Archivos Mensuales: noviembre 2014

Lo que Freud le diría al ministro Wert

(Se abre el telón y vemos al Doctor Freud, serio y cejijunto, tomando apuntes en su libreta. Entra en ese momento en su consulta el Ministro de Educación, José Ignacio Wert, al que Freud invita con un gesto a acomodarse en el diván. Así lo hace el Ministro, tras despojarse de su chaqueta y aflojarse el nudo de la corbata).

WERT.- Ave María Purísima.

FREUD.- Señor Ministro, esto no es un confesonario.

WERT.- ¿No dicen que los psicoanalistas son los nuevos confesores?

FREUD.- Hay ciertas diferencias. Nosotros cobramos por la consulta.

WERT.-  Y en la iglesia pasan el cepillo. Sigo sin comprender en qué se distinguen la religión y la ciencia.

FREUD (impaciente).- ¿Qué le parece si empezamos la sesión?

WERT.- Sí, por supuesto. Verá doctor… (carraspea) El caso es que últimamente tengo sueños recurrentes y como dicen que usted es persona entendida en el tema…

FREUD (impostando modestia).- Algo hemos estudiado al respecto, sí.

WERT.- Pues el caso es que de un tiempo a esta parte he tenido fantasías sexuales con… (carraspea nuevamente) mi compañera de gabinete, Soraya Sáenz de Santamaría.

FREUD (repentinamente interesado).- ¿Ah, sí? ¿Y de qué tipo?

WERT.- Del tipo ménage à trois.

FREUD.- ¿Podría concretar un poco más?

WERT.- Pues sueño que me la chupa, al tiempo que el Presidente del Gobierno se la beneficia por detrás ¿Qué le parece, doctor?

(Freud se lleva el lápiz a la boca, pensativo)

FREUD.- Muy difícil, teniendo en cuenta la diferencia de estatura entre ambos.

WERT.- No me refería a eso.

FREUD.- Sé exactamente a qué se refiere. Verá, yo creo que Soraya representa la figura materna, que le da a usted la razón en todo, mientras que el Presidente encarnaría a la autoridad paterna, que actuaría como fiel de la balanza, poniendo las cosas en su sitio.

WERT (asustado).- ¡Dios mío! ¿No será eso un brote inconsciente de machismo? ¿Qué pensarían de mí si llegara a saberse? Podría ser el fin de mi carrera política. Por mucho menos pusieron a escurrir a Miguel Arias Cañete.

FREUD (encogiéndose de hombros).- El subconsciente no está sujeto a clichés culturales ni valoraciones morales. De todos modos, no se preocupe, puede usted confiar en mi total discreción.

WERT (suspirando aliviado).- Gracias, doctor. No sabe el peso que me quita de encima ¿Pasamos al siguiente sueño?

FREUD.- Adelante.

WERT.- Pues verá, se trata de otro ménage a trois. Esta vez con dos chicas.

FREUD.- Hay que reconocer que son de lo más entretenido las consultas con usted. Prosiga.

WERT.- De acuerdo (Carraspea por tercera vez) En esta ocasión, las interfectas son Bibiana Aído y Leire Pajín.

(Freud cruza las piernas, con el propósito de disimular la erección que se le insinúa por debajo de los pantalones).

FREUD.-  Cuente, cuente, soy todo oídos.

WERT.- Yo diría que se trata de una fantasía con claras connotaciones necrófilas. Porque me imagino que soy nada menos que el cadáver del Generalísimo Franco, en su tumba del Valle de los Caídos. Es curioso que tuviera este sueño precisamente anoche, en el 39º aniversario de su muerte.

(Freud se retuerce en su silla de gusto, que consigue disimular a duras penas).

FREUD (casi jadeando de excitación).- Siga.

WERT.- Una de las dos (indistintamente) me da placer oral, mientras que yo hago lo mismo con la otra, simultáneamente. No vea usted lo bien que nos lo montamos allá en la necrópolis.

(Llegados a este punto, el ministro suelta una risita a un tiempo idiota y desganada, que desactiva automáticamente la erección de Freud. Esta vez es el doctor quien carraspea, recobrando inmediatamente la compostura. El ministro, de espaldas a él y tendido en el diván, no se ha percatado de nada).

WERT.- ¿Qué cree que significa, doctor?

