Archivo de la etiqueta: Julià López-Arenas

El portal de la cuesta de las Carbajalas

gallo Hurgando entre mis cosas apareció en un cajón un texto que debí escribir hace ya un tiempo. He querido que se pasase por Dakota, lugar hospitalario como pocos donde todo es bien recibido siempre. Ha bastado con peinarlo para la ocasión. Las fechas venían al pelo, por cierto.

– Con ese redoble no se puede llevar el paso. Tiene mérito que no lleguen todos cruzados. Tanta modernidad no puede ser buena. ¡Dios bendito, así no hay quien puje! Ni el Gallo va a dar bien la curva este año; al tiempo.

Esas fueron, tras los buenos días, sus primera palabras ese Viernes. Fiel a la cita, apurada la mistela en la Plaza del Grano, Mario esperaba desde muy temprano en el portal, el último antes de la curva, en lo alto de la cuesta de las Carbajalas, enfilando casi Castañones. Fernando y yo preferíamos ver salir antes al Nazareno, y acudir luego al portal. En boca de Mario ése era el mejor emplazamiento desde donde ver la procesión de los Pasos. A sus más de sesenta años se vanagloriaba de no haber dejado de verla pasar jamás, y presumía de ello. Tamaña hazaña -afirmaba- le permitía decir que el portal de la cuesta era ideal para ver el desfile. Y si el sitio era magnífico, los comentarios de Mario, que sabía cuánto podía saberse de la Semana Santa de León, lo hacían inmejorable .

-¿No os dije? La Oración siempre anda bien. Sin ser el mejor pujado, que es el Gallo, en veinticinco años jamás vi al primer paso dar la curva a trompicones.

-¡No fastidies, Mario! ¡La vara derecha no se ha comido la esquina de milagro! -protestó con vehemencia Fernando.

-Calla, anda. Ese Seise conoce bien su oficio. Apura, sí, para que no se pierda el paso y dar la curva como mandan los cánones: meciéndolo como si de una delicada pluma y no de esa mole se tratase. Ya verás como el Prendimiento se detiene en mitad de la maniobra y pasa a trompicones, los braceros dando voces, el Seise el que más; si lo sabré yo. Siempre igual…¡Miento! dos años, en el ochenta y cuatro y en el ochenta y cinco, milagrosamente el Prendimiento dio la curva como ninguno. Aquel Seise sabía lo que se traía entre manos; sin dar una voz, mandando con la vara, el paso corto, raseando. Mil trescientos quilos a hombros y parecía flotar sobre las calles. Esas dos veces, ya desde Hospicio, se notaba algo extraño: el segundo paso se acercaba extrañamente bien, como sólo lo hacía el Gallo. ¡Para que digan que el Seise no pinta nada! Nunca más he visto dar la curva bien al paso de Estrada. Mirad, por ahí sube y ya va mal.

No me daba la sensación de que el Prendimiento anduviese peor que la Oración, aunque al pasar frente al portal iba algo cruzado y dando la curva la vara derecha golpeó la pared, por lo que el paso tuvo que detenerse un par de veces. La maniobra para encarar Castañones no fue de las más elegantes que se recuerdan, pero Mario exageró al cargar contra el Seise.

-¡Ese Seise no merece la vara que lleva! ¡No sabe dirigir el paso! Cosas como  ésta van a acabar con nuestra Semana Mayor.

-Vamos hombre, ten piedad -intervine más por temor a que las voces de Mario llegasen a oídos del pobre Seise que por estar en desacuerdo-; el paso llegaba cruzado y no era fácil reconducir la situación. El Prendimiento pasó con más dignidad que acierto, pero dignamente a fin de cuentas. Y esta vez el Seise no ha dado una sola voz -añadí conciliador.

-Si es que le tienes manía al paso -apostilló Fernando por echarme un capote.

-Ten por seguro, hijo, que a todos los pasos estimo por igual. No me mueve más afán que la mayor gloria de ésta nuestra querida procesión. Y la curva que ha dado el Prendimiento, las cosas como son, no es de recibo. Debo acaso recordarte aquellas sabias palabras del más ilustre cronista de la ciudad, don Máximo Cayón Waldaliso, a propósito de…

-¡Dejad en paz al Prendimiento y atended! -no tuve más remedio que interrumpir la perorata de Mario- La joya de la corona marcha como nunca; o por mejor decir, como siempre. Ese paso gana el cielo cada Viernes Santo. No valen todos los Gregorio Fernández juntos lo que la Flagelación a hombros por las calles de León. ¡Silencio! En nada vamos a ser testigos de otro momento inmortal; más estrecha y cerrada fuese esa curva que el Gallo iría por ella igual que va por la calle Ancha. ¡Así se puja un paso!

Y ninguno de los tres mediamos palabra hasta que hubieron pasado la Coronación y el Ecce Homo. Mario nos inculcó esa devoción especial por la puja de la Flagelación; por el prodigio que obran cada Viernes Santo sus braceros, meciendo igual por callejuelas que por anchas avenidas el Cristo de Becerra. Mario, además, no desperdiciaba ocasión para enaltecer el fino quehacer del cincel de Gaspar, toda vez que no apreciaba en demasía aquel otro de Melchor, de gubia gorda, decía -forzada ocurrencia tras la cual soltaba una sonora risotada.

Los demás pasos fueron recibiendo frente al portal desiguales elogios por parte de Mario amén de algún comentario mordaz sobre el ornamento floral del trono. No faltó alguna simpática anécdota que podía o no venir a cuento. Los cuatro años que vimos la procesión en compañía de Mario son inolvidables. Tanto tiempo después sigo conservando un recuerdo nítido de ellos. Sea como fuere, en parte debo a Mario, a su manera de ver y sentir la procesión de los Pasos, que volviera a pujar el Prendimiento. Dos veces le vi desde el brazo, pero no acerté a saludarlo, de lo que me arrepiento. Cada Viernes Santo, al llegar a la Plaza del Grano abrazo todavía la vana esperanza de reencontrarlo en el portal. Conservo su recuerdo y rezo para que el Prendimiento vuelva a flotar, como hiciera en aquellas dos ocasiones, sobre las calles del casco antiguo de León; ese sería el mejor homenaje que pudiera tributar a Mario.

