Archivos Mensuales: febrero 2014

Tributo

Si acaso tuviese algún sentido catalogar a las personas que nos han dejado, cabría quizá clasificarlas en las que se fueron sin más, las que pasaron por la vida con más pena que gloria, aquellas que la transitaron sin pena ni gloria, las que en su existir dejaron más gloria que pena, las pocas que sólo legaron gloria y luego, solo y por encima de todos, yo colocaría a mi tío Antonio.

Estoy convencido de lo difícil que va a ser que llegue a conocer jamás a alguien mejor; igual siquiera. Por más que trato de recordarlo enfadado, de mal humor, no atino, soy incapaz; el esfuerzo es en vano. Nunca una mala palabra, de ningún modo un mal gesto; siempre desviviéndose, solícito, por los demás; esmerado, atento al cuidado de todo y de todos. En esas evocaciones está siempre pendiente del reclamo de alguien. Era capaz de dejar cualquier asunto que tuviera entre manos, por importante que fuera, por remediar tu pequeño, tu mísero, tu ínfimo problema. Así era él. “No vayas a comprar las deportivas donde Yordas; espera, que te acompaño a Félix, que las tienen mejores y además más baratas, y encima me hacen descuento.” Y dejaba la oficina de la sucursal bancaria en la que trabajaba y te llevaba a la tienda de Félix a por unas deportivas. Sé lo selectiva que la memoria puede llegar a ser; cuán fácil le resulta al recuerdo traicionarnos; pero por más que me afano en rememorar algún mal momento, y tuvo que haberlos, me confieso impotente por dar siquiera con uno.

Donde quiera que ahora ande, andará a buen seguro pendiente de alguien, echando una mano a quien quiera que la necesite; lo mismo que mientras estuvo aquí, incapaz de prestarse algo de atención, de ser para sí. Así que Simón, Simón Pedro, a ver si le dejáis descansar. Anda, ve y diles a esos chavales que dejen ya de joder con la pelota y le dejen reposar al pobre. Simón, Simón Pedro, más de media vida cargándote a hombros y hay veces que te mandaría bajar del paso y que siguieras a pie. Y no es por la firme y severa vara que se clava sino por ese otro dolor en el pecho; por ese dolor infinito que se clava, ése sí, como un punzón en la carne. ¡No habría otros a quienes llevar primero! ¡Qué prisas tendrías! Dejadle al menos ahora en paz. Que ya está bien, Simón Pedro, que ya está bien. Te lo llevaste. No te importó que hubiese ausencias como la suya que iban a arañar la piel de la memoria hasta dejar fluir, como si fuera sangre, la herida del recuerdo de sus gestos, de su risa, de su mirada, de su voz; el recuerdo de su alma bondadosa, que afloraba refulgente por cada poro de su piel. ¡Que no, hostias, que no!, que ni te imaginas, Simón, cuánto duele la pena a veces. Recordarlo con una sonrisa… como si eso fuera sencillo. No lo es; cómo iba a serlo, Pedro, dime tú cómo iba a serlo.

                                                                                                                                                                                                                                         Phil O’Hara

                                                                                                                                                                                                                                                

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Derecho a decidir

Hay que ver lo rabiosamente de moda que está esto del derecho a decidir. Prácticamente, no se oye hablar de otra cosa: derecho a decidir sobre la propia maternidad (los padres en este asunto quedan sin voz ni voto, reducidos a la categoría de meros sementales); derecho a decidir sobre la nacionalidad (si soy catalán, español, o todo lo contrario; es decir, gibraltareño); derecho a decidir entre monarquía o república; derecho a decidir si queremos o no prospecciones petrolíferas frente a las costas de Canarias o Valencia. Incluso tenemos derecho a decidir si queremos el café con sacarina o con azúcar.

