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El precio de la fama

Fama

Esta mañana escuché por la radio la canción de la película Fama, que lo sería luego de la serie del mismo título, que habría de ocupar la sobremesa de los domingos durante buena parte de la década de los 80 (época legendaria en la que tan solo existían dos canales). Una mezcla de nostalgia y curiosidad me llevaron a rastrear en la wikipedia lo que había sido de su protagonista, el actor y bailarín Gene Anthony Ray, célebre por su encarnación del carismático e indisciplinado Leroy Johnson. Me quedé absolutamente perplejo al comprobar que lleva nada menos que… ¡trece años muerto! Como también imagino que se me debió de quedar la mandíbula colgando al averiguar cuál fue la causa de su prematuro fallecimiento en 2003 (contaba entonces 41 años): era, al parecer, seropositivo. Leí también que su carrera artística nunca volvió a remontar tras echar la trapa Fama, después de sus cinco años de emisión. Una sucesión ininterrumpida de fracasos cinematográficos, aderezados con alcohol y drogas, jalonarían su periplo en aquel viaje sin retorno que tendría en la autodestrucción su corolario lógico e inevitable.

El caso de Ray es uno de tantos, desde Mozart hasta Joselito, que se ven abocados al abismo cuando una fama obtenida demasiado pronto, o demasiado rápido, decide repentinamente dar la espalda. “Cómo es posible que hayan dejado de quererme”, es sin duda la pregunta que, a modo de gota china, sofoca a estos repudiados de los dioses, arrastrándolos implacablemente a la perdición o la locura. Sin caer en la cuenta de que la fama tiene mucho (demasiado) de esposa caprichosa, al depender en bastante mayor medida de los designios humanos que de los divinos. Verse encumbrado a su pedestal conlleva el peligro de llevarse un formidable batacazo al precipitarse desde él, o bien de que el pedestal se acabe convirtiendo en una cárcel invisible de la que resulta imposible zafarse, a la manera de Simón el Estilita o el Rey Midas, tal y como les ocurriera, por ejemplo, a los malogrados Michael Jackson o Whitney Houston. En el caso que aquí nos ocupa, podríamos añadir el pintoresco agravante del actor que se ve fagocitado por su personaje, patología que aparece espléndidamente reflejada en la película Birdman, de Alejandro González Iñárritu (muchos otros ejemplos podemos encontrar en la historia del cine, desde El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder, hasta la más reciente The Artist, en la que se nos describe con impecable y dramática precisión el proceso de degradación interior del protagonista, visualizándolo como si de vivencias externas se tratara). En un libro memorable titulado Biografía del fracaso, Luis Antonio de Villena nos cuenta la peripecia vital de una serie de personajes atormentados (que van desde el pintor Caravaggio hasta el actor James Dean), para quienes ciertamente la genialidad tuvo más de condena que de regalo de los dioses.

Seguro que muchos recordamos las palabras con que la profesora de baile (Debbie Allen) arengaba a sus alumnos el primer día de clase: “Tenéis muchos sueños. Queréis la fama, pero la fama cuesta. Pues aquí es donde vais a empezar a pagar: con sudor”. Lo que no les dijo Debbie Allen a sus muchachos fue que la fama podía ser también un regalo envenenado, que llegara a resultar tremendamente indigesto, como casi todo en esta vida, cuando se toma sin ninguna moderación. Porque corres el riesgo o bien de que se te acabe, o de que te siente mal. De poco habrían de servirle a Gene Anthony Ray (cuando aún se estaba rodando la serie) sus enérgicas proclamas de que él no tenía nada que ver con el personaje de Leroy Johnson. La triste realidad es que Leroy Johnson terminó por destruir a Ray, y su sombra habría de perseguirle obsesivamente durante el breve resto de sus días. Algo así como si, finalizado el Carnaval, fuéramos incapaces de despojarnos del inocente disfraz que nos ha estado proporcionando diversión durante las horas precedentes. Pocas pesadillas tan inquietantes se me ocurren (la imaginación de un escritor siempre está elucubrando, en busca de nuevos argumentos). Entonces veríamos lo poco que se sostendría el tópico de que es ese día el único en el que somos de verdad nosotros mismos. En este, como en tantos otros ámbitos, resulta sumamente peligroso el aplaudir como muestra de ingenio lo que es, en el fondo, una ocurrencia trivial.