Phil O’Hara

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Kantiano, y a mucha honra.

pepa

Kant no fue un hombre cualquiera. Si fue capaz de escribir la Crítica de la razón pura, en alemán para más inri, no tuvo que ser un hombre cualquiera. Y no lo fue, claro está. Aunque para llegar a escribir tamaña obra, uno de los mayores hitos del quehacer universal de la especie, el buen hombre renunciase entre muchas más cosas a salir de su Königsberg natal. Y es que hay que ser Kant para nacer en un lugar como Königsberg y pasarse una vida entera allí, ochenta largos años casi, cuatro décadas sin salir de la ciudad, sin ir jamás mucho más allá de sus alrededores. “¿Para qué?”, debía pensar Kant. Si había que ir se iba, pero ir por ir… con la de trabajo que el libro le daba. Once años, se dice pronto, estuvo sin publicar nada, con la redacción de la Crítica. Siendo persona de hábitos se permitiría a lo sumo dar largos paseos; pero una aventura como la suya estaba reñida con placeres mundanos como el de viajar. Por ello Kant debió decidir no viajar; y no viajó. Espacio -que es lo que se recorre si viajas- y tiempo -lo que se necesita; además de una maleta, un par de mudas limpias y un cargador de móvil- eran para Kant, y así lo expuso en la primera parte de la primera parte de la Crítica -la Estética trascendental- formas a priori de la sensibilidad, o lo que es lo mismo, que a Immanuel lo de dedicarse a viajar le parecería poco menos que una sandez; una bobada, una menudencia, vaya, así que ocupaba el tiempo -y el espacio- de mejor manera, que no era otra que reflexionando sobre esos dos conceptos y sobre algunos otros con la idea puesta en construir un edificio lo suficientemente sólido, amén de amplio, para albergar no ya aquella indagación trascendental suya -¡si solamente se hubiese tratado de eso!- sino para acoger ni más ni menos que una explicación del Mundo, parir una Metafísica. Y vive dios que aquel descendiente de un fabricante escocés de sillas de montar, estudiante aplicado primero y filósofo abnegado después, sin conocer más Mundo que Königsberg y poco más, llegó a explicárnoslo como nadie.

Hoy, doscientos treinta y cuatro años después de la primera edición de la Crítica de la razón pura, yo, que la leí y pienso releerla a no tardar -que el tiempo será una forma a priori de la sensibilidad, pero además es relativo- me declaro, y a mucha honra, kantiano: proclamo que viajar está sobrevalorado; tanto lo está al menos como minusvalorado está no hacerlo. No se trata de que uno tenga ni lejanamente la intención de escribir algo ni remotamente similar a lo de Kant, que sería una absoluta insensatez siquiera pensarlo; sucede, muy de otra manera, que se puede creer que con pasear por el Königsberg de cada cual alcanza para sentirse razonablemente feliz. Si Kant no se movió gran cosa, será que moverse tampoco es tan importante. Recuerdo una vez, a la vuelta de un viaje de juventud precisamente por Escocia en el que tuve ocasión de admirar un paisaje de singular belleza, el de los Highlands, cómo me dio por fijar la vista en las montañas que conforman el valle del pequeño lugar donde me crié. Ésa fue la primera ocasión en la que debí declararme, sin hacerlo, sin ni saberlo siquiera, kantiano; sería una premonición. ¡Quién me mandaría a mí viajar hasta aquella región del norte de Escocia para contemplar unos montes todo lo más de igual belleza, si no menor, que los que configuran la vaguada que cobija al pueblo en el que crecí! ¿Hubiese Kant viajado hasta aquellas lejanas tierras -y eso que su abuelo era de por allí- para admirar un paisaje que en casi nada podía envidiar al de su Königsberg natal, la Montaña del Rey? Claro que no. Y si Kant pudiendo haber viajado no viajó, sería por algo; sus buenas razones tendría. Dudo que ni por un buen whisky escocés, de malta, por supuesto, hubiese movido el culo nuestro querido amigo, aunque no es algo que pueda jurar ni sepa a ciencia cierta.

Hoy puede parecer que si a cada poco no estamos peregrinando cuanto más lejos mejor, nos perdemos algo esencial; pero Kant nos enseñó que no es así, aunque yo no sabría explicar por qué. No siendo alemán, como el gran pensador, mas sí kantiano, habré de conformarme con argüir citando algunos archiconocidos versos -que por estas latitudes más dados somos a la rima y a las artes plásticas que a la sesuda reflexión en conceptos puros- del acerbo popular, pero no por ello menos sabios. Dicen así:

<<Tengo las nubes del cielo y tengo las olas del mar

Y si tengo tu cariño, y si tengo tu cariño

Ya no quiero nada más.

Estando contigo, contigo, contigo de pronto me siento feliz

 Y cuando te miro, te miro, te miro me olvido del mundo y de mí

 Qué maravilloso es quererte así

Estando contigo, contigo, contigo me siento feliz.>>

No sé, ni importa mucho, la verdad, si Marisol fue o no una gran viajera. Sé, empero, que no escribió una metafísica ni maldita falta que le hacía a la pobre. No obstante, si llega el día que podamos viajar por el tiempo -y el espacio- a nuestro completo antojo, me gustaría invitar a Kant y traerlo de viaje a España; no para llevarlo a un concierto de la niña prodigio aquella sino para invitarle a unos vinos y unas tapas. No cunda el pánico ni haya quien se preocupe, que ello sería después de que el filósofo hubiese publicado la segunda edición de su magna obra, no fuese a suceder que se le despertase a Kant el gusanillo de dar tumbos por el orbe y nos dejase sin lo mejor de su legado. Hasta puede que después de los vinos y las tapas ésas, de congeniar, fuese él quién a su vez me invitara a viajar a Berlín en Junio, y juntos viésemos a su Bayern y a mi Barcelona disputar la próxima final de la Copa de Europa. Puestos a fabular, si a Kant pudiera darle por viajar, por qué no también llegar a gustarle el fútbol, ¿no?