Sólo hay una cuestión sobre la que al parecer se nos niega el derecho a decidir: sobre la propia naturaleza de nuestras decisiones. Quiero decir con esto que las distintas alternativas que se nos plantean a lo largo de la vida están siempre situadas en unas determinadas coordenadas o parámetros, que las hacen harto similares a esos tests de elección múltiple que a veces les pongo a mis alumnos. Es como si forzosamente tuviera uno que ser del PP o del PSOE, del Madrid o del Barcelona, pedir Rioja o pedir Ribera. Si te da por votar a los verdes, ser del Ademar (doble sacrilegio en este caso, pues ello es indicio de haber antepuesto la afición por el balonmano al todopoderoso balompié) o pedir en un bar, pongamos por caso, un Bierzo, inevitablemente te catalogan como tipo raro. Te conviertes en un problema, como el actor que se salta una frase del guión o el personaje que se sale de la pantalla, emulando al protagonista de La rosa púrpura de El Cairo, de Woody Allen. Me viene a la mente cierta película de aquel genial actor cómico casi olvidado (Danny Kaye, se llamaba), en la que un ventrílocuo profesional las pasa canutas para frenar a su muñeco, que rompe a hablar en las actuaciones sin que él sea capaz de controlarlo (la película en cuestión se titula Un gramo de locura, dato de interés para posibles lectores cinéfilos). Al no poder clasificarte dentro de ninguna categoría, acabarán clasificándote como inclasificable. Algo así como perder un imperdible. Reconozcámoslo: la nuestra es una libertad teledirigida, basada en la falacia del susodicho derecho a decidir, pero, eso sí, siempre dentro de un abanico totalmente restringido de opciones. En realidad, no somos más que dóciles marionetas de guiñol, manejadas por unos inescrutables demiurgos (léase hijos de puta sin escrúpulos) que son los que mueven de verdad los hilos y deciden por nosotros. Y el domesticado personal nos portamos en todo momento como muñecos obedientes, no vaya a ser que digan, como pasaba con la díscola criatura de la película de Danny Kaye.

Estoy pensando en escribir una versión posmoderna del cuento de Aladino. Cuando Aladino va caminando por el desierto y se encuentra con la lámpara de marras, en vez del consabido y solícito genio, dispuesto a conceder tres deseos, se oye salir de la lámpara la voz de hojalata de una tele-operadora diciendo: “Si desea hacerse rico jugando en bolsa, fróteme una vez; si desea enriquecerse especulando con bienes inmobiliarios, fróteme dos; si desea hacer carrera en política, fróteme tres”. Y Aladino, que es muy listo, frota la lámpara tres veces porque sabe muy bien que, haciendo realidad este último deseo, logrará abarcar los dos anteriores. Los que no tenemos su suerte, nos acabamos conformando con que nuestro equipo gane la liga, o bien con conseguir un puesto de trabajo en el que no nos exploten demasiado. “Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que sueña tu filosofía”, le dijo Hamlet a Horacio. Lo malo es que el sueño nuestro se asemeja más a esa anulación de los sentidos producida por la anestesia, que si para algo te incapacita es precisamente para la ensoñación.

A este paso, pediremos permiso no para ir al cuarto de baño, sino para tener ganas de mear.

Jardiel Poncela

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45 millones de españoles

(Los dos astros televisivos, Alfredo Amestoy y José Antonio Plaza, se disponen a inaugurar la nueva temporada del mítico programa 35 millones de españoles -que ahora pasan a ser 45-. A una señal del realizador, la esteticién les dispensa los últimos toques de maquillaje y ambos se ajustan sus respectivas dentaduras postizas. Se deja oír la sintonía del programa).

PLAZA.- Buenas noches, damas y caballeros. Bienvenidos a 45 millones de españoles. Quién nos lo iba a decir, Alfredo. Al cabo de cuarenta años, volvemos a coincidir en este plató. Es como si no hubiera pasado el tiempo.
AMESTOY.- Ya lo dice el tango: cuarenta años no es nada…
PLAZA.- Perdona, pero el tango dice que veinte años no es nada.
AMESTOY.- Cuarenta, veinte… ¿qué más da?
PLAZA.- ¡Hombre! ¿Cómo va dar lo mismo? Cuarenta es el doble de veinte.
AMESTOY.- Y nada es el doble de nada, puesto que dos por cero es cero. Así que estamos en las mismas.
PLAZA.- (lanzando un bufido).- Como quieras. No vamos a discutir por una vulgar cuestión aritmética. En cualquier caso, ¿tendrías inconveniente en explicarles a los espectadores cuál era el contenido de este programa en su primera edición, cuyo título era 35 millones de españoles?
AMESTOY.- Muy sencillo. Era un programa dedicado a analizar los hábitos de consumo de nuestros compatriotas.
PLAZA.- Correcto. Y eso mismo nos proponemos llevar a cabo aquí. Dinos, Alfredo, ¿podrías resumir en unas pocas palabras las tendencias de consumo de los españoles de ahora?
AMESTOY.- Claro que puedo. De hecho, ni siquiera creo que sean necesarias las palabras.

(Alfredo Amestoy levanta el culo del asiento y expele una estruendosa ventosidad).

