Archivos Mensuales: septiembre 2014

Nous n’avons pas flam normal!

París bien vale una misa. Y si la misa es en Notre Dame, desde un banco de la última fila y tu no pintas nada en ella, qué te voy a contar. Con un francés de andar por casa me fui a París dispuesto a conocer la ciudad. No toda, claro; un fin de semana da para lo que da. A París -a Londres, Berlín o incluso a Ponferrada- uno tiene que ir sin grandes pretensiones; uno no va a París como quien decide ir a invadir Polonia. Para invadir Polonia o para mudarse de piso sí importan los preparativos; hay que hacerse con tanques, con cañones o con cajas de cartón. Por otra parte, se trata de evitar a toda costa planificar el viaje; con esbozar unos trazos del mismo debiera bastar. Si en la vida los planes que haces acaban siempre por salir mal, no hay motivos para pensar que con una visita a París vaya a suceder de manera distinta.

Deshecho el sucinto equipaje lo primero era preguntar por algún sitio en el que comer; un restaurante no para turistas, sino frecuentado por parisinos. Al consultar sobre el particular a la recepcionista en un mal francés, me recomendó en un español de lo más decente -lo que no resultó una sorpresa, al ser la chica de Alcalá de Henares- que fuese a comer a Le Plomb du Cantal, en la Rue de Gaité, muy cerca del hotel. Las raciones, aseguró, eran abundantes, la cocina tradicional, y además no era demasiado caro. Todo virtudes, pensé. Se trataba sin duda de un buen comienzo; si comer bien resulta siempre trascendental, el entusiasmo mostrado por la recepcionista del hotel no hacía sino presagiar una jornada excelente, o eso creía yo.

El restaurante, en efecto, era francamente bueno; todas las virtudes alabadas por la recepcionista resultaron ser ciertas. Incluso fui capaz de advertir otras: una decoración agradable que convertía aquel lugar en acogedor, un ambiente tranquilo y un servicio esmerado. Que al llegar a los postres el camarero me preguntase si iba a tomar un <<flam de châtaignes, un flam de prune, un flam de vanille, un flam de amanses et pignons ou un flam spécialité de la maison>> y que yo le respondiese <<un flam normal, si’l vous plâit >> no podía empañar lo que hasta ese momento estaba siendo un magnífico ágape. Sí lo empañó, empero, en cierta medida, que monsieur el camarero se pusiese hecho un basilisco y vociferase, airado, <<nous n’avons pas flam normal!>>. Frente a semejante cenutrio cabían sólo dos opciones: mandarlo <<à prendre dans le cul>>, pero luego ya podía ir buscando otro lugar donde cenar y comer al día siguiente, o bien decidirme por el flam de châtaignes, que me pareció de la larga lista el más apetecible. No sin antes sopesarlo unos pocos segundos me decidí por lo segundo. Cuando al final aquel cabrón trajo la cuenta, con una sonrisa de oreja a oreja, tan falsa como un duro sevillano, la aboné y dejé además tres euros de propina. Si uno no ha nacido con don de lenguas, recurrir a una propina generosa es lo más parecido a seguir un curso acelerado de francés. <<Vous êtes très gentil. Merci monsieur>>, fueron las palabras del agradecido y muy extrañado camarero. Siempre me ha sorprendido de lo que es capaz una buena propina.

Tras un largo paseo y la obligada visita a la catedral gótica, decidí cenar en Le Plomb du Cantal antes de regresar al hotel. Lo mismo que la comida, la cena fue agradable; especialmente el postre. Los euros de más pagados al mediodía ejercieron un efecto milagroso. No hizo falta, como hubiese podido suceder de ser yo un nuevo rico, alguien verdaderamente acaudalado, con una fortuna al menos como la de Jay Gatsby -aunque sin sus modales-, mandar al “garçon” que fuese trayendo a la mesa uno tras otro todos y cada uno de los flanes de la carta e ir rechazándolos con un leve gesto de la mano, apenas perceptible, con esa altivez que se supone al que tiene pasta de verdad, hasta dar con el “normal”. Por desgracia si en algo podía asemejarme a Gatsby no era precisamente en los millones; pero por suerte tres euros habían sido suficientes para que, sin necesidad de mediar palabra en la lengua de Moliére, el camarero apareciese con un flan “normal”. <<Ah! le flam normal!>>. <<Mais no, monsieur, vôtre “flam caramel”. Nous n’avons pas flam normal!>>.