(“Estando contigo”; Marisol) https://www.youtube.com/watch?v=BjkxGW9maUE&feature=player_detailpage

Phil O’Hara

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Mejillones demasiado pequeños

Mejillones-gratis-en-Rábade

Si todos los que tantas veces nos hemos arrepentido hubiésemos tenido ocasión de viajar a Roma para remediar a saber qué desatinos y cuántos, sé a ciencia cierta que más de uno hubiera vuelto, si no a diario sí a menudo -de vez en vez si más no- a la Solera a tomarse un blanco y un mejillón de ésos tan ricos que preparaba Tomás. Pero se sabe: seguramente fueron pocos quienes tuvieron la ventura de visitar la Ciudad Eterna en pos de indulgencia; la mayoría ni llegó a arrepentirse, y si uno se para a pensarlo bien los mejillones de la Solera ya no son lo que fueron; ahora son pequeños y además ya no están nada ricos; que son un asco, vaya. Lo cual no quita que por aquel entonces mereciese la pena dejarse caer por allí a saborear unos moluscos tan bien puestos. Y como uno no va por los bares pie de rey en ristre que certifique el tamaño exacto del marino animal, resulta difícil, so pena de no dar en el clavo, afirmar tan tajantemente que el bueno de Tomás te pilló manía, precisamente a ti, y por eso te servía siempre los menos hermosos. Excesivo orgullo, es vox populi, acaba por jugar en nuestra contra. No diré como aquel experto hombre de negocios falto de escrúpulos que uno debiera, antes de salir de casa camino de la oficina, colgar del mismo perchero del que descuelga su abrigo el orgullo, y salir a la calle desnudo no sé si de esa virtud o de ese defecto. Tampoco debiéramos tomar como ejemplo al timorato que ni orgullo para colgar (o no) del perchero tuvo jamás. Lo cierto es que en esto, como en la mayoría de casos y cosas, conviene no aventurarse y más todavía moderar el carácter y templar gaitas siempre que sea menester y hasta cuando no lo es; que ni tanto ni tan calvo, versión castiza y popular del culto justo medio aristotélico. Emperrarse en algo por orgullo o porque los mejillones son demasiado pequeños -que viene a ser lo mismo- tendrían que prohibirlo. La Guardia Civil debería decirle a uno: “Oiga jefe, deje de no entrar a tomarse un blanco y un mejillón, que eso está prohibido. Venga, circule; y vuelva a La Solera, hombre de Dios”. La autoridad de la Benemérita no veo cómo pudiera emplearse mejor que mandándonos engullir el propio orgullo.

Y si el orgullo está sobrevalorado, otro tanto ocurre con ese dichoso enconado amor por los principios: hoy se tiene principios para todo. Inquebrantables principios para obrar de determinada manera o para no hacerlo ni que te pongan una pistola en el pecho. Por todos esos principios se hacen las mayores estupideces. También proezas, pero rara vez. Principios; tan poco deseable es excederse en tenerlos como no abrazar alguno, que tampoco es eso. ¿No bastaría con ambicionar ser como la Minna Davis de Francis Scott Fitzgerald: “el rostro de Minna, su misma piel, con aquel brillo particular, casi fosforescente, la boca de labios sensuales que nunca supo referirse al precio de las cosas”? Ese sí parece un buen principio: llegar a comportarse como si uno no supiese que las cosas tienen precio. ¡Ahí es nada! Deben hacer falta por lo menos diez generaciones de una misma estirpe para que un principio como ése acabe anidando en un ser; en menos no cuajaría; eso, o ser un personaje de Fitzgerald. Entonces sí es sencillo. Sus personajes poseen un fulgor que tú ni tan siquiera eres capaz de imaginar, aunque lo hayas soñado tantas noches. Esa especie de barniz no es sólo por los millones. Ni por la clase social. Es por algo distinto. En realidad sabes que haría falta haber nacido con ese lustre; que ni un premio de los gordos sería capaz de imbuirte de ello, porque lo que no puede ser además es imposible.

Cuando lo único que tienes son principios “acabas por desear cambiar los pocos amigos que te quedan por una corte de aduladores”; son peligrosos los principios. De pronto un día te levantas dispuesto como Leónidas a plantarte en el paso de las Termópilas sin ni tan siquiera trescientos espartanos; te da por tomarte la vida entera a pecho. Cuando eso pasa es difícil recordar que nada es para tanto, que el universo es demasiado engorroso como para ir sosteniendo grandes principios. Y la vida muy corta para que mucha vanidad acabe por agriarla. Si nos piden la razón, qué más dará darla ¿No será mejor acaso como Tip coger la gamba del revés? Por principios firmes, por orgullo y arrogancia seguimos instalados en una falsamente confortable memez. Si los mejillones son demasiado pequeños pero saben a gloria, cuánto mejor hubiera sido no ignorarlo por unos pocos milímetros de más o de menos. De otro modo puede pasar que hoy ya sea muy tarde y además de pequeños estén repugnantes. Aunque, claro está, siempre nos quede París. O el Viña.

Phil O’Hara

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El primer beso

Quién no recuerda su primer beso. Yo vendería hasta el alma al diablo por recordarlo. Son legión los que se dejan embaucar por la poética de las primeras veces, por sus destellos fulgurantes, como si te estuviesen prometiendo la luna. Hay primeras veces para todo, pero solamente una vez. Aunque tampoco es extraño sentirse defraudado, al momento o medio día después, por algo tan fugaz, tan insubstancial como una primera vez, la que sea. No ha habido poeta que no haya cantado a lo efímera que la existencia es; ¡qué no habrán podido componer de la primera vez de cualquier cosa! Aquel primer beso, estrenar coche o zapatillas, la vez primera que te subiste a un avión para cruzar el Atlántico; primeras veces, todas, que parecen iluminar nuestro sombrío existir pero no son sino ilusas promesas, tan breves y huidizas que se extinguen en un santiamén, acaban sin tan siquiera haber empezado casi.

