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El vacío ideológico de la izquierda

“Nada es tan resistente al paso del tiempo como el tópico”, dijo Sir Arthur Conan Doyle. Esto es así, incluso en el lenguaje. Hace ya mucho tiempo que sabemos que es la Tierra la que gira alrededor del Sol, y no al contrario. Sin embargo, seguimos diciendo que el sol “sale” por el este y “se pone” por el oeste. O “te seguiré hasta el fin del mundo”, aunque sepamos de sobra que el mundo es redondo y, por lo tanto, no tiene fin. De igual modo, seguimos aplicando (o se siguen aplicando ellos mismos) la etiqueta de “progresistas” a los partidos de la izquierda del arco parlamentario. Pero… ¿responde la realidad a esa etiqueta?

Hace algún tiempo comentaba Ramiro Pinto en su blog que, así como la derecha nos trata como si fuéramos niños, repartiendo caramelos o amenazando con castigos según nos portemos bien o mal, la izquierda acostumbra tratarnos como si fuéramos perritos, sacándonos a pasear. Una prueba de lo primero la tenemos en el incremento notable de ciertas partidas presupuestarias de cara a la obtención de réditos electorales en las próximas elecciones (incrementos que sin duda responden, en buena medida, a los vaticinios favorables de las encuestas), y un reflejo de lo segundo lo encontramos en la proliferación de mareas multicolor (marea blanca, marea negra, marea verde, marea púrpura, marea arcoíris…) que han venido tiñendo el paisaje urbano español de un tiempo a esta parte. Si tuviera que resumir con un solo término la impresión suscitada en mi ánimo por estas polícromas movilizaciones, dudaría entre escepticismo y decepción.

Por otra parte, tenemos el fulgurante ascenso de ciertas fuerzas políticas emergentes, que comenzó el año pasado tras conseguir un espléndido resultado en las elecciones europeas y parecía haberse consolidado este año, tras la celebración de los comicios municipales y autonómicos. Eran muchos quienes veían en Pablo Iglesias a ese líder carismático que se echaba de menos desde los primeros tiempos de Felipe González, con un diagnóstico lúcido de la situación política y social, y en Podemos a la fuerza política capaz de romper la hegemonía del bipartidismo y articular un discurso alternativo de izquierdas, que sirviera de revulsivo tanto a la tibieza y creciente aburguesamiento del PSOE como al ideologismo rancio de IU, basado en gestos teatrales cargados de efectismo y en consignas vacuas y obsoletas. Pero la decepción no ha podido ser mayor tras los continuos bandazos de esta formación en materia programática, el espectáculo poco edificante dado por algunos de sus líderes y la orgía de desenfreno demagógico a la que parecen haberse entregado los equipos de gobierno de aquellas ciudades en las que han conseguido la alcaldía.

Creo que la aporía de la izquierda responde principalmente a su incapacidad para resolver sus propias contradicciones internas, lo cual les lleva una y otra vez a caer en la vana liturgia de los eslóganes, que nos demuestra hasta qué punto resulta ser cierta la máxima de Nietzsche: “El que recurre al gesto es falso”. Parapetarse detrás de una pancarta, megáfono en mano, puede ser tarea fácil, pero, aunque parezca contradictorio, no lo es tanto sentarse en la butaca de un despacho y desde ahí dar solución a los problemas de los ciudadanos. Y así hemos asistido a la lenta disolución del azucarillo del ruido mediático en el día a día de la actuación política, una vez roto el espejismo de su aparente pujanza. Acciones tan urgentes como la adopción de medidas contra la pobreza energética brillan por su ausencia en los ayuntamientos de izquierda recién electos, si bien no han faltado toda suerte de gestos inútiles e histriónicos, como los cambios de nombres de calles o la retirada de bustos del rey Juan Carlos. Por no hablar de los destellos de nepotismo que hemos tenido ocasión de vislumbrar recientemente, y que constituyen un preocupante síntoma del creciente aburguesamiento de estas formaciones, cada vez más cercanos a la vilipendiada “casta”. Y, por supuesto, habría que añadir los numerosos escándalos de corrupción en que se han visto involucrados sindicatos y partidos de izquierda en general, con episodios tan siniestros como los ERE de Andalucía, el fraude de los cursos de formación o la implicación de destacados militantes del PSOE e IU en los desafueros de Bankia (a menudo parece que se nos ha olvidado). Se podrá argumentar, con razón, que estos son hechos aislados que afectan tan solo a una minoría de personajes con pocos escrúpulos, pero no nos llamemos a engaño. La proliferación de este tipo de conductas censurables dentro de la izquierda se debe, ante todo, al hecho de que ésta se ha dejado asimilar motu proprio a las estructuras de un neoliberalismo intrínsecamente perverso y corrupto, que, como las células cancerígenas, termina por extenderse a todo el tejido político y social. Como ya hemos manifestado en alguna ocasión, no es que en el sistema haya individuos u órganos corruptos, sino que el sistema es en sí corrupto y esta corrupción termina tarde o temprano por afectar, como una gangrena, a todos los órganos.

Quizá haya que retroceder unos veinticinco años para encontrar el punto de inflexión en que las señas de identidad de la izquierda comenzaron a difuminarse, tras el fallido intento de Mijaíl Gorbachov por liderar la perestroika del socialismo en la desparecida URSS. Los ideólogos neoliberales han sabido aprovechar el malogro de dicho proceso para achacar la corrupción y penuria desencadenadas en Rusia tras el golpe de estado perpetrado por Boris Yeltsin, a las deficiencias o taras inherentes al marxismo. Pero dicho diagnóstico no se ajusta a la realidad. En un interesante libro titulado Perestroika: un mensaje a Rusia y al mundo entero, el que fuera último presidente de la Unión Soviética lleva a cabo un análisis sorprendentemente lúcido y crítico sobre los logros y sombras del comunismo. No me cabe la menor duda de que, si las pretensiones reformistas de Gorbachov no se hubieran visto dramáticamente truncadas por su enemigo político, Este y Oeste hubieran caminado de la mano hacia una síntesis de los dos sistemas que, a todas luces, ofrecería a la humanidad un horizonte mucho más justo y esperanzador que el que se perfila ahora. En este sentido, conviene descartar con firmeza el tópico manido de que el experimento comunista terminó en el más absoluto fracaso. No sería justo y, además, es rotundamente falso. De hecho, muchas de las estructuras de nuestro actual estado del bienestar y de los derechos sociales que ahora disfrutamos en Occidente, fueron el resultado de la presión que ejercieron los movimientos sindicales y obreros, de raigambre marxista, sobre el capitalismo (y que ahora el credo neoliberal está tratando de neutralizar a toda costa). Pero sí que el marxismo cometió un error garrafal, que fue su empeño por socializar los medios de producción, en detrimento de la iniciativa privada. Con ello se levantó una espuria torre de marfil, ajena a los vaivenes del mercado y de la economía real, en la medida en que se vio adulterado el principio básico por el que se rige ésta: la ley de la oferta y la demanda. Conscientes en su fuero interno, muy a su pesar, de la inviabilidad de este esquema, las fuerzas autodenominadas “progresistas” tratan de afirmar sus señas de identidad mediante la apropiación ideológica de una serie de conductas que ellos consideran “su” patrimonio, y que van desde el republicanismo más rancio hasta los derechos del colectivo “gay”, pasando por el anticlericalismo o el feminismo rampante. Como si el ser homosexual, o el ser republicano, fuese sinónimo de ser de izquierdas. O al revés. Como si el simpatizar con los partidos o movimientos de izquierda fuera incompatible con las creencias religiosas o con la defensa de los derechos de la mujer (que no tiene por qué ir en menoscabo de los derechos del varón, como parece considerar el sector más ortodoxo de la izquierda al oponerse, por ejemplo, a la custodia compartida de los hijos en caso de divorcio).