Phil O’Hara

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Margaritas a los cerdos

Como dijo el sabio Peret (a quien Dios haya en su gloria): “Es preferible reír que llorar; y así la vida se debe tomar”. Por eso el otro día, cuando oí cierta noticia en la emisora de radio Kiss FM, me decanté por la primera opción. Contaban allí que el violinista Joshua Bell (capaz de hacer con un violín en las manos lo que Leo Messi con una pelota entre los pies, para entendernos) había estado tocando el susodicho instrumento en el metro de Nueva York, sin que apenas nadie le prestara la menor atención (tan solo cinco transeúntes, al parecer, se detuvieron a escucharle). Lo más pintoresco del asunto es que este  buen señor había actuado pocos días antes en el Teatro de la Ópera de Boston ante un auditorio de varios cientos de personas, que además pagaron un buen precio por la entrada. Habrá quien diga que hace falta tener mala baba para que a uno le hagan gracia estas cosas, pero lo cierto es que no pude evitar descojonarme de la risa. A poco que se piense sobre ello, llegaremos a la conclusión de que no es para menos.

El caso es que, una vez pasado el ataque de hilaridad inicial, es inevitable que aflore al rostro un cierto rictus de amargura, al reflexionar sobre la estupidez del género humano. Sobre lo mucho que dependemos de la opinión autorizada o del reconocimiento oficial a la hora de forjar nuestros propios juicios de valor sobre las cosas. Lo importante no es lo que se haga o se diga, sino quién lo haga o quién lo diga. Cuando alguien expone una teoría científica o una obra de arte, lo primero que hacemos no es ponderar ésta en sus justos términos, analizando la capacidad de dicha teoría o dicha obra para remover nuestras mentes o nuestras conciencias. En absoluto. Antes de pronunciarnos sobre el particular le pediremos al autor que muestre sus credenciales y nos enseñe su currículum, indicando el número de premios literarios conseguidos o el de congresos en los que haya intervenido, por temor a depositar nuestra confianza en un don nadie. Dicho de otro modo, nos desentendemos por completo del objeto que se supone debemos analizar y juzgar para desviar nuestra atención hacia el sujeto, en un alarde de gregarismo que pone de manifiesto nuestra incapacidad para formar opiniones propias o nuestra falta de valentía para defenderlas ante la oposición o la indiferencia de la mayoría. El individuo vestido de calle que tocaba en el metro era el mismo que poco antes había cosechado el enfervorizado aplauso de las multitudes en un esplendoroso escenario, pero lógicamente le faltaban el frac y el cartel que lo revistieran de la prestancia necesaria.

Lo más inaudito de todo es la desfachatez con que cambiamos de criterio tan pronto como aquel a quien despreciábamos consigue, para nuestro inenarrable asombro, obtener el reconocimiento a su labor por parte del público o de la crítica autorizada. Entonces surgen por doquier los amigos y admiradores, como setas bajo la lluvia. “Yo hace tiempo que le conocía”, “Siempre supe que tenía un gran talento”, etc. Son algunas de las frases estándar que saldrán de la boca de más de un caradura de oficio, que no se dignó a perder una hora de su valioso tiempo el día que ese presunto amigo suyo de toda la vida presentó su primer libro o inauguró su primera exposición de pintura. Y, cómo no, también se da con irritante frecuencia el caso contrario: el del caído en desgracia que otrora gozaba del parabién de las masas y, al cambiar las tornas, resulta que nadie lo conoce, ni había tenido ninguna relación con él. El típico que, al pedirle explicaciones, va y te suelta: “¿Cómo has dicho? ¿Francisco qué?”. Y todo ello después de que le hayan pillado in fraganti saliendo en el NODO unos cuantos años atrás, con el pelo engominado y el brazo extendido, coreando en la Plaza de Oriente el nombre de cierto señor gallego de memoria más bien deslustrada.

En fin; es bueno que, de vez en cuando, se hagan experimentos como éste, para poner al descubierto las miserias y el borreguismo inherentes a la condición humana. Se podría resumir acertadamente la historia del arte y de la cultura en general diciendo que ésta ha sido como un largo y tedioso empeño por que los cerdos (con o sin pedigrí) sean algún día capaces de apreciar por sí mismos el aroma de las margaritas, sin la intermediación forzosa de un experto perfumista.

Bien por la idea de Joshua Bell. Un cabronazo genial.

Jardiel Poncela

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El cuento de los tres cerditos y el mal de Alzheimer

Hoy es el día mundial del Alzheimer. Con motivo de ello, decían en la radio que es una enfermedad que gana peligrosamente terreno, hasta el punto de que es previsible que a corto plazo uno de cada dos habitantes en el planeta mayores de 65 años la padezcan. El dato da escalofríos (por eso de “¡menudo futuro que nos espera!”), aunque, si se para uno a pensarlo, el porvenir de este país, y de la humanidad en su conjunto, pinta tan mal que, bien mirado, cabe preguntarse si no será mejor no enterarse de nada de lo que ocurra.

