Hace un año

La enfermedad de padre nos sorprendió a todos con el pie cambiado. Rondando el medio siglo, andábamos ocupados en ir criando a los hijos, sin descuidar las visitas, las más de las veces meramente rutinarias, al médico de cabecera para que atendiera un lunar que parecía haber crecido, una tos tan persistente como molesta, o cualquier otra afección que nos ponía arbitrariamente en alerta convencidos, sin razón que sostuviera una certeza que ni tan siquiera llegaba a serlo, de que si en aquella familia se habían cobrado ya demasiados óbitos antes de tiempo, por qué no iba a ser embolsado uno más. El infortunio no suele conformarse con poco ni mucho, ni las consabidas desgracias, por el hecho de serlo dejan de aparecer sin que nadie las espere. Si a tales menesteres consagrábamos unas vidas que si por algún motivo merecían ser destacadas era precisamente por no destacar en gran cosa, la atención que prestábamos a la vitalidad de padre era escasa, se limitaba a una contabilidad semanal cuando no quincenal que iba confirmando que a pesar de los años la vida seguía tratándole, en lo que a la salud se refería, razonablemente bien, sin que fuésemos capaces de advertir en el horizonte amenaza alguna de que nada, ni nadie, fuese a reclamarle algo. Los excesos, si los hubo,  sucedieron hace demasiado tiempo y no le habían pasado factura. Ni él ni nosotros recordábamos cuándo dejó de fumar.

En navidades le visitamos y estuvo más quejoso que de costumbre por un dolor en el brazo. Le gustaba aupar a los nietos más pequeños sin tener ya edad para ello y a tales sobre esfuerzos atribuimos la dolencia. Las fiestas pasaron y los nietos se fueron, pero aquel dolor, nos contaba, se obstinaba en permanecer, seguía incomodándolo. La visita al médico no nos tranquilizó, ni a él tampoco. Fue justo lo contrario: algo no debió parecerle bien al facultativo, porque mandó más y más pruebas que no hicieron sino confirmar los peores augurios: padre no solo padecía un cáncer; el tumor avanzaba apoderándose de un cuerpo que empezaba a sufrir el padecimiento de una enfermedad que no iba a dejar de ser cruel, y aunque jamás quiso reconocerlo, porfiando por disimular inútilmente lo obvio, aquel mal debió usurpar también territorios del alma, pues la angustia no se conformaba con minar su organismo, exigía subyugar al espíritu. La entrevista con su oncóloga, hoy, un año después, sigue lacerando la piel de mi memoria: la enfermedad era incurable y el cálculo más optimista, dijo, le otorgaba un año de una vida que a partir de entonces no iba a ser nada plácida. Se trataba de librar la batalla a pesar de conocer de antemano la segura derrota. Las hostilidades se prolongaron seis cortos largos meses. En la mitad del tiempo que la estadística le concedía, aquel cáncer lo derrotó. De modo inmisericorde.

Los seis meses hasta que murió fueron un carrusel de emociones: nos reencontramos con el incalculable gozo de volver a pasar mucho tiempo con padre; rememoramos con él episodios de unas infancias hasta entonces apenas desempolvadas; volvimos a reír con él, y volvimos a llorar. A llorar mucho. También a conversar pacientemente largos ratos. El cáncer, qué macabra conjunción, nos recobró a un padre que hacía tiempo que había dejado de ejercer de tal; o quizá éramos nosotros los que habíamos abdicado de la condición de hijos. Lo que la tierra en exceso austera y sobria en la que creció debió modelar su carácter, o la falta de costumbre, me privaron de abrazarlo durante esos meses en muchas ocasiones que quise hacerlo, sin llegar a atreverme, solo porque no interpretase ese abrazo, que hoy aún echo tanto de menos, como una confirmación de lo inevitable. Abrazarlo hubiese sido negarle cualquier esperanza. ¡Qué estupidez!

A padre jamás le agradeceremos lo bastante esa dedicación por momentos obstinada por labrar en sus hijos las simientes de unas almas libres; simientes que germinaron y crecieron robustas.  Se dedicó a ello convencido de que era lo mejor que podía legarnos. La promesa que en el lecho de muerte hiciese al gran amor de su vida de no separarnos jamás, también nos enorgullece. Portadores de los genes de una estirpe parca en expresar las emociones, acertó padre al acercarnos, acaso por ventura, a un mar capaz de suavizar cualquier talante. Alejarnos de la tierra que lo vio nacer debió  contribuir a ello. A la manera del buen artesano, supo cómo hacer, empero, para que conservásemos apego a unas raíces que siendo las suyas, o precisamente por tal, fueron siempre las nuestras. Nos honró mientras vivió. Le honramos ahora a él después de muerto. Mantener vivo su recuerdo y reconocerlo en cada uno de nosotros es la mejor de las herencias.

Phil O’Hara

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Billares Asensio

BILLARES-SLIDE

<<¡Me cago en las funciones, en las ecuaciones de primer y en las de segundo grado, en las derivadas y en la madre que parió a las matemáticas!>> Aquel pensamiento traducía con una nitidez impropia del paso de tiempo, que debería haber desdibujado al menos  algunas de aquellas palabras, restándoles esa chocante exactitud, lo pronunciado hacía más de treinta años ya. Si la claridad con que se manifestaba no resultaba extraña ni había nada insólito en tanta precisión, si el pensamiento se adecuaba como un guante a una realidad tan lejana era por la cotidianidad, que había logrado mudar lo ocasional en rutinario. El recuerdo de una tarde cualquiera, en la que Paco y yo íbamos a llegar tarde a los Billares Asensio por culpa de la dichosa ciencia exacta, asaltaba sin previo aviso a mi conciencia más a menudo de lo deseable. Remembraba entonces a don Peláez: no solo no parecía mostrar la menor compasión por nosotros ni por nadie, empeñado en apurar siempre hasta el postrer segundo las clases, tratando en balde de infundir tan noble disciplina en tan poco privilegiadas mentes, sino que seguía torturándonos con el cuadrado de la hipotenusa y la suma de los cuadrados de los catetos, cuando los únicos tales éramos allí y entonces Paco, un servidor, y veintisiete palurdos más. O lo que venía a ser igual: todos menos Agustín, el único chaval con luces de toda la tropa; el único que no siendo anormal parecía capaz de comprender casi el asombroso Teorema de Pitágoras, seguir medianamente bien el resto de las exposiciones de don Peláez, y llevar a casa al final del trimestre el boletín sin un suspenso, y en ocasiones, aunque raras, hasta con algún que otro notable. El resto no éramos más que un hatajo de patanes; unos paletos sin porvenir alguno en el prodigioso mundo de las matemáticas; pero tampoco en el de la lengua y la literatura españolas, ni acaso en ninguna otra de las materias que en el instituto un puñado de bienintencionados profesores se afanaban inútilmente por tratar de enseñarnos.