PLAZA (tapándose la nariz).- Compañero, por decirlo de forma delicada, eso ha sido una falta de decoro lamentable.
AMESTOY.- Tan sólo pretendía hacer un poco de pedagogía…
PLAZA.- Ingenioso juego de palabras, pero mucho me temo que está fuera de lugar.
AMESTOY.- En absoluto. Permítaseme indicar que a día de hoy se da una fuerte caída del consumo en nuestro país, lo cual da lugar a un notable descenso de los precios que se conoce por el nombre de deflación, palabra procedente de la raíz latina flo, flare, flatum, que significa soplar. Y da la casualidad de que de ahí viene también el término flatulencia. De modo que mi escatológico proceder no puede ser más relevante.
PLAZA (descubriendo las fosas nasales).- Haber empezado por ahí. Debo reconocer que eres todo un ejemplo de erudición.
AMESTOY (frunciendo el ceño).- ¿Qué me has llamado?
PLAZA.- He dicho que eres todo un ejemplo de erudición.
AMESTOY.- Ah, te había entendido “eres todo un ejemplo de corrupción” que, por cierto, es la segunda preocupación de los españoles. De hecho, también tengo algo que decir al respecto.

(Repitiendo su anterior gesto, Amestoy emite una nueva explosión de gases tóxicos, más fétida y ruidosa aún que la precedente. Plaza se cubre el rostro con una máscara anti-gas).

PLAZA.- Definitivamente, eres peor que una mofeta. Esto se torna nauseabundo por momentos. Algo huele a podrido en Dinamarca.
AMESTOY.- En Dinamarca y en todos los sitios, no te digo. Ciento veinte mil millones de euros al año que le cuesta la corrupción a la Unión Europea dan mucho juego. No hay pan para tanto chorizo, ni gusano…

(Al pronunciar estas palabras, Amestoy se lleva las manos a la piel de la cara y comienza a tirar de ella hacia arriba, como si tratara de arrancársela. El público comprueba, horrorizado, que la cara de Alfredo Amestoy es en realidad una careta bajo la cual se encuentra una calavera de apariencia terrible y espectral).

AMESTOY (con cara de esqueleto y voz de ultratumba).- ¡Para tanto cadáver!

(Amestoy corre hacia los espectadores que están viendo el programa en directo, con los brazos desplegados y lanzando amenazadores aullidos, como si fuera a comérselos. El público huye despavorido, formando una gran desbandada. Al quedarse solo, se encoge de hombros, vuelve a ponerse la careta de Amestoy y se dirige de nuevo hacia su compañero, José Antonio Plaza, quien ya se ha despojado de la máscara anti-gas).

AMESTOY.- ¡Qué miedicas! Hay que ver cómo se han puesto por una simple cabeza rapada.
PLAZA.- Te habrán confundido con el ministro Wert.
AMESTOY (tomando asiento, con aire entre melancólico y resignado).- ¿Sabes lo que pienso, José Antonio? Sinceramente, creo que éste no es país para viejos. Deberíamos plantearnos aplazar el inicio de la nueva temporada otros cuarenta años, cuando volvamos a ser 35 millones de españoles. Cosa nada difícil si tenemos en cuenta el ritmo vertiginoso al que van cayendo las cotizaciones a la Seguridad Social.
PLAZA.- Te olvidas de un pequeño detalle, Alfredo.
AMESTOY.- ¿Cuál?
PLAZA.- Pues que dentro de cuarenta años… (José Antonio Plaza se lleva las manos a la cara de modo similar a como lo hiciera antes Alfredo Amestoy y se desprende de su careta de impostor, bajo la cual emerge otra espeluznante calavera).
PLAZA (con terrorífica voz de ultratumba).- ¡Todos calvos! ¡Juo, juo, juo!

(Esta vez es Alfredo Amestoy el que echa a correr, presa del pánico).

AMESTOY (visiblemente aterrorizado).- ¡Dios mío! Si es el mismísimo Cristóbal Montoro…
PLAZA (que se ha quedado solo en el estudio, con la misma voz de ultratumba).- Háganme caso, queridos espectadores. Si no quieren acabar como yo y que los de la troika jueguen a los bolos con sus cráneos… ¡háganse cuanto antes un plan de pensiones!

(Se oyen unos aplausos enlatados y hay un fundido en negro, mientras suenan los acordes de la sintonía. Fin del programa).