Otra pregunta que me hago es si las estadísticas serán realmente correctas. Y no por exceso, sino por defecto. Dicho de otro modo, a veces me asalta la duda de si habrá alguien en nuestro suelo patrio que no haya contraído la terrible enfermedad. A renglón seguido en las noticias del telediario, por ejemplo, veíamos a un preocupado Luis de Guindos parapetándose tras la excusa de que España no es ajena a los vaivenes de la economía europea. Se conoce que le ha visto las orejas al lobo de la amenaza de nueva recesión y, como en el cuento de los tres cerditos (que bien podrían ser el propio de Guindos, Rajoy y Montoro), se está apresurando a construir una cabaña de paja para protegerse de él. Quizá se le haya olvidado, por efecto del Alzheimer, el detalle de que el lobo del cuento logró tumbar la casa al primer soplo, al tener ésta unos cimientos tan endebles. Como también les habrá hecho el Alzheimer olvidar a los tres susodichos su anuncio triunfalista de que ya empezaba a vislumbrarse la luz al final del túnel, y de que 2015 sería el año de la recuperación económica. Es evidente que la bola de cristal estaba averiada, pero tal vez sea más práctico dar largas, para que así el virus (o lo que coño sea que provoca el Alzheimer) gane terreno y termine por hacernos olvidar a la totalidad de ciudadanos de este país. Siempre quedará algún tocahuevos que, como servidor, se empeñe en recordar las cosas. Pero tales problemillas se solucionan muy fácilmente,  poniendo cara de escandalizado y exclamando: “¿Yo dije eso?” A ver a quién van a acabar creyendo, si a todo un Señor Ministro o a un mindundi como yo. Mi diagnóstico es el siguiente: si el 99% de la población padece Alzheimer y solo un 1% no lo padece, el 99%  acabará diciendo que son el infeliz 1% restante los que no recuerdan bien las cosas. Como en el chiste del loco de la autopista.

El segundo cerdito (que se da un aire a Porky, aunque también se le podría sacar cierto parecido con el vampiro Nosferatu; de hecho, a los dos les encanta chupar la sangre) sería Cristóbal Montoro, quien recientemente ha hecho público su anuncio de bajar los impuestos, tal y como prometiera su partido en el programa electoral. Se conoce que el pobrecito chochea y ya no se acuerda de que los subió al día siguiente mismo de ganar las elecciones. Y de que no fue una subidita de nada, sino que la cosa emuló al chupinazo de las fiestas de San Fermín. La bajada anunciada será bastante menos notoria que la subida de entonces (en algunos impuestos, como por ejemplo el IVA, no se prevé bajada alguna), con lo cual el resultado final será semejante al experimentado por Groucho Marx en Sopa de ganso, cuando Harpo arranca la moto y el sidecar en el que él va montado se queda clavado en el sitio. Groucho abandona el vehículo y exclama visiblemente contrariado: “¡Es el segundo viaje que hago hoy y todavía no he ido a ninguna parte!”

Y, cómo no, falta Mariano, el cerdito valiente, sacando pecho y afirmando con rotunda solemnidad que en Cataluña no va a haber consulta el próximo 9 de Noviembre. Todavía no ha explicado cuál va ser la naturaleza del castigo aplicado a Artur Mas por sacar las urnas a la calle, si ponerlo de cara a la pared o dispensarle un tirón de orejas. Yo diría que está esperando a que el Alzheimer haga su trabajo, a ver si Mas se olvida de su promesa electoral. Pero me da a mí que el Parlament de Cataluña está hecho a prueba de virus (o al menos de esta cepa del virus, ya que los pufos de la familia Pujol, al parecer, han caído en el olvido rápidamente). Volviendo a Rajoy, no deja de ser preocupante desde el punto de vista neurológico su anuncio triunfalista de que el paro está bajando, lo cual vendría a demostrar que él es mucho más eficaz gestionando el país que el irresponsable Zapatero. Se conoce que el desventurado también padece Alzheimer y ya no se acuerda de que ahora hay ochocientos mil parados más que cuando Zapatero dejó el gobierno. Y de que hay casi dos millones de parados que no perciben ninguna prestación. Por si acaso se extiende la epidemia, yo lo dejo escrito aquí (esperemos que no se vea la red atacada por algún oportuno virus informático): de aquí al final de la legislatura (si es que llegamos) se habrá superado el umbral de los seis millones de parados.