Al franquear la puerta del establecimiento allí ya no quedaban más que el señor Asensio, dueño del local, Josines, su ayudante, un joven medio bobo y apocado que cuando no se mataba a pajas encerrado en el lavabo de caballeros se dedicaba a ordenar las mesas, barrer el piso y dar tiza a los tacos, o si no, a dormitar en cualquier rincón esperando la hora del cierre, y tres o cuatro paisanos más que formaban parte irreductible de una clientela tan escasa como pintoresca y fiel. De los de preu, ni rastro. Libres de clases a partir de las cuatro, tenían tiempo sobrado para dejarse caer en los billares, conseguir, con suerte, una tacada de cinco, pavonearse ante Margarita y su troupe, invitarlas a unas Fantas y salir del local asiéndolas el talle. Paco y yo acabábamos, qué remedio, echando los dos unas partidas. Ni con suerte logramos jamás encadenar cinco carambolas; nos pedíamos, eso sí, también unas Fantas, y salíamos de los Billares Asensio tras despedirnos del dueño y mandar a tomar por culo a Josines, sin que mediase razón alguna para ello, a no ser la de pagar con él tan negro sino: largarnos de allí, un día sí y otro también, con el rabo entre las piernas, derrotados en el tapete por la impericia y en la vida por unos guajes apenas un par de años mayores que nosotros. ¡Cuántas veces no habríamos planeado saltarnos las clases de don Peláez! Al final, por miedo a aquel profesor sin escrúpulos y a la segura reprimenda paterna después, aplazábamos las pellas y continuábamos asistiendo a las lecciones de latín de don Peláez, que a esa lengua muerta más que a otra cosa nos sonaba todo aquello. De no haber sido por el magisterio que mi padre, para quien las matemáticas no guardaban secreto alguno, nos dispensaba todos los martes y jueves desinteresadamente a Paco y a mí, no hubiésemos aprobado ninguno de los exámenes de don Peláez. A aquellas clases particulares debíamos Paco y yo un currículum en el que nunca figuraron las matemáticas entre la larga ristra de suspensos. Al magisterio paterno debíamos también la afición al billar. El dudoso gusto por la Fanta, la inclinación por Margarita y sus amigas y la propensión a injuriar a Josines zahiriéndole sin motivo real alguno eran en cambio mérito enteramente nuestro.

No he vuelto a saber de Paco. Ignoro si los billares siguen en pie. Ni sé qué habrá sido del señor Asensio y de Josines. He acabado, qué ironía, como don Peláez, convertido en un viejo profesor incapaz de que sus alumnos comprendan los teoremas y descifren las demostraciones. La antigua fascinación por vislumbrar las trayectorias, por discernir el resultado de un efecto en las bolas, por interpretar las fuerzas y los movimientos necesarios para concatenar una carambola tras otra acaso acompasaran aquella remota afición a mis estudios. Las matemáticas, y especialmente el billar, siguen empero guardando demasiados secretos para mí; en eso como en tantas otras cosas envidio la sapiencia y la pericia de mi padre, pienso, mientras mis pasos se encaminan, cansinos y poco decididos, desde la sala de profesores hacia el aula en la que esta tarde también, lo mismo que ayer, aguardan desganados mis alumnos, seguros ellos lo mismo que su profesor de seguir sin entender apenas nada de lo que les voy a contar. Quizá hoy, poco antes de que resuene el timbre liberador que anuncia el final de la lección, les cuente que un día ellos se acordarán de cuando se cagaban en las funciones, en las ecuaciones de primer y en las de segundo grado, en las derivadas y en la madre que parió a las matemáticas.

Phil O’Hara

LUNES DE AGUAS

Cincuenta y cuatro días habían pasado, con sus respectivas noches (los cuarenta días de la Cuaresma, más los siete de la Semana Santa, más los siete de la Semana de Pascua) desde aquel Martes de Carnaval, a la vez tan cercano y tan lejano en el tiempo, en que todas las “mujeres de mala vida” de la ciudad, bajo la torva y atenta mirada del Padre Putas, se habían embarcado rumbo a su destierro temporal a la otra orilla del río Tormes. Mariola, al igual que las demás meretrices, se había acomodado en una esquina del batel, no sin que antes el cetrino páter, en el momento preciso de embarcar, la agarrara fuertemente por el brazo y le espetara con admonitoria seriedad:

-Me trae sin cuidado que tu alma pecadora arda en el infierno, pero por nada del mundo permitiré que arrastres allí a Federico. Puedes estar segura de ello.

Durante unos breves instantes le sostuvo la mirada, pero no tardó en bajar la cabeza al creer percibir en los ojos del cura lo que le parecieron sendos rescoldos de las llamas del orco. Era aquella una mirada que destellaba odio, un odio acérrimo e infinito que no dejaba de resultar contradictorio en alguien que se consideraba ministro de quien dijo una vez aquello de “quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Fue entonces cuando aquel cancerbero a la inversa, que expulsaba las almas perdidas al infierno en lugar de retenerlas, se alejó para atender las otras recuas de pupilas tomando posición en los esquifes. Aprovechando la ocasión el barquero, tras ayudarla galantemente a subir, le dijo a media voz en un tono socarrón y compasivo a partes iguales:

-Con la iglesia hemos topado.

A Federico lo había conocido aquella noche de Martes de Carnaval, en el baile de máscaras organizado por los estudiantes de Medicina en el Palacio de Fonseca, de la que entonces no se podía decir para nada que estuviera triste y sola. Ella y las demás prostitutas menudeaban por los rincones a la caza de bisoños mancebos a los que iniciar (o impartir un curso de perfeccionamiento) en las artes amatorias. A diferencia de sus colegas, Mariola nunca había sido pródiga en zalamerías ni ademanes obscenos, impostando un aura de fragilidad y timidez que tal vez fuera lo que suscitara el interés de Federico, quien no vaciló un instante en acercársele e invitarla a bailar, tan pronto como sus miradas respectivas se cruzaron en el claustro de Fonseca bajo la sombra del antifaz. Desde el principio le había parecido guapísimo y por un momento (¡qué tonta!), se había dejado seducir por la ficción de que aquel acto puramente mercantil hubiera podido ser el preludio de algo parecido a una relación sentimental, de las que tenían las señoritas de verdad. Luego se habían ausentado discretamente en mitad de la fiesta y le había llamado poderosamente la atención que, cuando ella hiciera mención de quitarse los antifaces, él le sujetara la muñeca en el viaje de la mano hacia su rostro y le susurrara quedamente al oído:

-No antes de las doce de la noche. Hasta entonces mejor no saber absolutamente nada el uno del otro.

Extrañada ante esta insólita proposición, se había abandonado al solaz de aquellos brazos, jóvenes pero en absoluto inexpertos, que, para su sorpresa aún mayor, la habían tratado con una delicadeza de la que nunca se había considerado digna y que, desde luego, nunca había disfrutado antes con ningún otro cliente. “Debe ser así como tratan los maridos a sus esposas o, en general, los hombres a las mujeres que aman” ¿Podría algún día ella ser querida de ese modo?, pensó en un alarde de ingenuidad. Tales reflexiones fueron seguidas de un profundo y atribulado suspiro, tan pronto como despertó a la cruda realidad. La cual bien podía quedar reducida a una máxima tan simple como irrefutable: es muy fácil caer en el arroyo, pero luego resulta prácticamente imposible salir de él.

-Tengo que irme. Ya sabes cuáles son las ordenanzas –dijo ella, desasiéndose con mal disimulada resignación de aquel cálido brazo que, por unos instantes, le habían hecho sentir como una mujer de verdad, en vez de como un mero objeto de placer. Luego se había enfundado en su vestido vulgar de maritornes, mientras él la observaba con deleitosa concupiscencia desde detrás de la máscara que, al igual que en el caso de ella, seguía cubriéndole el rostro.

-Voy contigo –exclamó él incorporándose y vistiéndose rápidamente, apenas hubo encaminado Mariola sus pasos hacia la puerta del lóbrego cuartucho de la pensión donde acababan de yacer juntos.

Sin pronunciar palabra la acompañó hasta la orilla del Tormes, en las inmediaciones del puente romano, donde ya las barcazas estaban dispuestas para trasladar su innoble mercancía al otro lado de lo que a ella en ese momento se le antojó como la laguna Estigia. Porque aquello era lo más parecido a la muerte. Tan dolorosa le resultaba en aquellos momentos la separación, sin que acertara a explicarse el porqué. Fue entonces cuando las campanas de la Clerecía tañeron las doce de la noche con su sonido patibulario y vibrante.

-Ahora sí que ha llegado el momento de quitarse las máscaras –dijo él.

Así lo hicieron, y entonces supo que había quedado definitivamente prendada de aquella mirada glauca y limpia que, para su creciente asombro, era la primera mirada limpia que le habían dirigido en sus diecinueve años de vida, que aunque no eran muchos, en la calle habían transcurrido increíblemente largos.

-Soy Federico. Te estaré esperando cuando vuelvas.

