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Acerca de la vida, la muerte y la amistad

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Me recuerda mi buen amigo Ramiro Pinto Cañón que ayer, 9 de octubre, fue fiesta local en Alcalá de Henares, lugar donde lleva algún tiempo exiliado voluntariamente. Motivo (de la celebración): el aniversario del bautismo de Cervantes, que tuviera lugar tal día como el de la víspera, en la parroquia de Santa María la Mayor. Desconozco el signo político de la corporación municipal complutense, pero creo que es de justicia felicitarlos por la iniciativa. También me hace notar Ramiro la coincidencia llamativa con el aniversario del nacimiento de otro artista ilustre, esta vez del siglo XX, acaecido mucho más al norte: el de John Lennon.

Al reflexionar sobre estos pormenores, uno no puede por menos que preguntarse en virtud de qué inexplicable instinto necrófilo, los seres humanos sentimos esa fuerte inclinación a celebrar el aniversario del óbito de los personajes insignes, mientras que, por el contrario, solemos prestar muy poca atención al de su nacimiento. No es preciso estrujarse los sesos para llegar a la conclusión de que el hecho de que podamos a día de hoy disfrutar del buen hacer de estos seres extraordinarios, se lo debemos exclusivamente a la circunstancia de que vinieran al mundo, siendo por el contrario su muerte el acontecimiento fatal que les impidiera continuar con su obra. Sin embargo, son mucho más habituales las efemérides relacionadas con lo segundo que con lo primero. En el ámbito de la música, recuerdo perfectamente cuando TVE (la única que había por aquel entonces) retransmitió, el 19 de Noviembre de 1978, un concierto de homenaje a Franz Schubert, con motivo del 150 aniversario de la muerte del compositor, sin que, en cambio, se hiciera absolutamente nada el 31 de Enero de 1997, fecha del segundo centenario de su nacimiento. También hubo gran número de fastos el 5 de Diciembre de 1991, segundo centenario de la muerte de Mozart, con la interpretación simultánea del Réquiem en varias catedrales españolas, pero el 250 aniversario de su nacimiento, acaecido en 2006, pasó casi totalmente inadvertido. Dentro de apenas cinco años tendrá lugar, supongo que sin pena ni gloria, el 150 aniversario del nacimiento de Beethoven. Estoy por apostar que sí que nos enteraremos todos (si seguimos todavía por aquí) del segundo centenario de su fallecimiento, para el que tendremos que esperar hasta el año 2027. Por lo que respecta a las glorias literarias, casi nadie tuvo noticia de que hace no tanto, en 2009, tuvo lugar el segundo centenario del nacimiento de Edgar Allan Poe, mientras que la Universidad de León sí que había celebrado por todo lo alto el centenario de la muerte de Herman Melville, convocando un congreso al que asistiera servidor. Me pregunto cuántos sabrán en nuestra estimada Universitas Legionensis que apenas faltan dos años para que se cumplan doscientos del nacimiento de Henry David Thoreau (aunque, en honor a la verdad, a este último tampoco se le hizo mucho caso hace tres años, cuando fuera el 150 aniversario de su deceso; quede dicho para mayor gloria de nuestra venerable institución).

Sí que puedo entender las conmemoraciones de fallecimientos en el ámbito familiar, como lógica señal de duelo, y a veces podemos observar dicho impulso elegíaco en los acarreos masivos de flores, velas, etc., a las tumbas de famosos. O en la búsqueda de sus restos. Tampoco es éste un argumento que me convenza en absoluto, fundamentalmente por lo que suele tener de poco sincero. El caso es que yo no tengo ningún vínculo afectivo que me una a Cervantes, a Thoreau o a John Lennon, por mucho que sí lo pueda tener con sus obras. Quiero decir que no puedo lamentar la muerte de Cervantes, por ejemplo, en la misma medida en que deploraría la destrucción de todos los ejemplares existentes del Quijote. A poco que nos paremos a pensarlo, Thoreau y yo no éramos ni fuimos nunca amigos, por mucho placer que me produzca la lectura de Walden. Nunca salimos juntos a ligar o a tomarnos unos vinos, no nos contábamos nuestra vida, nunca nos echamos unas risas. O sea, que yo no he perdido nada con su muerte, que, por otra parte, es ley de vida. Obviamente, la visita de la parca les impidió seguir trabajando y aportándonos los frutos de su talento, pero hay infinidad de otros músicos, escritores y artistas en general que, con su contribución, han seguido haciendo de este mundo un lugar menos inhóspito y más noble. No hay pregunta más absurda que la de hasta dónde podían haber llegado si hubieran podido vivir más años. Quién sabe. Puede que hasta les hubiera dado tiempo a decepcionarnos. Su legado es el que es, y no el que podía haber sido. Mejor dejarlo estar, como sabiamente dejaran escrito los Beatles en el último álbum que sacaran al mercado, antes de anunciar su separación y, por lo tanto, su muerte como grupo.