De todos modos, tampoco vayamos a caer en la tentación de demonizar en exceso los peligros de la fama, imitando la reacción de la zorra al contemplar el racimo de uvas. En honor a la verdad, no se les veía demasiado frustrados a los que se paseaban ayer por la alfombra roja de los Premios Goya (políticos incluidos). Si se trata de acabar con una frase, propongo una que le espetan al personaje de Roberto Benigni en la película de Woody Allen A Roma con amor: “La vida es terrible tanto cuando se es rico y famoso, como cuando se es pobre y desconocido. Pero, puestos a elegir el mal menor, sin duda me quedo con la primera opción”.

Jardiel Poncela

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El mago de Oz y el sistema educativo finlandés

Hay ciertas palabras que hacen que me entren sudores fríos, o ganas de persignarme, como antaño cuando nombraban al maligno, en cuanto las oigo pronunciar. Una de ellas es la palabra “experto”. Si resucitara el irreverente Ambrose Bierce, bien podría incluir la siguiente definición en su Diccionario del diablo: “Persona que cobra un pastón por emitir juicios sobre cosas de las que no tiene ni puta idea”.

Por todas partes vivimos rodeados de la plaga de los “expertos”, que cruelmente nos hacen padecer sus tropelías: expertos en economía, especializados en explicarnos por qué fallan las teorías económicas que ellos mismos propusieron; expertos juristas que excarcelan asesinos sanguinarios en base a complicados trucos de ingeniería legal; expertos en salud que nos recomiendan todos los días que hagamos más ejercicio y comamos más sano, pero que no dicen ni una sola palabra acerca de reducir el estrés laboral, principal causa de enfermedades como la depresión o el infarto de miocardio… En fin, cada vez que oigo hablar a uno de estos expertos (y sube el pan), me acuerdo de aquella frase que dijera Woody Allen en Manhattan: “Deberías escuchar a algún estúpido de vez en cuando. Tal vez podrías aprender algo”.

Ahora bien; hay una subespecie dentro de la grey de los expertos que me inspira singular pavor, pues me afecta de modo muy directo: los expertos en educación. Algunos de ellos han tenido, allá por el norte de Europa, la brillante idea de dejar de enseñarles a los niños la escritura manual. Estoy hablando, como es sabido y notorio (en el sentido anglosajón del término) de la última ocurrencia promulgada por los tecnócratas responsables de haber diseñado el modelo educativo finlandés, foco de la admiración de todo el mundo occidental. Naturalmente, yo carezco de la solvencia de estos lumbreras (después de todo, no dispongo de más avales que un doctorado y veinticinco años de desempeño de la profesión docente), pero no me resisto a la tentación de despacharme a gusto desde estas líneas, dejando claras un par de cosas.