Ella le dijo también su nombre y sellaron su reciente conocimiento con un beso largo y cálido, instante mágico en el que sintió que quedaba atrapada la eternidad. Eternidad a la que puso fin la voz autoritaria de ese hombre hosco y siniestro que, enfundado en su negra sotana, era lo más parecido a un heraldo de la muerte. Mariola creyó percibir un vago aire familiar entre el hombre que había poseído su cuerpo aquella noche y el malévolo páter, empeñado aparentemente en hacerse con el control de las almas de cuantos estaban allí. De hecho, era como si un escultor invisible hubiera pulido las facciones del sacerdote y, al suavizarlas, el resultado hubiese sido el efébico rostro de Federico.

-Ya está bien. Es hora de embarcar –dijo escuetamente el Padre Putas, fulminando a Mariola con aquella mirada transida de hostilidad que, de haber sido un rayo, sin duda la hubiera traspasado de parte a parte ¿Por qué tanto odio concentrado precisamente en ella? Daba exactamente igual. No quedaba otra que obedecer así que, desasiéndose lentamente del abrazo de Federico, recibió un último beso de este último en los dedos tras posarlos brevemente en sus labios y se encaminó, cabizbaja y con gesto compungido, hacia el lugar donde estaban fondeados los esquifes.

Casi dos meses habían transcurrido entre aquella fría noche de invierno y esta luminosa mañana primaveral del Lunes de Aguas, en la que Mariola se preguntaba con el corazón en un puño si acaso estaría esperándole la felicidad al otro lado del río. No dejaba de escudriñar la orilla opuesta haciendo visera con la mano, a la vez que se dirigía a sí misma toda clase de reproches por ser tan ingenua. Sin duda que la breve travesía hubo de resultarle como a Don Quijote cuando llegó a Zaragoza y cruzó el río Ebro en un bote como aquel, creyendo en el medio de su entrañable locura que navegaba por un mar encantado.

Hasta que lo vio. Allí estaba él, justo al borde de la corriente, sujetando en la mano un ramo de rosas y un objeto brillante que (casi le daba miedo admitirlo), le pareció que era un anillo de pedida. El barquero (casualmente el mismo que la acompañara en el viaje de ida) se quedó atónito cuando la vio saltar al agua y mojarse el bajo de la falda sin que el bote hubiese aún atracado. Atolondradamente se lanzó en los brazos de Federico, al tiempo que sus compañeras y los amigos de él prorrumpían en una salva de aplausos, mientras ellos dos, ajenos a cuantos les rodeaba, volvían a recuperar el sabor de la eternidad al fusionarse sus bocas en un beso, si cabe, más cálido y luminoso aún que el que selló la hora de la separación.

-Te dije que te esperaría –dijo él, mirándola fijamente a los ojos y entregándole lo que, en efecto, era un anillo de pedida.

-Nunca creí que lo hicieras –balbuceó ella, con los ojos anegados por lágrimas de incrédula felicidad.

-Siempre cumplo mi palabra. Contigo iría al mismísimo infierno, si me lo pidieras.

Al oír esto Mariola, como impelida por un resorte, dio un respingo, sintiéndose acometida por una extraña sensación de dejà vu. Y entonces volvió ligeramente la cabeza y lo vio, al Padre Putas, a escasos metros de donde ellos estaban. Pero su expresión ya no era de odio, sino que reflejaba la más viva (o muerta) imagen de la derrota. Muy lentamente este se giró y comenzó a alejarse de allí con pasos lánguidos y cansinos, como si hubiera envejecido cien años en apenas dos meses. Mariola no pudo evitar sentir una punción de compasión por él.

-¡Qué raro! – exclamó ella- El páter me dijo algo muy parecido en el momento en que subí a la barca, el Martes de Carnaval.

-No le hagas caso al Padre Alberto. En el fondo es buena persona, aunque demasiado estricto. Es mi tío.

Una vez más, Mariola no pudo evitar que un pensamiento la sobresaltara, perforándola con la contundencia de un diamante al atravesarle la frente ¿Su tío? Ahora encajaba todo: el parecido familiar entre él y Federico, el odio llameante en aquella mirada torva… Sin duda no eran otros sino sus propios demonios los que había intentado aquella noche conjurar, sin caer en la cuenta de que nunca lograría exorcizar de su alma aquel infierno de remordimientos que lo torturaban, fruto de haber sucumbido años atrás a la tentación del amor, puede que con una mujer como ella. Y volvió a sentir pena…

Pero nada de eso importaba ya porque, tan pronto como Mariola volvió a posar los ojos sobre la mirada límpida y transparente de Federico, a tono con el cielo azul de Salamanca, supo que, en aquella radiante mañana de primeros de abril en que florecieran con inesperada pujanza las soñadas promesas de amor, había empezado por fin la primavera.

Jardiel Poncela

Don Quijote cabalga de nuevo

Don Quijote molinos

Durante mis años de estudiante en el colegio y en la universidad, me insistieron una y otra vez en el tópico de que había que entender el Quijote como una contraposición entre dos mundos: el ideal (representado por Don Quijote) y el real (personificado en Sancho). Pero al leerlo recientemente he desechado por completo esta interpretación, confirmando una antigua sospecha: se trata en realidad de una fusión, o de una síntesis, en términos hegelianos, más que de una contraposición o antítesis. Como la protagonista de “La rosa púrpura de El Cairo” o el niño de “La historia interminable”, Don Quijote busca erigirse en protagonista de los relatos de caballería que lee. Hasta ahí es fácil decir que el pobre hombre está como las maracas de Machín, pero la sorpresa surge cuando nos encontramos con que el ventero de la posada a la que acude en compañía del cura, el barbero, etc., también cree en las historias que se cuentan en los libros de caballerías. La diferencia está en que este último no se atreve a vivirlas, por falta de valor o por miedo al qué dirán. Otro ejemplo de más de lo mismo lo encontramos en el pasaje de las burlas de que son objeto Don Quijote y Sancho por parte de los duques, o del noble don Antonio Moreno. El ahínco con que persisten estos en su pantomima, pone de manifiesto el interés de unos y de otro por darle un barniz de realidad a las quimeras del caballero de La Mancha. De alguna manera, quieren vivir sus propios sueños a través de él, al sentir el vacío de sus vidas. Poco a poco las hazañas de Don Quijote van cobrando fama y se encuentra en su camino con lectores de la primera parte del libro, así como de la continuación apócrifa de Avellaneda. Nos encontramos con que, como en la película de Schawarzenegger “El último gran héroe” (injustamente infravalorada) o los espontáneos que logran introducirse en el rodaje de “El show de Truman”, los lectores se han transmutado en personajes que se meten dentro de la historia, justo como él ha porfiado por hacerse héroe de los relatos de caballerías. Hasta tal punto se sienten embargados por el relato de las hazañas del ingenioso hidalgo. Trescientos años antes de que Unamuno escribiera “Niebla” o de que Pirandello estrenara “Seis personajes en busca de autor”, Cervantes ya había experimentado ampliamente con esta transgresión deliberada de los límites de la realidad.

El personaje más enigmático, con diferencia, es el de Sancho, pese a sus aparentes campechanía y simplicidad. Él es perfectamente consciente de las locuras de su amo, con quien se obstina en hacer las veces de Pepito Grillo, pero ocurre exactamente lo contrario: el gran carisma humano de Don Quijote acaba arrollándole, hasta el punto de que deja de importarle si las fábulas de su señor son verdad o no. En un momento dado, él decide que lo sean. La fe es, ante todo, un acto de voluntad. “Creo porque es absurdo”, que diría, de nuevo, Unamuno, unos cuantos siglos más tarde.