De cualquier modo, qué sería de todos nosotros sin esas primeras veces. Me acuerdo -de eso sí- de la primera vez que descubrí la importancia de las acepciones -quizás no fuese la primera, pero tampoco importa-. Haciendo cola para matricularme en la facultad de Letras una chica de pelo negro y ojos azules me pidió si podía guardarle la tanda. Más tarde volvimos a coincidir, casualidades de un destino no siempre cruel, al liquidar las tasas en la entidad bancaria ubicada en la otra punta del campus. “Si hay un tercer encuentro – pensé- le preguntaré su nombre”, como si ese par de coincidencias hubiesen tenido lugar en París o en Venecia y no en la universidad, donde a poco que uno tuviera intención de asistir a las clases, a algunas por lo menos o al bar si más no, volver a encontrarla no iba a ser tan difícil. En mi descargo enseguida me arrepentí de la bravuconada, pero ya era tarde, y a pesar de apocado sigo siendo persona de palabra, así que a lo hecho -o a lo pensado, pensé-, pecho. El caso es que semanas o meses después estábamos en una discoteca y al preguntarle si quería salir me encontré en la calle con ella. La cara de gilipollas que se me puso todavía hoy no sé muy bien si fue por advertir por primera vez la importancia de las distintas acepciones de algunas palabras, o por no haberme sabido explicar mejor. Donde yo pretendí que ella entendiese lo de “salir” en la segunda de sus acepciones, “ir juntas dos o más personas como preludio de un noviazgo” o “mantener una relación amorosa con alguien”, que cualquiera me valía, entendió ella “ir fuera de un sitio”, primera de las treinta y dos que el María Moliner recoge del infinitivo. Fuera hacía frío y así que al poco volvíamos a estar dentro.

Damos demasiada importancia a las primeras veces. Debe ser cultural, supongo; algo parecido sucede con el apego al sistema decimal, a determinadas tradiciones o a que pierda nuestro equipo. A fin de cuentas, las segundas veces, con que no tuviésemos en consideración las anteriores, seguirían siendo las primeras, y ello es extensible a las terceras, a las cuartas y a las quintas veces, a las sextas incluso. Haríamos bien en replantearnos la cuestión. De un tiempo a esta parte, por ejemplo, me ha dado por seguir los consejos de un hombre sabio que en la facultad enseñaba, además de muchas más cosas, metafísica precategorial; me esfuerzo en hallar gusto a escuchar tintineos de las pocas certezas que atesoro -nunca son muchas- en unas cuantas obras que, hace ya tiempo, una vez descubrí; tintineos que también suelen estar escondidos en un sencillo café, una caricia o en una mirada. Creo, como mi viejo profesor, que más que pasarnos la vida echando de menos nuevas primeras veces, siempre a la búsqueda, tratando de descubrir sin desfallecer sopas de ajo, debiéramos reconfortarnos con hacer tintinear -como él decía- nuestras pocas certidumbres en las cosas. Joaquim Maristany saciaba más sus ansias releyendo que en buscar nuevas lecturas, y eso le hacía razonablemente feliz. Bien pensado no parece una mala decisión. No digo que debamos limitarnos a unos cuantos libros y un puñado de compositores; tampoco es eso. Pero quizás no haga falta mucho más.

Phil O’Hara

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Enero de buenos propósitos

Principiar enero y malvivir es todo uno y la misma cosa. El día uno tienes bula, pero llega el dos y hay que sentarse y enfrentar la blanca hoja de papel con intención de elaborar, este año por fin, la lista de buenos propósitos, y otros no tanto, del año que acaba de nacer. Parece fácil; siempre lo parece al principio; pero a día cuatro la lista esbozada tiene más tachones que renglones bien puestos; lo que anteayer te parecía obvio hoy ya no lo es y mañana seguro que será un borrón más. Además, si confeccionar la dichosa lista es tarea penosa, cumplir con algo de lo que se salve del tachar será más trabajoso todavía; directamente imposible, vaya. La estrategia, ideada tiempo atrás, no mucho antes de las doce campanadas, de los cuartos incluso, parecía infalible -resulta curioso como la alegría de determinados momentos llega a fortalecer las teorías al punto que, bañadas en mares de espiritosos licores, vinos y ginebras, resisten cualquier falsación- parecía infalible, decía, pero hoy hace aguas y de nada sirve estructurar bien la lista y tratar de agrupar los propósitos previamente divididos en temas. Empiezas a escribir y en Salud y deporte insistes en poner, claro, lo de acudir al gimnasio o, por si eso falla (consciente de tus limitaciones, ya lo has tachado), pones lo de salir a correr (tachado también) o ni que sea a caminar (¡si tampoco irás!). Prosigues con lo de no abusar de los dulces, ni de las grasas, ni por supuesto del alcohol. También tachado. En Aprendizajes varios colocas lo del inglés y el francés, solfeo, cocinar y mantener la boca cerrada. Esto último quizá debería figurar en un apartado distinto y lo tachas, pero no olvidas que lo deberías incluir en la lista. Hay que decidirse entre la lengua de Shakespeare o la de Molière; no ha sido sino la vanidad lo que te ha llevado a incorporar las dos. Lo mejor será tacharlo todo y decidirte después. En Actividades culturales escribes ver solamente cine en versión original. Eso te ha quedado bien. Lo relees con satisfacción, orgulloso. Sabes perfectamente que con ver cine sería suficiente; más realista al menos. Haber añadido no ir a ver películas dobladas agrega una dificultad a lo ya laborioso de por sí; pero puedes permitirte alguna licencia. Sigues. Si viajas, ver museos. Habrá, pues, que destinar en la lista un capítulo a Viajar. Pero si debe figurar viajar en la lista de propósitos, habrá que decidir qué destinos, los pueblos, las ciudades, los países, hasta los continentes, y la manera de viajar, cuándo hacerlo, cómo sufragar los gastos de esos viajes, qué llevar en la maleta y qué maleta llevar; incluso saber si va a hacer falta pasaporte o no. A la que levantas la cabeza del papel y echas una mirada a la lista te das cuenta de que es un paisaje más poblado de tachaduras que de otra cosa. La perspectiva que ese vistazo te ofrece es descorazonadora. Acobardaría a cualquiera; también a ti. A ti especialmente. Entonces recuerdas haber leído a un ilustrado -y a no mucho correr los días apuesto a que también ilustre- gallego de nación, un brillante artículo que rezaba por título Haga una lista. Allí iban apareciendo uno detrás de otro ilustres -ellos ya sí- escritores como Scott Fitzgerald, Mark Twain, Roland Barthes, Borges o Georges Perec entre muchos más que habían elaborado en sus obras todo tipo de listas, con esa maestría reservada tan sólo a las más grandes plumas. Pero claro, hay que ser como Perec para ponerse a confeccionar una lista perfecta de buenos propósitos; de otro modo te queda incompleta. Y lo que es todavía peor, no sabes quién hay que ser para, una vez hecha, cumplirla. Cabe siempre, eso sí, emular en algo a Juan Rulfo y conformarte con una lista de solamente dos propósitos: el primero, como también dejase dicho Tallón, despedir a tu jefe; mandarlo a la mierda, con buenas maneras. Y el segundo, el segundo propósito mejor lo piensas más detenidamente, que no es cuestión de precipitarse. Una lista de tan sólo dos cosas tiene la ventaja de la brevedad pero por ello sería bueno no equivocarse. Si mediado el mes de enero sigues sin decidirte siempre podrás dejar la cosa en una escueta lista de un único propósito, reconfortándote, además, con la idea de haber emulado casi al gran escritor mejicano. Él escribió dos libros; pero, claro, él era Rulfo.