En fin; como decía al principio, hoy celebramos el día mundial del Alzheimer. No sé si el verbo “celebrar” será el más adecuado, dadas las circunstancias, pero lo que sí es cierto es que habrá todo tipo de eventos, con reparto de pegatinas incluido. Nunca me han gustado mucho este tipo de saraos, pero en este caso lo encuentro especialmente triste, cuando pienso que mañana los ciudadanos enfermaremos colectivamente de Alzheimer, olvidándonos, entre otras cosas, de que hoy fue el día internacional del Alzheimer. Nadie se acordará ya de los que lo han perdido todo, hasta los propios recuerdos, ni de los que realmente más sufren: sus familiares y cuidadores, que son los únicos que no pueden permitirse el lujo de olvidar. Nadie se acordará de la reducción de las ayudas a la dependencia experimentada por aquéllos, ni de las dificultades que tienen que enfrentar éstos para compatibilizar tan pesada carga con el desempeño de sus puestos de trabajo, recibiendo un nulo apoyo institucional.

A la vista de tales reflexiones, a uno hasta le entran ganas de contraer el Alzheimer y olvidarlo todo, que es la mejor manera de mandarlo todo al carajo. Como hiciera en la película Matrix el traidor Cifra, cuando le pone este insólito precio al agente Smith a cambio de su traición: “No quiero acordarme de nada; absolutamente de nada”.

No me cabe la menor duda de que este personaje, si no se lo hubieran cargado por exigencias del guión, habría llegado a la presidencia del gobierno.

Jardiel Poncela

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Yo tampoco soy del Madrid

Cuenta Tallón que una carretera sinuosa y una tarde fría camino de Cabeza de Manzanedo condujeron por caminos diametralmente opuestos a él y al Madrid. Si me detuviese a pensarlo quizá podría también yo contar las razones por las que, como él, tampoco soy del Madrid. De mi infancia guardo recuerdos poco nítidos que tienden a entremezclarse con historias alumbradas por una imaginación poco comedida. Es cierto que en el pueblo solíamos organizar a menudo partidillos de fútbol, y en ocasiones hasta tratábamos de emular a los clásicos que ya entonces, aunque muy de vez en cuando, retransmitían por televisión. En un lugar como aquel, tan pequeño, no era tarea fácil reclutar para la causa blanca a once chavales lo bastante hábiles con el balón como para que el partido se presumiese igualado y no acabase siendo una merienda de negros. En mi pueblo, en la provincia de Gerona, lo normal si te interesaba algo el fútbol, era sentir apego por los colores azul y grana y para poder juntar a once valientes dispuestos a enfundarse una zamarra blanca había que buscar hasta debajo de las piedras y torcer, además, algunas voluntades. Pero por jugar ese partido algunos éramos capaces de cualquier cosa: de traicionar principios de lo más sagrado, vendernos por bastante menos que un plato de lentejas o pasarnos al enemigo ni que fuese para que María Rosa, que estaba como un queso y llevaba loca a media pandilla, seguidora incondicional del equipo blanco, querencia que debió heredar de don Fulgencio Lanchas, su santo padre, socio del Real Madrid y teniente del destacamento en el pueblo de la Benemérita, se fijase en ti.

No recuerdo bien qué sucedió para que en uno de esos clásicos acabase yo en el bando de los del Madrid defendiendo una camiseta blanca. Traicionaría, claro, algún principio de ésos; aunque la idea no debió ser venderme por poco: con algo de fortuna y poniendo todo el empeño cabía la remota posibilidad de vencer a los de azulgrana y con la improbable victoria aspiraba, pobre iluso, a que María Rosa reparase en mí, flamante fichaje de los de blanco; e incluso, por qué no, que acabara por sucumbir a mis encantos balompédicos, que a cualquier otro hasta entonces no había hecho el menor caso. Por salir con la moza más de uno hubiésemos jurado en arameo; abjurar de unos colores y abrazar una causa tan gloriosa como la blanca se me antojaba, pues, pecata minuta. Vamos, que estaba dispuesto a aprender de memoria y recitar de carrerilla después a María Rosa el once de Molowny: Mariano García Remón, Sol, San José, Isidro, Benito, Vicente Del Bosque, Pirri, Stielike, Santillana, Juanito y Jensen.