Jardiel Poncela

Las europeas

Antes la europeas se celebraban en verano, con el sol de agosto. Lo que celebrábamos, de hecho, era que vinieran a España. Para los de mi generación las europeas tenían que ver con el séptimo arte; con viejas películas como El turismo es un gran invento, que en 1968 dirigiera Pedro Lazaga y protagonizara el genial Paco Martínez Soria. Las europeas eran las altas y altivas suecas -o noruegas, escandinavas en fin- y las alemanas descendientes de las valquirias, tan rubias como aquellas pero de facciones más angulosas. Estaban además, claro está, las glamurosas francesas y las apasionadas italianas, latinas como las de aquí, pero europeas, ellas sí. La vida, al llegar al octavo mes del año del calendario gregoriano, parecía reducirse a tratar de poner en práctica en los calurosos agostos de Lloret, Marbella o Torremolinos, lo aprehendido en los susodichos filmes a propósito del no muy noble arte de ligar. Hasta entonces y gracias a la educación de un padre liberal pero preocupado porque sus vástagos fueran labrándose un prometedor futuro, se trataba de hincar los codos para ir pasando curso evitando por lo civil o por lo penal la reválida de setiembre; y si era con un cinco y medio, pues mejor que con un modesto pero siempre digno y aseado cinco. Llegada la estación más calurosa el listón se situaba más arriba y ya era cosa de ir a por el diez.

Benditos y cándidos pensábamos que el quid de la cuestión radicaba en la españolidad; que con ser españoles bastaba y hasta sobraba para granjear atención y cariño de suecas, noruegas, alemanas, francesas e italianas. Hasta tal punto éramos ilusos. En idiomas, por qué negarlo, no andábamos precisamente duchos; lo que no es óbice para poder afirmar que nos conducíamos en un español de lo más decente. La única inglesa que algunos manejaban no era la lengua sino la llave; en mi caso la lengua sólo era el órgano muscular situado en el interior de la boca, y tenía de inglesa lo que Mario, mi compañero de fatigas, de cura. Así que dominando (y es mucho decir) sólo el español (en eso las generaciones se siguen pareciendo) había que apañarse únicamente con la valía de cada cual. En aquellas europeas intuíamos diferencias más allá de sus distintos idiomas, latinos o germánicos, todos ininteligibles por igual; quizá por ello también los españoles hacíamos gala de los distintos acervos culturales y no era lo mismo que le entrase a la sueca -o a la noruega o a cualquiera de las demás- un andaluz salao, que un seco castellano, un pragmático catalán o un avispado valenciano, ¡cuánto menos un triste gallego!.  El caso era enfrentarse con lo puesto al toro y cogerlo por los cuernos -o a la vaca y asirla por las ubres, que quizá case así mejor el símil con los anhelos de entonces- para acabar a menudo si no casi siempre con el rabo entre las piernas y, resignadamente, correr a buscarse de nuevo la vida en el mercado nacional. En román paladino, que si la cosa no se había dado demasiado bien con las Helga, Ericka, Juliette o Gina de turno, siempre quedaba ese último recurso de batirse el cobre en busca del favor de nuestras Pilar, Carmen y María Dolores de toda la vida.

La épica de esas europeas se ha perdido por siempre jamás. Siguen visitando el levante español mozas llegadas desde cualquier rincón de la vieja Europa para disfrutar de lo que queda de aquel litoral de belleza sin par y solazarse con nuestro sol (nuestro en la medida que Felipe II no vio cómo hipotecarlo; de haber podido, ni de astro rey presumiríamos hoy).

Siguen viniendo, pero desde que entramos en la Unión Europea, en la OTAN y en el G-no-sé-cuántos, ya nada es igual. Por de pronto las europeas ya no van a ser en verano sino en primavera, a finales del mes de mayo. Y que nadie espere a suecas ni a noruegas, sino una cita electoral más, esta vez al Europarlamento. O sea que de aquella mística lo que queda es nada o casi nada, que tampoco es mucho más. Esa panda de cínicos y ceñudos representantes nuestros volverán a contarnos lo mucho que nos jugamos en el envite. Pierden el tiempo. ¿No fue Bernard Shaw quien dijo que la democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados como nos merecemos? Eso al menos le leí a Diego E. Barros. Pues eso; uno a veces llega a creer que entre los secuaces de Ali Baba y tal pandilla de aprovechados la única diferencia es numérica: los del tal Baba eran sólo cuarenta; eurodiputados hay setecientos sesenta y seis; cargos electos en esta España nuestra, lo menos setenta mil. Depositaria de nuestra soberanía, la casta política se ampara en listas que jamás abrirán y se parapeta en mandatos que no van a limitar, a la vez que se ríen de los helvéticos y de su democracia directa y participativa -aunque lo cierto es que de quien se están riendo es de todos nosotros-, y se empecinan en perpetuar desencuentros en cuestiones de la mayor importancia, esas de Estado, como consensuar de una santa vez una Ley de Educación que tanta falta hace a este país.