Si aspira a sobrevivir, la izquierda deberá ceder en alguno de sus dogmas y aceptar la iniciativa privada y la libertad de mercado, lo mismo que el capitalismo tuvo en su día la previsión suficiente para avanzar en materia de derechos sociales, y así evitar ser fagocitado por el marxismo emergente. Debe hacer de la socialización de los medios de consumo (Renta Básica) su nuevo principio vertebrador, renunciando definitivamente a la socialización de los medios de producción, que constituye la piedra de toque del comunismo. La filosofía inherente a ello es clara: garantizar a todos los ciudadanos la supervivencia y un mínimo de dignidad, y luego dejar que el libre mercado actúe. El eclecticismo y el pragmatismo deben de sustituir al vedetismo mediático y al falso progresismo. De nada servirán las protestas y movilizaciones callejeras sin un objetivo alternativo claro, que ayude a volver a generar ilusión. Es hora de que demagogos y aficionados de todo pelaje se hagan a un lado y dejen el camino expedito a los pensadores serios, que prefieren llevar a cabo su labor callada en la sombra, alejados de los platós de televisión. Pablo Iglesias debe ser nuestro modelo, sí, pero el de la boina; no el de la coleta.

Jardiel Poncela

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¿Segunda Transición? ¿Hacia dónde?

Se oye hablar demasiadas veces de la Segunda Transición. Hay palabras o expresiones que, al hacer de ellas un uso abusivo a la vez que poco preciso, terminan por no significar absolutamente nada. Como un globo cuando se hincha de aire. O también un estómago humano. En ambos casos, el repentino vaciado de los mismos se caracteriza por un violento estallido que, en el caso del globo no tiene mayores consecuencias que el darnos un pequeño susto, pero cuando de vísceras humanas se trata, la consabida secuela es un hedor penetrante y ciertamente poco grato, que es más o menos a día de hoy el que percibimos en nuestras mefíticas y corruptas instituciones políticas.

Yo creo que, para empezar, convendría tener claro cuáles fueron las claves de la Primera Transición, pues se da por supuesto que tuvo que haber tal, cuando con tanta insistencia se afanan en hablarnos de la segunda. Porque a nuestros políticos les encanta hablar del “espíritu de la Transición”, así como de la necesidad de recuperarlo, sin que nadie se preocupe por explicar qué era lo que alentaba aquel espíritu ni el cómo deberíamos conducirnos si quisiéramos volver a implantarlo. Como mucho, se encogen de hombros y nos espetan escuetamente, con una evidente falta de entusiasmo: “Léase usted la Constitución de 1978: ahí encontrará todo lo que necesite saber”. Como quien nos remite al manual de instrucciones para manejar una tostadora. Con lo que la Carta Magna queda relegada a la categoría de mero tótem, o talismán, al que cabe rendir culto con una devoción casi supersticiosa, como la que profesan los pueblos primitivos (y los que no lo son tanto) a sus ídolos y fetiches. Freud lleva a cabo un estudio muy interesante de esta cuestión en su ensayo Tótem y tabú, centrándolo en el ámbito de la religión. Pero creo que igualmente podrían extrapolarse las tesis freudianas al terreno de la política. Nos guste o no reconocerlo, la palabra “Constitución”, así como las páginas de las que se compone su articulado, han pasado a ser lo más parecido a una carcasa vacía, o a un mero relicario, a los ojos de nuestra displicente y desengañada España de principios del siglo XXI. El espíritu de la Transición, efectivamente, se halla plasmado en ella, pero mucho nos tememos que dicho espíritu se ha vuelto tan etéreo y evanescente que el plasma ha terminado por convertirse en ectoplasma.

Pero evitemos la tentación de dejarnos llevar por las ramas. A la pregunta de qué fue lo que hizo posible aquella transición de un régimen dictatorial a nuestro actual estado democrático, bastaría con responder que, ante todo, tal hazaña se logró merced a la fijación de un objetivo claro, junto con el combustible necesario para llevar la nave a buen puerto, que no es otro que la ilusión. Todo barco que vaya a la deriva, sin una derrota previamente trazada en el cuaderno de bitácora, tiene a priori todas las papeletas para terminar haciéndose astillas contra los arrecifes, en cuanto se presente la primera noche de tormenta. La clase política de por aquel entonces tuvo la suficiente altura de miras como para percatarse de que nada se conseguiría en tanto en cuanto las instituciones del país no se libraran de la tutela de los dos custodios implacables que hasta entonces las mantuvieran constreñidas, a saber, la iglesia y el ejército. Incluso personalidades políticas como Manuel Fraga, procedentes del antiguo régimen, supieron entender que el nuevo ordenamiento constitucional, si aspiraba a ser efectivo y duradero, tendría necesariamente que acabar entrando por el aro del estado aconfesional y el reconocimiento explícito de la pluralidad cultural existente en nuestro país, germen del estado autonómico. Por supuesto no habrían de faltar los consabidos heraldos negros (las fuerzas integrantes del así llamado “búnker” del franquismo), augurando la aniquilación de Sodoma y las diez plagas de Egipto, como inevitable castigo a tanto desmán. Fue preciso neutralizar a tales vocingleros mediante una apreciable dosis de ilusión que infundiera confianza en la nueva empresa colectiva, haciendo buena aquella máxima de Emerson: “Nada verdaderamente grande se ha hecho nunca sin entusiasmo”. La Carta Magna del 78 fue el documento sancionador mediante el cual los españoles nos comprometimos con nosotros mismos a preservar nuestro recién adquirido régimen de libertades.

A día de hoy, nos encontramos atrapados en una encrucijada de la que difícilmente vamos a salir, como no elevemos la cabeza por encima del polvo, que confundimos con la línea del horizonte. Es hora de ver y hablar claro: nuestra democracia está literalmente secuestrada por las oligarquías que detentan el poder económico, que ha reemplazado a los estamentos religioso y militar en su antiguo rol de élite privilegiada. Pero se han hecho con los resortes del poder de un modo mucho más inteligente y sibilino del que emplearan aquéllos, sin necesidad de dar un golpe de estado ni de disparar un solo tiro. Han tenido la suficiente astucia como para percatarse de que lo verdaderamente importante para el que aspira a convertirse en tirano es matar la ilusión. Y para ello se han valido del arma de destrucción masiva más efectiva que existe: el miedo. Inoculando en la sociedad el miedo a perder el puesto de trabajo, o a perder la vivienda, o a ejercer el libre derecho de protesta (ley mordaza), la nueva élite se ha asegurado la mejor baza para perpetuarse en el poder. El miedo termina por sofocar cualquier tentativa de resistencia o ansia de cambio, despojando al ser humano de su humanidad para equipararlo con la más elemental de las criaturas del reino animal, permanentemente supeditadas a ese sutil e implacable tirano al que se conoce como instinto de conservación. Tuvo razón Thoreau al formular, hará unos 150 años, aquella máxima falsamente atribuida al Presidente Roosevelt: “No hay ninguna cosa a la que haya que tenerle tanto miedo como al miedo mismo”.

