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Las europeas

Antes la europeas se celebraban en verano, con el sol de agosto. Lo que celebrábamos, de hecho, era que vinieran a España. Para los de mi generación las europeas tenían que ver con el séptimo arte; con viejas películas como El turismo es un gran invento, que en 1968 dirigiera Pedro Lazaga y protagonizara el genial Paco Martínez Soria. Las europeas eran las altas y altivas suecas -o noruegas, escandinavas en fin- y las alemanas descendientes de las valquirias, tan rubias como aquellas pero de facciones más angulosas. Estaban además, claro está, las glamurosas francesas y las apasionadas italianas, latinas como las de aquí, pero europeas, ellas sí. La vida, al llegar al octavo mes del año del calendario gregoriano, parecía reducirse a tratar de poner en práctica en los calurosos agostos de Lloret, Marbella o Torremolinos, lo aprehendido en los susodichos filmes a propósito del no muy noble arte de ligar. Hasta entonces y gracias a la educación de un padre liberal pero preocupado porque sus vástagos fueran labrándose un prometedor futuro, se trataba de hincar los codos para ir pasando curso evitando por lo civil o por lo penal la reválida de setiembre; y si era con un cinco y medio, pues mejor que con un modesto pero siempre digno y aseado cinco. Llegada la estación más calurosa el listón se situaba más arriba y ya era cosa de ir a por el diez.

Benditos y cándidos pensábamos que el quid de la cuestión radicaba en la españolidad; que con ser españoles bastaba y hasta sobraba para granjear atención y cariño de suecas, noruegas, alemanas, francesas e italianas. Hasta tal punto éramos ilusos. En idiomas, por qué negarlo, no andábamos precisamente duchos; lo que no es óbice para poder afirmar que nos conducíamos en un español de lo más decente. La única inglesa que algunos manejaban no era la lengua sino la llave; en mi caso la lengua sólo era el órgano muscular situado en el interior de la boca, y tenía de inglesa lo que Mario, mi compañero de fatigas, de cura. Así que dominando (y es mucho decir) sólo el español (en eso las generaciones se siguen pareciendo) había que apañarse únicamente con la valía de cada cual. En aquellas europeas intuíamos diferencias más allá de sus distintos idiomas, latinos o germánicos, todos ininteligibles por igual; quizá por ello también los españoles hacíamos gala de los distintos acervos culturales y no era lo mismo que le entrase a la sueca -o a la noruega o a cualquiera de las demás- un andaluz salao, que un seco castellano, un pragmático catalán o un avispado valenciano, ¡cuánto menos un triste gallego!.  El caso era enfrentarse con lo puesto al toro y cogerlo por los cuernos -o a la vaca y asirla por las ubres, que quizá case así mejor el símil con los anhelos de entonces- para acabar a menudo si no casi siempre con el rabo entre las piernas y, resignadamente, correr a buscarse de nuevo la vida en el mercado nacional. En román paladino, que si la cosa no se había dado demasiado bien con las Helga, Ericka, Juliette o Gina de turno, siempre quedaba ese último recurso de batirse el cobre en busca del favor de nuestras Pilar, Carmen y María Dolores de toda la vida.

La épica de esas europeas se ha perdido por siempre jamás. Siguen visitando el levante español mozas llegadas desde cualquier rincón de la vieja Europa para disfrutar de lo que queda de aquel litoral de belleza sin par y solazarse con nuestro sol (nuestro en la medida que Felipe II no vio cómo hipotecarlo; de haber podido, ni de astro rey presumiríamos hoy).

Siguen viniendo, pero desde que entramos en la Unión Europea, en la OTAN y en el G-no-sé-cuántos, ya nada es igual. Por de pronto las europeas ya no van a ser en verano sino en primavera, a finales del mes de mayo. Y que nadie espere a suecas ni a noruegas, sino una cita electoral más, esta vez al Europarlamento. O sea que de aquella mística lo que queda es nada o casi nada, que tampoco es mucho más. Esa panda de cínicos y ceñudos representantes nuestros volverán a contarnos lo mucho que nos jugamos en el envite. Pierden el tiempo. ¿No fue Bernard Shaw quien dijo que la democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados como nos merecemos? Eso al menos le leí a Diego E. Barros. Pues eso; uno a veces llega a creer que entre los secuaces de Ali Baba y tal pandilla de aprovechados la única diferencia es numérica: los del tal Baba eran sólo cuarenta; eurodiputados hay setecientos sesenta y seis; cargos electos en esta España nuestra, lo menos setenta mil. Depositaria de nuestra soberanía, la casta política se ampara en listas que jamás abrirán y se parapeta en mandatos que no van a limitar, a la vez que se ríen de los helvéticos y de su democracia directa y participativa -aunque lo cierto es que de quien se están riendo es de todos nosotros-, y se empecinan en perpetuar desencuentros en cuestiones de la mayor importancia, esas de Estado, como consensuar de una santa vez una Ley de Educación que tanta falta hace a este país.

Entenderán la nostalgia de aquellas tardes de sábado con Paco Martínez Soria y las europeas de verdad y el creciente asco que me producen esas que llegarán en mayo, que como las suecas de entonces también me ponen, sólo que de muy mala leche.

                                                                                                                                                                                                                                                                         Phil O’Hara

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