Entenderán la nostalgia de aquellas tardes de sábado con Paco Martínez Soria y las europeas de verdad y el creciente asco que me producen esas que llegarán en mayo, que como las suecas de entonces también me ponen, sólo que de muy mala leche.

                                                                                                                                                                                                                                                                         Phil O’Hara

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Dios ha muerto

 “¡Dios ha muerto!”, fue una noticia más de las que dieron por la radio aquella mañana.

No hizo falta que ningún loco recorriera frenético las plazas, desconcertando a los transeúntes con la inútil luz de su farol encendido en pleno día. Los medios de comunicación se encargaron de divulgar el ilustre deceso. En twitter, en el telediario, en los periódicos y hasta en la prensa del corazón se hicieron eco del suceso con el que se esperaba conmocionar a la opinión pública.

Pero no ocurrió nada de eso. Unos estaban pendientes de los resultados del fútbol, otros se hallaban muy ocupados jugando en bolsa (ni siquiera fue preciso desalojar a latigazos a los mercaderes del templo). Finalmente, los pocos que se enteraron se encogieron de hombros y comentaron despreocupadamente ante la pantalla del ordenador o del televisor: “¡Te crees que no lo sabía!”

Atónitos, los heraldos de la noticia se preguntaron con qué podían haber sustituido su fe aquella masa de gente indiferente ante un acontecimiento de tal magnitud. “Seguramente han construido un becerro de oro”, fue la conclusión a la que llegaron.

Pero tampoco era cierto. El becerro era tan sólo de latón, con una fina capa de pintura acrílica que se desprendía apenas se rascaba un poco en la superficie. Lo más curioso del caso es que todos aquellos falsos idólatras se lamentaban y escandalizaban del fraude que ellos mismos habían creado.

Entonces sucedió algo imprevisto. Al tercer día, Dios resucitó. Pero cuál no sería su estupor al comprobar que ninguna revista estaba dispuesta a comprarle la exclusiva, ningún paparazzi venía a acosarlo y, para colmo, la restauración del templo a nadie le importaba un carajo. “No podemos seguir alimentando la burbuja inmobiliaria”, fue la única respuesta que recibió por parte del político de turno.

De modo que, sintiéndose decepcionado y entristecido, Dios optó por volver a descansar sus fatigados huesos en el sepulcro…

Jardiel Poncela

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Venancio tiene twitter

A Venancio le conocen y estiman todos en el pueblo, especialmente desde que es una celebridad. A no ser en los días más calurosos del estío, cuando tan insoportable se hace la canícula, siempre anda con la boina calada. Desde que tengo uso de razón -discutible eufemismo pues dudo que la tenga o la use bien- no recuerdo a Venancio faltando un solo día al Viña, el bar que regenta Olvido. Invariablemente fiel a su cita, llueva o nieve o arrecie el cierzo, Venancio se vanagloria de no haberle hecho nunca oídos sordos a su llamada. Hay cosas sagradas, dice con gesto grave, y tomarse un blanco y jugar la partida con Galo, Benito y Tarso, vive Dios que lo son; como también lo es esmerarse en no madrugar nunca demasiado o irse del bar sólo después de que Olvido haya resuelto que va siendo hora de bajarle la persiana al local. A la partida de cartas sigue la charla, a la que acaban por sumarse todos los días Onésimo y Pascual, si no sabios, esforzados contertulios al menos, siempre dispuestos a despachar alguna arenga con la que arreglar el mundo desde esa modesta tribuna que es la mesa sobre la que aún descansa el verde y raído tapete. En la tertulia la voz cantante la llevan los demás; Venancio, adusto y parco en palabras, cuando abre la boca acostumbra a ser para sentenciar; acháquenlo mitad a que el paisano suele atinar, mitad a la notoriedad recientemente granjeada. Aunque no es el único feligrés con carné de primera; don Severino, el párroco septuagenario que lleva más de media vida oficiando en el pueblo, acude también a diario después de misa de once a tomar la mistela y dar solaz a vista y alma contemplando los volúmenes de Olvido, antaño tan bien proporcionados y que a pesar del paso de los años aún conservan una más que razonable armonía; si quien tuvo retuvo, esa mujer hoy de carnes no tan prietas, debió tener mucho y bien.