Al igual que ocurriera en los siglos XVI y XVII con los libros de caballerías, hoy estamos asistiendo a un momento dulce de la literatura fantástica, como demuestra el éxito editorial de las novelas de Harry Potter o de la saga “Crepúsculo”. Todo ello, paradójicamente, en una época de crecientes racionalismo y tecnificación. Las personas ansían como nunca alimentar mitos, esto es, desean con frenesí vivir vidas paralelas. Es difícilmente creíble que el público infantil o adolescente por sí solos hayan posibilitado un volumen tan abultado de ventas. La diferencia estriba en que los niños quizá creen realmente que las aventuras de Harry Potter son verdaderas, mientras que los adultos las contemplan desde la distancia de su mirada escéptica, dándole el impreciso nombre de “madurez” a esa etapa de la vida en que empezamos a perder la capacidad de soñar. Necesitamos, más que nunca, a un nuevo Don Quijote que nos espolee y nos ayude a vencer nuestra apatía. Y, por supuesto, a un nuevo Cervantes que le sirva de notario.

Jardiel Poncela

 

 

 

¿Un domingo cualquiera?

Encuentro

Aquella mañana de primeros de abril –demasiado fría para la época del año- un sol rosáceo y tibio despuntaba perezosamente por detrás de los pináculos de la Catedral, con todo el aspecto de una bandera izada por un brazo torpe. Su luz pálida y atenuada hirió en el rostro a Juan, tumbado cuan largo era sobre uno de los bancos de la plazoleta de Antonio González de Lama. Tras restregarse los párpados con desgana, miró a lo alto y le sorprendió ver un cielo tan azul, pues no había parado de llover durante los últimos días y, aunque fuera inevitable sentir el gélido azote del aire de la madrugada en el rostro, por lo menos, pensó Juan, era de agradecer el que ese frío no viniera acompañado de la insoportable humedad propia del clima atlántico, que penetraba hasta el mismo tuétano del hueso. Total, uno acababa conformándose con poco en aquella ciudad de clima inhóspito, donde casi no existía la primavera.

Mientras se incorporaba y desentumecía los músculos del cuerpo, Juan se esforzaba a duras penas por hacer lo mismo con los de la mente, intentando recordar cómo había llegado hasta allí. Independientemente de las copas que se había calzado, lo cierto es que la cadena de acontecimientos se había desarrollado tan vertiginosamente que resultaba prácticamente imposible digerir éstos. En pocas semanas le habían echado del trabajo y le habían echado de casa, sin que a nadie pareciera preocuparle lo más mínimo cómo iba a arreglárselas, sin otro ingreso que el del subsidio por desempleo, para pagar la mitad de la hipoteca del piso que compartiera con su ex–mujer, la pensión alimenticia por el cuidado de sus dos hijos y el alquiler del mísero cuartucho con derecho a cocina donde vivía ahora. Le había parecido que lo más sensato era prescindir del cuartucho y dormir a la intemperie, decisión que tomara la víspera, aunque rápidamente cayese en la cuenta de que era muy difícil soportar una noche al raso en las calles de León, con sus inclementes heladas. Ello le indujo a emprender su prolongado periplo etílico por los bares y pubs del Húmedo, pese a que no fuera, ni mucho menos, un alcohólico compulsivo.

Juan se puso por fin en pie, sin saber muy bien a dónde ir. Sus piernas le llevaron maquinalmente al Puente de los Leones, que cruzaba de lado a lado un río Bernesga desusadamente crecido por las abundantes lluvias de los últimos meses. Juan se detuvo y apoyó sus manos sobre el pretil, sintiéndose embargado por el frenético flujo de las aguas enlodadas, que parecían invitarlo a dejarse engullir por ellas. Sin que casi se diera cuenta, asomó a su semblante una media sonrisa teñida de sarcasmo. Pensaba en lo grotesco que resultaría el espectáculo de verse a sí mismo manoteando en la corriente. La escena le parecía más propia de un teatro de guiñol para niños que de una tragedia clásica. Era un alarde de vanidad ingenuo imaginar el suicidio como un acto revestido de una aureola de solemnidad. Él no era James Stewart en ¡Qué bello es vivir! Ningún ángel se iba a tomar la molestia de venir a salvarle en el último momento. Ni de lejos se consideraba tan importante. Hacía tiempo que tanto Dios como los hombres se habían olvidado de él.

Una vez descartada la opción de inmolarse en las aguas del Bernesga, cayó en la cuenta de que tenía hambre. Comer algo, pensó, sería el mejor antídoto para la resaca. De modo que enfiló sus pasos hacia la cercana estación de Renfe, cuyo bar sería con toda probabilidad el único abierto en la ciudad a esas horas. El confortable calorcito que reinaba en el vestíbulo era lo más parecido a una caricia, que él agradeció sobremanera. Su único temor era el que su barba desaseada y su ropa desgastada le dieran apariencia de mendigo e indujeran al guardia jurado de la estación a echarle también de allí. Afortunadamente tal circunstancia no se produjo. La gente era tolerante con los mendigos, siempre y cuando no se acercaran a menos de diez metros.

Animado por estos pensamientos se acercó decidido hasta la barra, exhibiendo un arrugado billete de cinco euros –el último que le quedaba- como aval de que no venía a mendigar. El camarero le preguntó, en un tono sumamente displicente, qué iba a tomar. Entonces recordó Juan que era domingo y que, cuando era niño, su madre solía prepararle los domingos chocolate con churros para el desayuno. Así que, aquejado por una punzada de nostalgia, los pidió. “No tenemos chocolate”, se apresuró a advertir el camarero, con la misma celeridad con que desenfunda Clint Eastwood su colt en La muerte tenía un precio. “Tiene que ser café”, puntualizó hoscamente el camarero. Tras balbucear un “bueno” casi inaudible, Juan pensó en cómo se cebaba inexplicablemente en él la mala suerte. Hasta un placer tan sencillo como éste se le negaba. “Café con churros”, murmuró con desagrado. Le parecía una combinación al menos tan absurda como si dijéramos, por ejemplo, patatas con mermelada. Mientras mojaba con desgana el primer churro en el café no demasiado caliente, Juan sintió que las lágrimas afloraban a sus ojos. Pensaba en el chocolate de su madre, en los domingos de la infancia, cuando todo era puro y tenía una vida por delante, y en lo mucho que se le habían complicado las cosas ahora. Se le hizo como un nudo en el estómago y su hambre despareció de repente, para dar paso a un inmenso cansancio. El agotamiento le había devorado con la rapidez de un tsunami, como si de golpe le hubieran caído veinte años encima. Apartó con gesto lánguido la taza y los churros incoherentes, se acodó en la barra, apoyó la cabeza en las manos y se quedó dormido.

Puesto que había empeñado el reloj, Juan no sabía a ciencia cierta cuánto tiempo había permanecido adormilado. Puede que fueran minutos o tal vez horas. Le vino a sacar de su sopor el pesado tacto de la manaza del guardia jurado sobre su hombro, quien le había dicho que ahí no se podía dormir en un tono bastante cortante, como el que se emplea para decir “Aquí no se admiten perros”. Juan se incorporó sobresaltado, parpadeó varias veces y, amedrentado por la musculosa humanidad del armario que tenía enfrente, balbuceó torpemente una excusa, pagó su consumición y abandonó el local, de nuevo sin saber a dónde dirigirse.

Su andar errabundo le condujo de nuevo hasta las inmediaciones de la Catedral donde, para su sorpresa, se había formado una aglomeración considerable. Luego oyó, procedente de la cercana calle Varillas, un repicar de tambores con cierto aire patibulario, seguido de una marcha con hechuras militares en la que se alternaban cornetas y gaitas. Inmediatamente vio emerger por la boca de la citada calle Varillas la figura –absolutamente imponente y majestuosa- de un Cristo resucitado, acompañado de un ángel y de dos soldados romanos que yacían conmocionados a sus pies, sin dar crédito a lo que veían. La imagen venía escoltada por una banda musical de nazarenos o cofrades –“papones” los llamaban por aquellas latitudes- vestidos con túnica blanca, zapato negro, capa y capucha de raso morado. Les seguían dos filas paralelas de cofrades ataviados de forma similar, sólo que añadían a su indumentaria guantes blancos de algodón y un capirote alto de terciopelo, a juego con la capa. Éstos portaban una cruz morada de metal –de tamaño proporcional a la altura de cada uno de los cofrades- en la mano contraria a la de la acera junto a la que fueran desfilando. Cerraba la comitiva una banda de porte severo y elegante, integrada por todo tipo de instrumentos de la familia del metal, y ataviada con túnica de terciopelo rojo, capirote alto de color blanco y capa de raso negro, en la que aparecían tres cruces bordadas con hilo de oro. Juan nunca había sido hombre religioso ni simpatizado con las procesiones de Semana Santa, que siempre le habían parecido investidas de un cierto aire medieval, pero en esta ocasión no pudo reprimir la curiosidad y, a falta de otra cosa mejor que hacer, se animó a seguir al cortejo procesional según enfilaba éste la calle Sierra Pambley.