Phil O’Hara

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Ser hincha

El ser del hincha es rugir, alentar, vocear, chillar. Y también, claro, sufrir, llorar, resignarse y soportarlo todo. Pero la hinchada, de vez en vez también ríe, se regocija, toca el cielo, mora en él, aunque nunca, es cierto, lo suficiente; ser hincha es saborear la gloria; la de alzar una Champions o una Liga cualquiera, o aquella otra menor pero no tanto de ver vencer al equipo rival, al del pueblo vecino. La hinchada es amor a unos colores que son los del padre de uno, que ya fueron los del abuelo e incluso del bisabuelo, y así hasta el homo antecesor o casi. Aunque por amor, por amor a un holandés flacucho con el “14” a la espalda o a Butragueño la cadena puede, por qué no, llegar a romperse. Sólo así y sólo entonces el fútbol admite la traición, el abrazar otros colores, izar una nueva bandera. Como siga la historia luego es lo de menos (artículo completo en Football Citizens).

Phil O’Hara

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Tallón o de las listas

JARDIEL PONCELA, PHIL O’HARA, JUAN TALLÓN, DIEGO BARROS, RAFA CABELEIRA.

Jardiel.- Claro que recuerdo el episodio, Phil. Fue en el Viña, ¿no es cierto, mi querido amigo?

Phil.- En efecto, fue allí, Jardiel. Y recordarás que Tallón defendía a capa y espada que no existía algo tal como una lista de los cien mejores libros.

Jardiel.- Lo recuerdo muy bien, aunque creo que en verdad nuestro admirado Tallón no hablaba en serio cuando afirmaba tal cosa. No tengo yo por relativista a Tallón.

Phil- ¿Pero cómo será eso? Deberíamos atenernos a sus palabras, ¿verdad, Jardiel? ¿A qué otra cosa si no? Si hemos de entender por lo que dice Tallón no lo que en efecto afirma sino su contrario, entonces ¿cómo habremos de creer en la  existencia de algo como lo cierto y lo falso, querido Jardiel?

Jardiel.- Sí debiéramos creer que existen lo cierto y lo falso; no quieran los dioses otra cosa, Phil. Si pudiéramos discutirlo ahora con él, ten por seguro que Tallón nos sacaría de dudas. Es más, estoy convencido de que Tallón nos permitiría hasta la licencia de que en la siguiente línea -o dos más allá- lo hiciésemos aparecer como si fuese lo más normal, viéndolo entrar por esa puerta acompañado de su buen amigo Diego Barros.

Phil.- Ya puestos a pedir licencia, podría acompañarlo también Rafa Cabeleira, amigo de Tallón también, y de ese modo si llega el caso de que la conversación sobre filosofía o literatura acaba por cansarnos, podríamos departir sobre balompié, si ello no ha de molestarte, mi buen Jardiel.

Jardiel.- Ya sabes, Phil, que confieso sin rubor mi absoluto desconocimiento de ese deporte que dicen rey; no lo comprendo. En ese menester vine al mundo con igual genética, me temo, que mi hermano Adrián, que a pesar de gustarle tampoco parece entenderlo en demasía; pero descuida, llegado el caso, como dices, os oiría con placer hablar sobre carrileros, medios centros, achique de espacios, triangulaciones y otras figuras geométricas que sí creo entender y que al parecer tanto tienen que ver con el juego del balón.

Phil.- Pues muy bien, hagamos que entren Tallón, Diego Barros y Cabeleria.

Jard.- ¡Queridísimos amigos! Decidme, ¿qué os trae, gallegos, por estas vecinas tierras de León?

Tallón.- Pues como no lo sepas tú, Jardiel.

Jardiel.- Claro, es cierto. Antes que nada, dejadme que os invite a limonada, corto o caldo; con tapa o con caldo de tapa. ¿Qué os apetece, decid?

Phil.- Creo, Jardiel, que estás mezclando las historias…

Diego.- Un corto con tapa para mí, Jardiel.

Cabeleira.- Limonada con caldo.

Tallón.- Corto también para mí; con tapa.

Phil.- Un caldo, Jardiel; pero con tapa. De otro modo sería un caldo al cuadrado.

Jardiel.- Esteban, ya oíste a estos señores: cinco limonadas con tapa ¡marchando!