-Don Severino, apure la mistela y aparte la mirada, no vaya a ser que el Altísimo se lo tenga en cuenta.

– Olvido, mujer, a mi edad; si el vasito de mistela y verla con tanta salud es regalo del Señor por los servicios que uno ha cumplido.

-Déjese de monsergas don Severino y ándese usted con cuidado que el diablo merodea por donde uno menos lo espera.

Con la pensión que le quedó a Venancio de sus años en la mina le llega para vivir y encima permitirse algunos desembolsos extraordinarios. Y él, que desde mozo manifestó querencia por saber y facilidad para las letras (para algunas al menos), envidó sus escuetos ahorros como mejor creía que iban a rentarle: aprendiendo idiomas; y en ello puso tal empeño que acabó políglota. Como en el pueblo ni el chino ni el inglés iban a aprovecharle gran cosa, se decantó por otras lenguas, si no tan cultas, que le iban a resultar de mayor utilidad: la de las aves -aficionado como era a los pájaros- y la de los canes -para hacerse entender por Matías, el leal perro pastor que siempre le acompaña-. Además de aprender lenguas, Venancio se aficionó a las tecnologías que llaman nuevas -como si todas las otras fuesen tan antiguas- y en el caserón del siglo pasado heredado de sus padres puso ordenador, periféricos y conexión a internet con wifi y todo y, siendo parco en palabras y sabedor del lenguaje de los pájaros, uno comprende que no abriera cuenta en Facebook, sino en Twitter. Ciento cuarenta caracteres le sobran las más de las veces porque lo suyo es retuitear. Gracias al Twitter Venancio se ha hecho famoso en toda la cuenca. Incluso Olvido le ha propuesto ir colgando en el Viña sus trinos más celebrados; que a Venancio, según reza la actualidad, así le da alguna vez por poner un tuit y las más de ellas por un retuit. Aquí en el pueblo, que para estas cosas de la modernidad somos más bien obtusos, un figura como el Venancio, políglota y maestro de las redes, qué quieren que les diga, le llenan a uno de orgullo. En la comarca todos saben que Venancio tiene Twitter. Siguiendo su cuenta todavía somos pocos; pero no hay día que no asomen por el bar aldeanos de las villas vecinas a leer el último retuit de Venancio que Olvido habrá colgado junto al retrato de Rufino, su difunto esposo, y ya de paso, tomarse un vino y ayudar a engordar así -que buena falta le hace- la flaca caja del Viña.

Phil O’Hara

                                                                                                                                                                                                                                                                      

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       

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Simón el Estilita

Simón el Estilita es un santo anacoreta que vivió en el siglo V y pasó más de la mitad de su vida (treinta y siete de los sesenta y nueve años a los que murió) en lo alto de una columna en el medio del desierto. El cineasta Luis Buñuel hizo una película de tono satírico sobre él, en la que no salía muy bien parado. Yo me he propuesto rescatar su figura, convirtiéndolo en un héroe trágico que desafió la autoridad divina (versión cristiana del mito de Prometeo) lanzando el siguiente desafío a Dios: “Yo no me muevo de aquí hasta que no me demuestres que existes”. Ignoro, claro está, cuáles pudieron ser las verdaderas motivaciones de este señor para entregarse con tan desmesurado celo a tan extravagante penitencia, pero no me importa demasiado. Ésta es la versión en la que a mí me gusta creer.

Son ya treinta y siete estíos (o un solo estío permanente) los que pesan sobre tus párpados, y éstos se prestan a rendirse dócilmente a la noche definitiva. A partir de mañana, cuando una vez más el sol asome impasible sobre la línea del orto, tu ávida mirada de orate ya no tornará a recorrer, desde lo alto de tu atalaya, estos páramos abrasados por el calor y el silencio.

Poco antes de que se cierren para siempre, tu vida vuelve a desfilar ante tus ojos. Los treinta y siete años duran apenas lo que dura un parpadeo ¿Acaso fueron algo más que un parpadeo? Tú creíste percibirlo como el sedoso deslizar de los granos en un reloj de arena que con morosa delectación va precipitando los minutos y los siglos, pero ahora comprendes que el tiempo es en realidad un paciente camaleón que yace agazapado en la profundidad de la noche y termina por devorar con un solo golpe de su lengua protáctil, larga y fulminante como un dardo, todo lo que encuentra a su paso: civilizaciones e imperios, sueños de fuego y de piedra, insignificantes hormigas que, como tú mismo, osan desafiar al pie del titán antes de ser aplastadas.