Tan pronto como el último de los papones hizo su entrada en la Plaza de Regla, un policía municipal se apresuró a cerrar el paso a la misma mediante la colocación de una valla metálica, al tiempo que se dirigía a la multitud en un tono que no admitía réplica. “De aquí no se puede pasar”, sentenció el representante del orden, marcial e inescrutable a través de sus gafas de sol. Su complexión atlética y sus facciones adustas le daban un aire harto similar al guardia jurado de la estación, lo cual le llevó a Juan a preguntarse si los fabricarían en serie en alguna cadena de montaje. En cualquier caso, el acatamiento de la orden no supuso demasiado trastorno para Juan, pues era de estatura más bien elevada y, con tan sólo estirar ligeramente el cuello, podía abarcar la escena tranquilamente por encima del mar de cabezas. Juan observó que, por el extremo opuesto de la plaza hacía su aparición otro grupo escultórico integrado por tres figuras femeninas –la del medio, ataviada con un manto negro, correspondiente a la Virgen María-, en esta ocasión portado a hombros por unos cofrades que lo mecían acompasadamente, siguiendo el ritmo de la banda de música que asimismo lo acompañaba –austero hábito negro, con alamares y escudo morados. Al doblar la esquina de la plaza, la música cesaba repentinamente y los dos pasos avanzaban el uno hacia el otro, hasta quedar frente a frente. Luego se detenían y uno de los papones, ayudado por sus compañeros, se encaramaba al paso de las tres Marías y procedía a despojar a la Virgen de su manto negro –llevaba otro blanco debajo- y a ceñir su frente con una corona. El silencio en la plaza era tan intenso, pese al gentío, que casi se podía cortar con un bisturí. Fue entonces cuando, de modo inexplicable, Juan sintió un estremecimiento.

En ese momento empezó a sonar, vibrante e imperiosa, la voz del orador por el equipo de megafonía. Juan no prestó demasiada atención al discurso, en el que se hacían una serie de reflexiones teológicas acerca del milagro de la Resurrección, intercalando la lectura de algunos pasajes evangélicos, pero sí que se sintió extrañamente conmovido por el timbre, cautivador y persuasivo, de aquella voz, que imprimía a sus palabras un crescendo emocional que, lejos de resultar histriónico, constituía la antesala idónea para el clímax que se avecinaba. “¡Leoneses, Cristo ha resucitado!”, exclamaba jubilosa la voz al término de la alocución, al tiempo que los papones se descubrían, las campanas de la Catedral tocaban a rebato y las bandas de música de las cofradías, calladas hasta ese momento, rompían a tocar con alborozo mientras los braceros “bailaban” el paso con alegría aparentemente desbordada, pero sin perder en ningún momento su impecable coordinación en el medio de aquel estallido de júbilo y gloria.

Juan miró a lo alto y vio a una bandada de palomas surcar los cielos en aquella límpida mañana de Domingo de Pascua. Y sus ojos se inundaron de lágrimas, esta vez de gozo. Porque supo que, por fin, había empezado en León la primavera.

Jardiel Poncela

El centurión

-Nada más puedo hacer por él. Solo los dioses podrían salvarlo.

Estas palabras del galeno cayeron con la fuerza de un martillo pilón sobre el alma del centurión Cayo Máximo Leoncio, quien nunca recordaba haber experimentado antes aquella sensación de manera tan vívida, pese a haberla dispensado él mismo con tanta prodigalidad desde que lo destinaran a tierras palestinas: el dolor. Herido mil veces en el campo de batalla (de lo cual daban fe las numerosas cicatrices que surcaban su cuerpo), ninguna de sus incontables llagas podían siquiera compararse en intensidad con el terrible zarpazo del dolor al ver postrado en el lecho a su criado Marco, al que siempre había querido como el hijo que nunca tuvo. Suplicante elevó la mirada para encontrarse con el gesto conmiserativo del galeno, a la manera del reo que implora clemencia ante un tribunal:

-¿Estás seguro de que no hay ningún remedio? Marco es joven y fuerte. Tiene que haber algún tratamiento capaz de curarlo…

Por toda respuesta, el galeno sacudió enérgicamente la cabeza:

-Precisamente este mal del cangrejo ataca con especial fuerza a las naturalezas más jóvenes y sanas, en las que se expande con  mayor rapidez. Créeme que lo lamento.

Instintivamente Cayo Máximo Leoncio posó esta vez los ojos sobre aquellos extraños bultos, duros como caparazones (de ahí posiblemente el nombre de la enfermedad) que deformaban monstruosamente el cuello de su criado. Fue entonces cuando el implacable centurión que había conducido tantas veces a sus legionarios en las batallas más cruentas, que había presenciado tantas veces sin pestañear la ejecución de rebeldes zelotes a los que él mismo llevara a crucificar, fue entonces cuando el centurión Cayo Máximo Leoncio, inflexible en el cumplimiento del deber, rompió a llorar amargamente. Lloraba de rabia e impotencia, porque sentía de alguna manera que los padecimientos de Marco eran el castigo divino que en realidad le correspondía a él mismo por haber sido cómplice de tantas y tamañas atrocidades. Y nada hubiera objetado de ser él mismo el receptáculo de la ira del Dios de los judíos. Pero era tremendamente injusto, además de aberrante, que fuera su criado (cuya única falta venía a ser la extrema devoción y fidelidad a su persona) quien pagara por sus pecados.

-No obstante, quizás sí podría haber alguien…

Cayo Máximo Leoncio volvió rápidamente la cabeza al oír la voz del galeno, quien se acariciaba el mentón titubeante:

-Habla –le dijo imperativamente.

-Desde hace dos días está en Cafarnaúm una especie de predicador que, al parecer, posee asombrosos poderes curativos. Según cuentan viene de Nazaret, se llama Jesús, y dicen de él que es incluso capaz de resucitar a los muertos. Aunque no sé hasta qué punto se les puede dar crédito a estos rumores…

Fuera cierto o no… ¿qué podía perder? Su criado agonizaba, víctima de un mal implacable ¿Y qué pensaba hacer él? ¿Quedarse presenciando su agonía, impotente, a la cabecera de su lecho? Hombre de acción, como era, no podía permanecer de brazos cruzados. De modo que volvió a dirigirse al galeno en tono igualmente apremiante:

-¿Sabes dónde está ahora?

-De hecho lo vi de camino hacia aquí. Estaba en el ágora de la ciudad, hablándoles a la multitud. Cuenta al parecer con muchos seguidores, que lo aclaman como el Mesías del pueblo judío.

Aquello fue lo más parecido a un aldabonazo. Porque Cayo Máximo Leoncio conocía de sobra la leyenda del Mesías: un personaje legendario, del que esperaba el pueblo judío que lo liberara del yugo de los romanos ¿Accedería alguien así a ayudar precisamente a uno de los opresores? Pese a ello, tenía que intentarlo.

-Quédate con él. Voy al encuentro de ese Mesías.

Y salió de la casa, marchando con paso decidido hacia el ágora. Allí, en efecto, pudo ver a un grupo numeroso de personas, que enmudeció inmediatamente al ver al intruso, tan temido como odiado. Entre todos se hubieran bastado para darle muerte, pero en aquellos momentos Cayo Máximo Leoncio solo pensaba en la salvación de su criado:

-¿Quién de vosotros es Jesús de Nazaret, ese al que llaman el Mesías?