FREUD.- Yo diría que usted establece una conexión entre Franco y estas dos señoras. Tenga en cuenta que los tres estaban en contra de la prostitución, aunque lo hicieran desde distintas perspectivas. El hecho de entregarse a la sexualidad más desenfrenada y sicalíptica precisamente en el interior de una tumba, donde nadie puede verles, constituye un indicio inequívoco de que ustedes tres son unos reprimidos, con independencia de su filiación ideológica.

WERT.- Ya, pero… ¿por qué tiene que ser precisamente la tumba de Franco?

FREUD (encogiéndose de hombros nuevamente).- No hace falta ser el mejor psiquiatra del mundo (es decir, yo mismo) para responder a eso. Sencillamente, usted se identifica con Franco. Es evidente que le gustaría ser como él o, mejor dicho, ser él.

WERT.- ¡Cuánto sabe usted, doctor! ¿Puedo contarle otro sueño más?

FREUD (consultando el reloj, dubitativo).- Si se da usted prisa…

WERT.- No se preocupe. Esta vez se trata de dos vacas: una gorda y otra flaca.

FREUD (esbozando una sonrisa irónica).- Creo que éste ya me lo sé ¿Y la vaca más flaca se come a la más gorda, verdad?

WERT (titubeando).- Bueno, no exactamente… De hecho yo diría que más bien es al revés, con un pequeño matiz.

FREUD.- ¿Ah, sí? ¿Y cuál es?

WERT.- La más gorda se beneficia a la más flaca. Dándole por el ojete.

(Presa de un ataque de nervios, Freud se apresura a depositar el lápiz y la libreta sobre la mesilla más cercana. El ministro, al advertir su gesto, se incorpora levemente).

FREUD.- Mucho me temo que se nos ha acabado el tiempo. Si le parece, le puedo dar cita para la semana que viene. Le diré que su patología es muy interesante, pues desde siempre me he sentido atraído por los pacientes obsesionados con el sexo anal. De hecho, siempre he creído firmemente que en la vida todo es sexo anal.

WERT (poniéndose de nuevo la chaqueta).- Tiene usted unas ideas sobre la vida verdaderamente fascinantes, doctor ¿Me dice cuánto le debo?

FREUD.- Con mil euros lo hace.

(Wert da un respingo)

WERT.- ¿Mil euros? Pero… eso es una barbaridad. Con IVA incluido, supongo.

FREUD.- Por supuesto. Aquí somos gente seria, y lo declaramos todo ¿Qué diría, si no, su compañero de gabinete, don Cristóbal Montoro? Por lo demás, no le parezca tan caro. Tenga en cuenta que servidor es nada más y nada menos que el padre del psicoanálisis, por mucho que ya no se enseñen estas cosas en el modelo educativo propuesto por usted y sus predecesores en el cargo.

(Wert se palpa la chaqueta con indecisión, extrayendo finalmente un talonario)

WERT.- Bueno, no sé si sabrá que los ministros no llevamos dinero encima, pero le diré lo que vamos a hacer. Le voy a firmar un pagaré a tres meses. Si dentro de tres meses no ha cobrado, se puede quedar con el pagaré.

(Freud lanza un atribulado suspiro)

FREUD.- Yo también he visto Sopa de ganso, pero está bien. Ahora, si me lo permite, debo atender a mi próximo paciente.

WERT.- No se preocupe. Le ayudaré a agilizar los trámites.

(Freud observa, asombrado, cómo Wert se arranca la piel de la cara, que resulta ser una careta, y aparece la efigie de José Antonio Monago quien, tras quitarse la chaqueta y aflojarse de nuevo el nudo de la corbata, se vuelve a tender sobre el diván.  Freud, resignado, toma asiento y se dispone, una vez más, a tomar notas).

MONAGO.- Pues verá, doctor. Últimamente tengo alucinaciones recurrentes. Creo que estoy viajando en avión a Canarias, con intención de ver a mi chica. Lo malo es que todo el mundo a mi alrededor padecen esa misma alucinación, puesto que también lo creen, por mucho que yo les insisto en que se trata de viajes oficiales.

FREUD (aparte, suspirando de nuevo).- Qué dura es la vida del psicoanalista, sobre todo de media cintura para abajo.