¿Desafiar? Sí, ya sé que eran muchos los que te consideraban un hombre santo y veían en tu gesto no sé qué ritual de redención, que habría de reportarte el favor divino a ti y a aquellos que, careciendo de tu tesón y tu fortaleza, optaran por recurrir a ti para que intercedieses por sus pobres almas pecadoras. Otros se reían de ti, y tan sólo te veían como a un loco de mirada febril y cuerpo desahuciado, prisionero tras los barrotes invisibles forjados por tu mente extraviada, incendiada por el sol implacable del desierto. Y no faltaban los corazones bondadosos que te compadecían y, conscientes de la futilidad de tu gesto aunque sin comprender tus motivos, ponían infructuoso empeño en convencerte para que descendieras de tu Gólgota hecho a medida. “Ya es más que suficiente”, te decían, “La agonía de Jesús Nuestro Señor apenas duró unas horas y tú ya llevas años allá en lo alto”. Pero tú te negabas a escucharlos, porque sabías muy bien que a esas alturas (nunca mejor dicho) el camino que habías emprendido era ya un camino sin retorno.

Pero una vez, al caer la noche, me quedé escondido tras unas rocas cuando todos se habían ido. Y te vi agitar el puño con gesto desafiante hacia la negra bóveda de la noche, y gritar con voz tonante: “Háblame de una vez. Sí, ya sé que ellos tienen razón, pero es a ti a quien quiero oírtelo. Bajaré de esta columna en cuanto tú me lo ordenes, pero me lo tienes que decir”. Y tus palabras quedaban reverberando en mis oídos y en el silencio de la noche, sin obtener otra respuesta que la de su propio eco. Y cada nuevo e impávido amanecer era como el pico inmisericorde del águila que te arrancaba una y otra vez las entrañas, haciéndote retorcer de dolor igual que al desventurado Prometeo.

Ahora todo acabó. No habrá más desfiles de curiosos ni feligreses, ni mudas plegarias de desesperación bajo el tórrido sol del desierto, ni más imprecaciones desgarradas al vacío gélido de la noche. Te sientes derrotado. Quisieras creer que Dios finalmente se ha apiadado de ti y te ha llamado a su seno, y que si guardó silencio durante todos estos años fue para castigar tu soberbia al osar retarlo. Pero la explicación real es más simple que todo eso. Sencillamente, tu órdago no funcionó. No hay nada que consiga horadar la piel del silencio tras la que se oculta Dios, o tal vez Dios sea ese mismo silencio, que se alimenta de tiempo y de sorda desesperación sin llegar a saciarse nunca. En cualquier caso, te queda al menos una certeza en el medio de tantas zozobras. Y es que, sea lo que sea lo que te espera al otro lado del telón de tus párpados definitivamente sellados, estás completamente seguro de que no podrá ser el infierno. Porque ése, desde luego, lo has conocido de sobra ya.

Jardiel Poncela

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dioses

Sostiene la paleontología que los primeros homínidos datan de hace unos cuatro millones de años. Asomaron -declaran los paleobiogeógrafos- en algún lugar del hemisferio sur; en lo que hoy denominamos África. Desde entonces hasta hoy tiempo ha habido para ir evolucionando y, la verdad sea dicha, desde que aquellos homínidos debieran asombrarse de sus propios pinitos, nos hemos aplicado con cierta fortuna a la espinosa tarea de evolucionar. El largo y fastidioso camino recorrido, empero, no está exento de no pocos episodios a todas luces desafortunados que si bien es cierto que no debieran caer en el olvido, no lo es menos que no han de empañar lo exitoso del afán. Pongan ustedes cuantos peros deseen y objeten a discreción; evolucionar, lo que se dice evolucionar, hemos evolucionado una buena tirada; es indudable. Tanto como que hoy somos, por poner un ejemplo, capaces de reparar casi todo: desde el más simple y rudimentario al más sofisticado y refinado de los utensilios. Todos sin prácticamente excepción pueden ser reconstruidos, reparados, arreglados, mejorados incluso; ninguno habrá que roto, oponga gran resistencia al ingenio humano, capaz de devolverlo a su anterior condición. Un balancín de madera o uno de metal con forma de caballito, estropeados; un reloj que ha dejado de funcionar; ninguno se nos resistirá. Cualquier objeto, por complejos mecanismos que lo armen, por ocultos resortes que lo propulsen, por extraordinarias funciones que pueda ejecutar, aunque demande una precisión extrema, de averiarse, lo podremos reparar. Súper computadores, naves espaciales, microscopios atómicos o colosales telescopios; aceleradores de partículas, igual da.