Consumado el traspaso al bando rival y fijada la fecha de la contienda quedaba sólo aguardar pacientemente el día de autos. Cuando por fin el sábado a eso de las nueve y media llegamos los once vestidos de blanco al campo con tiempo suficiente como para tratar de organizar una táctica antes de empezar aquello, asomaron los primeros problemas: Doménech dijo que él jugaba de portero o se largaba de allí; de mayor, afirmaba, iba a ser como García Remón; argumento según él de una lógica irrefutable. Huelga decir que no pudimos convencerle de que iba a ser mucho mejor que ocupase cualquier otra demarcación, puesto que sólo se asemejaba al gran cancerbero del Madrid en que medía de ancho casi lo que García Remón de alto. Luego estaba lo de Miguel, que sin ser malo del todo con el balón se presentó con una lamentable camiseta imperio llena de lamparones. De no ser porque éramos solamente once creo que Rabasseda, el único que lucía una camiseta diríase que oficial, de esas con escudo y todo, le hubiese impedido, no sin razón, ser del equipo. Por su parte Martín, el hermano gemelo de Doménech (nadie lo diría; Martín era aún más obeso que su hermano), aseguraba encontrarse en plena forma y no concebía empezar a jugar un partido sin dar cuenta antes del bocadillo de chorizo que su madre le preparaba, decía, con tanto esmero. Ante semejante panorama a Puig le castañeaban los dientes y temblaban las piernas y no paraba de lamentarse y profetizar que nos iban a meter un gol para cada uno.

Lo cierto es que éramos una auténtica banda. Había perdido toda esperanza de tener algo con Rosa María. Nos iban a pasar por encima sin piedad; nos aguardaba un verdadero calvario. ¡Quién me mandaría abrazar unos nuevos colores con la peregrina idea de cautivar a la buena de María Rosa! Al final Puig se equivocó. Perdimos sólo siete a cero; aunque no fue lo peor. A María Rosa le dio por encapricharse de mi amigo Quim Güell, capitán de los de azulgrana. Y cuando regresé a casa hecho unos zorros mi padre me prohibió volver a jugar de blanco; no porque él fuese hincha del Barcelona; en realidad el fútbol apenas le interesaba; fue por no tener que poner tantas lavadoras. <<¿Que te has hecho del Madrid? ¿Crees que no tengo otra cosa que hacer que poner una lavadora cada vez que juegas un partido? Te haces otra vez del Barça, que así te ensuciarás menos. Y no se hable más.>> Y no se volvió a hablar. A un padre hay que hacerle caso, así que no sé si por las lavadoras o porque nunca logré que María Rosa se fijase en mí, el caso es que desde aquel lejano sábado el Madrid y yo transitamos también por caminos diametralmente opuestos.

Phil O’Hara

 

http://descartemoselrevolver.com/2013/01/16/por-que-no-soy-del-real-madrid/

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El Juicio Final

(Se alza el telón y aparece el difunto Jardiel Poncela caminando sobre las nubes, en pijama y bastante desorientado. Al llegar frente a las puertas del Cielo, un fornido y engominado portero le impide el paso, poniéndole una mano en el pecho).

PORTERO.- Lo siento. No se puede pasar sin corbata.

(Jardiel Poncela farfulla algo ininteligible, pero en ese momento se entreabre la puerta, chirriando sobre sus pesados goznes, y asoma la cabeza por un resquicio Jardiel Poncela Sr., padre de Jardiel Poncela).

J. PONCELA Sr..- Déjele pasar, Sánchez. El chico, la verdad, no es que me saliera muy espabilado, pero es un buen muchacho. Yo respondo de él.

PORTERO (titubeando un poco).- De acuerdo, Señor Poncela. Si usted lo dice…

(El portero le franquea la entrada a Jardiel Poncela. Su padre le pasa una mano por encima del hombro y lo conduce al interior del Reino de los Cielos).

J. PONCELA.- Ufff! Menos mal que estabas, papá. Esto de morirte de un infarto mientras estás durmiendo y que ni siquiera te dé tiempo a afeitarte…

J. PONCELA Sr..- La muerte es como un ladrón que te sorprende en un recodo del camino. Hay que estar en todo momento preparados para recibirla.

J. PONCELA.- Oye, papá, ¿cómo es Dios? ¿Es cierto que es un Señor con camisón y barba blanca, que lleva un triángulo con un ojo en la frente?