Para empezar, estos expertos no tienen, según parece, ni la menor idea acerca del origen etimológico de la palabra “educación”, que procede de la preposición latina “e” o “ex” (hacia fuera) y del verbo “duco” (dirigir). O sea que, etimológicamente, “educar” quiere decir “dirigir hacia fuera” lo que el alumno lleva dentro o, dicho de otro modo, ayudarle a desarrollar sus propias potencialidades. Esto abarcaría todo el abanico de aptitudes que conforman las distintas áreas del conocimiento humano. Pero, a diferencia de un ordenador, un alumno no es una máquina a la que únicamente se deba programar metiéndole un montón de datos, sino que este caudal de conocimientos debe ser aprovechado por el educando de tal manera que aquél se convierta en la plataforma que le permita a éste crecer como individuo y expresar su personalidad. La educación debe ser un vehículo que nos permita ser más nosotros mismos, y adoptar una mirada crítica frente a la realidad que nos rodea, en vez de una especie de rodillo que actúe en todo momento como apisonadora, aplastando las diferencias y eliminando desde su raíz todo vestigio de individualidad. A semejante modus operandi no debería aplicársele el término “educación”, sino más bien el de “intrusión”, del verbo “trudo” (empujar) y la preposición “in” (hacia dentro). O sea, inculcarle al alumno una serie de valores y conceptos ajenos a él, con objeto de moldear un determinado tipo de persona (o quizá habría que decir más bien de máquina). Es lo que se está tratando de hacer al suprimir justamente uno de los cauces a través de los cuales mejor se consolida y se expresa la forma de ser de cada individuo, hasta el punto de que hay una ciencia que permite deducir los principales rasgos del carácter de una persona a través del análisis de su grafía. Todo ello con independencia de que, por razones de comodidad u otra índole, usemos el teclado del ordenador siempre que nos venga en gana, pero no como producto de una necesidad. Si eliminamos la escritura manual del sistema educativo, estaremos con ello contribuyendo al adocenamiento y al moldeamiento del alumno conforme a un patrón establecido, poniendo cortapisas al libre desarrollo de su personalidad.

Cabe preguntarse, sin embargo, y ello me produce una gran inquietud, si precisamente no es esto lo que se pretende: formar no ciudadanos, sino autómatas convenientemente dóciles al servicio del Poder, que no sepan hacer la “o” con un canuto (literalmente), pero se hallen investidos de una facilidad prodigiosa para teclear el mayor número de órdenes de desahucio o informes periciales en el menor tiempo posible, en base a estrictos criterios de rentabilidad, pura y dura. Individuos totalmente desprovistos de cerebro o iniciativa, pero adecuadamente adiestrados para funcionar como herramientas eficaces en manos de un sistema al que le importan un bledo las personas, preocupado tan solo por las estadísticas y cifras del mercado. En este contexto, desde luego, ya no sería necesario en absoluto “educar”; basta con programar. Pero de algún modo hay que continuar la pantomima, hacer que ésta sea creíble. Uno no puede por menos que acordarse de la película El mago de Oz, cuando el susodicho le hace entrega de un diploma al espantapájaros y le dice con tono sumamente persuasivo: “Esto es cuanto necesitas para convertirte en un hombre sabio”. Me preocupa, sin embargo, pensar cuánto tardaremos en construir una sociedad que dé al traste con todos los valores humanos y en el que la robótica se convierta en el sustituto natural de la teología. Y me pregunto cuánto tardará nuestro actual modelo educativo (tan refractario a las influencias exteriores en otra serie de campos donde sí serían más recomendables) en convertirse en un pastiche del modelo finlandés, juntando en sí lo peor de cada casa.

Una última reflexión, dicho sea con todo el respeto, a los expertos finlandeses responsables de tan brillante idea: que se metan su flamante sistema educativo por el culo.

Jardiel Poncela

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Lo único que he hecho en todo el día

Esto es lo único que he hecho en todo el día ¿Y qué es “esto”?, me preguntaréis.

Pues es algo tan inasible como tocar el viento, o atrapar un suspiro en una redoma, o tratar de esculpir las formas de las nubes o de las olas. Yo diría que aún menos: empeñarse por que la estela de un navío deje su cicatriz sobre el agua, o esforzarse por trazar sombras chinescas sobre un escenario de fondo negro, como el de aquel teatro que visité una vez en la ciudad de Praga. Recuerdo que una vez vi a unos callejeros que hacían pompas de jabón gigantes, inflándolas e inflándolas hasta alcanzar tamaños espectaculares. Pero al final acababan disolviéndose en el aire, igual que las pompas chicas. Y yo pensaba que el mismo destino tienen las palabras: las más estridentes y las más quedas, las más profundas y las más someras, las que son breves y las que son más largas.