Phil.- Jardiel, sin más premura deberías, creo, explicarle a Tallón cuál es el motivo que le trae de nuevo al Viña. Si recuerdas…

Jardiel.- Lo recuerdo, Phil; perfectamente. Dinos, Tallón, ¿es cierto que afirmas en tu obra Cien Libros Peligrosos que no crees que exista una lista de cien obras, digamos maestras, mejores por lo tanto que de la ciento una en adelante? En tal caso, deberíamos poder concluir que cualquier obra, la que sea, incluso una de Protágoras o de Paco bien podría formar parte de dicha lista, puesto que no habiendo cien mejores, todas podrían figurar allí. ¿Sigues mi razonamiento, Tallón?

Tallón.- Hombre, Jardiel. Seguirlo, sí lo sigo; pero te diré, sin ánimo de ofender ni asomo de acritud, que tu razonamiento es una mierda. El sistema decimal, deberías saberlo, no deja de ser pura convención. De haberse implantado, por ejemplo, un sistema duodecimal, mi libro bien pudiera haberse titulado Ciento ocho Libros Peligrosos, ¿no te parece?

Phil.- Me parece, Tallón, que Jardiel aceptará ese razonamiento. ¿Verdad, Jardiel?

Jardiel.- ¡Cómo no he de aceptarlo!, viniendo de quien viene convendré que son palabras sabias; y es de recibo hacer caso de quien habla palabras sabias. Pero, dime, Tallón, ¿tus amigos y tú podríais aceptar, a vuestra vez, que…

Diego.- Yo lo que creo es que o en esa lista falta un libro, y entonces debería ser una lista de ciento un libros, o sobra uno, mas con el que digo que falta seguirían siendo cien.

Phil.- ¿Y di, qué obra falta, según a ti te parece, Diego?

Diego.- Cien Libros Peligrosos. El libro de Tallón es una lista de cien grandes libros, pues yo afirmo que Cien Libros Peligrosos debería figurar en Cien Libros Peligrosos. El libro con la lista contendría así el libro con la lista.

Cabeleira.- No sé si Tallón estará muy de acuerdo en eso, Diego.

Jardiel.- Esteban, pon cinco limonadas más, ¡con tapa!

Phil.- Jardiel, llegados a este punto creo que podemos zanjar la cuestión de las putas listas y ponernos a hablar de fútbol, ¿no te parece?

Jardiel.- Como os plazca, querido Phil. Diego nos ha sacado del apuro al decir que el libro de Tallón debiera estar en la lista, ya responda ésta al sistema decimal o a cualquier otro, y es cuanto precisábamos oír. Ea, pues, amigos, obremos así, puesto que así lo indican los dioses.

Y así fue que Jardiel se levantó y marchó del Viña, dejando a sus amigos discutiendo de fútbol, no sin antes haber convenido con todos ellos que se volverían a encontrar luego en el Celso para cenar y dar cuenta de su tortilla de patatas, su ensalada, su picadillo, su jamón cocido, su morcilla y sus postres caseros; regándolo todo con buen vino del Bierzo y departiendo sobre váteres, sobre filosofía y sobre literatura hasta caer borrachos si fuese menester.

https://descartemoselrevolverdotcom.files.wordpress.com/2014/10/avance-22libros-peligrosos22.pdf

Phil O’Hara

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Hans y la fiabilidad alemana

Casi todo el mundo adora los veranos. Yo no; yo los aborrezco. Hace un par de años, a finales de uno, se inundó mi piso. Si fue por ser verano o por el mal mantenimiento de las cañerías comunitarias sólo dios lo sabe; lo cierto es que al regresar a casa una noche, antes de franquear el umbral de la puerta ya presentí algo extraño. Presentí la tragedia, la llegaba a mascar. Como cuando se enciende una luz en tu interior e intuyes que algo va a ir mal, pero incluso esos datos son insuficientes y no tienes otro remedio que aguardar lo que sea. Abrí la puerta con la cautela del detective versado en los casos más enrevesados; o la del ladrón de guante blanco presto a desvalijar la caja de caudales oculta tras la impecable reproducción de Marc Chagall en mitad del salón y de la noche. No resultaba difícil advertir, incluso con poca luz, que la copia del lienzo de Chagall era excelente; sólo el original podía mejorarla. Nunca he dejado de admirar la extraordinaria pericia de ciertos copistas; es fascinante. En el recibidor no se apreciaba nada extraño, a no ser un olor chocante, a cerrado o directamente a sucio; nada extraño, pues. Pero al cruzarlo y llegar al salón la normalidad había abandonado el piso para que lo ocupasen los restos de un naufragio de papeles, celulosa y no sé qué diantres más que la inundación había esparcido por la estancia. Desde allí hasta el cuarto de baño el paisaje se repetía en una reproducción -como la de Chagall- casi perfecta. Pedazos de papel y celulosa y no sé de qué diantres más desparramados por doquier pero siempre de la misma forma. Si un observador avezado lo hubiese estudiado con suficiente detenimiento, apuesto a que hubiese logrado demostrar que la disposición de residuos sobre el pavimento era exactamente la misma en cada estancia: en el salón igual que en el estudio, la misma en el dormitorio y tal cual en el cuarto de baño. Aquella distribución de residuos que la inundación había traído consigo y que deberían haber seguido su curso a través de las cañerías de desagüe de no haber estado obturadas en vez de aparecer en mi piso, tenía un indefectible atractivo; un magnetismo arrebatador irradiado por la perfección con que toda aquella porquería se había esparcido por el suelo; ningún trozo parecía ocupar el espacio fruto del azar; todo parecía encajar según un plan preestablecido por una mente privilegiada; si no divina, demiúrgica al menos; aquello no podía atender al simple capricho de fuerzas gravitatorias y de fricción.

Cuando por fin me substraje de la ensoñación en la que me había sumido en contra de mi voluntad me di cuenta de la magnitud de la catástrofe: el esfuerzo por limpiar todo aquello lo presumía titánico, y luego estaba la cuestión de los desperfectos causados por el agua en los marcos de madera y en las puertas. La del cuarto de baño era un poema; una oda a la fatalidad, un verdadero drama. No había más remedio que reponerla. Hecha la composición mental de cuanto iba a ser necesario llevar a cabo decidí que lo más prudente iba a ser acostarme y aguardar a la mañana siguiente para poner manos a la obra. A fin de cuentas la perspectiva de dormir sin alterar la simetría axial de un paisaje de formas perfectas como aquel unida al cansancio y a las pocas ganas de liarme con la fregona a esas horas desaconsejaban otra cosa.