J. PONCELA Sr. (frunciendo el ceño).- ¿Cómo? ¿Es que no sabes nada?

J. PONCELA.- ¿Saber qué?

J. PONCELA Sr..- Veo que no estás al tanto de las últimas novedades. Las cosas han cambiado mucho por aquí. Habrá que ponerte al día…

(Se abre otra puerta que conduce a una gran estancia, en cuyo centro se alza el triple trono donde se haya asentada la nueva Santísima Trinidad, presidida por D. Emilio Botín, luciendo su sempiterna corbata roja. A su diestra podemos ver a Rodrigo Rato, grave y cejijunto, y a su siniestra, como no podía ser menos, se halla José Antonio Moral Santín. Sobre la cabeza de Botín, en vez de la tradicional paloma que representa al Espíritu Santo, podemos ver, sobrevolando, a la gaviota del PP. Al fondo, en el valle de Josafat, se distinguen los rostros de varios de los profetas de la nueva religión. Juan Calvino, Benjamín Franklin, los hermanos Rothschild o John Rockefeller se encuentran entre los más destacados. A Jardiel Poncela se le queda la mandíbula colgando, en una estúpida expresión de asombro).

J. PONCELA (aparte).- ¡Anda! Veo que eso de que la muerte nos iguala a todos es también un cuento chino.

D. EMILIO (dirigiéndose a Jardiel Poncela Sr.).- ¿Es este su chico?

J. PONCELA Sr..- El mismo que viste y calza, D. Emilio… (En eso, mira a los pies desnudos de su hijo). Son formas de hablar, por supuesto. La muerte le sorprendió en la cama, pero no vaya usted a pensar que es ahí donde pasa la mayor parte de su tiempo. De hecho, es un chaval muy trabajador, se lo aseguro.

D. EMILIO.- No lo pongo en duda. Debe serlo, siendo como es hijo de uno de nuestros mejores empleados. (Dirigiéndose a Jardiel Poncela) Y dinos, muchacho, ¿cuáles son tus habilidades?

(Jardiel Poncela se encoge de hombros, quedándose cabizbajo y pensativo durante unos instantes. Luego rompe a declamar teatralmente).

J. PONCELA.- Pues se me da bien tocar el aire, esculpir la forma de las nubes, cazar suspiros y arañar sombras. También soy hábil lanzando palabras encendidas al viento, que siempre terminan por extinguirse bajo la lluvia, como las pavesas encendidas de una hoguera. Y caminar obediente, con paso lento pero seguro, hacia la noche definitiva.

(D. Emilio Botín, presa de un gran desconcierto, intercambia unas palabras en voz baja con sus dos acompañantes. Finalizada la breve deliberación, carraspea y recompone el gesto).

D. EMILIO.- Francamente, no le auguro un futuro muy prometedor a todo eso. Dime, hijo, ¿no tendrás por casualidad bonos u obligaciones del estado, letras del tesoro o acciones en bolsa?

(Jardiel responde al interrogante con una estólida mueca, enmudeciendo durante unos segundos. No obstante, al final consigue reaccionar).

J. PONCELA.- No, pero en cambio tengo un poema, publicado en vida.

(D. Emilio trenza los dedos y se reclina en el respaldo del trono, logrando apenas evitar que a su rostro aflore un rictus de impaciencia).

D. EMILIO (reprimiendo un suspiro).- Bien, oigámoslo.

J. PONCELA (declamando con exagerada afectación).- Sólo sé amar; no sé hacer otra cosa / Soy una sombra que en el desierto clama, / agigantada por su propia llama / y desterrada de su propia fosa…

D. EMILIO (interrumpiendo con un gesto de la mano).- Vale, vale, no está mal… Y dinos, ¿cómo se titula el poema?

J. PONCELA.- “Insolvente”, señor.

(Las arrugas que surcan la frente de D. Emilio se hacen aún más pronunciadas. Vuelve a deliberar por unos segundos en voz baja con sus dos consejeros. Jardiel Poncela Sr., visiblemente contrariado, se acerca a su hijo para susurrarle algo al oído).

J. PONCELA Sr..- Hijo, la cosa pinta francamente mal. No se puede presentar uno ante el Altísimo así sin más, con las manos vacías…

D. EMILIO.- Bueno, chico. Como ves, hemos estado discutiendo tu caso. Rodrigo opina que deberías quedarte eternamente flotando en el limbo, mientras que José Antonio es partidario de mandarte al otro Paraíso, el comunista. No obstante, creo que allí han cambiado mucho las cosas al hacerles Hugo Chávez y Pablo Iglesias el relevo generacional a Marx y Lenin. Por ello, te daré una última oportunidad de quedarte con nosotros. Contesta rápidamente: ¿cuál es tu opinión acerca del capitalismo neoliberal?

J. PONCELA.- ¿Honestamente, señor?

(D. Emilio cabecea afirmativamente. Jardiel Poncela mira indeciso a un lado y a otro, como buscando ayuda. Su padre permanece cejijunto e impertérrito. Finalmente, tras emitir un fuerte carraspeo, hace una respiración profunda y se dispone a hablar).