Pero el genio del hombre no se para ahí sino que enfrenta los mayores retos con la íntima convicción de que serán superados, afirmémoslo sin rubor, sin demasiada dificultad. Sanar un hueso fracturado, un hombro luxado, un apéndice inflamado, un órgano infectado, ¡qué poco escapa al vasto saber humano que parece poder abarcarlo todo!, y si acaso algo hay que se resista a ser subyugado, será cuestión de tiempo vencer su obstinación, domar su altanería. Ante todo y frente a todo capaces; capaces de crear, de recrear, de procrear; de erigir descomunales obras de ingeniería; de atravesar montañas, de tender puentes, de salvar distancias. El genio del Hombre, nuestro genio: lo que más nos asemeja a un dios. Y sin embargo cuatro millones de años no han bastado, ni bastarán cuatro millones de años más, para que podamos apenas insuflar un sencillo hálito de vida en un pájaro muerto. Incapaces de devolver a la vida lo que la muerte nos arrebató. Miserables dioses de cartón piedra; una ínfima brizna, ni una gota de agua, poco más que nada; somos dioses, ridículos dioses todopoderosos de cartón piedra.

                                                                                                                                                                                                                                                                          Phil O’Hara

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El último hombre

La luz de atardecer crepitaba en los tejados, como el rescoldo de un ascua agonizante.

Una música cansada se deslizaba por los desiertos tiovivos y un viento, igualmente lánguido y perezoso, arrastraba nubes de polvo por las calles.

Nadie recogía la ropa de los tendederos y las flores se marchitaban sin remedio en sus macetas, sedientas de agua y de cariño. Los semáforos, ajenos a todo, seguían cambiando absurdamente de color sin saber que ningún conductor hacía ya caso de sus instrucciones.

Y entonces una lágrima furtiva resbaló por la mejilla del último hombre porque sabía…porque sabía que ya no volvería a llorar nadie.

Jardiel Poncela

Asfalto

Suena el despertador. Cinco y cuarto de la madrugada. Una ducha rápida. Preparar un desayuno frugal. Despertar a la prole (y a la santa, que si nunca tuvo tensión arterial lo bastante alta como para encarar las mañanas, imaginen a tan temprana hora). Las seis menos diez. Todos casi a punto. El equipaje acomodado en el maletero desde anoche (no dejes para hoy lo que pudiste hacer ayer). Montados en el auto con el depósito de carburante lleno nos ponemos en marcha a las seis en punto. Cinco minutos después nos incorporamos a la autopista (modernidad, avance inexorable de los tiempos: las infraestructuras a las puertas de tu casa). Sólo es cuestión de devorar kilómetros y que pasen las horas. No ha amanecido y la oscuridad y la luz de los faros conforman un paisaje sin interés. Pronto amanecerá pero no será muy distinto. El negro dejará paso al gris del asfalto y al azul de un cielo que irá mostrando distintas tonalidades de las que apenas nos percataremos. Al cabo de tres horas -o tres y media- nos detendremos. Será para cargar más carburante, estirar las piernas, aliviarnos y tratar de engullir un bocadillo hecho con pan de ayer. Luego retomaremos el camino y a la una habremos llegado al destino. Con suerte podremos aparcar cerca de la Pícara Justina para tomar dos vinos y, a las dos, nos sentaremos a comer donde Teo. Setecientos mil metros y cuatrocientos veinte minutos nos separarán del punto de partida. El viaje habrá resultado rápido y seguro. Nos alegraremos de poder aprovechar tan bien los pocos días de vacaciones. Incluso puede que lleguemos a alabar el formidable genio humano, capaz de acortar distancias que no hace tanto nos parecían colosales. Elogiaremos las ingentes obras de ingeniería que nos han permitido atravesar de punta a punta el país en tan corto espacio de tiempo. De nuevo admiraremos la modernidad. Pero en el fondo quedará un poso de amarga tristeza porque sabemos que nos han hurtado lo mejor: los paisajes de verdad; los olores, los sabores, los colores; las ciudades y los pueblos, con sus iglesias, sus catedrales, sus plazas; con sus rebaños; con sus gentes. Sí, ya casi nos tele-transportamos, pero nos han robado el gran placer de viajar.

                                                                                                                          Phil O’Hara

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