Toda institución totalitaria que se precie ha de fabricar sus propios talismanes y sus tótems, si tiene una mínima aspiración de longevidad. Como ocurre con todas las fuerzas vivas cuando se fosilizan para convertirse en meros símbolos, la Constitución de 1978 ha dejado de ser paulatinamente el viento impulsor de nuestro progreso como sociedad, para convertirse en nuestra rémora. El desgaste se ha venido larvando desde hace tiempo, pero sin duda el punto de inflexión lo marca la reforma del artículo 135 en agosto del 2011, por el que se supedita de manera perversa el interés general de los ciudadanos al pago de la deuda. La modificación de un simple párrafo trae como consecuencia el que los ciudadanos pasen a ser súbditos y el que los gobiernos democráticamente elegidos se conviertan en meros delegados de un poder que para nada ha sido elegido democráticamente. A un nivel más profundo, se desprenden dos corolarios fundamentales, a cual más inquietante: uno, que la alternancia de los dos grandes partidos en el gobierno es una farsa (la reforma de dicho artículo fue auspiciada por el PSOE, parece que a todo el mundo se le ha olvidado); y, dos, que el resto del texto constitucional queda relegado a la condición de papel mojado, pues tanto su espíritu como su letra entran en abierta confrontación con dicha prioridad presupuestaria. Y lo que es una aberración a nivel macroeconómico, desde el punto de vista humano, se ha instaurado igualmente a nivel doméstico, al pasar a nuestro acervo de prácticas cotidianas cosas tales como los desahucios (contraviniendo el artículo 47 de nuestro ordenamiento constitucional), o el desabastecimiento energético de los parados (haciendo caso omiso del artículo 128). Los grandes oligopolios de la energía y las finanzas no se aprestan a cumplir la ley, sino que hacen que las leyes se adapten a sus intereses. Y, si no, simplemente las vetan (como cuando el PSOE se opuso a legislar sobre la dación en pago), o se las pasan por el arco del triunfo. Sin el menor pundonor.

Conviene tenerlo claro: nuestra democracia jamás será completa mientras siga siendo subsidiaria de los grandes capitales. A poco que nos paremos a pensarlo, caeremos en la cuenta de que su poder es puramente psicológico, mientras sigan haciéndonos creer que son imprescindibles. Es algo muy parecido a lo que ocurrió en el pasado con la Santa Inquisición, que durante siglos se las ingenió para destilar en el pueblo la falsa ilusión (en el sentido anglosajón del término) de que solo ellos tenían la llave de la salvación. Pero en realidad lo que tenían, era la llave del calabozo y la cerilla para encender la hoguera. Como entonces, no faltará quien intente amedrentarnos con el llanto y crujir de dientes, pero ni las llamas del infierno ni las hogueras del Santo Oficio son nada comparados con esta cocción a fuego lento con la que estos inquisidores vestidos de Armani pretenden liquidar nuestra libertad. Lo peor de todo, algunos se permiten incluso el jactarse de ello. Tal es el caso, por ejemplo, del señor Warren Buffet (segunda mayor fortuna de Estados Unidos, por detrás de Bill Gates), al pronunciar la siguiente frase: “Claro que hay lucha de clases: y la estamos ganando nosotros”. Hay que reconocer que, en el medio de su evidente cinismo, al menos este individuo ha tenido la elegancia de avisarnos. Y el que avisa no es traidor, por muy malvado que pueda ser. Es hora de recoger el guante y despertar del letargo en el que nos hemos arrumbado tan plácidamente durante las últimas cuatro décadas. Ningún Príncipe Azul va a venir a hacernos el trabajo.

Jardiel Poncela

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Mi vida como un perro

Resulta de lo más entretenido ser español. Podremos morirnos de infarto, de cáncer, de accidente de tráfico o incluso de hambre, si sigue aumentando el paro y disminuyendo las prestaciones, pero está claro que no nos va a matar el aburrimiento. Para eso ya están los suecos, que con el mucho frío y las pocas horas de sol en invierno, no encuentran mejor cosa con que pasar el tiempo que suicidándose, con lo cual quedó liquidado para siempre el insufrible tedio de las tardes de domingo. Aquí, insisto, no tenemos ese problema. Eso nunca nos va a pasar.

De un tiempo a esta parte, el ébola ha pasado a engrosar la lista de posibles causas de defunción en nuestro país. Se da la paradoja de que el pánico ha cundido justamente ahora, cuando el tal virus ya llevaba más de cuarenta años suelto por las planicies de África, haciendo de las suyas. Pero claro, mientras los afectados fueran cuatro negros, la cosa como que nos traía al pairo. Ahora que el bicho se ha transmutado en pulga y cruzado de un salto el Estrecho, es como si se hubieran abierto las esclusas del pantano y quedara abierta la veda para el zafarrancho mediático. El fenómeno ha adquirido tales proporciones que, de no haber pasado Gabi, Fofó y Miliki a mejor vida, no me cabe la menor duda de que hubieran tenido que cerrar el circo por falta de aforo ante tan dura competencia. Aquí ha brillado la España cañí en todo su esplendor. No ha faltado de nada: tertulianos televisivos al borde del paroxismo; el Consejero de Salud de la Generalitat, Boi Ruiz, emulando a Chiquito de la Calzada con sus chistes de pésimo gusto; el Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid abroncando a la contagiada por no haber elegido otra manera más discreta de morirse… Por su parte el Presidente del Gobierno, con sus poco creíbles llamamientos a la tranquilidad, me ha recordado cierta escena memorable de la película Aterriza como puedas, cuando sale la azafata y les dice a los pasajeros: “Señores, guarden la calma. Por cierto, ¿alguien entre ustedes sabe pilotar un avión?” Con el subsiguiente y lógico desmadre.

Pero lo más hilarante de todo ha sido la movida del perro Excalibur. Con todo ese corifeo de defensores de los derechos de los animales tildando de asesinos a los encargados de oficiar el sacrificio del desdichado can. Hombre, que yo en parte coincido con ellos cuando dicen que es a los políticos a los que habría que enviar al matadero, pero tampoco hay que ponerse tan jacobinos, digo yo. Máxime cuando, al fin y al cabo, el Partido Animalista también concurre a las elecciones. Estoy pensando que menudo lío si las ganan y no tienen gente suficiente para llenar todos los escaños. Pero bueno; siempre les quedará el recurso de imitar al emperador romano Calígula, que nombró senador a un caballo y casi nadie notó la diferencia. Por lo que respecta a la infeliz y difunta criatura, me la imagino en el cielo de los perros, con el hocico dilatado por el espanto y las orejas en punta, preguntándose cómo podremos ser los humanos de la piel de toro así de gilipollas. Y, con ese nombre tan legendario (Excalibur era el nombre de la espada que, según el mito, se hallaba clavada en una piedra hasta que la arrancó el Rey Arturo), cuánto tardará algún político en intentar sacarle provecho a la situación, enarbolando el hecho luctuoso de su martirio como reclamo electoral para captar votos. A la vista de tanto dislate, el desventurado animalillo pensará: “Nada de esto hubiera pasado si mi ama me hubiera puesto un nombre más convencionalmente perruno, como por ejemplo Tobby o Pipo, sin tanto pedigrí mediático”. Y seguramente tendrá razón.

Os voy a hablar yo de una manifestación a la que no fue nadie, entre otras cosas porque no se convocó (se supone que la izquierda y los sindicatos están demasiados ocupados con sus mariscadas coreanas, que dicen que salen en torno a los dos mil euros, quiero creer que no por cabeza). Un ciudadano gallego tenía, al parecer, cuentas pendientes con Hacienda, que en los tiempos actuales es lo más parecido al antiguo Tribunal del Santo Oficio. Resulta que esta persona había perdido el año pasado a un familiar en el descarrilamiento del TAV cerca de Santiago de Compostela, de infausto recuerdo, por lo que tenía derecho a una indemnización por daños y perjuicios. Pues bien: Hacienda ha optado por embargársela. Ya vemos que no hay que ir tan lejos como África para encontrar calamidades con tintes apocalípticos, comparables al ébola. Estoy seguro de que la estupidez y la miseria moral que asola este país acabará matándonos mucho más rápido de lo que el susodicho bacilo sea capaz.

En fin; he oído decir que el Presidente de Gobierno va a nombrar un gabinete de crisis para gestionar el tema, bajo la dirección de la Vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría.