Qué inútil todo, ¿verdad? Quizá debería haberme ocupado y preocupado por hacer algo de provecho: cosas tales como jugar en bolsa, especular recalificando terrenos o presentarme como candidato a la presidencia del gobierno. Tal vez debería haber fundado Microsoft o fichado por el Real Madrid, para ganarme el aplauso y la admiración de las gentes. O puestos a utilizar como herramienta las palabras, haber hecho algo que me aportara algún beneficio con ellas. Podría dedicarme a manipular las opiniones de la masa haciéndome con el control de algún periódico, o ganar el Premio Nobel de Literatura. O incluso, por qué no, podría haber cazado al vuelo la sugerencia de Woody Allen y haberme entretenido invadiendo Polonia.

El problema es a ver cómo se hace eso si no estás afiliado a ningún partido político, si no perteneces a ningún lobby financiero, si no eres bueno ni con los ordenadores ni con los balones, o si no tienes tanques ni ejército. Vaya desastre. No soy malo en el manejo de las palabras, no. Pero soy de natural pacífico. No se me da bien guerrear con ellas, ni tampoco hacer trucos de prestidigitación, para hacer ver al público que lo blanco es negro. En cuanto a eso de los premios literarios… Gané uno de niño, organizado por Coca-cola, con una redacción sobre la alteración del equilibrio ecológico a manos del hombre. Pero mi prometedora carrera literaria acabó ahí. Se ve que el niño creció y se volvió más viejo, pero no más sabio.

A veces, cuando estoy ocioso –es decir, casi siempre-, y no tengo a mano nubes que moldear ni suspiros que atrapar, me dedico a escuchar música. Se me da muy bien escuchar música. Tengo un montón de obras musicales metidas en la cabeza y, creedme, si inventaran algún artefacto que amplificara los sonidos guardados en el cerebro, podría deleitaros ahora mismo con los acordes de la Quinta Sinfonía de Tchaikowsky, de La flauta mágica de Mozart, del cuarteto La muerte y la doncella de Schubert, o de muchas otras obras que me pidierais. Podría formar una orquesta de un solo hombre, como aquel genio inglés de la música contemporánea… ¿Cómo se llama? Ah, ya lo tengo: Mike Oldfield, se llama. Pero Mike Oldfield sabe tocar todos los instrumentos que se le pongan por delante y yo no sé tocar ninguno, para mi desgracia. Se me da bien cantar, aunque nunca me haya presentado a OT, pero creo que perdí la voz, o que la dejé empeñada, cuando me cansé de oír el eco solitario de ella en este páramo yerto que es mi vida. Honestamente, ya no sé distinguir el eco del original. Como tampoco sé distinguirme a mí mismo de mi propia sombra.

Y, sin embargo, qué sensación de fatiga. Y es que no hay nada tan cansado como el no hacer nada. O, mejor dicho, no hay nada tan cansado como empeñarse en tallar las nubes, en cazar suspiros o en arañar sombras. O en lanzar palabras encendidas al viento, que siempre terminan por extinguirse bajo la lluvia, como las pavesas esparcidas de una hoguera. No hay nada tan cansado como el caminar despacio y ver cómo todos te adelantan, sin duda impacientes por concluir su carrera hacia la nada.

Así que ya lo sabéis, amigos míos. Esto es lo único que he hecho en todo el día. Perder un tiempo que ya estaba perdido de antemano, y caminar obediente, con paso lento pero seguro, hacia la noche definitiva.