Al oír la premiosa pregunta del centurión, se dio la vuelta un hombre de elevada estatura y larga melena situado unos pocos metros por delante de él. Cayo Máximo Leoncio sintió una mezcla de temor y admiración al contemplar el hermoso rostro de aquel hombre, dotado de una serena e inexplicable majestad. Lo que más le impresionó fue el extraño fulgor de su mirada, que parecía traspasarle con la terebrante precisión de un bisturí.

-Yo soy Jesús de Nazaret –su timbre de voz era grave y muy persuasivo, investido de una cualidad casi sobrenatural- ¿Qué quieres de mí?

Sintiéndose extrañamente intimidado por aquella voz y aquellos ojos, el centurión bajó, avergonzado, la mirada. No podía pedirle a un judío que ayudara precisamente a uno de los verdugos de su pueblo, pero tampoco podía permitir que su criado muriera sin hacer nada por salvarlo ¿Cómo resolver aquel dilema?

-Señor… Sé que mi pueblo ha obrado injustamente con el tuyo. Y que los romanos seríamos mil veces merecedores de la ira de vuestro Dios. Pero es mi criado, Marco, al que quiero como a un hijo, el que yace postrado en su lecho de muerte. Y él es completamente inocente. Haz que tu Dios me castigue a mí, si lo considera oportuno, pero te pido que intercedas para que respete la vida de él.

El predicador suspiró, con lo que Cayo Máximo Leoncio dio por interpretar como un gesto resignado:

-Está bien. Vamos a tu casa.

-¡Oh, no! –exclamó el centurión, acompañando sus palabras con un gesto de la mano- No soy digno de que entres en mi casa. Sé que no puedo pedirte tanto. Pero si puedes decir una sola palabra en su favor ante tu Dios, sé que Él te escuchará y hará que mi criado sane.

El asombro se retrató en el rostro del predicador, quien se giró inmediatamente para hablarles a la multitud. “Ahora va a burlarse de mí, por haber osado pedir su ayuda”, pensó. Pero las palabras que brotaron de la garganta de aquel hombre fueron muy distintas:

-En verdad os digo que nunca antes había visto en Israel tanta fe. Y también he de deciros que muchos vendrán de Oriente y Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, mientras que los herederos del Reino serán expulsados, y allí será el llanto y crujir de dientes.

Cayo Máximo Leoncio se sintió abrumado ante este incomprensible torrente de palabras (aunque no parecía que los judíos allí congregados lo hubieran comprendido mucho mejor), pero no le dio demasiado tiempo a sopesarlo, pues ya el predicador se había vuelto hacia él para decirle lo siguiente:

-Vuelve a tu casa: tu fe ha salvado a tu criado.

Apenas acertó el centurión a pronunciar unas torpes palabras de agradecimiento, cuando ya sus pies se desplazaban a gran velocidad por las calles de Cafarnaúm; mas hallábase aún a unas cuantas manzanas de distancia de su casa, cuando vino a topar con el galeno, quien corría hacia él con gesto alborozado:

-¡Noble centurión! ¡No puedo creerlo! Me ausenté unos minutos de la habitación para ir a buscar agua y, cuando volví, el bulto había desaparecido y Marco se había incorporado del lecho, perfectamente sano y pidiéndome que le trajera algo de comer ¡Es un milagro!

Por toda respuesta, las lágrimas volvieron a asomarse a los ojos del centurión, quien elevó la vista hacia el cielo azul de Cafarnaúm, donde se suponía que habitaba el Dios de los judíos. Por un momento le pareció ver dibujado en las nubes el majestuoso rostro de aquel hombre extraordinario, cuya mirada había quedado como marcada en su alma por un hierro candente. Entonces se dejó caer de hinojos y, sin que las lágrimas dejaran de brotar de sus párpados, creyó comprender el sentido de las misteriosas palabras finales que el predicador había pronunciado, y permaneció allí largo rato, de rodillas y con los brazos extendidos, murmurando una y otra vez la misma frase, que era la única que en aquellos momentos acertaban a articular sus labios:

-Gracias, Señor, gracias…

Jardiel Poncela

El precio de la fama

Fama

Esta mañana escuché por la radio la canción de la película Fama, que lo sería luego de la serie del mismo título, que habría de ocupar la sobremesa de los domingos durante buena parte de la década de los 80 (época legendaria en la que tan solo existían dos canales). Una mezcla de nostalgia y curiosidad me llevaron a rastrear en la wikipedia lo que había sido de su protagonista, el actor y bailarín Gene Anthony Ray, célebre por su encarnación del carismático e indisciplinado Leroy Johnson. Me quedé absolutamente perplejo al comprobar que lleva nada menos que… ¡trece años muerto! Como también imagino que se me debió de quedar la mandíbula colgando al averiguar cuál fue la causa de su prematuro fallecimiento en 2003 (contaba entonces 41 años): era, al parecer, seropositivo. Leí también que su carrera artística nunca volvió a remontar tras echar la trapa Fama, después de sus cinco años de emisión. Una sucesión ininterrumpida de fracasos cinematográficos, aderezados con alcohol y drogas, jalonarían su periplo en aquel viaje sin retorno que tendría en la autodestrucción su corolario lógico e inevitable.

El caso de Ray es uno de tantos, desde Mozart hasta Joselito, que se ven abocados al abismo cuando una fama obtenida demasiado pronto, o demasiado rápido, decide repentinamente dar la espalda. “Cómo es posible que hayan dejado de quererme”, es sin duda la pregunta que, a modo de gota china, sofoca a estos repudiados de los dioses, arrastrándolos implacablemente a la perdición o la locura. Sin caer en la cuenta de que la fama tiene mucho (demasiado) de esposa caprichosa, al depender en bastante mayor medida de los designios humanos que de los divinos. Verse encumbrado a su pedestal conlleva el peligro de llevarse un formidable batacazo al precipitarse desde él, o bien de que el pedestal se acabe convirtiendo en una cárcel invisible de la que resulta imposible zafarse, a la manera de Simón el Estilita o el Rey Midas, tal y como les ocurriera, por ejemplo, a los malogrados Michael Jackson o Whitney Houston. En el caso que aquí nos ocupa, podríamos añadir el pintoresco agravante del actor que se ve fagocitado por su personaje, patología que aparece espléndidamente reflejada en la película Birdman, de Alejandro González Iñárritu (muchos otros ejemplos podemos encontrar en la historia del cine, desde El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder, hasta la más reciente The Artist, en la que se nos describe con impecable y dramática precisión el proceso de degradación interior del protagonista, visualizándolo como si de vivencias externas se tratara). En un libro memorable titulado Biografía del fracaso, Luis Antonio de Villena nos cuenta la peripecia vital de una serie de personajes atormentados (que van desde el pintor Caravaggio hasta el actor James Dean), para quienes ciertamente la genialidad tuvo más de condena que de regalo de los dioses.

Seguro que muchos recordamos las palabras con que la profesora de baile (Debbie Allen) arengaba a sus alumnos el primer día de clase: “Tenéis muchos sueños. Queréis la fama, pero la fama cuesta. Pues aquí es donde vais a empezar a pagar: con sudor”. Lo que no les dijo Debbie Allen a sus muchachos fue que la fama podía ser también un regalo envenenado, que llegara a resultar tremendamente indigesto, como casi todo en esta vida, cuando se toma sin ninguna moderación. Porque corres el riesgo o bien de que se te acabe, o de que te siente mal. De poco habrían de servirle a Gene Anthony Ray (cuando aún se estaba rodando la serie) sus enérgicas proclamas de que él no tenía nada que ver con el personaje de Leroy Johnson. La triste realidad es que Leroy Johnson terminó por destruir a Ray, y su sombra habría de perseguirle obsesivamente durante el breve resto de sus días. Algo así como si, finalizado el Carnaval, fuéramos incapaces de despojarnos del inocente disfraz que nos ha estado proporcionando diversión durante las horas precedentes. Pocas pesadillas tan inquietantes se me ocurren (la imaginación de un escritor siempre está elucubrando, en busca de nuevos argumentos). Entonces veríamos lo poco que se sostendría el tópico de que es ese día el único en el que somos de verdad nosotros mismos. En este, como en tantos otros ámbitos, resulta sumamente peligroso el aplaudir como muestra de ingenio lo que es, en el fondo, una ocurrencia trivial.