(Poco a poco va cayendo el telón).

THE END

Jardiel Pencil

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Tallón o de las listas

JARDIEL PONCELA, PHIL O’HARA, JUAN TALLÓN, DIEGO BARROS, RAFA CABELEIRA.

Jardiel.- Claro que recuerdo el episodio, Phil. Fue en el Viña, ¿no es cierto, mi querido amigo?

Phil.- En efecto, fue allí, Jardiel. Y recordarás que Tallón defendía a capa y espada que no existía algo tal como una lista de los cien mejores libros.

Jardiel.- Lo recuerdo muy bien, aunque creo que en verdad nuestro admirado Tallón no hablaba en serio cuando afirmaba tal cosa. No tengo yo por relativista a Tallón.

Phil- ¿Pero cómo será eso? Deberíamos atenernos a sus palabras, ¿verdad, Jardiel? ¿A qué otra cosa si no? Si hemos de entender por lo que dice Tallón no lo que en efecto afirma sino su contrario, entonces ¿cómo habremos de creer en la  existencia de algo como lo cierto y lo falso, querido Jardiel?

Jardiel.- Sí debiéramos creer que existen lo cierto y lo falso; no quieran los dioses otra cosa, Phil. Si pudiéramos discutirlo ahora con él, ten por seguro que Tallón nos sacaría de dudas. Es más, estoy convencido de que Tallón nos permitiría hasta la licencia de que en la siguiente línea -o dos más allá- lo hiciésemos aparecer como si fuese lo más normal, viéndolo entrar por esa puerta acompañado de su buen amigo Diego Barros.

Phil.- Ya puestos a pedir licencia, podría acompañarlo también Rafa Cabeleira, amigo de Tallón también, y de ese modo si llega el caso de que la conversación sobre filosofía o literatura acaba por cansarnos, podríamos departir sobre balompié, si ello no ha de molestarte, mi buen Jardiel.

Jardiel.- Ya sabes, Phil, que confieso sin rubor mi absoluto desconocimiento de ese deporte que dicen rey; no lo comprendo. En ese menester vine al mundo con igual genética, me temo, que mi hermano Adrián, que a pesar de gustarle tampoco parece entenderlo en demasía; pero descuida, llegado el caso, como dices, os oiría con placer hablar sobre carrileros, medios centros, achique de espacios, triangulaciones y otras figuras geométricas que sí creo entender y que al parecer tanto tienen que ver con el juego del balón.

Phil.- Pues muy bien, hagamos que entren Tallón, Diego Barros y Cabeleria.

Jard.- ¡Queridísimos amigos! Decidme, ¿qué os trae, gallegos, por estas vecinas tierras de León?

Tallón.- Pues como no lo sepas tú, Jardiel.

Jardiel.- Claro, es cierto. Antes que nada, dejadme que os invite a limonada, corto o caldo; con tapa o con caldo de tapa. ¿Qué os apetece, decid?

Phil.- Creo, Jardiel, que estás mezclando las historias…

Diego.- Un corto con tapa para mí, Jardiel.

Cabeleira.- Limonada con caldo.

Tallón.- Corto también para mí; con tapa.

Phil.- Un caldo, Jardiel; pero con tapa. De otro modo sería un caldo al cuadrado.

Jardiel.- Esteban, ya oíste a estos señores: cinco limonadas con tapa ¡marchando!

Phil.- Jardiel, sin más premura deberías, creo, explicarle a Tallón cuál es el motivo que le trae de nuevo al Viña. Si recuerdas…

Jardiel.- Lo recuerdo, Phil; perfectamente. Dinos, Tallón, ¿es cierto que afirmas en tu obra Cien Libros Peligrosos que no crees que exista una lista de cien obras, digamos maestras, mejores por lo tanto que de la ciento una en adelante? En tal caso, deberíamos poder concluir que cualquier obra, la que sea, incluso una de Protágoras o de Paco bien podría formar parte de dicha lista, puesto que no habiendo cien mejores, todas podrían figurar allí. ¿Sigues mi razonamiento, Tallón?

Tallón.- Hombre, Jardiel. Seguirlo, sí lo sigo; pero te diré, sin ánimo de ofender ni asomo de acritud, que tu razonamiento es una mierda. El sistema decimal, deberías saberlo, no deja de ser pura convención. De haberse implantado, por ejemplo, un sistema duodecimal, mi libro bien pudiera haberse titulado Ciento ocho Libros Peligrosos, ¿no te parece?

