Ésta la pago yo

Si hay un tema al que uno deba enfrentarse no de cualquier manera sino desde la distancia justa, ése es el de la muerte. No en vano la muerte, junto a la vida, el amor o el desamor, es de esos raros asuntos capaces de permanecer, de ir superando obstáculos como el de la inmediatez y las modas; en definitiva, de perpetuarse en el tiempo. Enfrentarse a la muerte requiere distanciarse lo justo; pide temple, savoir faire y valor torero: de tomar demasiada distancia no aprehenderemos lo verdaderamente esencial; pero de arrimarnos en exceso, a la manera de Stanislavski, correremos, qué duda cabe, el grave peligro de diluirnos en el concepto mismo; solución de la que, con suerte, acaso nos pueda rescatar una médium, por lo que no estará de más ser precavidos. No resulta fácil, pues, abordar la cuestión sin aceptar de antemano una más que segura derrota. Habrá que aceptarlo: la muerte lleva siempre las de ganar; nos aventaja largamente en todo y cuenta además con una dilatada experiencia, lo que siempre ayuda. Por otra parte, cuanto podamos decir estará dicho ya. Decir más sin caer en manidos clichés no parece tarea fácil. Así de huidiza es nuestra compañera. Plumas entre las más afamadas han tratado con escaso éxito de rodear al concepto e incluso a tales ha seguido siendo esquiva. Metafísica, epistemología, teodicea, teología, poesía, no hay disciplina que no haya dedicado denodados esfuerzos por desenmascarar a la muerte, mas ha sido en balde. No es sencillo dar con la perspectiva precisa.

Juan Franco fue un pequeño empresario de fama que abrió en Hormilla un local que al poco de inaugurado logró convocar a la juventud del pueblo y de los municipios vecinos. El secreto del éxito consistió en saber combinar con acierto un ambiente familiar y agradable, y una oferta multidisciplinar (en Casa Franco lo mismo se comía y bebía que se jugaba a las cartas, se veían vídeos musicales, se tiraba a los dardos o se conversaba tranquilamente) y todo a unos precios siempre razonables y hasta altas horas de la madrugada. Filomena, la mujer de Juan, no se movía de la cocina y su destreza en los fogones era celebrada en la región. Las dos hijas del matrimonio atendían a la clientela detrás de la barra. Y Juan, Juan lo mismo bebía que jugaba a las cartas, veía vídeos musicales o tiraba a los dardos. Comer siempre comió apenas, y conversar, hombre parco en palabras, conversaba poco. Pero era el dueño del local.

De tan alta estima gozaba en el pueblo que don Cosme, el párroco del lugar, el día que Juan falleció, dedicó a su paisano y amigo una sentida homilía que por siempre jamás se recordará en Hormilla. Con la iglesia de San Froilán atiborrada, don Cosme, frunciendo el ceño y con gesto circunspecto como requería la ocasión, se acercó al púlpito y tras un breve carraspeo para aclarar la garganta, con voz grave inició de tal guisa su plática: “Españoles…Franco ha muerto.” Como es fácil imaginar, el descojono en las bancadas fue general -qué menos tratándose de un apellido tan insigne-. Solamente Filomena logró a duras penas guardar la compostura. Incluso las hijas tuvieron que hacer esfuerzos ímprobos por no arrancar a reír. Y sólo hubiese faltado que cualquiera de los presentes, emulando al genial Gila, se hubiese dirigido a la viuda para afearle la conducta y reprocharle que si no sabía aguantar una broma mejor era que se marchara del pueblo. Pero tal no ocurrió.

Y es que quizá así es como uno deba enfrentarse a la muerte; como Juan Franco. Midiendo bien la distancia. Desde la distancia justa. Ni desde muy lejos ni demasiado cerca, y sin aspavientos. Y a fe de Dios que si alguien en Hormilla sabía de lo que hablaba al hacerlo de la parca, ése era él, el amigo del buen párroco. Cuentan que sabedor de la enfermedad que le arrastraba desde hacía más de una década, pidió a don Cosme que aceptara, ni que fuera de mala gana, honrar su memoria con aquellas últimas palabras que él mismo dejó escritas. Los pocos que lo conocían bien aún hoy alaban el fino humor teñido de negro del traspasado. Como Juan Franco, soy de los que piensan que uno, aunque debiera siempre guardar un mínimo de decencia, también debiera saber reírse de sí. Incluso y especialmente justo antes de exhalar el último suspiro; para poder mirar a la cara a la muerte y soltarle con la desenvoltura de quien se sabe a punto de partir sin remedio: “ésta la pago yo.”

Phil O’Hara

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2 pensamientos en “Ésta la pago yo

  1. Magistral, lo cual en usted viene a ser costumbre, señor O’Hara. Coincido plenamente con su visión de que el humor es la mejor terapia no para vencer a la muerte, pero sí para al menos afrontarla con dignidad. Permítame contar una emotiva anécdota de los últimos días de Thoreau (el auténtico): cuando, hallándose postrado en su lecho de muerte, víctima de la tuberculosis, una tía suya muy religiosa le sugirió que se pusiera en paz con Dios, he aquí cuál fue su respuesta: “Tía, que yo sepa, no nos hemos enfadado”.

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  2. Phil O'Hara dice:

    Este país que no ha sido capaz de dar un par de políticos decentes, ha visto nacer a humoristas de talla universal. No tengo muy claro si ello permite abrigar alguna esperanza o es como para cortarse las venas. Antes de decantarme por una de las dos posibilidades, creo que seguiré pensándolo un poco más.

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