doménech dijo que él jugaba de portero o se largaba de allí; de mayor, afirmaba, iba a ser como García Remón; argumento según él de una lógica irrefutable. Huelga decir que no pudimos convencerle de que iba a ser mucho mejor que ocupase cualquier otra demarcación, puesto que sólo se asemejaba al gran cancerbero del Madrid en que medía de ancho casi lo que García Remón de alto. Luego estaba lo de Miguel, que sin ser malo del todo con el balón se presentó con una lamentable camiseta imperio llena de lamparones. De no ser porque éramos solamente once creo que Rabasseda, el único que lucía una camiseta diríase que oficial, de esas con escudo y todo, le hubiese impedido, no sin razón, ser del equipo. Por su parte Martín, el hermano gemelo de Doménech (nadie lo diría; Martín era aún más obeso que su hermano), aseguraba encontrarse en plena forma y no concebía empezar a jugar un partido sin dar cuenta antes del bocadillo de chorizo que su madre le preparaba, decía, con tanto esmero. Ante semejante panorama a Puig le castañeaban los dientes y temblaban las piernas y no paraba de lamentarse y profetizar que nos iban a meter un gol para cada uno.

Lo cierto es que éramos una auténtica banda. Había perdido toda esperanza de tener algo con Rosa María. Nos iban a pasar por encima sin piedad; nos aguardaba un verdadero calvario. ¡Quién me mandaría abrazar unos nuevos colores con la peregrina idea de cautivar a la buena de María Rosa! Al final Puig se equivocó. Perdimos sólo siete a cero; aunque no fue lo peor. A María Rosa le dio por encapricharse de mi amigo Quim Güell, capitán de los de azulgrana. Y cuando regresé a casa hecho unos zorros mi padre me prohibió volver a jugar de blanco; no porque él fuese hincha del Barcelona; en realidad el fútbol apenas le interesaba; fue por no tener que poner tantas lavadoras. <<¿Que te has hecho del Madrid? ¿Crees que no tengo otra cosa que hacer que poner una lavadora cada vez que juegas un partido? Te haces otra vez del Barça, que así te ensuciarás menos. Y no se hable más.>> Y no se volvió a hablar. A un padre hay que hacerle caso, así que no sé si por las lavadoras o porque nunca logré que María Rosa se fijase en mí, el caso es que desde aquel lejano sábado el Madrid y yo transitamos también por caminos diametralmente opuestos.

Phil O’Hara

 

http://descartemoselrevolver.com/2013/01/16/por-que-no-soy-del-real-madrid/

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Descartemos el consejo

Guárdense en esta vida de aconsejar como del riguroso frío invernal. No por cicatería sino por decoro, que si lo piensan bien, ¿quién es uno para dar consejos a nadie? Bastante hay con sobrellevar con una cierta apariencia de dignidad las propias inseguridades, los titubeos, las incertidumbres. Como si la vida no estuviese hecha de blanduras. Desconfíen como servidor de quien no da jamás su brazo a torcer, de quienes se proclaman poseedores de una verdad absoluta, aunque lo que esté en juego sea cómo ha de freírse un huevo. Elogien, por el contrario, el dudar y a quien duda. Lo que soy yo, me confieso por principio cómodo sólo si se cuestiona cuánto es menester. Huyo, pues, de posturas recalcitrantes, que detesto (a no ser la del misionero que cercano al medio siglo de andadura por esta vaguada de sollozos, en las cosas del amar y sabedor de las limitaciones inherentes a un chasis que va pidiendo a gritos hacerle chapa y pintura, acepto resignadamente; con la mansedumbre propia de quien se refugia al abrigo de lo que le manden). En el resto, empero, se trata de vivir permanentemente en el alambre; a un mal paso de la nada relativista, a dos de la molicie, y a otro más de la cama (no como metáfora de vida, sino en sentido literal: con su colchón, su almohada y su sábana con embozo; en ese feliz utensilio, vaya), con el aplomo suficiente para no madrugar nunca demasiado, y si no hay más remedio, evitando al menos -eso siempre- salir a la calle con la sonrisa puesta.

Seguir por el alambre polemizando sobre casi todo debiera ser poco menos que un deber. Hacer anidar en el espíritu ese inconformismo inherente a quien se reconoce un completo ignorante en mitad del mundo. Con semejante ideario, que dicho sea de paso ha permitido a la humanidad avanzar lo que ha avanzado (quizá nos hayamos pasado tres pueblos, pero no nació de la complacencia la inquietud por saber, sino del continuo interrogarse por las cosas, de la constante rebeldía ante actitudes contumaces), comprenderán que case mal alardear de nada y peor aún andar aleccionando al personal o dando consejos a amigos, conocidos y saludados. De otro modo puede suceder lo que a Xavi del Snack en mi pueblo. Al franquear una mañana Paquito Moner la puerta del establecimiento y pedir un café, le dio a Xavier Torrent por recomendarle un cortado. Cuando, no sin antes sopesarlo bien, Paquito accedió, le pareció a Xavi que quizá le conviniera, pues no era mediodía aún, más un vermú, y también le pareció bien a Paquito. Ya la cosa parecía clara mas, no contento del todo, el dueño del bar le sugirió aún que, bien pensado, lo más cabal era una caña, a lo que Paquito, desde su silla a ruedas, respondió esa vez mandándolo a tomar por culo y reclamando su café, que es lo que en verdad quería. O sea, que de haber seguido Xavier mi consejo y haberse abstenido de darlos él, no duden que le hubiera ido mejor.

En la cinta Granujas de Medio Pelo de Woody Allen, al cavar un túnel, Ray Winkler -magistralmente interpretado por el mismo Allen-, pregunta a Denny -a quien da vida Michael Rapaport en una actuación no menos memorable- por qué lleva el casco de minero puesto al revés, enfocando hacia atrás. Denny, hombre de pocas luces, responde que lo lleva al revés “porque así mola más”, y aconseja a Ray hacer lo mismo. Lo delirante es que Winkler, ex convicto y cabecilla de la banda, sigue el consejo de Denny y también le da la vuelta al casco. Ese es el otro motivo por el que debieran guardarse de dar consejos: no vaya a resultar que se topen como Denny con alguien tan bobo como para seguirlos; con alguien tan necio como para seguir los estúpidos consejos de un zoquete engreído. Descartemos, pues, el consejo lo mismo que Juan Tallón descarta el revólver. Por si no les bastara con esos argumentos, sepan que lo más probable es que nosotros no íbamos, como Winkler y Denny en el filme, a acabar convertidos en millonarios.

Phil O’Hara

Descartemos el revólver. El blog de Juan Tallón

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