Personalmente, yo antes recomendaría para el puesto a Jorge Javier Vázquez.

Jardiel Poncela

Amicus Plato sed magis amica veritas

Cansado de desayunarme una mañana más con la misma monserga, hoy me he decidido por fin a salir a la calle para tratar de hallar la voluntad del pueblo. No iba a ser difícil; si a todo el mundo se le llenaba la boca con la idea, seguro que yo me daría de bruces contra ella más pronto que tarde al girar cualquier esquina. Salir a encontrar la voluntad del pueblo no debería llevarme, pues, más allá de un par de horas; tres a lo sumo, pensé, ingenuo de mí. Aunque ahora que recapacito y lo reflexiono detenidamente, si Diógenes a plena luz del día, lámpara en mano, no fue capaz de dar con un solo hombre paseando por las calles de la populosa Atenas, topar con la maldita voluntad del pueblo podría tratarse de una tarea mucho más ardua de lo que imaginé en un principio.

Lo cierto es que tras mucho andar por el pueblo di, sí, con un campanario, con varias plazas y calles, con la casa consistorial incluso, con una biblioteca, dos panaderías, un supermercado y hasta con unos cuantos bares, claro. De la voluntad del pueblo, empero, ni rastro. Yo sí tuve la fortuna de encontrarme también con hombres, aunque dudo mucho que fuesen del tipo que buscaba Diógenes. ¿No será que los pueblos no tienen voluntad? Seguramente sea eso; será que esa facultad es propia de hombres -y no de todos-. Será, además, que en cada uno la facultad se manifiesta de tantos modos a lo largo no ya del día, sino de una triste hora, de dos sencillos instantes casi, que pretender que exista algo como la voluntad del pueblo es como pretender desleír un perdigón en un vaso de agua; un imposible.

¿Por qué, pues, se insiste una vez y otra en hablar de la voluntad del pueblo? Más que eufemismo o metáfora, me parece a mí que es simple y llanamente por el mezquino propósito de llevar siempre el agua al molino propio. En cuitas parecidas andaría, me figuro, el bueno de Diógenes de Sinope. De haber vivido en esta época y por estos lares, hubiese profesado por esa casta inmunda de políticos nuestros el mismo desprecio que parecía profesar en aquel entonces por la humanidad. Le hubiese resultado un trabajo hercúleo dar con un solo político honesto sobre la faz de esta España nuestra; una España donde un delincuente confeso como el expresidente Jordi Pujol se permite la desfachatez de abroncar en sede parlamentaria a quienes sin estar allí para juzgarle le estaban juzgando: creería el ladrón -y acertaría, vive Dios- que todos eran de su condición. Una España donde la corrupción en la esfera de lo público -que demos por sentado que en la de lo privado sea moneda de curso legal dice mucho de la catadura moral, ésa sí, del pueblo- hiede hasta anegarlo todo; aunque, animales de costumbres, nos hayamos avezado vergonzosamente a ese hedor y lo soportemos sin más; sin que ni tan siquiera nos haga falta llevar una pinza en la nariz, a la manera de nuestros vecinos galos. A nadie parece importarle que nuestros políticos se perpetúen en los cargos; como si la limitación de mandatos no pudiese existir; como si los mandatos no fuesen sino por encargo nuestro, simple representación conferida por ciudadanos con derecho al voto. A nadie le importa que esos mismos políticos hayan metamorfoseado la democracia en una asquerosa y ridícula partitocracia; a pesar de lo cual se siguen llenando la boca, unos y otros, de la palabra Democracia, así, en mayúscula. “Es que yo soy demócrata”, afirman grandilocuentemente, como si se tratara del no va más, de algún sanctasanctórum; pese a que Winston Churchill ya dejase dicho algo así como que la democracia no era sino el menos malo de los sistemas políticos. ¿Cuál será entonces el mejor sistema de gobierno? La aristocracia, claro; en el sentido que le daba al término Platón: el gobierno de los mejores; y «los mejores» eran los filósofos, buscadores de la verdad y de un claro sistema ético. Aunque hoy, desde luego, ninguno asumiríamos un gobierno así, porque no íbamos a acordar quiénes eran los mejores y porque en este país de pícaros, golfos y tunantes casi iba a ser mejor quedarnos como estamos, que al menos hoy a quien gobierna lo hemos votado nosotros; no es cualquier hideputa; es nuestro hijo de puta, que diría aquel.

Así que no tuve más remedio que volver a casa. No encontré la famosa voluntad del pueblo por ningún lado. Quizá me crucé con algún hombre honesto, aunque no podría asegurarlo. De lo que sí estoy seguro es de que pasarán cuarenta años más y este país seguirá sin entender que la virtud es el soberano bien. Para entonces muchos luciremos calva y hasta es posible que no nos quede otra que vivir como Diógenes el Cínico en una tinaja, que la esperanza es lo último que se pierde, pero sólo cuando se tiene.

Phil O’Hara

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El cuento de los tres cerditos y el mal de Alzheimer

Hoy es el día mundial del Alzheimer. Con motivo de ello, decían en la radio que es una enfermedad que gana peligrosamente terreno, hasta el punto de que es previsible que a corto plazo uno de cada dos habitantes en el planeta mayores de 65 años la padezcan. El dato da escalofríos (por eso de “¡menudo futuro que nos espera!”), aunque, si se para uno a pensarlo, el porvenir de este país, y de la humanidad en su conjunto, pinta tan mal que, bien mirado, cabe preguntarse si no será mejor no enterarse de nada de lo que ocurra.

Otra pregunta que me hago es si las estadísticas serán realmente correctas. Y no por exceso, sino por defecto. Dicho de otro modo, a veces me asalta la duda de si habrá alguien en nuestro suelo patrio que no haya contraído la terrible enfermedad. A renglón seguido en las noticias del telediario, por ejemplo, veíamos a un preocupado Luis de Guindos parapetándose tras la excusa de que España no es ajena a los vaivenes de la economía europea. Se conoce que le ha visto las orejas al lobo de la amenaza de nueva recesión y, como en el cuento de los tres cerditos (que bien podrían ser el propio de Guindos, Rajoy y Montoro), se está apresurando a construir una cabaña de paja para protegerse de él. Quizá se le haya olvidado, por efecto del Alzheimer, el detalle de que el lobo del cuento logró tumbar la casa al primer soplo, al tener ésta unos cimientos tan endebles. Como también les habrá hecho el Alzheimer olvidar a los tres susodichos su anuncio triunfalista de que ya empezaba a vislumbrarse la luz al final del túnel, y de que 2015 sería el año de la recuperación económica. Es evidente que la bola de cristal estaba averiada, pero tal vez sea más práctico dar largas, para que así el virus (o lo que coño sea que provoca el Alzheimer) gane terreno y termine por hacernos olvidar a la totalidad de ciudadanos de este país. Siempre quedará algún tocahuevos que, como servidor, se empeñe en recordar las cosas. Pero tales problemillas se solucionan muy fácilmente,  poniendo cara de escandalizado y exclamando: “¿Yo dije eso?” A ver a quién van a acabar creyendo, si a todo un Señor Ministro o a un mindundi como yo. Mi diagnóstico es el siguiente: si el 99% de la población padece Alzheimer y solo un 1% no lo padece, el 99%  acabará diciendo que son el infeliz 1% restante los que no recuerdan bien las cosas. Como en el chiste del loco de la autopista.

