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Galleguismo

rosalia

Ser gallego habiendo visto la luz en, pongamos por caso el mismo Orense, o en Vilardevós, apenas tiene algún mérito. Ser gallego de nación y declararse tal por ello no entraña en el fondo el más mínimo interés. Lo verdaderamente apreciable es, como hago yo, manifestar galleguismo sin ser gallego; sin serlo ni de lejos; más si cabe: sin haber estado jamás, o casi, en Galicia, pues pasé por allí una vez, y en otra ocasión estuve un par de días en Santiago. Valga decir, empero, que por aquel entonces no declaraba mi galleguismo a los cuatro vientos; ni a los cuatro ni a ninguno. Hoy las gentes del llamado primer mundo se vanaglorian de ser de tal o cual lugar cuando a lo sumo, en la mayoría de casos -que no en todos- tan sólo el azar, la fortuna y poco más dan razón de tales querencias. Como el astado y bravo animal la siente por las tablas, así la mayoría manifiesta, pues, su galleguismo. Yo no soy de esos. Lo mío atiende a razones, a otras razones al menos, puesto que ni nací allí ni prácticamente estuve en más de una o dos oportunidades por esos lares. Los habrá que crean que tal galleguismo explícase de modo sencillo: será gallego aun sin serlo por ser de tocando a esas tierras. Sepan que no es por eso. Por algún familiar; por algún ancestro acaso. Tampoco. Mi galleguismo es puramente volitivo; fruto más de la reflexión profunda -aunque asentado sobre sólidas bases precategoriales, no vayan a creer- que del arbitrario capricho. Declarar uno su galleguismo porque sí no tiene en fin más mérito que serlo de nación. Y no se trata de eso.

Lo precategorial, lo que tenga que ver con el sentir, a poco que uno hurgue, lo hallará en imágenes que alumbran luego conceptos, que son -éstos ya sí- consecuencia lógica de un sesudo acto intelectivo, y remite -lo precategorial- a realidades tan dispares como el llover, los crustáceos marinos, las empanadillas, lo celta, el verde y el añil, y el gris, y una sonoridad distinta, musical, capaz de mecer. Lo categorial, en cambio, apunta a unos cuantos autores a los que todavía debo leer no sin disgusto solamente en lengua castellana, puesto que a pesar de mi galleguismo no soy todavía capaz de manejarme bien en lengua gallega; aunque sí soy capaz de concebir a no mucho tardar, en un futuro no demasiado lejano, la noble intención de esforzarme no sin denuedo por avanzar en el conocimiento y dominio de esa lengua. Por mor principalmente -aunque en modo alguno de manera exclusiva- de la literatura gallega, la intelección sentiente -en sentido zubiriano- llevada a cabo ha ido conformando, qué duda cabe, un sólido edificio capaz de albergar cómodamente cuestiones de tan vital importancia como puedan ser las históricas, las gastronómicas, las culturales, las paisajísticas, a Álvaro Cunqueiro, al Deportivo o al Celta, a Xoan Tallón y hasta a Rosalía. Mi galleguismo empero no va en contra de “ismo” alguno, aunque tampoco a favor. No es que deteste los “ismos”, más bien todo lo contrario: no los detesto. Prefiero, eso sí, debe anotarse, los de interior, por decirlo así. Uno de los “ismos” por los que siento una inclinación especial es la “sismografía”. Me parece sorprendente y bello a la par que exista una ciencia -algo tan sutil- capaz de predecir el movimiento tan tremendo de las placas tectónicas. Volviendo al meollo de la cuestión aquí tratada -que no es otra que el galleguismo, y ya dejé dicho cómo había de entenderse y cómo distinguirse de otras maneras de ser y sentirse gallego, más comunes y menos valiosas esas otras- a mi modo de ver el quid de la cosa radica en que sin justificación posible hemos dejado de valorar el esfuerzo que cualquier acto merece, y es ése un mal universal de los tiempos en los que nos ha tocado vivir, que no son otros que éstos. Puede así uno sentirse gallego por el mero hecho de serlo, sin más. ¡Acabáramos! Deberíamos recuperar aquel afán: ser gallegos, sí, pero dedicándole ímprobos esfuerzos; y si el galleguismo se expresa desde más allá de Portbou, cuánto mejor. No debiera dicho galleguismo ser incompatible con más afectos; no se trata de poner puertas al campo sino de suprimirlas, de universalizar, de internacionalizar si debemos no pecar de inmodestos. Nada impide que un alma libre compagine, si así lo siente, galleguismo y amor por el Real Madrid. Ni que profese sincero apego por el arte nipón. Galleguista, del Real Madrid y entusiasta -en cierto sentido- del Japón. Galleguismo, madridismo y japonismo. ¿Quién osará decir, sin faltar a la verdad, que es ello no solamente posible sino en sumo grado apetecible? No seamos los galleguistas, pues, cortos en el mirar. Apuntemos alto sin temor a errar el tiro. Si de Madrid al cielo, de Galicia al infinito. Eso es o debiera ser el galleguismo. Galleguismo de andar por casa, si quieren, pero ¿acaso existe otro mejor?

Phil O’Hara

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