De todos modos, tampoco vayamos a caer en la tentación de demonizar en exceso los peligros de la fama, imitando la reacción de la zorra al contemplar el racimo de uvas. En honor a la verdad, no se les veía demasiado frustrados a los que se paseaban ayer por la alfombra roja de los Premios Goya (políticos incluidos). Si se trata de acabar con una frase, propongo una que le espetan al personaje de Roberto Benigni en la película de Woody Allen A Roma con amor: “La vida es terrible tanto cuando se es rico y famoso, como cuando se es pobre y desconocido. Pero, puestos a elegir el mal menor, sin duda me quedo con la primera opción”.

Jardiel Poncela

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crouch, bind, set!

Jerjes y Leónidas dilucidaron lo suyo de aquella manera en el desfiladero de las Termópilas porque ni se había inventado todavía el rugby ni levantado aún Twickenham. Cuando las hostilidades fueron entre Bobby Fischer y Boris Spassky el rugby y su catedral ya existían, pero desgraciadamente se precisaban catorce valientes más a cada lado del tablero para que el americano y el ruso hubiesen podido dirimir sus diferencias como Dios manda, con un oval de por medio. Por minucias como estas los ingleses, que cuentan en su haber haber inventado el rugby, computan en su debe el no haberlo inventado antes y evitado la batalla entre espartanos y persas, pero ya se sabe: el tiempo, las fechas, siempre limitándolo todo. En el debe de los ingleses también se cuenta haber dejado dicho en las reglas que cada equipo lo conformarían quince jugadores, por lo que Fischer y Spassky no pudieron disputarse el título mundial de ajedrez jugando al rugby. Esos inconvenientes y alguno más, empero, son en parte la esencia misma de tan noble deporte. Jamás agradeceremos lo bastante a los ingleses, gente con la rara sana costumbre de tomar té a las cinco, que inventasen el rugby. El fútbol, en cambio, tuvo un más fácil nacer; bastó con distanciarse y empequeñecerse a la vez de su hermano el rugby: en vez de quince bravos jugadores hacían solamente falta once y en vez de respeto y buenos modales, los futbolistas podían mentar la concha de la madre -o la de la hermana-. Si en el rugby de lo que se trata es de ser rudo pero siempre franco, la causa del fútbol admite en cambio gentuza de la peor calaña.

Los jugadores de rugby, además, son gente que siguiendo los sabios consejos del progenitor de Tallón, leen a los rusos. Stephen Moore, talonador de los Wallabies, al ser preguntado sobre la actuación arbitral tras el partido frente al XV del Cardo, bien hubiese podido responder sacando a colación Crimen y castigo. De la misma manera, o parecida, Richie McCaw, flanker de los All Blacks, cuando concentra toda su atención en la punta de sus botas antes de entrar a formar en la melé, en realidad está tratando de recordar un pasaje de Los hermanos Karamazov. Para jugar al rugby uno tiene que haber leído a los rusos y también a Homero: Odiseo bien pudo haber sido pilier en los Springboks y formar con los <<gordos>> du Plessis y Mtawarira para batirse contra Polifemo y los cíclopes. Y es que pocas cosas existen tan maravillosas como el rugby: treinta moles repartiendo hostias como panes pero, eso sí, tratándose siempre de usted, guardando siempre la compostura y sin cuestionar jamás la autoridad del Craig Joubert de turno, a quien acatan sin rechistar, con el mayor de los respetos.

La melé y el <<maul>> exigen tanta o mayor precisión que cualquiera de las magníficas edificaciones que nos legó Roma. Son obras, aquellas, tan bellas como las romanas. De los tercios romanos debieron tomar ejemplo los Wallabies y hoy nadie limpia mejor un <<ruck>> que ellos. Del mismo modo que las legiones de Escipión marchaban por la Vía Apia, los terceras de los All Blacks transitan por la verde hierba en cada choque que libran. La final del Mundial de Rugby enfrenta a Nueva Zelanda y Australia como podía haber enfrentado a Jerjes y Leónidas o a Fischer y Spassky. Da igual quien alce la dorada Copa Webb Ellis; sea quien sea será el Rugby quien gane.

Phil O’Hara

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Tecnología alemana, conjunción astral

Conjunción astral

El pasado viernes dieciséis de octubre de dos mil quince, a las ocho y cuarto de la mañana, se produjo en el municipio de Sant Cugat lo que debió ser una rara conjunción astral gracias a la cual, contra toda lógica y desafiando todas las leyes de la mecánica -no la clásica ni la cuántica, sino aquella otra, grasienta y más prosaica que versa sobre motores, por lo general térmicos- gracias a la cual, digo, mi coche volvió a arrancar y no hizo falta que la grúa, que venía ya de camino, lo llevase al taller. Si los planetas realmente se alinearon de determinada manera conjurándose para remediar lo que no parecía tener remedio o fue cosa de brujas, no puedo saberlo a ciencia cierta. La hora que era de la mañana y no poder contar con la ayuda del telescopio espacial Kepler no contribuyeron a esclarecer aquello. No descarto, en cualquier caso, que la patada en los morros que propiné a mi coche tuviese algo que ver, a la manera causa-efecto o acción-reacción; aunque tampoco estoy en condiciones de asegurarlo.

El coche, un sedán alemán -pero alemán, alemán; de los fabricados en la misma Alemania; un compendio de tecnología punta, vaya- llevaba recorridos desde que un operario de la factoría de Múnich de la Bayerische Motoren Werke, probablemente turco, ensamblase a mediados de dos mil seis el último de los componentes del vehículo, hasta el día de autos, la nada despreciable cantidad de cuatrocientos veinticinco mil y pico kilómetros sin mostrar el más leve síntoma de fatiga; sin desfallecer lo más mínimo. Los cambios de aceite y de filtros reglamentarios y la substitución de neumáticos cada equis tiempo es cuanto el bueno de mi coche había venido solicitando. Hasta cierto punto resultaba comprensible que tras tanto trajín, el pobre requiriese una tregua. Fue temprano; acababa de dejar en la escuela al menor de mis dos hijos y me dirigía hacia el trabajo cuando de repente un símbolo de color amarillento con la apariencia de un termómetro me alertaba sobre el sobrecalentamiento del motor, advirtiéndome que debía aminorar la marcha o en caso contrario iba a producirse irremediablemente una avería importante. Aunque hice caso y reduje prudentemente la velocidad, no transcurrieron ni un par de minutos y la luz pasó de amarilla a roja, y la indicación de admonitoria a categórica, conminándome esta vez a detener ipso facto el vehículo, con la prohibición, además, de abrir el capó so pena de sufrir no graves sino gravísimas quemaduras en carne, obviamente, propia. Aquel automóvil, lo mirase uno por donde lo mirara, era en efecto alemán; alemán de cabo a rabo. Mandaba más que un coronel de brigada, a la manera como debían mandar los oficiales de alto rango de la guardia personal de Hitler. Sólo faltaba que se pusiese a vociferar como un poseso <<¡Achtung! ¡Achtung!>> y a amenazarme con mandarme a chirona en caso de no interrumpir la marcha y no reanudarla hasta nueva orden.