Arriba el telón y que continúe el espectáculo, pues. Queda mucho partido por delante.

Jardiel Poncela

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La venganza, ese plato que se sirve frío. A no ser que te gusten los Beatles.

Cuando al fin logré ponerme en pie, rabioso, avergonzado y humillado, juré y perjuré para mis adentros que esa vez iba a ser la última de todas. No sabía aún cómo, pero Felipe Bustos el “Chota” era hombre muerto. El dolor por un crochet en el estómago digno del mismísimo Rocky Marciano podía soportarlo; incluso el escupitajo en la cara con el que el “Chota” demostraba al Mundo su desprecio por mí era algo que podía asumir; pero que todo hubiese tenido lugar a la vista de Mariló, eso era intolerable. El rifirrafe había adquirido tintes de cuestión de honor y ya más valía no andarse con chiquitas. Estaba decidido: había que poner coto a la era de tiranía y opresión que había impuesto el “Chota” y el destino había querido que fuese justamente yo quien cargase con tamaña responsabilidad.

De vuelta a casa ni durante la merienda fui capaz de dejar de dar vueltas al asunto. Tan ensimismado estaría que mi madre tuvo que llamarme al orden en un par de ocasiones para que me acabase el dichoso bocadillo de chorizo que con tanto amor, decía ella, me había preparado. Sólo abandoné el negocio que me traía entre manos el rato que anduve con los deberes. No era cosa, por mucho honor que estuviese en juego, de echar por la borda la reputación de alumno aplicado ganada a pulso y no sin esfuerzo a lo largo de tantos años de escolaridad. Además, si no era capaz de apechugar con ambas cosas -los deberes y el plan para mañana- no merecía llamarme “el elegido”. Así que me puse con las matemáticas, que repelente como ya era de niño, no se me daban mal del todo, para luego de acabar con el cálculo y analizadas unas oraciones, estar listo para lo verdaderamente importante: ver la televisión con la felicidad de quien se sabe con el deber -en este caso los deberes- cumplido. Ya habría tiempo después de la cena para urdir planes de venganza.

Cené frugalmente, que para eso en casa seguíamos a pies juntillas una dieta sana, equilibrada y menos variada de lo deseable: el mismo plato de sopa con fideos finos y la tortilla francesa de casi cada noche, que yo acompañaba, eso sí, con la mejor de las salsas, que no es otra que el hambre que había a esas horas. Después de cenar me acosté pronto y en la intimidad de la habitación y con la complicidad de la oscuridad y el silencio que reinaban en mi cuarto, acurrucado bajo la sábana y el par de gruesas mantas Paduana, me puse por fin a urdir el plan. Antes de que el sueño me venciese tuve tiempo de repasarlo varias veces, del derecho y del revés, pues no era cuestión de dejar ningún cabo suelto ni detalle al azar. El mínimo error podía dar al traste con el plan y era demasiado lo que estaba en juego. Andaba revisándolo una última vez cuando caí, más pronto de lo que hubiese sido menester, en brazos de Morfeo.