El segundo cerdito (que se da un aire a Porky, aunque también se le podría sacar cierto parecido con el vampiro Nosferatu; de hecho, a los dos les encanta chupar la sangre) sería Cristóbal Montoro, quien recientemente ha hecho público su anuncio de bajar los impuestos, tal y como prometiera su partido en el programa electoral. Se conoce que el pobrecito chochea y ya no se acuerda de que los subió al día siguiente mismo de ganar las elecciones. Y de que no fue una subidita de nada, sino que la cosa emuló al chupinazo de las fiestas de San Fermín. La bajada anunciada será bastante menos notoria que la subida de entonces (en algunos impuestos, como por ejemplo el IVA, no se prevé bajada alguna), con lo cual el resultado final será semejante al experimentado por Groucho Marx en Sopa de ganso, cuando Harpo arranca la moto y el sidecar en el que él va montado se queda clavado en el sitio. Groucho abandona el vehículo y exclama visiblemente contrariado: “¡Es el segundo viaje que hago hoy y todavía no he ido a ninguna parte!”

Y, cómo no, falta Mariano, el cerdito valiente, sacando pecho y afirmando con rotunda solemnidad que en Cataluña no va a haber consulta el próximo 9 de Noviembre. Todavía no ha explicado cuál va ser la naturaleza del castigo aplicado a Artur Mas por sacar las urnas a la calle, si ponerlo de cara a la pared o dispensarle un tirón de orejas. Yo diría que está esperando a que el Alzheimer haga su trabajo, a ver si Mas se olvida de su promesa electoral. Pero me da a mí que el Parlament de Cataluña está hecho a prueba de virus (o al menos de esta cepa del virus, ya que los pufos de la familia Pujol, al parecer, han caído en el olvido rápidamente). Volviendo a Rajoy, no deja de ser preocupante desde el punto de vista neurológico su anuncio triunfalista de que el paro está bajando, lo cual vendría a demostrar que él es mucho más eficaz gestionando el país que el irresponsable Zapatero. Se conoce que el desventurado también padece Alzheimer y ya no se acuerda de que ahora hay ochocientos mil parados más que cuando Zapatero dejó el gobierno. Y de que hay casi dos millones de parados que no perciben ninguna prestación. Por si acaso se extiende la epidemia, yo lo dejo escrito aquí (esperemos que no se vea la red atacada por algún oportuno virus informático): de aquí al final de la legislatura (si es que llegamos) se habrá superado el umbral de los seis millones de parados.

En fin; como decía al principio, hoy celebramos el día mundial del Alzheimer. No sé si el verbo “celebrar” será el más adecuado, dadas las circunstancias, pero lo que sí es cierto es que habrá todo tipo de eventos, con reparto de pegatinas incluido. Nunca me han gustado mucho este tipo de saraos, pero en este caso lo encuentro especialmente triste, cuando pienso que mañana los ciudadanos enfermaremos colectivamente de Alzheimer, olvidándonos, entre otras cosas, de que hoy fue el día internacional del Alzheimer. Nadie se acordará ya de los que lo han perdido todo, hasta los propios recuerdos, ni de los que realmente más sufren: sus familiares y cuidadores, que son los únicos que no pueden permitirse el lujo de olvidar. Nadie se acordará de la reducción de las ayudas a la dependencia experimentada por aquéllos, ni de las dificultades que tienen que enfrentar éstos para compatibilizar tan pesada carga con el desempeño de sus puestos de trabajo, recibiendo un nulo apoyo institucional.

A la vista de tales reflexiones, a uno hasta le entran ganas de contraer el Alzheimer y olvidarlo todo, que es la mejor manera de mandarlo todo al carajo. Como hiciera en la película Matrix el traidor Cifra, cuando le pone este insólito precio al agente Smith a cambio de su traición: “No quiero acordarme de nada; absolutamente de nada”.

No me cabe la menor duda de que este personaje, si no se lo hubieran cargado por exigencias del guión, habría llegado a la presidencia del gobierno.

Jardiel Poncela

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Peter Pan en el país de Nunca Hamás

Me ha dicho un pajarito que el próximo día 12 de Septiembre Izquierda Unida piensa convocar una manifestación a favor del pueblo palestino. Naturalmente que no soy quién para prohibirlo y aunque lo fuera no lo haría, solo faltaba, en un país donde está reconocido el derecho a la libertad de expresión. Lo malo es que, con demasiada frecuencia, cierto sector de la izquierda de este país se olvida de que tal derecho no puede ser en modo alguno unilateral, y que ellos deben ser igualmente respetuosos con quienes no compartan sus dogmas y adopten una actitud crítica frente a algunos de sus postulados. De lo contrario, estarán incurriendo en el mismo pecado de intolerancia del que ellos mismos fueron víctimas durante el régimen anterior. No se puede meter en el mismo saco a todo el mundo, pero a veces da la impresión de que el revanchismo con tintes estalinistas prevalece en las filas de cierta izquierda no solo por encima de todo auténtico sentimiento de justicia, sino hasta del propio sentido común.

Sirva esto de preámbulo para aclarar de antemano, frente a tanto paletismo fanático, que a mí me preocupa la situación del pueblo palestino tanto como al que más. Pero que no pienso ni acercarme por la susodicha manifestación, pues mucho me temo que lo que inicialmente está previsto como un acto de rechazo a la brutalidad de la guerra en su conjunto (cosa con la que estaría completamente de acuerdo), acabe convirtiéndose en un ritual de adhesión a las tesis fundamentalistas de Hamás. Y, como diría John Lennon en su canción Revolution, para eso conmigo que no cuenten. La violencia asesina de esta organización (marca palestina del Estado Islámico, que tan siniestras atrocidades ha venido perpetrando a lo largo de los últimos meses tanto en Siria como en el norte de Irak) admitiría parangón con el holocausto nazi o con el Gulag soviético. Ellos fueron los que empezaron este sarao, asesinando a tres jóvenes completamente inocentes (diecinueve años tenía el mayor de ellos), y recientemente han sido los causantes de la muerte de un niño de cuatro años, sin que se oiga la más leve palabra de condena por parte de los convocantes de la manifestación del día 12. La permanente política de hostigamiento de Hamás hacia Israel, con lanzamientos ininterrumpidos de cohetes desde la franja de Gaza sin garantizar la seguridad de la propia población palestina, es un acto de fanatismo ciego y criminal, propio de mentes retorcidas como la de Hitler, quien no vaciló en sacrificar a millones de sus compatriotas para ver realizado el sueño imposible de un III Reich que durara mil años (por cierto, ¿sabía alguien que los países árabes apoyaron a los nazis durante la 2ª Guerra Mundial?). Por no hablar de las ejecuciones sumarias de gente de su propio pueblo, acusados de un cargo tan impreciso como el de “colaborar con Israel” (y culpables en realidad, como imagino, de mostrarse críticos con la violencia insensata de Hamás).

Dicen que va a haber una mesa redonda en la Plaza de San Marcelo el día de la manifestación para debatir el tema. Me da la risa. Para que haya debate, el primer requisito que debe darse es que haya confrontación de diversas posturas ideológicas, y desde hace tiempo la izquierda en este país ha renunciado a todo atisbo medianamente racional de establecer un debate sosegado y serio, en el que sean los argumentos y no las consignas los que lleven la voz cantante. En este y en otros temas, como pueden ser el aborto o la custodia compartida. Rápidamente recurrirán a la agresividad verbal para disimular su falta de un discurso coherente, en lo tocante a un sinfín de cuestiones. A cualquier amago de crítica responderán colgándote el sambenito de “fascista”, para espetarte a continuación su reproche estrella: “Cómo se nota que eres del PP” (haber votado o no al PP es lo que constituye para ellos la línea divisoria entre el bien y el mal, siendo ellos los que se arrogan gratuitamente el derecho de situarte a uno u otro lado de la raya; os aseguro que sé de lo que hablo). De poco servirán tus protestas, alegando que pueden leer, si lo desean, cualquiera de los muchos artículos en los que demuestras el mucho “cariño” que sientes por Rajoy o por Montoro. Doy las gracias a Dios (lo cual es en sí el mayor de los pecados; por supuesto, hay que hacer profesión inequívoca de ateísmo si aspiras a tenerles contentos, y proclamar a los cuatro vientos que todos los curas son un hatajo de pederastas) de que no tengan a mano un fusil Kalashnikov, pues muchas veces pienso que ciertas personas no dudarían en apretar el gatillo si tuvieran ocasión de ello, como hacen los sicarios de Hamás con los disidentes palestinos.