Los alemanes, gente competente y eficaz, tienen bien estudiadas las cosas. Aquel símbolo de color rojo chillón no te invitaba amablemente a estacionar; no. Si lo que estaba en juego era la salud de un propulsor germano no había lugar para los buenos modales, que estaban de más. Ni Hitler habría cruzado media Europa y llegado hasta Stalingrado ni la ingeniería alemana adquirido tamañas cotas de excelencia a base de buenos modales. El auto me estaba ordenando parar; parar sí o sí; sin más consideraciones. Ahí radica, al menos en parte, el éxito de los alemanes y su supremacía tecnológica: cuando hay que detener el coche, hay que detener el coche. Frente a esa determinación genuinamente germánica nada o muy poco tiene que hacer nuestro carácter latino, heredero, es cierto, del de atenienses y milesios -aunque también del de Felipe IV- mas incapaz de tomar partido por la opción adecuada sin demorarse antes considerando si aquello iba a ser cosa de las bielas, de la tapa del delco o de las válvulas; eso si no se trataba del carburador. Entretanto habías jodido el cárter o incluso el bloque motor. Descendientes de la Grecia clásica, sí, pero la reparación te acababa saliendo por un ojo de la cara.

No queriendo causar daños irreparables a aquella máquina por la que sentía incluso cariño opté, sabiamente creo, por hacer caso de sus indicaciones y detuve el motor. Abrí el capó, eso sí, pues si bien razonable no me considero tan calzonazos como para ceder a todas las pretensiones germanas, que para eso, pensé, ya estaban Rajoy y Sánchez. No atisbé nada raro bajo la cubierta del motor a no ser una obra de admirable ingeniería que a pesar de cumplir pronto diez años de existencia y llegar al medio millón de kilómetros recorridos, seguía conservando un aspecto magnífico; algo inconcebible pensando en nuestra industria, o en la de los griegos, de quienes nos considerábamos legítimamente gloriosos descendientes. A pesar de germanófilo, uno lleva en los genes la información que lleva, así que después de haber avisado a la grúa indicándole con precisión mi geolocalización y la del vehículo, que prácticamente coincidían, volví a bajar el capó del coche y a las ocho y cuarto le largué un puntapié quedándome más a gusto que Dios. Ya me declaré incapaz de dilucidar qué fue lo que hizo que las cosas se recompusieran: el alineamiento de planetas, la patada, la fortuna o la constante de Planck; el caso es que puse de nuevo el motor en marcha y la indicación en rojo desapareció sin que haya vuelto a aparecer hasta hoy. Al llegar al trabajo y relatarle a mi jefe lo sucedido, él, germanófilo como yo, me aconsejó llevar el coche al taller, <<que nunca se sabe, uno no debe tentar a la suerte, que estas cosas las carga el diablo…>> y tal y tal. Respondí que lo pensaría. Por el momento lo que tengo pensado es no hacer nada y seguir confiando en la tecnología alemana y en las conjunciones astrales. En última instancia siempre podrá uno recurrir a la tan castiza patada salvadora, que algo bueno tendrá descender de griegos y milesios y no de aquellos bárbaros del norte.

Phil O’Hara

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Galleguismo

rosalia

Ser gallego habiendo visto la luz en, pongamos por caso el mismo Orense, o en Vilardevós, apenas tiene algún mérito. Ser gallego de nación y declararse tal por ello no entraña en el fondo el más mínimo interés. Lo verdaderamente apreciable es, como hago yo, manifestar galleguismo sin ser gallego; sin serlo ni de lejos; más si cabe: sin haber estado jamás, o casi, en Galicia, pues pasé por allí una vez, y en otra ocasión estuve un par de días en Santiago. Valga decir, empero, que por aquel entonces no declaraba mi galleguismo a los cuatro vientos; ni a los cuatro ni a ninguno. Hoy las gentes del llamado primer mundo se vanaglorian de ser de tal o cual lugar cuando a lo sumo, en la mayoría de casos -que no en todos- tan sólo el azar, la fortuna y poco más dan razón de tales querencias. Como el astado y bravo animal la siente por las tablas, así la mayoría manifiesta, pues, su galleguismo. Yo no soy de esos. Lo mío atiende a razones, a otras razones al menos, puesto que ni nací allí ni prácticamente estuve en más de una o dos oportunidades por esos lares. Los habrá que crean que tal galleguismo explícase de modo sencillo: será gallego aun sin serlo por ser de tocando a esas tierras. Sepan que no es por eso. Por algún familiar; por algún ancestro acaso. Tampoco. Mi galleguismo es puramente volitivo; fruto más de la reflexión profunda -aunque asentado sobre sólidas bases precategoriales, no vayan a creer- que del arbitrario capricho. Declarar uno su galleguismo porque sí no tiene en fin más mérito que serlo de nación. Y no se trata de eso.

Lo precategorial, lo que tenga que ver con el sentir, a poco que uno hurgue, lo hallará en imágenes que alumbran luego conceptos, que son -éstos ya sí- consecuencia lógica de un sesudo acto intelectivo, y remite -lo precategorial- a realidades tan dispares como el llover, los crustáceos marinos, las empanadillas, lo celta, el verde y el añil, y el gris, y una sonoridad distinta, musical, capaz de mecer. Lo categorial, en cambio, apunta a unos cuantos autores a los que todavía debo leer no sin disgusto solamente en lengua castellana, puesto que a pesar de mi galleguismo no soy todavía capaz de manejarme bien en lengua gallega; aunque sí soy capaz de concebir a no mucho tardar, en un futuro no demasiado lejano, la noble intención de esforzarme no sin denuedo por avanzar en el conocimiento y dominio de esa lengua. Por mor principalmente -aunque en modo alguno de manera exclusiva- de la literatura gallega, la intelección sentiente -en sentido zubiriano- llevada a cabo ha ido conformando, qué duda cabe, un sólido edificio capaz de albergar cómodamente cuestiones de tan vital importancia como puedan ser las históricas, las gastronómicas, las culturales, las paisajísticas, a Álvaro Cunqueiro, al Deportivo o al Celta, a Xoan Tallón y hasta a Rosalía. Mi galleguismo empero no va en contra de “ismo” alguno, aunque tampoco a favor. No es que deteste los “ismos”, más bien todo lo contrario: no los detesto. Prefiero, eso sí, debe anotarse, los de interior, por decirlo así. Uno de los “ismos” por los que siento una inclinación especial es la “sismografía”. Me parece sorprendente y bello a la par que exista una ciencia -algo tan sutil- capaz de predecir el movimiento tan tremendo de las placas tectónicas. Volviendo al meollo de la cuestión aquí tratada -que no es otra que el galleguismo, y ya dejé dicho cómo había de entenderse y cómo distinguirse de otras maneras de ser y sentirse gallego, más comunes y menos valiosas esas otras- a mi modo de ver el quid de la cosa radica en que sin justificación posible hemos dejado de valorar el esfuerzo que cualquier acto merece, y es ése un mal universal de los tiempos en los que nos ha tocado vivir, que no son otros que éstos. Puede así uno sentirse gallego por el mero hecho de serlo, sin más. ¡Acabáramos! Deberíamos recuperar aquel afán: ser gallegos, sí, pero dedicándole ímprobos esfuerzos; y si el galleguismo se expresa desde más allá de Portbou, cuánto mejor. No debiera dicho galleguismo ser incompatible con más afectos; no se trata de poner puertas al campo sino de suprimirlas, de universalizar, de internacionalizar si debemos no pecar de inmodestos. Nada impide que un alma libre compagine, si así lo siente, galleguismo y amor por el Real Madrid. Ni que profese sincero apego por el arte nipón. Galleguista, del Real Madrid y entusiasta -en cierto sentido- del Japón. Galleguismo, madridismo y japonismo. ¿Quién osará decir, sin faltar a la verdad, que es ello no solamente posible sino en sumo grado apetecible? No seamos los galleguistas, pues, cortos en el mirar. Apuntemos alto sin temor a errar el tiro. Si de Madrid al cielo, de Galicia al infinito. Eso es o debiera ser el galleguismo. Galleguismo de andar por casa, si quieren, pero ¿acaso existe otro mejor?

Phil O’Hara

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4 en Línia

Som 4 joves estudiants de Periodisme amb moltes idees per compartir

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El blog de Jardiel Poncela y Phil O'Hara.

Damas y Cabeleiras

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“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain

EL BLOG DE SOME

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contraportada

escritos a la intemperie de Diego E. Barros