Jardiel Poncela

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Descartemos el consejo

Guárdense en esta vida de aconsejar como del riguroso frío invernal. No por cicatería sino por decoro, que si lo piensan bien, ¿quién es uno para dar consejos a nadie? Bastante hay con sobrellevar con una cierta apariencia de dignidad las propias inseguridades, los titubeos, las incertidumbres. Como si la vida no estuviese hecha de blanduras. Desconfíen como servidor de quien no da jamás su brazo a torcer, de quienes se proclaman poseedores de una verdad absoluta, aunque lo que esté en juego sea cómo ha de freírse un huevo. Elogien, por el contrario, el dudar y a quien duda. Lo que soy yo, me confieso por principio cómodo sólo si se cuestiona cuánto es menester. Huyo, pues, de posturas recalcitrantes, que detesto (a no ser la del misionero que cercano al medio siglo de andadura por esta vaguada de sollozos, en las cosas del amar y sabedor de las limitaciones inherentes a un chasis que va pidiendo a gritos hacerle chapa y pintura, acepto resignadamente; con la mansedumbre propia de quien se refugia al abrigo de lo que le manden). En el resto, empero, se trata de vivir permanentemente en el alambre; a un mal paso de la nada relativista, a dos de la molicie, y a otro más de la cama (no como metáfora de vida, sino en sentido literal: con su colchón, su almohada y su sábana con embozo; en ese feliz utensilio, vaya), con el aplomo suficiente para no madrugar nunca demasiado, y si no hay más remedio, evitando al menos -eso siempre- salir a la calle con la sonrisa puesta.

Seguir por el alambre polemizando sobre casi todo debiera ser poco menos que un deber. Hacer anidar en el espíritu ese inconformismo inherente a quien se reconoce un completo ignorante en mitad del mundo. Con semejante ideario, que dicho sea de paso ha permitido a la humanidad avanzar lo que ha avanzado (quizá nos hayamos pasado tres pueblos, pero no nació de la complacencia la inquietud por saber, sino del continuo interrogarse por las cosas, de la constante rebeldía ante actitudes contumaces), comprenderán que case mal alardear de nada y peor aún andar aleccionando al personal o dando consejos a amigos, conocidos y saludados. De otro modo puede suceder lo que a Xavi del Snack en mi pueblo. Al franquear una mañana Paquito Moner la puerta del establecimiento y pedir un café, le dio a Xavier Torrent por recomendarle un cortado. Cuando, no sin antes sopesarlo bien, Paquito accedió, le pareció a Xavi que quizá le conviniera, pues no era mediodía aún, más un vermú, y también le pareció bien a Paquito. Ya la cosa parecía clara mas, no contento del todo, el dueño del bar le sugirió aún que, bien pensado, lo más cabal era una caña, a lo que Paquito, desde su silla a ruedas, respondió esa vez mandándolo a tomar por culo y reclamando su café, que es lo que en verdad quería. O sea, que de haber seguido Xavier mi consejo y haberse abstenido de darlos él, no duden que le hubiera ido mejor.

En la cinta Granujas de Medio Pelo de Woody Allen, al cavar un túnel, Ray Winkler -magistralmente interpretado por el mismo Allen-, pregunta a Denny -a quien da vida Michael Rapaport en una actuación no menos memorable- por qué lleva el casco de minero puesto al revés, enfocando hacia atrás. Denny, hombre de pocas luces, responde que lo lleva al revés “porque así mola más”, y aconseja a Ray hacer lo mismo. Lo delirante es que Winkler, ex convicto y cabecilla de la banda, sigue el consejo de Denny y también le da la vuelta al casco. Ese es el otro motivo por el que debieran guardarse de dar consejos: no vaya a resultar que se topen como Denny con alguien tan bobo como para seguirlos; con alguien tan necio como para seguir los estúpidos consejos de un zoquete engreído. Descartemos, pues, el consejo lo mismo que Juan Tallón descarta el revólver. Por si no les bastara con esos argumentos, sepan que lo más probable es que nosotros no íbamos, como Winkler y Denny en el filme, a acabar convertidos en millonarios.