Phil.- Me parece, Tallón, que Jardiel aceptará ese razonamiento. ¿Verdad, Jardiel?

Jardiel.- ¡Cómo no he de aceptarlo!, viniendo de quien viene convendré que son palabras sabias; y es de recibo hacer caso de quien habla palabras sabias. Pero, dime, Tallón, ¿tus amigos y tú podríais aceptar, a vuestra vez, que…

Diego.- Yo lo que creo es que o en esa lista falta un libro, y entonces debería ser una lista de ciento un libros, o sobra uno, mas con el que digo que falta seguirían siendo cien.

Phil.- ¿Y di, qué obra falta, según a ti te parece, Diego?

Diego.- Cien Libros Peligrosos. El libro de Tallón es una lista de cien grandes libros, pues yo afirmo que Cien Libros Peligrosos debería figurar en Cien Libros Peligrosos. El libro con la lista contendría así el libro con la lista.

Cabeleira.- No sé si Tallón estará muy de acuerdo en eso, Diego.

Jardiel.- Esteban, pon cinco limonadas más, ¡con tapa!

Phil.- Jardiel, llegados a este punto creo que podemos zanjar la cuestión de las putas listas y ponernos a hablar de fútbol, ¿no te parece?

Jardiel.- Como os plazca, querido Phil. Diego nos ha sacado del apuro al decir que el libro de Tallón debiera estar en la lista, ya responda ésta al sistema decimal o a cualquier otro, y es cuanto precisábamos oír. Ea, pues, amigos, obremos así, puesto que así lo indican los dioses.

Y así fue que Jardiel se levantó y marchó del Viña, dejando a sus amigos discutiendo de fútbol, no sin antes haber convenido con todos ellos que se volverían a encontrar luego en el Celso para cenar y dar cuenta de su tortilla de patatas, su ensalada, su picadillo, su jamón cocido, su morcilla y sus postres caseros; regándolo todo con buen vino del Bierzo y departiendo sobre váteres, sobre filosofía y sobre literatura hasta caer borrachos si fuese menester.

https://descartemoselrevolverdotcom.files.wordpress.com/2014/10/avance-22libros-peligrosos22.pdf

Phil O’Hara

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Hans y la fiabilidad alemana

Casi todo el mundo adora los veranos. Yo no; yo los aborrezco. Hace un par de años, a finales de uno, se inundó mi piso. Si fue por ser verano o por el mal mantenimiento de las cañerías comunitarias sólo dios lo sabe; lo cierto es que al regresar a casa una noche, antes de franquear el umbral de la puerta ya presentí algo extraño. Presentí la tragedia, la llegaba a mascar. Como cuando se enciende una luz en tu interior e intuyes que algo va a ir mal, pero incluso esos datos son insuficientes y no tienes otro remedio que aguardar lo que sea. Abrí la puerta con la cautela del detective versado en los casos más enrevesados; o la del ladrón de guante blanco presto a desvalijar la caja de caudales oculta tras la impecable reproducción de Marc Chagall en mitad del salón y de la noche. No resultaba difícil advertir, incluso con poca luz, que la copia del lienzo de Chagall era excelente; sólo el original podía mejorarla. Nunca he dejado de admirar la extraordinaria pericia de ciertos copistas; es fascinante. En el recibidor no se apreciaba nada extraño, a no ser un olor chocante, a cerrado o directamente a sucio; nada extraño, pues. Pero al cruzarlo y llegar al salón la normalidad había abandonado el piso para que lo ocupasen los restos de un naufragio de papeles, celulosa y no sé qué diantres más que la inundación había esparcido por la estancia. Desde allí hasta el cuarto de baño el paisaje se repetía en una reproducción -como la de Chagall- casi perfecta. Pedazos de papel y celulosa y no sé de qué diantres más desparramados por doquier pero siempre de la misma forma. Si un observador avezado lo hubiese estudiado con suficiente detenimiento, apuesto a que hubiese logrado demostrar que la disposición de residuos sobre el pavimento era exactamente la misma en cada estancia: en el salón igual que en el estudio, la misma en el dormitorio y tal cual en el cuarto de baño. Aquella distribución de residuos que la inundación había traído consigo y que deberían haber seguido su curso a través de las cañerías de desagüe de no haber estado obturadas en vez de aparecer en mi piso, tenía un indefectible atractivo; un magnetismo arrebatador irradiado por la perfección con que toda aquella porquería se había esparcido por el suelo; ningún trozo parecía ocupar el espacio fruto del azar; todo parecía encajar según un plan preestablecido por una mente privilegiada; si no divina, demiúrgica al menos; aquello no podía atender al simple capricho de fuerzas gravitatorias y de fricción.