Dice Schopenhauer en uno de sus Aforismos sobre el arte del buen vivir que es una pérdida de tiempo intentar aconsejar a los necios, pero ya que estoy de vacaciones y lo que me sobra es tiempo, allá va mi consejo para quien esté dudando acerca de si ir o no ir a la manifestación: las cosas serias hay que tomárselas en serio y, quien opine como Oscar Wilde o yo mismo que la vida es algo demasiado importante como para tomarse en serio, mejor que se quede en casa viendo Sopa de ganso, de los Hermanos Marx, donde al menos no se verá en el engorroso trámite de tener que contener la risa.

Me encanta esa escena en la que Chico Marx, espía contratado por Louis Calhern para espiar a Groucho, le da a su jefe el informe detallado de su gestión: “El primer día logró engañarnos, él fue a ver el partido y nosotros no; el segundo día, le engañamos nosotros a él, nosotros fuimos y él no; el tercer día nos engañamos todos y no fuimos ninguno…

El cuarto día llovió y nos quedamos oyendo el partido por la radio”.

Jardiel Poncela

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Pólvora de rey

Hoy comienza en el diario El Mundo la publicación de una serie de artículos que llevan como título genérico “La España del despilfarro”. Bajo dicho rótulo se van a agrupar un conjunto de reportajes de denuncia sobre diversas inversiones millonarias en proyectos de obra pública (auspiciadas por gobiernos de uno y otro color político) que han sido infrautilizadas o ni siquiera se han llegado a utilizar en absoluto. Yo, que nunca he sido  aficionado a los culebrones, a fe mía que éste no me lo pierdo por nada. Y es que debo confesar que siento una atracción morbosa por el estudio de los testimonios de la estupidez humana (en los que nuestro solar patrio es especialmente pródigo), dentro de los cuales ocupan un lugar destacado estos monumentos a la insensatez, que hacen que la torre de Babel parezca, en comparación, una inocente travesura infantil. Comienza la serie con una flamante pista de esquí construida en la localidad vallisoletana de Villavieja del Cerro (un completo secarral, al igual que el resto de la provincia de Valladolid), que lleva la friolera de ocho años sin utilizarse (o sea, desde la fecha misma de su construcción). Echo de menos un avance sobre el resto de obras faraónicas que van a jalonar este periplo por la geografía del disparate, pues me gustaría saber si van a incluir las obras de ampliación del aeropuerto de León. Más les vale, porque si no al día siguiente veremos a los de la UPL enarbolando pancartas frente a la redacción de El Mundo, quejándose de trato discriminatorio con Pucela. El caso es ser los primeros en algo, aunque sea en hacer el ridículo.

En lo que sí soy escéptico es en cuanto a la declaración de intenciones formulada en el editorial del periódico, por muy loables que sean éstas. Allí se dice textualmente: “El viaje que proponemos por la España del despilfarro debería servir para no volver a caer más en los mismos errores”. ¿Acaso los seres humanos mostramos la más mínima predisposición a aprender de nuestros errores? Sirva como muestra un botón. Hace poco denunciábamos en un editorial de la revista “Palavras contra el balium” el enorme dislate de la llegada del AVE hasta León, que amén de las consecuencias nefastas para el medio ambiente, supone una fuente de endeudamiento y corrupción inasumibles en un país que por entonces superaba los cinco millones de parados (y que los volverá a superar en breve, apenas toque a su fin la temporada turística, por muy esmerada que sea la labor cosmética del gobierno a la hora de maquillar las cifras). De hecho, las obras de los túneles de Pajares, aparte de desecar los acuíferos de la zona, ha supuesto para las arcas públicas un desembolso de más de tres mil millones de euros; esto es, el triple de lo presupuestado inicialmente. Pocos días antes tuvo lugar una concentración en León, en la que patronal y sindicatos, junto a representantes de todas las siglas del arco político, clamaban por la tramitación de este proyecto, que contaba al principio con un presupuesto de once millones de euros y que ya va, de momento, por los diecinueve. Pues bien; a los que manifestamos nuestra oposición al proyecto y denunciamos el gregarismo borreguil inherente a aquella manifestación, nos llamaron de todo menos bonitos. A los pocos días salió a la luz pública el escándalo de las comisiones ilegales del AVE en el tramo Madrid-Barcelona, asunto feo donde los haya y donde, al parecer, anda metida hasta el cuello la ex ministra de Fomento del gobierno socialista, Magdalena Álvarez (realmente encomiable el currículum de esta señora, quien por lo visto también tuvo mano en el tema de los EREs durante su época de consejera de economía en la Junta de Andalucía; debe de ser por eso que la nombraron vicepresidenta del Banco Europeo de Inversiones). Todavía estamos algunos esperando palabras de rectificación por parte de los que en aquella ocasión nos dedicaron toda clase de piropos, aunque, eso sí, los ataques hayan cesado como por arte de magia. Pero eso es lo de menos. No quisiera desviarme del tema ni dejar sin plantear la pregunta que tengo en mente desde que empecé a teclear estas líneas: ¿Es siquiera medianamente razonable que el país de la UE con más aeropuertos, más kilómetros de autovía y más kilómetros de AVE, sea también el que tenga mayor número de parados sin percibir ninguna prestación?

La respuesta se la dejo a Einstein: “Solo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro”.

Queda todo dicho.

Jardiel Poncela

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El agente Smith y el fenómeno de la clonación

Hace poco estuve viendo Matrix, por tercera o cuarta vez. Es una peli que a mí me mola mucho, pues la encuentro enormemente realista. Habrá quien piense que me he vuelto loco, pero debo confesar que me fascinan los numerosos paralelismos con la realidad social en que nos hallamos inmersos, hasta los detalles más nimios: la necia autocomplacencia de quienes dócilmente se aprestan a participar del inmenso fraude, sin atisbar en ningún momento su condición de esclavos o, peor aún, de meros generadores de energía cuya única finalidad es la de servir de alimento al monstruo; la incomprensión por parte de sus congéneres que debe afrontar el que se cuestiona el sistema (personaje encarnado por Keanu Reeves); los traidores de medio pelo como Cifra, dispuesto a vender su primogenitura por algo más que un plato de lentejas y, por último, los implacables guardianes cancerberos del tinglado, dirigidos por el ubicuo agente Smith.