J. PONCELA.- Honestamente, creo que el capitalismo neoliberal es el mayor de los pecados. Que me traen al pairo sus paraísos fiscales y que, por lo que respecta a ustedes, voy a mostrarles mis respetos, obsequiándoles con una reverencia ante su Altar.

(Jardiel Poncela se da la media vuelta y les hace un calvo a los tres. Rodrigo Rato se rasga las vestiduras. José Antonio Moral Santín se lleva las manos a la cabeza, donde acaba de cagarle la gaviota. D. Emilio consigue a duras penas dominarse y se dispone a dictar sentencia con voz lo más templada posible, ante el gesto atemorizado de Jardiel Poncela Sr.).

D. EMILIO.- Mucho me temo que no me dejas otra alternativa que la de mandarte de vuelta al infierno, en vista de tu total falta de arrepentimiento.

J. PONCELA (sorprendido, mientras vuelve a subirse el pantalón del pijama).- ¿De vuelta? ¿Cómo que de vuelta?

(Rápidamente se produce un fundido en negro. Al volver a iluminarse el escenario, aparece Jardiel Poncela tendido sobre la mesa de operaciones de un anónimo quirófano de la Seguridad Social, con los médicos aplicados en darle masaje cardíaco. Jardiel Poncela se incorpora bruscamente, escapándosele, al hacerlo, una ruidosa ventosidad).

DOCTOR 1º (sin osar quitarse la mascarilla, por razones obvias).- Creo que ya está definitivamente recuperado.

J. PONCELA.- ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?

DOCTOR 2º.- Está usted en un hospital. Sufrió un ataque cardíaco. Hemos conseguido salvarle in extremis. No se imagina la suerte que ha tenido. Le dábamos prácticamente por perdido.

J. PONCELA (palpándose con incredulidad).- Entonces… estoy vivo. Todo ha sido una alucinación, seguramente.

DOCTOR 2º (aparte, bajándose la mascarilla).- Otro que nos va a salir con el rollo de la luz al final del túnel.

J. PONCELA (levantándose, en calzoncillos, de la mesa del quirófano).- Bueno, lo importante es que me puedo ir ya, ¿no?

DOCTOR 2º (sujetándole por el brazo).- ¡Un momento! No tan deprisa…

DOCTOR 1º (que aún no se ha quitado la mascarilla).- Tiene usted que pagar doce mil euros por la operación. Con los nuevos recortes, el servicio ya no se incluye dentro de la Seguridad Social. Mientras no lo haga, nos veremos obligados a recluirle en la sala de morosos.

(Jardiel Poncela se queda mirándole, atónito, durante unos segundos, para luego dejarse caer prosternado sobre el suelo del quirófano. A continuación, rompe a llorar convulsivamente y, juntando las manos, mira al techo y se dispone a entonar una oración).

J. PONCELA.- Padre nuestro, que estás en los cielos; cuantificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu capital. Hágase tu voluntad, así en la troika como en Wall Street. No nos quites nuestro pan de cada día, dejándonos sin trabajo. Y perdónanos, al menos, los intereses de la deuda, así como nosotros perdonamos al ejército de mangantes y chorizos que nos han conducido a esta situación. Y no nos dejes caer en números rojos, mas líbranos de la falta de competitividad.

(Al terminar Jardiel Poncela su plegaria, el público murmura un quedo “amén”. Seguidamente, Jardiel, en claro acto de contrición, dirige, abatido, la mirada al suelo. Poco a poco va cayendo el telón).

THE END

Jardiel Poncela

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Preferiría no hacerlo

En este país de soplagaitas y cantamañanas, plagado de catetos que se creen doctores en progresismo por el mero hecho de enarbolar una pancarta o ir por ahí coreando eslóganes prefabricados, resulta estimulante encontrarse con ejemplos como el de Roberto Rivas, un bombero de La Coruña al que se incoó un expediente disciplinario y posteriormente ha sido llevado a juicio por negarse a intervenir en el desahucio de una anciana. Preguntado por el juez de turno acerca de los motivos que le indujeran a incumplir la orden que se le había dado, replicó sin asomo alguno de insolencia: “Nosotros, los bomberos, estamos para salvar vidas, no para hacer estas cosas”. Eso sí que es echarle huevos al asunto. Tal vez este hombre no tenga una trayectoria muy destacada como activista político, pero desde luego sí que ha sabido comprender la necesidad de enfrentarse al Poder, cuando éste se convierte en correa de transmisión del sinsentido y la barbarie.