A la mañana siguiente entró mi madre a despertarme y remoloneé durante unos minutos hasta que decidió, mi madre, que ya había holgazaneado bastante. Al ir a poner pie a tierra me detuve calculando con cual debía pisar primero. ¿Con el izquierdo?. ¿O sería con el derecho? Lo cierto es que no recordaba cual de los dos aseguraba iniciar bien el día, lo que me dejó algo preocupado; no tanto por acertar o no con la superstición como por el hecho de que si era incapaz de acordarme de algo tan fútil, no estaba seguro de no omitir algún detalle significativo del complejo plan que había tramado. Me decidí por el derecho y me dirigí a la cocina. A mitad de camino entre la adolescencia y la juventud, hecho ya casi un hombre, mi madre había acabado por aceptar que me desayunase todas las mañanas con Eko, ese brebaje inmundo a base de achicoria que era el peaje que uno estaba obligado a pagar si pretendía algún día ser digno de tomar café con leche y adquirir así el estatus de ser adulto. En el poso de la bebida soluble y asquerosa aquella creí ver un par de tes y hasta una zeta, amén de unas cuantas vocales, y aunque no era ningún experto en la Ekomancia, no me resultó difícil concluir que lo que en el fondo de la taza se manifestaba era la palabra “tortazos”. Lo que no quedaba claro era si los iba a dar o a recibir. En cualquier caso tales artes adivinatorias también me dejaron algo inquieto.

De camino al instituto traté de insuflar valor a mi persona concentrándome en mi amada Mariló a la manera como Alonso Quijano solía hacer lo propio pensando en la sin par Dulcinea. Pero de nuevo negros nubarrones empezaban a cernirse sobre mi cabeza: don Quijote blandía al menos una lanza y contaba con adarga; lo que era yo, sin más armas que una astucia aún por demostrar y con la sola compañía de Benito, que siendo lo más parecido a un fiel escudero era mucho más esmirriado que el bueno de Sancho y tan cobarde como él al menos, me temía lo peor y lo peor era la certeza de que en lo alto del camino no iba a encontrarme con molinos, sino con gigantes de carne y hueso; más concretamente con uno: con el “Chota”. Imaginar su colosal presencia y derrumbarse mis planes como un castillo de naipes fue todo a un tiempo. Iba a bastar con un “a que te doy dos hostias” de Bustos para poner las cosas -o sea, a mí- en su sitio.

En esos momentos de incertidumbre en los que te asaltan las dudas y hasta la zozobra, y vas a la deriva, por algún mecanismo de defensa heredado de mi padre, un tipo cultivado que coleccionaba vinilos de la Decca Classics y la Deutsche Grammophon, pacífico y reflexivo, que jamás se cansó de recomendarme cautela y buen juicio para que no tuviese que arrepentirme nunca de haber tomado una decisión equivocada, suele venirme a la cabeza la canción de John Lennon “Dear Prudence”. Así que por mi padre o gracias a Lennon, lo cierto es que llegué a la escuela si no habiendo abandonado por completo el plan urdido, con el firme propósito al menos de posponerlo; dejando para tiempos mejores, que ya los habría, mi gran venganza. A fin de cuentas, si se servía fría tampoco vendría la cosa de un par de semanas más. Distinto hubiese sido que ese plato se sirviera caliente, pero no siendo el caso…

En eso, o sea en nada, quedó la venganza. Tuve suerte, creo, de que me gustaran los Beatles y de que John Lennon compusiera aquella canción que por aquel entonces yo creía que tenía que ver con el comedimiento y la prudencia. El plan hubiese fallado irremediablemente y la combinación de uppercuts, ganchos y directos a la mandíbula de George Foreman que hicieron besar la lona a Joe Frazier iban a ser nada en comparación con la de hostias que hubiese recibido del bestia del “Chota” por un quítame allá esas pajas. Ahora pienso que Benito llevaba razón y que por una zagala, ni que fuese Mariló, no valía la pena recibir una sarta de guantazos, doble ración de sopapos y que por mucho menos ya se iba a encargar la vida de que los llevase todos. A fin de cuentas siempre sería plato de mejor gusto tragarse el orgullo, aunque a palo seco fuera, que encajar como el granítico Marvin “Marvelous” Hagler, que ni una sola vez se fue a la lona; algo de lo que ni el gran Rocky Marciano pudo presumir jamás.

Phil O’Hara

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