Para quienes no hayan visto la película, el agente Smith es una especie de antivirus, cuya finalidad es neutralizar a los saboteadores infiltrados procedentes del mundo exterior, que consiguen introducirse en la realidad virtual de Matrix con el propósito de destruirla y así liberar a los seres humanos de su ignorada esclavitud. El agente Smith posee la capacidad de suplantar a cualquier software (es decir, puede ocupar el espacio virtual reservado a cualquiera de las mentes integradas en el monstruo informático, adoptando su forma) y desde allí destruir a los intrusos. Esta idea me trae a la mente a los innumerables sucedáneos del implacable cancerbero que transitan por la vida real, en los que yo a menudo no puedo por menos que ver la imagen metamorfoseada del agente Smith, con sus mil posibles caras. En esta reflexión no me propongo despotricar contra los que detentan el Poder, porque tanto montan (puede que incluso monten más) los millares de lameculos y mierdecillas de tres al cuarto que velan por la seguridad del sistema, desde cualquiera de sus múltiples atalayas. Están por todas partes estos clones, aunque no se los perciba a simple vista, y solo les faltan las gafas de espejo y que les doble la voz de Constantino Romero para que el parecido con el agente Smith sea perfecto: desde el mero funcionario de a pie que se regodea al comunicarte que te falta tal o cuál papel para tramitar la prestación por desempleo, hasta los catedráticos y decanos de facultad, que se permiten decidir quién vale y quién no, quién pertenece a la élite académica o cultural y quién es indigno de frecuentarla, en función de que se les haya adulado lo bastante o de que el aspirante en cuestión tenga unos padrinos adecuadamente solventes. Hace poco se me recriminó en mi lugar de trabajo por haber utilizado el servicio de correo interno para divulgar una información acerca de una charla-debate sobre un tema que, al parecer, no cuenta con la aquiescencia oficial. Cuando yo le pregunté al agente Smith de turno en qué ley se prohíbe expresamente dicho uso del correo electrónico, no supo que responderme. Es evidente que en ninguna, pero también es evidente que hay una ley no escrita, invisible e intangible, por la que se gobierna cada uno de nuestros actos, y que todos debemos acatar incondicionalmente, si no queremos que caiga sobre nosotros el estigma de la maldición del Poder. Lo de menos es que haya una ley de rango superior (e.g., la Constitución española, donde viene recogido, entre otros, el derecho a la libertad de expresión) que contravenga el dictado arbitrario y dogmático del mierdecilla en cuestión, siempre al servicio del poder invisible de Matrix. Como dijera Ionesco: “Preguntas sin respuesta, ¿quién las puede contestar?”

El lector sagaz que haya visto, además, la película, se estará preguntando por otro importante paralelismo: ¿Quién hace en el mundo real de Neo? Para los profanos, Neo es el protagonista de la película, al que todos consideran “el Elegido”, una especie de Mesías llamado a dinamitar la tiranía de Matrix. Puede que nosotros, con nuestro borreguismo insensible y aquiescente, no merezcamos que venga a sacarnos las castañas del fuego un liberador de estas características. No sé si no será mucho pedirle a Pablo Iglesias y a los chicos de Podemos. O tal vez lo sea Daniel Yun, ese llanero solitario del mundo de las finanzas, que es al parecer quien se oculta tras el testaferro de Gotham City, misteriosa entidad que ha puesto al descubierto el descomunal fraude urdido por el ciudadano Jenaro García, que era como Robin Hood pero en espabilado, robando a los ricos para quedárselo él. Pariente cercano, seguramente, de Luis Bárcenas, quien en un momento dado se cansó de hacer de cartero del PP y decidió quedarse con algo del contenido de los sobres que él repartía. Coño, a ver qué va a haber de malo en robar a ladrones, se dirían estos prójimos. Trincar o no trincar, he ahí el dilema. Hasta que aparece Batman y acaban trincándole a uno. Todo esto mientras la CNMV y el MAB se metían las manos en los bolsillos, miraban distraídamente para el techo y se entretenían silbando inocentes tonadillas.

Olvidábaseme decir que, en las secuelas de Matrix, el agente Smith, cansado de hacer de barrendero para otros, decide en un momento dado suplantar al Poder y convertirse él mismo en el amo del cotarro virtual. Por mucho que digan de la prostitución, no me cabe la menor duda de que el choriceo es el oficio más antiguo del mundo, y de que la zorra acaba por no conformarse con las gallinas y queriendo hacerse con todo el corral, y hasta con la granja completa. Ya sean vicio o profesión, las dos vocaciones mencionadas tienen un punto de convergencia bien claro, que podría resumirse en la siguiente disyuntiva: joder al prójimo o ser jodidos por éste.

Queda, pues, inaugurado este burdel.

Jardiel Poncela

 

Monarquía vs. república

No sé si os habréis enterado de que ha abdicado el Rey Juan Carlos. Tengo pocas dudas al respecto, pues yo tardé aproximadamente una hora en hacerlo, desde que dio la noticia el Presidente del Gobierno, con lo que debí de ser de las últimas personas en saberlo en todo el país. En esto soy como los maridos cornudos. Así que vamos a intentar recuperar el tiempo perdido.

En primer lugar, creo que es prioritario felicitar a toda la progresía del país, que han encontrado un filón inmejorable para salir a la calle, ya que los viejos tópicos de la LOMCE, la ley del aborto y la violencia machista empezaban a sonar un poco rancios. Qué duda cabe de que esto de la abdicación supone una inyección de sangre fresca y para hoy mismo los de Izquierda Unida han convocado una manifestación, que andaban ya con un mono de pancarta que no se tenían. El caso es que uno debe de tener vocación de aguafiestas, o algo peor, y me van a disculpar el que no me una a la fiesta (si no me disculpan, me importa un carajo), pero quisiera llamar la atención sobre un par de cosas. No voy a apelar a la fibra sensible de la gente, recordándoles lo mucho que le tenemos que agradecer a este señor (me estoy refiriendo al Rey Juan Carlos) porque ello sería poco menos que pedirle peras al olmo, tratándose de este país rastrero y miserable hasta más no poder. Tampoco voy a invocar el topicazo del orden constitucional ni otras bobadas por el estilo, pues cabe recordar a este respecto que la reforma del artículo 135 de la Constitución se tramitó en tan sólo 48 horas. Por eso, tranquilos. Ahora bien, me gustaría saber si los que salen hoy a la calle o los que anduvieron quemando banderas españolas (¡en Granada!) el lunes, han tomado en consideración los siguientes aspectos:

1. El Rey es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Tocarle los huevos a la Corona, equivale a tocarle los huevos al ejército, y lo último que necesita este país es otro golpe de estado u otra guerra civil (aunque a lo mejor nos venía bien, para reducir el número de parados). Estos guerrilleros urbanos deberían tener en cuenta que, si es por la fuerza bruta, las de ganar las van a tener siempre ellos, que quedarían además perfectamente legitimados para usarla. Y en una guerra las cosas van mucho más allá de entretenerse quemando banderas o contenedores: allí se mata y se mutila de verdad.

 2. El argumento del caso Urdangarín es hipócrita e inaceptable. Es lo más parecido a lo de dijo la sartén al cazo. Es a la justicia, y sólo a ella, a quien le corresponde depurar responsabilidades en este asunto. Quienes silbaron a la infanta Cristina, o al propio Urdangarín, camino del juzgado, carecen de legitimidad para hacerlo, máxime cuando estos mismos “indignados” (o unos primos suyos) utilizan la doble moral, y en el escándalo de los falsos ERE de Andalucía lanzan sus silbidos e insultos contra la juez que lleva el caso. Produce urticaria sólo el pensarlo. Por otra parte, aun demostrándose la culpabilidad de Urdangarín, no sería de recibo que el estigma cayera sobre todos los miembros de la familia, como en la película Ben-Hur. Nadie es responsable de lo que haga su cuñado. El todavía Príncipe de Asturias ha dado hasta ahora muestras de una trayectoria irreprochable, tanto en lo personal como en lo público. Algo de lo que no pueden alardear el 80% de los posibles candidatos a ostentar el puesto de una presunta presidencia de la república. Si nos ponemos tan escrupulosos en materia de limpieza, debemos empezar por llevar a cabo un concienzudo ejercicio de regeneración de nuestra infame clase política.

3. Da la impresión de que los Cayo Lara, Pablo Iglesias y compañía (siguiendo probablemente el ejemplo de Cuba o Corea del Norte) dan por hecho que, si mañana se instaurara la república, les pertenecería en exclusiva a ellos y, por lo tanto, la presidencia de la misma habría de corresponderles por una especie de mutación del designio divino. A este respecto, es curioso que en una encuesta realizada hace poco por cierto medio de comunicación, al preguntarle a la gente si preferían monarquía o república, la mayoría de los encuestados se decantaban por esta segunda opción. Ahora bien, cuando les preguntaban si seguirían pensando lo mismo en el supuesto de que nombraran presidente de la república, pongamos por caso, a Jose Mª Aznar, la mayoría se echaban para atrás y cambiaban de opinión. A esto le llamo yo coherencia.