Con la luz del día y tras el sueño reparador las cosas se ven distintas. Si sumas un café recién hecho con leche en taza de desayuno no tan sólo las ves distintas, las ves mejor; mucho mejor. Para empezar la perfección había desaparecido por completo y dejaba paso a la realidad, que se imponía en toda su crudeza: el piso estaba hecho unos zorros; daba asco. Hablé con la compañía de seguros, tomé un par de fotografías, quedé con el perito para que juzgase aquello y empecé con la limpieza. Cuando terminé llamé a Hans, el carpintero que mi hermano me había aconsejado. <<Es un fenómeno, ya verás. Tiene todas las virtudes que puedes presuponer en un ciudadano alemán: es formal, eficiente, meticuloso y perfeccionista; y por si fuera poco cuesta como uno español. Un chollo, vaya>>. Quedamos al día siguiente en el piso para que viera el trabajo que iba a llevar a cabo. Pero no se presentó. Ni llamó. Tuve que llamarlo yo. Le surgió no sé qué compromiso de esos ineludibles y no pudo cumplir con la cita, así que volvimos a quedar. Esa vez sí apareció; puntual, además. Vio las puertas y los marcos y dijo que volvería al día siguiente a tomar medidas; hoy no llevaba las herramientas encima. <<¿Te refieres a una cinta métrica?… Bueno, tú sabrás>> Hans se despidió sin tomar medidas a la puerta. Fiel a su palabra apareció al día siguiente con una cinta métrica muy parecida a la que yo le hubiese dejado, una gubia, un formón y una maza con los que practicó una muesca de tamaño considerable en la madera para, dijo, confirmar de qué tipo era. Confieso que esa vez me pareció un profesional competente y pensé que quizá mi hermano estuviese en lo cierto y el carpintero aquel fuese en verdad un fenómeno. Me anticipó que substituir las dos puertas y los marcos no iba a resultar barato: no eran de tamaño estándar. <<Ah, vaya>>, fue todo cuanto se me ocurrió decir. Hans quedó en mandarme el presupuesto al cabo de una semana. Pasadas dos le llamé para ver si ya lo tenía. Un mes más tarde se lo reclamé por segunda vez. Y después de dos meses sin tener noticias de Hans intenté hablar con él sin conseguirlo. En setiembre se cumplieron dos años desde que Hans me advirtiese de que la medida de las puertas no era estándar. Por mi hermano sé que no le ha ocurrido nada malo al bueno de Hans; sigue con la carpintería. Las puertas están más o menos como él las dejó, con la mella que practicó en uno de los marcos. Ya me he acostumbrado a verlas así. Me recuerdan el episodio de la inundación y a Hans, el carpintero alemán. Seguramente lleva demasiado tiempo aquí, lejos de su Alemania natal y de la fiabilidad germana de la que mi hermano me habló.

Phil O’Hara

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Descartes, Berkeley, Zelayeta, un distinguido señor cliente y mi abuelo

Hay pocas experiencias tan radicales e impactantes como la de toparse con la certeza de que nada es en realidad lo que parece. No es necesario acudir a cualquiera de tantos sabios que intuyeron esa tremenda verdad; te paras a pensarlo y tiene mucha lógica: ¿cómo iba a ser todo tal cual aparece? Bien porque los sentidos logren engañarnos, porque exista una realidad nouménica como decía Kant o porque los físicos cuánticos den en el clavo y vaya a resultar que todo son sencillamente funciones de onda de mayor o menor complejidad, el caso es que nada es lo que parece. ¿Aparentaba Jordi Pujol acaso ser en realidad el Jordi Pujol que en verdad era? ¿Era Humphrey Bogart de hecho el galán que aparentaba ser en la gran pantalla? ¿Alguno en su sano juicio puede dudar de que las apariencias engañan?

Mi abuelo paterno contaba una anécdota que bien hubiese podido llevar la rúbrica del mismísimo George Berkeley, obispo de Cloyne y a la sazón eminente pensador irlandés; uno de los principales exponentes del idealismo subjetivo. Claro que vista desde otra perspectiva, tal vez la historia bien hubiera podido firmarla también Renatus Cartesius, el filósofo, matemático y físico francés más conocido como René Descartes. ¡Ahí es nada! Relataba mi abuelo que Zelayeta, compañero de fatigas en la misma sucursal bancaria a la que acudían cada mañana a trabajar, era muy dado a llevar a cabo experimentos sociológicos de hondo calado durante y después de la jornada laboral; a veces incluso antes. Un lunes cualquiera recibió la visita de un distinguido cliente (pues distinguidos lo son todos) que sin conocerle más que de oídas preguntó por él. Zelayeta le señaló el final del largo mostrador, indicándole que allí le encontraría. Mientras el cliente recorría los metros que le separaban del punto indicado, Zelayeta a hurtadillas, agachado para no ser visto, se desplazó raudo tratando de llegar antes al lugar donde se suponía que debía hallarse. Al erguirse Zelayeta es fácil imaginar la cara de pasmo que debió quedársele al buen hombre. <<¡Vaya! Mi hermano gemelo le ha mandado hacia aquí, no me diga más. >> A lo que el asombrado parroquiano, aún presa de la estupefacción, parece ser que respondió: <<¡Por dios, pero si son ustedes casi iguales!>>. <<¡Casi iguales! ¡Dijo “casi”! ¡Cómo habrá que ser -se reía mi abuelo al contarlo- para que digan de uno que es igual a sí! >>

Y es que para el padre de la filosofía moderna, de la duda metódica y del racionalismo a ultranza, que Zelayeta fuese en realidad Zelayeta cabía ponerlo en tela de juicio muy seriamente; y aquel respetable caballero, sin necesidad de confesarse cartesiano empedernido, hizo suyas las mismas dudas más que razonables del filósofo francés y no debió fiarse para nada de que sus percepciones fueran fuente de verdadero conocimiento. Zelayeta, a su vez, siendo como era más del palo del obispo Berkeley y su empirismo drástico, debió quedar satisfecho con su experimentación y aunque sabía que él y aquel otro del principio del mostrador eran una y la misma persona, por nada del mundo hubiera querido cuestionar a una mente preclara como la del bueno de Descartes.