Cuando por fin me substraje de la ensoñación en la que me había sumido en contra de mi voluntad me di cuenta de la magnitud de la catástrofe: el esfuerzo por limpiar todo aquello lo presumía titánico, y luego estaba la cuestión de los desperfectos causados por el agua en los marcos de madera y en las puertas. La del cuarto de baño era un poema; una oda a la fatalidad, un verdadero drama. No había más remedio que reponerla. Hecha la composición mental de cuanto iba a ser necesario llevar a cabo decidí que lo más prudente iba a ser acostarme y aguardar a la mañana siguiente para poner manos a la obra. A fin de cuentas la perspectiva de dormir sin alterar la simetría axial de un paisaje de formas perfectas como aquel unida al cansancio y a las pocas ganas de liarme con la fregona a esas horas desaconsejaban otra cosa.

Con la luz del día y tras el sueño reparador las cosas se ven distintas. Si sumas un café recién hecho con leche en taza de desayuno no tan sólo las ves distintas, las ves mejor; mucho mejor. Para empezar la perfección había desaparecido por completo y dejaba paso a la realidad, que se imponía en toda su crudeza: el piso estaba hecho unos zorros; daba asco. Hablé con la compañía de seguros, tomé un par de fotografías, quedé con el perito para que juzgase aquello y empecé con la limpieza. Cuando terminé llamé a Hans, el carpintero que mi hermano me había aconsejado. <<Es un fenómeno, ya verás. Tiene todas las virtudes que puedes presuponer en un ciudadano alemán: es formal, eficiente, meticuloso y perfeccionista; y por si fuera poco cuesta como uno español. Un chollo, vaya>>. Quedamos al día siguiente en el piso para que viera el trabajo que iba a llevar a cabo. Pero no se presentó. Ni llamó. Tuve que llamarlo yo. Le surgió no sé qué compromiso de esos ineludibles y no pudo cumplir con la cita, así que volvimos a quedar. Esa vez sí apareció; puntual, además. Vio las puertas y los marcos y dijo que volvería al día siguiente a tomar medidas; hoy no llevaba las herramientas encima. <<¿Te refieres a una cinta métrica?… Bueno, tú sabrás>> Hans se despidió sin tomar medidas a la puerta. Fiel a su palabra apareció al día siguiente con una cinta métrica muy parecida a la que yo le hubiese dejado, una gubia, un formón y una maza con los que practicó una muesca de tamaño considerable en la madera para, dijo, confirmar de qué tipo era. Confieso que esa vez me pareció un profesional competente y pensé que quizá mi hermano estuviese en lo cierto y el carpintero aquel fuese en verdad un fenómeno. Me anticipó que substituir las dos puertas y los marcos no iba a resultar barato: no eran de tamaño estándar. <<Ah, vaya>>, fue todo cuanto se me ocurrió decir. Hans quedó en mandarme el presupuesto al cabo de una semana. Pasadas dos le llamé para ver si ya lo tenía. Un mes más tarde se lo reclamé por segunda vez. Y después de dos meses sin tener noticias de Hans intenté hablar con él sin conseguirlo. En setiembre se cumplieron dos años desde que Hans me advirtiese de que la medida de las puertas no era estándar. Por mi hermano sé que no le ha ocurrido nada malo al bueno de Hans; sigue con la carpintería. Las puertas están más o menos como él las dejó, con la mella que practicó en uno de los marcos. Ya me he acostumbrado a verlas así. Me recuerdan el episodio de la inundación y a Hans, el carpintero alemán. Seguramente lleva demasiado tiempo aquí, lejos de su Alemania natal y de la fiabilidad germana de la que mi hermano me habló.

Phil O’Hara

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