La actitud de Roberto recuerda mucho a la de Bartleby, aquel personaje inolvidable creado por la pluma del genial novelista norteamericano Herman Melville, que se limitaba a responder con un lacónico “Preferiría no hacerlo” a las órdenes de su jefe. El tal Bartleby es un escribiente (profesión muy necesaria en aquellos tiempos en los que no había máquinas fotocopiadoras) que trabaja empleado por un abogado (el narrador en primera persona de la historia), cuyo bufete se halla ubicado en el distrito financiero de Wall Street. Su cometido consiste en hacer copias de documentos jurídicos que luego debe contrastar con los demás escribientes y el propio letrado, para cerciorarse de que no hay errores. En un principio se niega a participar en este tipo de sesiones contrastivas, pero luego rehúsa también hacer las copias. A todos los ataques de agresividad verbal de su jefe, responde implacablemente, sin levantar la voz ni mostrar el más mínimo resquicio de ira o descortesía, con la misma frase: “Preferiría no hacerlo”. Su jefe entonces decide cambiar de estrategia, recurriendo a la persuasión por las buenas, pero Bartleby sigue sin moverse un ápice de su postura, negándose incluso a abandonar las dependencias de la oficina, donde se instala a pernoctar. El abogado (presionado por agentes exteriores más que por propio convencimiento) se ve obligado a actuar y, finalmente, las fuerzas del orden desalojan a Bartleby, quien muere pocos meses después en una clínica de reposo que su antiguo patrón tiene a bien pagarle, demostrando con ello tener mucho mejor corazón que algunos de los empresarios de hoy en día, después de todo.

Cabe preguntarse qué es lo que incita a Bartleby, en última instancia, a su sorda rebelión. De antemano descartamos la vagancia o la incompetencia como posibles causas, pues el patrón-narrador declara explícitamente al comienzo de la historia: “Al principio, Bartleby hacía una extraordinaria cantidad de trabajo. Era como si ansiara algo que copiar, parecía embutirse él mismo con los documentos. No había pausa para la digestión. Trabajaba en sesión continua, copiando a la luz del sol y a la luz de la vela. Yo hubiera estado muy complacido con su dedicación si hubiera sido un trabajador alegre. En cambio escribía en silencio, lánguida y mecánicamente”. A mí me da por pensar que la clave está en la naturaleza de los documentos que Bartleby se ve obligado a transcribir. Teniendo en cuenta que la historia se desarrolla en el corazón financiero de Nueva York (“Una historia de Wall Street”, reza precisamente el subtítulo de la misma), no es muy difícil imaginarlo: diligencias de apremio, notificaciones de embargo, puede que hasta órdenes de desahucio. En definitiva, retazos del entramado burocrático que tanto ha contribuido a hacer de nuestro civilizado mundo lo más parecido a un infierno (precisamente, no hay mejor combustible que el papel para el fuego). En un momento dado, Bartleby decide comportarse como ser humano (capaz de elegir), en lugar de hacerlo como piñón del engranaje de la maquinaria destructora. Hay un relato muy parecido de Jack London titulado El apóstata, sobre un muchacho sometido desde niño a unas condiciones de trabajo inhumanas, que rompe finalmente con todo y se marcha de la ciudad, introduciéndose como polizón en un tren de mercancías. En la historia real de los Estados Unidos tenemos casos como el de John Woolman, escritor cuáquero del siglo XVIII, que abandonó su trabajo en una compañía naviera por comerciar con esclavos, actividad ésta perfectamente legal en aquella época. Y, cómo no, tenemos la figura del entrañable Thoreau, al que su delito de desobediencia civil (negándose a pagar impuestos a un gobierno que consentía la esclavitud, exterminaba a los indios e invadía sin escrúpulos el territorio del país vecino) le acarreó una breve pero productiva estancia en prisión (fruto de la cual sería su ensayo del mismo nombre, universalmente famoso).

Unos y otros, personajes reales y ficticios, son los que de verdad han ayudado al progreso de la humanidad, evitando la identificación de éste con la mera supeditación a los avances tecnológicos y a unas leyes arbitrarias e injustas. Ahora nos hallamos inmersos en un proceso claramente involutivo, en el que los poderes económicos están socavando paso a paso los derechos y libertades tan trabajosamente conquistados a lo largo de siglos de lucha en el terreno de lo político. No cabe duda de que el gesto de Roberto será como el grano de levadura que, al fermentar y hacerse mucho más grande, logrará derribar los muros de la sinrazón y la iniquidad. Como dijera Thoreau en la obra anteriormente mencionada: “No importa que el comienzo sea pequeño. Lo que queda una vez bien hecho, queda bien hecho para siempre”.

Estamos contigo, compañero Roberto.

Jardiel Poncela

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