Nada es lo que parece, muy pocas cosas son como aparecen y la mayoría no son como son. Y conociendo a mi abuelo como tuve el placer de conocerlo y por lo que me contó de Zelayeta, no me cabe la menor duda, ni metódica ni de las otras, de que en vez de ponerse a discutir sobre epistemología, metafísica o hasta teodicea, hubiesen cogido los cinco -Descartes, Berkeley, Zelayeta, el distinguido cliente y cómo no, mi abuelo- y hubiesen ido a tomar unos vinos con tapa mientras recordaban historias de Tip y Coll, debatían sobre política, polemizaban sobre el clásico del pasado sábado o evocaban cualquiera de los goles de Zarra, que eso es lo que hacemos la gente sensata desde que el mundo es mundo y hay bares en él.

Phil O’Hara

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Su billete, gracias

Ya nadie habla de la magia de viajar en tren. Hasta eso se ha perdido. Antaño no había novela en la que al personaje no le sobreviniese la aventura más insospechada mientras iba montado en un tren de esos que unían dos insignificantes capitales de provincia en un trayecto tan emocionante al menos como la vida misma y mucho más largo. Como en las Estaciones Provinciales de Luis Mateo Díez, que relata vidas atadas a una estación, lugar mítico, cubierto en las obras del entonces genial narrador leonés de un permanente halo de misterio donde siempre, ya fuese de madrugada o en noche cerrada, la espesa niebla que jamás se disipaba del todo acompañaba la escena. Cualquier personaje mataría por aparecer en una de aquellas novelas de Luis Mateo; tomándose una última copa de mistela acodado en la barra mugrienta del bar de la estación, porfiando por huir de un pasado turbio sin lograrlo, a la espera de la llegada del siguiente tren, del que tampoco verá bajar a la mujer a la que continúa en vano esperando. Incluso Homero, de haber podido, ¿alguien duda de que hubiese subido a Ulises a un tren, haciéndole atravesar toda Grecia, la Itálica, las tierras francas y quién sabe si hasta llegar a la mismísima Santiago de Compostela de haber existido por aquel entonces? Ulises evitando el descarrilamiento del tren, empecinado en impedir que choque contra el muro de piedras que al desprenderse invadió la vía; Ulises y el cíclope, en la cubierta del vagón de cola, a mamporro limpio; Ulises tratando de hacer entrar en razón, él, el héroe, al severo revisor que no atiende a ellas y le exige impertérrito su billete, o tomando una última copa en esa estación provincial. Pero ya se sabe, el tiempo, las fechas, siempre limitándolo todo. La buena de Penélope hubiese podido andar tejiéndole algo más ligero que las inclemencias de los mares poco o nada tienen que ver con la relativa calma y comodidad que ofrece un viaje en tren, ni que sea desde Itaca hasta Galicia.

Si echo la vista atrás no me resulta difícil recordar alguna escena de mi vida ligada a un tren o a una estación. Cuántas vivencias no nos retrotraen a ello. Es posible que muchos no olviden Extraños en un tren, la genial cinta de Hitchcock. Yo no he sido capaz aún de borrar de mis recuerdos una infame película de serie B que llevaba por título Pánico en el Transiberiano, protagonizada por Christopher Lee, Peter Cushing y Telly Savalas. A ese film debo cierto resquemor a viajar en tren. A un viaje de juventud desde León hasta Gerona en el Estrella Galicia que no haya vuelto a poner los pies en uno. Y aún así añoro a veces su magia y me gusta, como a mi sobrino, sentarme a verlo pasar mientras reflexiono sobre el tránsito del tiempo o sencillamente pienso que acaso cualquiera de esos trenes sean metáfora de las vidas de algunos: un sinsentido; una huída desbocada y absurda siempre adelante; sin lugar a detenerse a recapacitar hacia dónde nos lleva ese viaje, con la chocante sensación de haber sacado un billete de tercera y sin arrestos suficientes para apearse en la parada siguiente. <<En la próxima me bajo>>; es posible que las palabras resuenen en la cabeza, pero sigues sin atreverte a bajar. La seguridad o la rutina reconfortan y te conformas con ver pasar a través de la ventana verdaderas oportunidades que dejarás escapar sin remedio. Por más que a veces el destino parezca echarte un cuarto a espadas, te has quedado sin altura de miras.

En el pueblo de pequeño solía acercarme al apeadero a ver pasar el tren y envidiaba a los afortunados viajeros que proseguían su peregrinaje; anhelaba en secreto ser algún día yo quien viajase lejos de allí en ese tren, hacia una vida distinta, plena, que mereciera la pena ser vivida. Y hoy, montado por fin en él, no sé muy bien hacia dónde me lleva este estúpido viaje al tuntún. A Ulises le esperaba al menos Penélope. Aunque lo cierto es que de haberse siquiera llegado a imaginar el bueno de Ulises leyendo cualquiera de las últimas novelas de Luís Mateo Díez de vuelta a Itaca vía Madrid, yendo de Vigo hasta la capital en un trayecto de más de diez horas y cuarenta y tres paradas, la última cosa que se le hubiese ocurrido es hacerlo en tren; en uno de Renfe, al menos. O sea, que de hacer caso del héroe de la Odisea, lo mejor será irse olvidando de trenes, estaciones y metáforas y de leer a Luis Mateo Díez; de viajar, tratar de hacerlo como el griego en barco; en uno de esos magníficos cruceros a ser posible, o si no en calesa, que también debe tener su aquel, y en todo caso contentarnos con releer las grandes novelas del autor leonés, perdida toda esperanza de que vuelva a escribir nada igual.

Phil O’Hara

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