Phil O’Hara

Descartemos el revólver. El blog de Juan Tallón

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Derecho a decidir

Hay que ver lo rabiosamente de moda que está esto del derecho a decidir. Prácticamente, no se oye hablar de otra cosa: derecho a decidir sobre la propia maternidad (los padres en este asunto quedan sin voz ni voto, reducidos a la categoría de meros sementales); derecho a decidir sobre la nacionalidad (si soy catalán, español, o todo lo contrario; es decir, gibraltareño); derecho a decidir entre monarquía o república; derecho a decidir si queremos o no prospecciones petrolíferas frente a las costas de Canarias o Valencia. Incluso tenemos derecho a decidir si queremos el café con sacarina o con azúcar.

Sólo hay una cuestión sobre la que al parecer se nos niega el derecho a decidir: sobre la propia naturaleza de nuestras decisiones. Quiero decir con esto que las distintas alternativas que se nos plantean a lo largo de la vida están siempre situadas en unas determinadas coordenadas o parámetros, que las hacen harto similares a esos tests de elección múltiple que a veces les pongo a mis alumnos. Es como si forzosamente tuviera uno que ser del PP o del PSOE, del Madrid o del Barcelona, pedir Rioja o pedir Ribera. Si te da por votar a los verdes, ser del Ademar (doble sacrilegio en este caso, pues ello es indicio de haber antepuesto la afición por el balonmano al todopoderoso balompié) o pedir en un bar, pongamos por caso, un Bierzo, inevitablemente te catalogan como tipo raro. Te conviertes en un problema, como el actor que se salta una frase del guión o el personaje que se sale de la pantalla, emulando al protagonista de La rosa púrpura de El Cairo, de Woody Allen. Me viene a la mente cierta película de aquel genial actor cómico casi olvidado (Danny Kaye, se llamaba), en la que un ventrílocuo profesional las pasa canutas para frenar a su muñeco, que rompe a hablar en las actuaciones sin que él sea capaz de controlarlo (la película en cuestión se titula Un gramo de locura, dato de interés para posibles lectores cinéfilos). Al no poder clasificarte dentro de ninguna categoría, acabarán clasificándote como inclasificable. Algo así como perder un imperdible. Reconozcámoslo: la nuestra es una libertad teledirigida, basada en la falacia del susodicho derecho a decidir, pero, eso sí, siempre dentro de un abanico totalmente restringido de opciones. En realidad, no somos más que dóciles marionetas de guiñol, manejadas por unos inescrutables demiurgos (léase hijos de puta sin escrúpulos) que son los que mueven de verdad los hilos y deciden por nosotros. Y el domesticado personal nos portamos en todo momento como muñecos obedientes, no vaya a ser que digan, como pasaba con la díscola criatura de la película de Danny Kaye.

Estoy pensando en escribir una versión posmoderna del cuento de Aladino. Cuando Aladino va caminando por el desierto y se encuentra con la lámpara de marras, en vez del consabido y solícito genio, dispuesto a conceder tres deseos, se oye salir de la lámpara la voz de hojalata de una tele-operadora diciendo: “Si desea hacerse rico jugando en bolsa, fróteme una vez; si desea enriquecerse especulando con bienes inmobiliarios, fróteme dos; si desea hacer carrera en política, fróteme tres”. Y Aladino, que es muy listo, frota la lámpara tres veces porque sabe muy bien que, haciendo realidad este último deseo, logrará abarcar los dos anteriores. Los que no tenemos su suerte, nos acabamos conformando con que nuestro equipo gane la liga, o bien con conseguir un puesto de trabajo en el que no nos exploten demasiado. “Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que sueña tu filosofía”, le dijo Hamlet a Horacio. Lo malo es que el sueño nuestro se asemeja más a esa anulación de los sentidos producida por la anestesia, que si para algo te incapacita es precisamente para la ensoñación.

A este paso, pediremos permiso no para ir al cuarto de baño, sino para tener ganas de mear.

Jardiel Poncela

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