Con todo ello no estoy queriendo decir que me oponga a la celebración de un referéndum para que el pueblo se pronuncie libremente sobre el particular. Siempre y cuando se haga desde el respeto más estricto a la pluralidad y sin voluntad de aniquilar al contrario, afán este último que constituye desde siempre el gran vicio nacional. Y sin contaminar el debate con falsos tópicos, que corrompen y distorsionan la realidad. Cayo Lara, por ejemplo, ejerce la demagogia de manera desvergonzada y miserable cuando exige al gobierno que “permita escoger al pueblo entre monarquía o democracia”. Se trata de una perversión infame, puesto que ha sido precisamente la monarquía la que ha dado a este país un período más largo de libertad y prosperidad. Se le ve claramente el plumero a este señor, cuyo lema bien podría ser: “Democracia sí, siempre y cuando se haga lo que yo diga”.

En fin; ya dijo don Benito Pérez Galdós, hace muchos años, que en este país podría implantarse la república, pero nunca el republicanismo. Fue algo que supo ver muy bien el novelista canario, a pesar de su ceguera, tras sus disensiones con Pablo Iglesias (el de la boina, no el de la coleta), que habrían de apartarle definitivamente de la política, al no querer someterse a ningún dogmatismo ideológico. El siguiente pasaje de los Episodios nacionales, escrito prácticamente al final de su vida, resulta terriblemente esclarecedor:

“Los dos partidos que se han concordado para turnar pacíficamente en el poder, son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar del presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado les mueve, no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que de fijo ha de acabar en muerte”.

Don Benito, cómo odiamos el que los genios como usted siempre tengan razón.

Jardiel Poncela

 

 

 

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El huerto de Pitu.

Nada mejor que los malos momentos y las grandes decisiones para forjar el carácter de uno. Doce largos meses, un año entero tardé en decidir mi futuro cuando COU, dudando entre hacer caso de los doctos consejos de un buen amigo, un anciano hecho a sí mismo que poseía la sapiencia que únicamente se labra en una vida larga, o en seguir los de mi padre, no menos sabios, aunque en experiencia el bueno de Pitu le sacase a mi progenitor un par de lustros si no tres, y acaso cuatro. Tanta dilación en resolver el futuro hubo de influir en cómo fraguó mi temperamento más que todos los westerns de John Ford y tanto al menos como las derrotas, por aquel entonces, una temporada tras otra de mi equipo del alma. Dudas, indecisiones pendiendo de hilos, derrotas y películas de vaqueros, hete aquí toda mi hacienda.

Cada vez que me dejaba caer por Can Paco, uno de los cafés del pueblo y el segundo hogar de Pitu, después de discutir un rato de fútbol o disertar, él, sobre Pla, solía urgirme a que dedicase mi futuro, lo mismo que hiciese él con el suyo tanto tiempo atrás, a cuidar de un huerto. Nada iba a hallar más reconfortante, afirmaba él, ni que además permitiese ganarme de manera tan honrada el pan de cada día. Un huerto, por si eso fuera poco, añadía Pitu, iba a posibilitarme llevar todos los días a la mesa alimentos con los que subsistir, e incluso almacenar algunos para preparar luego tarros de confitura. Quién sabe si hasta llegar luego a venderlos, aunque esto Pitu acababa por desaconsejármelo. Cuidar del huerto tenía otras virtudes, como la de reconciliarte con la tierra, aferrarte a ella; y estar anclado a algo, aunque fuese a un huerto, le parecía a mi amigo bueno de suyo, pues uno no debiera desdeñar asir su ser, ni su ir siendo, ni que fuera a un terruño plantado de hortalizas, verduras y legumbres. Y todas las veces que yo decía no estar muy seguro de lo que haría con mi futuro me animaba Pitu con lo del huerto. <<No vayas a cometer la estupidez de seguir estudiando tonterías que no van a servirte para nada, a no ser para engrosar las listas de paro de este país de risa>>.

Los consejos de mi progenitor se hallaban en las antípodas de los de Pitu. A mi padre lo del huerto le parecía poca cosa, acaso porque los padres siempre ambicionan, lo mismo que Dickens para Phillip Pirrip, grandes esperanzas para sus hijos. <<El conocimiento es el mayor capital>>, solía decirme, animándome a seguir con los estudios sin, he de admitirlo, pretender jamás influenciar lo más mínimo en mi decisión de qué carrera cursar. <<La que sea, pero tú sigue estudiando, hijo>>.

Aquejado de una sinusitis crónica, mi nariz no acababa de aclarar cual de los dos consejos, si el paterno o el de Pitu, era más acertado. No diré, so pena de faltar a la verdad, que me olía que era Pitu quien llevaba razón; mas no sé si por parecerme persona sensata o por valorar justamente su dilatada experiencia, o porque la verdad sea dicha su huerto era un vergel de tal exuberancia que uno podía perderse allí entre tomateras, judías verdes, ringleras de patatas, pimientos, lechugas y toda suerte imaginable de frutos, que al despedirme de él y ya de vuelta en casa dudaba más si cabe de si no estaría en lo cierto mi buen amigo Pitu. El cariño que me tenía, me parece a mí que se debía más que a nada a que, aficionado al fútbol como era el hombre, le agradaba verme jugar en el equipo del pueblo; eso y su arte al cultivar que yo envidiaba, contribuían en alguna medida a acrecentar aquellas dudas mías. Si por él fuera, servidor habría fichado ya por uno de los grandes. <<¿Y entonces el huerto qué, Pitu?, ¿cómo diantres iba a jugar en el Barcelona y cuidar a la vez el huerto?. Además, antes de pensar en cimas tan altas habrá que empezar por ganarse primero un puesto en el once del pueblo, ¿no crees?>>

Al final acabé haciendo caso a mi padre y seguí con los estudios, olvidándome del huerto. Con el transcurrir de los años hoy puedo decir que igual me equivoqué; que con más de un cincuenta por ciento de paro juvenil de quizá la generación mejor preparada de toda la historia del país, se me hace muy cuesta arriba no dudar muy seriamente de que el conocimiento, como decía mi padre, sea el mayor capital. Cada vez que veo a cualquiera de esos empresarios de postín que sin haber acabado la EGB han logrado amasar verdaderas fortunas y están hoy todo el santo día tocándose los huevos, estoy casi por darle la razón a Pitu. Y cuando observo a sus Señorías yendo cada mañana a cuidar su huerto, que no es otro que el escaño en el que siguen apoltronados mandato tras mandato, tocándose ellos también los huevos -o el coño, si su Señoría es diputada- entonces por fin lo veo claro. Debí haber seguido los consejos de Pitu y dedicarme a cuidar un huerto; pero no uno cualquiera, sino uno de esos como los que cuidan, con tanto amor, esmero y dedicación nuestros representantes, que hay que ver lo bonito que tienen el Congreso, que les luce como dios; y sin ni tan siquiera tener que agacharse, como sí tenía que agacharse Pitu. Ni el botijo con agua fresca tienen que procurarse; para qué, si en el bar del Congreso pueden arrearse un lingotazo de gin-tonic por tres con cuarenta y cinco míseros euros; como para andarse con semejante trajín, botijo arriba, botijo abajo. De haber hecho caso a mi amigo vete a saber si hoy hasta mi padre hubiera empezado a creer que sus grandes esperanzas, aquellas que un día depositó en mí, quizá no hubiesen sido en vano.

Phil O’Hara

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